coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


Quito y el Emperador Carlos V por Jorge Salvador Lara

Reproduzco el siguiente texto a manera de homenaje y como obra de difusión de la lúcida pluma de Jorge Salvador Lara  con ocasión de su lamentable fallecimiento este 8 de febrero de 2012:

Quito y el Emperador Carlos V*

por Jorge Salvador Lara**

Escudo de Quito: Concedido por Carlos I de España y V del Sacro Romano-Germánico Imperio "...(mandamos que reconozcan las armas) a los ynfantes nuestros muy caros hijos y hermanos ya perlados Duques, Marqueses, Condes, rricos omes maestres de las Ordenes, priores, comendadores y sub-comedadores, Alcaydes d elos castillos y cassas fuertes y llanas y a los del nuestro consejo d' presidentes y oidores de ntas. Audiencias....etc... y a culesquier omes buenos de todas las ciudades, villas y lugares, destos dichos nuestros rreynos y señorí­os y de las dichas nuestras yndias, yslas y tierra firme, así a los que agora son COMO A LOS QUE SERÁN de aquí­ adelante, y a cada uno y a cualquier dellos en sus lugares y Jurisdiciones que sobre ello fueren rrequeridos, que guarden y cumplan la dicha merced que así­ hazemos a las dichas armas (de Quito)..." MANDATO IMPERIAL.

 “Nuestro Señor la muy alta e muy poderosa imperial persona de Vuestra Majestad guarde por muy largos tiempos e le haga Señor del Mundo”

– Sebastián de Benalcázar

Casi ocho años después de que el iluso y místico y extraordinario Almirante de la Mar Océana descubriera el Nuevo Mundo, se enciende en Gante aquella luz portentosa que llegaría a ser la Sacra, Cesárea, Católica Majestad de Carlos V. La Reina Isabel, acosada ya por las penas, recibe la consoladora nueva: a rompe cinchas de brioso corcel un mensajero le anuncia el nacimiento del hijo primogénito de la Princesa Juana acaecido en Flandes aquel 25 de febrero de 1500. Pero la ilustre soberana no conoció a su nieto, y cuando entregó su excelso espíritu al Creador, recordando al Rey Fernando que le esperaba “en el otro siglo” (1), su pensamiento poderoso e íntegro hasta la hora postrimera, debió depositarse con insistencia en la figura lejana de aquel Príncipe, que crecía en los Países Bajos, lejos de la imperial meseta de Castilla.

Cuando en 1516, a la muerte del Rey Católico llega España a ser heredad de Carlos, ya Vasco Núñez de Balboa había descubierto la Mar del Sur. El nuevo Rey ni siquiera sabía hablar el castellano: flamenco por nacimiento y por educación, germano por temperamento y por herencia, he aquí que la corona del primer reino unificado de Europa le venía a las sienes. Instruido por hombres eminentes -Florentino Boyers llegaría a ser Papa con el nombre de Adriano VI-, y aconsejado por validos de Flandes, nadie pensaba, cuando desembarcó por vez primera en Asturias, que este adolescente de largos cabellos castaños, de frente cubierta por infantil cerquillo, de prominente mandíbula casi absurda, de ojos de raro mirar y labios carnosos y abultados (2), llegaría a ser el timbre de orgullo de la Península, la nota imperial de su historia, el arco clave de su política futura. Más bien le recibieron como a extraño: sus consejeros le conquistaron antipatías; las necesidades económicas, urgidas por su elección como Emperador de Alemania, le acarrearon resistencias; y el desconocimiento del carácter hispano, de los fueros de sus ciudades, del orgullo y la altivez peninsular -Sagunto, Numancia y Covadonga son hitos de ese modo de ser despertaron la ronca insurgencia popular de las Comunidades. Pero siete años -los de su segunda permanencia en España: 1522-1529 bastaron para afincarle definitivamente en la parda tierra de Castilla; el idioma se le entró muy a lo hondo, conquistándole; el paisaje le iluminó las miradas; y el afecto de sus vasallos le rodeó con el mismo empuje con que antes se rebelara contra él.
Cuando Carlos V murió en Yuste, el día de San Mateo, 21 de setiembre de 1558, vestido del burdo sayal de los Padres Jerónimos, era ya, es cierto, una figura ecuménica -como en su hora, lo fueran Alejandro, Julio César, Carlomagno- pero era más que nunca, español. Español en el hablar, en el pensar, en el sentir; español en la hidalguía, en las ambiciones y en la fe. Un hondo clamor se levantó entonces en el mundo: en Flandes y los Países Bajos, en Alemania, en Cerdeña, en Nápoles y en Sicilia: pero en ninguna parte fue tan señalado el sentimiento como en sus Castillas: la peninsular, la antigua; y la americana, la nueva, nombre que se daba al lejano Reino de Quito y al Perú. O en sus Españas: la europea, vieja como la historia, y la del Nuevo Mundo, México, prometedor y esperanzado.
¡La Nueva España! ¡La Nueva Castilla! Una y otra se habían descubierto y conquistado bajo su reinado. Una y otra le habían provisto de recursos para sus campañas defensivas en Europa. Ambas habían iniciado bajo su nombre el camino de la fe, de la cultura occidental y del progreso. Y en ambas, Moctezuma y Atahualpa, monarcas universales como él, cada uno en su órbita, habían caído ante el coraje -ciego, rapaz, avasallador: era el signo de la época- de sus capitanes, mezcla de centauros, de aventureros y de apóstoles.
La extraordinaria figura de Carlos V es, en nuestra historia inicial, el augusto panorama de fondo. Apenas vuelto a España, en 1522, recibe informes completos de la extraordinaria hazaña de Hernán Cortés. Y, aunque lamenta la pérdida del tesoro de Moctezuma robado por corsarios franceses en alta mar, le nombra, desde Valladolid, “Gobernador e Capitán General de la Nueva España e Provincias della” (3), mediante provisión de 15 de octubre de 1522. De inmediato empieza a poner su preocupación y entusiasmo en aquellas Indias apartadas y misteriosas, que un extraño navegante ofrendara a su ilustre abuela. Y no solamente le agrada que de ellas empiecen a llegarle cuantiosos recursos: se compenetra también con la ambición de la Reina Isabel, expresada en varios codicilos y en su testamento: “atraer a los moradores de las dichas islas e tierra firme a que se conviertan a la nuestra Sancta Fee Cathólica”; “tratar muy bien e amorosamente a los dichos indios, sin que les fagan nengún agravio”; “no consentir ni dar lugar a que los indios vecinos e moradores de las dichas Indias, ganadas e por ganar, reciban enojo alguno en sus personas e bienes, mas sean bien e justamente tractados” (4).
Tal vez hacia 1526 debe haber oído el Emperador, por primera vez, hablar de Pizarro: “Tengo enviada a la Mar del Sur una armada”, (5) le escribe Pedrarias Dávila, Gobernador de Panamá, dándole cuenta de la empresa organizada por aquél, en unión de Luque y Almagro. Y dos años después conocería la primera relación que de aquel importante viaje se hace, escrita por Francisco López de Jerez, y largo tiempo atribuida a Juan de Sámano (6). ¿Cómo y cuándo llegó esta Relación a la Biblioteca Imperial de Viena, en donde actualmente se halla? No lo sabemos, pero seguramente el Emperador la envió a la capital del Archiducado –que había heredado de su padre-, sea para alentar a los vieneses en su lucha contra los turcos -que bajo el mando de Solimán amenazaban a la ciudad, luego de apoderarse de Belgrado-, sea para, en vista de las prometedoras tierras cuyas riquezas se vislumbraban en la Relación, poder negociar algún empréstito. A nuestros ojos, las páginas escritas por Xerez son de incalculable valor histórico: constituyen la primera descripción de las costas ecuatorianas, descubiertas por Bartolomé Ruiz. Se oyen, en ellas, citar por vez inicial los nombres- que hoy nos son tan propios -Atacámez, Coaque, Jama, Caráquez, Charapotó, Salango- y otros muchos que la toponimia no ha conservado. Y i extraña coincidencia!, en la balsa manabita que encontrara el piloto español -según se lee en la Relación- los navegantes aborígenes llevaban ya estos tres colores: “gualda, azul e carmesí”, ¡que hoy constituyen la bandera del Ecuador! (7 y 8).
¡Cómo habrán ido pasando, uno a uno, los episodios descritos en esas páginas, ante los ojos del Emperador, absorto en la lectura! Está en plena juventud: sus 28 años se han, visto ya obligados a la guerra, para defenderse de Francisco, su primo, desilusionado por no haber sido él quien ciñera la corona imperial. En Quiroz, primero, pero sobre todo en Pavía, las fuerzas del monarca español habían vencido a las del Rey francés y éste, llevado preso a España, conoció la generosidad cristiana de su primo y suscribió el Tratado de Madrid. Carlos V era- ya, pese a sus pocos años, un soberano no sólo poderoso sino además prudente, previsor, sagaz. Lejos quedaban los nombres de Chiévres, el valido flamenco, tan odiado de los españoles; y el venerado del Cardenal Cisneros, gran paladín de la catolicidad de España. . Ahora Carlos V decidía por sí mismo y se veía obligado al tejemaneje de la política europea: aliados de ayer eran los enemigos de hoy; la paz de ahora, pretexto de sus adversarios para las guerras de mañana; unas veces le apoyaba el Pontífice y otras estaba contra él. Con tanta preocupación, ¿no era, pues comprensible el interés que ponía, en las alucinantes noticias de las Indias?


