coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


CUANDO LA MUERTE TE TRAICIONA

CUANDO LA MUERTE TE TRAICIONA

Si la vida es tan valiosa, ¿por qué es tan frágil?

Escribo estas líneas con ninguna finalidad, quizá ni siquiera debería escribirlas. Empero, el sentido permanente de conocerme, hasta de crearme a mí mismo me impulsa a hacerlo.

El martes pasado, 8 de octubre de 2013, tuve un accidente: trastabillé y rodé por las gradas de la Casa de Benalcázar, mi lugar de trabajo y pasión. Me lesioné la cabeza, el hombro y el pie derecho, así como la columna en el trayecto que separa un piso del otro, por fortuna o hado estaba acompañado de mi hermano, quien fue mi ángel de la guarda en la marcha, salvándome de morir, literalmente. Si hubiera estado solo y no me reanimaba para llevarme al hospital, la asfixia habría hecho su trabajo en pocos minutos más.

Se me fue el alma, el aire y la consciencia, menos mal la tomografía que me hicieron en emergencias confirmó que la lesión craneoencefálica es leve, aunque he quedado aturdido emocional pero sobre todo mentalmente no tanto por el golpe en sí, más bien por los cuestionamientos internos que surgieron a raíz de este. Las secuelas físicas del accidente son profundos dolores y presión en la cabeza, mareos al levantarme sobre todo  y otros fantasmas en el resto del cuerpo, particularmente en el hombro derecho que recibió buena parte de la presión y el desgarro del golpe,  que de alguna manera amortiguó la cabeza, evitando así que el trauma cerebral fuera mayor. Ahora ya me estoy reponiendo, un día a la vez, pero más molestosos que los dolores en sí, resulta la medicina y la atención de los médicos, a los cuales aborrezco casi tanto como a los abogados. Mi natural predisposición a la acción por otro lado, me ha impedido guardar reposo como debería, al menos los días inmediatos al infortunio.  No he cejado  en mis labores, aunque ahora el cuerpo me ha exigido el descanso necesario para la recuperación satisfactoria y estaré unas semanas fuera de toda labor.

Fui visitado por la muerte esa mañana luminosa de octubre antes del mediodía, tal vez como un aviso o quizá como una burla. Nunca había sentido el roce ni la cercanía de la muerte en mis 28 años, ni la certeza de que la vida abandonaba mi cuerpo como en ese momento.

Entre el tercer y cuarto escalón  al parecer, pero no más allá de este, mi pie derecho resbaló con el filo de la grada -de manera sumamente extraña valga decirlo-, lo que me hizo perder el equilibrio y precipitarme de espaldas hacia las escaleras. Como reacción instintiva de preservación mis brazos buscaron asidero en algún lado, alcanzando la mano derecha a sostenerse por un momento del barandal, soportando entonces todo el peso del cuerpo, lo que desgarró el músculo que se extiende entre el hombro y el tríceps, ante el dolor instantáneo de esa herida mi mano se soltó y la caída continuó su recorrido. Mientras sucedía esto, en cuestión de milésimas de segundo o hasta un poco más tal vez, lo único que se me cruzó por la cabeza fue: “me voy a dar un suelazo”. Después del dolor por el desgarramiento del hombro que lo recuerdo claramente, mi consciencia se desvaneció al haber chocado mi cabeza en dos ocasiones, la primera contra la escalera de forma indirecta y la segunda contra la pared de forma directa por el rebote -ambos golpes sobre la nuca-, nada de esto lo recuerdo, es mi hermano quien estaba detrás de mí quien me lo relató.

A partir del dolor del desgarró hasta cuando recuperé la consciencia no recuerdo nada de lo que pasó fuera de mí interior en esos minutos. Y aquí es cuando viene la experiencia personal verdaderamente  traumática.

