coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


Botar la toalla en primera persona.
abril 11, 2012, 11:44 am
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¡Maldito dinero que desfiguras tantos rostros!

“De inmediato, todo crimen se precipitó en la edad del peor metal:
el deber, la verdad y la confianza huyeron,
y en su lugar se establecieron las mentiras y las astucias,
las trampas, la violencia y el criminal deseo de POSEER”

-Ovidio, Metamorfosis, libro primero, Las cuatro edades

La última es de hierro duro.

En primera persona y con el lenguaje más simple posible:

¿Emprendedores? Hay quienes, en este país, atrevidamente se atreven (valga la redundancia) a retar al resto por su carácter de “emprendedores”… Emprendedores se hacen llamar estos en un país que no ofrece oportunidades más que a los que están en la argolla, sea pública o privada (sino lo deducen, yo estoy fuera de todas las argollas). En el Ecuador todo es contactos, contactos y contactos… Si no los tienes simplemente estás jodido.

Me he caracterizado por “emprender” (notando que para muchos obtusos, al no haberme generado ingresos económicos, dudarían en llamarlo emprendimiento) en el campo cultural, histórico y por qué no decirlo: espiritual, desde hace muchos años, creando espacios y difundiendo ideas antes impensables en las mentes ecuatoriales (tropicales muchas veces), tratando de despertar y parir espíritus; sin un centavo para ello y aún así sacando adelante publicaciones, sitios webs, blogs, revistas, libros, presentaciones, conferencias, -y ni hablar de otras obras mayores de otra índole superior-  etc., etc., (a lo largo y ancho del continente) y mucha pero mucha reflexión por parte de literalmente centenares de miles de personas en el Ecuador y el mundo (Según las estadísticas que manejo desde el año  2007, mi obra ha alcanzado a más de 250,000 -doscientos cincuenta mil-  personas directamente y a varios cientos de miles más indirectamente).

Todo lo he hecho desindeteresadamente, sin ganar nada materialmente, mucho menos dinero y más bien perdiéndolo muchas veces. Queriendo mostrar la verdad, mi verdad al menos -si prefieren-, incluso los hijos bien amados de la patria no ahorran sus imprecaciones para conmigo. Además de haberme costado un sinnúmero de enemistades y malquerencias, de las cuales puedo decir me siento honrado.

Sin embargo, tengo un cuerpo humano y de algo he debido vivir en estos años…  he sido desde empleado privado, pasando por la burocracia y terminando en inversiones, (con orgullo de self made man podría decir que nadie me ha regalado nada -hasta ahora al menos-, pero eso sería demasiado vulgar y materialista para mí)… Todo eso simplemente no me ha permitido, ni me permite desarrollarme y desarollar mi vocación plenamente, libre de ataduras. En estas semanas he gestionado un crédito para un “emprendimiento” (ahora sí dirán algunos) económico, el mismo finalmente me fue negado, cortando así toda esperanza de poder llevar adelante libremente los trabajos propios que me corresponden por mi llamado natural y por mi talento.

Nadie puede juzgar sobre un hecho que no ha realizado, yo he emprendido en este país de los colibríes y los rufianes y finalmente no he vencido. Me han hecho botarme como dirían por ahí, en palabras muy coloquiales, me han hecho decepcionarme de una idea y un país en el cual alguna vez creí. Ya nada, ni nadie me puede convencer de que debo seguir con mi tarea desinteresada que muchos admiran y muchos más envidian. Mientras no haya algún mecenas que sostenga mi trabajo o bien yo mismo genere la capacidad económica suficiente para vivir desprendidamente dedicado a lo que debo, no regalaré más mi obra para tranquilidad de muchos.

La ingratitud es la peor de las enfermedades del hombre. Le dedico este post a todos los ingratos que me han rodeado a lo largo de estos años.

Dice un dicho gringo: Generosity should always be a one-way street.

La mía lo ha sido así. Un sola vía sin retorno.

En todo lo grandiosamente desastrozo que fue Bolívar para América, sus palabras acertadas y muchas veces proféticas han quedado como su verdadero y único legado, hoy puedo afirmar con él:

“No hay buena fe en América, ni entre los hombres, ni entre las naciones. Los tratados son papeles, las constituciones, libros; las elecciones, combates; la libertad, anarquía; y la vida, un tormento.”

“La única cosa que se puede hacer en América es emigrar…”

No, no nos veremos de nuevo, a donde sea que me lleve el camino espero no verlos.

Demás está decirte que esto no es tuyo, no te lo dejo. No hay lugar para la mediocridad, no hay rincón para la cobardía.

Con estas líneas cierro oficialmente mi blog -el último resquicio que me quedaba-, y con este mi obra de muchos años.

– ¡Anatema y maldición!

Simpliciter Francisco



Deber frente a derecho (Un ecuatoriano dijo)

La Justicia exige el castigo cuando esta se quebranta. La fuerza: un derecho y aun más, un deber. Nuestros tiempos, injustos por excelencia.

