coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


LA PROMETIDA DE HITLER EN QUITO

LA PROMETIDA DE HITLER EN QUITO

Pilar Primo de Rivera entrega como obsequio una espada toledana a Adolf Hitler en Berlín, durante su visita de 1938.

Pilar Primo de Rivera entrega como obsequio una espada toledana a Adolf Hitler en Berlín, durante su visita de 1938.

En 1938 Pilar Primo de Rivera y Sáenz de Heredia -hermana de José Antonio, fundador de la Falange Española-, visitó al Führer, Adolf Hitler (foto), dentro de un viaje de camaradería con la sección femenina del NSDAP, fue entonces que nació el proyecto matrimonial entre ambos a fin de fundar una dinastía fascista en Europa que devolviera a España al centro del Viejo Continente, como lo fuera en época del emperador Carlos V.

La idea surgió del intelectual y diplomático español Ernesto Giménez Caballero, introductor del fascismo a España y quien consideraba a Pilar como la candidata ideal para reunir a Alemania y a España nuevamente en un sólo poder, mediante el matrimonio con Adolf Hitler, debido a “su pureza de sangre y por su profunda fe católica, y por arrastras a la juvetud de España”. Queriendo como resucitar un Sacro Imperio para dominar a toda Europa.

Ernesto Giménez Caballero acude en 1941 a Alemania con la intención de realizar esta gestión. El plan de boda también fue secundado por Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco (el Cuñadísimo) y entusiasta germanófilo, además de Ministro de Asuntos Exteriores.

¿Y Pilar, qué pensaba de todo esto? Pilar, ya había conocido a Hitler durante su visita a Alemania en 1938, en plena Guerra Civil Española, entonces había surgido buena química. Sin embargo, como señala el historiador Wayne Bowen en “Pilar Primo de Rivera and the Axis Temptation,” ella “se tomó la idea seriamente pero la rechazó porque antepuso el valor de su vida privada y no se consideró con la valía adecuada para llevar a cabo esa misión”, según cuenta.

Tres años después de aquella visita, Giménez Caballero acude al ministro de propaganda alemán, Joseph Goebbels para plantearle el plan de enlace entre Hitler y Pilar. Éste es el relato de la reunión, según el propio Giménez:

“-Y, ¿cuál sería la candidata a emperatriz?, preguntó Magda de Goebbels.

-Sólo podría ser una. En la línea de princesas hispanas como Ingunda y Brunequilda y Gelesvinta y Eugenia…Sólo una, por su limpieza de sangre, por su profunda fe católica, y, sobre todo, porque arrastraría a todas las juventudes españolas: ¡la hermana de José Antonio Primo de Rivera!…

Nada respondió Magda. De pronto, sus ojos se humedecieron. Y tomó mis manos y las estrechó. Y, en voz muy baja, me dijo así:

-Su visión es extraordinaria…Su misión también… Y además, audaz, valiente y concreta…

Calló de nuevo para proseguir:

-Mi marido está encantado con usted. Y el Führer desea conocerle. Yo les hablé de esto que ahora vuelve a proponerme de esta manera ya concreta y certeramente personificada. Y que sería posible.

-¿Sería posible? ¿Sería posible? ¡Madga!”

Finalmente con el desenlace de la Segunda Guerra Mundial todo plan en ese y cualquier otro sentido respecto de Alemania, quedó abandonado.

Pilar fue la fundadora de la Sección Femenina de la Falange, y como tal realizó una amplia campaña de difusión de su organización en la América Hispánica. Visitó Quito en por los menos dos ocasiones, en 1949 y en 1953.

En 1949 como señala en sus memorias realizó un recorrido cultural por Hispanoamérica, con los Coros y Danzas de la Sección Femenina de la Falange Española (foto).

Recuerda Pilar:

“Los presidentes nos recibían todos y aprovechábamos para ponernos en contacto con grupos de mujeres que, más o menos, pretendían lo mismo que nosotras queríamos para España. Estuvimos en Quito… En todas partes explicaba yo lo que hacía la Sección Femenina: nuestros servicios, escuelas, procedimientos para hacer mayor la eficacia y nuestra fidelidad a los principios políticos de José Antonio.”

Por segunda ocasión visitó Pilar Primo de Rivera la capital de la República del Ecuador en 1953. El día miércoles, 2 de Diciembre de ese año, miembros del Instituto Ecuatoriano de Cultura Hispánica y del Círculo Femenino Hispánico de Quito, la recibieron en su seno como Jefe de la Organización de Servicio Social de España, estando acompañada de María Victoria Eiroa, su ayudante. Brindaron con champaña de por medio y a las 20h30 de ese mismo día, un grupo de socios y amigos, incluyendo a la plana mayor de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana, les ofrecieron una cena en el hotel Colón.

seccion Femenina

El mejor recuerdo de estas visitas es ésta imagen: Histórica fotografía del desfile protagonizado por los Coros y Danzas de la Sección Femenina de la Falange Española encabezados por su líder, Pilar Primo de Rivera , durante su primera visita a Quito en 1949. Notable la concurrencia masiva del público quiteño. Por los trajes y las gaitas asumo que son coros y danzas gallegos o astures. Me ha sido imposible localizar la calle de esta toma (¿Olmedo y Guayaquil?).



JULIO TOBAR DONOSO Y JORGE LUNA YEPES

JULIO TOBAR DONOSO Y JORGE LUNA YEPES

Firma del Protocolo de Río de Janeiro el 29 de enero de 1942 en el Palacio de Itamaraty, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores del Brasil. Julio Tobar Donoso, sentado, el primero desde la derecha en traje blanco.

Firma del Protocolo de Río de Janeiro el 29 de enero de 1942 en el Palacio de Itamaraty, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores del Brasil. Julio Tobar Donoso, sentado, el primero desde la derecha en traje blanco.

Estamos a pocos días de conmemorar el vigésimo aniversario del inicio de la Guerra del Cenepa (26 de enero de 1995), así como un aniversario más de la firma del Protocolo del Río de Janeiro (29 de enero de 1942).

