coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


Debate: de la Tradición y de la Política.

Debate: de la Tradición y de la Política.

Hace unos años ya -en un anterior ciclo, en un anterior proyecto, y gracias a un anterior blog-, sostuve un enriquecedor debate con otro joven estudiante universitario ecuatoriano, radicado este en España donde concluyó sus estudios de Derecho en la Universidad de Navarra. A continuación pongo a disposición de mis lectores tan solo dos correos electrónicos -debidamente censurados y editados- intercambiados entre nosotros donde se puede apreciar el tenor del mismo y de donde he podido con los años sacar valiosas lecciones sobre la Política, la Tradición y sobre mí mismo y mis posturas algo “reaccionarias”… en todo caso cada cual podrá discenir y sacar su propia conclusión, y  ¿por qué no?… aportar al mismo con una visión de la hora.  No incluyo el nombre ni ningún dato del otro dabatiente -potente y prometedora mentalidad ecuatoriana-, debido a que al momento no poseo más contacto con él y por lo mismo no he podido solicitarle el permiso para ello -debo insistir que este blog es personal y que nadie está obligado a leerlo o peor a interesarse o quererlo-. No incluyo fechas,  ni referencias de los correos pues me parecen innecesarios para el objeto de este post. Sin más:

“La razón es sin duda fuente de verdad, mas no de toda la verdad.”

Francisco Núñez Proaño

“in medio virtus”

Aristóteles

PRIMER CORREO ELECTRÓNICO:

Estimado Francisco:

Antes que nada, y ya que veo que somos de la misma edad y estas cartas pueden estar yendo y viniendo durante algún tiempo, me tomo la libertad de tratarte de tú, si prefieres mantenerlo en profesionalidad, pues vuelvo sin ningún problema al usted.

Debo decir, también antes de seguir -y sin ningún ánimo de halagar-, que no sólo escribes muy bien, sino que resulta patente que estás dotado de un admirable intelecto.  Antes de contestar a tu extenso mail, que me ha resultado muy sugerente, voy a hacerte el envío de un libro que creo que te interesaría mucho… enviaré el libro… para que te lo entreguen en Quito.  Se trata de Ethos y polis: Bases para una reconstrucción de la filosofía política, de Alfredo Cruz Prados, catedrático de Filosofía Política y del Derecho en esta Universidad de Navarra.  El libro es el manual de estudio para la clase que él imparte en la Universidad, que es sin duda una de las mejores a las que he tenido la suerte de asistir.  Es un análisis profundo y serio acerca de qué es en realidad la Política (como dices tú, “con mayúscula”), entendida como una acción humana dotada de racionalidad (a este último punto -el de la racionalidad- me referiré más adelante) y dirigida hacia la consecución del Bien Común social.  El libro hace una crítica feroz y penetrante del liberalismo; esta crítica no está dirigida al liberalismo como ideología económica (lo que entendemos como capitalismo) o política (las Revoluciones liberales), sino al liberalismo como manera de entender lo político.  Es un libro excelente, que me inspiró para estudiar filosofía y para querer dedicarme a la Política en el Ecuador.

“Nos interesa mucho también la Política (con “P” mayúscula), mas nosotros entendemos que la misma hoy en día no se practica en nuestro medio (nacional e internacional), ya que hoy se pretende llamar Política, al mero electoralismo, o al mero economicismo (burdo y materialista de signo capitalista o izquierdizante) administrativo, disminuyendo y deformado el verdadero concepto de gobernar, es decir el de dirigir para el biencomún a los órganos o partes del Estado -tradicional, no totalitario liberal-burgués  o peor totalitario marxista o derivaciones de los mismos errores-, y SOBRE TODO el de REGIR a los hombres y a las naciones con un y para un fin trascendente mas inmanente a la vez (entendiendo la misma como un acto realizable en vida y en el Estado; gran ejemplo de ellos puede ser el Medioevo, o bien el Gobierno de D. Gabriel García Moreno en nuestra patria). Por eso, tenemos la certeza que en las circunstancias y con el “elemento humano” actual NO se pueda realizar el mismo. Mas es posible otra vías de afectación y de orientación de las personas que aún son capaces de SER y de PENSAR, en este caso la vía de la “cultura”, del conocimiento de la VERDAD (con “V” Mayúscula), y de la ACCIÓN en la misma.  Nuestro objetivo es ese, al momento.”

Todo lo que dices en este párrafo me parece sensato.  Sin embargo, debo hacer una pequeña puntualización.  Hablas de “regir” a los hombres y a la sociedad con un fin trascendente e inmanente en la mira.  Aunque es sin duda verdad que la construcción de una ética ciudadana y la formación moral de la sociedad son tareas fundamentales de la Cosa Pública (entre otras instituciones, como son las iglesias, la familia, etc.), no creo que es función de la comunidad política el dirigir a los ciudadanos hacia lo trascendente.  El cristianismo (a pesar de lo que muchos sospechan sin saber) ha dado a Occidente una de las joyas de entre nuestros “dogmas” políticos: a saber, la separación -que no indiferencia o rechazo- entre la Iglesia y el Estado.  Este principio -elemental- establece que tanto la Iglesia como el Estado poseen sus propios ámbitos de acción y competencias.  Tan absurdo sería que los gobiernos dispensasen los sacramentos o hablasen “en nombre de la fe cristiana” como que la jerarquía eclesiástica se inmiscuyese en tareas de defensa, relaciones internacionales o administración de justicia civil.  Al Estado no le compete dirigir a los ciudadanos hacia Dios, ni enseñarles cómo hacerlo, pues si esto fuese así la Iglesia, como tal institución diferenciada de otras, no tendría verdadera razón de ser.  Lo que el Estado (o si se prefiere, la polis, la comunidad política) debe garantizar es que los ciudadanos y sus instituciones religiosas gocen de la libertad suficiente para poder vivir con plenitud esas exigencias trascendentes.  La religión es una actividad esencialmente privada en cuanto que se dirige hacia lo más íntimo de la persona, pero es también esencialmente pública en cuanto que, por un lado, se vive colectivamente y de cara a la sociedad, y por otro, es competencia de la comunidad política el fomentarla y respetarla.