Algunas consideraciones necesarísimas de Gabriel Cevallos García (1):

Esto de castigar, dicho en seco, nos sacude la atención bruscamente, pues no estamos acostumbrados ya al empleo de esta fórmula: derecho de castigar. Las innovaciones racionalistas y las sensibilizaciones acumuladas por el romanticismo y la democracia, nos hacen parecer terrorífica la expresión derecho de castigar y, más todavía, el castigo en sí. Pero la verdad es que mientras haya código penal en un país de la tierra, habrá sanción, punición o castigo. Eufemismos a un lado.

Hay, pues, un derecho de castigar, porque aun no se ha inventado con verdadero acierto y eficiencia otra manera de restablecer el orden desequilibrado por el delito. Ahora bien, no han funcionado sino dos maneras de castigar: o el castigo que se impone entre iguales, horizontalmente; o el castigo que baja desde la altura, verticalmente. Dicho en terminología actual: por la manera democrática, o la manera aristocrática de sancionar.

Hoy nos parece extraño todo esto. Es que hemos olvidado la historia y no pensamos que hay épocas donde los hombres acatan cuanto ofrece la vida, por deber; y otras en las que reciben cuanto da la existencia como un derecho. Épocas aristocráticas, épocas democráticas: aquellas son de sacrificio; estas son de beneficio. Pensemos como se oponen estos dos principios: noblesse oblige y the struggle for lifeEn el primer caso, la existencia va guiada por el deber, en el segundo, va custodiada por el beneficio. Deber es aristocracia o aristocrática concepción de la vidaDerecho es democracia o democrática concepción de la misma. La primera es una forma de existencias cualitativa, la segunda es puramente cuantitativa. La primera es donación y entrega, la segunda usufructo y aprovechamiento. Hasta cierto punto es inaceptable el viejo correlato Deber-Derecho establecido por los filósofos de la ley, pues esos dos conceptos que responde a dos realidades- son antitéticas maneras de ver y sentir la existencia humana ante uno mismo y antes los demás. La confusión nació, y dicho sea de paso, en nuestras Repúblicas, porque los primeros y más importantes beneficiarios de la democracia, paradójicamente, se convirtieron en algo así como señores feudales dentro de los nuevos Estados de Derecho.

De la antítesis Deber-Derecho se deducen estas otras que han modelado la historia y la vida social durante las últimas centurias: desprendimiento-codicia; largueza-avaricia; donación-usurpación; ecumenismo-imperialismo. Hay, pues, dos esencias doctrinarias y compréndase bien, doctrinarias-de moralidad. Selecta, cualitativa, generosa, altruista la una; mayoritaria, cuantitativa, egoísta, amorfa la otra. El sacrificio personal lo hace este o el otro personaje. El beneficio del derecho es para todos, sin diferenciar a ninguno, sin preguntar nombre, calidad, capacidad o condición.

La idea de sacrificio se completa con la de honor: Honi soit qui mal y pense. Ni la sombra de la duda sobre la palabra de honor: vale más que la propia vida y que todas las vidas. Al hombre de honor no le arredran el sufrimiento, la guerra, la sangre, la muerte. Vive su ideal, su palabra de honor, su lealtad, su afán de hacer coincidir pensamientos y actos: el resto le importa poco, mejor dicho, nada. Es vida de depuración constante, y donde se encuentra el sacrificio, no habita la hipocresía.

En cambio, el beneficio busca la satisfacción -ojalá completa, pero que nunca se completa-, el goce, el bienestar y el bien aparecer; no le importan los llamados ideales, y las voces eternas poco le dicen a sus oídos cerrados para lo que no sea utilidad. El sentido utilitarista del hombre democrático ve tranquilamente hundirse la virtud, con tal de que no se hundan los provechos de los títulos fiduciarios en la bolsa. La moral utilitaria siente solamente cuando algo le aprieta la garganta.

La lucha entre honor y utilidad, entre sacrificio y beneficio, es larga y no se ha ganado la batalla por uno u otro de los extremos, sino por un cambio de valores en la historia. Modernamente se ha operado esta transvaloración, de modo tan hondo, que ahora asusta la palabra sacrificio o el llamamiento del deber. Volcado enteramente hacia fuera el sujeto humano, convertido de persona ética en mero sumando político, es lógico y, si se quiere, fatal que el Deber haya sucumbido, víctima del avance incontenible de la pretensión que, abstractamente, llamamos Derecho o, mejor en plural, derechos, que se ventilan y defienden tanto en las calles y plazas, como en esas plazas cerradas que decimos parlamentos.

(…)

En el clima democrático hay igualdad de derechos e igualdad de aspiraciones. El romanticismo que en siglo XIX apoyó esta igualdad, se internó hasta lo más íntimos pliegues de la conciencia singular, hasta convertir los principios y los problemas en sentimientos. Creó un nuevo tipo de humanitarismo. Y según el mismo todos los individuos deben tener, por igual, el primer derecho, el de vivir. Por consiguiente, nadie es dueño de la vida ajena. El anhelo de vivir es infrangible y no hay ley que pueda violarlo. (…)

Como se ve, si los dos principios se oponen, las consecuencias también se opondrán. El sentimiento de lo justo, es la antítesis del sentimiento humanitario de la igualdad.