Acción Revolucionaria Nacional Ecuatoriana -así se llamó inicialmente, después se denominaría Nacionalista-, nació el 27 de febrero de 1942 como reacción al desastre nacional que significó la invasión del Perú y la posterior derrota refrendada por el panamericanismo aliado al servicio de los intereses de los Estados Unidos en Río de Janeiro a fin de imponer una posición continental americana contra el Eje, que ante todo demostró el fracaso del modelo republicano para el Ecuador.

Como con estas fechas el chauvinismo ecuatoriano siempre quiere alzar vuelo, valga anotar lo siguiente.

Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana – ARNE, fue una organización política nacionalista, mas no chauvinista. Su nacionalismo no era cerrado y de hecho era un nacionalismo hispanista continental e integrador, que buscaba la reunión con los demás Estados hispanoamericanos, incluyendo al Perú, en una sola y mayor entidad basada en una unidad superior que no divida. Después de todo Jorge Luna Yepes, líder máximo de ARNE en toda su historia, afirmaba: “¿Qué fue nuestro? Nuestra fe, nuestra grandeza imperial. El Imperio…”. Se refería, por supuesto, al Imperio español.

El chauvinismo conservador, liberal e izquierdista ha sido y es incapaz de comprender esto y de comprender el fracaso estructural del Estado ecuatoriano desde su misma fundación como República. ARNE entendía claramente este gran problema, base de todos los demás problemas ecuatorianos. Por lo mismo, ante el acto heroico y verdaderamente patriota de Julio Tobar Donoso, Canciller de la República, de firmar el Protocolo de Río de Janeiro y asumir la responsabilidad de concluir con un mito republicano –que no audiencial ni hispánico-, como lo fue el oriente ecuatoriano y dar así finalmente una forma definida al Estado mismo -forma sin la cual es prácticamente inviable pensar en cualquier otro tipo de planificación nacional-, el chauvinismo ecuatoriano, irreal, que siempre se había servido del pretexto del Oriente para justificar el fracaso nacional consagrado por su inepta dirigencia política, no pudo menos, en su típica bajeza, que ensañarse con un chivo expiatorio para seguir justificándose. Evidentemente el chivo expiatorio perfecto era Julio Tobar Donoso, quien sufrió lo indecible en el país que lo vio nacer y dar todo de sí por ese mismo país, su patria, más suya que de ningún otro.

¿Cuál fue la reacción de ARNE y de Jorge Luna Yepes ante esto? Como no podía ser de otra forma, fue una a la altura de su líder y de su lucha.

El mejor testimonio nos lo dan los hijos de Julio Tobar Donoso, quienes tras la muerte de Jorge Luna Yepes en noviembre de 1999, publicaron la siguiente carta en el diario El Comercio de la ciudad de Quito el 2 de diciembre del mismo año:

“LUNA Y TOBAR

Después de muchos derroches de palabras y discursos, que han medido la altura del hombre, del padre, del patriota, del amigo, del profeta, del maestro que fue Jorge Luna Yepes, queremos tan solo recordar algo que únicamente los hijos del Dr. Julio Tobar Donoso sabemos y queremos que todos conozcan. Así, le recordé a él personalmente, fue la única voz que se levantó para defender a nuestro padre, en el año 42, cuando el país entero se puso de pie para escarnecerlo y el Congreso a pesar de haber refrendado el Protocolo de Río de Janeiro, puso en su frente un inri de cobardía pusilanimidad que aun después de 57 años vuelven a colocarle algunos… Estamos seguros de que esto ya casi no interesa, según afirmó alguien, pero a la familia del Dr. Tobar Donoso, sí nos corresponde vibrar de emocionado afecto ante la muerte de aquel nuevo ‘héroe vencido’ como el doctor Jorge Luna Yepes le llamara a nuestro padre, en el año 81, después de su muerte. Así le llamó, el ‘héroe vencido’ y le comparó a Héctor frente a Aquiles, a Pétain frente a De Gaulle, ‘De Gaulle, el que triunfa a la postre, es el orgulloso héroe vencedor. Pétain, el defensor invencible de Verdún, que afronta años más tarde las consecuencias de la derrota de su patria y sufre humillaciones, incomprensión y vejamen, no está ni mucho menos, por debajo de De Gaulle.’.

Hermanos Tobar García”.

Esta fue la talla de esos quiteños bien nacidos, de esos ecuatorianos de los que hoy tanto adolecemos.

Francisco Núñez del Arco Proaño. Quito, 19 de enero de 2015.



CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA

CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA

Por Jorge Luna Yepes

A propósito de conmemorarse el 24 de Mayo la Batalla del Pichincha:

Como en todo hecho trascendental, debemos distinguir las causas remotas, profundas, y las que son inmediatas, más o menos circunstanciales. Hay dos causas remotas, evidentes: la decadencia de España y la formación de una personalidad hispanoamericana diversa de la hispanopeninsular.

Entre las causas inmediatas debemos considerar principalmente: 1ª El influjo de la independencia de los Estados Unidos; 2ª El de la Revolución francesa; 3ª De las ideas revolucionarias liberales que presidieron estos dos movimientos; 4ª El afán inglés de acabar definitivamente con el Imperio español; 5ª La labor de la masonería; 6ª La situación crítica que sobreviene a España por la invasión napoleónica; 7ª Resentimientos personales, y 8ª Limitaciones económicas.

A) Causas remotas
La decadencia de España obedece a un proceso de biología política de explicación sencilla. Esta nación hace un esfuerzo extraordinario durante dos siglos (fines del XV a principios del XVII), en los que combate en todos los puntos de la tierra: en África y en Flandes, en América y en Oceanía en Asia, y en los océanos; y combate contra moros y contra herejes protestantes; contra turcos y contra ingleses, contra franceses y flamencos; y al mismo tiempo envía a millares de sus hijos a que creen nuevos mundos en las tierras salvajes que devoran a los que se aventuran por ellas. Este esfuerzo continuado, creador y gigantesco, le desgasta; y sus rivales, que unidos resultan más poderosos, valiéndose de toda clase de medios, al fin le vencen. España exhausta vive de su gloria, pero deja de empuñar el cetro de Occidente, el que pasa a Francia e Inglaterra. Con su vitalidad disminuida, no tiene: fuerza suficiente ni para presidir de manera eficaz la vida del Imperio, que comienza a resquebrajarse, ni para mantener una política independiente que obedezca a su espíritu, a su misión histórica y a sus intereses, y cae en la órbita de sus antiguos rivales, cuyos fines sirve.

