coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


VISIÓN DE NORTEAMÉRICA

Palabras tan o más actuales de cuando fueron escritas:

 

VISIÓN DE NORTEAMÉRICA[1]

Gonzalo Zaldumbide (1903)

Gonzalo Zaldumbide

Paréceme que ningún pueblo tiene la fuerza plasmante con que éste, a pesar de la inmigración cosmopolita que le inunda, moldea conforme a un solo tipo de caracteres de sus ciudadanos. No es muy necesario para conocerlo en sus rasgos predominantes y esenciales, haber vivido en las ciudades que ostenta como cumplida muestra y modelo de su civilización: El alma nacional viaja concentrada, o disgregada en partículas homogéneas, en aquellos esforzados yanquis que salen de su país a correr la tierra en busca de pan o de oro. En cualquiera de ellos se advierte la misma impetuosa avidez de acción, el mismo impulso sostenido para convertir en auxiliares todos los resortes que tocan con la varilla de su ciencia.

Su vida, acelerada por un vehementísimo de obrar, de dar salida a las corrientes eléctricas que se acumulan, como una batería poderosa, en su temperamento, les lleva a menudo a empresas temerarias: Pero es hermoso ver lo épico de su lucha, con todo lo rebelde  a su designio, su maravillosa aptitud de improvisación, su casi milagrosa manera de realizar los más atrevidos proyectos, su infatigable perseverancia, y, sobre todo, esa su indomable energía “con que parece obtener –hipnotizador audaz- el adormecimiento y la sugestión de los hados.”

El pasmoso  desarrollo de su grandeza se ha impuesto ya a la admiración y el respeto del mundo entero, aun de la vieja Europa que, temerosa y prevenida, ve surgir allende los mares y levantarse a reinar esa cosa como nueva Cartago, por cuyo predominio los modernos mercenarios librarán la guerra púnica del porvenir.

La irresistible fascinación de su fuerza hechiza ya aun a los espíritus más prendados de la levedad y delicadeza de tosa vida superior, aquella sobre la cual derraman su gracia íntima los sentimientos que solo se transparentan en una atmosfera puramente espiritual; y nadie puede ya resistir ni negar su asombro ante el coloso.

Sobre el estruendo oceánico con que agita toda esa hirviente marejada humana, ¿qué anhelo flota, qué voces claman por la serena belleza de un ideal?, ¿a qué meta suprema tiende todo ese infinito e infatigable esfuerzo? No puede ser que tenga su fin en sí mismo: ¿qué hay más allá de este horizonte cargado del humo de sus fábricas?, ¿cuál es la cumbre a que vuelan las aspiraciones de este pueblo de gigantes?

El templo de maravillas materiales que ha levantado, obsedido por el ahínco de trabajar y trabajar, sin tregua ni reposo, ¿está aún vacío?… ¿aquel dios habrá de consagrarlo al fin?, ¿qué culto digno de tanta magnificencia exaltará, con la religiosidad de los ideal, los espíritus que se acojan en su santuario?, ¿qué incienso arderá en los corazones de sus fieles?… Por hoy el dios es un becerro de oro, su culto el time is Money, y no sube a los cielos otro incienso que el humo de las fábricas.

Vosotros, como yo, como cualquiera que haya contemplado por un momento el vastísimo espectáculo que presenta el conjunto de la civilización norteamericana, habréis sentido la fatigosa sensación de algo desmesurado e informe que sobrepasa nuestra capacidad de juzgar, que se impone bruscamente al asombro de la mente, pero sin mover un solo sentimiento simpático, de entusiasmo espontáneo, de complacencia serena e íntima: Rodó fórmula netamente este particular estado de ánimo cuando declara que “los admira, pero no los ama”.

Porque en los espíritus no educados en la fuerza, el primer sentimiento que nace, ante el espectáculo de una civilización exclusivamente industrial, es el originado por la extraña sensación de la inanidad de la fuerza espiritual del hombre como tal, ante esos monstruos de hierro, de potencia inverosímil. Cuando de esta sensación abrumadora no se reacciona confortado por el orgullo de la inteligencia, cual acontece desgraciadamente en este pueblo en que ella tiene su imperio circunscrito al mundo de la finanza, este contraste violenta los ánimos en modo tal, que no parece sino que se sintiese pesar el despotismo de no sé qué fuerza bruta que fatiga primero, y luego quebranta y aplasta bajo el peso imponderable.

