coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


Mestizaje e igualitarismo en América

Mestizaje e igualitarismo en América

Parece ser que ya pasó la época en que los ensayistas que se ocupaban de la índole de nosotros, los americanos, sostenían la superioridad de la raza blanca europea, afirmando que éramos más o menos capaces en la medida en que nos acercábamos a tan preciado arquetipo de hombre. Ellos nos juzgaron según pautas dadas por el Iluminismo y la Ilustración, y tuvieron su plenitud durante dos siglos y medio -XVIII, XIX y primera mitad del XX-.

Si, hipotéticamente, hay algo de bueno en las consecuencias de la segunda guerra mundial, ello es la quiebra definitiva de la imagen eurocéntrica de hombre. A partir de allí el hombre europeo pierde su validez universal y se transforma en un tipo más de las distintas figuras de hombre que habitamos este mundo.

Hoy, y desde hace medio siglo, ha adquirido plena vigencia la teoría del mestizaje para explicar lo que somos nosotros, los americanos. Así tenemos mestizajes de toda laya. Aquellos que nos hablan de mestizaje cultural: en América convergen todas las culturas. Somos la raza cósmica. Racial: a la América ibérica se superpone la africana, luego la latina, ahora la coreana etc. Lingüística: en nuestra América no hablamos el portugués y español peninsulares sino ya una lengua diferente a aquellas. Ontológico: Sosteniendo, según la teoría hilemórfica, que el indio es la materia y el europeo la forma. Político: nuestras formas de gobierno son democracias autoritarias, mezcla de caudillos y de pueblo.

La consecuencia de esta teoría del mestizaje es la miserable, bastarda y claudicante “teoría de la no-conclusión de América”, según la cual América aún no es. Ejemplar típico de los sostenedores de esta vergonzante teoría es nuestro compatriota, el confundido Carlos Dufour quien, muy suelto de cuerpo cual mariposa gringa que es, afirma: ”La dialéctica de nuestra identidad estará en ser lo que no somos y en dejar de ser lo que fuimos”. Es la tesis típica de aquellos que carecen de enraizamiento a su tierra y a sus tradiciones.

Esta teoría del mestizaje, bajo sus distintas variantes, supone que los aportes son por partes iguales en todo. Aún cuando algunos pongan más el acento en lo indio -los indigenistas- y otros en lo latino -los latinoamericanistas-. La idea de igualdad está en la base de la teoría del mestizaje. Y éste es el aspecto más falaz de dicha teoría.

Vayamos por partes. Nosotros no negamos que en nuestra América se haya producido un mestizaje. Es más, creemos que el fruto más logrado de ese colosal abrazo que se dan, durante tres siglos, tanto en la lucha como en el lecho, peninsulares y aborígenes es la América criolla, la América morena. Lo que nosotros negamos es que seamos el producto de un “igualitarismo cultural” en donde la cosmovisión bajomedieval que traían españoles y portugueses haya aportado por partes iguales con la cosmovisión indiana en la constitución de lo que somos. No. De ninguna manera. El mestizaje que se dio en América, y hay que decirlo con todas las letras, no es un entrecruzamiento por partes iguales, pues en los aspectos superiores de la vida del espíritu – lengua, religión, filosofía, instituciones, etc.- el aporte ibérico fue incomparablemente mayor que el indiano. Y es por este aporte que nosotros, los americanos, somos herederos legítimos de las tres grandes figuras cosmovisionales que ha producido Occidente: la greco-romana, la heleno-cristiana y la hispano-portuguesa. Y en este sentido podemos decir, disculpen la inmodestia, que nosotros lo iberoamericanos somos el verdadero Occidente, y ello no tanto por nuestro méritos sino mas bien porque hemos sido menos zapados, menos corroídos por la modernidad. Y en esta defensa ante la avasallante marcha del mundo moderno, no poco ha tenido que ver el aporte indiano con su categoría de tiempo.

Nuestra conciencia hispanoamericana, y esta es una de nuestras principales tesis, surge de la simbiosis de dos cosmovisiones: la bajomedieval o arribeña y la indiana o precolombina.

Nuestra conciencia  se constituye hablando filosóficamente no como un compuesto sustancial sino como un mixto perfecto, puesto que nuestra identidad surge por fusión y no por mezcla de diversos elementos completos en sí mismos – lo bajomedieval y lo indoamericano como cosmovisiones- que forman un todo natural: la conciencia hispanoamericana que es análogamente diferente a los elementos de que está compuesta. Esto es a lo indo y a lo europeo bajomedieval.