Para la angustia que le causó la triste nueva del saqueo de Roma (Nota editorial: ?), donde muriera asaltando las murallas de la Ciudad Eterna el Condestable de Borbón, debieron servir de consuelo las cartas que le llegaban desde Panamá: ese mismo Pizarro y aquel mismo Bartolomé Ruiz habían descubierto nuevas tierras al Sur de Salango, hasta donde habían llegado la primera vez: una isla, llamada Puná y un pueblo, de nombre Túmbez, anunciaban prometedoras conquistas; corrían rumores sobre un fabuloso imperio y un monarca todopoderoso, pero la empresa era difícil. Pizarro había quedado, con trece compañeros fieles, en una isla inhóspita. Pedrarias, que apoyó la exploración al comienzo, ahora la denunciaba. ¿Sería cierto que habla una mina de esmeraldas en tan remotos lugares? Se hablaba, además, de oro y plata en abundancia. De joyas riquísimas. De canela y especierías.
¿Pero de qué servía todo eso, así fuese cierto, si sus tropas, las de un príncipe católico, habían vulnerado los reductos del Papa? ¿No era aquel un escándalo sin precedentes? Contrito, escribió a Clemente VII, excusándose. Mas Francisco I seguía con sus ataques y sus argucias. ¡Cuántos recursos malgastados en defenderse de él! ¡Y cuántas energías! El francés, de una parte; el turco, de otra. ¡Qué de problemas para el Emperador, que aún no había sido solemnemente coronado!
Mas, de pronto, he aquí que aquel remoto y ya legendario Francisco Pizarro golpeaba los enclavados portones- del Palacio Real. Venía aureolado de fama, por un lado; de oprobio, por otro: que siempre van juntos, en torno a los grandes, los que adulan y los que envidian. Y traía unos extraños animales, nombrados “llamas”, y adornos de oro y plata, y exóticos tejidos de lana, y dos indios diferentes de los hasta entonces vistos, y una sugestiva “carta de marear”, dibujada por Bartolomé Ruiz, y un compañero tan estrafalario como él, cretense de nacimiento, llamado Pedro de Gandía, que aseguraba haber doblegado animales feroces, en aquella ignorada misteriosa tierra, con el solo nombre de la Santa Cruz.
La entrevista realizóse en Toledo, la ciudad imperial. Ya están frente a frente el Emperador y el caudillo. Pizarro se halla librando los últimos combates entre la madurez y la ancianidad: se encuentra al borde de los 60 años, tal vez los ha cumplido ya, nadie lo sabe; la luenga barba es blanquinegra: mil aventuras y percances la han poblado de canas; magro el rostro, como que ha pasado muchas hambres; alto y enteco, más bien desgarbado de que atlético; los desiertos, las selvas, el esguazar de los ríos, el sortear ignotas encrucijadas y el vencer cien peligros le han dado esa figura, que no se sabe si es de monje o de guerrero. Carlos V, en cambio, bajo el imperial dosel, acompañado de su madre, la Reina Juana -siempre absorta, como si estuviese navegando mares ultraterrenos- simboliza la juvenil gallardía: apenas tiene 29.años; aún no se deja crecer la barba, que años más tarde inmortalizaría el Tiziano; entreabierta la boca, como era su costumbre, tan criticada, aún en, su presencia por los burlones castellanos; aguzada la imperial nariz; algo lejanos los ojos, como si estuviese avizorando los desenlaces del futuro; la leonada melena encuadrándole el rostro; y el áureo toisón ciñéndole el cuello. Todo en él es majestuoso: no hay duda: ¡es el César! (9). Ya cuenta Pizarro sus aventuras; ya hace sus peticiones; ya recibe la aprobación del Rey; ¡está asegurada su conquista! Y la mística Reina Juana, que al diario mezcla sus plegarias, sus lágrimas y sus alucinaciones, he aquí que de pronto está animadamente interrogando a Candía, ¡entusiasmada con los milagros de la Cruz! Hacia marzo de 1529 sale el Emperador de Toledo, pasa la Semana Santa en Montserrat, pidiendo auxilios a la Virgen para enfrentar con eficacia la herejía de Lutero, que empieza a extenderse, y en agosto parte para Italia, donde Clemente VII había de ceñirle la corona imperial.
Poco antes, con fecha 26 de julio, la Reina suscribe en Toledo las capitulaciones con Pizarro, dándole licencia para que prosiga la conquista, concediéndole títulos y privilegios, premiando -aunque en muy menor grado- a quienes le acompañasen, inclusive Almagro, Luque y Bartolomé Ruiz, nuestro descubridor, elevado a Piloto Mayor de la Mar del Sur (10). Ya con el documento en el bolsillo, y con 300.000 maravedíes que le dio como apoyo la Corona, vuelve -el conquistador a la América, donde le esperan las hazañas, la gloria, la fortuna y también la muerte a mano armada, porque -como dice Carlos Pereyra- “Pizarro acaparó todo para sí”, en menoscabo de los otros socios de la empresa (11).
El 16 de noviembre de 1532 -año en que Carlos V firma la paz de Nüremberg, statu-quo con los príncipes protestantes, para poder enfrentar a Solimán, y sus ejércitos que asediaban Viena- tiene lugar el drama de Cajamarca, en el que Atahualpa -la máxima figura de nuestra historia aborigen pierde la libertad y Pizarro asegura la conquista del Incario. El monarca quiteño, vencedor de su hermano Huáscar en larga y crudelísima guerra, acepta la invitación del caudillo de Extremadura, aposentado de su orden en Cajamarca. Lleno del boato propio de la dinastía del sol, aquel en quien se habían fundido las estirpes de los Incas del Cuzco y de los Shiris de Quito, entra en la plaza de la ciudad, sobre sus andas de oro, cargado por sus fieles guerreros quiteños. El diálogo con el Padre Valverde, capellán de Pizarro, es harto conocido, y la lejana figura de Carlos V ocupa en él destacado lugar: el dominico explicó al Inca que era sacerdote del verdadero Dios, que había muerto para salvar a los hombres; que quería enseñarle la Religión Cristiana, para lo cual había venido, enviado por el más poderoso monarca del universo, a quien el Pontífice había cedido todos los derechos sobre aquellas tierras. (12)
-¡Quien tal hace -habríale respondido Atahualpa, aludiendo al Papa-; ha regalado lo que no es suyo! (13)
Un escritor ecuatoriano ha reconstruido, en mérito de los varios Cronistas de Indias que se refieren al asunto, la gallarda respuesta del Inca:
