coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


EL INTELECTO

El siguiente trabajo de mi autoría que presento a continuación se encuentra publicado recientemente en el libro “La vida, el intelecto y el amor”  editado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana:

EL INTELECTO

Por Francisco M. N.P.

“En este punto, el porqué del ser no existe como un porqué sino como un ser. Mejor, ambas cosas no son más que una” (es decir que no existe justificación exterior y de tipo racional para la acción; la acción está inmediatamente ligada a un “significado suyo”). “Que cada una sea él mismo. Que nuestros pensamientos y nuestras acciones sean los nuestros. Que las acciones de cada uno le pertenezcan. Y esto, sean buenas o malas. Cuando el alma tiene el intelecto puro e impasible como guía, la plena disposición de sí mismo, entonces, dirige su impulso allí donde quiere. Solo entonces nuestro acto es verdaderamente nuestro, y de nadie más, procediendo del interior del alma como de una [fuente de] pureza y de un principio puro dominador y soberano y no el efecto de la ignorancia y del deseo, pues, entonces, sería la pasividad y no la acción la que actuaría en nosotros

– Plotino.

“… puesto que  el alma intelectiva es forma que trasciende la capacidad del cuerpo, tiene  su ser elevado por sobre el cuerpo”.

–          Santo Tomás de Aquino, Las Creaturas Espirituales, Artículo 9.

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Singular y polémica tarea, la de describir o peor definir el intelecto; mas en una época cuando cada cual le atribuye las características que se acomodan a su pensamiento y  de esta forma se lo confunde a este con mera erudición, intelectualismo, conocimiento enciclopédico y arrogante petulancia de “claustros” universitarios, que por lo demás son inservibles… al menos para el intelecto. Así, con intelecto no quiero significar el mero razonamiento teórico, abstracto y filosófico, sino que me refiero al intelecto general del hombre con sus principios innatos e indefectibles, y sus preceptos prácticos y morales que no necesitan ser adquiridos.

El intelecto es la base del conocimiento interior, de la verdad del origen divino de cada cual (de quien lo posee al menos)  y constituye la prueba interior de las enseñanzas espirituales de un origen superior, así como el expresarlo en la forma de ser y de vivir de cada uno es la prueba exterior del mismo. Su misma semántica nos lo indica: intelecto =  conocer hacia dentro de si.

Entonces, podemos decir que el intelecto es la facultad de pensar, por medio del conocimiento de uno mismo. Tal y como es entendido en la literatura filosófica católica, significa el más alto poder espiritual y cognoscitivo del alma. Es en este sentido, relacionado con la acción del sentido, pero trasciende a este último en rango. Entre sus funciones está la atención, concepción, juicio, razonamiento, reflexión y autoconsciencia. Todos estos modelos de alto rango que son requeridos más allá del mero hecho de saber con base en los sentidos. Con Santo Tomás y varios otros filósofos católicos podemos decir que  es la facultad espiritual que depende extrínsecamente, pero no intrínsecamente del organismo biológico, pues es una facultad y cualidad exclusivamente del alma (del espíritu) y por tanto de su unión y origen divino con Dios.

Es el intelecto el que posibilita que la mente se aprehenda a si misma como una unidad, o como un ser unitario.

Partiendo de la base del intelecto como retrospección interna, debo agregar que de allí se desprende el entendimiento externo y la razón. Comulgando  con el concepto de la filosofía aristotélico-tomista que nos indica que esta es la facultad del alma intelectiva o espiritual gracias a la cual el hombre tiene conocimiento del mundo exterior. Para esta tradición filosófica, el intelecto es la parte más excelente del alma humana, no corpórea e inmortal.

Aristóteles defendía  un punto de vista biologicista del alma (el alma como principio de vida) y en muchos textos tiende a considerar al alma como una función del cuerpo (“el alma es al cuerpo como el cortar al cuchillo o el ver al ojo”), por lo que desde este punto de vista hay claros problemas para la defensa del carácter sustantivo del alma y de su posible inmortalidad. Sin embargo, en los últimos capítulos de su obra “Acerca del alma” afirma Aristóteles que en el alma encontramos una parte que es radicalmente distinta al resto pues es incorpórea y por ello “separable” (es decir inmortal y eterna). Siguiendo a su maestro Platón, Aristóteles dirá de esta parte divina del alma que es aquello gracias a lo cual pensamos, podemos captar lo universal y alcanzar la ciencia (ciencia primordial del conocimiento eterno).

