coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


EL LIBERALISMO VISTO DESDE LA DERECHA

EL LIBERALISMO VISTO DESDE LA DERECHA: Valga la lectura de este artículo de Julius Evola sobre LOS DOS ROSTROS DEL LIBERALISMO, donde realiza un análisis de la evolución histórica de esta posición y posterior ideología política desde lo aristocrático a lo masivo, así como sus contradicciones e inorganicidades -insalvables, muchas veces-, lo positivo y lo negativo de éste:

“Así pues en los tiempos más recientes el liberalismo no tuvo nada que objetar al régimen del sufragio universal de la democracia absoluta, en donde la paridad de cualquier voto, que reduce a la persona a un simple número, es una grave ofensa al individuo en su aspecto personal y diferenciado.”

Los dos rostros del liberalismo

de Julius Evola

(Fuente: http://www.juliusevola.it/risorse/template.asp?cod=405&cat=EVO&page=9)

Resulta sumamente sintomático y humorístico el hecho de que hoy en día se repute al liberalismo como una formación de Derecha cuando en épocas anteriores los hombres de la Derecha vieron a éste como a un cuco, como a una fuerza subversiva y disgregadora de la misma manera que en la actualidad son considerados (también de parte de los mismos liberales) el marxismo y el comunismo. En efecto, a partir de 1848 el liberalismo, el nacionalismo revolucionario y la ideología masónica antitradicional aparecen en Europa como fenómenos estrechamente vinculados entre sí y es siempre interesante revisar los antiguos ejemplares de la publicación Civiltá Catolica para ver cómo ésta se expresaba en lo relativo al liberalismo de aquella época.

Pero nosotros dejaremos a un lado tal circunstancia para hacer una breve mención, necesaria para nuestros fines, con relación a los orígenes del liberalismo. Es sabido que tales orígenes hay que buscarlos en Inglaterra, y puede decirse que los antecedentes del liberalismo fueron feudales y aristocráticos: hay que hacer referencia a una nobleza local celosa de sus privilegios y de sus libertades, la cual, desde el Parlamento, trató de defenderse de cualquier abuso de la Corona. Luego de ello, simultáneamente con el avance de la burguesía, el liberalismo se reflejó en el ala whig del parlamento oponiéndose a los conservadores, los Tories. Pero hay que resaltar que hasta ayer el partido desarrolló la función de una “oposición orgánica”, manteniéndose firme la lealtad hacia el Estado, en modo tal que pudo hablarse de la His Majesty’s most loyal opposition (la lealísima oposición de Su Majestad). La oposición ejercía en el sistema bipartidista una simple función de freno y de control.

El factor ideológico de izquierda no penetró en el liberalismo sino en un período relativamente reciente, y no sin relación con la primera revolución española, en modo tal que la designación originaria de los liberales fue la española, es decir liberales (y no liberals, como en el inglés). Y es aquí donde empieza el declive. Debe resaltarse pues que el primer liberalismo inglés tuvo un carácter aristocrático: fue un liberalismo de gentleman, esto es un liberalismo de clase. No se pensó en libertades que cualquiera pudiese reivindicar indistintamente. Subsiste aun hoy en día en Inglaterra este aspecto sano y en el fondo apolítico del liberalismo: el liberalismo no como una ideología político-social, sino como la exigencia de que, prescindiendo de la particular forma del régimen político, el sujeto pueda gozar de un máximo de libertad, que la esfera de su privacy, de su vida personal privada, sea respetada y sea evitada la intromisión de un poder extraño y colectivo. Desde el punto de vista de los principios éste es un aspecto aceptable y positivo del liberalismo que debería diferenciarlo de la democracia, puesto que en la democracia el momento social y colectivista predomina sobre el de la libertad individual.