-“Yo soy el primero de los reyes del mundo, y a ninguno debo acatamiento” había dicho, añadiendo para referirse, a Carlos V: “Tu rey debe ser grande, porque ha enviado criados suyos hasta aquí”… Y en relación a la prédica religiosa: “Yo no adoro a un Dios muerto. Mi Dios, el Sol, vive y hace vivir a los hombres, los animales y las plantas. Si él muriera, todos moriríamos con él, así como cuando él duerme, todos dormimos también…” (14).
Bien sabéis cómo culminó aquel día y los trágicos episodios subsiguientes: preso Atahualpa, ofrecido y reunido el fabuloso rescate, el monarca quiteño fue condenado a la pena capital -en ausencia de Hernando de Soto, el generoso centauro con quien hiciera tan grande amistad- y murió agarrotado -el infausto día 29 de agosto de 1.533 (Nota editorial: la fecha real de la muerte de Atahualpa es muy discutida). ” iChaupi punchapi tutayaca!”, fue el desconsolado grito que se extendió entonces por todo el Tahuantinsuyo: “¡Anocheció en la mitad del día!”. “Chaupi punchapi tutayaca”, lloran, desde aquel año, cada 29 de agosto, todos los indios que habitan la Sierra del Ecuador. ¡Y conforme pasan los tiempos, más grande, más gallarda, más quiteña y más imperiosa se nos aparece la figura del sacrificado Inca!
Verificada la partición del rescate, Pedro Sancho levantó el acta minuciosa de los valores en plata y oro que correspondieron a cada uno de los blancos testigos de la tragedia de Cajamarca (15). Prescott hizo el cálculo del tesoro: 1′326.539 pesos de oro; y Pereyra, por los años 30 de este siglo (siglo XX), redujo la cifra a dólares: 1′500.000, que en sucres vendrían a ser, aproximadamente, 250 millones. ¡Pensad en lo que eso significaría ahora, y reflexionad en que tal vez habría que duplicar la cifra! (16).
De ella, -la quinta parte, de acuerdo con la legislación vigente, correspondió a Carlos V (Nota editorial: El converso Diego de Almagro para evitar pagar este “quinto real”, maquino la muerte de Atahualpa y estafó de hecho a la Corona Hispánica, pues el tesoro real nunca fue tasado por ningún otro español). Se hizo -el escrupuloso de las piezas de oro y plata que se remitirían al Emperador, y Hernando Pizarro fue el depositario de esta fortuna que, a la época, ¡sumaba 153.000 pesos de oro y 5.048 marcos de plata! (17).
“No está por demás enumerar las piezas -dice Pereyra-: Había 38 vasijas de oro y 48 de plata, entre las que llamaron mucho la atención dos enormes ollas, una de oro y otra de plata, “que en cada una cabrá una vaca despedazada”. Una de las vasijas de plata tenía forma de águila, y en su cuerpo cabían dos cántaros de agua. Había un ídolo de oro del tamaño de un niño de cuatro años y dos costales del mismo metal con capacidad de dos fanegas cada uno. La muchedumbre se agolpó en el muelle -termina el historiador mexicano- para ver la descarga del tesoro, que fue llevado, en carretas de bueyes, a la Casa de Contratación” (18).
Ese día era el 9 de enero de 1.534. El puerto, Sevilla. Y la nave, la “Santa María del Campo”.
¿Qué hizo el Emperador con el rico botín que le tocó de la empresa de Pizarro? No es difícil la respuesta: Carlos V, para entonces, se hallaba en la fase más avanzada de la lucha contra los turcos. Detenidos éstos en Viena, un año más tarde en 1535 ya puede organizar el Emperador la formidable armada que captura Túnez, y da libertad a 20.000 cristianos. A poco de lo cual, vuelve a encenderse la guerra con Francisco I, sorprendido en turbios convenios con Barbarroja, el pirático almirante de Solimán. Las luchas defensivas contra Francia y el Imperio Otomano y las campañas para contener el desborde protestante agotaron los recursos de España: los propios y los que de Indias le venían. La península, en vez de enriquecerse con los tesoros de América, se empobreció aún más y sólo sirvió de canal de paso al oro y a la plata sacados de las conquistas, pues ¡todo fue a parar a los prestamistas usurarios y a los traficantes y mercaderes! de las guerras, i ¡que no se hallaban, por cierto, en España! (19).
Uno de los capitanes de Pizarro, que recibió no menguada parte del botín cajamarquino, tenía sin -embargo una pupila aún más zahorí que la de su jefe: se llamaba Sebastián de Benalcázar, y soñaba secretamente ser el condotiero de sus propias mesnadas. El había observado mejor que ninguno la prometedora realidad: Atahualpa era el conquistador del Perú, el vengador de su ecuatorial estirpe: los cuzqueños le odiaban: el centro de su poder se hallaba al Norte, en Quito. Los españoles fueron recibidos más bien con júbilo en el Perú, casi como libertadores (20). Y el Cuzco, cuyas riquezas debían haberse volcado para rescatar a Atahualpa, fue hallado intacto por los españoles, que añadieron en esa ciudad un nuevo botín al que ya tenían acumulado. El origen del cuantioso rescate del monarca era por tanto otro: ¡debía hallarse al Norte! En la tierra nativa del malogrado monarca: en la patria de donde eran originarios todos los generales que se empeñaron en salvarle, los únicos que quisieron salvarle: Quizquiz, Shiricuchima (Calicuchima) y Rumiñahui (21). Y porque Quito estaba al Norte, al Norte se lanzó Benalcázar, desde San Miguel de Piura, deseoso de conquistar su propia Gobernación.
Sólo una sombra le amenazaba: la noticia del viaje de don Pedro de Alvarado, noble conquistador de legendaria fama, bien habida en Cuba y México, quien había firmado Capitulaciones con el Rey, hacia 1532, para “descubrir, e conquistar, e poblar cualesquier Isla que hay en el Mar del Sur de la Nueva España, questán en su parage; e todas las que halláredes hacia el Poniente dellas, no siendo en el parage de las tierras en que hoy hay proveída Gobernadores” (22). Benalcázar ignoraba la existencia de esta autorización, y el 11 de Noviembre de 1533, desde San Miguel, se dirige al Emperador denunciando la venida de Alvarado, “Nuestro Señor la muy alta e muy poderosa imperial persona de Vuestra Majestad guarde por muy largos tiempos e le haga Señor del Mundo”, termina diciendo en su -epístola el futuro fundador d de Quito (23) y se lanza incontenible al Norte, a ganar de mano al famoso héroe de la Noche Triste, quien por su parte se había también dirigido al Emperador, primero el 25 de abril de 1533, desde el Golfo de Fonseca, y luego el 18 de enero de 1534, para anunciarle su viaje (24).

