coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


QUITO FUE ESPAÑA: HISTORIA DEL REALISMO CRIOLLO

portada

Y si la Verdad existe no me cansaré de buscarla y no, no me cansaré de que me busque. Ya estuvo bien de «apología del nazismo», ahora se viene «apología del colonialismo» (Ontiveros ya se me adelantó a  la Apología de la Barbarie), incorreción política y corrección histórica revisada, corregida y aumentada. Si me odian y persiguen, que lo hagan de una buena vez y con todas sus fuerzas, aun cuando yo los ame a todos y a cada uno de ustedes. Y aunque ni todo lo escrito ni por escribir jamás se podría equiparar en ninguna forma a una sola de nuestras vidas sagradas, ésta no va por mí, ésta va por usted, señor Diego López Márquez, va por lo que somos, va por mi palabra dada a usted de concluir esta obra, va por su hermosa vida y gratísima memoria, impulso y exclusiva razón vital para concluir ésta y todas mis acciones de ahora en más. Si con el anterior se estremecieron dos Estados, que con QUITO FUE ESPAÑA: HISTORIA DEL REALISMO CRIOLLO se estremezca todo el continente hasta sus cimientos. Sólo me detendrá la muerte.

Se los dejo para siempre, para vos, para usted señor Diego, para ustedes, para los nuestros.

Pero el amor es más fuerte.

¡Santiago y cierra, España!

La presentación del libro se anunciará públicamente en las próximas semanas en esta bitácora.

Simplemente Francisco

San Francisco de Quito y 15 de marzo de 2016.

QUITO FUE ESPAÑA:

HISTORIA DEL REALISMO CRIOLLO

¿La Independencia liberó a los pueblos de sus opresores? ¿Cómo explicarse que la llamada Guerra de Independencia haya durado más de 15 años en la América del Sur? ¿Cómo explicarse que nuestra región, llamada en nuestros días América latina, sea la más involucionada del mundo tan sólo después de África? ¿Cuáles son las causas de todo esto?

Es en el período que ha sido denominado como Independencia, cuando se conforman los actuales Estados-nación de la América hispana o mejor dicho, de la España americana, por la acción de un puñado de hombres sedientos de más poder y riqueza de los que ya gozaban y bajo los intereses británicos de división y dominación de nuestro continente, es entonces cuando podemos encontrar estas respuestas. Allí podremos encontrar la raíz de las dolencias que nos aquejan hasta el día de hoy. La acumulación desequilibrada de la riqueza y de la tenencia de la tierra, el estancamiento en una fase agraria de nuestros países y sociedades, la nunca realizada revolución industrial y la ausencia de desarrollo cultural, político, económico y hasta científico-técnico encuentran su explicación en el período de la independencia y lo que ocurrió en las décadas inmediatamente siguientes producto exclusivo de esta etapa.

Que la Independencia o las independencias hayan liberado a los pueblos de sus opresores es una falacia absoluta que no se sostiene en investigaciones históricas sino en la mitología e ideología oficiales que sirvieron y sirven para justificar la existencia de las repúblicas americanas, medios de explotación del colonialismo financiero internacional.

¿Quiénes eran y son los opresores y cuáles los oprimidos?

Una evidencia de lo sucedido es que la Guerra de la Independencia en América del Sur, duró más de 15 años, casi el triple de tiempo que la Segunda Guerra Mundial, y eso considerando la convicción y tenacidad de los alemanes. ¿Cómo y por qué se extendió tanto un conflicto donde se ha supuesto que la mayoría de la población nativa: criollos, mestizos, indios, negros, mulatos y demás castas, se encontraba a rajatabla a favor de la separación, de la independencia?  

Las últimas guerrillas realistas durante la independencia en rendirse fueron: 1839, capitulación de las guerrillas realistas indias del Perú. 1845, rendición y exterminio de las guerrillas negras, pardas y mulatas dirigidas por un indio en Venezuela. 1861, derrota de los últimos reductos realistas de Sudamérica en la región india de Araucanía al sur de Chile -nunca incorporada al Estado Hispánico, curiosamente-. Es más que notable que los últimos reductos realistas en América del Sur hayan sido sostenidos y defendidos por personas de los grupos humanos que supuestamente habían sufrido el saqueo de cientos de años.

Nuestra historia oficial, difundida mediante la educación formal confunde y divide a propósito a los ecuatorianos, facilitando de esta forma su control y sometimiento mental. La futilidad de la historiografía oficial contiene contradicciones insalvables que afectan a las psiquis de quienes la conocen, contradicciones que sólo pueden considerarse salidas de mentalidades esquizofrénicas o mal intencionadas, o producto de ambas. ¿Cómo entender que los Incas pasan de ser genocidas y brutales invasores extranjeros que sometieron al épico y rebelde pueblo caranqui quitu-cara, verdadero núcleo de la nacionalidad moderna ecuatoriana -concepto europeo éste, por cierto- en episodios como Yahuarcocha cerca de 1520 y que esos mismos incas en 1534 sean heroicos resistentes a la invasión colonial española, entregando su vida por el núcleo de la nacionalidad moderna al cual anteriormente habían arrasado? ¿O cómo explicar que los libertadores son en 1822 padres de la patria, colosos y redentores nacionales a los cuales les debemos homenaje y tributo eterno, sin quienes seguiríamos en el oscurantismo y la explotación colonial y que los mismos libertadores para 1830 sean militaristas extranjeros, tiránicos usurpadores de la soberanía nacional, causantes de la postración de la república? ¿Cómo asumir los hechos de  que la «generosidad del apoyo británico a la Independencia» se transforme casi de inmediato en medio de dominación a través de la  Deuda Inglesa en la época republicana o cómo se puede considerar a la independencia como un hecho puramente local latinoamericano con la determinante actuación de las potencias internacionales sobre el continente en ese período?  No, estas contradicciones no son producto del azar o de la casualidad, son el resultado del interesado criterio de quienes escribieron la historia para beneficio propio y perjuicio de todos los demás.