“Como Ud. podrá haber apreciado nosotros tampoco nos etiquetamos, de hecho estamos sobre las ideologías imperantes actualmente, pero debo decirle que entendemos que la Política -de verdad- no es mutable -en su esencia, mas si en sus formas o instituciones-, por lo mismo  y por principio  nuestro referente ante ello, es la Tradición, es decir  la Verdad reflejada en la historia de las naciones, las personas y las sociedades por medio de los principios religiosos(de religar, volver a ligar, a unir)-divinos. No está de más decir que hoy vivimos en un mundo contra-traidicional.”

Creo que no me expresé bien.  La Política es, en teoría, una cosa que, por su misma esencia, debe poseer ciertas características para poder seguir llevando ese nombre.  Evidentemente no podemos llamar Política al acto de emitir una sentencia judicial o al acto de educar a un hijo.  En este sentido puramente conceptual, la Política no es mutable: es lo que es, por así decirlo.  Al decir que es mutable, me estaba refiriendo justamente a lo que aludes seguidamente, a que no ha revestido las mismas formas a lo largo de la historia, y sus instituciones no han sido eternas en los diferentes entes políticos que han existido.  Una mirada al pasado nos muestra cómo los hombres se han regido a sí mismos a lo largo de los siglos, por lo cual la historia es una formidable maestra en la formación del político.  Sin embargo, debo discrepar -por las mismas razones a las que he aludido antes- acerca de que sean los principios religiosos los que enseñan al hombre a vivir políticamente.

La verdad revelada por Dios y contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición eclesial no versa, por su mismísima naturaleza, sobre lo político, sino sobre lo personal, en el sentido más amplio y profundo del término.  La religión, por así decirlo, se encuentra en una esfera superior a la Política, en cuanto que se maneja en el terreno de lo sobrenatural, y nos enseña verdades que no sólo son eternas, sino que son además plenas.  La Política es una acción humana, incluso podríamos decir que los humanos inventamos la Política como una manera de regirnos y dotarnos de civilización.  Como bien dices más adelante, el arma con la cual los humanos hemos sido dotados por Dios para enfrentarnos con el mundo es fundamentalmente la razón, a la que yo añadiría la autonomía de la voluntad (o más bien, la libertad personal).  Pues bien, siendo la Política un fenómeno humano (el fenómeno humano, por antonomasia), sus paradigmas y parámetros no son trascendentes o sobrenaturales, sino mundanos (o talvez sea más apropiado decir “del mundo”) y racionales.  Las verdades que los humanos nos encontramos en el día a día y en la acción Política no son eternas ni plenas, pero no por ello dejan de ser verdades.  Es verdadero, ex ipsa natura rei (por la misma naturaleza de las cosas), que el que ha recibido un dinero en préstamo debe devolverlo en justicia, como también es verdadero que aprobar una ley del aborto es políticamente (no sólo religiosa o éticamente) incorrecto.

Como esto me lleva directamente hacia la idea de la racionalidad, voy a citarte para continuar.

“Bien señala que existen verdades trascendentes y eternas que guían, pero ¿cómo decir que dan racionalidad?  a la acción política. Ya que la racionalidad es reducir el campo de acción de justamente la TRASCEDENCIA (algo espritual, inmaterial y por tanto supra-racional) a una mera disposición mental. Y  la objetividad más pura proviene de hecho de  la inmaterialidad  y  la supra-racionalidad (un ejemplo clásico, ¿cómo es acaso  que  sabemos de la existencia de Dios  si la razón no lo puede explicar?, o mejor aún ¿cómo sabemos  de la existencia de la Santísima Trinidad Un Solo Dios, si este mismo principio sobrepasa toda razón?, pero así y todo han dado a la ACCIÓN POLÍTICA, la mas sublime expresión en los ya citados ejemplos del Medioevo, de G.G.M. y del Imperio Español).”

Como he dicho anteriormente, la Política es una acción eminente y esencialmente humana, ante la cual los humanos nos situamos con nuestra razón.  Pues bien, y por eso mismo, la única manera que tenemos de emitir un juicio sobre lo que es bueno políticamente es por medio de la razón.  No es posible alegar la incorrección de una acción política invocando razones religiosas, pues ambas esferas se encuentran en ámbitos y categorías distintas.  Pretender negar una ley del aborto aduciendo que “está prohibido por la ley de Dios” no es un argumento políticamente racional.  Sin embargo, eso no significa que no haya argumentos racionales para justificarlo.  Una de las enfermedades que se han extendido entre los cristianos -desde mi punto de vista- es que hemos renunciado a dar razones y argumentos para sustentar nuestra fe y sus preceptos.  ¡Pero si el cristianismo es profundamente racional, como no podría ser de otra manera!  Nuestro querido Papa ha dedicado su vida entera a clamar esto a los cuatro vientos, y a veces hasta los propios cristianos caemos en la tentación de hacer una diferenciación categórica entre fe y razón.  La fe es racional, y la razón se ve elevada por la fe.  Sería absurdo que Dios nos hubiese dotado de razón y acto seguido nos hubiese impuesto unas creencias que no cuadrasen dentro de ese esquema.  Alegar que la fe es supra-racional no es suficiente, pues esto puede decirlo cualquiera.  La fe católica es la única y verdadera fe no sólo porque así ha sido establecido por Dios y nosotros lo creemos por medio de un acto de pura fe, sino también porque está en contacto e involucra a toda la persona humana de manera íntima, incluida su potencialidad racional

Está claro que existen verdades que están más allá de nuestra comprensión, entre ellas está el grandísimo misterio de la Santísima Trinidad de Dios, o la Virginidad Perpetua de Nuestra Madre, pero incluso la misma idea de Dios es racional y razonable.  Sólo hay que leer a Santo Tomás de Aquino para verlo.  Evidentemente, no es la racionalidad de la idea de Dios la que nos lleva a creer en Él, pero lo uno no quita lo otro.  Es más, Dios mismo es racionalidad: San Juan ya lo dice en el primer capítulo de su Evangelio: “en el principio estaba el logos, y el logos era Dios”: el término griego logos significa “razón” o “racionalidad.”