Pero aquí nos hallamos también con un cambio de dirección, puesto que un liberalismo generalizado e indiscriminado, al asumir vestimentas ideológicas, se fusionó en el continente europeo con el movimiento iluminista y racionalista. Aquí alcanzó el primer plano el mito del hombre que, para ser libre y verdaderamente sí mismo, debe desconocer y rechazar toda forma de autoridad, debe seguir tan sólo a su razón, no debe admitir otros vínculos más allá que los extrínsecos, los que deben ser reducidos al mínimo, pues sin los cuales ninguna vida social sería posible. En tales términos el liberalismo se convirtió en sinónimo de revolución y de individualismo (un paso más y se arriba a la idea de anarquía). El elemento primario es visto en el individuo, en el sujeto. Y aquí son introducidas dos pesadas hipotecas bajo la dirección de lo que Croce denominó como la “religión de la libertad”, pero que nosotros denominaríamos más bien como fetichismo de la libertad.

La primera hipoteca es que el individuo ya se encuentra “evolucionado y conciente”, por lo tanto capaz de reconocer por sí mismo o de crear cualquier valor. La segunda es que del conjunto de los sujetos humanos dejados en el estado de total libertad ( laissez faire, laissez aller ) pueda surgir en manera milagrosa un orden sólido y estable: por lo cual, habría que recurrir a la concepción teológica de Leibniz de la denominada “armonía preestablecida” (por la Providencia), en modo tal que, para usar una comparación, aunque los engranajes del reloj funcionen cada uno por su cuenta, el reloj en su conjunto marcará siempre la hora exacta. A nivel económico, del liberalismo deriva el “liberismo” o “economía de mercado” que puede denominarse como la aplicación del individualismo al campo económico-productivo, afectado por una idéntica utopía optimista respecto de un orden que nace por sí mismo y que es capaz de tutelar verdaderamente la proclamada libertad (bien sabemos adónde va a parar la libertad del más débil en un régimen de pirateril y desenfrenada competencia, tal como acontece en nuestros días no sólo entre individuos, sino entre naciones ricas y pobres). El espectáculo que hoy nos muestra el mundo moderno es un crudo testimonio de lo arbitrarias que sean tales posiciones.

Arribados a este punto podemos recabar algunas conclusiones. El liberalismo ideológico en los términos recién mentados es evidentemente incompatible con el ideal de un verdadero Estado de Derecha. No puede aceptarse la premisa individualista, ni el fundamental rechazo por todo tipo de autoridad superior. La concepción individualista tiene un carácter inorgánico; la presunta reivindicación de la dignidad del sujeto se resuelve, en el fondo, en un menoscabo de la misma a través de una premisa igualitaria y niveladora. Así pues en los tiempos más recientes el liberalismo no tuvo nada que objetar al régimen del sufragio universal de la democracia absoluta, en donde la paridad de cualquier voto, que reduce a la persona a un simple número, es una grave ofensa al individuo en su aspecto personal y diferenciado. Luego, en materia de libertad, se descuida la esencial distinción entre la libertadrespecto de algo y la libertad para algo (es decir, para hacer algo). Tiene muy poco sentido manifestarse celosos respecto de la primera libertad, de la libertad externa, cuando no se saben indicar ideales y fines políticos superiores en función de los cuales el uso de la misma adquiera un verdadero significado. La concepción básica de un verdadero Estado, de un Estado de Derecha, es “orgánica” y no individualista.

Pero si el liberalismo, remitiéndose a su tradición pre-ideológica y pre-iluminista, se limitara a pregonar la mayor libertad posible de la esfera individual privada, a combatir toda abusiva o no necesaria intromisión en la misma de poderes públicos y sociales, si el mismo sirviese de rémora a las tendencias “totalitarias” en sentido negativo y opresivo, si defendiese el principio de libertades parciales (si bien el mismo debería defender también la idea de cuerpos intermedios, dotados justamente de parciales autonomías, entre el vértice y la base del Estado, lo cual llevaría de lleno al corporativismo) si estuviese dispuesto a reconocer un Estado omnia potens, pero no omnia facens (W. Heinrich), es decir que ejerce una superior autoridad sin entrometerse por doquier, la contribución “liberal” sería sin más positiva. En especial si tenemos en cuenta la actual situación italiana, podría ser también positiva la separación, propugnada por el liberalismo ideológico, de la esfera política respecto de la eclesiástica, siempre que ello no signifique la laicización materialista de la primera. Sin embargo aquí se encontraría un obstáculo insuperable, puesto que el liberalismo tiene una fobia hacia todo lo que puede asegurar a la autoridad estatal un fundamento superior y espiritual y profesa un fetichismo por el denominado “Estado de derecho”: es decir, un Estado de la legalidad abstracta, como si la legalidad existiese por afuera de la historia, y como si el derecho y la constitución cayesen del cielo hechos y derechos y con un carácter de irrevocabilidad.