Psicopatología sería más propiamente lo que aconteció  y acontece con aquellos individuos que sufren de auto-odio, de hecho el criollo, el mestizo, el indio hispanoamericano reniega de todas sus raíces, quisiera ser inglés o estadounidense o francés o italiano o lo que sea, menos ser ellos mismos, menos ser hispano-indios.

Siempre será más fácil asumir la posición alienante de víctima,  echándoles la culpa a monarcas muertos hace siglos de nuestros problemas y males, antes que asumir nuestra responsabilidad en nuestro momento actual como beneficiarios de nuestra propia herencia bio-psico-histórica, finalmente el destino de nuestros países es el que nosotros lo labremos con nuestras propias manos de ahora en adelante. Vivimos permanentemente engañando y engañándonos, sin querer asumir nuestra responsabilidad.

El criollo hispanoamericano trata de hacerse pasar por indio cuando no lo es como un medio cómodo de cortar la dependencia, tanto en lo que se refiere a Europa como a Estados Unidos. El indigenismo es una forma de facilismo ideológico.

La fijación con la figura del padre, desde la mitificada y mitificadora independencia que se constituyó en una revuelta en contra de la imagen paterna simbolizada y representada por la Monarquía, dejando vacío después ese espacio en el inconsciente colectivo, dejando un país huérfano; hasta nuestro momento actual donde los destinos del país están en manos de un hombre profundamente marcado por la relación de conflicto con su padre, también huérfano.

No deja de ser llamativo que si bien la sociedad ecuatoriana es profundamente matriarcal –con las debidas excepciones-; nótese por ejemplo las diferencias entre la celebración del Día de la Madre con el Día del Padre; por otro lado produce hombres dependientes de esa relación con el matriarcado –mamitis aguda, de quienes remplazan a su madre por su esposa, por ejemplo- y de profundo rechazo al padre, lo que da la pauta para su comportamiento social y público. Imponiéndose así, implícitamente, moral de mujer al hombre. Hasta para insultar se lo hace con una de las denominaciones vulgares del aparato reproductor masculino: ¡Esto o aquello «vale verga»! Nadie dice ¡Esto o aquello vale vagina! Yo por mi parte no insulto al pene, al pene hispánico dador de nuestra propia existencia,  quizás la mayor responsabilidad de esto es justamente la de los padres que no han hecho valer su presencia como corresponde. 

La Monarquía Universal Hispánica no era un sistema perfecto, evidentemente no lo era, como no lo es toda creación humana. Donde está el hombre está el error, sin embargo, la misma reconoció su falibilidad y se fundó sobre bases de realismo socio-político que le permitieron mantenerse coherentemente en el espacio y el tiempo, a diferencia de las repúblicas que le sucedieron endeblemente mantenidas en sucesión infinita de ilusorias constituciones de papel higiénico, guerras civiles, revoluciones de cuarto de hora, golpes de Estado y fraudes electorales. La Monarquía Hispánica, se consolidó en su época como la estructura política más importante que haya existido hasta ahora en los últimos cinco siglos a nivel mundial, sostén de multiplicidad  de etnias y matriz de diferentes pueblos, fue demolida desde adentro en un plan excelentemente orquestado por la plutocracia apátrida residente en ambos lados del océano Atlántico y los eternos enemigos extranjeros que ha tenido España. La mal llamada independencia no consistió meramente en la separación de Quito de la Península y del resto de América, sino que cortó de cuajo el enorme y complejo sistema social, político y económico de la Monarquía Hispánica, que a pesar de sus numerosos defectos y múlitples errores funcionaba convenientemente para su integrantes. Una unidad, un sistema y una estructura política de alcance mundial que como la Monarquía Hispánica había demostrado durante siglos, ser real, siendo capaz de integrar nacionalidades antagónicas, tensiones sociales e intereses económicos dispares; a menudo conflictivos. Donde los estamentos superiores de América formaban parte integral de la élite imperial de la Monarquía, donde las necesidades de los más humildes eran reconocidas, protegidas y aún facilitando su promoción e integración. Enlaces familiares, logros políticos y económicos, pero sobre todo una unidad de destino, fines comunes y compartidos, así como relaciones de todo tipo, desde lo cultural a lo científico, sustentaban el tejido de la Monarquía Hispánica, en la cual cada reino y provincia integrante ya fuera en Europa, África, América o Asia, aportaba su singularidad particular incrementando un rico acervo común de forma orgánica, complementándose los unos con los otros, logrando así consolidarse como el primer poder verdaderamente global de la Tierra en toda su historia. Basada en su unidad, la Monarquía Hispánica, de la cual Quito formaba parte integral y por la cual lucharon y murieron denodada y heroicamente sus hijos criollos regando con su noble sangre la tierra que hoy pisamos, y Quito en correspondencia con su identidad imperial, obtuvo y mantuvo su participación efectiva y suprema en la política y la economía mundial, siendo, como parte de la Monarquía, no solo respetada sino temida y aún reverenciada en todo el orbe. Se trata de un intrincado tejido que servía de ancla a la Monarquía, que iban creciendo conforme lo hacía su población y su economía, proveyendo un espacio integrador común, político y económico capaz de dar respuesta efectiva a cualquier disquisición partidista surgida en su interior, contendiendo a las presiones externas y permitiendo de esta forma que el complejo equilibrio de poderes funcionara razonablemente bien de forma sostenida durante tanto tiempo y espacio.

Canonizados si no sacralizados, los llamados libertadores, autores de este ignominia desastrosa denominada independencia, no son objeto de crítica o de estudio, sino de idolatría y culto por parte de la oligarquía académica –aunque, evidentemente, no toda la academia forme parte de esa-, sustentadora de la oligarquía socio-política-económica, que no permite sacrilegio alguno de sus figuras y acciones; esa misma oligarquía académica dueña o usufructuaria de escuelas, colegios, universidades e instituciones educativas y culturales públicas y privadas, la cual impone su visión unilateral, totalitaria y dogmática de los hechos históricos a diestra y siniestra, la cual borró a la Monarquía Universal Hispánica de sus registros después de la independencia, que sólo enseña de la Conquista y la Independencia pero se engulle tres siglos de historia conjunta entre América y Europa, que construye cárceles mentales donde se obliga a reverenciar a ídolos de barro para su propio mantenimiento y conveniencia, y que además pretende ejercer una inquisición del silencio y una policía del pensamiento para vigilar y aún castigar las herejías y traiciones que pudieran afectar a la estructura de engaño, expoliación, fraude y estafa establecida y mantenida desde hace dos siglos en nuestro país y en nuestro continente, por sobre quienes se atreven y nos atrevemos a pensar, a investigar y a buscar la verdad por nosotros mismos.