No sólo hay despoblación catastrófica, sino también decadencia espiritual. Si en tiempo de los Reyes Católicos contaba España con unos diez millones de habitantes, al cabo de un siglo, después de la muerte de Felipe II, no tenía más de cinco; lejos de duplicarse, se había reducido a la mitad. Concomitantemente se había ido perdiendo, a manera de evaporación, la afirmación eficaz de los propios valores y el propio destino. España ya, no era ni se sentía eje de Occidente; había pasado a ser accesoria, segundona, pronta a imitar a sus antiguas rivales, disminuida de personalidad.

Entonces las novedades francesas e inglesas se procuran copiar al pie de la letra, sea en la superficialidad de los vestidos, sea en la brillantez de las ideas enciclopedistas, sea en la misteriosa introducción de las logias masónicas. Se había empequeñecido en todo sentido; y ni siquiera, en el afán de imitación, había logrado subir al coche de la técnica en que se habían embarcado sus competidoras.

Ya se comprende que así no podía dar vitalidad a las grandes extremidades del Imperio. La falta de fe en sí de la cabeza misma, contagia a los demás. Muchas veces sin explicarse, subconscientemente, criollos y mestizos, aun honrándose de pertenecer a España, sentirían enfriamiento, alejamiento, desconfianza. La vida iba muriendo en las articulaciones imperiales. Y un proceso semejante presenciamos ahora en los países europeos que desangraron física y espiritualmente al español.

Por esa mecánica que existe en los acontecimientos sociales, correlativamente con la, decadencia española iba fortaleciéndose el organismo de las colonias. Se había formado un nuevo tipo racial, un nuevo tipo humano, que más que mestizaje sanguíneo lo tenía psíquico. Era el fenómeno que estudiamos al hablar concretamente del mestizaje; era la influencia de un medio diverso en el hombre europeo.

A cada persona humana corresponde una personalidad, un modo se ser; a los hispanoamericanos correspondía una personalidad que no era, la de los hispanopeninsulares; consecuentemente, las entidades regionales de Hispanoamérica que habrían de dar origen a los actuales Estados, tenían personalidad colectiva diversa de la española. América, con su vida igual, pacifica, religiosa, inundada de indios sojuzgados, suaviza las aristas hasta en el modo de hablar. No se oirán en gargantas americanas las duras y jotas, ni se diferenciarán las zetas lo español perderá dureza en América, pero perderá también definición el español. Se presentará más expeditivo, más francote y directo, más mandón; el hispanoamericano, más sutil; más amanerado, más cortés, más lleno de rodeos menos enérgico y menos alegre. El que tiene más acusado sentido de acción suele mirar despectivamente al que lo tiene en grado inferior; de ahí que los nórdicos miren del hombro para abajo a los mediterráneos; los occidentales a los de Oriente; algo semejante sucedía con españoles e hispanoamericanos. Era natural que esto sucediera. Allí en plena decadencia, el español conservaba, sus aristas intransigentes y duras, que las sabía hincar al rato menos pensado; si no, díganlo los franceses, que tuvieron que habérselas con un 2 de mayo, con Zaragoza y con Bailén, y dígalo la, España de 1936, que le hizo, exclamar a Claudel: “Dijeron que dormías y habías quedado estéril y en un momento has despertado y poblado los cielos con un millón de mártires”. El español, expeditivo, duro y proveniente de un medio, más culto, más civilizado y con el control de los primeros cargos y dignidades, tenía que ver desdeñosamente al hispanoamericano, menos enérgico nacido en un medio menos adelantado.

Cuando el hispanoamericano culto midió sus armas con el hispanoeuropeo culto o con otros europeos y se dio cuenta de su valer, trocó la natural admiración por lo español, en resentimiento; se sintió preterido injustamente; juzgó, luego, que era un atropello y una explotación que se prefiriera para el gobierno a gentes venidas de la Península, cuando en la propia tierra había personas capaces y de méritos. Y muchos patriotas fueron simplemente hombres de mérito que recibieron estos agravios u otros provenientes de las instituciones de la época, que les hicieron reaccionar tanto contra las instituciones como contra la autoridad española y aun contra España. Ese fue el caso de Miranda y el de Espejo, que reciben agravios personales, y el del marqués de Miraflores, que los recibió en su padre y lo mismo sucedió con muchos religiosos y habría pasado con Mejía si su pronta ida a España no le hubiera colocado en situación brillantísima que contrastaba con sus humillaciones en Quito y no hubiera llegado a apreciar a los españoles al compararles con los franceses invasores.

Al sentirse agraviados, ya se comprende cómo se haría violenta la convivencia de criollos y chapetones y cómo habrán caído, mutuamente pesadas, las personalidades respectivas. Entonces, se comenzó en América a repudiar a lo español y se oiría en las calles de Quito, en 1765, el grito de “Mueran los chapetones, ¡abajo el mal gobierno! (¡Viva el Rey!)”. Este principio de reacción antiespañola no, lo pudieron suprimir ni hombres como Carondelet, todo él gallarda generosidad, ni menos los que empezaron a emplear medidas radicales, muy españolas y muy explicables por la época y las circunstancias, por cierto, pero que acabaron por encender inconteniblemente la hoguera.
Lo único que habría, cabido entonces era una, oportuna y amistosa, aunque dolorosa y forzada, retirada española ; pero ya se comprende que era casi imposible. No cabe ejemplificar con lo actuado por Inglaterra con la India, pues ni nosotros somos hindúes, ni España Inglaterra, ni mediados del siglo XX es lo mismo que principios del XIX; y recuérdese cómo fue de dura y larga la lucha entre la metrópoli y las colonias inglesas, que se independizaron a cañonazos.
He aquí cómo la afirmación de la personalidad hispanoamericana, al dar a nuestros dirigentes consciencia de su propio valer, condujo a la separación de España. Estudiadas las causas remotas de la independencia, pasemos a las otras.

