coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


El 11 de septiembre de 2002 o los Estados Unidos que yo viví

El 11 de septiembre de 2002 o los Estados Unidos que yo viví

“…hay dos caminos para ir al infierno: el comunismo y el capitalismo.”

– P. Juan Carlos Ortiz del Valle

1999: Eran las vacaciones de verano del que tal vez haya sido el peor año del Ecuador durante mi vida, hasta ahora… gran crisis bancaria y consecuente descontrol y desastre social y político. Sin embargo, nosotros nos vimos algo ajenos a esos hechos entonces… aunque la posteridad nos pasaría la factura, haciéndonos recordar bien claro que éramos ecuatorianos. Habíamos viajado, con mi familia, a los Estados Unidos en agosto para disfrutar del verano boreal, como de costumbre, si bien no era la primera, ni fue la última vez que visitaba aquel país,  si era la primera vez que iba a conocer la capital del mundo. Llegué con apenas 13 años a una ciudad que para muchos es el ícono deseado de la Modernidad: Nueva York.

El  28 de septiembre de 1999, me encontraba junto con mi familia en la plaza que separaba la torre norte de la torre sur del World Trade Center de Nueva York, las míticas Torres Gemelas. Admirábamos y conocíamos el lugar –fruto de la técnica capitalista- al cual habíamos llegado por primera vez. Mientras fotos iban y venían, un grupo de judíos ortodoxos, fáciles de reconocer por su característicos sombreros, ropas negras,  churos que caían copiosamente de sus sienes y sus  barbas largas, se acercaron a mí, dando las espaldas a mi madre, a una tía que nos acompañaba y a mi hermana –seguramente por su condición de mujeres-; para preguntarme en inglés  si era judío y si quería colaborar con su grupo religioso. Sorprendido por el hecho de que me hubieran confundido por mi apariencia con judío, les dije que no lo era y que tampoco podía colaborar con ellos en el sentido propuesto, así que simplemente se despidieron cordialmente y se alejaron… anécdota que recordaré hasta el final de mis días.

Después de este episodio seguimos a una de las torres a fin de honrar el típico tour hasta la terraza del edificio, desde donde poder observar toda la ciudad y dos estados de la unión, por lo menos. Recuerdo claramente lo vertiginoso de la marcha del ascensor y como al llegar al último piso de la torre nos encontramos con una cantidad considerable de turistas como nosotros. También recuerdo una jocosa anécdota protagonizada por mi hermano el ascensor, que por superar los límites de los “políticamente correcto” e incluso de lo políticamente incorrecto, omitiré en esta ocasión. Cuando me acerqué al mirador de ese 110° piso, mi mente ya adolescente (había cumplido 14 años poco antes) lo único que pudo pensar fue: “¡Esta pendejada se va a caer algún día!” y concluí que seguramente sería a raíz de algún fenómeno natural como un terremoto o un maremoto (en aquella época la palabra tsunami, no era tan famosa como ahora), o quizá hasta por la caída de un meteorito (tan en boga en los 90’s)… sin imaginarme que estábamos a menos de dos años de los ataques del 11 de septiembre de 2001. Poco después de eso, retornamos al Ecuador y a la rutina diaria de nuestras vidas.

Cuando ocurrieron  los atentados (false flag attack?) del 11 de septiembre de 2001, me encontraba dormido en mi cama, en mi casa de Quito, eran vacaciones de verano nuevamente… en ese entonces aun ingresábamos al colegio en octubre y además estaba pronto a salir nuevamente del país, así que no tenía ninguna necesidad de levantarme temprano. Una llamada de un amigo pletórico de júbilo me despertó poco después del ataque a la segunda torre, esa puñalada al gigante del norte era lo que muchos  –tal vez yo mismo-  estábamos esperando con variadas ideas y fines desde hacia un tiempo. Apenas escuché lo que mi amigo me decía, casi incrédulo, encendí la televisión para ver como el ícono del capitalismo mundial ardía. Intercambié un par de palabras más por teléfono, colgué y como millones de otros más, me senté a observar lo que parecía entonces el inicio de la tercera guerra mundial.

La vida quiso que a un año exacto de los ataques al World Trade Center de NY (Nueva Ámsterdam originalmente), estuviera nuevamente en Nueva York para admirar precisamente el Ground Zero. Por entonces estaba terminando una corta época de residencia en Massachusetts y alistando mi regreso al Ecuador –para sin saberlo, volver a partir de nuevo en poco tiempo más-. El 11 de septiembre de 2002, me encontré en medio de una ciudad y un país que todavía mantenían una herida abierta, una herida que de alguna forma ellos mismos habían provocado. Nueva York, esa ciudad que ha fascinado a millones de humanos a lo largo y ancho del mudo, La Meca de cientos de miles de ecuatorianos alienados en el modelo del American way of life, para mí en ese momento y hasta el día de hoy, nunca pasó de ser una ciudad frívola, prácticamente muerta… inundada por los ecos del caos moderno, en un melting pot de razas, ideas, colores, edificaciones y seres grises que pululaban en el espacio sombrío que una ciudad-estado fruto del comercio, la especulación y la usura, habían creado. Quizá lo único que me llamó la atención de esa ciudad en las repetidas ocasiones que la visité, fue el bajo Manhattan, o al menos cierta arquitectura de esa parte de la isla que reflejaba el lema del estado de Nueva York: Empire State.

