coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


MÁS ALLÁ DE LA HISTORIA

MÁS ALLÁ DE LA HISTORIA

Es un hecho constatable que el hombre tradicional en su “situación existencial” se regía con una premisa que alimentaba todo su accionar ya sea interno o externo; esto era la eliminación de su historia en cuanto tal y por ende del tiempo mismo que permite transcurrir esa historia. Esto le permitía un retorno en la misma existencia de la eternidad perdida, la cual era graficada generalmente en sus mitos de Edades de Oro o Paraísos perdidos, pero a su vez también esta acción, permitía la manifestación de lo sagrado. La eliminación de lo profano era de una necesidad impostergable para el hombre antiguo y solo entrando en un momento mas allá del tiempo y por ende eterno permitía la sacralidad de sus acciones. La imitación de arquetipos primordiales que hacia el hombre lo transformaban en aquel dios que hizo tal acción en un tiempo mítico. Cesando la individualidad profana una repetía constantemente los actos heroicos de un ser que fundaba un mundo. El Dios o Dioses de los hombres tradicionales  fundaban el mundo de estos. Pero estos hombres sabían también que por el hecho de ser mortales el tiempo llega a desgastar todo, (incluso los Dioses mismos) es por eso que se necesitan de ciertos rituales para reactualizar el tiempo mítico de los Dioses. Ese tiempo que esta más allá del tiempo. En ese tiempo se logra la eternidad y por ende la renovación del mundo. Cuando el hombre comete o tiene que ejecutar una cierta acción sabe que está reproduciendo la acción de un dios que también y por primera vez logra hacer un acto que se transforma en primordial. Entonces toda la existencia del antiguo está regida por la imitación de esos arquetipos y son estos los que permiten eliminar su historia y situarlo fuera del tiempo que devora todo a su alcance. El hombre tradicional tiene el poder de eliminar su historia y por ende sus errores, dándole así un sentido a su existencia. Esto es lo que le permite llegar a la verdadera realidad.

Cuando un objeto producido por el hombre remite a algo trascendente entonces ahí él tiene realidad ontológica. Solo en lo trascendente y por ende en lo sacro se tiene la realidad de frente, en cuanto tal; fuera de ello todo es deformación de la misma. Siempre había un arquetipo celeste para un fenómeno terrestre. Toda creación que realizaban era una creación cósmica. Se trae del caos de lo amorfo al cosmos de la forma, entre estos dos se produce el ritual, que permite la manifestación de una realidad sagrada. Todo acto era así una cosmogonía  que al ser realizado en un tiempo mítico por los Dioses puede dar al hombre un nuevo nacimiento de sí mismo, permitiendo además que todo se renueve en el mundo. Repetir e imitar un arquetipo y abolir el tiempo profano a través de un rito son los dos aspectos de la ontología de los hombres tradicionales. Nada era novedoso pero tampoco irreversible. Oponiéndose a la historia, a su memoria y los actos que no tenían un modelo arquetípico, buscaban renovándose constantemente, un eterno presente. Todo comenzaba por su principio a cada instante. Todo siempre volvía a comenzar, retornando eternamente, quedando el tiempo mismo anulado. Esta era la esencia de la estructura del tiempo cíclico entre ellos. Todo se regenera una y otra vez, necesitando a la vez de alguien que permita la regeneración, y ese era el hombre.

Este mundo se nos ha perdido. Hoy para nosotros hombres modernos lo sagrado es un mero flatus vocis. Es algo que no nos toca, que no nos puede tocar. Cada acto que hacemos es irreversible pero sobre todo absurdo, y frente al terror que esto produce tratamos de aturdirnos. Aquí sin embargo se ve también el terror inveterado del hombre por la historia, su historia. Con este aturdimiento se busca eliminarla, saltearla, no hacerle frente, sin embargo cuando lo hacemos, lo hacemos en la inconsciencia, a traves de un frenesí enloquecedor que busca agotar toda nuestra existencia, pero no sabemos de dónde viene este frenesí y para que existe como tal. Por eso que todo lo que hacemos parece que no tuviera realidad, y sin embargo y aun así, lo hacemos, sin un motivo o razón. Somos temerosos y buscamos crear sustitutos, pero lo sagrado es algo inherente a la conciencia del ser humano y aunque se lo aparte de vista siempre retorna, subliminado pero retorna. El problema es que ya ni así lo reconocemos, creyendo ver en esa subliminación un acto profano más de nuestra día a día.

