coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


El estilo de la milicia revolucionaria

Comparto  un artículo asombroso por su claridad, su compromiso y su ímpetu en la necesidad de acción. Escrito hace 59 años, exulta la juventud de lo eterno:

El estilo de la milicia revolucionaria (1)

Por Jorge Crespo Toral (2)

 

Solamente quien es capaz de hacer de su propia vida una milicia austera, puede pretender el título de revolucionario y alcanzar el privilegio de ser revolucionario. La Revolución es obra de profundo sacrificio, porque significa el choque de las ideas, los métodos y las realizaciones nuevas con los viejos sistemas asentados por años, décadas o siglos.  Por esto -y es inútil engañarse- la obra transformadora quema las vidas en el trabajo incansable, en la vigilia que agota y no da tregua, en el fracaso sin desaliento.

A nadie le puede ser dado en obsequio el triunfo de sus ideas y sus postulados revolucionarios: es preciso conquistarlo a pecho descubierto, con fiereza, sin contemplaciones. Los cambios esenciales en las costumbres de un pueblo no vienen suavemente: llegan con la rudeza de los cataclismos, tal vez teñidos en el color fecundo de la sangre.

La Revolución no es transigente. Si es necesario cambiarlo todo, porque se lo juzga y porque es viejo y corrompido, no puede contemporizarse con aquello que hay que cambiar. Lo nuevo revolucionario es distinto y contrapuesto con lo caduco y acostumbrado y deberá limpiar ardorosamente el campo para construir desde la base, sin contemplación. Ser intransigente es la primera consigna del revolucionario.

Pero esa intransigencia no solamente, es para el medio ambiente. Es para consigo mismo. No se puede jugar a ser revolucionario, por lo exteriormente atractivo que resulta llamar la atención, despertar interés o admiración en las gentes. Al revolucionario no le importa el concepto de las gentes, si lo es de veras. Le importa la verdad y cómo hacerle a esa verdad los caminos para que llegue y se implante, inclusive en contra de la comodidad o la simpatía de las gentes. El deber no es simpático ni para uno, ni para los demás. Es duro, terrible, impertinente, alegre, trágico y hermoso. Por todo esto apasiona y por todo esto se puede tranquilamente morir por él…

Así, no se Puede ser revolucionario hoy y dejar de serlo mañana. No se puede hacer la tarea en este momento y en este otro vivir en transacción con el medio envejecido. Quien así proceda ni es sincero, ni es contable para la gran batalla de la Revolución. Es imposible ser apóstol con intermitencias, dejar la calidad apostólica en el umbral de ciertas puertas de determinados salones, al filo de algunas circunstancias. Más miserable es el que cree, predica y no practica, que el que ni cree ni practica.

Por esto es que hay que militar constante y austeramente: hay que vivir para la obra que es la única explicación de la vida y hay que vivir con honor. En la tarea se conoce a los hombres y se les podrá calificar de hombres sólo si llegan al final de la lucha con la misma reciedumbre que tuvieron cuando empezaron. Los infelices se quedan en la mitad, abandonan la batalla vencidos por su pequeñez o tentados por las fáciles prebendas.

La generación actual del Ecuador ha sido señalada con el trágico y hermoso signo de la Revolución. Es inútil que alguien de esta generación quiera sustraerse a su llegada inexorable. Y si, es que así es, más vale saber afrontar el destino que nos aguarda, con dignidad y firmeza que temblar cuando llegue la hora que englobará a todos con su clarinada fervorosa y profunda.

Pero es indudable que esa transformación puede ser sólo de dos especies: la que, naciendo de nuestra propia realidad espiritual, social y material, tiende de a levantar a la Patria sobre su propio ser para engrandecerla y libertarla, mediante la unidad, la justicia, la moral y la disciplina con un sano e irrenunciable sentido de libertad; o aquella otra que, llegando de afuera, con el odio por lema, implante un régimen de supuesta Igualdad en el que no haya sino la voz de los que mandan y el silencio brutal de los que obedecen y con la cual se desvirtúe definitivamente nuestro  ser nacional cristiano, hispano-indio, espiritualista.

La hora no es para la insensata despreocupación ni para el placer irresponsable. Todo clama en nuestro derredor por una transformación integralista. Y todo exige de nosotros visión para ser los adelantados de esa Revolución, formándonos en la milicia austera del sacrificio, del trabajo incansable, de la sobriedad de vida. Como creemos en un ideal, no seamos miserables: Prediquémoslo con la palabra, pero prediquémoslo sobre todo con la práctica intransigente, diaria, sin desalientos ni reposos.

(El resaltado es mío F.M.N.P.)

_______________

(1) Aparecido en “COMBATE”, diario y órgano de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana – ARNE; lunes 17 de Agosto de 1953.

(2) El Dr. Jorge Crespo Toral fue Jefe Nacional de ARNE, candidato por este movimiento a la presidencia nacional en 1968, abogado afamado y hombre de integridad en la militancia nacionalista y revolucionaria por más de seis décadas.


1 comentario so far
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Es una imposibilidad el tener que leer estas declaraciones de “principio” de un revolucionario,sin sentir pena ajena. Los anunciados, son el manual del fanatico enfebresido por la lucha de clases y el odio completo al sistema democratico. Ayer vi _con horror _ un documental sobre el asesinato /suicidio de Jonestown Guyana. Mas de 900 personas ,entre ellos 300 ninos,dejo el fanatismo religuioso(increiblemente parecido, al de los iluminados de la ingenieria social revolucionaria) La gente deja de pensar por si mismo y,es el lider el que lo hace por ellos. No hay, sino que detenerse, un momento ,a analizar el verdadero contenido de las palabras ,
del fanatico que escribio esas declaraciones.

Comentario por carlos franco




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