coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


Gnossiennes N° 1
septiembre 25, 2012, 9:55 pm
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San Martín dixit

San Martín dixit

“Serás lo que debas ser, si no no serás nada…” -José Francisco de San Martín y Matorras, el “abuelo inmortal”, el otro “libertador” de la América.

“Los liberales del mundo somos hermanos en todas partes y queremos preparar en este hemisferio un asilo seguro para nuestros compañeros de creencias.” –José de San Martín, 1821.

 “…ya es tiempo de dejarnos de teorías que 24 años de experiencia no han producido más que calamidades…”. –José de San Martín, 1 de agosto de 1834, en carta a Tomás Guido.

 

 “En defensa de la patria todo es lícito menos dejarla perecer.” –José de San Martín.

“Voy a hacer el último esfuerzo en beneficio de la América. Si éste no puede realizarse por la continuación de los desórdenes y anarquía, abandonaré el país, pues mi alma no tiene un temple suficiente para presenciar su ruina.”  -José de San Martín, 1828.

 “Seamos libres, lo demás no importa nada”. –José de San Martín, 1819.

“En el último rincón de la tierra en que me halle estaré pronto a sacrificar mi existencia por la libertad.” –José de San Martín.

“¡Maldita sea la tal libertad, no será el hijo de mi madre el que vaya a gozar de los beneficios que ella proporciona hasta que no vea establecido un gobierno que los demagogos llaman tirano y que me proteja contra los bienes que me brinda tal libertad!”.  -José de San Martín, 1834.

¡Dixit!

En 1829, José de San Martín invitará al mariscal La Mar al “tiranicidio” de Simón Bolívar.

RELACIONADO: Bolívar dixit (actualizado)



El negro no se equivocaba: No me den Cholo que Mande

No me den Cholo que Mande

 

No me den cholo que mande,

no me den blanco sin plata,

no me den negro elegante,

ni mujer hermosa, beata.

Esa fingida humildad

con que el serrano obedece

al punto desaparece

si le dan autoridad:

Exige puntualidad,

apura al chico y al grande;

no hay mirada que lo ablande

ni sudor que lo doblegue…

Aunque la hambruna me llegue

no me den cholo que mande.

El rico venido a menos

-llamado aquí “blanco pobre”-

es un tipo sin un cobre

que finge bolsillos llenos.

Odia los bienes ajenos

porque el ayuno lo mata.

Al fin estira la pata

recordando sus blasones…

Si me han de mandar patrones,

no me den blanco sin plata.

El negro, futre palé,

a su raza desestima,

se hecha lo que gana encima

y se luce en el “Café”.

Francamente, yo no sé,

a que viene tal desplante:

Si no usa desodorante

ni le dura limpio cuello,

así, con falso resuello,

no me den negro elegante.

No me den hombre que llore,

ni me den mujer que jure,

no me den chino que cure,

ni médico que enamore.

Soltera que descolore,

ni casada siempre en bata;

cura que dé serenata,

ni estudiante con “bluyín”.

Ni fea con camarín,

ni mujer hermosa, beata.

Pero por lo que Dios más quiera,

no me den cholo que MANDE!

Nicomedes Santa Cruz

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Las Medallas Conmemorativas de lo que Nunca Ocurrió
septiembre 18, 2012, 10:47 am
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Las Medallas Conmemorativas de lo que Nunca Ocurrió

Juan Pablo Aguilar Andrade

En 1739, la armada británica atacó la América española; en noviembre de ese año, el almirante Edward Vernon se apoderó sin mayores dificultades de Portobelo, en el istmo de Panamá y, alentado por el triunfo, preparó en Jamaica una flota de 186 barcos, más de 27.000 hombres y 2.000 cañones y la dirigió contra Cartagena de Indias. En esta ciudad le esperaba una guarnición de 3.600 hombres al mando del teniente general Blas de Lezo, quien contaba con apenas 6 barcos para la defensa.