Dos formidables peligros debió pues afrontar Benalcázar: la resistencia opuesta por Rumiñahui, el general de Atahualpa; y el inmediato arribo de Alvarado. Si éste llegaba primero, toda la obra de Benalcázar podía quedar en nada: no tenía autorización real para proceder en su conquista, tal vez ni siquiera la de Pizarro; Alvarado, en cambio obraba con la permisión imperial. Y Rumiñahui no era un enemigo despreciable: el formidable guerrillero, que defendía la independencia de su nativo suelo, con igual indómito coraje con que sus antepasados la defendieron de la agresión incásica, se multiplicaba cada día en la resistencia: a la vuelta de cada -encrucijada había un ardid; al final de cada sendero, una estratagema; en los vados de los ríos y en los declives de las montañas y en el fondo de los valles, emboscadas, sorpresas, asaltos. No fueron pocos los combates; ni dejaron de aumentarse los muertos y de multiplicarse los heridos. ¿Cómo hacer para doblegar la barrera poderosa y tenaz del Cara de Piedra? ¿Cómo lograr el arribo a Quito antes que Alvarado, el peligroso rival, quien ya había desembarcado en Portoviejo y se aproximaba? (25). Es entonces cuando vino en ayuda de los españoles -.según dicen las crónicas de la época- la Providencia Divina, a través de las fuerzas cósmicas de la naturaleza: una terrible erupción del Tungurahua dispersó a los indios aterrados, seguros ya de que sus divinidades les habían abandonado. Para entonces, Diego de Almagro, uno de aquellos cíclopes de que está llena nuestra historia, había venido, con su ojo impar, a reunirse con Benalcázar, y juntos lograron formalizar, a las volandas, la fundación de un Cabildo que sirviera de arma jurídica para enfrentar a Alvarado. Es así como, a orillas de Coltacocha (la laguna de Colta), se erige, en 15 de agosto de 1534, la ciudad de Santiago de Quito, primera fundación de este Reino, en nombre y al servicio de Su Imperial Majestad (26).
Ante los hechos consumados, el héroe de la Noche Triste no tuvo más remedio que capitular: en aquella tierra ya había gobernadores españoles. ¿Pelear con quienes se le habían adelantado, teniendo cerca el poderoso afán reivindicador de Rumiñahui? ¡No, eso no podía hacer jamás un hidalgo un caballeroso oficial del Emperador! Almagro y Alvarado negociaron, pues: don Diego compró a éste sus derechos, vituallas y equipo, y don Pedro se regresó a Nicaragua y Guatemala, apesadumbrado por el mal éxito de su empresa. Y aún muchos de sus hombres le solicitaron permiso para quedarse en el Reino de Quito, por ejemplo el noble Capitán don Diego de Sandoval, o el benemérito Padre Fray Marcos de Niza: y como el recio guerrero sabía también perder, les concedió tal autorización. Mas no quedó del todo convencido de la justicia de la negociación. ¿A quién recurrir? Al Emperador, claro está. Es así como Carlos V recibió, sobre el asunto, una verdadera andanada de cartas, reclamos e intrigas: Alvarado le escribió enseguida, primero desde San Miguel, el 15 de enero de 1535, contándole las argucias de Almagro; y luego desde Guatemala, el 12 de mayo de ese mismo año, refiriéndole sus peripecias en Quito. Mas ya Almagro se le había adelantado, remitiendo al monarca una información contra Alvarado, hecha en Piura el 12 de octubre de 1534, y enviada con carta fechada dos días después (27). Pizarro, por su parte, también terció en el asunto escribiendo a Carlos V desde Pachacámac, el 19 de – enero de 1.535 (28). ¿Y Benalcázar? Benalcázar no malgasta el tiempo escribiendo misivas: él funda ciudades: el 6 de diciembre de 1.534, San Francisco de Quito, sobre las ruinas de la milenaria ciudad shyri e inca, fundada por Quitumbe, cuna de Atahualpa; y en junio de 1535, Santiago de Guayaquil; y después Pasto, y por fin Popayán y Cali.