De pronto todo se tornó en una oscuridad absoluta, y desde la lejanía se acercaba una película a toda velocidad, concretamente parecía un celuloide que empezó a circular frente a mis ojos -por utilizar una expresión visual- mostrándome miles de escenas que no reconocí en lo absoluto, ¿fue mi vida lo que pasó frente a mí?, no lo sé, al menos yo no la reconocí como tal, de hecho desconocí casi todo lo que se me presentaba. Cuando esto terminó, la oscuridad volvió a invadir donde me encontraba ese momento. Fue entonces que sentí a mi prometida: la muerte.  A pesar de la inconsciencia, experimenté una sensación que solo la puedo contar con palabras, pero no con la exacta experiencia en sí: era como si la vida abandonara mis extremidades y se empezara a recluir en el centro de mi pecho, o lo que yo lo sentí como tal – la respiración se interrumpió, seguramente debido a que la fuerza del golpe-, siempre con la oscuridad alrededor mío, empecé a abrigar la desesperación por aferrarme a la vida que se diluía y la soledad desoladora asaltó mi ser, o lo que quedaba de él. En medio de la oscuridad más profunda, algunos destellos rojizos y morados surgieron como formas geométricas y me sentí flotar, perderme en la infinitud de esa oscuridad, mientras cada vez más, por decirlo de alguna manera, me sentía menos materia y más desesperado en un apagón total, en una extinción final.

Ese instante, que en la realidad fue poco más de un minuto o dos, para mí fue eterno. Una eternidad de despeseración,

Al verme en el piso sin respiración y con los ojos perdidos en una blanco delator, mi hermano trató de incorporarme sin lograrlo en el primer intento debido al completo peso muerto que era ese momento mi cuerpo, como él mismo me lo contó, tomando fuerzas de los más hondo de su ser y también preso de la desesperación de ver morir a su hermano, pudo asirme del pecho y levantarme como cruz con mis brazos colgando a los lados de los suyos, mientras él me abrazaba para sosterneme -todo esto en medio de la eternidad de oscuridad y abandono que atravesaba yo por dentro-. Y empezó a gritarme: “¡Quédate conmigo! ¡No me abandones!” repetidas veces.

Ese acto permitió que mi respiración volviera, según les pareció a los médicos por la postura del cuerpo,  aunque también me arriesgó a que la lesión cerebral fuera mayor. Claro, todo esto él lo desconocía y actuaba casi de forma instintiva, porque como me señaló, él también se dio cuenta que yo  estaba muriendo y lo evitó a toda costa.

Después de varias repeticiones del  “¡Quédate conmigo! ¡No me abandones!”, como invocación más que nada, empecé a escuchar un eco a lo lejos en la oscuridad y de a poco la luz blanca, empezó a hacerse y a vencer a la más negra oscuridad. Estaba recobrando el conocimiento y en la última repetición de esta fórmula salvadora pronunciada por la sangre de mi sangre, abrí los ojos estrepitosamente y asenté los pies -mi hermano es más alto que yo, demostró una fortaleza ejemplar en esos momentos-, liberando a mi hermano de mi peso, y yo con un temblor generalizado en todo este.

Por un instante mientras recuperaba la consciencia, olvidé lo experimentado en la inconsciencia hacia la muerte o lo que parecía esta,  y me sentí con un tremendo “chuchaqui” (resaca), como si hubiera estado de fiesta, bebida, estupefacientes y otras acciones más, durante una semana -como cuando vivía en Argentina-. Sin pensarlo hice a mi hermano a un lado y subí las gradas para sentarme en la silla más cercana y preguntarle lo que había pasado, en ese ínterin recordé la caída y la cercanía de la muerte y la certeza de lo experimentado más allá del accidente, más allá del acaso umbral de la vida.

Mi cuerpo era un temblor integral, y eso era lo único que sentía físicamente ese momento, el temblor, la debilidad y la “resaca”. Los dolores específicos me invadirían después. Mientras iba al hospital dejé de sentir, mi cuerpo era como un extraño.

Desde el mismo momento que adquirí consciencia de la inconsciencia, por nombrarlo de alguna forma, sentado tembloroso y desorientado en esa silla, empezó la prueba y el trance  más grande que he vivido hasta ahora. Y considerando lo que he vivido -valga la redundancia-, esto no es poca cosa en mi experiencia vital.