Fui uno de los últimos testigos del paso de las Torres Gemelas en esta realidad dos años antes, y ahora era un testigo casi excepcional de la primera conmemoración de su desaparición. Todo lo sucedido el 11 de septiembre me pareció un ritual –intencionado o no- donde la sangre de miles abonaría el sacrificio necesario para que una civilización en decadencia, a poco de morir definitivamente, diera sus últimos manotazos de ahogado… los cuales aun los estamos sintiendo.

Yo no soy de esos ecuatorianos que piensan que los Estados Unidos de la América del Norte, que no de la totalidad de la América, son el modelo platónico plasmado en una realidad inigualable. Más bien soy de esos ecuatorianos que persiguen la verdad y que de alguna forma se fijan en su realidad circundante para ello. Los Estados Unidos, su gobierno federal para ser exacto y no su gente, o al menos alguna proporción de esta, siempre provocaron un rechazo casi instintivo en mí. Rechazo fundamentado en lo plebeyo y protervo de su origen y posterior desarrollo histórico. De adolescente lo expresaba en otros términos, más sincero si se quiere; en ese modelo de nacer-crecer-consumir-reproducirse y morir solo veía la expresión de la animalidad del hombre llevada a su expresión más sofisticada y sofística, basada en la moral y los principios de la ética protestante que por lo que yo mismo pude ver en USA, estaba llevando incluso a la propia alienación de los mismos estadounidenses, quienes pretendiendo universalizar su modelo, su creación, no habían sino adquirido lo peor de los pueblos a los cuales dominaban por medio de la ocupación o el endeudamiento cultual y monetario. La ridiculez de ver como los blancos alguna vez “civilizados”, no se constituían en modelo de sí mismos, y observar como la burda imitación de estos hacia sus anteriores dominados como los negros era ahora un patrón de conducta y cambio interno, me dejaron una profunda huella de la que concluí que Estados Unidos –un país sin nombre- era un país sin espíritu, o probablemente con un espíritu que no le correspondía. Era y es la civilización de los cholos –en el peor de sus significados- blancos.

El 11 de septiembre de 2002, un día como hoy hace exactamente 10 años, vi un espectáculo que me repugnó en lo profundo de mi ser, vi como valiéndose del patriotismo de sus ciudadanos, un gobierno instrumentalizó una tragedia para asegurar la existencia del sistema-mundo-civilización que lo sostenía. Así como la internacionalista Unión Soviética, había reinstaurado las palabras “patria” y “patriotismo” para alentar al pueblo a morir en la “gran guerra patria” contra la Alemania Nacionalsocialista, con el exclusivo fin de salvaguardar la cúpula y los privilegios inherentes a esta del estado soviético; así mismo los internacionalistas Estados Unidos se valieron de la “homeland” y aun de “God” para asegurar su guerra contra el fascismo creado del siglo XXI, el Islam radical, ganándose así su permanencia como poder mundial por unas décadas más y por tanto su auto-conservación.

Los Estados Unidos,  dominados como son, por una dictadura bipartidista donde los gerentes de uno y otro partido se turnan la explotación de la gran empresa yanqui mandada por la oligarquía plutocrática sin patria, pero si con matria –el hogar de la civilización de la materia, han llegado al punto culmine de su frenesí y decadencia materialista. Fueron los oscuros hilos dirigidos por sectas que dirigen esa nación, los responsables del derramamiento de la sangre de miles ese 11 de septiembre de 2001 y de los millones de asesinados en las posteriores guerras a raíz de este pretexto, en ofrenda a su dios Mammón.

Parado en la calle, justo frente al Ground Zero, observando el cráter que había dejado una carnicería ritual insensata no pude más que pensar para mí mismo:

¡Ay del pueblo gringo! ¡Ay de quienes creen que viven en una nación y no se dan cuenta que viven en una prisión totalitaria! Engañados por una bandera y alentados por todos los medios de adoctrinamiento global, el pueblo gringo se ha venido cavando su propia tumba.

“La respuesta es que aquí  actúa lo que los Orientales llamarían quizás un Karma. Al hombre moderno no le es dejado otra elección. Se pueden sin más aceptar, las visiones de Ernst Jünger, para el cual el hombre moderno, al crear la técnica para dominar la naturaleza, ha firmado un cheque que ahora es prestado al cobro, también a través de un tipo de guerra en la cual la técnica se le retuerce en su contra y que lo amenaza con una destrucción no solo física, sino también espiritual.” (Julius Evola)

Después de eso me hice una promesa que hasta ahora la he cumplido: no volvería a Nueva York, hasta cuando las circunstancias y las formas adecuadas sean dadas, hasta cuando esta empiece a ser una nueva ciudad a merced de los poderosos señores que habrán de reedificarla desde los cimientos, hasta quien sabe, con un nuevo nombre de ser necesario.  Hasta el día de hoy he cumplido con mi promesa.