B) Causas inmediatas
Entre ellas, como dejamos indicado arriba, tuvieron influencia decisiva las ideas democrático-liberales, y las revoluciones por ellas engendradas, especialmente la de independencia de los Estados Unidos y la francesa.

Las ideas revolucionarias tienen su origen remoto y doctrinario en la revolución religiosa, protestante del siglo XVI, y en el inmediato desarrollo económico de la burguesía. Tienen filósofos alemanes e ingleses que las ayudan con sus lucubraciones y cuentan en el siglo XVIII con propagandistas entusiastas tales como Voltaire, el satírico mordaz, destructor de todo lo que hasta entonces había sido respetado; Juan Jacobo Rousseau, el teorizador del origen del Estado en el pacto social de los hombres primitivos; el barón de Montesquie, admirador de las instituciones inglesas, autor de “El espíritu de las leyes”, y los enciclopedistas tales como Diderot, D’Alembert, etc., que frecuentaban las tertulias de damas aristocráticas pagadas de su intelectualismo y que hicieron su Enciclopedia.

Aquellas ideas, propugnadas por estos intelectuales, algunos de ellos escritores sugestivos, se presentaron tumultuosamente en Francia a partir de 1789 y llenaron de entusiasmo a varias mentalidades jóvenes de América, noveleras de las últimas teorías, ansiosas, de sobresalir y con espíritu apto para aceptarlas, dada la oposición, no, exenta de envidia, con los peninsulares, favorecidos con preeminencias, y dada la aureola romántica que rodeaba a ciertos personajes que habían intervenido con el pensamiento o la acción en las revueltas de Francia, romanticismo que hace presa fácil en la gente joven.

Este conjunto de ideas se propagó en América, no obstante la vigilancia de las autoridades españolas en el mercado de libros; ostentaba como principios fundamentales el derecho de rebelión del pueblo contra la autoridad, el origen meramente popular de la misma, la independencia de los poderes del Estado, y el sufragio universal como medio de designar autoridades; y estaba informado por las tesis o dogmas rousseaunianos, tales como él de que los hombres son buenos por naturaleza, pero corrompidos por la sociedad, y el de que el origen de ésta estuvo en el contrato primitivo de los asociados, esto es, en el “pacto social”, hecho imaginario que sólo tuvo realización al tiempo en que vivía Rousseau en un país, esto es, en los Estados Unidos, y que fue tomado por los secuaces de Rousseau como mera interpretación del hecho social.

He aquí los principios que causaron novedad y entusiasmo en las postrimerías del siglo XVIII, que provocaron la Revolución francesa y que, al ser bebidos por varios intelectuales de América Hispana, sirvieron de fermento que, unido, a otros factores estudiados ya o por estudiarse a continuación, produjeron la revolución de independencia.

Pero si los principios liberales actuaron directamente sobre el espíritu de algunos americanos influyentes, también ejercieron influjo en la Independencia por medio de los hechos por ellos engendrados, tales como el ya anotado de la Revolución francesa y aun antes de ella, por medio de la independencia de los Estados Unidos. En cuanto a ésta, nos basta observar lo siguiente: 1º Que varios revolucionarios, especialmente Miranda, esgrimieron el argumento de que si España había ayudado a la independencia yanqui, Inglaterra, para, desquitarse, debía de ayudar a la de Hispanoamérica; 2º En Estados Unidos se preparó al menos una expedición revolucionaria contra el gobierno español; 3º El ejemplo de Estados Unidos, que comenzaba con entusiasmo su vida independiente, sirvió de continuo modelo de los independentistas hispanoamericanos, que se enamoraron hasta de cosas propias de los Estados Unidos, como el sistema federal, lo que, al tratar de imitar infantilmente, desde México hasta Venezuela y desde Nueva Granada hasta Buenos Aires, ocasionó guerras sangrientas entre los mismos independentistas y motivó más de uno de sus fracasos frente a la reacción realista.

Pero junto al liberalismo y a los hechos por él engendrados o por él apoyados, hubo otros elementos doctrinarios o sectarios que intervinieron en la disolución del Imperio español; nos referimos principalmente a la masonería.

El liberalismo y la masonería no sólo actuaban directamente por medio del influjo sobre los independentistas o patriotas, sino que se infiltraban en la misma Península y tomaban posiciones, maniatando a España en su defensa contra la revolución emancipadora, y así vemos a secuaces de ellos, como el general Riego, sublevarse en Cabezas de San Juan cuando se disponía a embarcarse hacia América para debelar la revolución. Inglaterra y Francia contaron con el liberalismo y la masonería como aliados poderosos para someter a los políticos españoles a sus fines nacionales, aunque ello fuera en mengua de los intereses de España. La misma expulsión de los jesuitas de América, golpe fatal para la obra de España en nuestros países, fue algo en que tuvo bastante que ver la masonería (Nota editorial: y habría que ver hasta que punto esta expulsión no fue una maniobra generada desde adentro de la misma Compañía para batir a las Españas y a su Imperio). Al estudiar este acontecimiento en el número 228 de la tesis anterior, ya lo hemos indicado, influyó en el relajamiento de los vínculos de España con las colonias; y en la tesis siguiente veremos cómo algún jesuita, al desvincularse del Imperio español, hizo de uno de los precursores en la Independencia.

En la historia y en el espíritu de la masonería pueden anotarse estos caracteres: 1º Alianza con el judaísmo y con el imperio británico; 2º Anticlericalismo y anti-catolicismo fanáticos en los países latinos; 3º Oposición a las formas tradicionales de vida de estos pueblos; 4º Secretismo y espíritu de grupo o círculo.