Blas de Lezo nació en Pasajes (Guipúzcoa), el 3 de febrero de 1689. Marino desde los doce años, a los quince perdió la pierna izquierda en la batalla de Vélez-Málaga y dos años después, en 1706, el ojo izquierdo mientras defendía la fortaleza de Santa Catalina de Tolón; en 1714 su brazo derecho quedó inservible como consecuencia de un balazo de mosquete recibido durante el sitio de Barcelona.
En 1741, mientras la flota de Vernon se acercaba a Cartagena, Blas de Lezo ocupaba el cargo de Comandante General de la ciudad.
El 15 de marzo Vernon se ubicó frente a Cartagena y el 20 logró destruir las defensas exteriores de la ciudad y apoderarse de la isla Tierra Bomba. El 4 de abril, la armada británica entró en la bahía exterior de Cartagena y el almirante británico consideró que la victoria era suya y envió un barco correo a Londres, donde la noticia de la caída de la ciudad desató el júbilo; como parte de las celebraciones, se acuñaron varias medallas conmemorativas, dos de las cuales se reproducen aquí.
En la primera, un Blas de Lezo arrodillado entrega su espada a Vernon y la escena se explica con la siguiente frase: “El orgullo de España humillado por el almirante Vernon”.
En la segunda, la inscripción informa que  Vernon ha tomado Cartagena, y la imagen de la ciudad aparece como fondo del retrato del almirante.
Pero mientras en Londres circulaban las medallas, el asalto final a Cartagena resultó algo más complicado de lo que Vernon esperaba.
El fuerte de San Felipe era la última defensa española y Vernon ordenó atacarlo el 20 de abril. Durante la madrugada, las tropas británicas iniciaron avanzaron guiadas por dos supuestos desertores españoles, en realidad espías enviados por Blas de Lezo, que desaparecieron en medio de la oscuridad y dejaron a los atacantes desorientados y al alcance de del fuego español, que pudo diezmarlos sin mucho esfuerzo.
Los intentos de asaltar las murallas terminaron en fracaso; Blas de Lezo había hecho cavar fozos más profundos y las escaleras de los asaltantes quedaron cortas e inútles. Al amanecer, los defensores de la fortaleza lanzaron un ataque a la bayoneta y las tropas británicas huyeron en desbandada.
La flota británica permaneció en Cartagena todavía un mes más, hasta el 20 de mayo, cuando finalmente se retiró sin poder apoderarse de la ciudad, pese a las medallas que anunciaban lo contrario. El monarca británico prohibió que se mencione el fracaso de su armada, que perdió en el intento 18.000 hombres y 50 embarcaciones.
200 españoles murieron defendiendo Cartagena, entre ellos Blas de Lezo, que no pudo recuperarse de las heridas sufridas durante la batalla y falleció el 7 de septiembre de 1741.


El 11 de septiembre de 2002 o los Estados Unidos que yo viví

El 11 de septiembre de 2002 o los Estados Unidos que yo viví

“…hay dos caminos para ir al infierno: el comunismo y el capitalismo.”

– P. Juan Carlos Ortiz del Valle

1999: Eran las vacaciones de verano del que tal vez haya sido el peor año del Ecuador durante mi vida, hasta ahora… gran crisis bancaria y consecuente descontrol y desastre social y político. Sin embargo, nosotros nos vimos algo ajenos a esos hechos entonces… aunque la posteridad nos pasaría la factura, haciéndonos recordar bien claro que éramos ecuatorianos. Habíamos viajado, con mi familia, a los Estados Unidos en agosto para disfrutar del verano boreal, como de costumbre, si bien no era la primera, ni fue la última vez que visitaba aquel país,  si era la primera vez que iba a conocer la capital del mundo. Llegué con apenas 13 años a una ciudad que para muchos es el ícono deseado de la Modernidad: Nueva York.

El  28 de septiembre de 1999, me encontraba junto con mi familia en la plaza que separaba la torre norte de la torre sur del World Trade Center de Nueva York, las míticas Torres Gemelas. Admirábamos y conocíamos el lugar –fruto de la técnica capitalista- al cual habíamos llegado por primera vez. Mientras fotos iban y venían, un grupo de judíos ortodoxos, fáciles de reconocer por su característicos sombreros, ropas negras,  churos que caían copiosamente de sus sienes y sus  barbas largas, se acercaron a mí, dando las espaldas a mi madre, a una tía que nos acompañaba y a mi hermana –seguramente por su condición de mujeres-; para preguntarme en inglés  si era judío y si quería colaborar con su grupo religioso. Sorprendido por el hecho de que me hubieran confundido por mi apariencia con judío, les dije que no lo era y que tampoco podía colaborar con ellos en el sentido propuesto, así que simplemente se despidieron cordialmente y se alejaron… anécdota que recordaré hasta el final de mis días.

