coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


6 balas, 14 machetazos, un héroe.

6 balas,  14 machetazos,

un héroe: “el Regenerador de la Patria”

Asesinato y muerte de García Moreno

Estamos a punto de presenciar una escena dantesca, solo concebible en un mundo medioeval.

 

 

 

“No ha ocurrido en América una tragedia más espantosa”

Manuel Gálvez

 “.…la Patria debe gratitud, honor y gloria a los ciudadanos que la enaltecen con el brillo de sus prendas y virtudes y la sirven con la abnegación que inspira el puro y acrisolado patriotismo.

…El Ecuador, por medio de sus legisladores, tributa a la memoria del Excmo. Sr. Dr. D. Gabriel García Moreno el homenaje de su eterna gratitud y profunda y veneración, y honra, y glorifica su nombre con el dictado de Ilustre Regenerador de la Patria y Mártir de la Civilización Católica.

La República del Ecuador agradecida al Excmo. Sr. Dr. D. Gabriel García Moreno, el primero de sus hijos, muerto por ella y por la Religión el 6 de agosto de 1875.”

(Extracto del Decreto Glorificador de Gabriel  García Moreno, “Dado en Quito, capital de la República, a treinta de agosto de mil ochocientos setenta y cinco”… “Palacio de Gobierno, Quito, septiembre 16 de 1875.- Ejecútese.- José Javier Eguiguren”)

Ha amanecido el 6 de agosto de 1875. Es el día de la Transfiguración del Señor, y primer viernes del mes. García Moreno comulga temprano y vuelve a su casa a trabajar, a dar los últimos toques a su mensaje, que piensa leer por la tarde a sus ministros.

Diez de la mañana. Andrade y Moncayo van a la Plaza de Santo Domingo, por donde ya andan muchos conjurados. Encuentran a Cornejo. A las once y media, Cornejo pregunta a un edecán, a quien ve en el portón, de la casa del presidente, a qué hora saldrá su excelencia; y el inquirido contesta que no será hasta la tarde. Moncayo dirígese a la Plaza Mayor, a comunicar la novedad a los conjurados que allí aguardan. Ambos grupos se dispersan, para volver algo después. Unos van a almorzar y otros refúgianse en las casas de sus amigos que viven cerca. El calor es tan fuerte que no permite permanecer en las plazas.

Andrade está en una casa vecina a la del presidente, a cuyo morador, un abogado liberal, piensa comunicar el proyecto de asesinato y revolución. Apenas ha entrado, ve, desde la ventana, que García Moreno pasa con su edecán Pallares y con dos asistentes. Alguien dice que le acompaña su mujer; pero es preferible creer a Andrade, que lo vio y lo siguió. Lleva el presidente en la mano un pliego de papel, el mensaje, y un pequeño bastón. Andrade corre a la plaza. Nadie. Por fin se topa con Borja y ambos deciden seguir al presidente. Le ven entrar en la casa de su suegro don Manuel del Alcázar. Los asistentes se quedan en la puerta. En la casa del suegro lo notan preocupado y triste, -lo que es raro en él, pues en familia muéstrase generalmente jovial y risueño. Llega, traído por un criado, su hijito, al que abraza.

Va Andrade en busca de Cornejo y lo encuentra. Después de un rato, ven pasar a Sánchez, que se retira del cuartel, y a Juana Terrazas. Juana les dice que Sánchez teme que todo sea cosa de muchachos. Andrade convence a Juana, que- alcanza al comandante. Sánchez accede volver al cuartel; pero quiere que alguien le acompañe, e indica a Polanco. En seguida, Andrade encuentra a Moncayo y, con él, a Polanco, que se encamina al cuartel. Y en diversos lugares, a Portilla, a Bermeo y a otros conjurados.