¿Cómo, entonces, se ha escrito sobre la independencia de Quito? Pues, a base de corrección política, liberalismo político, marxismo clásico y cultural, fetichismo constitucional kelseniano, relativismo conceptual y semántico, anacronismos ideológicos y chauvinistas típicos -ni hablar de los jurídico-políticos, V.g., la visión lineal de su interpretación-, como llamar colonias a los territorios de los Reinos de las Indias, o llamar ecuatorianos a personas que nacieron y murieron antes de que el Ecuador siquiera existiera, o llamar naciones a las culturas prehispánicas que nunca fueron tales. Repitiendo las fórmulas clásicas de los historiadores patrioteros, citando refritos como de costumbre (casi queriendo citar al Terruño). Publicando los mismos documentos de siempre. Desconociendo de historia social, de relaciones internacionales, de geopolítica, de historia de las ideas, así como de genealogía y nobiliaria. Y, por supuesto, repitiendo con el lirismo acostumbrado hasta el cansancio que Quito era más independentista que la independencia y más libertario que la libertad… Queriendo incinerar en la neo-inquisición democrática lo que no comulga con la pretendida lógica de las ideas bolivarianas-alfaristas-liberales-neoizquierdistas (así de largo, contradictorio y absurdo es este pensamiento, consecuente nada más con el proceso de decadencia moderno). Lo ha dicho Pablo Andrés Brborich refiriéndose a la severidad de la verdad: «Qué mayor seriedad que la verdad.»

Latinoamérica, que no la América Hispánica, es invulnerable al desaliento. No importa cuántas veces fracase nuestro sistema político republicano basado en irrealidades desde hace dos siglos, lo seguimos intentando. Aunque no se concrete y no se vea posibilidades de concretarse ineludiblemente, siempre deberá realizarse a futuro, aun cuando nos hayamos dado con la misma piedra en los dientes diez mil veces. Una bella ucronía, casi tan bella como la del socialismo científico soviético que nunca llega a concretarse, pero que como género literario es envidiable. Nosotros los latinoamericanos conocemos el mejor sistema de gobierno que jamás se haya querido experimentar, aunque siempre quede en experimento. El hecho de que hasta ahora no se haya llevado acabo, es la más patente prueba de que se lo llevará más adelante y así hasta la eternidad. Hoy no hay república, mañana sí. ¡Volvamos mañana, pues!

La epopeya realista criolla americana con sus tintes terribles, con sus ribetes desoladores, con sus luces enceguecedoras y sus sombras pasmosas; con los cientos de miles de muertos, de masacrados, de fusilados, de azotados y humillados públicamente, de condenados al ostracismo sin regreso, muriendo lejos de sus lares, separados para siempre de sus familias y los suyos, despojados de sus bienes, perseguidos hasta la infamia; muestran que esta tierra, que esta América, parió hombres y mujeres bien paridos a la altura de los principios universales imperecederos por los que dieron y antepusieron todo, hasta su último aliento, hasta su propia vida.

Ahora que sentimos que no podemos seguir más debido a que toda nuestra esperanza se ha ido. Ahora que nuestras vidas se han llenado de confusión, cuando la felicidad es sólo una ilusión, mientras el mundo a nuestro alrededor está desmoronado. Ahora que todo está patas arriba, ahora cuando los doctores destruyen la salud, los abogados destruyen la justicia, las universidades destruyen el conocimiento, los gobiernos destruyen la libertad, los medios destruye la información y las religiones destruyen la espiritualidad.  Ahora cuando ya no tenemos en qué asirnos, cuando todavía nos encontramos en pie en medio de las ruinas, esos muertos, nuestros muertos, esos coterráneos nuestros, nos extienden la mano desde la eternidad para reconfortarnos, para mandarnos, para decirnos que su hermosa tragedia nos brinda la esperanza de volver a encontrarnos, de volver a ser nosotros mismos.

Para como dijera ese gigante mexicano, Octavio Paz, ante otra España desangrada más de un siglo después:

«Su recuerdo no me abandona. Quien ha visto la Esperanza, no la olvida. La busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres. Y sueña que un día va a encontrarla de nuevo, no sabe dónde, acaso entre los suyos. En cada hombre late la posibilidad de ser o más exactamente, de volver a ser otro hombre.»

El autor.



LA LEGIÓN BRITÁNICA, ASOLADA POR LOS INDIOS GUAJIROS

LA LEGIÓN BRITÁNICA, ASOLADA POR LOS INDIOS GUAJIROS

Francisco_Burdett_O'Connor

Francis Burdett O’ Connor

Francis Burdett O’ Connor, veterano de las llamadas guerras de independencia de América del Sur, de la orden de libertadores de Venezuela, Cundinamarca y el Perú; Coronel de los ejércitos de Colombia, General de Brigada de los del Perú y General de División de los de Bolivia, quien fuera un destacado militar irlandés de la Legión Británica al servicio de Bolívar; en sus “Recuerdos” (Tarija-Bolivia, Imprenta de “La Estrella”, 1895, capítulo II, págs. 13-18 y 28) testimonia la tenaz resistencia de los indios guajiros realistas contra su cuerpo militar que tuvo que soportar ser desolado y derrotado por estos apenas arribados a territorios del norte de las actuales Venezuela y Colombia a inicios de 1820:


“Pocos días tuvimos de descanso en Río-Hacha; pero se aprovechó el tiempo en la instrucción de la tropa.

Aquí supimos que se destinaba la legión para el interior y debíamos incorporarnos con una División del ejército libertador, que mandaba el capitán general don Rafael Urdaneta.