La duda más grande que surgió de todo esto fue el cuestionamiento de un más allá de la muerte. En los instantes inmediatamente posteriores a la recuperación de consciencia tras el accidente tenía la certeza de que no había un más allá basado en la experiencia del inconsciente, y con esto todo mi sistema de creencias se me vino al piso. Mal interpretando seguramente mi propia experiencia cercana a la muerte, he dudado y sigo dudando de todo lo que me ha llevado años en afirmarme.

No voy a llegar a una conclusión a lo Paulo Coelho, de “la vida es valiosa, vívela intensamente cada momento como si fuera el último”.  Puesto que de hecho la vida me parece ahora mucho más absurda que antes. ¿Qué sentido puede tener la vida si no hay nada más allá de esta? Tener hijos por ejemplo, en este medio hostil sería todavía más un error, dar vida para que después perezca me parece la mayor insensatez del universo. De ser así, de no existir un más allá, el absurdo del universo no tiene explicación ni parangón alguno. Y si ante mis ojos el género humano valía muy poco antes de esto, ahora no vale nada. No me cabe en la cabeza como siendo la vida la única realidad plausible que el humano pueda tener, la convierte en un infierno. El fracaso evolutivo del género humano en este caso sería clarísimo, de ser así, estamos destinados a perecer de la forma más infame posible, dado que no hemos sabido adaptarnos, sino todo lo contrario, nos hemos desajustado y lo hemos desajustado al mundo.

En los días siguientes conversé con varias personas de confianza al respecto entre amigos y familiares, una de ellas, amiga reciente y muy querida sin embargo, me sugirió que no tome esa experiencia cercana a la muerte como lo que será la muerte en sí, me dijo que mucho menos se puede tener a esta como una prueba o certeza de cualquier realidad o no posterior a la muerte, dado que la reacción cerebral nunca es la misma en cada caso, mucho menos la espiritual, quizá tenga razón; otro me dijo que el hecho de haber experimentado la “película” es una prueba que hay un más allá, pero todos coincidieron en que si no morí entonces fue porque todavía no era mi hora y que todavía tengo mucho por hacer y por dar y hasta por cobrar.

Cuando apenas era un niño predijeron que moriría a las 24 años, ya llevo 28 encima y sigo acá a pesar de predicciones y accidentes. Me he considerado novio de la muerte de alguna forma, y lo que pasó hace exactamente una semana fue una traición: la muerte me secuestró para aleccionarme, me quito el aire en un beso hacia lo profundo del vacío de la inexistencia, el destrampe más peligroso de mi vida que me llevó a la nada y cuando sentí que ibamos a consumar nuestra unión, la muerte me dijo: “¡para chico! que no estás preparado, fíjate que para gozarme te falta preparación y experiencia”, y así sin más, como vino se fue, me dejó, me traicionó con otros millones porque al parecer todavía no era hora.

“Eterno, hazme conocer mi fin y cuál es la medida de mis días; que yo sepa lo poco que viviré”. (Salmo XXXIX)

Simpliciter Francisco

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6 comentarios so far
Deja un comentario

He quedado un poco preocupado por esta experiencia que has tenido, de todos modos espero que te estés recuperando a buen ritmo.

Aún nos queda mucho por hacer en este mundo… ya tendremos tiempo más adelante para disfrutar de esa nuestra novia.

Ten cuidado, un abrazo a la distancia buen amigo.

Comentario por Jorge Díaz Arenas

Querido Francisco:
Me ha estremecido leer esta noticia y sólo espero que te recuperes y vuelvas a estar bien lo antes posible. Desde luego la vida es muy frágil, y casi nunca la valoramos en lo que merece.
Un fuerte abrazo
José Ramón

Comentario por José R. Bravo

Solo diré una cosa: ¿Qué es el hombre sino follaje efímero del Arbol de la Vida?

Comentario por Arquero Alado

Sinceramente, espero que te mejores.

Siempre hay una salida que Nos llevó, lleva y llevará a la Luz.

Adiós

Comentario por .

Que te recuperes pronto.Salud y buen animo.

Comentario por te convendria saber algo mas de historia

Soy el de Salud y buen animo.Aclarar que la frase de abajo es de un comentario que puse hace tiempo en este blog e iba dirigido a otro comentarista.

Comentario por un lector que te sigue.




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