El hombre hacedor de la historia es todavía una de las características de nuestra era tecnológica donde todo es almacenado, archivado y memorizado. Donde todo nuestros actos están regidos para tratar de encadenarnos. Donde nos vendemos como producto en serie, siendo la figura sin cara de un objeto destinado a consumirse y nada más. Esa es nuestra historia y ni siquiera tratamos de librarnos de ella, demostrando lo aturdidos que estamos. Y aturdiéndonos escapamos de aquello que es lo más pesado: la trascendencia. Sin duda es lo más pesado por ser lo más importante, porque está en juego nuestra esencia misma. Está en juego el hombre como tal. Los antiguos lo entendieron, para ellos solo hay hombres si hay Dioses. Nosotros no poseemos ninguno de los dos. La exacerbación de nuestra individualidad paradójicamente nos ha quitado el hombre. Solo somos productos que necesitan renovarse a cada instante para ser novedosos. Esta es la gran diferencia con el tradicional, él no busca lo histórico y novedoso sino la repetición de unos actos primordiales, solo en el encuentra su ser, su libertad y solo ahí él es verdaderamente creativo. Nosotros en cambio hombres modernos creemos tener la libertad de hacer la historia haciéndonos a nosotros mismos. Pero este sin embargo es el estupefaciente que usamos para ocultarnos la verdadera realidad, la cual es que vivimos suspendidos de una gran nada y nosotros y nuestra historia y todo con ello acabara en la muerte. Por eso la trascendencia es el dique para enfrentar al Dios de la muerte, porque afianzándonos en la historia, afianzamos el tiempo y por ende nuestra propia finitud. Por eso encontrar esa infinitud dentro de la finitud que es nuestra vida es lo que permite no ahogarnos en una nada sin sentido y absurda, ayudándonos así de librarnos de nuestra historia como seres mortales. Solo lo sagrado, que es la eternidad en el tiempo y que es la infinitud en la finitud es lo que permite tal liberación.

Pero, ¿cuándo se produjo por primera vez esta valorización de la historia en sí misma? Si el hombre antiguo le tenía terror a la historia… ¿Cuándo se produce el quiebre de querer dar paso a la repetición de arquetipos primordiales por los sucesos históricos que tienen desde ahora una realidad ontológica plena? Esto se da a través de los profetas judíos. Ellos mostraron a los israelíes que los acontecimientos negativos en la historia de su pueblo eran debido a un Iahvé encolerizado por sus pecados. Todos los desastres políticos y militares pasaron a tener con ellos un sentido, todo era debido a la ira de Dios que buscaba encarrilar a los judíos a la verdadera religión y deshacerse de los ídolos a lo que estos estaban rindiendo culto. Los acontecimientos históricos comenzaron a tener valor religioso. La historia era una teofanía, era la voluntad divina expresándose. Aquí se comienza con la valorización de la historia en cuanto tal y el tiempo con ello deja de darse en ciclos eternos para transformarse en algo lineal con un sentido único. Dios es una persona desde ahora, no un arquetipo que realiza actos primordiales. Él ahora interviene siempre en la historia y se revela en ella. Todos los acontecimientos del hombre en la historia tienen un valor religioso porque esta es ahora una epifanía de Dios, concepción esta que fue ampliada y universalizada por el cristianismo. Todo se efectúa en un tiempo concreto, ya no mítico como en las concepciones tradicionales. Los acontecimientos para los judíos tienen fecha y lugar. Es un momento limitado y determinado en tiempo y espacio y por ende no es reversible porque es una teofanía. El acto no volverá a repetirse eternamente porque ahora es la historia y el tiempo en cuanto tal donde Dios manifiesta el destino y los actos a realizar al pueblo judío. Y esto será hasta que se produzca el fin de la historia con la llegada del Mesías. El arquetipo mítico en este caso se pone en el futuro mostrando así que la necesidad de arquetipos primordiales por parte del hombre son siempre necesarios.