Teníamos, pues, que transitar por el territorio de los indios Guajiros, que habitaban sobre la Costa Firme, desde Río-Hacha hacia Maracaibo; indios muy valientes y enteramente decididos por la causa del rey de España, y que tenían todos ellos buenas armas y municiones, que conseguían en cambio del oro que producía su rico territorio.

[…]

Á principio de Marzo (1820), emprendimos la marcha desde Río-Hacha, con el cuerpo de lanceros á pie, dispuestos estos en seis compañías, el batallón ligero de “Cundinamarca” y la compañía de tiradores, esta última al mando del teniente coronel O’Lalor. El batallón iba á las órdenes del mayor Ruud, y yo iba mandando lanceros, siendo siempre el coronel Aylmer el comandante general dela legión, el coronel Jackson jefe del Estado Mayor y todos conducidos por el coronel Mariano Montilla.

La fuerza era pequeña, pues solamente de mis lanceros, que al desembarcar en Margarita era n 800, al salir de Río-Hacha llegaban apenas á 261.

Los otros cuerpos sufrieron iguales pérdidas.

Llevábamos á la vanguardia una partida de ingenieros alemanes. Nuestro camino era entre espesos bosques, hallando de distancia en distancia pueblitos de indios, todos realistas.

El primer pueblo que encontramos fu é el de Moreno, y en seguida otro de mayor extensión, Fonseca, ocupado por jefes españoles. Aquí se nos hizo resistencia de todas las ventanas de las casas y por todas las calles de la entrada hasta la plaza nos hacían un fuego sostenido, pero que felizmente no nos causó mucha pérdida.

Se acuarteló la tropa. El enemigo fugó por la retaguardia de las casas y se dirigió á los bosques, adonde no se le persiguió ya.

Al pasar lista faltaba toda la partida de ingenieros.

Como éstos llevaban la vanguardia, entraban al pueblo por un camino distinto del que seguía la tropa, cayeron en una emboscada, y cuando se mandó desde la plaza un piquete á buscarlos, se halló que ninguno había escapado, encontrándose los cuerpos de todos ellos horriblemente descuartizados y mutilados.

La guerra era á muerte, y no se tomaba prisioneros ni de una ni de otra parte.

Al día siguiente continuamos la marcha, y llegamos á otro pueblo, llamad o San Juan, en donde encontramos una resistencia mayor que la que se nos hizo al entrar en Fonseca.

Al penetrar por la calle principal, nos hacían fuego de las ventanas; mi caballo cayó de bruces: lo levanté por la rienda, pero muy apenas pude hacerlo llegar hasta la plaza.

Los enemigos abandonaron las casas, y pasaron el río, internándose en los bosques vecinos.

[…]

La travesía por el territorio de los indios Guajiros era muy penosa.

Al pasar lista, después de llegar á una jornada, siempre faltaban soldados, rezagados por la sed; pues no se encontraba agua en el intermedio de una paseana á otra; se mandaban partidas á recogerlos, pero jamás se trajo á ninguno de estos pobres rezagados; los que iban á buscarlos los hallaban en los caminos asesinados y mutilados del modo más horrible.

[…]

Seguimos la marcha haciendo jornadas cortas en pueblecillos de indios bárbaros, siempre hostilizados, y por haciendas de españoles que cultivaban caña de azúcar, hasta llegar á la ciudad del Valle de Upar, la que encontramos sin un solo habitante, pues todos ellos se habían refugiado en los bosques inmediatos.

Allí se acuarteló la división y nos dedicamos tarde y mañana á la instrucción de la tropa en la plaza.

Á los pocos días después de nuestra llegada á dicha ciudad, el general Montilla tuvo noticia de que los enemigos estaban concentrándose en un lugar cercano, llamado Molinos. Con tal motivo se emprendió una marcha al día siguiente en esa dirección, pero no se encontró sino algunas emboscadas de indios, por lo que nos regresamos.

Llegamos á la ciudad y recibimos este parte: había sido sorprendida en el pueblo de Moreno, cerca de Río-Hacha, una partida de nuestra división que venía á incorporarse trayendo algunas altas del hospital. Los indios habían quemado las casitas en que se alojaron y dormían aquella noche, y aun cuando se hizo toda resistencia posible, la partida quedó destruida. El capitán de Lanceros Murray fué casi decapitado, y en ese miserable estado pudo regresar á Río-Hacha.”

Después menciona que al llegar a San Carlos de la Fundación, tomaron por prisionero “al Vicario General del general español Morillo, por nombre Brillabrilla, á quien después de tomarle declaración”, lo mandó a Cartagena. Y señala que “entre los papeles tomados al Vicario General señor Brillbilla se encontró un cuadernito en que se hallaban los nombres de todos los indios guajiros que él había bautizado, siendo el padrino el rey Carlos IV, cuaderno que hasta hoy conservo en mi poder.”

Cada vez más comprobamos que la resistencia de los indios contra la “independencia” y su fidelidad a la Monarquía Hispana era un fenómeno generalizado que atravesaba el continente de Norte a Sur y de Este a Oeste.



CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA

CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA

Por Jorge Luna Yepes

A propósito de conmemorarse el 24 de Mayo la Batalla del Pichincha:

Como en todo hecho trascendental, debemos distinguir las causas remotas, profundas, y las que son inmediatas, más o menos circunstanciales. Hay dos causas remotas, evidentes: la decadencia de España y la formación de una personalidad hispanoamericana diversa de la hispanopeninsular.

Entre las causas inmediatas debemos considerar principalmente: 1ª El influjo de la independencia de los Estados Unidos; 2ª El de la Revolución francesa; 3ª De las ideas revolucionarias liberales que presidieron estos dos movimientos; 4ª El afán inglés de acabar definitivamente con el Imperio español; 5ª La labor de la masonería; 6ª La situación crítica que sobreviene a España por la invasión napoleónica; 7ª Resentimientos personales, y 8ª Limitaciones económicas.

