coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


Montalvo, ese desconocido.

Lectores todos: a continuación comparto con ustedes el discurso que leí en la Academia Nacional de Historia del Ecuador a propósito del lanzamiento del libro “Montalvo, una pasión. Una aproximación psicológica al perfil del cosmopolita” de la Dra. Ruth Cobo Caicedo, en abril de este año.

 

Montalvo, ese desconocido.

 

Hoy la historia como disciplina científica estudia y da relevancia a los hechos humanos del pasado como procesos sociales y colectivos, las personalidades han sido puestas a un lado. En este sentido el libro que presentamos esta tarde: “Montalvo, una pasión. Una aproximación psicológica al perfil del cosmopolita” de la doctora Ruth Cobo, es una digresión. Gabriel Cevallos García pudo decir que “… a riesgo de causar escándalo, es preciso decir que una esplendorosa parte de la marcha histórica es obra de los hombres-fuerza.”

Si bien este libro como lo señala su título, es una aproximación psicológica, no por eso es menos historia, específicamente historia social, social porque a través de los hombres individuados, preferiría decir de las personas como tales en este caso, la marcha histórica en lo común va adquiriendo su sentido. Los detalles de la infancia de Montalvo que la autora pincela cautivantemente nos muestran un Ecuador de la primera mitad del siglo XIX desde su parte más profunda, desde el interior de una familia, y así vamos comprendiendo no solo los hechos rimbombantes de un pasado signado por las figuras que ostentaban el poder, sino un pasado común y extraño para muchos enmarcado en la vida diaria. Por lo mismo entusiasma el siguiente fragmento donde se cita al propio Montalvo:

“Cuando apuntaba el alba nos bebíamos sus blancos rayos con los ojos, cogiéndolos en las rendijas de las puertas, y mi madre volvía a decir hijos recemos: demos gracias a Dios. Nos inclinábamos por el suelo y saludando a la aurora, como los pueblos hiperbóreos saludan a la luz cuando vuelven después de una noche de seis meses, dábamos gracias a Dios por haber amanecido un día más.”

El llamado cosmopolita, nos manifiesta con esas sus palabras una forma de vivir en el Ambato del 1840 y pico que refleja una continuidad histórica con un pasado hispánico-católico-medieval que busca sus mismas raíces en los cultos paganos de la Roma clásica más que en el mismo cristianismo de los orígenes, intacto a pesar de la independencia política de España; y aún más me atrevo a decir que demuestra una forma de vivir, una cosmovisión de los paisanos que fueron dándole la vida a una naciente república.

Al repasar las líneas de esta novedosa y particular obra vamos conociendo a un  Montalvo desconocido. Quienes hemos leído de y sobre Montalvo desde pequeños, nos hemos formado una idea determinada del cosmopolita, como un liberal a ultranza en el sentido ideológico de la palabra, es decir como un jacobino. De esta manera, hemos pasado por alto o ignorado por completo las facetas que contradicen este prejuicio.

Montalvo es un desconocido, a pesar de lo altisonante de su nombre en nuestros días y de su instrumentalización politiquera actual de bando y bando, Montalvo es ignorado por la gran masa, por el pueblo en general; un ejemplo de ello es en relación a su liberalismo. El jacobinismo, practicado en lo político por Alfaro y compañía en el Ecuador a partir de 1895, como matriz histórica y cultural se caracteriza en América por su fuerte rechazo al pasado hispano del continente debido a que  ha considerado a este como una fuente de “oscurantismo y atraso”. Ramiro de Maeztu en su clásica obra “Defensa de la Hispanidad”, referente mundial de todos los hispanistas del orbe universo, cita a un solo ecuatoriano, claro que me refiero a Montalvo y a estas sus palabras: “¡España! ¡España!  Lo que hay de puro en nuestra sangre,  de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti lo debemos. El pensar a lo grande, el sentir a lo animoso, el obrar a lo justo, en nosotros, son de España; y si hay en la sangre de nuestras venas algunas gotas purpurinas, son de España. Yo que adoro a Jesucristo, yo que hablo la lengua de Castilla; yo que abrigo las afecciones de mis padres y sigo sus costumbres, ¿Cómo habría de aborrecerla?”. Juan Montalvo, el liberal radical y rebelde Juan Montalvo, expresó estas palabras, ese hombre que se inclinaba para saludar a la aurora y que como dice seguía las costumbres de sus padres, no pudo entonces y no puede ahora ser utilizado en función de los mezquinos intereses de grupos y de ideologías. Ruth Cobo nos da las pautas para entender al personaje más allá de las ideologías.

Tanto los historiadores conservadores como liberales, para citar ejemplos concretos: Wilfrido Loor en los primeros y Roberto Agramonte en los segundos; han mostrado a un Montalvo enemigo de las formas de vida y costumbres de un pasado innegablemente católico, por tanto hispánico y universal. Es pionera así la obra de la Dra. Cobo en torno a esto, debido a que con la documentación y las fuentes bibliográficas adecuadas y por sobre eso y gracias a su preciso análisis psicológico, va develando a un hombre verdaderamente universal.  ¡Mi pluma lo mató! Sentenció soberbiamente Montalvo, refiriéndose a Gabriel García Moreno.  Ambos, Montalvo y García Moreno practicaban lo que Richelieu llamó la vertu male, la virtud macha, y en esa vida de virtud cruzaron sus caminos. Se destaca en este libro los inesperados capítulos, al menos para algunos, dedicados a la memoria del Presidente Gabriel García Moreno. Aunque es conocida la relación entre el hombre católico y el hombre cosmopolita, una relación tormentosa por decir lo menos, la misma ha sido puesta en la escena histórica como la oposición de dos visiones y formas de ser. En realidad Montalvo y García Moreno se parecían más de lo que tal vez a ellos mismo les hubiera gustado, con una fortaleza y dominio de sí mismos admirable, cada cual por su vía, alcanzaron su plenitud, y en esos capítulos que Ruth escribe vamos conociendo como más que enemigos, ambos fueron antagonistas a lo griego. A los que repiten “mi pluma lo mató, habría que recordarles siempre que esa misma pluma escribió de García Moreno: “Nacido para grande. ¡Hombre!” –nombre de uno de los capítulos del libro sea dicho de paso-, Hombre con mayúscula y entre signos de admiración, lo que para quienes conocemos y hemos leído la pluma de Montalvo, sabemos que es un elogio extremo.