Allí, la Oración a Palas Atenea, que brotó de labios de Renán ante la Acrópolis, sería inconcebible, inaplicable, ni aun al pie de su promisora Estatua de la Libertad.

Cuando uno de los Rothschild de la rama inglesa heredó de su padre trescientas mil libras esterlinas exclamó: ¡por fin tengo con qué empezar a trabajar!; y se trasladó a los Estados Unidos. Y Emerson cuenta también otra anécdota, de otro de los Rothschild, símbolos vivos de lo que iba siendo la predestinación de este gran pueblo nuevo: “Espero, le había dicho un hombre a este otro Rothschild, que vuestros hijos no serán tan aficionados al dinero, y aun estoy seguro de que no querríais que lo fuesen”. “Pues sí que lo querría, replicole: Yo deseo que consagren su corazón, su cuerpo y su alma a los negocios, que ese es el camino para ser feliz. El hacer fortuna requiere el empleo de una gran osadía y de una gran prudencia; y el conservarla después de adquirida requiere diez veces más ingenio”.

Y como es evidente que esta concepción del destino humano no es universal en ese pueblo, parece aventurado creer y esperar que el carácter exclusivamente utilitario que hoy le informa, sea tan solo provisional, adquirido por necesidad, bajo las premiosas exigencias de una época de mera transición que ha reclamado el empleo de todas las fuerzas para este trabajo, preliminar a una cultura superior, que luego aparecerá como la resultante natural de todas estas fuerzas y el coronamiento anhelado de su obra. Pero esta cultura superior ni siquiera se esboza aún en los lineamientos o trazos un tanto cuanto precisos con que se bosqueja ya el cuadro de su porvenir.

Y es natural que así sea mientras los norteamericanos no se liberten de este “círculo vicioso” que Pascal señalaba en la anhelante persecución del bienestar, “cuando él no tiene su fin fuera de sí mismo.” Mientras no se alcen, desligados cuerpo y espíritu de todas esas ávidas ambiciones que hoy los atan, con lazos al parecer irrompibles, a la materialidad de sus intereses, no alcanzarán nunca al desarrollo armonioso de las facultades superiores. No parecen todavía dispuestos a ellos; antes bien, absorbidos cada vez más por la preocupación exclusiva de su bienestar personal y colectivo, no alzarán la mirada del punto en que fijaron el norte de su rumbo y no verán, por tanto, más allá. Y como la embriaguez de orgullo de su fuerza le lleva a negar lo que no comprenden, niegan todo lo que a su vez supone la negación de sus apetitos de conquistadores.

Ávidos e insaciables de acción, toman el reposo de los estudios abstractos como una muestra de inercia de la voluntad, y llevados por la vehemencia de su temperamento, juzgan al hombre quieto y desprendido, como un perezoso que disfraza su inutilidad con la máscara del desinterés.

La vida de tales hombres caracteriza, pues, el conjunto social con aquel desbordamiento de fuerzas hiperdinámicas, que arrolla los espíritus en el trastorno producido por el choque continuo de intereses, por la porfía  de la voluntad con que cada cual, sin tregua ni concierto, se esfuerza para lograr el triunfo de su ambición.

En una sociedad como esa, los pensadores que aman la ciencia por la ciencia, y que la buscan, no para abajarla y convertirla en utilidad y provecho de las turbas, sino para elevarse con ella a la serenidad de un supremo desprendimiento, difícilmente logran aislarme en refugios que no sean invadidos por la tenacidad irreverente con que los asedian, en la realidad de la vida, los intereses materiales.

El verdadero progreso de las ciencias no consiste, desde luego en la mayor universalidad de su aplicaciones a la industria, sino tan sólo en los nuevos descubrimientos o deducciones de su leyes y causas primeras, de sus principios más altos, esto es, de los que, por serlo, no caen en el dominio vulgarizador de la utilidad mercantil. Y como tal progreso no se adquiere, ni es posible en modo alguno, sino a virtud de una dedicación intensa y sostenida al estudio especulativo de lo que ellas tienen de más abstracto y profundo, y como éste a su vez supone, en quien lo realiza, ánimo quiero, libertad interior de espíritu, voluntad no perturbada por la impaciencia de los deseos y el apremio de las necesidades que arrastran todas las potencias y sentidos satisfacerlos, parece lógico no esperar que los norteamericanos que tienen por único empleo y fin ideal de la vida el absorbente trabajo utilitario, lleguen a prevalecer  pro el desarrollo de su facultades superiores en el campo de la filosofía, de las letras, las ciencias y artes, en fin, de la alta cultura.