A) Causas remotas
La decadencia de España obedece a un proceso de biología política de explicación sencilla. Esta nación hace un esfuerzo extraordinario durante dos siglos (fines del XV a principios del XVII), en los que combate en todos los puntos de la tierra: en África y en Flandes, en América y en Oceanía en Asia, y en los océanos; y combate contra moros y contra herejes protestantes; contra turcos y contra ingleses, contra franceses y flamencos; y al mismo tiempo envía a millares de sus hijos a que creen nuevos mundos en las tierras salvajes que devoran a los que se aventuran por ellas. Este esfuerzo continuado, creador y gigantesco, le desgasta; y sus rivales, que unidos resultan más poderosos, valiéndose de toda clase de medios, al fin le vencen. España exhausta vive de su gloria, pero deja de empuñar el cetro de Occidente, el que pasa a Francia e Inglaterra. Con su vitalidad disminuida, no tiene: fuerza suficiente ni para presidir de manera eficaz la vida del Imperio, que comienza a resquebrajarse, ni para mantener una política independiente que obedezca a su espíritu, a su misión histórica y a sus intereses, y cae en la órbita de sus antiguos rivales, cuyos fines sirve.

No sólo hay despoblación catastrófica, sino también decadencia espiritual. Si en tiempo de los Reyes Católicos contaba España con unos diez millones de habitantes, al cabo de un siglo, después de la muerte de Felipe II, no tenía más de cinco; lejos de duplicarse, se había reducido a la mitad. Concomitantemente se había ido perdiendo, a manera de evaporación, la afirmación eficaz de los propios valores y el propio destino. España ya, no era ni se sentía eje de Occidente; había pasado a ser accesoria, segundona, pronta a imitar a sus antiguas rivales, disminuida de personalidad.

Entonces las novedades francesas e inglesas se procuran copiar al pie de la letra, sea en la superficialidad de los vestidos, sea en la brillantez de las ideas enciclopedistas, sea en la misteriosa introducción de las logias masónicas. Se había empequeñecido en todo sentido; y ni siquiera, en el afán de imitación, había logrado subir al coche de la técnica en que se habían embarcado sus competidoras.

Ya se comprende que así no podía dar vitalidad a las grandes extremidades del Imperio. La falta de fe en sí de la cabeza misma, contagia a los demás. Muchas veces sin explicarse, subconscientemente, criollos y mestizos, aun honrándose de pertenecer a España, sentirían enfriamiento, alejamiento, desconfianza. La vida iba muriendo en las articulaciones imperiales. Y un proceso semejante presenciamos ahora en los países europeos que desangraron física y espiritualmente al español.

Por esa mecánica que existe en los acontecimientos sociales, correlativamente con la, decadencia española iba fortaleciéndose el organismo de las colonias. Se había formado un nuevo tipo racial, un nuevo tipo humano, que más que mestizaje sanguíneo lo tenía psíquico. Era el fenómeno que estudiamos al hablar concretamente del mestizaje; era la influencia de un medio diverso en el hombre europeo.

A cada persona humana corresponde una personalidad, un modo se ser; a los hispanoamericanos correspondía una personalidad que no era, la de los hispanopeninsulares; consecuentemente, las entidades regionales de Hispanoamérica que habrían de dar origen a los actuales Estados, tenían personalidad colectiva diversa de la española. América, con su vida igual, pacifica, religiosa, inundada de indios sojuzgados, suaviza las aristas hasta en el modo de hablar. No se oirán en gargantas americanas las duras y jotas, ni se diferenciarán las zetas lo español perderá dureza en América, pero perderá también definición el español. Se presentará más expeditivo, más francote y directo, más mandón; el hispanoamericano, más sutil; más amanerado, más cortés, más lleno de rodeos menos enérgico y menos alegre. El que tiene más acusado sentido de acción suele mirar despectivamente al que lo tiene en grado inferior; de ahí que los nórdicos miren del hombro para abajo a los mediterráneos; los occidentales a los de Oriente; algo semejante sucedía con españoles e hispanoamericanos. Era natural que esto sucediera. Allí en plena decadencia, el español conservaba, sus aristas intransigentes y duras, que las sabía hincar al rato menos pensado; si no, díganlo los franceses, que tuvieron que habérselas con un 2 de mayo, con Zaragoza y con Bailén, y dígalo la, España de 1936, que le hizo, exclamar a Claudel: “Dijeron que dormías y habías quedado estéril y en un momento has despertado y poblado los cielos con un millón de mártires”. El español, expeditivo, duro y proveniente de un medio, más culto, más civilizado y con el control de los primeros cargos y dignidades, tenía que ver desdeñosamente al hispanoamericano, menos enérgico nacido en un medio menos adelantado.

Cuando el hispanoamericano culto midió sus armas con el hispanoeuropeo culto o con otros europeos y se dio cuenta de su valer, trocó la natural admiración por lo español, en resentimiento; se sintió preterido injustamente; juzgó, luego, que era un atropello y una explotación que se prefiriera para el gobierno a gentes venidas de la Península, cuando en la propia tierra había personas capaces y de méritos. Y muchos patriotas fueron simplemente hombres de mérito que recibieron estos agravios u otros provenientes de las instituciones de la época, que les hicieron reaccionar tanto contra las instituciones como contra la autoridad española y aun contra España. Ese fue el caso de Miranda y el de Espejo, que reciben agravios personales, y el del marqués de Miraflores, que los recibió en su padre y lo mismo sucedió con muchos religiosos y habría pasado con Mejía si su pronta ida a España no le hubiera colocado en situación brillantísima que contrastaba con sus humillaciones en Quito y no hubiera llegado a apreciar a los españoles al compararles con los franceses invasores.

Al sentirse agraviados, ya se comprende cómo se haría violenta la convivencia de criollos y chapetones y cómo habrán caído, mutuamente pesadas, las personalidades respectivas. Entonces, se comenzó en América a repudiar a lo español y se oiría en las calles de Quito, en 1765, el grito de “Mueran los chapetones, ¡abajo el mal gobierno! (¡Viva el Rey!)”. Este principio de reacción antiespañola no, lo pudieron suprimir ni hombres como Carondelet, todo él gallarda generosidad, ni menos los que empezaron a emplear medidas radicales, muy españolas y muy explicables por la época y las circunstancias, por cierto, pero que acabaron por encender inconteniblemente la hoguera.
Lo único que habría, cabido entonces era una, oportuna y amistosa, aunque dolorosa y forzada, retirada española ; pero ya se comprende que era casi imposible. No cabe ejemplificar con lo actuado por Inglaterra con la India, pues ni nosotros somos hindúes, ni España Inglaterra, ni mediados del siglo XX es lo mismo que principios del XIX; y recuérdese cómo fue de dura y larga la lucha entre la metrópoli y las colonias inglesas, que se independizaron a cañonazos.
He aquí cómo la afirmación de la personalidad hispanoamericana, al dar a nuestros dirigentes consciencia de su propio valer, condujo a la separación de España. Estudiadas las causas remotas de la independencia, pasemos a las otras.