Los judíos no soportaron la historia y tratando de darle un sentido a sus calamidades, los transformaron en un designio religioso. Eran solo tolerados porque Iahvé lo quería así y porque con ellos el pueblo elegido se salvaría una vez que todos los acontecimientos se produjeran anunciando la llegada del Mesías y el fin de los tiempos. La historia se la valoriza para luego destruirla de una vez y para siempre. Aquí la historia no iba a repetirse infinitamente como en los tradicionales sino a agotarse, sin retornar. Paradójicamente los profetas judíos ensalzaron la historia momentáneamente y con esto quiere decir mientras Iahvé se manifieste, y poder llegar el día en que esta dejara de existir y aliviar sus sufrimientos y culpas. Todo se torna irreversible y el devenir histórico es producto de un dios personal, teniendo este devenir y los actos que ocurren en él un valor intrínseco. La historia universal tiene que ser liquidada y todo esto debido al sufrimiento de los judíos por sus acontecimientos nefastos. Se podría decir que aquí hay una cierta venganza de los profetas por su situación en el mundo que se hace insoportable y que por ende no debe repetirse más. Se soporta la historia únicamente porque se sabe que será destruida. Hay una actitud anti-histórica al igual que los pueblos tradicionales que si bien no es eliminada la historia en el momento presente sin embargo debido a la esperanza en la llegada del Mesías esta va a cesar en algún momento; esta será la nueva manera de soportar la historia. Es la esperanza en un final, abolido en un futuro. El mundo ya no se regenera periódicamente sino que será regenerado una vez y para siempre en un in illo tempore futuro. La historia se torna escatológica siendo el fin del mundo el fin de los pecadores y el triunfo de Israel.

Esta concepción de tomar la historia como una manifestación sagrada será retomada con el cristianismo, con el mismo esto se universaliza para todo el planeta. La redención con la vuelta del Mesías ahora no pertenece a un pueblo sino a toda la humanidad, donde todos serán salvados en un tiempo mítico, mientras crean en Jesús como Dios.

Dios interviene en la historia al igual que con los judíos, la revelación se hace en el tiempo profano, esta no se repetirá teniendo así la historia un sentido único, al igual que el tradicional el tiempo e historia se abolirán para entrar en el Paraíso pero la diferencia es que ahora será para siempre, habiendo así algo trascendental en la historia misma. Pero la gran diferencia entre los judíos y cristianos es la radicalización de la transfiguración del suceso histórico en hierofania. Dios ya no solo interviene en la historia… ¡sino que se transforma en un ser histórico!  Este padece una historia, condicionado como cualquier judío de su época, pero este suceso histórico que es la existencia diaria de Jesús es sin embargo una teofanía total. Con esto el acontecimiento histórico tiene una plenitud total de ser. El tiempo del suceso histórico queda aquí eternizado, ya no se repetirá nunca más porque si así lo hiciera quiere decir que el tiempo en el que vivió Jesús debe ser reversible y no tendría por ende una consistencia plena. Esto es imposible para el cristiano. Los actos de Dios (Jesús) no pueden carecer de consistencia porque este por ser absoluto no puede no-ser eterno en lo que hace. No puede hacer las cosas dos veces, esto sería un sin-sentido, Su Voluntad divina es homogénea y total, siendo todo aquello que realizo, irrepetible. Aparentemente la repetición de los arquetipos que realizaban los antiguos, a la vista del judeo-cristianismo sería un error sin sentido. La repetición implicaría, y sobre todo para los judíos el retorno de la historia con la consecuencia de sus sufrimientos. Nada debe repetirse porque Dios obra de manera total, y los sufrimientos perpetuados por Dios a los judíos son escarmientos por los pecados cometidos, que los llevara en el futuro  para siempre al paraíso perdido. El paraíso es la eliminación total de la historia de los sufrimientos de los israelíes. Inconscientemente los cristianos toman esa herencia haciendo de Dios un hombre y que toda la historia de este sea la historia de Dios, la historia sagrada. Este suceso es algo único y total. Mircea Eliade lo dijo claramente: “¿Cómo podría ser vano y vacío el tiempo que ha visto a Jesús nacer, sufrir, morir y resucitar? ¿Cómo sería reversible y repetible ad infinitum?[1]

