coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


LA TRADICIÓN INDOEUROPEA Y LA MUJER

LA TRADICIÓN INDOEUROPEA Y LA MUJER

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«El derecho griego, el derecho romano, el derecho indo, que proceden de estas creencias religiosas (del tronco común indoeuropeo), están acordes en considerar a la mujer como una eterna menor. Nunca puede poseer un hogar (altar del fuego familiar) propio, jamás presidir el culto. En Roma recibe el título de mater-familias, pero lo pierde si su marido muere. Noteniendo nunca un hogar que le pertenezca, carece de autoridad en la casa. Jamás ordena, ni siquiera es libre ni señora de sí misma, sui juris. Siempre está junto al hogar de otro, repitiendo la oración de otro; para todos los actos de la vida religiosa necesita un jefe y para todos los actos de la vida civil un tutor.

La ley de Manú dice: «La mujer, durante la infancia, depende de su padre; durante la juventud de su marido; muerto el marido, de sus hijos; si no tiene hijos, de los próximos parientes de su marido, pues una mujer nunca debe gobernarse a su voluntad». Las leyes griegas y romanas dicen lo mismo. Soltera está sometida a su padre; muerto el padre, a sus hermanos y a sus agnados; casada está bajo la tutela del marido; muerto éste, ya no vuelve a su primitiva familia, pues renunció a ella por siempre mediante el sagrado matrimonio; la viuda sigue sumisa bajo la tutela de los agnados de su marido; es decir, de sus propios hijos, si los tiene, o, a falta de hijos, de los más próximos parientes. Tiene su marido tal autoridad sobre ella, que antes de morir puede designarle un tutor y aun escogerle un segundo marido.

[…]

La autoridad del marido sobre la mujer no se derivaba, en modo alguno, de la mayor fuerza del primero. Como todo el derecho privado, era consencuencia de las creencias religiosas, que colocan al hombre en un plano superior al de la mujer.

[…]

En aquella época, el padre no sólo es el hombre fuerte que protege y que tiene el poderío de hacerse obedecer: es el sacerdote, el heredero del hogar, el continuador de los abuelos, el tronco de los descendientes, el depositario de los ritos místicos, del culto y de las fórmulas sagradas de la oración. Toda la religión reside en él.

[…]

La propiedad no podía dividirse, y , descansando íntegra en el padre, ni la mujer ni los hijos poseían nada propio.

[…]

Plutarco nos dice que en Roma las mujeres no podían comparecer ante la justicia ni siquiera como testigos. […] La justicia para el hijo o la mujer no radicaban en la ciudad, sino en la casa. Su juez era la cabeza de familia, sentado como en un tribunal, y en virtud de su autoridad marital o paternal, en nombre de la familia y bajo la mirada de las divinidades domésticas. […] El Estado no podía aplicar justicia sobre las mujeres; sólo la familia tenía derecho a juzgarlas. El Senado respetó este viejo principio y dejó a los maridos y a los padres el cargo de dictar contra ellas sentencia de muerte. Este derecho de justicia, que el jefe de familia ejercía en su casa, era completo y sin apelación. Podía condenar a muerte, como el magistrado de la ciudad; ninguna autoridad tenía derecho a modificar sus decisiones.»

-Numa Denis Fustel de Coulanges, LA CIUDAD ANTIGUA


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