(…)

La supremacía de los fines, ante todo; la escogencia de los medios, simple detalle. Duro concepto, totalmente alejado de nuestra sensibilidad (moderna) y propio de quienes, como decía el cardenal francés (Richelieu), practican la virtud de una manera firme: la vertu male, o sea dominadora, inflexible. Hoy diríamos sin rodeos, la virtud macha.

(…)

Las instituciones (y el derecho que las respalda) solas y por sí no indican el camino temporal de los pueblos, porque llevan en su intimidad una crecida dosis de conservadurismo. Y a riesgo de causar escándalo, es preciso decir que una esplendorosa parte de la marcha histórica es obra de los hombres-fuerza, sin que se niegue que otra parte, la menos luminosa, de hombres-fuerza, haya sido azote de la humanidad. (2)

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Notas:

(1) Gabriel Cevallos García, escritor, historiador y filósofo nacido en Cuenca-Ecuador el 6 de enero de 1913. Fue Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y de la Academia Nacional de Historia, y publicó una extensa bibliografía en la que se destacan obras como “Caminos de España” (1947), “Del Arte Actual y de su Existencia” (1950), “Reflexiones Sobre la Historia del Ecuador” (2 volúmenes-1957, 1960), “De Aquí y de Allᔝ (2 volúmenes de escritos varios, 1962-63), “Evocaciones” (Creencias y Sentimientos, 1977), “Por un García Moreno de Cuerpo Entero” (1978), “Virgilio y sus Milenios” (1982), “La Eneida y la Historia de Roma” (1983), “Problemas Filosóficos”, su notable “Historia del Ecuador”, que ha tenido varias ediciones, y muchas más.

(2) Extraído de “Por un García Moreno de cuerpo entero”, capítulo “El derecho a la fuerza”, pp. 175 y siguientes, de Gabriel Cevallos García, Ed. L.N.S., Cuenca-Ecuador, 1978.



TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR

Opción preferencial por los nobles: “La verdad se encuentra en el marco de una concepción jerárquica normal; nunca la ‘intelectualidad’, sólo la ‘espiritualidad’, comprendida como principio creador de precisas diferencias ontológicas y existenciales, hace de base para el tipo aristócratico y su derecho.” (Julius Evola)

Pongo a disposición de los investigadores genealógicos, históricos y público en general la siguiente obra clásica, referente y pionera en el campo descuidado de la Nobleza en el actual territorio del Ecuador.  A la sangre se la honra con las virtudes, con las acciones.

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JOSÉ ALEJANDRO GUZMÁN

C. de la Academia Mexicana de Genealogía y Heráldica

 TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR

MADRID

1957

Prólogo del Conde de Canilleros                                                           

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Imp. Juan Bravo, 3- Madrid

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Dedicatoria:

 

A mis padres, Dr. Don Segundo D. Guzmán Cárdenas y doña Ángela Rodríguez Avilés

 

 

                                               

Prólogo

     Lo primero que deseo consignar es que no fue idea mía el escribir la palabra que encabeza estas líneas. Un prólogo implica altura y responsabilidades. Carezco de lo primero y declino lo segundo. Con ellos resulta indudable que debí clasificar lo por mí escrito como unas Palabras preliminares o como unos Comentarios preliminares, conceptos más a tono con mi modesta intervención en este libro. Pero José Alejandro Guzmán, que sobreestima mi persona con la agrandadora medida de su bondadosa amistad, quiere que le escriba un prólogo, y yo deseo complacerle. Si no en el fondo, por lo menos estoy obligado a que en apariencias esto sea lo deseado por él. Escribo Prólogo, y que perdonen mi osadía.

     Algo me consuela y justifica en esto de ceñirme a un comentario, en vez de dogmatizar prologando. Es lo corriente que el libro malo vaya bien prologado, porque lo necesita para revalorizar la calidad ínfima de la obra. Aquí sucede lo contrario, toda vez que el valor intrínseco del trabajo de José Alejandro Guzmán le estorbarían pretenciosas alegaciones antepuestas a sus páginas. Si con título de Prólogo escribo lo que no son más que palabras o comentarios preliminares, creo que acierto en complacer a los lectores, sin incumplir los deseos del autor.

***

     Uno de los más legítimos motivos que España tiene para enorgullecerse de su glorioso período imperial, es el sello cristiano y fraterno de su conquista y coloniaje. Casi podríamos suprimir estos dos términos, porque lo conquistador estuvo circunscrito al indispensable sometimiento de vastos territorios que se incorporaban a la comunidad cristiana, y la colonia no fue sino la prolongación de la Patria en raza y lengua. España reconoció los rangos de la sociedad aborigen americana y le hizo sin regateos ofrenda suprema de su sangre, fundida desde los primeros momentos en el hermoso y humano crisol de lo criollo.