Sin embargo a pesar del valor concedido a la historia el judeo-cristianismo, como bien hace notar Eliade, no terminan ellos haciendo un historicismo sino una teología de la historia. Porque el acontecimiento no se valora en sí, sino se valora porque Dios obra en él. Es la revelación de Dios en la historia la que se tiene en cuenta. Hay una trans-historicidad de la historia. La historia se trata de salvar porque tiene algo que es eterno y sagrado en ella: el mensaje y vida de Cristo, para el cristiano, y la manifestación de Iahvé como rectificación de los pecados, para los judíos.

Pero lo que se quiere en definitiva, todos ellos, es abolir la historia como en las sociedades arcaicas y esto se ve nítidamente en la esperanza de los cristianos en la segunda venida de Cristo que pone fin a todo la Historia y permite el retorno del Paraíso. Cada acto puede ser un acto de Dios en la historia y el judío o cristiano debe poner suma atención a los acontecimientos porque en estos se podría dar un acto o revelación del mismo Dios. La historia es valorizada como teofanía de Dios, pero es valorizada al fin y al cabo. El historicismo es sola una secularización de esta Teología, en él solo el suceso histórico per se cuenta y a este se lo empieza a valorar como si fuera un dios personal. Se comienza a escribir la Historia con mayúscula. Sin embargo la Historia ahora tiene un aliado que es el sujeto autoconsciente. Entre ellos dos sustituyen al Dios cristiano. Entre ellos traerán el paraíso perdido del judeo-cristianismo donde se manifiesta el sujeto que se quiere libre y que se conoce como tal. Aquí entramos en el núcleo de la modernidad, el del sujeto autoconsciente que se produce a sí mismo. El máximo exponente de esta concepción es Hegel. Con él los sucesos históricos son tomados por sí mismos, sin embargo en el quedan resabios de la concepción judeo-cristiana, porque en definitiva estos sucesos serian la manifestación de un Espíritu universal. Los acontecimientos no se pueden revertir dado que cada uno revelaba una de las etapas del Espíritu Absoluto. La Historia sigue teniendo sentido aunque ahora se la valore por sí misma, pero pierde ese significado transcendente, religioso y sagrado que tuvo antes de la modernidad. Esto se ve claramente en el Marxismo donde la historia seria la historia de la lucha de clases que luego de que esta tenga fin, vendrá la dictadura del proletariado que es la imposición del verdadero humanismo. Es el paraíso terrestre. Es la edad de Oro de los mitos tradicionales pero visto desde el espejo, porque toda transcendencia espiritual se ha retirado de esta concepción, solo queda el hombre libre y su humanidad. El mundo es “salvado” como en los cristianismos, sin embargo y a pesar de todo la historia sigue, mantiene un sentido, esta solo ocurre para que el proletariado se imponga a sus opresores, por eso para el marxismo el terror de la historia también queda abolida en el final de la misma.

