coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


Peronismo esotérico.

Peronismo esotérico.

Por Francisco Núñez Proaño

Daniel Santoro en la quinta de Perón en San Vicente - Provincia de Buenos Aires.


El sano anti-intelectualismo peronista.

(No te preocupes sino entiendes esta entrada, no es porque seas una quimera, sino porque no has vivido tantos años como yo en la Argentina)

Hoy mientras volvía a mi casa de pie en medio de la marejada humana que pulula todas las tardes hacia el norte de la franciscana ciudad de Quito, iba leyendo a un intelectual de primera del occidente civilizado y cristiano… entonces me di cuenta cuanto me repugnaba ese intelectual y se me vino a la mente la consigna peronista: “Alpargatas si, libros no”…  en el troquel variopinto que es mi cerebro y donde llevo almacenados los recuerdos marcados a carne y fuego de toda una corta pero larga vida, fui relacionando los recuerdos y de pronto me situé en el calor decembrino del Buenos Aires ido y vivido que varios años habité (y habitaré nuevamente tarde o temprano)… Sí, eran los primeros días de diciembre del 2006, estaba caminando con una patota de amigos por la paqueta Avda. Quintana y de pronto desembocamos en Arroyo al 800 en una también paqueta galería de arte. Curiosamente, como si el destino nos hubiera llamado primero y llevado después a ese lugar, llegamos sin querer a una exposición del genial (porque solo puede venir de su genio tutelar las habilidades del arte que posee) Daniel Santoro, allí nos recibió la hostess gorila y “sorprendentemente” la guía también era gorila… gracias al Dios que le rezaba el Tnte. Gral. Juan Domingo Perón (también conocido como Cangallo por ciertos furibundos antiperonistas), allí también se encontraba el mismo Daniel Santoro; con quien pude conversar largo y tendido hasta cuando nos echaron las gorilas de la galería!!! (No; esta última parte es mentira -pero el artículo necesitaba algo de drama-; en realidad andábamos de apuro con mis amigos porque creo que era viernes y teníamos noche de birra, pizza, empanadas y guerras filosóficas… pero salí contento porque le pude conocer en persona y además me dedicó uno de sus folletos… aunque me llamó la atención por el sacrilegio de  mis alpargastas con planta de caucho y no de yute: “esas no son alpargatas”, me dijo). A Santoro lo había conocido por su obra en la feria del libro de Buenos Aires de abril del 2005… como casi siempre mis encuentros esotéricos se producen mientras camino o me muevo de un lado al otro, con Santoro no fue la excepción… caminaba a lo largo de un corredor de la feria cuando de pronto entre un montón de libros vi algo que casi no encajaba  en medio de ese vomito de tinta y de papel (!): era un ilustración de la tapa de un libro de Santoro  “Manual del niño peronista” (“Manual del niño edípico” es cuasi tan genial como este), pero… ¡SI!…  pero, MAYOR fue mi sorpresa al abrir el libro y ver las ilustraciones de las obras pictóricas de Santoro: ¡Por los dioses! -precedido por una ¡A la mier…! de uno de mis acompañates- exclamé para mí: ¡ESTO ES PERONISMO ESOTÉRICO!:

Alpargatas si, libros no. De Daniel Santoro.

Lucha de clases. De Daniel Santoro.

El descamisado gigante irrumpe en un jardín cultivado. De Daniel Santoro.

Retorno a la isla de los muertos. De Daniel Santoro.

Campo ideológico con árbol de la vida (Homenaje a Xul Solar). De Daniel Santoro.

Cuerpo ideológico con sistema planetario. De Daniel Santoro.

Cabecitas negras como tetratkis pitagórica. De Daniel Santoro.

Vacío ideológico. De Daniel Santoro.

Civilización y barbarie. De Daniel Santoro.

Anatomía comparada con análisis lombrosiano de peronistas y antiperonistas. De Daniel Santoro.