Bueno, estas discusiones teológicas, aunque interesantes, no vienen al caso.  Lo que quiero asentar es que debemos recobrar el sentido de que la razón es fuente de verdad.  La verdad científica, jurídica, filosófica, histórica, matemática o moral siempre proviene de la razón, ¿cómo sino podría Aristóteles elaborar la filosofía fundamental de la ética sin tener conocimiento de Cristo (ojo que es el mismo sistema filosófico-ético seguido por la Iglesia)?  Así, la acción política es correcta -es buena– cuando es racional (cuando responde adecuadamente a la verdadera naturaleza de las cosas), y no porque acerque a los hombres a Dios (lo cual no le compete, como he tratado de argumentar).

“No discutiré de “verdades” impuestas por los vencedores de la II Guerra Mundial, ya que hacer eso sería rebajar el mismo principio de objetividad de la Verdad (de ser así la Verdad sería una expresión de la convención del sistema imperante y de quienes lo dirigen y nada más, así podríamos decir que es verdad todas las barbaridades que se han dicho de G.G.M. en el Ecuador durante los largos períodos de Totalitarismo Liberal-Radical).”

No sé si esta afirmación se refiere a la caracterización del Holocausto como “crimen brutal” que hice, o incluso a la verdad misma de que ocurrió.  En cualquier caso, me parece innecesario discutir demasiado semejante barbaridad.  Una cosa es que se haya utilizado incorrectamente la experiencia del Holocausto tras la Segunda Guerra Mundial (ejemplo claro es el sionismo extremista), y otra completamente distinta es negarse a aceptar el indecible y monstruoso pecado que fue.

“Me permito extenderme, para hacer las aclaraciones a los ejemplos anotados. Siendo nosotros y teniendo como referente a la Verdad y su expresión la Tradición, no podemos creer que si bien racionales, los mismos no son comparables; la acción “formadora” y en verdad creadora de los Reyes Católicos o de G.G.M. con la acción anti-tradicional y subversiva de Isabel I de Inglaterra o de Abraham Lincoln.  Vale para esto la aclaración de que, como Católicos (Ud. y yo) y como hombres que entendemos y discernimos a través de la inteligencia -que es proporcionada por el espíritu que es nuestra parte Divina, dada por Dios- que hay dos principios en constante y eterna lucha, llámese en la Teología el bien y el mal, y llámese desde el método de la Tradición del análisis de la historia el principio del Espíritu o de la TRADICIÓN -con “T” mayúscula- (superior, creador y director) y el principio de la Materia o de la Modernidad (inferior, destructor y subversivo, que debe estar regido por el principio superior para no desbordar en el horror en el que vivimos, liberalismo, marxismo, democratísimo en Gral., socialismo del siglo XXI, etc., etc., etc.), por definición antitéticos. Entendiendo la Tradición y la modernidad no como meras etiquetas cronológicas sino como principios que se presentan a lo largo de la historia como cosmovisiones y como Política para la Tradición o como economía para la modernidad; tal como en la Teología son el bien y el mal.”

En primer lugar, debo de nuevo discrepar contigo con respecto al juicio que te merecen Isabel I y Lincoln, aunque no me interesa tampoco extenderme en este punto.  En mi opinión, y haciendo un análisis quirúrgicamente político (es decir, recordando la distinción entre este ámbito y el religioso) no puedo menos que aplaudir y admirar la acción llevada a cabo por estos dos líderes en sus respectivos países (Nota editorial: el resaltado es mío, en este punto tiene toda la razón). Isabel I logró forjar con decisión y valentía la identidad y el poderío de su nación, incluso enfrentándose a los más extraordinarios obstáculos, y levantó de las cenizas a una de las naciones más insignes e influyentes de la historia, como es Inglaterra.  Desde el punto de vista religioso, evidentemente la Reforma fue un pecado sin precedente, pues privó a la mitad de la cristiandad de los auxilios divinos que el mismo Cristo había instituido por medio de su Iglesia.  Como católico, ese acto debo juzgarlo con rigor, pero como ciudadano interesado en la política debo intentar hacer un análisis que sepa disgregar el elemento sobrenatural cuando hago un juicio político, justamente porque la Política no se extiende al campo de lo espiritual.  Lo mismo sucede con Lincoln, aunque en su caso no veo qué objeción podría planteársele: rescató a su país de perecer tras una guerra civil fratricida, y liberó a la población negra de la impía injusticia de la esclavitud.

Con respecto al análisis histórico desde la Tradición que haces, debo decir que no me parece lo más adecuado realizar una categorización general de un movimiento tan importante como es la modernidad.  Etiquetar lo moderno como lo que teológicamente reconoceríamos como “el mal” es, en mi opinión, excesivo e injusto.  No sólo la modernidad ha traído grandes -inmensos- avances a la civilización humana, sino que ha sido un proceso de tal complejidad que no es posible, sin caer en una gigantesca generalización, llamarlo “malo” sin más.  Sin duda, las épocas modernas han visto algunos de los abusos y crímenes más salvajes de la historia del hombre, y algunas de las tendencias e ideologías más nocivas que se hayan podido inventar han surgido al amparo del liberalismo y la “modernidad”, pero esto -aunque gravísimo- no puede llevarnos a olvidar los inmensos avances que por otro lado esta cosmovisión -para usar tus términos- nos ha deparado.  No quiero ser pesado tampoco, pero sólo por citar algunos: el constitucionalismo, la filosofía de la historia, los increíbles adelantos de la medicina y de la ciencia en general, la libertad religiosa y moral, los derechos del hombre, etc.

