coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


1966 escarlata (I)
marzo 4, 2014, 9:36 pm
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1966 escarlata

(Todo parecido con la realidad es mera coincidencia)

poesia_militante

I

LA CONQUISTA DEL ESTADO

Marzo de 1966, amanece la lluvia en Quito, mientras el lodo resbala por las calles, el que había iniciado como tetravirato y ahora reducido a triunvirato, discute sobre el futuro del poder político en el Ecuador. Presidiendo la dictadura que había instaurado la CIA, supervisada bajo la atenta mirada del embajador de los Estados Unidos, Excmo. Sr. Goldberg, estaba el liberal reaccionario contralmirante Raúl Chiriboga Caamaño, de ilustres apellidos pero de no tan esclarecido origen, apodado el negro, sus raíces africanas eran evidentes en su fenotipo, lo que no le había impedido ascender hasta la cúspide del poder en un país mestizo donde el racismo y la negación propia aflora en cada paso; los otros dos miembros del triunvirato eran el Gral. Augusto Andrade del Hierro y el Gral. Luis Egas Jiménez, ambos serranos, el último sobrino de otro dictador ecuatorial pero no tan tropical como los demás…  A viva voz Chiriboga Caamaño defiende su posición, tratando de hacer entender a los otros dos gobernantes que era imposible ceder la dirección del Estado a los civiles, sus jefes en Washington no lo tolerarían en lo absoluto,

– ¡Carajo señores! Aquí no se trata de potencias extranjeras ni de migajas del poder mundial, impreca Andrade del Hierro, ¡Aquí se trata de nuestro futuro! Nuestro país no puede soportar un gobierno débil más, debemos ceder el poder pero a un hombre fuerte y decidido…

Aún a costa de los propios sueldos que recibían los triunviros directamente desde el Distrito de Columbia.

Andrade del Hierro insistía en ese punto ante la propuesta de las “fuerzas vivas” del país de poner como sucesor del gobierno a un enclenque títere de la oligarquía.

-¡Tú Luis -hablándole a Egas Jiménez- que viviste y te educaste en la Italia fascista, sabes que después de un gobierno como el nuestro sólo puede venir el caos si dejamos el poder en manos de un tribuno cualquiera!

Egas Jiménez, dudando, respondió que lo mejor era que el poder fuese dado a Alejandro Montanero, líder máximo de las Compañías Orgánicas Nacionales de Ofensiva Revolucionaria – CONDOR. Argumentaba que sólo una figura política como Montanero podía ser capaz de redirigir el rumbo del país…

-Además tienen una base popular amplísima, si no han ganado las elecciones presidenciales es por la trinca (:.) que lo ha impedido a toda costa, agregó Egas Jiménez.

Chiriboga Caamaño se pusó colorado al escuchar esto, y ¡cómo sería de colorado el negro Chiriboga!

-Los Estados Unidos jamás permitirán que eso suceda, exclamó mientras se tomaba el abdomen con ambas manos… preocupado particularmente por ser este uno de los máximos botones de la trinca (:.).

-¿Quién entonces?, preguntó Andrade del Hierro…

-¡Cualquiera menos Montanero! Dijo Chiriboga.

Egas Jiménez actuó con la cabeza fría: ¿Cómo sabemos que los Estados Unidos no lo aceptarán? Voy a hablar este mismo momento con el Sr. Goldberg para pedir su opinión al respecto.

Se retiró Egas Jiménez al despacho desde la sala de palacio donde estaban para realizar la llamada, dejando a un lado el whisky en las rocas que tenía en la mano, levantó la línea roja que lo comunicaba directamente con el embajador de Estados Unidos… los otros dos se quedaron esperando.

A los 10 minutos volvió Egas Jiménez con cara de pocos amigos:

-Este Goldberg me acaba de decir que si ponemos a Montanero en el poder, a los tres días nos ocupan militarmente, ¡es un desgraciado! Estoy harto de estos gringos de mierda que imponen lo que los dueños del oro quieren que hagan…

-¡Ya ves! Escupió Chiriboga Caamaño…

-No importa lo que diga el gringo ese, estamos muy lejos de Washington, quizá lo que necesitamos en una guerra, no nos vendría mal un poco de acción de la buena que hace mucho este país no tiene, contradijo Andrade del Hierro…

A todo esto, Egas Jiménez y Andrade del Hierro fueron claros con Chiriboga Caamaño, tenían listas fuerzas para removerlo de la presidencia del triunvirato, no les importaba ya más nada la diplomacia del dólar y el bombardeo del dólar… estaban decididos, el poder sería de Alejandro Montanero.

Alejandro Montanero había nacido en Quito casi con el siglo XX, hijo, nieto y bisniesto de quiteños, descendía de los mismísimos fundadores españoles de la ciudad, con toda la sangre india que esa  época aportaba, lo que por otro lado no le convertía en mestizo sino en un criollo americano a carta cabal.

En su juventud había participado en el Partido Conservador, decepcionado con los años de lo que él mismo llamaría un “liberalismo católico”, fue cambiando, evolucionando dirían algunos, en sus ideas políticas y vitales hacia una tercera posición, hacia un nacionalismo continental revolucionario, más allá de las de las izquierdas irracionales, mentirosas, resentidas y reaccionarias, y de las derechas traidoras, viles, bajas y entreguistas.