Por Francisco Núñez Proaño

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Mi querido Paco, me ha compuesto casi la semana leer su artículo “Los Estados Unidos que yo viví”. No me percaté de que era suyo al comienzo. Pero al ir encontrando afinidades en el hilo conductor del relato aguaité bien para verificar quien era el autor y me cercioré de que era Ud. Cuando llegué a esa parte donde ud menciona su reflexión de adolescente al estar por primera vez escalando en el ascensor las torres gemelas de Nueva York y pensó que “esta pendejada algún día se va a caer”, y cuando más adelante afirma cosas tan elementalmente ciertas como esta que le cito:”me dejaron una profunda huella de la que concluí que Estados Unidos –un país sin nombre- era un país sin espíritu, o probablemente con un espíritu que no le correspondía. Era y es la civilización de los cholos –en el peor de sus significados- blancos.”.

“El 11 de septiembre de 2002, un día como hoy hace exactamente 10 años, vi un espectáculo que me repugnó en lo profundo de mi ser, vi como valiéndose del patriotismo de sus ciudadanos, un gobierno instrumentalizó una tragedia para asegurar la existencia del sistema-mundo-civilización que lo sostenía”.

Hay un grupo marxista antileninista en España llamado Corriente Comunista Internacional (seguidor de Rosa Luxemburgo, que cuestionó brillantemente la teoría sediciosa del imperialismo inventada por Lenin, y que se opuso a su concepción del partido), que en su página web publicó un análisis explicando varias conjeturas. Una de ellas, la de que el gobierno de USA (independientemente de quien haya sido su presidente en ese instante, pero era la bestia de Bush hijo) sabía por medio de sus agencias de inteligencia lo que se preparaba por parte de un grupo de Al Qaeda y se cruzó de brazos, lo permitió, porque le convenía para con ese elemento de juicio poder manipular a la población en dirección a un objetivo estratégico como ha sido el tratar de consolidar su dominio en la región petrolera del medio Oriente. En este análisis se señala que quizás lo mismo sucedió en Pearl harbor, cuando, posiblemente, el Pentagóno sabía de la inminencia del ataque japonés, y se cruzó de brazos esperando que se llevara a cabo, porque tal cosa galvanizaría los ánimos de la población, permitiéndole al gobierno de la Casa Blanca sumarse a la causa de la Segunda Gran Guerra, de la que salió ese país tan fortalecido, y consolidado.

Maquiavelismo de la cúpula financiero-política imperial. Imperio inmundo que acusa de terroristas a los palestinos que tiran piedras o a los pastores afganos que no colaboran con la ocupación militar gringa, pero que usó las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki cuando el Japón ya estaba totalmente derrotado, matando cerca o más de cien mil civiles inocentes. unicamente con el propósito de advertir al siniestro imperio estalinista social fascista de que ya tenía esa arma de destrucción masiva. Imperio cínico que habla de terrorismo cuando con motivos nimios y forjados -como de costumbre- se enroló en la criminal agresión a un país atrasado y raquítico como era el Vietnam, contra cuya población arrocera no escatimó el bombardeo con napalm.

Imperio fundamentado en el poderío económico industrial basado en la filosofía del tener y no del ser, que ha difundido e impuesto en el mundo entero valores prosaicos, cínicos y cuantitativos que han sembrado la esquizofrenia sociopolítica en masas semiproletarias tercermundistas alienadas y carentes de identidad cultural: caso concreto el del Ecuador. La civilización burguesa del dólar suplantando a todos los valores espirituales que han ido siendo exterminados brutalmente. Recuerdo ese pequeño libro, escueto y puro, de Máximo Gorki, humanista que criticó fuertemente el modelo de Estado impuesto por los leninistas en la URSS, del que felizmente sobrevivió: me refiero a “La Ciudad del diablo amarillo”, que releeré en estos días en fraternal homenaje a la visión cualitativa que ud. tiene y que hace que a menudo coincidamos en asuntos de fondo.

Mucho podemos hablar de la destrucciuón espiritual del mundo por parte de la cosmovisión burguesa fundamentada en la acumulación de plata y el hartazgo material. El daño moral, espiritual, ético y ecológico que el sistema capitalista le ha hecho y le hace al mundo no tiene anales en la historia de la humanidad. Alegra compartir, desde distintos ángulos ideológicos, en un terreno de invariable y sereno respeto, estas tesis con Ud. que viene de los mismos Aguirre vascos de los que yo desciendo y de los que se habla en la historia del Ecuador.. Le dejo aqui mi saludo más fraterno y afectuoso: Carlos Lasso Cueva.

Comentario por carlos Enrique Lasso Cueva

[…] Comentario por carlos Enrique Lasso Cueva septiembre 12, 2012 @ 8:52 am […]

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