B) Causas inmediatas
Entre ellas, como dejamos indicado arriba, tuvieron influencia decisiva las ideas democrático-liberales, y las revoluciones por ellas engendradas, especialmente la de independencia de los Estados Unidos y la francesa.

Las ideas revolucionarias tienen su origen remoto y doctrinario en la revolución religiosa, protestante del siglo XVI, y en el inmediato desarrollo económico de la burguesía. Tienen filósofos alemanes e ingleses que las ayudan con sus lucubraciones y cuentan en el siglo XVIII con propagandistas entusiastas tales como Voltaire, el satírico mordaz, destructor de todo lo que hasta entonces había sido respetado; Juan Jacobo Rousseau, el teorizador del origen del Estado en el pacto social de los hombres primitivos; el barón de Montesquie, admirador de las instituciones inglesas, autor de “El espíritu de las leyes”, y los enciclopedistas tales como Diderot, D’Alembert, etc., que frecuentaban las tertulias de damas aristocráticas pagadas de su intelectualismo y que hicieron su Enciclopedia.

Aquellas ideas, propugnadas por estos intelectuales, algunos de ellos escritores sugestivos, se presentaron tumultuosamente en Francia a partir de 1789 y llenaron de entusiasmo a varias mentalidades jóvenes de América, noveleras de las últimas teorías, ansiosas, de sobresalir y con espíritu apto para aceptarlas, dada la oposición, no, exenta de envidia, con los peninsulares, favorecidos con preeminencias, y dada la aureola romántica que rodeaba a ciertos personajes que habían intervenido con el pensamiento o la acción en las revueltas de Francia, romanticismo que hace presa fácil en la gente joven.

Este conjunto de ideas se propagó en América, no obstante la vigilancia de las autoridades españolas en el mercado de libros; ostentaba como principios fundamentales el derecho de rebelión del pueblo contra la autoridad, el origen meramente popular de la misma, la independencia de los poderes del Estado, y el sufragio universal como medio de designar autoridades; y estaba informado por las tesis o dogmas rousseaunianos, tales como él de que los hombres son buenos por naturaleza, pero corrompidos por la sociedad, y el de que el origen de ésta estuvo en el contrato primitivo de los asociados, esto es, en el “pacto social”, hecho imaginario que sólo tuvo realización al tiempo en que vivía Rousseau en un país, esto es, en los Estados Unidos, y que fue tomado por los secuaces de Rousseau como mera interpretación del hecho social.

He aquí los principios que causaron novedad y entusiasmo en las postrimerías del siglo XVIII, que provocaron la Revolución francesa y que, al ser bebidos por varios intelectuales de América Hispana, sirvieron de fermento que, unido, a otros factores estudiados ya o por estudiarse a continuación, produjeron la revolución de independencia.

Pero si los principios liberales actuaron directamente sobre el espíritu de algunos americanos influyentes, también ejercieron influjo en la Independencia por medio de los hechos por ellos engendrados, tales como el ya anotado de la Revolución francesa y aun antes de ella, por medio de la independencia de los Estados Unidos. En cuanto a ésta, nos basta observar lo siguiente: 1º Que varios revolucionarios, especialmente Miranda, esgrimieron el argumento de que si España había ayudado a la independencia yanqui, Inglaterra, para, desquitarse, debía de ayudar a la de Hispanoamérica; 2º En Estados Unidos se preparó al menos una expedición revolucionaria contra el gobierno español; 3º El ejemplo de Estados Unidos, que comenzaba con entusiasmo su vida independiente, sirvió de continuo modelo de los independentistas hispanoamericanos, que se enamoraron hasta de cosas propias de los Estados Unidos, como el sistema federal, lo que, al tratar de imitar infantilmente, desde México hasta Venezuela y desde Nueva Granada hasta Buenos Aires, ocasionó guerras sangrientas entre los mismos independentistas y motivó más de uno de sus fracasos frente a la reacción realista.

Pero junto al liberalismo y a los hechos por él engendrados o por él apoyados, hubo otros elementos doctrinarios o sectarios que intervinieron en la disolución del Imperio español; nos referimos principalmente a la masonería.

El liberalismo y la masonería no sólo actuaban directamente por medio del influjo sobre los independentistas o patriotas, sino que se infiltraban en la misma Península y tomaban posiciones, maniatando a España en su defensa contra la revolución emancipadora, y así vemos a secuaces de ellos, como el general Riego, sublevarse en Cabezas de San Juan cuando se disponía a embarcarse hacia América para debelar la revolución. Inglaterra y Francia contaron con el liberalismo y la masonería como aliados poderosos para someter a los políticos españoles a sus fines nacionales, aunque ello fuera en mengua de los intereses de España. La misma expulsión de los jesuitas de América, golpe fatal para la obra de España en nuestros países, fue algo en que tuvo bastante que ver la masonería (Nota editorial: y habría que ver hasta que punto esta expulsión no fue una maniobra generada desde adentro de la misma Compañía para batir a las Españas y a su Imperio). Al estudiar este acontecimiento en el número 228 de la tesis anterior, ya lo hemos indicado, influyó en el relajamiento de los vínculos de España con las colonias; y en la tesis siguiente veremos cómo algún jesuita, al desvincularse del Imperio español, hizo de uno de los precursores en la Independencia.

En la historia y en el espíritu de la masonería pueden anotarse estos caracteres: 1º Alianza con el judaísmo y con el imperio británico; 2º Anticlericalismo y anti-catolicismo fanáticos en los países latinos; 3º Oposición a las formas tradicionales de vida de estos pueblos; 4º Secretismo y espíritu de grupo o círculo.