Como cosmovisiones, la Tradición y la Modernidad (si las he entendido bien de tu escrito) son más bien como dos tendencias en tensión cuya validez en cada momento dependerá de los resultados a los que nos lleven políticamente.  Resulta claro que la mayoría de los avances de la modernidad han sido de tipo técnico-material (lo cual no los hace irrelevantes o despreciables), pero si queremos mantener el progreso, es preciso no sólo recuperar una visión “tradicionalista” según tú la ha definido, sino encontrar un sano balance entre las dos (in medio virtus, decía Aristóteles), además de saber conjugarlas con todas las demás posibles visiones que puedan existir (siempre que sean lícitas, claro).

“Compartimos su visión, amamos a nuestro país, mas ¿con locura?…. ya que de ser así donde estaría la racionalidad tan propugnada.  (en fin… no quiero ser pesado, pero me fijo en todo para responder, no es mi intención molestar). Por supuesto que no hay que confundir el patriotismo con el nacionalismo, mas como bien indica Ud., al hacer un análisis retrospectivo de la historia (con “h” minúscula, la historia jamás puede estar con “H” mayúscula, debido a que de ser así nos estaríamos condenando a aceptar lo que vivimos hoy en día como una fatalidad inevitable, así nuestra misión debe ser anular la historia negativa y el medio negativo), debemos rescatar todos los intentos POSITIVOS de creación y de construcción, en nuestro caso de nuestra nacionalidad, así Ud. ve cómo nosotros rescatamos desde figuras monárquicas, a figuras “conservadoras-terroristas y garcianas” en palabras de un historiador guayaquileño, a figuras “liberales” con una visión nacional como Luis Napoleón Dillon y de la misma forma a A.R.N.E. (Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana) ya a gobiernos como el del Gral. Enríquez Gallo, del “conservador” Otto Arosemena Gómez y del Gral. Rodríguez Lara “nacionalista y revolucionario”. Para que no queden dudas, así como no somos conservadores hoy en día, tampoco somos nacionalistas hoy en día, ambos superados, pero ambos positivos en su contexto y en nuestra necesidad de identidad. Así podemos decir que nosotros tenemos una visión nacional, mas no nacionalista, y una visión supranacional, mas no “imperialista” en el sentido moderno.”

Esta proposición de análisis histórico es muy lúcida.  Hay que “relativizar” por así decirlo, los acontecimientos y personajes históricos, y darles un valor actual según su contexto.  Aunque que García Moreno fue un patriota ilustre, talvez su concreto estilo de gobierno no sería provechoso hoy en día, lo cual no nos impide aprender de su experiencia y enriquecernos con su ejemplo, además de honrar su memoria.

Y sin duda que un sano disenso es necesario, para hacer que brote la Verdad, dela que nadie es dueño, nuestra misión en todo caso es tratar de acercarnos lo más posible a ella, y con esto al bien común de la Patria.”

No podría estar más de acuerdo contigo.  Citando a Jaime Nubiola, profesor de Filosofía de esta Universidad, refiriéndose a San Josemaría Escrivá:

“[C]on extraordinario sentido común, mostrando la mano ligeramente torcida, San Josemaría preguntaba a su interlocutor si la mano era cóncava o convexa: ‘Los asuntos humanos no tienen soluciones unívocas; los demás ven la misma cuestión que tú pero desde distinto punto de vista, con otra luz, con otra sombra, con otro contorno: la confrontación de esos puntos de vista es enriquecedora’.”

Bueno, esta respuesta ya está bastante larguita, así que me despido.  Perdóname si he sido pesado, pero tengo que confesar que me encanta debatir, y como tú mismo has dicho, es un placer mayor cuando uno se enfrenta con un rival tan bien dotado de armas intelectuales.  Te entiendo completamente cuando dices que en el Ecuador es difícil encontrar esto (no creo que la gente es estúpida, sino más bien apática).  Espero tu respuesta, y mucha suerte con todo.

Un gran saludo,

P.J.

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SEGUNDO CORREO ELECTRÓNICO:

 

Estimado P.J.:

Antes que nada, discúlpame por no haberte respondido enseguida, mas como te he mencionado he estado más que ocupado en estos días, entre el trabajo, el estudio personal y la labor… y así se me fue el tiempo y recién hoy puedo sentarme a responderte,

Yo estimaba igual que al ser de la misma edad nos trataríamos de tú, mas por respeto siendo la primea vez que te escribía, preferí hacerlo en Ud., de ahora en más nos “tutearemos” entonces;

“Debo decir, también antes de seguir -y sin ningún ánimo de halagar-, que no sólo escribes muy bien, sino que resulta patente que estás dotado de un admirable intelecto.  Antes de contestar a tu extenso mail, que me ha resultado muy sugerente, voy a hacerte el envío de un libro que creo que te interesaría mucho… y enviaré el libro… para que te lo entreguen en Quito.  Se trata de Ethos y polis: Bases para una reconstrucción de la filosofía política, de Alfredo Cruz Prados, catedrático de Filosofía Política y del Derecho en esta Universidad de Navarra.  El libro es el manual de estudio para la clase que él imparte en la Universidad, que es sin duda una de las mejores a las que he tenido la suerte de asistir.  Es un análisis profundo y serio acerca de qué es en realidad la Política (como dices tú, “con mayúscula”), entendida como una acción humana dotada de racionalidad (a este último punto -el de la racionalidad- me referiré más adelante) y dirigida hacia la consecución del Bien Común social.  El libro hace una crítica feroz y penetrante del liberalismo; esta crítica no está dirigida al liberalismo como ideología económica (lo que entendemos como capitalismo) o política (las Revoluciones liberales), sino al liberalismo como manera de entender lo político.  Es un libro excelente, que me inspiró para estudiar filosofía y para querer dedicarme a la Política en el Ecuador.”