El espectáculo de la situación a la que ha conducido la partidocracia en este régimen de masas y de demagogia debería hacernos reflexionar respecto de la antigua tesis liberal (y democrática) de que el pluralismo desordenado de los partidos sea garantía verdadera de libertad. Y con respecto a la libertad reivindicada a cualquier precio y en cualquier plano, por ejemplo en el de la cultura, sería necesario hacer hoy en día una serie de precisiones oportunas, si es que no se quiere que todo vaya a la deriva en forma acelerada. Hoy en día puede verse muy bien de qué cosas el hombre moderno, convertido finalmente en “adulto y conciente” (de acuerdo al liberalismo y a la democracia progresista) se ha hecho capaz en los tiempos últimos con su “libertad”, la que muchas veces ha sido la de producir sistemáticamente bacilos ideológicos y culturales que están llevando a la disolución a toda una civilización.

Pero a tal respecto el discurso sería demasiado largo y nos sacaría del marco de nuestro análisis. Suponemos que con estas notas, aun de una manera extremadamente sumaria, ha sido puesto en evidencia desde el punto de vista de la Derecha todo aquello que de positivo y negativo pueda presentarnos el liberalismo.

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titolo: Los dos rostros del liberalismo

autore/curatore: Julius Evola
fonte: Il Borghese, 10 ottobre 1968
tratto da: http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Liberalismo.htm
lingua: spagnolo
data di pubblicazione su juliusevola.it: 30/08/2005



MAYA, LA REALIDAD ES UNA ILUSIÓN, LA IGNORANCIA DE LA VERDADERA REALIDAD
agosto 11, 2015, 11:35 pm
Filed under: Entropía, Exégesis, Sigue tu corazón | Etiquetas: , ,

MAYA, LA REALIDAD ES UNA ILUSIÓN, LA IGNORANCIA DE LA VERDADERA REALIDAD

maya

Maya es una palabra sánscrita que significa ilusión. Es ilusorio todo cuanto tiene principio y tiene fin por mucho que dure, sólo es real lo inmutable y eterno, el Absoluto, la Causa suprema. El universo visible no es más que una gran ilusión, puesto que tiene principio y fin y está envuelto en incesantes cambios.

Sin embargo, este doble concepto de lo real y lo ilusorio se ha exagerado hasta límites morbosos e incongruentes, por no distinguir lo relativo y lo absoluto. Sin esta previa distinción se pierde el entendimiento, se enferma la voluntad, desfallece el ánimo y cae el hombre en la honda charca del falso y morboso misticismo de abominar el mundo y la carne con la pretendida intención de que el espíritu recobre su perdida pureza y dignidad. Para nuestra conciencia vigílica, la que tiene conocimiento de la existencia de las cosas, para la que percibe con los cinco sentidos todo cuanto percibimos no es ilusorio sino real y muy real para nosotros. Lo que percibimos nos afecta realmente. El sol que nos alumbra, el planeta en el que vivimos, las ordinarias vicisitudes de nuestras vidas, no son ciertamente ilusorios para nuestra consciencia vigílica, son indudables realidades.

Pero por otra parte consideremos que ese mismo sol que nos alumbra se apagará un momento sin dejar chispa de su luz; que los astros podrán girar en sus órbitas por millones de años, pero también desaparecerán; y nuestro planeta tampoco es eterno, también llegará el instante de su desintegración.