Después de este episodio seguimos a una de las torres a fin de honrar el típico tour hasta la terraza del edificio, desde donde poder observar toda la ciudad y dos estados de la unión, por lo menos. Recuerdo claramente lo vertiginoso de la marcha del ascensor y como al llegar al último piso de la torre nos encontramos con una cantidad considerable de turistas como nosotros. También recuerdo una jocosa anécdota protagonizada por mi hermano el ascensor, que por superar los límites de los “políticamente correcto” e incluso de lo políticamente incorrecto, omitiré en esta ocasión. Cuando me acerqué al mirador de ese 110° piso, mi mente ya adolescente (había cumplido 14 años poco antes) lo único que pudo pensar fue: “¡Esta pendejada se va a caer algún día!” y concluí que seguramente sería a raíz de algún fenómeno natural como un terremoto o un maremoto (en aquella época la palabra tsunami, no era tan famosa como ahora), o quizá hasta por la caída de un meteorito (tan en boga en los 90’s)… sin imaginarme que estábamos a menos de dos años de los ataques del 11 de septiembre de 2001. Poco después de eso, retornamos al Ecuador y a la rutina diaria de nuestras vidas.

Cuando ocurrieron  los atentados (false flag attack?) del 11 de septiembre de 2001, me encontraba dormido en mi cama, en mi casa de Quito, eran vacaciones de verano nuevamente… en ese entonces aun ingresábamos al colegio en octubre y además estaba pronto a salir nuevamente del país, así que no tenía ninguna necesidad de levantarme temprano. Una llamada de un amigo pletórico de júbilo me despertó poco después del ataque a la segunda torre, esa puñalada al gigante del norte era lo que muchos  –tal vez yo mismo-  estábamos esperando con variadas ideas y fines desde hacia un tiempo. Apenas escuché lo que mi amigo me decía, casi incrédulo, encendí la televisión para ver como el ícono del capitalismo mundial ardía. Intercambié un par de palabras más por teléfono, colgué y como millones de otros más, me senté a observar lo que parecía entonces el inicio de la tercera guerra mundial.

La vida quiso que a un año exacto de los ataques al World Trade Center de NY (Nueva Ámsterdam originalmente), estuviera nuevamente en Nueva York para admirar precisamente el Ground Zero. Por entonces estaba terminando una corta época de residencia en Massachusetts y alistando mi regreso al Ecuador –para sin saberlo, volver a partir de nuevo en poco tiempo más-. El 11 de septiembre de 2002, me encontré en medio de una ciudad y un país que todavía mantenían una herida abierta, una herida que de alguna forma ellos mismos habían provocado. Nueva York, esa ciudad que ha fascinado a millones de humanos a lo largo y ancho del mudo, La Meca de cientos de miles de ecuatorianos alienados en el modelo del American way of life, para mí en ese momento y hasta el día de hoy, nunca pasó de ser una ciudad frívola, prácticamente muerta… inundada por los ecos del caos moderno, en un melting pot de razas, ideas, colores, edificaciones y seres grises que pululaban en el espacio sombrío que una ciudad-estado fruto del comercio, la especulación y la usura, habían creado. Quizá lo único que me llamó la atención de esa ciudad en las repetidas ocasiones que la visité, fue el bajo Manhattan, o al menos cierta arquitectura de esa parte de la isla que reflejaba el lema del estado de Nueva York: Empire State.

Fui uno de los últimos testigos del paso de las Torres Gemelas en esta realidad dos años antes, y ahora era un testigo casi excepcional de la primera conmemoración de su desaparición. Todo lo sucedido el 11 de septiembre me pareció un ritual –intencionado o no- donde la sangre de miles abonaría el sacrificio necesario para que una civilización en decadencia, a poco de morir definitivamente, diera sus últimos manotazos de ahogado… los cuales aun los estamos sintiendo.