Muchas gracias por tus conceptos positivos para conmigo y por el futuro envío del libro… estoy seguro será de gran valía y aporte tanto para mí…. Hoy en día es más que necesario tener una posición clara, una manera de entender lo político que se enfrente al liberalismo.

Todo lo que dices en este párrafo me parece sensato.  Sin embargo, debo hacer una pequeña puntualización.  Hablas de “regir” a los hombres y a la sociedad con un fin trascendente e inmanente en la mira.  Aunque es sin duda verdad que la construcción de una ética ciudadana y la formación moral de la sociedad son tareas fundamentales de la Cosa Pública (entre otras instituciones, como son las iglesias, la familia, etc.), no creo que es función de la comunidad política el dirigir a los ciudadanos hacia lo trascendente.”

El cristianismo (a pesar de lo que muchos sospechan sin saber) ha dado a Occidente una de las joyas de entre nuestros “dogmas” políticos: a saber, la separación -que no indiferencia o rechazo- entre la Iglesia y el Estado.  Este principio -elemental- establece que tanto la Iglesia como el Estado poseen sus propios ámbitos de acción y competencias.  Tan absurdo sería que los gobiernos dispensasen los sacramentos o hablasen “en nombre de la fe cristiana” como que la jerarquía eclesiástica se inmiscuyese en tareas de defensa, relaciones internacionales o administración de justicia civil.  Al Estado no le compete dirigir a los ciudadanos hacia Dios, ni enseñarles cómo hacerlo, pues si esto fuese así la Iglesia, como tal institución diferenciada de otras, no tendría verdadera razón de ser.  Lo que el Estado (o si se prefiere, la polis, la comunidad política) debe garantizar es que los ciudadanos y sus instituciones religiosas gocen de la libertad suficiente para poder vivir con plenitud esas exigencias trascendentes.  La religión es una actividad esencialmente privada en cuanto que se dirige hacia lo más íntimo de la persona, pero es también esencialmente pública en cuanto que, por un lado, se vive colectivamente y de cara a la sociedad, y por otro, es competencia de la comunidad política el fomentarla y respetarla.

Si bien la Política y la comunidad política, como bien has expresado, es una creación humana racional, es mi parecer fundado, sobre todo en casos históricos que proporcionaron la hoy perdida grandeza a Occidente y al mundo en general –lamentablemente hoy no hay los ejemplos necesarios – debe ser y tener un trasfondo religioso verdadero. Sin querer caer en el error de anacronismos, me atrevo a decir que el laicismo del Estado y la separación Iglesia-Estado es un error. Y el deber de un Estado verdadero, por tanto tradicional, si es el de llevar a sus súbditos hacia la trascendencia. Y esto no significa que la Iglesia no tenga razón de ser, de hecho su razón de ser es la de ser parte del Estado (no me canso de repetir el clásico ejemplo del Medioevo o también de la Europa pre 1789,  nuestro Medioevo que fue el Imperio Español y por supuesto nuestro Regenerador D.  G.G.M. y del Ecuador en general pre 1895, y ni hablar en el Oriente). Cómo bien decía un historiador italiano católico del Medioevo, “la Iglesia es la esposa del Imperio”, y aquí vale decir que el Imperio es en verdad la mayor creación política que pueda existir, ojo no confundir los Imperios verdaderos, como fueron Roma, el Sacro Romano-Germánico Imperio o el español, entidades supranacionales – por tanto más allá del nacionalismo-, e incluso meta políticas. Para sustentar la necesidad y la íntima relación de la Re-ligio con la Política y el Estado verdaderos, por tanto el deber de trascendencia del mismo, bien dice Platón: Omnis humanae societatis fundamentum convellit qui religionem convellit, en el Libro X de sus Leyes. O bien Jenofonte (sobre Sócrates), “las ciudades y naciones más piadosas han sido siempre las más duraraderas y más sabias”. Plutarco afirma (contra Colotés), que “es cosa más fácil fundar una ciudad –polis- en el aire que constiruir una sociedad sin la creencia de los dioses”. Rosseau –el Gran Maestro de los “inmortales” principios del 89, los dogmas del igualitarismo moderno que tanto daño han provocado, tan querido por nuestros “politólogos”- en el Contrato Social, observa que  “jamás se fundó Estado ninguno sin que la religión sirviese de fundamento”, Todas las legislaciones antiguas de los pueblos antiguos descansan sobre el temor a los dioses. Polibio declara que ese santo temor es todavía más necesario que en los otros pueblos libres –refiriéndose a Roma-. Numa, para que Roma fuese la ciudad eterna, hizo de ella la ciudad santa.  Entre los pueblos de la antigüedad, el romano fue el más grande cabalmente porque fue el más religioso. Como César hubiera pronunciado un día en pleno Senado ciertas palabras contra la existencia de los dioses, luego al punto Catón y Cicerón se levantaron de sus sillas para acusar al mozo irreverente de haber pronunciado una palabra funesta a la República. (Tomado de Donoso Cortés, Juan; Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo). Y en fin, los ejemplos huelgan en esta materia. Y solo queriendo terminar el punto recalco, que el Imperio –el Estado- medioeval fue justamente SANTO o SACRO. En la antigüedad no hacía falta esta denominación ya que por Imperio se sobrentendía lo Sacro. Y finalmente remato con estas dos frases de Don Gabriel García Moreno que es más que indicativo del carácter trascedente y religioso del Estado: “este país es incontestablemente el reino de Dios, le pertenece en propiedad, y no ha hecho otra cosa que confiarlo a mi solicitud. Debo, pues, hacer todos los esfuerzos imaginables para que Dios impere en este reino, para que mis mandatos estén subordinados a los suyos, para que mis leyes hagan respetar su ley”. En su mensaje al Congreso, en 1873, declaraba: “Pues que tenemos la dicha de ser católicos –de más está decir que por tanto religiosos-, seámoslo lógica y abiertamente; seámoslo en nuestra vida privada y en nuestra existencia política”.          

