coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


Sobre la naturaleza universal y metafísica del amor idílico

Sobre la naturaleza universal y metafísica del amor idílico

El enamoramiento o el amor idílico es una de las modalidades más elevadas de amor existente. Contrariamente a lo que algunos suponen, no se debe a procesos químicos dentro del cerebro. Estos son un mero efecto de la causa superior que es el conocimiento metafísico intuitivo que entraña el amor idílico y que se traduce a un nivel corpóreo por efecto expansivo del centro espiritual hacia la periferia física. El amor idílico tampoco se debe a ideales culturales propios de una determinada época, como algunos suponen. Aquellos pueden potenciarlo o enriquecerlo, pero no lo determinan.
En los diálogos platónicos “El Banquete” y “Fedro”, Platón, nuestro magistral filósofo y místico, anterior al cristianismo y a la consiguiente cultura cristiana, trata el tema del enamoramiento o amor idílico en su real sentido, en su verídica esencia, la cual conecta directamente con lo divino. Posteriormente, la mística medieval trovadoresca del amor cortés, surgida en Francia alrededor del siglo XI, en la localidad de Provenza, aborda al enamoramiento con miras a la comunión divina. A su vez, los caballeros andantes que luchaban a muerte y desinteresadamente por sus damas, cuyos emblemas son Tristán, el Amadís de Gaula y Percebal, entre otros más, también manifiestan la noble condición del enamoramiento. Dante no se olvida de este y lo plasma en su obra “Vita Nuova”, que trata de su devoción por Beatriz, modelo ideal que lo conduce a esferas superiores conectándolo con lo sagrado. También lo grafica en su “Divina Comedia”, en la cual es Beatriz quien lo guía por las nueve esferas del Cielo.
El enamoramiento o amor idílico ha acaecido en todas las épocas y culturas. Diversas tradiciones inmemoriales lo testimonian, reconociendo su valor metafísico, simbólico y transcendente. En la tradición clásica dos mitos relevantes de este fenómeno son los de “Orfeo y Eurídice” y “Psique y Eros”. En el primero, Orfeo, quien enamoró a Eurídice con la música celestial emanada de su lira, descendió hasta los mismos Infiernos, hasta el Hades, para rescatarla. En el segundo, Psique, locamente enamorada, vagó de templo en templo y accedió a ser esclava de Afrodita, sometiéndose a toda clase de durísimos trabajos y sufrimientos por encontrar a su ser amado. Asimismo, en la tradición China tenemos un cuento tradicional de amor narrado por el poeta Po Kiu Yi, de la dinastía Tang, en la que se refiere el amor de la doncella más hermosa de todo el imperio de ese entonces con el Emperador Ming-Noang. Cuando este se comunica con el espíritu de ella, que yacía muerta, este le dice entregándole un alfiler y un brazalete de oro: “Si hay tanta pureza en el amor que por mí siente aún el Emperador como lo hay en este oro, todavía podremos reunirnos sin que existan para nosotros fronteras entre el cielo y la tierra…”. Después de pronunciadas estas palabras le recuerda que serán ambos dos aves que volaran siempre juntas o dos entrelazadas ramas de un mismo árbol. A su vez, en la tradición japonesa tenemos la famosa historia de amor de Kimiko. En un fragmento de la historia, ella le dice a su ser amado, a su único amante: “Yo, amor mío, no soy más que tu loca pasión, tu ilusión pasajera, tu sueño, una sombra que flota en tu vida…” ¿Fuera de la época y de la cultura, más allá de ellas, no es sumamente romántico eso? En la tradición hindú, por su parte, tenemos la historia de amor entre el rey Nala y su hermosísima esposa Damayanti, quien lo busca desesperadamente de paraje en paraje con la finalidad de encontrarlo, siéndole fiel hasta el final, incluso cuando el rey lo pierde todo. No me olvido de la tradición árabe, en la que tenemos el famoso relato de amor entre Aladino y la princesa Badrulbudur, presente en “Las mil y una noches” y llevado al cine de dibujos animados por Disney. En la tradición celta tenemos la famosa leyenda de amor entre Deirdre y Noise, en la cual ambos, con todo en su contra y con los terribles infortunios fruto de los maleficios que utiliza un druida para distanciar al uno del otro, luchan por su amor, por permanecer uno al lado del otro. Finalmente, cuando mueren, son enterrados juntos y de sus tumbas crecen dos árboles de tejo cuyas ramas están entrelazadas, símbolo de su unión amorosa aún tras la muerte. Las piedras que delimitaban las tumbas se convierten con el tiempo en polvo y los dos tejos, sin embargo, continúan vivos y entrelazadas sus ramas, símbolo de la eternidad del amor, de su espíritu inmortal. Igualmente, en la tradición escandinava tenemos la famosa leyenda sobre los amores de Sigfrido y Krimilda. Estos son solo algunos ejemplos, sin tener en cuenta todos los cuentos tradicionales de hadas, príncipes y princesas de cuyas historias de amor disfrutamos tanto los niños y las mujeres.