Los textos en los que presenta estas ideas son muy oscuros y ambiguos, lo que favoreció que de ellos se ofrecieran diversas interpretaciones, en particular relativas al modo de entender el vínculo del entendimiento o intelecto agente (el intelecto que, según Aristóteles más interviene en la posibilidad del conocimiento) con el alma de cada persona. Por ejemplo, para Santo Tomás (el más importante representante del aristotelismo cristiano), todas las almas humanas poseen dicho entendimiento como una de sus partes y por lo tanto son inmortales, o para el filósofo cordobés Averroes (máximo representante del aristotelismo musulmán) el entendimiento agente no es una parte de nuestra alma ―que es mortal― sino Dios mismo. Vemos como, caen tantos los aristotélicos católicos y musulmanes en un grave error de interpretación, pues al conceder la capacidad intelectiva a todas “las almas humanas”, dan un origen común a todos los seres no animales, sin embargo esto no es así, no pueder ser así; y la misma característica de poder inteligirse a uno mismo demuestra que tan solo unos pocos pueden recabar su origen divino y verdadero, mientras el resto basándose en conocimientos adquiridos externamente son meros “seres” que van “conociendo” lo que les muestra su materialidad en forma de sentidos, mas no conocen el interior y las formas profundas y no materiales de la realidad visible que son los fundamentos espirituales, los cuales tan solo pueden ser percibidos por el intelecto, facultad única que solo está presente en quienes provienen de la supramateria, es decir de lo espiritual. No caemos entonces en un comunismo espiritual, sino más bien partimos del principio básico de la diferenciación de los seres por su origen de lo alto los unos, de lo bajo los otros, de la medianía informe la mayoría.

Entonces, el conocimiento interno (intelecto) será una prueba hereditaria, excepto en algunos estados y divisiones, pero no por su condición de conocimiento establecido por algo en particular, sino por su objetividad supramaterial. Es como algunos casos de conocimiento objetivo, o sea el conocimiento que emana de las demostraciones objetivas y no de los aspectos intrínsecos, ya sea de la materia o de las elucubraciones mentales.

Ahora, una forma para mejor definir y demostrar algo es manifestar lo que no es, compararlo con sus supuestos conceptos; analicemos entonces las definiciones de intelectualismo, erudición y conocimiento empírico para diferenciarlos del intelecto.

INTELECTUALISMO E INTELECTO.

“Que el sabio no confunda con su propia sabiduría el espíritu de los ignorantes”. Máxima hindú.

El intelectualismo, surgió como consecuencia de la “revolución del conocimiento” acaecida a partir del liberal, humanista y progresista siglo XVIII; este no es más que la exaltación de la capacidad de comprensión de lo externo de si, es decir de lo adquirible por medio de los sentidos, así el intelectualismo se basa en el supuesto de que la realidad es racional  y, por lo tanto, susceptible de conocimiento racional exhaustivo. Cerrando de esta forma las miras de cualquier realidad superior o inferior a la materia.

Los intelectualistas así dan primacía a la razón frente a lo afectivo y frente a lo volitivo y por sobre todo a lo espiritual que no es una realidad verificable para ellos.

Vemos que a partir de estos los denominados “intelectuales” –intelectualistas de hecho-, dedican su vida al estudio y a la reflexión crítica de la realidad, de su realidad, que no pasa de un burdo materialismo cavernario.

Los intelectualistas entonces, son los dueños de las ciencias y las artes que ellos mismos han creado a base de la “realidad” olvidando o prescindiendo (¿deliberadamente?) de la realidad superior por la cual se adquiere el verdadero conocimiento. Queriendo dominar lo tangible, olvidaron lo verdadero.

Surgen entonces los parásitos de la mente moderna, pues el intelectualista “medita”, reflexiona, discurre, se inspira, goza, busca, investiga, analiza, discierne, desmenuza, razona, contrapone conceptos, filosofa, organiza las ideas, proyecta, imagina, especula, atribuye causas a los efectos y efectos a las causas, interconecta fenómenos… en fin, hace uso de las limitadas pero a su vez vastas capacidades de la mente humana, para tan solo mantener tranquilos su vientre y su cerebro. Aquí es cuando comienza la discriminación contra los  “no intelectualistas”, aquellos que no nos dedicamos a divagar fanfarronamente sobre un sinfín de asuntos, sino que simplemente somos, nos afirmamos en nosotros mismos;  se consideran los “intelectuales” –intelectualistas de cliché y de pedazo de cartón en la pared- con la capacidad de trascender, frente al “mediocre” que no lo hace. Sin embargo, la mediocridad mayor es la propia de los intelectualistas modernos, que por sus prejuicios y larvados contubernios ideológicos no despegan nunca de la grosera apariencia de las formas externas de los objetos, de los sujetos y de sus causas.

ERUDICIÓN E INTELECTO

La erudición es el conocimiento acumulado y adquirido a lo largo del tiempo por medio de los medios usuales de la educación moderna, es decir las aulas y los libros. Este hecho que puede ser también desarrollado como un enciclopedismo petulante, no solo que no es la base del intelecto sino que es la contraposición del mismo, pues al adquirir el conocimiento y acumularlo  con prodigiosa memoria solo por el mismo conocimiento externo, no se vuelve capaz de nutrir las fases más íntimas del ser. Así, se ha dicho con gran verdad, que hay eruditos poliglotas, y que por lo mismo dicen estupideces en muchos idiomas.