En todas las concepciones de la historia ya sea de los hombres tradicionales, del judeo-cristianismo o de los modernos siempre hay una necesidad de buscar un tiempo mítico que esté por encima del tiempo histórico. La necesidad de encontrar un sentido siempre está presente. La huida ante lo que provee la desesperación nihilista hace a los hombres tratar de encontrar un sentido en la existencia, en un tiempo que este más allá del simple presente, en buscar la eternidad del tiempo, el cual pasa para no retornar. La concepción historicista y la concepción arquetípica hasta el día de hoy están en lucha. Sin embargo hay que aclarar que ese hombre historicista que se cree libre de hacer la Historia y que además en ella se hace a sí mismo, es una pura ilusión. Nuestra época lo refuta. ¿Acaso en esta época no es donde más encadenado se está, donde más se necesita de otros para ser? ¿Acaso no hay una minoría que controla el mundo y el oponerse solo trae el suicidio? Se la puede evadir, por supuesto, pero en ese caso ¿cómo seguimos haciendo la historia del Mundo? Esto sin contar que vivimos en la era donde la Técnica está en pleno desarrollo, donde sin maquinas no podríamos existir como hombre históricos. Donde nuestro destino depende de tal o cual artefacto para que no sobrevenga un cataclismo planetario. Estamos en la ilusión de la libertad. El creer en la Historia en si misma sin trascendencia como en los marxistas o nihilistas solo acarrea esta ilusión. Es con ella que se trata de no caer en el terror de la historia. La cuestión es ver qué pasa cuando caiga esta ilusión ¿Podría el hombre retomar su concepción arquetípica, lo que parece poco probable o tendrá que buscar otra forma para encontrar la manera de religarse a lo sagrado? Este hombre historicista ha perdido la inocencia necesaria para la repetición arquetípica pero también para le fe profesada por el judeo-cristianismo, que fue la nueva experiencia religiosa que este inauguro. El subjetivismo le ha inflado mucho el pecho ¿En dónde buscará ahora para superar el terror de la historia, cuando caiga la ilusión de la libertad? ¿En dónde pondrá la transcendencia y el contacto con lo sagrado? ¿En sí mismo, quizá? No podemos saberlo, cuando el peso por no liberarse de su historia lo aplaste podremos ver a donde se dirige su reacción.

MARCOS EL JOVEN


[1] Imágenes y símbolos. Pag 181. Ed. Planeta D Agostini


2 comentarios so far
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Me permito repetir aquí, por la transcendencia de la cuestión, el comentario que acabo de dejar sobre esta entrada en facebook:

Formidable, en el sentido de algo inmenso. Este calificativo merece tal reflexión. El momento en que se fundó la conciencia de la historia, la ciencia de la Historia. Ahora, otra visión complementaria. Existe la sospecha, en la Física moderna, de que el tiempo sea solo una cualidad de nuestra forma de conocer, necesariamente fragmentaria, y que la realidad sea intemporal, eterna. Entonces, la visión antigua, arquetípica, sería la intuición de esa realidad, la vuelta a la eternidad; la visión judía sería la de los segmentos que constituirían esa eternidad y la de la “eterna decisión” o libertad subjetiva, pero no objetiva de los humanos; y la que podríamos alcanzar hoy sería la conjunción de ambas visiones: iluminadamente, la de la realidad eterna; racionalmente, la de nuestros segmentos personales y las decisiones que los han configurado, en relación siempre con la Eternidad.

Comentario por Kim Joaquina Pérez Fernández-Fígares

“Al percibir en el agua mi forma, concebí deseo de ella y quise poseerla. El acto acompañó el deseo y la forma irracional fue concebida. La naturaleza se enseñoreó de su amante, lo circuncidó y ambos se unieron en mutuo amor. He aquí como es que, entre todos los seres que viven sobre la tierra, sólo el hombre es doble: mortal en el cuerpo, inmortal en la esencia… Superior al sueño, está dominado por el sueño”

Comentario por andrés




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