     Así pudo hacerse el milagro de que arraigaran en los ámbitos del Mundo Hispánico los linajes, con la misa heredada hidalguía, con las mismas armas heráldicas que lucieron solariegos palacios y casonas de Extremadura o Castilla, de Vasconia o Andalucía. Fue todo un vasto mundo idéntico, en el que la fe, las tradiciones y las virtudes raciales afirmaron la realidad inmutable de una continuidad histórica, fraguada al calor de los trasplantados cristianos hogares españoles, bajo el signo de unos apellidos que no hicieron sino prolongar en América las ramas del noble tronco de seculares raíces hispanas. Fueron las familias, esas maravillosas células generadoras de las más hermosas realidades, las que crearon el eterno imperio espiritual español. Por eso es y será siempre la genealogía la urdimbre del hermoso tapiz sobre el que se bordaron epopeyas y sobre el que los siglos seguirán poniendo trazos entrañables de vida y de historia.

     El mundo actual, de regreso de demagógicas desviaciones, ha vuelto sus ojos a loa genealógico –sangre y raza-, para encontrar en ello la razón suprema de existir de una sociedad que, sin ridículos hermetismos ni orgullos ridículos, aspira a conservar el recuerdo de los antepasados que supieron servir lealmente al bien común, dejando una espiritual herencia de virtudes familiares. Como en la designación externa de tales méritos los títulos nobiliarios formaban la vanguardia de la distinción, dentro de la pléyade hispana de la hidalguía, no pudieron faltar en los nuevos territorios de nuestro imperio, en los que los méritos excepcionales requerían estas hereditarias mercedes perpetuadoras.

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     Las mercedes concedidas en Ultramar, que tomaron la poética denominación de Títulos de Indias, nacieron con el marquesado del Valle de Oaxaca, concedido en 1529 al insigne extremeño Hernán Cortés, conquistador de México, continuándolas el título de marqués –primero sin denominación y luego de la Conquista- otorgado a otro extremeño magnífico, el conquistador del Perú, Francisco Pizarro, así como el ducado de Veragua y marquesado de Jamaica, con los que se premiaron en su descendencia a los méritos del inmortal descubridor Cristóbal Colón, todos en 1537.

     Tras estos títulos nobiliarios, de grandiosa sonoridad histórica, fueron naciendo, a lo largo de años y siglos, otros muchos, repartidos por todo el Continente Americano y sus avanzadas insulares, para patentizar perpetuamente los servicios de hombres beneméritos.

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     La hoy República del Ecuador fue el viejo reino de Quito, que el poderoso inca Huayna Cápac quiso incorporar a su vasto imperio, que se llamaba Tahuantinsuyo –las cuatro partes del mundo– y los españoles denominaron Perú. Quiso incorporarlo, y lo incorporó de hecho; pero en su conquista de lo quiteño resultó al fin conquistado lo incaico, porque de los amores de Huayna Cápac con una hija del rey de Quito nació Atahualpa, príncipe guerrero, inteligente y valeroso, que, a la muerte de su padre, tras dura lucha, logró ser acatado y reinar en todo el Tahuantinsuyo.

     Con la llegada de los españoles vino el hundimiento del imperio incaico. Sus provincias, desarticuladas de la estatal máquina centralizadora, quedaban dispuestas para convertirse en audiencias o virreinatos del dominio español, que tuvo en Quito a su primer representante en el extremeño Sebastián de Benalcázar, primer conquistador de aquellos hermosos territorios, en relación con el cual no quiero silenciar el incomprensible y repetido error de llamarle Benalcázar, que nada Significa, en vez de Belalcázar, nombre de un pueblo del sur de Extremadura, del que tomó apellido el heroico paladín.

     El reino de Quito fue luego de la Audiencia de igual denominación, en cuyas tierras asentaron los cristianos e hidalgos hogares españoles, los nobles linajes que, con idéntico lustre que en el solar hispano, ostentaron, a la sombra del Chimborazo o del Cotopaxi, sus escudos heráldicos, sobre alguno de los cuales iban a lucir coronas de títulos nobiliarios.

***

     José Alejandro Guzmán -¡qué apellido de más española resonancia histórica!– es un joven lleno de inquietudes espirituales y de noble afán investigador. La juventud no se ha desbordado en él hacia fuera, en estéril torrente sin misión ni cauce. Un hondo sentimiento vocacional encauzó sus bríos hacia lo histórico, en la especialidad concreta de la genealogía. Estudioso y erudito, los pocos años no impiden que pueda ofrecernos frutos maduros y sazonados, obtenidos en pacientes investigaciones, con científico rigor histórico. Por eso pudo figurar con destaque en el Congreso Internacional de Genealogía  y Heráldica, celebrado en Madrid en 1955, y por eso su producción cuenta ya con las siguientes obras: Corregidores de Guayaquil, Los presidentes de la Real Audiencia de Quito, Código de Bellas Artes, Autoridades de la provincia de Quito y Los Coello de Portugal. Los méritos de esta última le valieron al autor su ingreso en la Academia Mejicana de Genealogía.