¡Quito, Quito, Quito! Este nombre empieza a martillar los oídos del Emperador. Allí había reinado aquel malogrado inca, sobre la licitud de cuya muerte sin duda no está muy conforme (Nota editorial: Carlos V reprochó de manera enérgica y contundente a Pizarro la muerte de Atahualpa). Por ese Reino se pelean Alvarado y Almagro. “Esta provincia es muy rica es muy rica e muy poblada”, le dice éste (29). “Hallóse allí –se lee en otro documento- una fuerza grande de las cavas hechas a mano de los naturales para defensa de los indios de guerra, e así por esto, como por haber muchos tambos, e casas, en las cuales había mucha comida de todo género, e mucho ganado de ovejas de la tierra, e mucha ropa e muchas pallas e Indias ofrescidas al Sol… se pobló el año de 1534″ (30). Poco después le llegan a Carlos V, por añadidura, noticias de su paisano el noble franciscano flamenco, tan vinculado en Gante a los suyos, Fray Jodoco Ricke. Había éste obtenido en Medina del Campo permiso de la Reina Juana para pasar a Indias, en 19 de julio de 1.532, (31) y había llegado a Quito con Alvarado, quedándose después con Benalcázar. ¿Pidió el favor real el ilustre religioso? Es muy probable. Y el Rey no tuvo oídos sordos para su amigo y paisano, compañero tal vez de sus juegos de infancia, pues sólo le aventajaba en seis años. Y de su peculio personal le envió no cortas ayudas para levantar el Convento y Templo de San Francisco- orgullo hoy de nuestra ciudad- que empezó a construirse hacia 1.537 o 1.538 (32). Trajo, además, el noble franciscano, el primer trigo: le debemos, pues, el pan que nos alimenta. Cuenta el Ilustrísimo González Suárez que la vasija de barro que albergó aquellas semillas tenía una leyenda en alemán: “Tú, que me vacías, no te olvides de Dios. Cuando comas, cuando bebas, acuérdate de tu Dios”. ¿Qué se hizo aquél cántaro histórico? Se asegura que está ahora en un Museo norteamericano. Los franciscanos lo conservaron hasta comienzos de la República, luego habría pertenecido al General Flores, y su hijo don Antonio, ya diplomático, lo habría cedido al referido Museo. Tal es el rumor (33).
“No te olvides de Dios. Acuérdate de Dios”. Bajo tal lema empieza a desarrollarse la franciscana ciudad, recio núcleo de la Patria cuyo destino histórico aparece cada día más claro, destino que puede sintetizarse en estas tres palabras decideras: Fe, Libertad, Cultura (34). Benalcázar ha avanzado muy al norte, mientras tanto: ha encontrado otros conquistadores: ha pactado con ellos. Pero aún carece de su Gobernación independiente. Este jinete formidable ha cabalgado desde Túmbez a Cajamarca, de Cajamarca a San Miguel, de San Miguel a Quito y desde Quito hasta el Océano Atlántico. Allí, el aire del mar que baña su España amada y remota le hincha los deseos de volver a verla, de acudir ante el Emperador, de visitar a su hermano, a quien abandonara una vez hacía tantos años, arriero prófugo porque se le había muerto un asno. Y un buen día de 1.539 manda él mismo construidos bajeles y en uno de ellos se embarca para la Península. “Acordé venir a besar los Reales pies de Vuestra Majestad y a darle cuenta de todo -dice a Carlos V en una hermosa carta fechada en Madrid, el 20 de marzo de 1540-, creyendo que pues 32 años que sirvo a la Corona Real de estos Reynos, llevando otros capitanes la gloria y galardón de mis trabajos, e que informado V.M. de mis servicios e de mi edad, me hará mercedes…” (35).
Y aunque consigue la ansiada Gobernación -la de Popayán, ya que no la de Quito, que Francisco Pizarro había dado a su hermano Gonzalo—- Sebastián Moyano no logra ver al Emperador, que ha partido para Flandes. Cargado de años -tenía para entonces cerca de 70- vuelve a la América: es ya el Adelantado Sebastián Moyano Benalcázar, y el Rey le ha acordado, a más de la gobernación y el título, “generosa renta” (36).
Cuando llega a Popayán, Benalcázar se entera del asesinato de Diego de Almagro por los partidarios de Pizarro; y poco después le llega la noticia de la muerte de Francisco Pizarro por los almagristas. Así, de uno en uno, van pagando con la vida, en cumplimiento de la sentencia bíblica de que “a quien a cuchillo mata, a cuchillo morirá”, todos autores de la muerte de Atahualpa. Gonzalo Pizarro, en cambio, ha salido desde Quito, con Francisco de Orellana, rumbo al País de la Canela, en busca de El Dorado. Orellana es el fundador de la tercera ciudad de Guayaquil -pues las dos anteriores habían sido destruidas por los indómitos huancavilcas-; y Pizarro es Gobernador de Quito. Un año más tarde llega a oídos de Benalcázar la nueva del retorno de Gonzalo con sus expedicionarios, semidesnudos y hambrientos, a la quiteña ciudad. ¿Volvieron todos? No, algunos se han ido río Napo abajo, con Francisco die Orellana, sin volver más. A España volvieron los “argonautas de la selva”, como los ha llamado Leopoldo Benítez Vinueza. Habían descubierto el gran Río de las Amazonas, o río San Francisco de Quito. “La España imperial vive en esos momentos el trágico dolor de su propia grandeza”, afirma el escritor ecuatoriano, y añade: “Reina el monarca más poderoso de la cristiandad… Su voluntad se extiende hasta lugares remotos. . . Su brillo enceguece y deslumbra. Es él la cima y el símbolo del orgullo español” (37).
En Valladolid encuentra Orellana, esperándole, las acusaciones de Pizarro, que algo había sospechado sobre su definitiva ausencia. Se defiende. Va y viene en la Corte imperial. Escribe alegatos, memorias, cartas. ¿Logra entrevistarse con Carlos V? No lo sabernos: si lo logra, allí estaría el Monarca, otra vez frente a frente con uno de aquellos paladines suyos que le han regalado ríos océanos, mundos. Tiene ahora el Emperador 43 años. No es viejo: pero ya se le nota esa melancolía profunda, que le caracteriza desde: la muerte de la Emperatriz, su muy amada Isabel de Portugal. Los ojos miran muy lejos, como nostálgicos. Ya no tiene ni el cerquillo, ni la melena que personalizaron su juventud: ¡Se los ha recortado! En cambio, se ha dejado crecer la barba, que él impondría en Europa. La energía se le ve, sí, pero también el hambre de infinito, la sed de soledad.
No firmó el Emperador las Capitulaciones con Orellana, pues debió salir de España dejando por Regente al Príncipe Felipe, quien las suscribió en su lugar. Ni el Adelantado y Capitán General de la Nueva Andalucía -títulos que desde ese momento empezó a usar Orellana- logró ver sus ensueños realizados, tras el apoyo real, porque tres años después murió en las playas atlánticas del Amazonas que descubriera un 12 de febrero de 1542, partiendo desde Guayaquil y Quito.
