coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


El ciclo de Augusto

El ciclo de Augusto.

Augusto Pontifex Maximus (Augusto como Sumo Pontífice)

En el séptimo día, del séptimo mes, del año parricida, en una cálida y noroccidental esquina por donde el  sol estival  alumbraba el templo de la patrona y antepasada de la gens Julia, la diosa Venus Genitrix; los parricidas y Augusto discutían:

–          Ya nos hemos desecho del tirano que impedía el juego de la República y sus instituciones, ahora podemos ser libres a pesar de todo, no podemos admitir esto: tú estás destinado a ser solo un hombre. Eres solo eso, un hombre, un jefe faccioso: ¿Cómo crees poder suscitar el florecimiento de una edad? Replicaron los parricidas.

Augusto les respondió: Ustedes me temen, saben que yo encarno plenamente fuerzas espirituales qué tan solo han permanecido latentes, yo les doy la posibilidad y la oportunidad de llegar a ellas.

–          Se sacudieron trémulos: uno con voz nerviosa y exaltada le gritó: No hemos tomado la vida del tirano por nada, la hemos tomado por Roma, su sangre ha de vivificar la República de Catón Censorius y de sus descendientes.

Imprudente: Hablas de Catón y de sus vástagos, y no veo a ninguno de ellos entre ustedes. No entienden  que para salvar a Roma no basta con recurrir a la violencia.

–          ¿Acaso pretendes  la fortuna de César? Claro que sí, esas son tus ambiciones, tu corazón se mueve por el oro, eso es lo que quieres: oro ¡Nada más! No te preocupes nosotros te lo daremos pero déjanos en paz, hemos de encargarnos de esto nosotros.

Blasfemo: César ha pasado a la divinidad, no te atrevas a injuriarme con su oro, los dioses han confirmado con una señal en el cielo que él ahora se encuentra junto a ellos en lo alto, en el Empíreo: reparte el oro entre las gens y sus templos de la ciudad. Yo reclamo la herencia de mi padre, yo reivindico todo su patrimonio, yo soy hijo del dios César.

–          Silencio, introspección y duda.

Ustedes han cavado la tumba de la República, ustedes mercaderes dados a patricios, ustedes artífices dados a senadores, ustedes etruscos dados a romanos. Han reducido todo en su torno… virtud, la virtud no es más que un nombre para ustedes.

Augusto se iba a retirar entonces.

–           El jefe de los parricidas gritóle a sus espaldas: ¡Impío!  Entiende lo que haces, estás acabando con Roma.

La sacral figura de Augusto y su metro setenta centímetros de estatura se alejaban de la traición para siempre.

–          Augusto respondióle sin mirar hacia atrás: ¡Impío!: No hables de impiedad, tú  que por negocios despreciaste la guerra; impiedad es el fuego del hogar extinto, impiedad es el lento hundimiento de Roma, impiedad es desobedecer a los dioses: Júpiter Optimo y Máximo me ha hablado en un sueño, y heme aquí: ¡Yo soy su voluntad!

Augusto entonces se dirigió hacia la puerta del templo dispuesto a salir. Un par de parricidas entre dientes rebuznaron, mátenlo, mátenlo ahora que podemos…. Ahora o nuestros genius no nos lo perdonarán ¡Salvemos a Roma una vez más!: empuñemos el gladio y terminemos con esto. Otro de ellos le dijo entonces: -¡Hazlo tú, no volveré a manchar mis manos con sangre de los dioses! Todos dudaron y los insidiosos no quedaron más que en la inquina y la frustración.

Volteó Augusto a rendir honor a la diosa de su gens y abandonó el templo. Mientras descendía por las gradas la luz se reflejaba en el mármol blanco de estas. Ese día el sol estaba velado por un halo: presagio de realeza.  Roma había vuelto a nacer. El Ciclo de Augusto había comenzado.[1]

Por Francisco Núñez Proaño.


[1] El renacer del héroe: En julio del año cuarenta y cuatro A.C., el Sidus Iulium, le aportará la revelación de su propia misión divina. Octavio no es el fundador de la religión, sin embargo será su sustentador y regenerador, su piedad y su respeto por los dioses fueron incomparables.  A su muerte, el primer Emperador de Roma, como a la muerte de su padre adoptivo César, ascendió al Empíreo y fue proclamado dios junto al “tirano” y sus antepasados.


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