De la relación de estos caracteres de la masonería puede deducirse mucho saber el por qué de su intervención activa en la Revolución francesa, de su apoyo a Napoleón en los primeros tiempos, para luego volver las espaldas y coadyuvar con Inglaterra para su caída; asimismo puede deducirse el por qué de la intervención masónica en la disolución del Imperio español, Imperio católico, el primero, a partir del siglo XV, en haber tratado radicalmente el problema judío (con la expulsión de estos de todos sus territorios), aferrado a las bases constitutivas de su grandeza, como todo gran pueblo, y representante de la antítesis de Inglaterra.

La masonería, pues, como hemos visto, comenzó su labor de zapa al introducir en sus filas a varios políticos y militares españoles, desde el siglo XVIII después actuó directamente sobre los revolucionarios de América, a quienes relacionó, captó y encubrió. Así vemos, por ejemplo, que Miranda, Bolívar y San Martín ingresaron en las logias aun cuando más tarde, algunos de ellos como Bolívar, renegara de ellas y las disolviera en el Perú y Colombia, acusándolas de constituir un peligro para el orden, el progreso y la paz del Estado (1).

He aquí cómo el liberalismo y la masonería fueron factores inmediatas de la Independencia en cuanto actuaron directamente sobre los patriotas; y fueron factores mediatos o remotos (resaltado en el original) en cuanto al apoderarse de algunos dirigentes e infiltrarse en algunos organismos del Imperio español, precipitaron el espíritu disolvente que se inició al comenzar la decadencia hispana (resaltado en el original).

Nos falta, pues, hablar del otro socio de la empresa antiespañola: de Inglaterra.

Este país, como hemos dicho antes, por motivos de hegemonía imperialista y de, índole doctrinaria o sectaria, procuró en todo momento, dar al traste con el poderío de España, valiéndose de todo medio. Apoyó en un principio con cautela a los precursores de la Independencia y después, abiertamente, a los revolucionarios; todavía, conserva el Ecuador una deuda de varios millones de sucres por esa ayuda inglesa (el texto es de 1951; la “deuda inglesa” se terminó de pagar al fin en el gobierno del Gral. Guillermo Rodríguez Lara 1972-1976, después de siglo y medio de haberla adquirido). Pero juntamente con el apoyo con gente, armas y pertrechos a los revolucionarios hispanoamericanos, trató de hacer sus conquistas directamente; y así, en 1806 toman los ingleses Buenos Aires y dan los primeros pasos para, hacer cosa semejante con Chile, pero fracasan en sus proyectos por la brillante reacción de los argentinos, que los expulsan tras lucha sangrienta. Este mismo rechazo hace sentir a los criollos su fuerza y les alienta para conseguir la autonomía. Sin embargo, Inglaterra seguirá ayudando la, revolución independentista, vengando de esta manera, además, el apoyo que España dio a los Estados Unidos para su independencia.

De los resentimientos o de reacciones contra reales o supuestos agravios, hemos hablado ya al tratar en el número 297 de la acentuación de una personalidad hispanoamericana; y tocarnos ahí este problema porque se presentó como tal, ya avanzada la Colonia, como consecuencia de una diferenciación llena de amor propio entre el criollismo y el hispanismo peninsular; es decir, como resultado de una afirmación más o menos consciente de la idiosincrasia y afanes de los hispanoamericanos frente a los hispanoeuropeos. Sin embargo, por la época, en que se presentan, esto es, ya cerca de la época de la. Independencia, les hemos clasificado entre las causas inmediatas, o próximas.

Las diferencias económicas y la oposición de intereses entre España y América, tenían que presentarse tarde o temprano, en cuanto las colonias aumentasen en población -por lo mismo, en necesidades- y los colonos desarrollasen la natural tendencia de enriquecimiento y de poder, máxime si había las ofertas tentadoras de los enemigos de la Metrópoli.

Mientras a España le interesaba, para el mejor control del Imperio y aun para su mejor defensa frente a rivales y enemigos, orientar la economía hacia la unidad armónica, a los productores de diversas regiones, que veían lo suyo y no la totalidad del Imperio les interesaba la prosperidad local, lo que veían y palpaban. Si se les ponían limitaciones que restringían lo que querían producir o vender, tenían que sentirse incómodos. Esto llegó a constituir un problema sobre todo en el Virreinato de Buenos Aires; no sucedió lo mismo en la Audiencia de Quito, pese a, la gravísima crisis que vino por las calamidades geológicas y sanitarias.

Queda una última causa de la Independencia, más inmediata, la más próxima a todas, la que, unida, a las anteriormente expuestas, dio ocasión y pretexto para el alzamiento general de, las colonias hispanoamericanas: la invasión de España por Napoleón.

Este caudillo entró en la Península en son de amigo, ya que eran aliadas Francia y la Madre Patria, contra Inglaterra se proponían las dos castigar a Portugal, aliado de Inglaterra; pero cuando las tropas francesas estuvieron en gran número en España, se quedaron como dominadoras provocando la reacción heroica de los españoles. Estos luchaban como podían y principalmente mediante el sistema de guerrillas, contra los hasta entonces invencibles ejércitos napoleónicos; lograron ganar alguna victoria en batalla campal, como la de Bailén; se hicieron fuertes en algunas ciudades como Gerona y Zaragoza, que defendieron con valentía no conocida en Europa en esos días, y constituyeron juntas provinciales o regionales de defensa contra el “intruso” y “tirano Bonaparte”.
Estas Juntas al fin se reunieron en una, que adoptó el título de Suprema, la, que, acosada por los franceses, se refugió en Sevilla y luego pasó más al Sur, alojándose en la isla, de León, frente a Cádiz; nombró un Consejo de Regencia que gobernaría en ausencia de los reyes, presos en Francia, el que convocó a Cortes, las que se reunieron en Cádiz integradas también por diputados americanos, entre ellos los ecuatorianos Mejía, Olmedo, Matheu y Rocafuerte, descollando admirablemente el primero, como ya veremos y dejando de concurrir el último. En estas Cortes se dejan sentir fuertes influencias liberales y masónicas, que procuran romper el orden tradicional de España, en buena parte con el apoyo de los diputados americanos.