Creo que no me expresé bien.  La Política es, en teoría, una cosa que, por su misma esencia, debe poseer ciertas características para poder seguir llevando ese nombre.  Evidentemente no podemos llamar Política al acto de emitir una sentencia judicial o al acto de educar a un hijo.  En este sentido puramente conceptual, la Política no es mutable: es lo que es, por así decirlo.  Al decir que es mutable, me estaba refiriendo justamente a lo que aludes seguidamente, a que no ha revestido las mismas formas a lo largo de la historia, y sus instituciones no han sido eternas en los diferentes entes políticos que han existido.  Una mirada al pasado nos muestra cómo los hombres se han regido a sí mismos a lo largo de los siglos, por lo cual la historia es una formidable maestra en la formación del político.  Sin embargo, debo discrepar -por las mismas razones a las que he aludido antes- acerca de que sean los principios religiosos los que enseñan al hombre a vivir políticamente.”

Arriba he tratado de responder esto.

La verdad revelada por Dios y contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición eclesial no versa, por su mismísima naturaleza, sobre lo político, sino sobre lo personal, en el sentido más amplio y profundo del término.  La religión, por así decirlo, se encuentra en una esfera superior a la Política, en cuanto que se maneja en el terreno de lo sobrenatural, y nos enseña verdades que no sólo son eternas, sino que son además plenas.  La Política es una acción humana, incluso podríamos decir que los humanos inventamos la Política como una manera de regirnos y dotarnos de civilización.  Como bien dices más adelante, el arma con la cual los humanos hemos sido dotados por Dios para enfrentarnos con el mundo es fundamentalmente la razón, a la que yo añadiría la autonomía de la voluntad (o más bien, la libertad personal).  Pues bien, siendo la Política un fenómeno humano (el fenómeno humano, por antonomasia), sus paradigmas y parámetros no son trascendentes o sobrenaturales, sino mundanos (o talvez sea más apropiado decir “del mundo”) y racionales.  Las verdades que los humanos nos encontramos en el día a día y en la acción Política no son eternas ni plenas, pero no por ello dejan de ser verdades.  Es verdadero, ex ipsa natura rei (por la misma naturaleza de las cosas), que el que ha recibido un dinero en préstamo debe devolverlo en justicia, como también es verdadero que aprobar una ley del aborto es políticamente (no sólo religiosa o éticamente) incorrecto.

Si bien la religión y la Iglesia se encuentran en un plano supra-natural, esta nunca se olvidó de versar y dictar parámetros públicos y por tanto políticos, no olvidemos a los grandes teólogos como a Santo Tomás de Aquino que expresa que toda autoridad procedía de la divinidad. ¿Y el orden mismo de la naturaleza no es acaso un reflejo del orden celeste sobrenatural, como bien hablaban los antiguos filósofos o los teólogos católicos, la tierra y su orden como reflejo de los coros angélicos?

“la Tradición eclesial no versa, por su mismísima naturaleza, sobre lo político, sino sobre lo personal, en el sentido más amplio y profundo del término.”

De ser así, ¿dónde queda toda la obra pontifical a lo largo de los siglos, desde San Pío V y Pablo V, a Pío IX y su Syllabus o hasta León XIII y su Rerum Novarum? Y a su vez, no solo que lo eclesial si versa sobre lo político, sino que la misma Ecclesia, acaso no dio autoridad política y la quitó de igual forma, recordemos que la excomunión significaba en un soberano católico, prácticamente un asesinato político;  y de la misma manera ese mismo soberano –en este caso el Sacro Imperio y su posterior heredero el Imperio Austro-húngaro- tenían como entes políticos autoridad eclesial, religiosa y a las largas trascendente no solo en sus estados sino que en la misma Iglesia, baste recordar el último remanente que duró hasta la elección de San Pío X y de Benedicto XV, que era el VETO que poseía el Imperio para la designación de los Papas! –Jefes de la Iglesia Universal-, de hecho este veto se lo practicó por ultima vez, si no me equivoco,  en la elección del primer mencionado, se realizaron tres elecciones hasta haber sido elegido S. Pío X, con la anuencia del Imperio. (Recordemos que esto fue en plena modernidad, en 1903, no en el “oscuro y tiránico” Medioevo, y que el derecho al Veto del Imperio Austro-húngaro dejó de existir cuando el Imperio mismo fue disuelto tras la IGM)