     Guzmán es ecuatoriano. Vino al mundo a orillas de la azul inmensidad del océano que hoy llamamos Pacífico y que por mucho tiempo, a partir de aquel día septembrino de 1513 en que lo descubriera el extremeño Vasco Núñez de Balboa, se denominó Mar del Sur. Meció su cuna la alegre ciudad de Guayaquil, fundada por el también extremeño Francisco de Orellana, antes de marchar a la expedición que le depararía la gloria de descubrir el río más caudaloso del mundo, el Amazonas. Su patria ecuatoriana atrajo sus actividades investigadoras, que se centraron así en una especialización más concreta aún, dentro del campo genealógico.

     Guzmán nos ofrece hoy en este libro, Títulos Nobiliarios en El Ecuador, la creación y sucesiones de tales mercedes, como una primera parte, que completará un segundo volumen con las genealogías de las familias tituladas.

     La presente obra es la segunda de este tema con carácter monográfico que se publica en relación con países de Hispanoamérica, pues hasta ahora solamente Cuba tenía otra semejante, la publicada sobre títulos cubanos por Rafael Nieto Cortadillas.

     José Alejandro Guzmán no ha escatimado esfuerzo ni detalle en un deseo de exhaustividad. Las partes del presente volumen abarcan todas las posibles facetas de contacto de las mercedes nobiliarias con lo ecuatoriano, ya que no se ciñe tan sólo a los títulos concedidos en El Ecuador, sino que comprende cuantos, de una manera o de otra, tuvieron relación con este país. Su método es ordenado y científico; su exposición, clara y acertada. Títulos nobiliarios en El Ecuador es una obra que viene con méritos propios a enriquecer la bibliografía nobiliaria y genealógica. En ella se salpican, junto al dato y a la cronología, valores de resonancia histórica, que van desde el parentesco de los Marqueses de Solanda con el citado descubridor Orellana, hasta los próceres de la Independencia.

***

     No quiero concluir estas líneas sin buscar una justificación a que figuren aquí. Podría ser suficiente la leal y ya aludida amistad del autor; pero yo sé que hubo otra razón poderosa para que me encargase de que le escribiera un prólogo. Esta razón la puede compendiar una palabra: Extremadura.

     Extremadura es una región que impresiona al viajero que recorre España. Sus ciudades -Cáceres, Trujillo, Mérida, Medellín…- son relicarios de arte, mundos detenidos en siglos pasados, que envuelven en una poderosa evocación histórica. Además, para un hispanoamericano, Extremadura es su propia historia heroica del período imperial, porque no  hay un solo de los grandes caudillos de las conquistas americanas que no naciera en tierras extremeñas. Ya van hechas en estas páginas menciones que lo atestiguan así al citar a grandes paladines, extremeños todos, junto a los que aún habría que poner otros, tales como Pedro de Valdivia, conquistador de Chile; Pedro de Alvarado, conquistador de Guatemala, o Hernando de Soto, el héroe de Florida, por hacer mención de algunos de los que faltan.

     Yo soy extremeño, y José Alejandro Guzmán estuvo conmigo en Extremadura. Junto a su ya repetida cariñosa amistad, fue la fuerza evocadora de aquella región la que le hizo fijarse en mí, sin méritos míos, para que le prologara este libro. Yo le complazco, torpe y gustosísimamente, porque la calidad de su obra me enorgullece de estampar mi nombre en ella y porque mi espíritu de extremeño me mantiene en perpetuo amor a todo lo americano.

    Quiero pensar que los lectores darán a mis palabras el valor modesto, pero indispensable, del telón que cierra la escena y se descorre, al fin, para dar paso, concretamente aquí, al erudito trabajo Títulos nobiliarios en el Ecuador, con el que José Alejandro Guzmán dejará complacidos los deseos de estudiosos e investigadores.

MIGUEL MUÑOZ DE SAN PEDRO

Conde de Canilleros y de San Miguel.

C. de la Real Academia de la Historia.

A D V E R T E N C I A

 

La presente obra está dedicada a los Títulos nobiliarios en El Ecuador, algunos de los cuales fueron figuras fulgurantes en los campos de las Ciencias y de las Artes, como el I Marqués de Villa Rocha, insigne matemático y literato, y otros ocuparon las primeras dignidades de los gobiernos en América, como los primeros Marqueses de Caderita y el ya citado de Villa Rocha, que fueron, respectivamente, Virrey de la Nueva España y Presidente (dos veces) de Tierra Firme (Panamá); el III Marqués de Solanda, primero y único ecuatoriano que fué Presidente de la Real Audiencia de Quito; el II Marqués de Selva Alegre y el V Conde de Selva Florida, Presidente de la Junta Soberana de Quito.