Los puntos de vistas universales, las generalizaciones sintéticas, las grandes inferencias, se les escapan; y a tal punto desconfían de la seguridad de un vuelo libre y alto en los horizontes de la abstracción, que “a fuerza de ser prudente, se arrastran por el suelo”, como observó Taine de los ingleses…

 Los americanos no tienen una idea levantada, soberbia del hombre, no siente el orgullo de la inteligencia metafísica, y muchos de ellos, por el contrario, envidarían para sus facultades la precisión mecánica y la utilidad de una máquina.

Su estrechísima concepción del destino humano no satisface ninguna de las aspiraciones por las cuales la humanidad se engrandece y la historia es digna de ser escrita; reduce todos los horizontes del sentido poético; y en el campo de las ciencias, sólo persigue lo útil a su bienestar, con ese ardor febril de todo el que siente la brevedad de la vida cuando la destina a abarcar el mayor cúmulo de riquezas materiales, bajo el aguijón del temor que su goce no sea bastante a compensar las fatigas de la adquisición…

Arquímedes sobrevive en su tiempo, no en sus máquinas, sino en sus principios: ¡si por lo menos comprendiesen el ejemplo dejado por el sabio! Él inventó admirables máquinas para le defensa de Siracusa; pero su amor a la ciencia era de tan exaltado desprendimiento que, considerando como una especie de profanación el hacerla servir a las exigencias materiales de la vida, no sólo desdeñó aquel triunfo de su ingenio, sino que se negó a perpetuarlo. En sus escritos a la posteridad, reputaba “vil, baja y mercenaria” toda ciencia de inventar cosas útiles a la multitud y de satisfacer con serviles complacencias sus diarios menesteres, y abominaba de todo arte que aspirase a la popularidad halagándola con beneficios de comodidad y bienestar.

Y él, que no concedía a la vida del sabio otro  ideal que el desinterés más absoluto aplicado a la investigación de la verdad más inaccesible, a la utilidad vulgarizadora, abandonó sus máquinas a la soldadesca y se aisló, en su torre, del tumulto de la lucha, para contemplar estrellas perdidas en el “silencio  formidable y sereno” de los cielos, mientras caían las murallas de la ciudad al embate de los romanos victorioso. Y extasiado en las maravillas de su problema, ajeno a la vida, no sintió la llegada de la muerte. Y cayó a tierra sin esquivar la estúpida cuchillada del soldado que lo mató. Murió, así, vueltas las pupilas hacia los horizontes invisibles…

En cuanto al arte, lo cultivarán, los yanquis, no como una religión que los exalte a divinos transportes, sino como un pasatiempo que los repose de sus fatigas, sin inquietarles el espíritu ni perturbarles la digestión…

Ellos ya se alzan al dominio del mundo entero. En esta su más grande ambición no entusiasmarían por secundar en la historia el orgullo de las vieja águilas romanas que batieron la pompa de vuelo por todos los ámbitos del mundo antiguo, ebrias de orgullo y gloria, olímpicamente soberanas, sino, más bien por cruzar los mares en nuevas naves cartaginesas, cargadas de oro y de botín, el impulsadas por un viento de sórdida codicia.

“La elocuencia de mi embajador Cineas, decía Pirro, me ha conquistado más pueblos que los subyugados por mi espada”. ¡Podrá el conquistador americano decir otro tanto de sus embajadores; el ferrocarril y las maquinas? Únicos embajadores suyos. Representaban fielmente su civilización que, según la frase de Víctor Hugo, “ha dado un alma a la maquina, pero ha quitado la suya al hombre”.

Y ellos ya vienen, y vienen a conquistarnos: ¿qué resistencia podremos oponerles?…

¡Que no vengan a destacarnos, a empujarnos a la negación de viejo solar castellano, en que nuestras almas se han abierto al calor que ha ardido siempre, al través de innúmeras generaciones! El hogar de nuestra raza, vivifica aún los idealismos, los ensueños, las quimeras del sublime Don Quijote, cuyo escuálido Rocinante desafía al carro que viene cargado de mercancías, como a un nuevo molino de viento…

(De Ariel, Edición oficial, 1903, pp. 73 y sig.)

(Nota: No necesariamente comparto la totalidad de lo expresado en el artículo. F.M.N.P)

[1] Tomado de El Arielismo en el Ecuador, Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano, Ediciones del Banco Central del Ecuador, pp. 67 y siguientes.


1 comentario so far
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😛
GRACIAS

Comentario por .......




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