“Como he dicho anteriormente, la Política es una acción eminente y esencialmente humana, ante la cual los humanos nos situamos con nuestra razón.  Pues bien, y por eso mismo, la única manera que tenemos de emitir un juicio sobre lo que es bueno políticamente es por medio de la razón.  No es posible alegar la incorrección de una acción política invocando razones religiosas, pues ambas esferas se encuentran en ámbitos y categorías distintas.  Pretender negar una ley del aborto aduciendo que “está prohibido por la ley de Dios” no es un argumento políticamente racional.  Sin embargo, eso no significa que no haya argumentos racionales para justificarlo.  Una de las enfermedades que se han extendido entre los cristianos -desde mi punto de vista- es que hemos renunciado a dar razones y argumentos para sustentar nuestra fe y sus preceptos.  ¡Pero si el cristianismo es profundamente racional, como no podría ser de otra manera!  Nuestro querido Papa ha dedicado su vida entera a clamar esto a los cuatro vientos, y a veces hasta los propios cristianos caemos en la tentación de hacer una diferenciación categórica entre fe y razón.  La fe es racional, y la razón se ve elevada por la fe.  Sería absurdo que Dios nos hubiese dotado de razón y acto seguido nos hubiese impuesto unas creencias que no cuadrasen dentro de ese esquema.  Alegar que la fe es supra-racional no es suficiente, pues esto puede decirlo cualquiera.  La fe católica es la única y verdadera fe no sólo porque así ha sido establecido por Dios y nosotros lo creemos por medio de un acto de pura fe, sino también porque está en contacto e involucra a toda la persona humana de manera íntima, incluida su potencialidad racional.

Está claro que existen verdades que están más allá de nuestra comprensión, entre ellas está el grandísimo misterio de la Santísima Trinidad de Dios, o la Virginidad Perpetua de Nuestra Madre, pero incluso la misma idea de Dios es racional y razonable.  Sólo hay que leer a Santo Tomás de Aquino para verlo.  Evidentemente, no es la racionalidad de la idea de Dios la que nos lleva a creer en Él, pero lo uno no quita lo otro.  Es más, Dios mismo es racionalidad: San Juan ya lo dice en el primer capítulo de su Evangelio: “en el principio estaba el logos, y el logos era Dios”: el término griego logos significa “razón” o “racionalidad.” “

Sin duda que el Catolicismo es sumamente racional, prueba de ello es la obra de Santo Tomás de Aquino, pero sin duda también que el Catolicismo es sumamente supra-racional, también prueba de ello Santo Tomás de Aquino Doctor Seráficus.

Bueno, estas discusiones teológicas, aunque interesantes, no vienen al caso.  Lo que quiero asentar es que debemos recobrar el sentido de que la razón es fuente de verdad.  La verdad científica, jurídica, filosófica, histórica, matemática o moral siempre proviene de la razón, ¿cómo sino podría Aristóteles elaborar la filosofía fundamental de la ética sin tener conocimiento de Cristo (ojo que es el mismo sistema filosófico-ético seguido por la Iglesia)?  Así, la acción política es correcta -es buena– cuando es racional (cuando responde adecuadamente a la verdadera naturaleza de las cosas), y no porque acerque a los hombres a Dios (lo cual no le compete, como he tratado de argumentar).

Sin duda que estas discusiones son interesantes, mas por ahora creo que las podremos superar, eso sí, cualquier comentario o refutación a lo dicho por mi es más que bienvenido…

La razón es sin duda fuente de verdad, mas no de toda la verdad. La acción política es correcta, cuando es racional, otra gran verdad. Pero, como yo en cambio he tratado de demostrar la misma puede y de hecho debe ser supra-racional en muchos casos, no solo para acercar al hombre a la Divinidad, sino que hasta para su misma eficacia, así un ejemplo:

¿Sobre qué decide en última instancia el decisor soberano? Sobre el estado de excepción. La excepción produce la decisión extra ordinem, que significa fuera del orden normativo, pero no del orden jurídico total. El milagro, en la teología, es también el acto extra ordinem, fuera del orden natural pero no del orden divino. Para el Derecho, pues, el estado excepcional tiene analogía con el milagro para la Teología. No es caprichoso, decir: “todos los conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados” (Carl Schmitt).

Y para finalizar este trecho, como es de mi agrado aludir a los que se encuentran en mis antípodas doctrinales para que me den la razón, cito a Pierre-Joseph Proudhon, “padre del pensamiento anarquista”, el famoso autor de  “¿Qué es la propiedad? – La propiedad es un robo”, al referirse en sus Confesiones de un revolucionario(1849), a la Política, realiza estas notables aseveraciones: “Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología”.

“En primer lugar, debo de nuevo discrepar contigo con respecto al juicio que te merecen Isabel I y Lincoln, aunque no me interesa tampoco extenderme en este punto.  En mi opinión, y haciendo un análisis quirúrgicamente político (es decir, recordando la distinción entre este ámbito y el religioso) no puedo menos que aplaudir y admirar la acción llevada a cabo por estos dos líderes en sus respectivos países.  Isabel I logró forjar con decisión y valentía la identidad y el poderío de su nación, incluso enfrentándose a los más extraordinarios obstáculos, y levantó de las cenizas a una de las naciones más insignes e influyentes de la historia, como es Inglaterra.  Desde el punto de vista religioso, evidentemente la Reforma fue un pecado sin precedente, pues privó a la mitad de la cristiandad de los auxilios divinos que el mismo Cristo había instituido por medio de su Iglesia.  Como católico, ese acto debo juzgarlo con rigor, pero como ciudadano interesado en la política debo intentar hacer un análisis que sepa disgregar el elemento sobrenatural cuando hago un juicio político, justamente porque la Política no se extiende al campo de lo espiritual.  Lo mismo sucede con Lincoln, aunque en su caso no veo qué objeción podría planteársele: rescató a su país de perecer tras una guerra civil fratricida, y liberó a la población negra de la impía injusticia de la esclavitud.”

Tienes razón al aseverar de Isabel I, y de Lincoln fueron grandes figuras de acción y forjadores de sus respectivas identidades nacionales. Pero esas identidades fundadas en los valores que sostenían y defendían y aún teniendo un análisis solamente “político” como tú lo defines de la historia; deberíamos tomar en cuenta que esas naciones fueron el foco no solo de subversiones religiosas, sino y sobre todo políticas y de hecho de formas de entender la política. Así la Inglaterra o los EEUU como fuentes de accionar político solo dieron desgracias a occidente, baste el ejemplo de la mal llamada “Revolución Francesa” en verdad subversión inglesa.