Pero ¿qué rasgo propio de aquellos aborígenes de mil lenguas y centenares de etnias perdura en nosotros? Y ¿qué rasgos propios habitan en nuestra conciencia de aquellos españoles de mil razas que poblaron Iberia y forjaron América? Destacamos dos: la categoría de tiempo que nos viene de nuestra matriz telúrica y el sentido jerárquico de la vida y de valores objetivos que proviene de la cosmovisión católica ó bajo medieval “que es la que rescata al indio americano de la oscuridad de sus ídolos”, en la expresión de Jaime Eyzaguirre. Aclaremos que cuando hablamos de “lo católico”  no lo hacemos en tanto que categoría confesional sino en cuanto a que es el rasgo que caracteriza la Weltanschauung del hombre europeo arribado a las tierras americanas.

Así pues, esta conciencia europea, incluso hasta las últimas olas migratorias, no pasó por los diferentes estadios de lo que Christopher Dawson denominó Revolución Mundial. Es decir, Reforma, Revolución Francesa, Revolución Bolchevique y Revolución Tecnocrática. En una palabra nosotros forjamos nuestra identidad asumiendo la fuerza vital y los valores de la Europa anterior a la Revolución Mundial, aunque encarnados en forma diferente debido a la gran matriz americana – el genius loci: clima, suelo y paisaje- y éste es el motivo por el cual Hispanoamérica toma desde el comienzo, desde el siglo XVI, un camino diferente al resto de Occidente. Para nosotros lo tradicional y lo local no se oponen a lo occidental como en Africa o Asia, sino que es lo occidental auténtico moldeado por el aporte indiano. Lo criollo es nuestra manera de ser occidentales.

Si los rasgos históricos básicos de Occidente son: el indo-europeo como substrato lingüístico, la noción de ser aportada por la filosofía griega (que las tradiciones no occidentales jamás presintieron ni barruntaron), la concepción del ser humano como persona que aplica su voluntad libre en la propiedad como aporte romano, el Dios uno y trino personal y redentor como aporte más propio del cristianismo y la instrumentación de la razón como poder científico y tecnológico que le ha dado hasta el presente la primacía sobre Oriente. Y estos elementos fundantes son reemplazados por la alienación lingüística del baby talk; el reemplazo del pensamiento reflexivo por la gnosis moderna como atajo al saber; pérdida de los méritos de la persona en el anonimato igualitarista; disolución del mensaje cristiano de salvación en un mensaje puramente social y participación activa en el poder de coerción por parte de Oriente. Nosotros, los hispanoamericanos, estamos en contra de este Occidente porque no es otra cosa que nuestra guillotina. Y esto, hoy en día, lo comprende claramente el mundo musulmán que distingue en forma tajante entre el occidente judeo-anglo-sajón y el occidente Iberoamericano.

Si al comienzo de esta meditación intentamos responder a la pregunta de ¿quiénes somos?, corresponde ahora contestar a la pregunta de ¿qué es América?. Y ésta es la segunda de nuestras tesis.

Así, sostenemos que América debe ser entendida como “lo hóspito” donde el hombre, sea en su búsqueda de gloria y riquezas, sea huyendo del hambre, la guerra, la enfermedad, la persecución, busca realizar plenamente su naturaleza. En América, y esto vale para la totalidad de su territorio, todos somos inmigrantes desde los primeros aborígenes que entraron por el estrecho de Bering hasta las últimas oleadas de asiáticos que están llegando estos días. América se diferencia del resto del mundo por su capacidad de hospedar (hospitari) a todo hombre que como huésped (hospitis) viene de lo in-hóspito. América es pues “lo hóspito”. Ahora bien, esta aparente pasividad receptiva lleva ínsita una actividad modificadora, que mediante la acción del ya mencionado genius loci americano – clima, suelo y paisaje- transforma a lo recibido.

Para concluir entonces y volviendo al comienzo de nuestra exposición, digamos que la mayor dignidad de una cultura en nuestros días está en relación directa con la conciencia clásica. Ni España, Inglaterra, Francia o Alemania para constituir su identidad mezclaron lo clásico con lo bárbaro sino que dejaron que aquel informara a éste. De igual manera la identidad americana no se debe buscar en el mestizaje a partes iguales sino en la aproximación a las fuentes clásicas de cultura occidental pero, eso sí, vistas y vividas desde América.

Repitámoslo, nuestra exigencia es doble, por un lado tenemos la obligación de pensar y actuar a partir del enraizamiento a la tierra americana y sus tradiciones telúricas, pero en la medida en que nuestra expresión americana se aparte de lo heleno, romano, hispano, cristiano tanto menos tendrá validez universal nuestra cultura y tanto menos será nuestra dignidad y nobleza.

Por Alberto Buela

Fuente: Buela, Alberto, Ensayos de disenso, Ediciones Theoría, Buenos Aires, 2004, págs. 147-151


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