De la relación de estos caracteres de la masonería puede deducirse mucho saber el por qué de su intervención activa en la Revolución francesa, de su apoyo a Napoleón en los primeros tiempos, para luego volver las espaldas y coadyuvar con Inglaterra para su caída; asimismo puede deducirse el por qué de la intervención masónica en la disolución del Imperio español, Imperio católico, el primero, a partir del siglo XV, en haber tratado radicalmente el problema judío (con la expulsión de estos de todos sus territorios), aferrado a las bases constitutivas de su grandeza, como todo gran pueblo, y representante de la antítesis de Inglaterra.

La masonería, pues, como hemos visto, comenzó su labor de zapa al introducir en sus filas a varios políticos y militares españoles, desde el siglo XVIII después actuó directamente sobre los revolucionarios de América, a quienes relacionó, captó y encubrió. Así vemos, por ejemplo, que Miranda, Bolívar y San Martín ingresaron en las logias aun cuando más tarde, algunos de ellos como Bolívar, renegara de ellas y las disolviera en el Perú y Colombia, acusándolas de constituir un peligro para el orden, el progreso y la paz del Estado (1).

He aquí cómo el liberalismo y la masonería fueron factores inmediatas de la Independencia en cuanto actuaron directamente sobre los patriotas; y fueron factores mediatos o remotos (resaltado en el original) en cuanto al apoderarse de algunos dirigentes e infiltrarse en algunos organismos del Imperio español, precipitaron el espíritu disolvente que se inició al comenzar la decadencia hispana (resaltado en el original).

Nos falta, pues, hablar del otro socio de la empresa antiespañola: de Inglaterra.

Este país, como hemos dicho antes, por motivos de hegemonía imperialista y de, índole doctrinaria o sectaria, procuró en todo momento, dar al traste con el poderío de España, valiéndose de todo medio. Apoyó en un principio con cautela a los precursores de la Independencia y después, abiertamente, a los revolucionarios; todavía, conserva el Ecuador una deuda de varios millones de sucres por esa ayuda inglesa (el texto es de 1951; la “deuda inglesa” se terminó de pagar al fin en el gobierno del Gral. Guillermo Rodríguez Lara 1972-1976, después de siglo y medio de haberla adquirido). Pero juntamente con el apoyo con gente, armas y pertrechos a los revolucionarios hispanoamericanos, trató de hacer sus conquistas directamente; y así, en 1806 toman los ingleses Buenos Aires y dan los primeros pasos para, hacer cosa semejante con Chile, pero fracasan en sus proyectos por la brillante reacción de los argentinos, que los expulsan tras lucha sangrienta. Este mismo rechazo hace sentir a los criollos su fuerza y les alienta para conseguir la autonomía. Sin embargo, Inglaterra seguirá ayudando la, revolución independentista, vengando de esta manera, además, el apoyo que España dio a los Estados Unidos para su independencia.

De los resentimientos o de reacciones contra reales o supuestos agravios, hemos hablado ya al tratar en el número 297 de la acentuación de una personalidad hispanoamericana; y tocarnos ahí este problema porque se presentó como tal, ya avanzada la Colonia, como consecuencia de una diferenciación llena de amor propio entre el criollismo y el hispanismo peninsular; es decir, como resultado de una afirmación más o menos consciente de la idiosincrasia y afanes de los hispanoamericanos frente a los hispanoeuropeos. Sin embargo, por la época, en que se presentan, esto es, ya cerca de la época de la. Independencia, les hemos clasificado entre las causas inmediatas, o próximas.

Las diferencias económicas y la oposición de intereses entre España y América, tenían que presentarse tarde o temprano, en cuanto las colonias aumentasen en población -por lo mismo, en necesidades- y los colonos desarrollasen la natural tendencia de enriquecimiento y de poder, máxime si había las ofertas tentadoras de los enemigos de la Metrópoli.

Mientras a España le interesaba, para el mejor control del Imperio y aun para su mejor defensa frente a rivales y enemigos, orientar la economía hacia la unidad armónica, a los productores de diversas regiones, que veían lo suyo y no la totalidad del Imperio les interesaba la prosperidad local, lo que veían y palpaban. Si se les ponían limitaciones que restringían lo que querían producir o vender, tenían que sentirse incómodos. Esto llegó a constituir un problema sobre todo en el Virreinato de Buenos Aires; no sucedió lo mismo en la Audiencia de Quito, pese a, la gravísima crisis que vino por las calamidades geológicas y sanitarias.

Queda una última causa de la Independencia, más inmediata, la más próxima a todas, la que, unida, a las anteriormente expuestas, dio ocasión y pretexto para el alzamiento general de, las colonias hispanoamericanas: la invasión de España por Napoleón.

Este caudillo entró en la Península en son de amigo, ya que eran aliadas Francia y la Madre Patria, contra Inglaterra se proponían las dos castigar a Portugal, aliado de Inglaterra; pero cuando las tropas francesas estuvieron en gran número en España, se quedaron como dominadoras provocando la reacción heroica de los españoles. Estos luchaban como podían y principalmente mediante el sistema de guerrillas, contra los hasta entonces invencibles ejércitos napoleónicos; lograron ganar alguna victoria en batalla campal, como la de Bailén; se hicieron fuertes en algunas ciudades como Gerona y Zaragoza, que defendieron con valentía no conocida en Europa en esos días, y constituyeron juntas provinciales o regionales de defensa contra el “intruso” y “tirano Bonaparte”.
Estas Juntas al fin se reunieron en una, que adoptó el título de Suprema, la, que, acosada por los franceses, se refugió en Sevilla y luego pasó más al Sur, alojándose en la isla, de León, frente a Cádiz; nombró un Consejo de Regencia que gobernaría en ausencia de los reyes, presos en Francia, el que convocó a Cortes, las que se reunieron en Cádiz integradas también por diputados americanos, entre ellos los ecuatorianos Mejía, Olmedo, Matheu y Rocafuerte, descollando admirablemente el primero, como ya veremos y dejando de concurrir el último. En estas Cortes se dejan sentir fuertes influencias liberales y masónicas, que procuran romper el orden tradicional de España, en buena parte con el apoyo de los diputados americanos.