La cuestión racial 

El peronismo como cosa de negros y la leyenda del descamisado gigante

Por Daniel Santoro. Vía: http://www.danielsantoro.com.ar

Como ninguna otra fuerza política, el peronismo tiene una identidad racial de origen que se expresa en apelativos tales como: “cabecita negra”, “grasita” o, el mas ecuménico, “los negros”, fruto de una mirada lejana y desatenta que designa al pasar a todo aquello que no sea caucásico. Es fácil imaginar el temor y rechazo que produjo esa masa oscura movilizada en aquellos primeros años fundacionales, mostrando por primera vez la cara mestiza de un país que se creía de blancos europeos. Alguien la designó como un “aluvión zoológico”, un estallido de animalidad imprevisible que posibilitaba desde la destrucción de viviendas para humanos usando pisos y muebles en la cocción de alimentos, hasta el extremo caníbal de la mucama peronista de oscura tez provinciana que cocina al pequeño hijo de una feliz familia burguesa, sirviéndoselo a la hora de la cena. Nuestras ciudades sitiadas por la barbarie resistían el asedio como faros de civilización, pero de pronto el peronismo habilitó el ingreso de “la negrada”; inútiles resultaron los puentes levadizos, cruzó de todas formas como en la peor pesadilla y, con rápido descaro democrático, se entregó sin pudores a las delicias del goce capitalista; sin siquiera un pudor en forma de sacrificio marxista. 

Una sociedad de hombres blancos confinados en el sur del mundo vio cómo esa turba bizarra amenazaba todo aquello que amaba, incluidas sus instituciones hechas a imagen y semejanza del norte civilizador; de esta forma, fue colocada en el plano inclinado que la llevaría al mundo latinoamericano, en el que jamás habían pensado inscribirse.
Gauchos, peones rurales, mucamas, obreros bonaerenses y morochos provincianos eran una multitud dada a los excesos y a gustos no homologados, una pesada carga de la América profunda que amenazaba invertir la dirección del vector Sur, representado en la tapa de la revista que por entonces ejercía el comisariado cultural y del buen gusto. El vector en el logotipo de esta revista señalaba el sur desde el norte, mostrando simbólicamente la dirección aceptada para influencias y homologaciones. El conjunto de las novedades políticas y culturales aportadas por el peronismo conformaban un indeseable programa estético capaz de invertir la dirección del vector de influencias, lo que provocaría un reflujo contaminante hacia las activas aguas de la modernidad de posguerra.



La leyenda del descamisado gigante


El monumento al descamisado fue pensado como un gigantesco hito urbano que estaba destinado a convertirse en el emblema arquitectónico de la revolución justicialista,colocando, por sobre todas las edificaciones de la ciudad, la figura sólida, austera y amenazante de un obrero del conurbano bonaerense. Su emplazamiento también tendría un fuerte valor simbólico: el enorme basamento obturaba la traza de la avenida Figueroa Alcorta en las cercanías del actual Canal Siete; la silueta de 137 metros recortaría el cielo sobre los palacios y embajadas del Barrio Parque como un invitado indeseable en medio de una lujosa fiesta. Imaginemos a Victoria Ocampo abriendo las ventanas de su palacete modernista y viéndose confrontada con esta ominosa figura vertical que la llevaría a un dialogo metafórico con la diversidad; diálogo que seguramente ella preferiría, tener al menos, con Rabindranath Tagore u, ocasionalmente, con sus mucamas.
Todo este proyecto acabó en 1955 cuando su construcción avanzaba velozmente. Aquel descamisado siguió el camino del olvido hasta que su memoria tomó la desmesura de la leyenda, que lo volvió poderoso y resentido desde su destierro en la Isla de los Muertos.


El descamisado gigante es la sombría encarnación de un monumento no realizado, un Golem activado por las “Veinte Verdades” de una doctrina nunca homologada. Vengador de los humillados, aterroriza agitando su garrote de tres ramas sobre las cabezas de los explotadores codiciosos y de los tilingos intelectuales. (Nota de Francisco Núñez Proaño: Mi padre me enseñaba de niño el juego de “cazar a los tilingos”, nunca perdí la costumbre)
Crece y se alimenta con la miel negra que brota de los resentimientos acumulados por los deseos, goces y pasiones ancestralmente negados. Merodea el bosque oscuro en los alrededores de la ciudad capitalista, que lo ignora con soberbia indiferencia. Sólo espera una señal de su líder creador, el único capaz de pronunciar su verdadero nombre, la cifra por la cual avanzará y todo quedará en ruinas.

Hotel de inmigrantes. De Daniel Santoro.


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