Al estudiar a los Títulos ecuatorianos queremos contribuir con nuestro grano de arena al mejor sostenimiento del Gran Edificio Histórico del Ecuador, que lo constituyen las acciones y méritos de sus grandes hombres, a los que, para honrarlos debidamente, no sólo es necesario conocer sus nombres y a veces recordarlos, sino que, para que sus acciones y méritos sirvan de ejemplo, es preciso conocer la trayectoria del curso de sus vidas, destacando lo más saliente de ellas, como

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son sus actos y merecimientos, que los han elevado al Altar de la Patria, para que desde allí guíen los pasos de las generaciones futuras, como los suyos fueron guiados por el estímulo del ejemplo de sus mayores, que se conocen gracias a la Ciencia Genealógica, que es la auxiliar, y muy importante, de la Histórica.

La Historia de mi querida patria, El Ecuador, está íntimamente ligada con la vida de algunos títulos de Castilla, que tuvieron capital y definitiva intervención en la Historia de mi país. Esos títulos ecuatorianos, Próceres de nuestra Independencia, fueron:

El VI Marqués de Solanda (consorte), Gran Mariscal de Ayacucho, vencedor en Pichincha, descendiente de los Marqueses de Preux; el V de Villa Rocha (cuyo primer titular, de la familia de los ya citados de Solanda, doctor José Antonio de la Rocha y Carranza, procedía del Conquistador don Martín González de Carranza, Caballero Hijodalgo, Conquistador de Mainas, y del Capitán don Andrés de Contero, Conquistador de Quijos y Gobernador de Guayaquil y Portoviejo, nacido en Segovia (España), ambos ascendientes del autor); el IV de Villa Orellana (que, como los de Solanda y Villa Rocha, fué del linaje de los Orellana, de la villa de Perales, oriundo de Trujillo, linaje al que perteneció también el Capitán Francisco de Orellana, fundador de la mi hoy ciudad de Guayaquil, descubridor del gran río ecuatoriano, el Amazonas, y en cuyo segundo viaje, en su calidad de Gobernador, fué su compañero el Capitán Diego García de Paredes, fundador

TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR                19

de Trujillo de Venezuela, hijo del Sansón de Extremadura, el Capitán don Diego García de Paredes, ascendiente, a su vez, de mi buen amigo el erudito historiador español Conde de San Miguel y de Canilleros, de la Real Academia de la Historia, y del linaje de nuestra Santa Mariana de Jesús Paredes, conocida por la Azucena de Quito); el II y IV de Miraflores (de la antigua familia extremeña de los Flores de Lizaur, que en El Ecuador produjo la gran figura guerrera de la Independencia, el General don Ignacio Flores, nacido en Latacunga e hijo del I Marqués de Miraflores); el III de Selva Alegre, brillante prócer de la Independencia española; el de Maenza, Marqués de Casasola y Conde Puñonrostro, que primero sirvió a la causa de la Independencia de su patria, El Ecuador, para luego, en España, hacer brillante la guerra de la Independencia, interviniendo en la defensa de Madrid  y en otras muchas importantes acciones de guerra; el II de San José y los Condes de Selva Florida y Casa Gijón.

También merecen ser recordados: el I Marqués de Villa Orellana, que, siendo Alcalde de Quito, hizo la Alameda, hermoso ornamento de la capital ecuatoriana; el II Marqués de Selva Alegre, a cuya costa se imprimió en Bogotá el brillante discurso del precursor de la Independencia, el sabio ecuatoriano doctor Eugenio Espejo, dirigido al pueblo de Quito, haciendo ver la importancia de crearse, como luego se hizo, la Escuela de la Concordia, crisol de nuestra independencia; el Marqués de Maenza (consorte),

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que prestó toda su cooperación a los trabajos de los geodésicos franceses para medir el meridiano del Ecuador, y el I Conde del Real Agrado, que apoyó económicamente a su pariente, el sabio Pedro Vicente Maldonado, en la construcción del importante camino de Quito a Esmeraldas.

Los Títulos que en la presente obra estudiamos son aquellos que los Reyes de España concedieron a ecuatorianos ilustres por los servicios prestados y por sus méritos personales, y los que, habiendo sido otorgados a españoles residentes en la Península, y en algunos países de América y Europa, correspondieron a ecuatorianos por sucesión y por alianza; como aquellos títulos, algunos de cuyos dignatarios casaron con hijos de ecuatorianos.

Entre los Títulos vecinos del Ecuador que también vemos en esta obra merecen atención, por sus trabajos o cargos que desempeñaron en el país los siguientes: Conde de Peñaflorida, I de Ruiz de Castilla y el Barón de Carondelet, Presidente de la Real audiencia de Quito, los Condes de Sierra Bella (padres del segundo dignatario, nacido en Quito, que fué Corregidor de Riobamba) y I de Cumbres Altas, que fueron Oidores de Quito; los primeros Marqueses de Casa Boza y de Casa Pizarro, que fueron Gobernadores de Guayaquil; el de Casa Boza, primer Corregidor de la citada ciudad, que tuvo dignidad y título de Gobernador, y el segundo, que, por las buenas obras que realizó en la ciudad de su gobierno, dejó grata memoria entre sus habitantes, y el Barón de Ortega, Gobernador de

TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR                21

Ambato; el V Marqués de Santa Lucía de Conchán, Corregidor de Quito; el I Marqués de San Lázaro, sabio francés que fué al Ecuador integrando la Comisión de los geodésicos franceses, y el Barón de Humbolt, que realizó en tierras ecuatorianas importantes trabajos científicos.