Esta situación caótica de España que dejamos descrita, dio lugar a que en América se formaran también Juntas Patrióticas de defensa semejantes a las españolas, pero que en general constituyeron una mera simulación organizada por americanos independentistas (autonomistas en verdad) quienes, so pretexto de oponerse a las autoridades afrancesadas y a los emisarios que mandó Napoleón, trabajaban por la Independencia, engañando o tratando de engañar doblemente, sea a las autoridades españolas, sea al pueblo, que, generalmente, no sentía el afán de independizarse.

C) Causas internas, externas y -mixtas.
De todas estas causas de la Independencia, que hemos diferenciado en remotas y próximas, podemos hacer una segunda clasificación tripartita: 1º La decadencia del Imperio español, la formación de una personalidad hispanoamericana, la oposición entre criollos y peninsulares, y las dificultades económicas, son factores internos; 2º La influencia inglesa, francesa y yanqui, son causas externas; 3º Los factores doctrinarios o sectarios participan de las dos primeras categorías; son causas externas, porque fueron promovidas desde afuera; y son causas internas, porque se infiltraron en el organismo del Imperio.
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Notas:

[1] Extraído de la obra de Jorge Luna Yepes: “Síntesis histórica y geográfica del Ecuador”, 2ª Edición, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1951, pp. 332-343.
[2] Dr. Jorge Luna Yepes (Quito – 1909) Político y escritor revisionista, autor entre otras obras: “Síntesis Histórica y Geográfica del Ecuador” -2 ed. Quito y Madrid-, “El pensamiento de ARNE”, etc., Fundador de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana, en 1943.



El estilo de la milicia revolucionaria

Comparto  un artículo asombroso por su claridad, su compromiso y su ímpetu en la necesidad de acción. Escrito hace 59 años, exulta la juventud de lo eterno:

El estilo de la milicia revolucionaria (1)

Por Jorge Crespo Toral (2)

 

Solamente quien es capaz de hacer de su propia vida una milicia austera, puede pretender el título de revolucionario y alcanzar el privilegio de ser revolucionario. La Revolución es obra de profundo sacrificio, porque significa el choque de las ideas, los métodos y las realizaciones nuevas con los viejos sistemas asentados por años, décadas o siglos.  Por esto -y es inútil engañarse- la obra transformadora quema las vidas en el trabajo incansable, en la vigilia que agota y no da tregua, en el fracaso sin desaliento.

A nadie le puede ser dado en obsequio el triunfo de sus ideas y sus postulados revolucionarios: es preciso conquistarlo a pecho descubierto, con fiereza, sin contemplaciones. Los cambios esenciales en las costumbres de un pueblo no vienen suavemente: llegan con la rudeza de los cataclismos, tal vez teñidos en el color fecundo de la sangre.

La Revolución no es transigente. Si es necesario cambiarlo todo, porque se lo juzga y porque es viejo y corrompido, no puede contemporizarse con aquello que hay que cambiar. Lo nuevo revolucionario es distinto y contrapuesto con lo caduco y acostumbrado y deberá limpiar ardorosamente el campo para construir desde la base, sin contemplación. Ser intransigente es la primera consigna del revolucionario.

Pero esa intransigencia no solamente, es para el medio ambiente. Es para consigo mismo. No se puede jugar a ser revolucionario, por lo exteriormente atractivo que resulta llamar la atención, despertar interés o admiración en las gentes. Al revolucionario no le importa el concepto de las gentes, si lo es de veras. Le importa la verdad y cómo hacerle a esa verdad los caminos para que llegue y se implante, inclusive en contra de la comodidad o la simpatía de las gentes. El deber no es simpático ni para uno, ni para los demás. Es duro, terrible, impertinente, alegre, trágico y hermoso. Por todo esto apasiona y por todo esto se puede tranquilamente morir por él…

Así, no se Puede ser revolucionario hoy y dejar de serlo mañana. No se puede hacer la tarea en este momento y en este otro vivir en transacción con el medio envejecido. Quien así proceda ni es sincero, ni es contable para la gran batalla de la Revolución. Es imposible ser apóstol con intermitencias, dejar la calidad apostólica en el umbral de ciertas puertas de determinados salones, al filo de algunas circunstancias. Más miserable es el que cree, predica y no practica, que el que ni cree ni practica.

Por esto es que hay que militar constante y austeramente: hay que vivir para la obra que es la única explicación de la vida y hay que vivir con honor. En la tarea se conoce a los hombres y se les podrá calificar de hombres sólo si llegan al final de la lucha con la misma reciedumbre que tuvieron cuando empezaron. Los infelices se quedan en la mitad, abandonan la batalla vencidos por su pequeñez o tentados por las fáciles prebendas.

La generación actual del Ecuador ha sido señalada con el trágico y hermoso signo de la Revolución. Es inútil que alguien de esta generación quiera sustraerse a su llegada inexorable. Y si, es que así es, más vale saber afrontar el destino que nos aguarda, con dignidad y firmeza que temblar cuando llegue la hora que englobará a todos con su clarinada fervorosa y profunda.

Pero es indudable que esa transformación puede ser sólo de dos especies: la que, naciendo de nuestra propia realidad espiritual, social y material, tiende de a levantar a la Patria sobre su propio ser para engrandecerla y libertarla, mediante la unidad, la justicia, la moral y la disciplina con un sano e irrenunciable sentido de libertad; o aquella otra que, llegando de afuera, con el odio por lema, implante un régimen de supuesta Igualdad en el que no haya sino la voz de los que mandan y el silencio brutal de los que obedecen y con la cual se desvirtúe definitivamente nuestro  ser nacional cristiano, hispano-indio, espiritualista.

La hora no es para la insensata despreocupación ni para el placer irresponsable. Todo clama en nuestro derredor por una transformación integralista. Y todo exige de nosotros visión para ser los adelantados de esa Revolución, formándonos en la milicia austera del sacrificio, del trabajo incansable, de la sobriedad de vida. Como creemos en un ideal, no seamos miserables: Prediquémoslo con la palabra, pero prediquémoslo sobre todo con la práctica intransigente, diaria, sin desalientos ni reposos.