La una y media de la tarde. García Moreno sale con Pallares. Para llegar a la casa de gobierno tiene que andar sólo una cuadra. Andrade y otros enemigos lo siguen desde la acera opuesta. Dícese que García Moreno entra en la catedral, por la puerta que da a la cuadra, y reza un breve rato; pero Andrade lo niega. Ya va llegando, el presidente a la plaza. Nada sospecha. Es de imaginar la angustia de los muchachos, el latir de sus corazones, ante el acto, que van a ejecutar. García Moreno ya empieza a cruzar la calle. Un instante más, y subirá al palacio de gobierno por el costado. Unos cuantos escalones, una ancha galería con columnas…

De pronto, Andrade y sus amigos ven a Rayo. Le ha pedido fuego a un transeúnte y enciende su cigarrillo. Viste, dice Andrade “un paletó largo y plomizo”. Andrade le dice a Cornejo que hable con Rayo. Cornejo le contesta que aún no es el momento. Andrade cree que será necesario esperar tres horas, hasta que salga el presidente. Pasan junto a Rayo sin mirarle.

García Moreno ya ha cruzado la calle y va subiendo los escalones laterales del palacio de gobierno. Andrade, Moncayo y Cornejo síguenle. Algunos transeúntes van o vienen por la galería. García Moreno ha dado apenas unos ocho pasos en la galería, cuando Rayo, a quien los otros no han visto venir, le grita “(MUERE) ¡TIRANO!”; (a lo que García Moreno responde: ¡DIOS NO MUERE!). Saca un machete y al volverse García Moreno le pega, con ademán de cortarle la cabeza, un golpe en la nuca. El asesino vuelve a gritar: “¡Al fin llegó tu día, bandido!”. Cornejo corre y sujeta a la víctima, mientras le grita que va a perecer en nombre de la Patria, lanza una interjección y le dispara un tiro de revólver. Moncayo y Andrade ya tienen inmovilizado a Pallares, que da voces de auxilio. Cornejo suelta a García Moreno: Rayo va a darle otro machetazo. Pero el presidente, al sentirse libre, corre, con el rostro ensangrentado, hacia una de las entradas del palacio. Andrade abandona a Pallares, se le adelanta a García Moreno, lo espera en la puerta y con su revólver, cuya bala no sale, le pega un golpe en el pecho. García Moreno, malherido y aturdido, retrocede y grita pidiendo socorro.

Un mulato transeúnte ha sujetado a Rayo, mientras vocifera: “¡Matan al presidente!”. Llegan otros conjurados, y a la vez que Cornejo, disparan sus revólveres al aire y gritan: “¡Ayarza, Maldonado, Borja, las víctimas de Jambelí; otros exclaman: “¡Libertad!”. Ahora Andrade, hace fuego sobre García Moreno y le hiere en la frente. Rayo, liberado del mulato, al que ha herido, cae sobre García Moreno otra vez. Él intenta sacar su revólver, pero el machete de Rayo le da en la mano derecha y le corta el dedo pequeño, que queda colgando. Rayo, que parece querer decapitarlo, le pega feroces cuchilladas de as que él intenta atajarse con el brazo, el bastoncito y el mensaje. Trastabillando, ciego por la sangre que llena su rostro, alcanza, en busca de una columna en donde apoyarse, el filo de la galería. Rayo le empuja violentamente, y él cae de cabeza y rueda por los escalones y la angosta acera hasta el empedrado de la calle. Los criminales, que lo contemplan desde la columnata, exclaman: “¡Viva la Patria! ¡Hemos matado al tirano!”.

¡Espantoso espectáculo! Huele a pólvora. Gritos, confusión, desorden. Rayo, implacable en su odio inhumano, corre hacia García Moreno, ya casi agonizante, y que, rodeado de algunas personas compasivas, quiere levantarse apoyándose en los codos. Rayo les grita que se aparten. A un artesano que se retira le lanza una interjección obscena. Hinca una rodilla en el empedrado y descarga tajos en la cabeza del agonizante, mientras lo insulta: “¡Tirano de la libertad! ¡Jesuita con casaca! ¡Muere! ¡Muere!“. Una mujer le ruega entre lágrimas que deje a su víctima. Algunos testigos oyen al mártir susurrar dificultosamente (nuevamente): ¡Dios no muere!” Otro artesano, a Rayo: ¡No sea infame!. El asesino tírale un mandoble; y como en ese mismo instante García Moreno levantara una mano, se la corta. Alguien asegurará que Rayo se le pone encima al agonizante y lo pisotea y patalea. Por fin, la cabeza del mártir cae sobre las piedras. Y entonces, los asesinos, dándole por muerto, tiran los sombreros al aire y vitorean a la Libertad y a la República. Y miran hacia el cuartel, esperando que aparezcan las tropas sublevadas por Sánchez.