Yo no soy de esos ecuatorianos que piensan que los Estados Unidos de la América del Norte, que no de la totalidad de la América, son el modelo platónico plasmado en una realidad inigualable. Más bien soy de esos ecuatorianos que persiguen la verdad y que de alguna forma se fijan en su realidad circundante para ello. Los Estados Unidos, su gobierno federal para ser exacto y no su gente, o al menos alguna proporción de esta, siempre provocaron un rechazo casi instintivo en mí. Rechazo fundamentado en lo plebeyo y protervo de su origen y posterior desarrollo histórico. De adolescente lo expresaba en otros términos, más sincero si se quiere; en ese modelo de nacer-crecer-consumir-reproducirse y morir solo veía la expresión de la animalidad del hombre llevada a su expresión más sofisticada y sofística, basada en la moral y los principios de la ética protestante que por lo que yo mismo pude ver en USA, estaba llevando incluso a la propia alienación de los mismos estadounidenses, quienes pretendiendo universalizar su modelo, su creación, no habían sino adquirido lo peor de los pueblos a los cuales dominaban por medio de la ocupación o el endeudamiento cultual y monetario. La ridiculez de ver como los blancos alguna vez “civilizados”, no se constituían en modelo de sí mismos, y observar como la burda imitación de estos hacia sus anteriores dominados como los negros era ahora un patrón de conducta y cambio interno, me dejaron una profunda huella de la que concluí que Estados Unidos –un país sin nombre- era un país sin espíritu, o probablemente con un espíritu que no le correspondía. Era y es la civilización de los cholos –en el peor de sus significados- blancos.

El 11 de septiembre de 2002, un día como hoy hace exactamente 10 años, vi un espectáculo que me repugnó en lo profundo de mi ser, vi como valiéndose del patriotismo de sus ciudadanos, un gobierno instrumentalizó una tragedia para asegurar la existencia del sistema-mundo-civilización que lo sostenía. Así como la internacionalista Unión Soviética, había reinstaurado las palabras “patria” y “patriotismo” para alentar al pueblo a morir en la “gran guerra patria” contra la Alemania Nacionalsocialista, con el exclusivo fin de salvaguardar la cúpula y los privilegios inherentes a esta del estado soviético; así mismo los internacionalistas Estados Unidos se valieron de la “homeland” y aun de “God” para asegurar su guerra contra el fascismo creado del siglo XXI, el Islam radical, ganándose así su permanencia como poder mundial por unas décadas más y por tanto su auto-conservación.

Los Estados Unidos,  dominados como son, por una dictadura bipartidista donde los gerentes de uno y otro partido se turnan la explotación de la gran empresa yanqui mandada por la oligarquía plutocrática sin patria, pero si con matria –el hogar de la civilización de la materia, han llegado al punto culmine de su frenesí y decadencia materialista. Fueron los oscuros hilos dirigidos por sectas que dirigen esa nación, los responsables del derramamiento de la sangre de miles ese 11 de septiembre de 2001 y de los millones de asesinados en las posteriores guerras a raíz de este pretexto, en ofrenda a su dios Mammón.

Parado en la calle, justo frente al Ground Zero, observando el cráter que había dejado una carnicería ritual insensata no pude más que pensar para mí mismo:

¡Ay del pueblo gringo! ¡Ay de quienes creen que viven en una nación y no se dan cuenta que viven en una prisión totalitaria! Engañados por una bandera y alentados por todos los medios de adoctrinamiento global, el pueblo gringo se ha venido cavando su propia tumba.

“La respuesta es que aquí  actúa lo que los Orientales llamarían quizás un Karma. Al hombre moderno no le es dejado otra elección. Se pueden sin más aceptar, las visiones de Ernst Jünger, para el cual el hombre moderno, al crear la técnica para dominar la naturaleza, ha firmado un cheque que ahora es prestado al cobro, también a través de un tipo de guerra en la cual la técnica se le retuerce en su contra y que lo amenaza con una destrucción no solo física, sino también espiritual.” (Julius Evola)

Después de eso me hice una promesa que hasta ahora la he cumplido: no volvería a Nueva York, hasta cuando las circunstancias y las formas adecuadas sean dadas, hasta cuando esta empiece a ser una nueva ciudad a merced de los poderosos señores que habrán de reedificarla desde los cimientos, hasta quien sabe, con un nuevo nombre de ser necesario.  Hasta el día de hoy he cumplido con mi promesa.