Con respecto al análisis histórico desde la Tradición que haces, debo decir que no me parece lo más adecuado realizar una categorización general de un movimiento tan importante como es la modernidad.  Etiquetar lo moderno como lo que teológicamente reconoceríamos como “el mal” es, en mi opinión, excesivo e injusto.  No sólo la modernidad ha traído grandes -inmensos- avances a la civilización humana, sino que ha sido un proceso de tal complejidad que no es posible, sin caer en una gigantesca generalización, llamarlo “malo” sin más.  Sin duda, las épocas modernas han visto algunos de los abusos y crímenes más salvajes de la historia del hombre, y algunas de las tendencias e ideologías más nocivas que se hayan podido inventar han surgido al amparo del liberalismo y la “modernidad”, pero esto -aunque gravísimo- no puede llevarnos a olvidar los inmensos avances que por otro lado esta cosmovisión -para usar tus términos- nos ha deparado.  No quiero ser pesado tampoco, pero sólo por citar algunos: el constitucionalismo, la filosofía de la historia, los increíbles adelantos de la medicina y de la ciencia en general, la libertad religiosa y moral, los derechos del hombre, etc.

“Como cosmovisiones, la Tradición y la Modernidad (si las he entendido bien de tu escrito) son más bien como dos tendencias en tensión cuya validez en cada momento dependerá de los resultados a los que nos lleven políticamente.  Resulta claro que la mayoría de los avances de la modernidad han sido de tipo técnico-material (lo cual no los hace irrelevantes o despreciables), pero si queremos mantener el progreso, es preciso no sólo recuperar una visión “tradicionalista” según tú la ha definido, sino encontrar un sano balance entre las dos (in medio virtus, decía Aristóteles), además de saber conjugarlas con todas las demás posibles visiones que puedan existir (siempre que sean lícitas, claro).”

Yo contrapongo a la modernidad y a la Tradición como principios METAFÍSICOS enfrentados, por lo mismo, la consecución material o física obtenida por la modernidad -los avances técnicos, médicos, etc.-,  no es ni “buena” ni “mala”; ni positiva, ni negativa, así cómo un cuchillo no es bueno ni malo, según el uso que se lo de. Por lo mismo si estos avances fuesen guiados por la verdad y su reflejo la Tradición serían positivos, debido a que estarían fundamentados en principios superiores, en cambio al contrario sucedería con los principios de la modernidad, así hoy nos podemos comunicar de un continente a otro en fracciones de segundo, pero para decir estupideces y barrabasadas (ojo, NO me refiero ni a ti ni a mío, jaja, sino en Gral.) Y con el mismo pincel –que no ha cambiado en siglos- que se pintó el “Carlos V” de Tiziano o cualquier anónimo de la escuela quiteña, hoy se pinta, no por el pincel, sino por el principio metafísico que lo guía, aberraciones como las de Picasso o las de tantos otros artistas filisteos.

En cuanto a la libertad religiosa, yo soy un gran defensor de la misma, pero no puede existir libertad religiosa donde no hay religión, en el mito moderno de la laicidad o peor en el ateísmo del Estado; y en cuanto a los “derechos del hombre”, para mi exceptuando unos pocos y puntuales derechos básicos –cómo el de la vida al nacer, la integridad física, la dignidad humana etc. -, los derechos –y sobre todo los políticos- no deberían ser para todos, sino conforme a los méritos de cada uno, es decir cómo reza aquella inscripción romana “a cada cual lo suyo”.

“Esta proposición de análisis histórico es muy lúcida.  Hay que “relativizar” por así decirlo, los acontecimientos y personajes históricos, y darles un valor actual según su contexto.  Aunque que García Moreno fue un patriota ilustre, talvez su concreto estilo de gobierno no sería provechoso hoy en día, lo cual no nos impide aprender de su experiencia y enriquecernos con su ejemplo, además de honrar su memoria.”

COMPLETAMENTE de acuerdo.

Y sin duda que un sano disenso es necesario, para hacer que brote la Verdad, dela que nadie es dueño, nuestra misión en todo caso es tratar de acercarnos lo más posible a ella, y con esto al bien común de la Patria.”

“No podría estar más de acuerdo contigo.  Citando a Jaime Nubiola, profesor de Filosofía de esta Universidad, refiriéndose a San Josemaría Escrivá:

“[C]on extraordinario sentido común, mostrando la mano ligeramente torcida, San Josemaría preguntaba a su interlocutor si la mano era cóncava o convexa: ‘Los asuntos humanos no tienen soluciones unívocas; los demás ven la misma cuestión que tú pero desde distinto punto de vista, con otra luz, con otra sombra, con otro contorno: la confrontación de esos puntos de vista es enriquecedora’.”

TAL CUAL.

“Bueno, esta respuesta ya está bastante larguita, así que me despido.  Perdóname si he sido pesado, pero tengo que confesar que me encanta debatir, y como tú mismo has dicho, es un placer mayor cuando uno se enfrenta con un rival tan bien dotado de armas intelectuales.  Te entiendo completamente cuando dices que en el Ecuador es difícil encontrar esto (no creo que la gente es estúpida, sino más bien apática).  Espero tu respuesta, y mucha suerte con todo. “

Y bueno, si te diré yo que a mi de igual forma me encanta debatir, por lo mismo no tienes que perdonarte de nada, que he encontrado al fin a alguien que le guste y me de el placer de hacer ejercicio mental de tan alto requerimiento, en todo caso, gracias nuevamente por escribir y por interesarte en nos. Esperando tu respuesta (sin apuro), me despido.

Un gran saludo

Francisco.

 


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