Esta fundación (Quito) era ya, para entonces, ciudad, En TaIavera había firmado el Emperador, a 14 de marzo de 1541, la Cédula Real otorgándole ese título. La nueva llenó de júbilo a los quiteños y se leyó en -el Cabildo, con muestras de especial alegría. La voz del escribano resonaba en la Sala, y sus temblorosas manos apenas si podían sostener, el documento: “Don Carlos, por la, Divina Clemencia Emperador Semper Augusto, Rey de Alemania, Doña Joana su madre y el mismo don Carlos por, la misma gracia Reyes de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalem, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de las Indias, islas y Tierra Firme del Mar Océano. Condes de Barcelona, Señores de Vizcaya y de Molina, Duques de Atenas y de Neopatria; Condes de Flandes y del Tirol” … “por la presente, es nuestra merced y mandamos, que agora y de aquí adelante la dicha villa se llame -e intitule Ciudad del Sant Francisco del Quito, y que goce de las preeminencias, prerrogativas e inmunidades que puede y debe gozar por ser ciudad…” (38).
En otra Cédula, de la misma fecha, Carlos V concede Escudo de Armas a la Ciudad de Quito: “es en él un castillo de plata, metido entre dos cerros o peñas, de su color, con una cava en el pie de cada uno dellos, de color verde, y ansímismo, encima del dicho castillo una cruz de oro con, su pie verde, que la tenga en la mano dos águilas negras grietadas de oro, la una a la mano derecha y la otra a la izquierda, puestas en vuelo, todo en campo de colorado, y por orla un cordón de San Francisco, de oro en campo azul” (39).
El Ilustrísimo González Suárez había alcanzado a conocer el original de la Cédula Real en un rollo de pergamino que, guardado en un tubo de metal, se conservaba en el Municipio de Quito. Aleves manos robaron a fines del siglo pasado (XIX) el precioso documento, sin volverlo a su lugar. En 1914, don Pedro Traversari publicó el texto de la Cédula, tomándolo de una copia del Libro II de Cabildos, y en 1918 la Academia de la Historia publicó la fotocopia del original existente en el Real Archivo de Indias (40). Mi padre, hacia 1922, para el centenario de la Batalla del Pichincha, hizo la versión moderna del Escudo, –que él divulgó y es la que desde entonces se usan- en un dibujo a pluma que lleva su firma y que por largos años sirvió de contraportada a los Libros de Cabildos y otras publicaciones del Ilustre Concejo Municipal (41).
El 15 de diciembre de 1.541 se reunió el Ayuntamiento de Quito para elegir Alcaldes, Regidores y Procurador de la Ciudad para el año siguiente y acordaron, entre otras cosas, conceder amplia facultad a Rodrigo Núñez de Bonilla y a Francisco Ruiz para que comparezcan ante el Emperador y soliciten cuantas cosas convienen a la ciudad. Pero los Comisionados nunca pasaron de Panamá. Para evitar gastos y molestias de viaje, en nueva sesión nombraron mandatario de la Ciudad al Licenciado Fernando Díaz, éste sí “residente en la Corte de Su Majestad” (42).
Para entonces, nuevamente Carlos V se halla en aprietos frente al tenaz Francisco I, esta vez ya en alianza declarada con Solimán y Barbarroja. El Licenciado Francisco Vaca de Castro, nombrado Juez Comisionado por el Emperador para sofocar los disturbios producidos por las pugnas entre los conquistadores, se dirige, entonces, a la Ciudad de Quito, cuyo Cabildo se reúne el 17 de octubre de 1543, y solicita se respalde al Rey en su justa lucha. “Sabed -les dice- y bien notorias son las guerras que el Rey de Francia ha movido contra la cesárea y católica majestad del Emperador y Rey nuestro don Carlos”. (43). Al unísono, llenos de fervor, los miembros del Cabildo acuerdan, ayudar a Su Majestad con bienes y personas. A poco se hacía una colecta. Pero la guerra terminó con la paz de Crepy, un año después, y tres más tarde moría aquel empecinado monarca francés, con quien Carlos V había luchado cinco lustros (44). Ese mismo 1.547, libre ya del pertinaz rival, el nieto de los Reyes Católicos puede dedicar sus esfuerzos a aniquilar a los príncipes germanos, que le hacían la guerra empujados por el protestantismo, y al fin los vence en Mühlberg.
Pero si la paz se hace en Europa, en América arde la guerra. De 1544 a 1548 Gonzalo Pizarro sostiene su rebelión, que tiene a veces atisbos de campaña emancipadora. En 20 de noviembre de 1542 había dictado Carlos V las “Nuevas Leyes”, defendiendo a los indios, suprimiendo los trabajos forzados y las encomiendas, a disgusto de los conquistadores españoles. La historia es larga de contar, y tiene por sangriento escenario sobre todo a Quito. El noble abulense don Blasco Núñez de Vela es nombrado Primer Virrey del Perú y viene a la América a imponer las nuevas leyes. Pronto se enfrentan los grandes ejércitos: unos apoyan al Virrey entre ellos Benalcázar; otros a Gonzalo Pizarro. El 16 de enero de 1546, en la Batalla de Iñaquito el Virrey es vencido y decapitado. Hasta ahora, una lucecita en la esquina de la Virgen (Nota editorial: el lugar referido se ubica en la Av. 10 de Agosto a la altura de la Plaza de la República o del Consejo Provincial de Pichincha), señala el lugar en donde, según algunos, Núñez de Vela rindió el cuello a un negro soldado de Pizarro. El Ilustrísimo Pólit Lasso dice, en cambio, que murió donde hoy se levanta la Capilla del Seminario Mayor (45).
No le duró mucho el regocijo del triunfo al vencedor: el Pacificador don Pedro de la Gasca le venció a su vez, en Jaquijaguana, cerca de Lima, y el caudillo extremeño fue también decapitado por mano de verdugo, el 9 de abril de 1549.
Quito, entre tanto, pacificada ya, empieza a crecer Las construcciones de conventos e iglesias siguen adelante. Las heridas de la guerra civil se van cicatrizando poco a poco. El Emperador no deja de recibir noticias de la ciudad, cuyo nombre le repica en, los oídos, y a la que ama con predilección, como lo tiene demostrado desde los días de Fray Jodoco, a quien enviara, alguna ocasión, un valioso juego de casullas, finamente bordadas en hilo de plata, una de las cuales hasta hoy se conserva en el museo del centenario monasterio. Que el claustro de San Francisco progresa, según le dicen: pues él seguirá ayudando y, si es preciso, después ayudará su hijo Felipe. Que los dominicanos empiezan sus construcciones en Quito, hacia 1541: pues Carlos V envía entonces a la Ciudad, como don personal suyo, la imagen de la Virgen del Rosario, que hasta hoy se venera en la Capilla de este nombre, en la iglesia de Santo Domingo. Que los mercedarios también construyen edificios: Carlos V entonces regala a la Ciudad otra imagen de la Virgen, “reproducción exacta de la Matrona de Barcelona”, dice don José Gabriel Navarro (46). Esa preciada talla en madera peregrinó el siglo XVIII a España y allí se quedó, en Cádiz, como a la espera de que voces quiteñas vuelvan a reclamarla algún día (47).
La ciudad ama también al augusto monarca. Cada vez que se recibe una Cédula, una provisión, una orden real, los Alcaldes y Regidores se reúnen, entran a la Iglesia, Catedral y oyen una Misa del Espíritu Santo por el Emperador (48). Sus documentos son guardados con devoto afecto. Son, varias las Cédulas Reales de Carlos V, a más de las ya nombradas, (49), que conserva hasta ahora la ciudad. Merece citarse, sobre todo, la Cédula Real de 4 de noviembre de 1549, fechada en Valladolid, por la que se nombra Obispo de Quito a don Garci Díaz Arias (50). La ciudad había sido erigida en Obispado el 8 de enero de 1545, a petición insistente del propio Emperador ante Paulo III, que dictó la correspondiente Bula de Erección (51). Y sin descuidarse de la nueva diócesis, nuevamente Carlos V emite una Cédula Real, la de 9 de noviembre de 1.556 (52), por la que se establece cómo se ha de reedificar la Iglesia Catedral.