Por Francisco Núñez Proaño

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El Irán que yo viví

¡CUERVOS!



San Lorenzo, factoría y puerto inglés. Historia secreta de América -21-.

San Lorenzo, factoría y puerto inglés

San Lorenzo en la actualidad

Cuando apenas el Ecuador inició su vida como Estado o república -denominación ulterior- independiente (1830), so pretexto del interés en las Islas Galápagos, dada su posición estratégica en al Océano Pacífico, muchas potencias extranjeras intervinieron en asuntos internos del país en modo descarado. La mayor de estas, por su cinismo y explotación de nuestra tierra fue Inglaterra.

El siglo XIX se configuró como el siglo del poderío inglés en el mundo. La cúspide de la expansión del imperialismo anglosajón por los cuatro rincones de la tierra encontró una de sus joyas en el antiguo Reino de Quito, si bien no a través de la ocupación directa por completo del joven Ecuador –sin mencionar la ocupación financiera por medio de la deuda inglesa, claro está-, definitivamente sí por la fractura estratégica que infringió a la industria pre-republicana y con la correlativa expansión de su mercado en toda la América del Sur, ejerciendo un férreo imperio económico-financiero sobre las nacientes repúblicas americanas. Así, el capitalismo internacionalista británico logró posar sus tentáculos en nuestro país por medio de sus conocidas Companies.

En 1837, como nos refiere Jorge Villacrés Moscoso[1], el gobierno inglés comisionó al Almirantazgo hacer estudios del puerto de San Lorenzo en la costa norte del Ecuador; con resultados completamente satisfactorios. Por medio de la firma del contrato (convenio) Icaza-Pritchett de 1857 el Ecuador cedió estas tierras a los ingleses con intenciones de pagar parte de la deuda contraída durante las luchas, instigadas por la misma Inglaterra, para conseguir la separación del Reino de Quito de la España peninsular[2]. “En cumplimiento del contrato Icaza-Pritchett se entregan tierras a la compañía inglesa Ecuador Land Company en Atacames y en el Pailón (San Lorenzo). La concesión alcanza a 200.000 cuadras, 100.000 en cada uno de los lugares indicados. La compañía adjudicataria no hace ninguna inversión, sino que se limita a subarrendar las tierras a otras empresas extranjeras como la Casa Grindale y Company, la Pailón Company y la Esmeraldas Handelgesellschaft, que explotan a los campesinos. Además la adjudiación territorial fue causa para el desalojo y despojo de muchos colonos asentados en esas tierras.”[3]

Desde 1867 a 1886, al antiguo puerto Pailón[4], entraban embarcaciones inglesas de hasta tres mástiles, que cargaban hasta 300 quintales de tagua. Entre los años 1887 a 1889, la Compañía Grindale tomó en arrendamiento las tierras de la Ecuador Land Company, con las que incrementó en forma considerable las exportaciones. A la Grindale le sucedió la Pailón Company, pero apenas instalada sucedió un incidente entre los pobladores de San Lorenzo y el gerente Mr. Thompson, quien obtuvo del Ministro Plenipotenciario de la Gran Bretaña gestionara en envío de un barco de guerra para que protegiera los intereses británicos. El gobierno inglés envió una nave de 6000 toneladas que entró en el canal del Pailón, guiándose por la Carta del Almirantazgo (Nótese la ventaja estratégica de la geopolítica inglesa en América, que lleva siglos de estudiar a nuestro territorio y a nuestra gente) a fin de dejar en claro quien ejercía soberanía en este puerto[5].