La frase de Ortega y Gasset: “Ser de izquierda es, como ser de derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un gañán: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral…”, se le había quedado grabado en su cabeza para siempre.

Ya desde la década de 1930 los movimientos nacional revolucionarios europeos le habían asaltado su corazón y su entendimiento, gran corazón y gran entendimiento por cierto.

En 1942, después de la catástrofe de 1941 y de la imposición del dictado de Río de Janeiro ese mimo año, con otros inconformes y hombres de acción como él, había formado las Compañías Orgánicas Nacionales de Ofensiva Revolucionaria, mejor conocidas por sus siglas: CONDOR

Con CONDOR había tenido una trayectoria de lucha y victoria política durante las últimas dos décadas, a pesar de haber iniciado su vida como movimiento en medio de un totalitarismo liberal atroz que había consumido medio siglo de vida patria desde el aciago momento que la banca y la finanza internacional asaltaron el poder en 1895. CONDOR inclusive llegó a conformar gobierno en 1952 en alianza con el Loco, del cual se distanciaría posteriormente, puesto que el Loco solo creía en el Loco.

Alejandro Montanero se encontraba en su despacho de la calle 18 de septiembre, en el barrio judío de la ciudad, a pocas cuadras de la única sinagoga que existía entonces en Quito, por ironía quizá o como prueba para sus nervios había decidido ubicarse allí, cuando recibió una llamada inesperada desde Carondelete, la lluvia había menguado y el sol se asomaba cayendo hacia el Pichincha,

– ¡Hola! Contestó él como de costumbre, con voz firme y decidida.

-¡Aló! ¿El Sr. Dr. Alejandro Montanero? Dijo una voz algo tímida del otro lado de la línea.

-Con él mismo habla.

-Dr. Montanero, habla con el Contralmirante Raúl Chiriboga Caamaño.

Por un momento se quedó pensando Montanero para sí: ¿Qué querrá ahora este viejo zorro?

-Dígame Contralmirante Chiriboga, ¿en qué le puedo ayudar?

-El triunvirato necesita de su presencia urgente en Palacio para resolver asuntos de urgencia nacional con usted, lo esperamos en media hora.

Sin más el dictador militar colgó sin dar tiempo a respuesta alguna de Montanero, quizá por miedo a una negativa.

No le quedó más que asistir a palacio a Alejandro Montanero, el hombre que ya estaba haciendo historia, destinado a castigar al mundo.

Con su sobretodo color arena y boina negra, con su porte de señor que rememoraba a algún caudillo castellano de la Edad Media, iba acompañado de su camarada y custodio, el negro imbabureño Agustín Monge, negro retinto este de casi dos metros de altura, de admirable fidelidad como todos los de su raza, que seguía a su líder a donde fuera. A Agustín Monge también le tocaba peculiar destino, el acompañar a un grande para hacerse a sí mismo otro grande, ya a García Moreno en su momento de muerte sólo el pueblo, especialísimamente los negros, le habían defendido con sangre y persona, así que no sorprende que este hombre desinteresado estuviera dispuesto a seguir a donde sea a su líder.

Ya en palacio, donde le esperaban los milicos desesperados, se puso presto a escuchar lo que tenían que decir, le invitaron a tomar asiento, sin embargo prefirió quedarse parado.

-Mire Dr. Montanero, usted es un hombre político y tiene al apoyo de su enorme base política… no me quiero alargar más, vamos a entregarle el poder -dijo Egas Jiménez, que aunque tenía mucho seso le faltaba el don de la palabra.

Montanero escuchó esto sin reaccionar de forma alguna, casi como si lo supiera, después de todo había nacido para mandar, había nacido para gobernar, que ahora finalmente se le reconociera tal no era más que una consecuencia de su ser.

Lo único que se le cruzó por la cabeza fue: Ahora he comenzado a vivir.

Otras fuerzas, no tan vivas, pero bastante militantes, habían propuesto su nombre a la cúpula militar, sabían que tenían poco o nada que perder, preferían entonces dejar el país en manos de un hombre del orden.

A pesar de que Montanero era un destacado orador, su respuesta también fue lacónica al triunvirato: Acepto, acordemos los detalles del cambio de mando.

Los triunviros se quedaron estupefactos ante esto, considerando sobre todo que le estaban dando la dirección de un país al borde del abismo, donde nadie quería asumir responsabilidad alguna.

Hubo un minuto de silencio, como previendo lo que se vendría y entonces Andrade del Hierro señaló día y hora para el efecto.

El 21 de marzo de 1966 sería la entrega del poder a Alejandro Montanero, una fecha de feliz coincidencia con el equinoccio de primavera del hemisferio norte.

Llegado el día, por miedo a un desplante, miedo infundado sobre todo por ser Alejandro Montanero un caballero que aplicaba como suyo el dicho de que lo cortés no quita lo valiente, los triunviros le encargaron el poder para el día del cambio de mando al Ministro de Gobierno, a pesar de esto, Andrade del Hierro y Egas Jiménez asistieron como observadores, Chiriboga Caamaño se encontraba ya en Estados Unidos de donde nunca más regresaría.