Todo esto ha sido instantáneo. Apenas fue herido García Moreno alguien corrió al cuartel, con el sombrero de la víctima, para dar fe de la luctuosa noticia. En seguida, un pelotón de soldados ha tomado las armas y se ha dirigido hacia la tragedia. En el momento en que los asesinos vitorean a la libertad llegan los soldados a la plaza. Pero no vienen a apoyar a los conjurados, como creen ellos, sino a atacarlos. Algunos de los asesinos corren hacia el centro de la plaza, entre ellos Rayo, que cojea por haber sido herido en un pie. Hay allí mucha gente. Los soldados buscan a quien prender o atacar. Y mientras Cornejo, Andrade y Moncayo logran huir, después de encontrar a Polanco que no había ido al cuartel ni tomado parte en el asesinato, un oficial y dos sargentos detienen a Rayo.

García Moreno está rodeado de varias personas. Lo levantan, a punto de entrar en agonía, y se disponen a llevarlo a la catedral. Sin duda él lo ha pedido. Entre los acompañantes hay un sacerdote que le da la absolución. ¡Triste cortejo! Cinco hombres lo conducen en brazos. En la calle ensangrentada, queda el mensaje. Hay que transportar al moribundo con cuidado porque tiene, como se sabrá por la autopsia, veinte heridas, catorce causadas por el machete de Rayo, ocho de las cuales en la cabeza. Van cruzando lentamente la calle, seguidos por mucha gente, que profiere expresiones de horror y de dolor. No tarda en llegar el cortejo a la catedral. Algunos ilusos creen reanimar al moribundo. Un médico intenta hacer algo por él. Pónenle sinapismos en los pies. Pero todo es inútil. El gran hombre va a morir. El chantre de la catedral préstale los últimos auxilios religiosos. Los circunstantes lloran. Pregúntale el sacerdote si perdona a sus enemigos, y él, con un movimiento de cabeza, asiente. El chantre lo absuelve y le administra la extremaunción. Y en la capilla de la Virgen de los Dolores, al pie de la gran cruz que él llevó sobre sus hombros por las calles de Quito, se extingue la vida del hombre extraordinario.

¡Ya no existe más el renovador y el salvador de su patria! Ha muerto como lo deseaba: sufriendo por Dios. Él ha escuchado sus ruegos y ha permitido su martirio. Los médicos que le hacen la autopsia enumeran con elocuente sobriedad los objetos religiosos que llevaba: dos escapularios, ensangrentados; un rosario de cuentas negras, del que pendía una medallita del Concilio Ecuménico de 1869; y un relicario de plata que deja ver, a través de un vidrio, una pequeña cruz blanca sobre un fondo de género rojo.

Al saberse el asesinato la ciudad se conmueve, como se conmueve todo el Ecuador y el mundo católico de América y Europa. No hay quien no condene el inútil crimen, salvo los criminales y sus cómplices y quienes le odiaban por motivos religiosos. Pero hay un hombre que se alegra. Es Juan Montalvo. Al llegar la noticia a Ipiales, el pueblito de Colombia en donde vive voluntariamente desterrado, exclama, poseído de diabólico orgullo: “Mi pluma lo mató”.

(Tomado del libro “VIDA DE DON GABRIEL GARCÍA MORENO” por Manuel Gálvez)

ENLACE RELACIONADO: Gabriel García Moreno y Eloy Alfaro: dos formas de morir.


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