La permanencia inglesa en las costas ecuatorianas de Imbabura (San Lorenzo primitivamente pertenecía a esta provincia) primero y de Esmeraldas después[6], significó el antecedente y primer paso fáctico hacia la futura intervención y posterior ocupación del territorio ecuatoriano por los Estados Unidos en la década de 1940[7]. En definitiva, San Lorenzo fue de hecho y de derecho un puerto inglés desde 1867 en que fue entregado a la compañía inglesa Ecuador Land, beneficiaria de estas tierras por pago de la deuda inglesa –como ya se dijo-; convirtiendo en colonos en su propia tierra a los sanlorenceños, privándoles de los derechos constitucionales que poseían como ecuatorianos. Los ingleses se convirtieron en los árbitros de las vidas y los bienes de los habitantes del puerto, se llegó a tal punto de la monopolización y dominio económico, que incluso emitieron lo que en la práctica se constituyó en su propia moneda: el Pailón, con la que realizaban sus transacciones comerciales. No fue sino hasta 1939 que finalmente fueron devueltas estas tierras al Ecuador, cuando la posta del imperialismo anglosajón pasaba de Londres a Washington.

Por Francisco Núñez Proaño


[1] Historia Diplomática de la República del Ecuador, tomo III.

[2] Ver Contrato Icaza-Pritchett

[3] Albornoz, Osvaldo, El latifundio costeño, artículo aparecido en Ciencias Sociales, revista de la Escuela de Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad Central del Ecuador, N° 28, primer trimestre de 2008.

[4] “Es el único puerto natural del Ecuador y el más cercano al Canal de Panamá. Durante la Gran Colombia, San Lorenzo pertenecía a la provincia colombiana de Barbacoas; con la disgregación de ésta pasa a pertenecer a la provincia de Imbabura, cuya aspiración era la de tener una salida al mar mediante este puerto; y en 1863 pasa a la jurisdicción de Esmeraldas; porque Imbabura no poseía vías de comunicación que le permitan ingresar a San Lorenzo y hacerse cargo de su administración. Siendo parroquia de Esmeraldas, se entregan 100 mil hectáreas de sus predios a los banqueros ingleses como una compensación de la deuda inglesa. Los ingleses a través de la Compañía “Ecuador Land Limited of Londres”, quienes al administrar estas tierras convirtieron a los pobladores en colonos, privados de sus derechos y libertad que consagraban las leyes y Constitución de la República. Los ingleses ejercían un control absoluto, llegando al colmo que tenían su propia moneda para las transacciones comerciales. Luego los banqueros ingleses arrendaron sus dominios a la firma “Casa Tagua”. En 1937 el Estado Ecuatoriano terminó definitivamente con esta situación denigrante, al revertir las tierras a su poder.” Según señala el sitio de la Biblioteca Municipan de Guayaquil en: http://www.bibliotecadeguayaquil.com/index.php?option=com_content&view=article&id=276:san-lorenzo&catid=43:fechas-historicas&Itemid=137

[5] Historia Diplomática…

[6] De acuerdo a la ley de división territorial de 1861, Esmeraldas toma la categoría de provincia con un solo cantón y este con seis parroquias; esta misma ley incorpora a San Lorenzo a la provincia de Imbabura, satisfaciendo así la aspiración de esta de tener un puerto en la costa del Pacífico. La administración de San Lorenzo fue difícil para Imbabura por falta de vías de comunicación, por lo que el Congreso Nacional lo reintegró a Esmeraldas en 1863, confirmando este hecho con la Ley de División Territorial de 1869.

[7] Dice al respecto Villacrés Moscoso: “En definitiva, en el Ecuador más que en en otros países de la América Española, estaba expuesto a ser campo expedito de conquista e intervención de parte de alguna potencia europea como consecuencia mediata de su codicia.”



Sobre el progreso…
septiembre 7, 2012, 2:15 pm
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Julius Evola

Es inútil hacerse ilusiones con las quimeras de un optimismo cualquiera: en nuestros días nos encontramos al final de un ciclo. Desde hace ya siglos, primero imperceptiblemente, después como el movimiento de una masa que se desploma, son múltiples los procesos que han destruido en Occidente todo ordenamiento normal y legítimo de los hombres, que han falseado incluso la más alta concepción de la vida, de la acción, del conocimiento y del combate. El movimiento de esta caída, su velocidad, su aspecto vertiginoso, ha sido llamado “progreso”. Y a este “progreso” se han dedicado himnos, y se tuvo la ilusión de que esta civilización -civilización de materia y de máquinas- era la civilización por excelencia, a la cual habría estado preordenada toda la historia anterior del mundo: finalmente, las consecuencias últimas de todo este proceso fueron tales que provocaron, en algunos, un despertar.

Julius Evola en Orientaciones