Lo mismo cabe para nuestra personalidad. Penas y alegrías sólo son reales mientras las experimentamos. El placer y el dolor sólo tienen realidad mientras los sentimos. Una vez pasados es como si no hubiesen existido. La vida misma parece un sueño cuando se la mira en retrospectiva y ni hablar cuando se la ve hacia el futuro, pasado y futuro no existen. Mas, en medio de todas estas emociones, permanece en algunos la personalidad, la conciencia del “yo soy yo”, que nunca deja de ser para nosotros una realidad que podría elevarse hasta el Yo absoluto.

Por lo tanto, lo ilusorio, lo mayávico se ha de entender en comparación con el Absoluto, con lo que no se altera, ni se muda, ni se cambia, aunque su eterna unidad se manifieste en la diversidad del mundo objetivo y de los seres que lo pueblan. En las manifestaciones creadas del Principio increado.

Maya es la ignorancia de la verdadera realidad. Consiste en creer que nuestra perecedera individualidad con sus necesidades fisiológicas, sus encontradas emociones y mutables pensamientos es nuestro verdadero ser, sin considerar que el cuerpo ha de morir inevitablemente, que las emociones son pasajeras por mucho que duren, que los pensamientos varían, aunque nos parezcan firmes e inmutables en tal o cual convencimiento que el devenir se encargará de quebrantar.

La ignorancia forja la ilusión de que el universo objetivo existe por sí mismo y que ha de existir eternamente y que desde toda la eternidad existió tal como lo percibimos ahora, aun cuando sabemos que ha tenido principio y tendrá fin, y cuando el fin del universo llegue será como si nunca hubiese existido, mientras que la energía divina, la Causa suprema, el Absoluto permanece sempiternamente entre la emanación y la disolución de los sucesivos universos.

La ignorancia y el orgullo ciegan al hombre en sus vanos logros para que no vea el aspecto subjetivo de la vida, de modo que sólo ve el universo material, lo objetivo.

Pero cuando el real conocimiento abre los ojos del espíritu, ve el hombre ambos aspectos, el subjetivo y el objetivo y vive entonces en el mundo de lo real a pesar de vivir en el mundo de las transitorias relaciones.

Es necesario para no ser víctimas de la ilusión  que la visión de la realidad absoluta gobierne y guíe nuestra relación con el mundo objetivo. Si mantuviéramos la mente tan solo fija en el aspecto material de la vida nos acarrearíamos indecibles sufrimientos e insatisfacciones.

Nuestras actividades materiales deben estar guiadas por la iluminación del espíritu, con la plena certeza de lo que estamos haciendo ha de servir para nuestro adelanto en el sendero de la perfección. Se debe conciliar lo subjetivo y lo objetivo, se debe conciliar lo espiritual y lo material, se debe conciliar el mundo interior y el mundo exterior. De esta conciliación armonía de ambos mundos deriva el goce de la vida terrena para el adelanto de nuestra trascendencia. Sin dicha conciliación, están en perpetua guerra el espíritu y la carne, lo subjetivo y lo objetivo, de donde proceden los sufrimientos, penas, dolores, enfermedades, tribulaciones y asperezas cuyo saludable rigor acaba por despertarnos al conocimiento de la realidad de la vida.

La conciliación y armonía de lo espiritual y material, de lo subjetivo y objetivo, no significa como le parece al misticismo malsano y morboso, una componenda entre Dios y Satanás, hablando en términos cristianos, no es como se dice vulgarmente, encender una vela a San Miguel y otra al Diablo, sino por el contrario espiritualizar lo material en vez de desecharlo por abominable, someter lo objetivo, rendir lo relativo al dominio de lo absoluto, hacer del cuerpo y del mundo externo nuestros esclavos y servidores, en vez de esclavizarnos a ellos, en una palabra: vencer la ilusión y vivir en el mundo de lo real, de la eterna unidad en medio de la transitoria y relativa complejidad.

MAYA, LA REALIDAD ES UNA ILUSIÓN.