Estos cuentos tienen por eje central al heroísmo, la nobleza y el desprendimiento, así como a la fuerza o poder sobrenatural al que es capaz de conducir el enamoramiento. Reconozco que aquellas historias son simbólicas. Sin embargo, considero que lejos de representar mensajes desligados del enamoramiento del que se sirven como cubierta, representan mensajes solidarios a este y que colindan con él en su esencia. De cultura a cultura, de época a poca, lo único que varía son las formas externas de manifestación de un mismo fenómeno: el enamoramiento. Bien analizadas aquellas diversas expresiones conducen al mismo contenido, a un contenido común y arquetípico con estructuras compartidas. Diferentes significantes portan un mismo significado.
Muy pocas son las personas cuya disposición de espíritu les permite enamorarse. De ahí que la mayoría -el vulgo espiritual- no sean capaces de comprender al enamoramiento y lo denigren, menospreciando un don tan precioso caído del cielo. Esto, del mismo modo en el que los hermanos de José despreciaron en él el don divino manifiesto a través de los sueños, porque ellos no lo tenían y lo envidiaban. Muchos toman al enamoramiento por una liviandad y llaman con ese nombre sagrado, reservado a un sentir elaborado propio de ciertos espíritus delicados, a cualquier necedad pasional, a la mera atracción o deseo.
El enamoramiento es una puerta que se abre en una persona en la que la atención se posa con profundidad penetrante. Esta puerta abierta en esa persona, comunica a la otra, a través de aquella en la que su atención se posa, con el reino celeste. Por medio de la puerta abierta cruza una luz transparente, de un blancor irresistible y de tal resplandor que ciega los sentidos corpóreos y entumece todos los miembros del cuerpo. Este se paraliza y al instante el ánimo desfallece de una nostalgia inexorable, que parece remitir a un pasado remoto, al contemplar a una figura tan hermosa, a la persona que lo remite a una suerte de paraíso primordial. Desfallece en medio de escalofríos y su ser se eleva. La luz cruza a través de la puerta desde el cielo hasta la tierra, tocando el espíritu cuyo destino es enamorarse y uniendo sus entrañas a las de la otra persona. Se trata de una hierofanía. Así, el ser enamorado bebe de la luz que emerge desde la persona a la cual ama y en la cual se encuentra la puerta abierta que lo comunica hacia esferas elevadas, el puente entre los mundos, por el que un maravilloso perfume desciende desde lo alto hasta embriagar su espíritu y desquiciarlo, brindándole el don de la clarividencia y la suprema cordura. El enamoramiento, además, conduce a la virtud, puesto que fija al ser enamorado en lo bello a lo cual aspira, de tal manera que aquel busca imitar esa belleza y concentrándose en ella olvida las tentaciones de antaño, cesando en el vicio.
Y ese enamoramiento, que toca un fondo superior, es el que por medio de la luz divina restablece al cuerpo a su salud original o primigenia, generando cambios fisiológicos que lo benefician prolongando sus años y su calidad de vida, brindándole salud física y psicológica que se corresponden con una orientación espiritual correcta de la cual son el resultado. Aquellos cambios fisiológicos no son la causa del enamoramiento, sino su mero efecto, así como la sombra no es la causa de la luz, sino su mero reflejo. Porque la materia no dirige sobre el espíritu, sino que es este el que reina como Rey sobre la materia. Porque lo que es en los planos superiores se manifiesta en los inferiores según una escala jerárquica de lo más a lo menos. “Como es arriba es abajo”, señala Hermes Trismegistus en el “Kybalión”.
En estas ultimas generaciones, en las cuales prima el materialismo y el cientificismo, se concibe al enamoramiento desde esa perspectiva limitante, tomándolo como un mero fenómeno corpóreo y físico. El relativismo de nuestra era, por su parte, lo toma como un mero fenómeno social o cultural de carácter relativo. El utilitarismo lo condena como inútil. El nihilismo lo niega. Precisamente por eso combato a esas corrientes tan opacas, mustias, carentes de vida, carentes de Prana.
Por Sofía Tudela Gastañeta.

1 comentario so far
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Os amo y… “tem goteira”.

Comentario por Andreus




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