Pero interesa, en especial, saber que en 14 de febrero de 1556 el Emperador otorgó a la Ciudad de Quito un Estandarte Real, el mismo que hasta hoy se usa en todos los actos del Cabildo (53). Y en la misma fecha, desde Valladolid, concede nuevo título a Quito, “porque -dice el Rey- bien sabíamos y nos eran bien notorios los muchos y grandes y leales servicios que la dicha Ciudad nos había siempre hecho”. . . “por ende, por la presente es nuestra merced y voluntad que perpetuamente la dicha ciudad se pueda llamar e intitular la Muy Noble y Muy Leal Ciudad del Sant Francisco del Quito, ca Nos por esta nuestra Carta le damos título y renombre dello” (54).
El Emperador está cansado. Aún no llega a los sesenta años pero es ya un anciano, si bien mantiene la “gentil presencia” que admiraba a cuantos le conocían (55). El Tiziano le había retratado, con toda la imperial majestad, el día de la Victoria de Mühlberg, jinete y con armadura, la lanza en el fuerte puño, empenachado casco cubriéndole la cabeza. Allí es el hombre que avanza a la plena madurez. Ahora, a finales de 1556, Carlos V es, más bien, el hombre que pintó Rubens: afilada y marmórea la aguileña nariz-; fruncido melancólicamente el entrecejo; poblada la recia barba; triste, desengañado del Mundo. Por eso se retira a Yuste. Tal vez en el fondo de su corazón ha habido siempre un monje, que ahora quiere meditar, arrepentirse, preparar la hora final. El Monasterio de los Padres Jerónimos será por ello su residencia postrera. Allí le visita el P. Francisco de Borja, metido a jesuita por obra de Ignacio de Loyola, el tenaz y admirable estratega de la Iglesia. Francisco de Borja y Aragón había sido favorito de Carlos V en la plenitud de su reinado, su Montero mayor, caballerizo de la Emperatriz, pariente de ésta y del monarca mismo, Duque de Gandía, Marqués de Lombay, Virrey de Cataluña, Grande de España de primera clase. Y he aquí que cuando murió Isabel de Portugal, el noble valido contempló deshechos por la muerte los atractivos de la bella e ilustre soberana, a quien había atendido abnegadamente, y juré no servir a señor -que se le pudiese morir.
Largamente conversaron siempre sobre las miserias humanas el Emperador y el Duque. A poco, éste dio la gran sorpresa: se retiró a Gandía una vez muerta su esposa y arreglados los asuntos de sus hijos- e ingresó a la Compañía de Jesús, ordenándose de sacerdote. Ahora, en Yuste, ambos conversan de nuevo, como en los mejores tiempos: los temas son conocidos: la lucha contra la herejía protestante, el Concilio de Trento, la reforma de la Iglesia, la obra de los jesuitas Francisco Xavier, las misiones. ¿Misiones? Una luz interior anima al Emperador: hay que establecer nuevas y efectivas misiones en las Indias: hay que mandar jesuitas a América, a México, al Perú y… a Quito. Pronto cumpliría Francisco de Borja este propósito: en 1566 y 1567 ya estaban los soldados del Papa en la Nueva España y en la Nueva Castilla (56).
También en Yuste oye Carlos V hablar de una monja reformadora llamada Teresa de Jesús, hermana de aquel su noble capitán, don Lorenzo de Cepeda y Ahumada, que partiera a Quito junto con el malogrado Virrey Núñez de Vela. Lo que Carlos V no podía adivinar entonces es que todos esos nombres: el de Ignacio de Loyola, el de Francisco de Borja, el de Xavier, el de Teresa de Jesús y otros, no tardarían en subir a los altares. Menos aún podía presentir que en Quito el lejano y misterioso reino, perdurarían no solo lo las obras de estas altas figuras de la especie humana -en la casa de una niña llamada Mariana de Jesús, que florecería un siglo más tarde, se había de levantar con el tiempo el primer Carmelo ecuatoriano; y los colegios y templos de los misioneros que Francisco de Borja enviara serían, andando los años, semilleros de cultura y fe- sino que perdurarían también la sangre misma de los Borja y de los Cepeda, generosa mente repartida (57).
Conforme se aproxima 1558 el Emperador se siente morir. Ya no le alegra ni siquiera el triunfo de San Quintín sobre las armas francesas, logrado el 10 de agosto de 1557 por Felipe, su hijo, encargado de la regencia. Pero Carlos está tranquilo: ha educado esmeradamente a su heredero, preparándole para gobernar un imperio casi ilímite (sin límite): él es su obra más preciada. Y la lucha contra el cisma protestante está fortalecida. Y los turcos han sido contenidos. Lo que no sabe el Emperador es que en Lepanto los otomanos serán derrotados por don Juan de Austria, este mismo niñito menudo y tímido a quien llaman Jeromín, y que un día le traen a Yuste, para que él le reconozca por su hijo.
El 21 de setiembre, cuatro siglos ha, Carlos V entrega a Dios el ánima. Su encuentro con la muerte tuvo lugar con la misma majestad y sencillez -atributos que cultivó a la par- con que se viera en su hora, con cada uno de esos lejanos conquistadores de las Indias que, para entonces, eran, también como él, cadáveres. El pardo sayal de los Jerónimos le estiliza el cuerpo, macilento ya y sin vida, tendido en el féretro. El humilde capuchón le cubre la cabeza, antes tocada de áureo casco o suave birrete. Se destacan, como siempre, la nariz, perfilada ahora por la muerte; la mandíbula saliente, desdibujada por la maraña de su barba imperial; los ojos, enmarcados por cenicientas sombras. La frente es amplia: las arrugas han desaparecido. Hay paz e imperio en el frígido semblante.
Cuando Felipe II construyó el Escorial trasladó a él amorosamente los restos del Emperador. “Carlos V, el más esclarecido de los Césares, deseó este lugar de supremo reposo para sí”, reza la lápida que conduce al Panteón de los Reyes.
No haré yo el elogio de este excelso monarca. Voces más autorizadas que la mía señalarán la luminosa huella de su paso por el mundo. Heredero de Carlomagno, soberano católico y ecuménico, bien hace el universo en recordarle. Y Quito, a la que él amó particularmente, a la que dio nombre de ciudad, pendón y escudo de armas, obispado y título de lealtad y nobleza, monasterios y dones, bien hace en consagrar -con ocasión del IV centenario de su fallecimiento- una semana entera a su memoria.
iCon qué emoción, señores, el Primer Cardenal quiteño rezará en la Catedral Metropolitana, el próximo domingo 21 de setiembre, por el alma de este Emperador que obtuvo la nominación del primer Obispo de Quito!
“Se ha discutido mucho -dice Pemán, estudiando el significado del imperio del César Carlos si le hubiera sido mejor a España seguir nada más que el camino americano, que le señaló Isabel, o el camino europeo que le señaló Fernando. Pero España no se paró, entonces, a pensar esto. Aceptó las dos herencias, los dos caminos. Abrió, hacia un lado y otro, sus brazos, como quien se crucifica, para salvar a la humanidad. Se abrió como una flor -concluye el poeta gaditano- y el mundo se llenó de su aroma” (58).