La concepción clásica del mundo distinguía dos regiones: la inferior de las cosas que “pasan” y la superior de las cosas que “son”. Las cosas que “fluyen” o que “pasan”, que son impotentes para alcanzar la realización y la posesión perfecta de su naturaleza. Las otras son; han trascendido esta vida mezclada con la agitación vana y con la muerte; y que, interiormente, es una furia y un deseo continuos. La erudición es propia de las cosas que fluyen, mientras el intelecto es propio de las cosas que son.

CONOCIMIENTO EMPÍRICO E INTELECTO.

“Las sensaciones (animales) son como visiones de un alma adormecida. En el alma, todo lo que procede del estado corporal está adormecido. Salir de la corporeidad; tal es el verdadero despertar. Cambiar de existencia pasando de un cuerpo a otro equivale a pasar de un sueño a otro, de un lecho a otro. Despertarse verdaderamente, es abandonar el mundo de los cuerpos” Plotino.

Si el intelecto no fuera una facultad espiritual esencialmente distinta de aquella de los sentidos. Este mismo no tendría el porque ser, pues la razón es la que permite esto. El simple hecho es que los sentidos invariablemente confunden la imagen de la imaginación, la que es individualizada, con el concepto, la idea del intelecto. Cuando empleamos términos universales en una proposición inteligible, los términos tienen un significado, (y no sucede así cuando la proposición es meramente empírica). El pensamiento por el cual ese significado es aprehendido en la mente, es la idea universal que tiene su origen en una realidad no material, sin lo cual su expresión no podría ser universal.

No se llega, al interior de las cosas por el estudio de su superficie. Y no se llega a conocer la verdad interna por medio de la realidad externa. Puede servirnos, es verdad como un referente y hasta como un símbolo, pero la verdad última es la interior.

CONCLUSIÓN. EDUCAR EL INTELECTO HACIA LA VERDAD, HACIA EL SER.

“Corresponde a los dioses venir a mí y no ir yo hacia ellos”.

Puedo decir entonces con el pensador y hombre de acción italiano, Barón Julius Évola, que:  “La realización metafísica, coronación de una existencia humana virilmente conducida y fortificada por la ascesis, es, podríamos decir, una “ruptura” en las series de estados condicionados: una (repentina) apertura en otra dirección: trascendencia “perpendicular”.

“A esto no se llega siguiendo el orden de las cosas que “devienen”, sino, por el contrario, a través de un camino de “introversión”, es decir de interior, de extrema concentración de todo poder y de toda luz, de los que procede la integración metafísica del “yo”, es decir, la efectiva inmortalidad de la personalidad”.

Por ello Plotino dice: “Y ahora, debes mirar en ti mismo, hacerte uno con lo que tienes para contemplar, sabiendo que lo que tu tienes para contemplar eres tu mismo. Y que es tuyo. Casi como aquel que estaría invadido por el dios Febo (otro nombre de Apolo, dios de la luz) o por una musa, vería brillar en sí mismo la claridad divina si hubiera tenido tiempo de contemplar en sí mismo esta divina luz”

“En el estado de suprema autoconciencia, continúa Évola, se disipa la apariencia misma de extrañeidad que las fuerzas divinas en su grandeza pueden revestir, para la mirada de los límites de la vida psíquica ordinaria. Estas fuerzas aparecen como poderes de esta misma alma glorificada”.

“(…)Nos sentiremos ampliamente recompensados por este trabajo si hemos conseguido despertar en nuestros lectores la idea de que no hemos tratado de filosofía abstracta o de un tipo particular de moral o menos aún de visiones de un mundo en la actualidad desaparecido o “superado”, sino más bien de algo vivo, cuyo valor no es de ayer o de mañana, sino de siempre y, se encuentra en todas partes en las que el hombre logre despertar esta dignidad superior sin que la existencia sea algo oscuro y desprovisto de valor”.

Santo Tomás de Aquino indica: “que el alma intelectiva es forma que trasciende la capacidad del cuerpo, tiene  su ser elevado por sobre el cuerpo”. Pues la vía suprema del intelecto es la trascendencia, la superación de lo meramente adquirido por las fuerzas exteriores y la fijación en lo interno, en la inteligencia del ser, en las formas del origen, por tanto en nosotros mismos: en nuestro verdadero yo.

Concluyo entonces que la única vía de descubrir si poseemos o no intelecto es aplicarnos pruebas de firmeza espiritual, de virilidad espiritual, así como sentenció el filósofo estoico del Imperio: “Solo venciéndote, vencerás”, yo sentencio que: SOLO CONOCIENDOTE, CONOCERÁS EL RESTO Y POR SOBRE TODO LA VERDAD.


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