(El resaltado es mío F.M.N.P.)

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(1) Aparecido en “COMBATE”, diario y órgano de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana – ARNE; lunes 17 de Agosto de 1953.

(2) El Dr. Jorge Crespo Toral fue Jefe Nacional de ARNE, candidato por este movimiento a la presidencia nacional en 1968, abogado afamado y hombre de integridad en la militancia nacionalista y revolucionaria por más de seis décadas.



INDO-HISPANIA

INDO-HISPANIA

 

Por Wilfredo Loor M.[1]

 

Todas las naciones indo-hispanas están unidas por los vínculos del idioma,  raza, cultura, religión profesada por la mayoría del pueblo; idéntico afán de la conquista que impulsó al español a llevar la paz de Cristo, como él la entendía, a todas partes, desbrozando primero de abrojos el terreno con la punta de la espada para que detrás siguiese el misionero sembrando en las almas la buena doctrina; igual y brava resistencia de los pueblos indígenas, con caudillos como Quoactemoc en México, Rimuñahui en Quito, Caupolicán en Chile, que defienden palmo a palmo su independencia, combate tras combate, sin esperanza de una victoria definitiva, pero luchando siempre hasta el último instante y sin doblegar su espíritu ni ante el tormento: historia común de tres siglos de coloniaje en que se expande el alma por las regiones del arte con mirajes de eternidad: y en fin amor por la libertad que estalla al comenzar el siglo XIX, libertad que en su cuna fue española y fue cristiana, pero que en lo político la falsificó el filosofismo y en lo económico la aprovecharon los grandes explotadores internacionales.

 

NOS ENVENENARON

 

De México a la Tierra del Fuego, y aún en la Antártida donde clavan su pabellón Argentina y Chile, e incluyendo a Brasil que habla un dialecto español, hay mayor unidad que en cualquiera de las grandes naciones modernas. Inglaterra, Francia, Alemania e Italia, formada por pueblos de diverso origen, costumbres y lenguaje dialectal, en los que se ha buscado el vínculo común para unirlos en la última etapa histórica. Hay mayor unidad en las veinte naciones de América Latina, que en el mismo pueblo  de Estados Unidos. ¿Por qué entonces, estos han encontrando el vínculo político, económico y social que los une y nosotros hemos sembrado de odio todos los campos de nuestra carne y de nuestro espíritu, para saber menos de San Martín o de O’Higgins, de Hidalgo, de Morelos o de Martí, que de Washington o Frankiln? ¿No será que nuestros adversarios para destruirnos, nos envenenaron con falsos conceptos de libertad, democracia, independencia, palabras flexibles que se prestan a todas las interpretaciones, que cada cual las entendió como pudo y nos lanzó a la lucha fraticida, sobre ríos de sangre y montaña de incomprensiones hasta colocarnos en una dolorosa esclavitud económica y social, de rodillas ante los grandes pueblos o ante los grandes consorcios o trusts internacionales?

 

El ideal de los próceres de una América unida en que soñaron Bolívar en la Conferencia de Panamá, San Martín y O’Higgins en el abrazo de Maipú; ese ideal que hizo de Rocafuerte nacido en Guayaquil ciudadano de México, se ha esfumado en los rencores y venganzas entre hermanos, en más de una centuria en que hemos vivido peleando sin visión del porvenir, con la sangre en las rodillas, el estómago vacío  de pan y la cabeza vacía de los grandes ideales políticos, ciegos ante nuestra propia grandeza, denigrando lo que es nuestro y admirando lo ajeno, en un insensato afán de imitar a otros pueblos.

 

QUE COMIENCE LA RESISTENCIA

 

El filosofismo que nació en Francia, la masonería que se la utilizó en Inglaterra para el dominio de los mares, dominio que hoy ha pasado a otro pueblo, el protestantismo que vino a Europa con Lutero en Alemania han destruido ya bastante nuestra personalidad hasta convertirnos por el alma en algo que nuestros padres no reconocerían como pertenecientes a la hispanidad. Es tiempo de que comience ya la resistencia. De que volvamos a encontrar los que hemos perdido: nuestro espíritu, nuestra alma, nuestro propio yo, el caballero andante que vive en el Quijote y el hombre práctico que habla en Sancho. Hasta para ser anticatólico hay que serlo a los hispano, como ese terrible demonio de los Andes, tan magistralmente descrito por Palma, alegre, hidalgo y valiente hasta el momento de entregar su cabeza al verdugo.

Si no comienza la resistencia, la destrucción seguirá adelante, continuaremos atomizándonos más y más, y un día en un lenguaje que no es el de Cervantes y el de la Santa Doctora de Ávila se dirá: por aquí paso un pueblo enfermo de libertad, democracia y anarquía.

La primera en reaccionar debe ser cierta prensa, abierta a los intereses de los extranjeros y cerrada a los intereses de los nacionales; que bate palmas ante la explotación del hombre por el dinero y se asusta ante los brotes nacionalistas que conducen a los pueblos al reclamo de sus legítimos derechos. Esa prensa llama democracia a la explotación de las naciones y de las masas populares por trusts de adinerados y bautiza con el nombre de enfermedad de totalitarismo o de internacional negra a los brotes de rebeldía para ser política y económicamente libres, al deseo de que las naciones indo-hispanas no pierdan su soberanía, no se humillen ante un poquito de dinero dado a interés usurario que los cerrará el camino hacia un futuro pletórico de esperanzas.

DEBE BUSCARSE

 

Hispano América debe buscarse de nuevo a sí mismo y debe unirse, porque solo en la unión ocupará en el mundo el puesto que le corresponde. (…)

 

Aparecido en “COMBATE”, diario-órgano de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana – ARNE, Quito, Viernes 20 de Febrero de 1953.