¡Y es cierto! Porque mientras en El Escorial rezan por su alma los corazones españoles, en San Francisco de Quito se oyen nuestras plegarias de americanos. Y unas y otras se alzan en el mismo alado idioma castellano que conquistó el corazón de Carlos V, tan español, ya para siempre, como quiteño es, hasta ahora, el fecundo trigo que nos legara aquel humilde frayle franciscano, paisano y amigo del Emperador.

Quito, setiembre 15 de 1958.

Avenida Emperador Carlos V en San Francisco de Quito

Un enlace relacionado: JORGE SALVADOR LARA: MI HOMENAJE

___________
NOTAS:

*Esta conferencia fue leída por su autor, el lunes 15 de setiembre de 1958, al inaugurar la “Semana de Carlos V”, con ocasión del IV Centenario del Fallecimiento del Emperador. Como colaboración al III Congreso de Cooperación Intelectual fue pronunciada en la Universidad de Sevilla el 9 de octubre de 1958 y también al inaugurarse el IX Seminario de Estudios Americanistas en la Universidad de Madrid, el 25 del mismo mes y año.

**Jorge Salvador Lara (1926-2012), escritor, historiador, catedrático, diplomático y jurisconsulto nacido en la ciudad de Quito. El Dr. Jorge Salvador Lara sirvió al Ecuador desempeñando diferentes cargos públicos y privados. Ha sido catedrático universitario, fue Cónsul del Ecuador en Lima, Diputado al Congreso Nacional por la provincia de Pichincha, y Canciller de la República en dos ocasiones: La primera durante el gobierno del señor Clemente Yerovi, y más tarde durante la dictadura del Consejo Supremo de Gobierno que presidió el Calm. Alfredo Poveda Burbano. Por su contribución a las letras y la historia ha sido llamado al seno de los más importantes organismos nacionales y extranjeros como la Casa de la Cultura Ecuatoriana, el Ateneo Ecuatoriano, la Academia Ecuatoriana de la Lengua, la Sociedad Bolivariana del Ecuador, el Instituto Ecuatoriano de Cultura Hispánica, la Academia Nacional de Historia, de la cual fue Director Honorario Vitalicio hasta el momento de su muerte; el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, el Instituto Hispano-Ruso-Americano de Derecho Internacional, la Sociedad Paraguaya de Investigaciones Históricas, la Sociedad de Investigaciones Históricas de Guayaquil, la Asociación Argentina de Derecho Internacional y muchas más. Fue además Cronista de la Ciudad de Quito. Militó en su juventud en ARNE- Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana, más tarde fue parte del Partido Conservador.

(1) William Thomas Walsh. “Isabel la Cruzada”.

(2) Así se le representa en la talla en Madera del Museo Grunthause, de Brujas. “Los Retratos de los Reyes de España” de F. J. Sánchez Cantón.

(3) Carlos Pereyra.- “Hernán Cortés”. M. Aguilar, Editor, Madrid, 1931, Pág. 340.

(4) Jorge Salvador Lara- “Semblanza Apasionada de Isabel la Católica”. Quito, 1957. Pág. 57.

(5) Véase la Carta de Pedrarias al Emperador en “Mas Relaciones Primitivas de la Conquista del Perú” por Raúl Porras Barrenechea. Imprimeries Les Presses Modernes, Paris, 1937. Págs. 59 a 62.

(6) La ficha bibliográfica de esta Relación en “Hans Horkhaimer: “El Perú Prehispánico’_ Edit. Cultura Antártica, S. A.- Lima 1950. Pág. 52.
(7) La “Relación Sámano-Xerez” en Raúl Porras Barrenechea, obra cit. Págs. 63-68.
(8) Sobre la navegación entre los aborígenes de la actual Provincia de Manabí ver: Wilfrido Loor: “Manabí: Prehistoria y Conquista”- Edit. La Salle. Quito. 1956.
(9) Así se le representa en el Anónimo flamenco del Museo del Louvre- Sánchez Cantón, Ob. cit.
(10) Las capitulaciones en: Raúl Porras Barrenechea: “Cedulario del Perú”.
(11) Carlos Pereyra: “Pizarro y el Tesoro de Atahualpa”.- Edit. América- Madrid. Pág. 81. (El libro no lleva fecha de edición).
(12) Mons. Federico González Suárez: “Historia General del Ecuador”.- Imprenta del Clero. Quito, 1891. Vol. 11. Pág. 93.
(13) Para una discusión sobre el encuentro Atahualpa-Valverde y la responsabilidad de éste ver: “El Padre Valverde- Ensayo Biográfico y Crítico” por el P. Alberto María Torres, O.P., Guayaquil, 1912.
(14) Benjamín Carrión, “Atahualpa”. CCE.
(15) El acta puede hallarse en: Jacinto Jijón y Caamaño, “Sebastián de Benalcázarl1, Vol. 1. Documento N 1.
(16) Pereyra: “Pizarro y el…” Pág. 193.
(17) La lista completa de lo que se llevó al Emperador puede verse: Raúl Porras Barrenechea: “Las Relaciones Primitivas…” Págs. 76-77.
(18) Pereyra, ”Pizarro y el…” Pág. 209
(19) Manuel Fernández Álvarez- “Carlos V” Madrid. 1957.
(20) Raúl Porras Barrenechea- “Las Relaciones Primitivas de la Conquista del Perú”- París. 1937.
(21) Sobre el nombre de Calicuchima, Caracuchima o Shiricuchima ver: Porras, Ob. cit. Pág. 92.
(22) La Provisión a Alvarado en Jijón, Ob. cit. Vol. 1. Pág. 51-52.
(23) La Carta de Benalcázar también en Jalón, Ob. cit. Doc: Nº 2, Págs. 9-11.
(24) Id. Id., Documentos Nos. 9 y 10.
(25) Para la Expedición de Alvarado ver: Miguel Aspiazu: “Las Fundaciones de Guayaquil”.
(26) El acta de esta fundación, en Id. Id.
(27) Estos, documentos, en Jijón, Ob. cit.
(28) Id., Id.
(29) Carta de 15-X-1534. Doc. Nº 16. En id.
(30) Jijón, Doc. Nº 7.
(31) El texto de la Cédula permisora también en Jijón.
(32) José Gabriel Navarro: “Artes Plásticas Ecuatorianas”, México F.C.E. 1945. Pág.
(33) González Suárez, Ob. cit. Vol. II. Pág. 249.
(34) Benjamín Carrión ha desarrollado la tesis de la Libertad y la Cultura como signos de nuestra vocación, pero ha olvidado la Fe. No se comprendería la historia ecuatoriana si se prescindiera de uno de estos tres sustanciales factores.
(35) Carta de Benalcázar en Jijón, Ob. cit. Pág. 187.
(36) Biografía de Benalcázar- Madrid. 1945. Pág. 119.
(37) Leopoldo Benítez Vinueza: “Argonautas de la Selva”. F.C. E. México, 1945. Pág. 177.
(38) “Museo Histórico”- Organo del Archivo del M. 1. Ayuntamiento de Quito- Nº 3, Pág. S.
(39) Id., Id.
(40) Boletín de la Asociación Ecuatoriana de Estudios Históricos. Nº11.
(41) Ver los primeros Libros de Cabildos. Todos los Escudos de Quito posteriores a 1922 siguen la pauta trazada por ese dibujo.
(42) Libro 11 de Cabildos de la Ciudad de Quito.
(43) Id., Id.
(44) Fernández Álvarez, Ob. cit.
(45) “La familia de Sta. Teresa en América”, por Mons. Póllt
(46) Navarro, Ob. cit.
(47) Id., id. Pág. 124.
(48) Tercer libro de Cabildos de la Ciudad de Quito.
(49) Sería Interesante una recopilación de todos estos documentos suscritos por el Emperador o a su nombre.
(50) González Suárez, Vol. 11, Pág. 427
(51) “0ficios y Cartas al Cabildo de Quito por el Rey de España. Quito, 1934.
(52) “Cédulas Reales dirigidas a la Audiencia de Quito”- Quito 1935.
(53) Id., Id.
(54) “Museo Histórico” Nº 3.
(55) Sánchez Cantón, Ob. cit. Pág. 110.
(56) P. Ricardo García Villoslada: “Manual de Historia de la Compañía de Jesús”. Madrid, 1941.
(57) Sobre este asunto: Mons. Pólit Lasso: “La familia de Santa Teresa en América” y Cristóbal de Gangotena: “La Casa de Borja”.
(58) Pemán: “Breve Historia de España”.


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