Aún cuando esta obra se refiere concretamente a los títulos nobiliarios concedidos por los Reyes de España, no hemos querido omitir, en breves citar, a algunos de los títulos extranjeros que ostentan u ostentaron ecuatorianos por sucesión, alianza o fueron vecinos del país, y cuya no completa relación está incluida en los respectivos capítulos de la presente obra. Y también, aunque no entra en la clasificación de títulos nobiliarios, pero sí en las dignidades de Casas Reales, hemos creído conveniente incluir en el Apéndice de este volumen a un miembro de las Casas Reales de las dos Sicilias y de Baviera, que casó con ecuatoriano y residió en el país.

Y, para terminar esta Advertencia, nos resta decir que Títulos nobiliarios en El Ecuador, cuya primera parte, en que se hace relación de los Títulos, comprende el presente volumen, tendrá un segundo, de próxima aparición, con la segunda parte de la obra, dedicada a las genealogías de las familias tituladas que estudiamos en este tomo.

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HOJA EN BLANCO

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PRIMERA PARTE

          TÍTULOS ECUATORIANOS

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HOJA EN BLANCO

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CAPÍTULO I

            TÍTULOS POR CREACIÓN

 

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HOJA EN BLANCO

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M A R Q U E S E S

 

                                                           CADREITA

 

DIEZ DE AUX DE ARMENDÁRIZ

 

I.- DON LOPE DIEZ DE AUX DE ARMENDÁRIZ Y SAAVEDRA,

     VI Señor de Cadreita, Caballero de Santiago (admitido el 16 – I – 1606), Gentilhombre de boca de S. M., nacido en la ciudad de Quito hacia 1575, educado en la de Santa Fe de Bogotá y llegado a España de seis años de edad, fué creado I Marqués de Cadreita por Felipe III el 29 de diciembre de 1617 (1), según consta en el legajo 5.240 – Rel. Núm. 3 bis, fol. 7 (2).

El I Marqués de Cadreita fué Virrey de la Nueva España, Embajador de la Corte Española ante la de Alemania y Roma, Mayordomo del Rey, General en propiedad de la Armada de la Guardia de Indias y de los galeones de la plata de la Carrera de Indias (alcanzando en 1633 la famosa victoria sobre los holandeses, echándoles del puerto y fortaleza de la isla de San Martín), y al fin de Consejero de Guerra.

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(1) ATIENZA. CARRAFA, erróneamente, dice fué 29 de abril de 1617.

(2) Archivo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

28                               JOSÉ ALEJANDRO GUZMÁN

Era hermano entero de Fray Luis de Armendáriz, también nacido en la ciudad de Quito, de la Orden de San Bernardo, que llegó a ser Obispo de Jaca (Huesca, España), Arzobispo de Tarragona, Virrey de Cataluña y político de la Marquesa de Falces; ambos hijos de don Lope Díez de Aux de Armendáriz, II Presidente de la Real Audiencia de Quito.

Casó con doña Antonia de Sandoval y Rojas, viuda sin sucesión de don Alonso Cárdenas, VI Conde de la Puebla, fallecido el 14 de junio de 1615 (3); que testó en 1644 y 1699, siendo hermana de doña Francisca Enríquez, IV Condesa Consorte de Chinchón, en la que tuvo a su única hija, heredera en el título, que se llamó:

II.- JUANA FRANCISCA DIEZ DE AUX Y RIVERA,

      II Marquesa de Cadreita en 11-1-1645, y Señora del Mayorazgo de igual denominación, y Condesa de la Torre (Ver este titulo), fallecida el 15 de septiembre de 1696, siendo Camarera Mayor de la Reina María Ana de Baviera. Había casado, en 1645, con don Francisco de la Cueva y Enríquez de Mendoza, VIII Duque de Alburquerque, Marqués de Cuellar, Conde de Ledesma, Vizconde de la Huelma (Ver este título), etc., etc., Virrey de la

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(3) OCARIZ Y VILAR Y PASCUAL

TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR                29

Nueva España y fundador de Nuevo México. Testó el 12-III-1676 y 25-IX-1689.

Le sucedió su hija:

III.- ANA ROSALÍA DE LA CUEVA Y DIEZ DE AUX,

        III Marquesa de Cadreita y Señora de su Mayorazgo, que otorgó poder (17-IX-1696) para tomar posesión del Marquesado; hermana de otra doña Ana, Marquesa de Alcañices, y de don Baltasar, Marqués de Malagón. Casó con su tío carnal don Melchor de la Cueva y Enríquez de Mendoza, IX Duque de Alburquerque (Ver este título), General de la Armada del Mar Océano, Gentil – hombre de la Cámara del Rey y de su Consejo de Estado.

