coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


La última hora.

La última hora.

Gabriel García Moreno, 1875.

La tensa calma transcurría en el interior de la casa de la familia del Alcázar apenas a una cuadra del Palacio de Carondelet, en el salón las palabras apenas se cruzaban, Mariana lucía calma, su hijo Gabrielito también, sin embargo, la suegra de don Gabriel García Moreno, doña María del Rosario de Ascázubi y Matheu, con corazón de madre, no solo de su hija sino y sobre todo de su hijo político, se abalanza sobre las piernas del presidente de la República y en un mar de lágrimas le suplica: ¡Gabriel! No salgas a la calle, te van a matar, no nos abandones, no dejes una viuda, un hijo y un país huérfanos. Don Gabriel impávido, toma a la mujer de los hombros y la levanta, sin decir una palabra la abraza con una fuerza inolvidable, las lágrimas corren por su candoroso rostro,  él se dirige donde su esposa y se despide tiernamente con un ósculo que solo el amor de marido fiel puede dar… de allí toma a su hijo, lo levanta contra su pecho,  lo abraza, lo toma de la cabeza y acaricia paternalmente su cabellera, así se mantiene unos minutos hasta besar su frente… lo deja en el piso, y sin palabras de por medio sale por la puerta principal de la casa hacia la calle de la Universidad.

Es el meridiano. El sol estival luce espléndido ese viernes 6 de Agosto de 1875, el “calor” insoportable para  los quiteños les ha ahuyentado al interior de los edificios.

Al poner un pie en la calle avista en perfecta disposición diagonal sur desde la Compañía, casi conformando un compás, a una recua contumaz y descarriada. Pierde la razón y mientras grita preguntando por el responsable de tan tremendo y nefando espectáculo, se abalanza sobre ellos para dispersarlos a bastonazo limpio, los rebuznos y los chillidos son ensordecedores… los asnos en alerta huyen despavoridos.

Su sombrero ha caído en la algarada. Retomando la impasibilidad se vuelve hacia el piso, toma su sombrero, cubre su cabeza y se dirige hacia el norte por el camino de donde no ha de volver, en la calle que décadas más tarde llevará  su nombre. Se dirige hacia la inmortalidad y lo sabe.

Seis bandidos, en unión y amparados por los conciliábulos tenebrosos del país del sur y de las logias del norte, han orquestado el magnicidio más caro de la historia del Ecuador. Están por asesinar al padre de la Patria, y lo saben, y las maldiciones generacionales pesarán sobre ellos en sus genes y el crimen que cometerán los marcará como el fuego. Sus nombres: ¿Para qué? Innombrables. La tierra de sus casas saladas, sus efigies derruidas a cincelazos inmisericordes.

Toda su vida había sido una preparación, un tránsito, los seis días previos al séptimo, eterno, del descanso. Don Gabriel avanza entonces por la calle casi desierta, saluda con un simple y cortés cabezazo a algún conocido apostado en las sombras de los umbrales y portones a lo largo del camino de las siete cruces.  Y va llegando al pretil del palacio, y va ascendiendo por las gradas que lo llevarán a la gloria. En pocos minutos más su espíritu ha de trascender y ha de juntarse con Dios en el empíreo.  Alboroto, bulla, traición: Parricidio: los complotados lo atacan al pasar la tercera columna del pretil, en la cuarta Rayo se precipita sobre el señor y escandaliza gritándole por las espaldas machete en mano: ¡Muere Tirano! A lo que Gabriel García Moreno responde sin pensarlo:

-¡Dios no muere!

“Día sin tarde, sin véspero, sin crepúsculo sombrío. A pleno sol fue esa tarde interminable, dorada, meridiana.”

Por Francisco Núñez Proaño     


1 comentario so far
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Excelente narración.

Comentario por FELIPE




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