La Plaza Grande y no el Teatro Sucre ni el Congreso Nacional, fue el escenario de esta escena trascendental, con una convocatoria de camaradas de CONDOR que habían acudido por miles a Quito, fue entregado el poder a Alejandro Montanero, tenía entonces 52 años, se encontraba en pleno uso de sus facultades, privilegios y deberes como hombre.

En su mensaje de asunción señaló que había llegado para imponer paz, así fuera mediante la guerra o el castigo, que había llegado para imponer justicia y orden, que había llegado para que la forma triunfara sobre el caos y el país fuera lo que siempre debió haber sido: el sentido trascendente de la vida frente al pragmatismo utilitario.

La oligarquía, los cipayos y los dueños del oro estaban intranquilos, no comprendían como la Junta Militar no había dado el poder a Ernesto Luzárraga, “ilustre” banquero guayaquileño que aseguraría sus réditos y la tranquilidad burguesa que necesitaban. Estados Unidos había rotos relaciones diplomáticas con el Ecuador semanas antes, cuando se anunció la decisión.

A CONDOR y a su líder máximo la derecha los acusaban de comunistas, la izquierda de reaccionarios y punta de lanza del capitalismo, los liberales y conservadores los tenían como arribistas, la extrema izquierda los tachaban de fascistas. CONDOR y Alejandro Montanero eran el cuco del Ecuador.

A pesar de todo esto, Montanero sorprendió con sus primeras medidas: Levantó el estado de sitio -y como sabemos soberano es aquél que decide sobre el estado de sitio-, desmilitarizó las capitales de provincia, permitió la libertad liberal de prensa, como muestra de que quería hacer y dejar hacer. Pero no era ingenuo Montanero, en realidad esto era una estrategia, sabía que con estas medidas las fuerzas de la subversión se sentirían envalentonadas para conspirar en su contra. Tenía el apoyo de los militares, pero sobre todo tenía la fidelidad de miles de sus camaradas de CONDOR. El primer acto de palacio fue la suplantación de la Guardia Presidencial militar por su Guardia Nacional Revolucionaria, los mejores cuadros de su movimiento lo custodiaban, cerca de mil convencidos de sus ideas de justicia y honor.

Apenas tres meses tuvieron que pasar para que una conspiración fuera develada. Montanero que había ofrecido paz y orden y a cambio pedía lo mismo, tuvo que actuar como su consciencia se lo exigía: Mano dura para el mal y los malhechores.

Anunció por la radio:

-Como ya uno de nuestros caudillos afirmó, yo lo reitero: ¡A los que corrompe el oro, los reprimirá el plomo! No permitiremos que los dueños del oro y sus esbirros anulen la revolución nacional ecuatoriana ahora y americana en poco más. No cometeré los errores que muchos otros en mi posición han cometido, a quienes las leyendas negras de la historia les han inventado todo crimen posible y hasta el imposible, si a mí aquellos vencedores de los pueblos quieren arruinarme tendrán una dura batalla y muchas tinta para escribir lo que sí hice y no dejé pasar, ¡no cometeré los errores que otros! ¡La justicia se hará así perezca el mundo!

Ordenó la expulsión de esos yanquis maestros de las conspiraciones antinacionales que todavía quedaban en el país, con Goldberg a la cabeza, que lamentablemente ya se había ido, previa requisa, antes del rompimiento de relaciones oficiales, de la totalidad de los archivos de la embajada de los Estados Unidos que fue tomada por sorpresa por militantes de CONDOR, para evitar que miles de documentos secretos y comprometedores fueran destruidos.

Acto seguido, un tribunal sumario en plena Plaza Grande de Quito juzgó a los conspiradores al servicio del oro internacional. Los acusados eran el banquero guayaquileño Luzárraga, el secretario del partido comunista Eleodoro Martínez, el presidente de la Junta Patriótica Nacional, Emilio Trelles y el jefe de las logias clandestinas, Curso Bajante.

El juzgado permitió la defensa de los acusados, lo único que pudieron esgrimir es que habían querido asesinar a Montanero para “salvar a la patria”, que ellos sabían lo que hacían y que la libertad volvería a imponerse.

El juez sentenció la muerte para todos los acusados, señalándoles que la libertad que añoraban: la libertad para esquilmar a los pueblos y morirse de hambre; la igualdad que defendían: la igualdad para corromper a los espíritus;  y la fraternidad a la que clamaban: fraternidad para oprimir y repartirse el mundo; habían sido suprimidas en el territorio nacional y que pronto serían suprimidas en toda América.

El fusilamiento se efectuó en ese mismo instante, con la columna de los próceres en plena plaza como picota.

Los cuerpos quedaron expuestos siete días allí mismo, colgados de los pies con una soga que caía desde el fascio que adorna la libertad, para poder ser ultrajados por todo buen quiteño que así quisiese hacerlo.

Entonces comprendieron que Montanero había llegado para quedarse, esto apenas había comenzado.

(Continuará…)


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