Le sucedió su hijo:

IV.- FRANCISCO DE LA CUEVA Y DE LA CUEVA,

     X Duque de Alburquerque, Conde de Ledesma, etc. (Ver estos títulos), casado con doña Juana de la Cerda y Aragón, hija del VIII Duque de Medina Sidonia y de la VIII Duquesa de Segorbe y de Cardona.

Padres de.

V.- ANA CATALINA DE LA CUEVA Y DE LA CERDA,

      Marquesa de Cadreita y Condesa de la Torre, casada, en 1690, con don Carlos Spínola, Marqués de los Balbases.

Padres de:

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VI.- MARÍA DOMINGA DE SPÍNOLA Y DE LA CUEVA,

       Marquesa de los Balbases, Marquesa de Cadreita y  Condesa de la Torre, fallecida en 1758 y casada, en 1754, con don Manuel Pérez Osorio, XII Marqués de Alcañices, fallecido en 1793, hijo del Marqués de Montaos y nieto de don Manuel Pérez Osorio Vega y Vivero, X Marqués de Alcañices.

Le sucedió su primogénito:

VII.- MANUEL PÉREZ OSORIO Y SPÍNOLA DE LA CUEVA,

         XIII Marqués de Alcañices, Marqués de Caderita, Duque de Alburquerque (Ver este título), etc., nacido en Madrid, casado primero con doña María de las Mercedes Zayas y Benavides, IV Duquesa de Algete, Condesa de las Torres, Marquesa de Cullera, hija única del III Duque de Algete.

Padres de:

VIII.- NICOLÁS OSORIO Y ZAYAS,

       Duque de Alburquerque, de Algete, etc., Marqués de Caderita, en 1847; XVI de Alcañices, de los Balbases, de Cullera, Grande de España, Mayordomo de S. M., Gentilhombre de Cámara, Gran Cruz de Carlos III, Maestrante de la Real de Sevilla, Senador, etc., etc., nacido en

TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR           31

Madrid el 13 de febrero de 1799 y casado con doña Inés Francisca de Silva. Marqueses de Caderita, etc., etc.; en DUQUES DE ALBURQUERQUE (Ver este título)

    

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CASA FIEL PÉREZ CALISTO

 

I.- PEDRO PÉREZ CALISTO,

I  Marqués de Casa Fiel Pérez Calisto a mediados del siglo XIX (1) (2), nacido en la ciudad de Quito y hermano de don José María Pérez Calisto, Comendador de la Orden de Isabel la Católica; era hijo de don Pedro Pérez Muñoz y de doña Teresa Calisto y Borja, nacida en Quito (3).

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(1) Según los historiadores ecuatorianos: DOCTOR LUIS FELIPE BORJA, CRISTÓBAL DE GANGOTENA Y JIJÓN Y PEDRO ROBLES Y CHAMBERS.

(2) El título fué concedido para sí y sus descendientes, otorgándosele, además, un nuevo escudo de armas compuesto de dos leones afrontados, sosteniendo en alto una corona real, haciendo alusión a sus ascendientes, que murieron por defender la causa del Rey en América. (Según Real Despacho del 6 de marzo de 1817, el Rey de España exigió de la Presidencia de quito el informe con la “correspondiente justificación acerca de las gracias pretendidas por los individuos procedentes de la familia de Calistos en premio de la heroica fidelidad” de los de esta familia, como veremos al estudiar la genealogía de los Calistos. (Informe al Rey del General Melchor Aymerich, fechado en Quito el 22 de junio de 1820).

(3) Fué el I y único Marqués de esta denominación, aún cuando el título fue rehabilitado en España, con una variante en el nombre, (cambia la s por x y suprime casa) por:

TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR             33

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I.- DOÑA MARÍA DEL CARMEN DE LA ROCHA Y PÉREZ ARANDA Y MOLINA, I Marquesa de Fiel Pérez Calixto, el 13 de marzo de 1894 y Real Despacho del 9 de abril del mismo año (ATIENZA), nacida en Jerez el 29 de enero de 1859, fallecida el 2 de septiembre de 1926 y casada el 21 de julio de 1882 con don Lorenzo Lacave Panet, nacido el 12 de marzo de 1846 y fallecido el 16 de agosto de 1905 (RIPALDA: Títulos de Castilla, pág. 353).

Le sucedió su nieto: (RIPALDA).

II.- PEDRO LACAVE Y PATERO DE LA ROCHA Y ETCHCOZAR, II Marqués de Fiel Pérez Calixto, desde 1927 (ATIENZA), sobrino de doña Eugenia Lacave de la Rocha Panet y Pérez, nacida en Cádiz el 28 de enero de 1884 y casad el 28 de agosto de 1904 con don Mariano Villalonga Ibarra, I Conde de Villalonga, con sucesión (RIPALDA: Obra citada). El actual  y II Marqués de Fiel Pérez Calixto reside en Jerez de la Frontera (GUERRERO BURGOS: Grandezas de España).

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