coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


QUITO, FLORENCIA DE AMÉRICA – ‪QUITO‬ A MEDIADOS DEL SIGLO XX VISTA POR UN EUROPEO

QUITO, FLORENCIA DE AMÉRICA – QUITO A MEDIADOS DEL SIGLO XX VISTA POR UN EUROPEO, UNA QUITO QUE NO EXISTE MÁS

Extracto de algunos párrafos del artículo “Quito, una de las más bellas ciudades de Sudamérica – Una Florencia con pieles rojas” escrito por Virgilio Lilli y aparecido en el CORRIERE DELLA SERA de Milán-Italia (el periódico de mayor difusión de ese país) del 19 de abril de 1955, pág. 3 y sigs.

Valga recordar que la denominación de “Quito, Florencia de América” es un título fascista de la ciudad, dado por la Misión Artística y Cultural Italiana enviada por Benito Mussolini a América del Sur y presidida por el pintor Giuglio Arístide Sartorio en 1928, quien “con genuino entusiasmo llegó a decir que Quito era la Florencia de América y que nada semejante había visto en los países hermanos”, como señala Fr. Agustín Moreno Proaño.

quito_1959_life

La Plaza Grande de Quito en 1959, tomada por Frank Scherschel de la revista estadounidense LIFE.

A continuación el extracto:

“Quito es de las ciudades sudamericanas más impregnadas de Europa, y de una Europa vieja, bien sazonada en el clima romano-mediterráneo. Quien quisiera, pues, encontrar más viva en el continente americano meridional la civilización blanca, entre otras cosas en la genuina versión católica, no debería ir, como alguno pudiera pensar, a Buenos Aires o Montevideo, Santiago o Lima, Sao Paulo o Bogotá, etcétera: debería irse a Quito… Por estas razones, además de ser una de las ciudades más bellas de América del Sur, Quito es una de las más extraordinarias ciudades del mundo. Extraordinaria , nada menos que por exceso de equilibrio y de medida en relación con su geografía: demasiado poco exótica para ser un fenómeno normal…

UN OASIS EUROPEO

No sólo esto. El Ecuador entero, antes de llegar a él, según ciertos lugares comunes inevitables metidos en la cabeza desde la infancia, nos lo imaginábamos ardiente y desolado; al contrario: Ecuador es, en síntesis, uno de los países más lozanos y temperados de los dos segmentos de América. Lo imaginábamos un desierto chato, solamente salpicado aquí y allá, de chaparros bravíos y de selva virgen; al contrario: es montaña majestuosa, nieve eterna, riente colina, verde pradera, jungla lujuriante. Nos lo imaginábamos una capital tosca y selvática y, al contrario, Quito es la Florencia de las Américas.
Por lo demás, en sí misma, la palabra Ecuador nos indicaría un trópico sofocante por excelencia y en cambio el aire más cristalino de América se respira en los tres mil metros de Quito…
Sería preciso ir por la Italia más seria del Centro, para encontrar una ciudad sólida y culta como Quito: en Toscana, en Umbria y, bajo ciertos aspectos, en las Marcas y el Lazio. Una ciudad monumental y, al mismo tiempo, familiar; noble y, al mismo tiempo, rústica; refinada y, al mismo tiempo, sin formalismos, dicharachera, doméstica. Una ciudad de tejados que, a su modo, es una selva de torres y campanas, quiero decir llena de iglesias, conventos, abadías, parroquias: exactamente como las ciudades italianas en las que está más vivo el Quinientos papal. En este sentido, Quito es nada menos que el auténtico oasis europeo de todo el continente americano, el del Norte y el del Sur, del lado del Pacífico, con calles pululantes de hombres y mujeres que parecen, en parte, bajados de las montañas del Tíbet y, en parte, de los hielos nórdicos de Groenlandia.
(…)
Por lo demás, no son los indios los verdaderos y propios habitantes de Quito. Los habitantes de Quito son criollos, mestizos, blancos: digo los habitantes estables, residentes. Los indios vienen y a Quito desde el altiplano circundante, desde los suburbios y desde las aldeas. Pero llegan acá por la mañana y se regresan por la tarde. Viven pues, prácticamente, en Quito, dentro de las calles, en las que en realidad se mueven como topos dentro de los corredores de un antiguo, noble palacio deshabitado… Y ninguno sabe leer: no logran descifrar de la ciudad sino las bellas iglesias del Quinientos y del Seiscientos, los campanarios, el sonido de las campanas, las imágenes del Redentor o de la Virgen en las gloriosas pinturas del hermoso Quinientos ecuatoriano, tan rico y generoso como el europeo. De la ciudad, digo, liban y saborean la esencia religiosa, que es monumental y sabrosísima, exactamente como –sí, pongamos- como en Urbino o como en Arezzo.

PÁTINA DE ENSUEÑO

Todo esto aumenta la esplendidez de Quito, porque ella es tan estupendamente medida, armoniosa, accesible… Como de paisaje elaborado en un sueño, son por ejemplo, los cinco volcanes –los más altos del mundo- que le están en derredor, allá en el horizonte, deslumbrantes de nieve en el azul turquí de un cielo como manto de Virgen, remotísimos, un poco trémulos, como bancos de niebla. De un paisaje de ensueño son las iglesias, renacentistas o barrocas, con interiores literalmente talladas en un solo bloque de oro –naves, capillas, altares-, dentro de los que se siente el hombre como una hormiga que caminase en las entrañas de una joya, auténticos Eldorado de la iconografía católica en el sentido más estricto de la palabra; los deliciosos museos de un arte erróneamente llamado, en este caso, colonial, en los que el óleo del pintor y las hojas de oro del artesano alcanzan exquisito equilibrio de las tablas de los primitivos italianos o flamencos ¡en el Ecuador! De un país de ensueño…
Dentro de esta exquisita ciudad, la única de todo el continente americano que todavía está inmune de las deslumbrantes y muy a menudo estúpidas innovaciones que se hacen dizque para ponerse a tono con el siglo; dentro de esta Florencia americana aún no descubierta por el turismo mundial, que continúa ignorando su estupenda elegancia entre macizas murallas de conventos, palacios –a la europea- e iglesias; al tañer asiduo de las campanas parroquiales que marcan acompasadamente las horas y los oficios religiosos, palpita una vida sosegada, de provincia soñolienta, que parece como que quisiera recordar al forastero, en Quito, un ángulo de la más noble, muerta Europa.
Mas, a poco que se dé una ojeada a la historia del país, se aprende que Quito es la ciudad más revolucionaria, tal vez, del continente americano: furiosa explosiva. En veintidós años, por ejemplo, del 25 al 47, veintidós Presidentes de la República, siete Asambleas Constituyentes, seis Constituciones, quince revoluciones… ¡Ciudad de facciones y de conjuras, como un viejo Municipio italiano! En efecto, nombrábamos a Florencia: no era el acaso.”

En otro artículo, “La alegría de pasear a horcajadas sobre el Ecuador”, aparecido en el mismo periódico y del mismo autor, el 23 de abril de 1955, dice:

El Ecuador –país sin nombre- “es uno de los países más cultos, más cristalinos, más serios y serenos que pueda visitar un viajero…”.


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Comentario por Sung




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