(Nota: No necesariamente comparto la totalidad de lo expresado en el artículo. F.M.N.P) 


[1] Historiador –miembro de la Academia Nacional de Historia-, escritor, biógrafo y jurisconsulto ecuatoriano -Ministro de las Cortes de Justicia de Guayaquil y Quito, y Presidente de la Honorable Corte Superior de Guayaquil; asistió como Senador al Congreso de la República que se reunió de 1948 a 1950- nacido en Calceta (Provincia de Manabí).



LA DISPERSIÓN DE HISPANOAMÉRICA

Hispanoamérica por dentro

LA DISPERSIÓN DE HISPANOAMÉRICA

Por Jorge Luna Yepes

(Vértice)

Aparecido en “COMBATE”, diario-órgano de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana -ARNE,

Quito, Marzo de 1953.

Hispanoamérica vive la dispersión, desde el rompimiento histórico con la metrópoli.

Un ironista llamó a estos pueblos, “los Estados desunidos del Sur”, basado en esta dispersión, fruto de la falta de solidaridad entre sus componentes.

Mientras otros países han tratado de unirse, unificando sus leyes, sus tradiciones, su idioma, Hispanoamérica ha ido en busca de elementos de desunión, creando situaciones ficticias, distrayendo la atención hacia objetivos diversos de los fines auténticos de su historia.

Los esfuerzos por logar la unidad han sido vanos.

Un siglo de historia ha servido para resquebrajar la geografía y poner la venda en los ojos de todos.

Los próceres lucharon denodadamente por conseguirla y sólo pudieron acelerar la acción desintegradota de las nacientes ambiciones de los nacientes partidos.

El pasado y el porvenir de Hispanoamérica han estado en manos de los antagonismos artificiales sostenidos por los interese extranjerizantes y usureros.

Hispanoamérica ha sido una de las víctimas propiciatorias de la usura internacional, del colonialismo sin bandera.

Sus fuentes de unidad han recibido los golpes repetidos, incesantes, de la intriga sistemática, el ataque atentatorio de su soberanía.

Sin planes concretos, sin esfuerzo coordinado entre sus defensores, presenta el panorama lleno de desolación y escepticismo.

Hispanoamérica ha vivido de espaldas a su historia. Ha buscado su inspiración en realidades extrañas, desconociendo sus orígenes reales.

No ha faltado la voz solitaria de señalamiento de los problemas que confronta, pero se ha ahogado al ser arrastrada por corrientes que trataban de desconocer su peculiar fisonomía.

La dispersión hispanoamericana ha invadido todos los campos, o mejor dicho la invención de todos los campos ha originado su dispersión.

Los últimos resortes humanos, las últimas vinculaciones espirituales, últimas no por su valor sino por jerarquía suprema, han cedido el paso a nuevas y audaces expresiones.

Una encrucijada llena de incógnitas y revelaciones encierra lecciones para su futuro.

La exigencia es, por tanto, de retornar hacia la unidad  fortalecedora, hacia la unidad salvadora.

Esta es la antítesis de su dispersión.

(Nota: No necesariamente comparto la totalidad de lo expresado en el artículo. F.M.N.P)



LAS PIEDRAS LABRADAS

Hispanoamérica por dentro

LAS PIEDRAS LABRADAS

Por Jorge Luna Yepes

(Vértice)

Aparecido en “COMBATE”, diario-órgano de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana -ARNE,

Quito, Marzo de 1953.

Vista de la nave central de la catedral Primada de América (1521-1541). Santo Domingo – República Dominicana

En frase profunda y esperanzada un escritor contemporáneo, con unción llena de vida, el acto de fe en las obras inmortales de su estirpe: “Creo en la virtud de las piedras labradas, y en que el espíritu que las talló vuelve a infundirse en el país de sus canteros, escultores y maestros de obras, si no ha perdido totalmente la facultad de merecerlo”.

Es acto de fe profunda en las piedras labradas, que es como decir en la espiritualización de la materia, equivale a defender la perdurabilidad de la cultura y de las instituciones a través de las manifestaciones superiores del arte, de un arte transplantado para poner las bases humanas de la conquista organizadora de costumbres, como Grecia en los períodos de su generoso esplendor, cuando las lanzas de sus conquistadores llegaron a las tierras ubérrimas del Oriente.

Hernán Cortés y Pizarro y Sebastián de Benalcázar y Ercilla y Orellana, y tantos otros nombres que la historia nos recuerda, verdaderos césares de nuestra edad, buscaron la perpetuación de sus hazañas en la mente acogedora de los artistas que a cada paso iban imprimiendo su sello de su paternidad.

Las tierras de Hispanoamérica, renovadas por la ágil interpretación del arte meridional europeo, liberadas de la pesadez fetichista de los Incas, encuentran nuevos cauces para el desahogo de su personalidad.

Las “piedras labradas” son las bases para la unificación del pensamiento de Hispanoamérica.

El arte de México como el arte de Quito, con sus iglesias y sus cuadros llenos de plasticidad espectral, constituyen el lazo de claridad y serenidad entre la conquista y el derecho.

Cuando existen términos de comparación conciliadora en los terrenos del arte es fácil simplificar las relaciones entre los individuos y las naciones.

Su poder de convicción invade el campo de la mente y el corazón y prepara el camino para el entendimiento mutuo.

Esto es lo que ha sucedido en Hispanoamérica.

El barroco meridional, con su claridad mediterránea, transplantado al continente americano es hoy símbolo vinculador entre todos los países que tuvieron y tienen una historia común.

Es la elocuencia de las piedras labradas que nos ‘hablan con el lenguaje amigo de nuestra identidad en la materia y en el espíritu’.

Las piedras labradas son la vigencia real de nuestra posición de avanzada victoriosa en perenne vigilancia ante los ataques contra la solvencia moral de nuestros pueblos.

El arte como manifestación espiritual, como manifestación sublimadora de nuestras aspiraciones es hoy signo de nuestro reconocimiento, de nuestra comprensión recíproca.

Es el acto de fe “en la virtud de las piedras labradas”.

(Nota: No necesariamente comparto la totalidad de lo expresado en el artículo. F.M.N.P)