No podemos entender ni pensar el presente y planificar el futuro -en lo personal, politico y social- sin entender el pasado, hacerlo es un despropósito extremo. Por tanto, entendiendo quienes fuimos y como vivíamos, podremos saber hacia dónde vamos y cómo lo haremos. Ruth cita a Edmund Burke en los prolegómenos de su libro en este sentido: “La sociedad es una sociedad no solamente entre quienes están vivos, sino entre quienes ya murieron y aquellos que nacerán.” Montalvo una pasión, va más allá del mismo personaje estudiado y nos brinda la oportunidad de entender a la sociedad ecuatoriana en su parte del pasado más vivo. El célebre ambateño motivo del libro que hoy presentamos dijo que el vulgo se venga con su indiferencia. Esta obra no está dedicada al vulgo, a quien la lea entonces no podrá serle indiferente.

Francisco Núñez Proaño

Miércoles, 25 de abril de 2012.


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Brillante, elegante y objetivo discurso, sobre el que me debería esforzar para definir si discrepo en algo. Sobre García Moreno mi postura es complicada, pues hay dos ríos que circulan dentro de mi concepción sobre este. Casado con dos parientes mías, compadre de mi bisabuelo José María Lasso de la Vega y Aguirre, padrino de mi abuelo Juan Manuel Lasso Ascásubi, ejecutado por parientes míos de sangre como Roberto Andrade Rodríguez y Abelardo Moncayo Jijón.
Sin embargo, hay concordancia sobre lo que fue garcía Moreno. Hombre fuerza, dice Paco, igual que Montalvo. El primero vió más lejos que nadie en su tiempo el tema de la unidad nacional y el problema de la consolidación del Estado nacional. Déspota ilustrado, inició la construcción del ferrocarril y fundó la Escuela Politécnica. Teocrático que gustaba de fusilar y de matar, Juan León Mera le dice en una carta que le admira y respetaa, pese a que “a Ud. le gusta fusilar gente”. Cuarenta y nueve víctimas tuvo en sus mandatos el tío político don Gabriel. Sesenta y nueve tuvo en un solo mandato Vicente Rocafuerte, del que dice, en su biografía, Pérez Pimentel: “se casó ya maduro, para escapar de la misoginia, con dama inteligente y discreta. Nunca se le conocieron aventuras galantes”. Tiene “algo de mato” dijo de él Bolívar. Pérez Pimentel me explicó que se trata (“mato”) de un venezolanismo con que se refiere a los gay. Distinto en esto a García Moreno que era un ser humano al que le gustaban mucho las mujeres. El hijo de la mujer de Rayo era suyo, como lo testificaron en una vieja nota del año 58 en Vistazo Pedro José Arteta, basado en una investigación personal con el personaje que aún vivía, y en un testimonio de doña Laura Pérez de Oleas Zambrano. De niño, en Quito, un personaje quiteño, el poeta Manuel Terán Monge (su biografía en uno de los tomos de Jurado Noboa sobre “Los descendientes de Benalcázar”), le contó en mi casa a mi abuelo Cueva Celi que, al ver un día el Dr. Ponce Enríquez en la calle, al hijo de la esposa de Rayo, por su enorme similitud física con García Moreno había dicho: ¡qué horror!. Se sabe de otros descendientes de García Moreno que no es dable citar.
Admirable en varios sentidos Juan Montalvo. Pero, sintetizando, concuerdo con la imagen tan crítica que de él da Leopoldo Benitez Vinueza en “Ecuaor: drama y paradoja”. El poeta ambateño, Jorge Enrique Adoum publicó en la revista Diners (N° 80 u 88) una semblanza del cosmopolita tremendamente crítica. En su recorrido europeo, Montalvo fue ajeno a los movimientos político sociales que hervían en ese entonces en el viejo continente. Prefirió irse a meditar frente a las estatuas del Partenón. Indiferente a las luchas de la Primera Internacional, presidida en persona por Karl Marx, luego aplaudió la masacre de los comuneros de París, en 1871, a manos de Thiers. Liberal romántico sin doctrina sistemática, especialista en los clásicos, quién no recuerda su evocación de la nobleza en sus “Sierte Tratados” y su apología de la filosofía senequiana: el estoicismo, que practicó de veras, hasta el punto de resistir sin anestesia una cirujía. Descendiente de tres razas, como el ilustre Chusig, y elevado sobre la realidad de su medio, se dedicó a escribir “a la española”.

Comentario por carlos Enrique Lasso Cueva

Éste es el camino para que el Ecuador y las antiguas Indias enteras se pongan en pie sobre sus propios pies. Que dejen de estar descorazonadas por haber perdido su alma (que veo que Montalvo no había perdido, todo lo contrario) y por no haber encontrado otra.
Cuando este mal infecta a la misma Península, que ve en la corrupción política el fin de todo sentido de la dignidad humana, el cinismo mentiroso, el hecho de que se publiquen esos libros y se escriban estas palabras, es señal de que aún quedan algunos justos sobre los que reconstruir nuestra vida, milagrosamente, como suele ser.

Comentario por Kim Joaquina Pérez Fernández-Fígares




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