Esta situación caótica de España que dejamos descrita, dio lugar a que en América se formaran también Juntas Patrióticas de defensa semejantes a las españolas, pero que en general constituyeron una mera simulación organizada por americanos independentistas (autonomistas en verdad) quienes, so pretexto de oponerse a las autoridades afrancesadas y a los emisarios que mandó Napoleón, trabajaban por la Independencia, engañando o tratando de engañar doblemente, sea a las autoridades españolas, sea al pueblo, que, generalmente, no sentía el afán de independizarse.

C) Causas internas, externas y -mixtas.
De todas estas causas de la Independencia, que hemos diferenciado en remotas y próximas, podemos hacer una segunda clasificación tripartita: 1º La decadencia del Imperio español, la formación de una personalidad hispanoamericana, la oposición entre criollos y peninsulares, y las dificultades económicas, son factores internos; 2º La influencia inglesa, francesa y yanqui, son causas externas; 3º Los factores doctrinarios o sectarios participan de las dos primeras categorías; son causas externas, porque fueron promovidas desde afuera; y son causas internas, porque se infiltraron en el organismo del Imperio.
______________

Notas:

[1] Extraído de la obra de Jorge Luna Yepes: “Síntesis histórica y geográfica del Ecuador”, 2ª Edición, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1951, pp. 332-343.
[2] Dr. Jorge Luna Yepes (Quito – 1909) Político y escritor revisionista, autor entre otras obras: “Síntesis Histórica y Geográfica del Ecuador” -2 ed. Quito y Madrid-, “El pensamiento de ARNE”, etc., Fundador de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana, en 1943.



LOS INDÍGENAS REALISTAS – HISTORIA SECRETA DE AMÉRICA -22-

LOS INDÍGENAS REALISTAS

La gran masa del Ejército Realista del Virreinato del Perú durante toda la guerra (de independencia), la  constituyó sin duda el grupo americano integrado por los mestizos con mayoría de sangre indígena, que en el Perú eran, y son, conocidos con el nombre de “cholos”.

Estos eran reclutados en sus lugares de origen, ya fuera la costa o la sierra, las más de las veces por la fuerza y destinados a los Cuerpos de Línea o Milicias, previa instrucción del uso de las armas y las voces de mando. Era un constante problema para los mandos el idioma de esta tropa, puesto que en la inmensa mayoría sólo hablaban su lengua nativa –el quechua o el aymará- por lo cual, los Oficiales debían conocerla para poder dirigirlos.

Eran en general soldados sumisos y dóciles, que no cuestionaban sus deberes ni se sublevaban por a falta de paga, incansables andarines, sobrios, valientes y disciplinados. Prestaban mejores servicios si eran mandados por sus paisanos y con todo, defendían el honor de su hogar.

El General Pezuela los describe en su diario militar como de instrucción más que regular, pues hacían bien el ejercicio del fusil y las maniobras de Batallón. En el combate, luchaban hasta el fin, haciéndose matar en sus puestos.

Su principal inconveniente era su peculiar modo de vida y pautas de comportamiento, ajenos a las Ordenanzas españolas, como sus frecuentes deserciones, las más de las veces sólo por querer volver a sus casas para ocuparse de sus labores en tiempo de las cosechas.

Su actitud hacia el servicio del Rey con las armas, que, si bien no les agradaba, no rehuían, tan sólo cambió con la prédica y la propaganda revolucionaria, aunque ésta no siempre dio el resultado que los independentistas deseaban.[1]

Entre los Caciques Realistas más destacados encontramos al Brigadier de los Reales Ejércitos Mateo García Pumacahua, Cacique de Chincheros, quien en 1780 fue con sus tropas uno de lo que contribuyó a la derrota del Cacique de Tinta, José Gabriel Condorcanqui, más conocido como “Túpac Amaru”.

Pumacahua actuó en el lado realista desde 1811 en que entró con sus tropas cuzqueñas como refuerzo de Goyeneche, a poco de la batalla de Huaqui y se halla retratado en el ya mencionado cuadro, como uno de los miembros de que escoltaba al General.

En 1813, sus tropas fueron convertidas por Pezuela en el Regimiento de Milicias Disciplinadas de Infantería de “Nobles Patricios del Cuzco” de los cuales no hemos podido, hasta ahora, obtener el detalle de su uniforme, pero estimamos que debían llevar el señalado a las Milicias Disciplinadas, pero con algún agregado lujoso, debido al origen y dignidad de sus Oficiales, nobles cuzqueños de las trece Casas de sangre Inca (Panacas), entre cuyas prerrogativas estaba la de pasear una vez al año, generalmente en la Procesión del “Corpus Christi”, el Estandarte Real de la Ciudad de Cuzco, del que eran custodios.

En dichas oportunidades, los Caciques colocaban sobre sus trajes ceremoniales y uniformes, los emblemas de oro correspondientes a su dignidad consistentes en cadenas de oro en bandolera, un sol de oro colgando del pecho y hombreras, rodilleras y hebillas de oro representando rostros de Puma, emblema del Imperio Incaico. Su soberanía correspondía al Rey de España, y había reconocido ya en el siglo XVI a los a los nobles Incas como “Títulos de Castilla”.

Como parte de su propia peripecia personal, en 1814 Mateo Pumacahua se sublevó a favor de la independencia pretendiendo alzar a todo el Cuzco, siendo derrotado por sus propios compatriotas que permanecieron fieles hasta el final de la guerra.

Una de las consecuencias de aquellos hechos fue la suspensión de la ceremonia en 1815. Sin embargo, una prueba de esa fidelidad es que a mediados de 1824 solicitaron los Caciques de todas las casa nobles cuzqueñas al Virrey de la Serna en el Cuzco, presentando una serie de considerandos de profesión de fe realista, volver a pasear el Real Estandarte. No fue una solicitud interesada, ya que estaba cercano el fin de la guerra y su resultado era previsible, como para intentar captar simpatías del Virrey en esos momentos.[2]

Por otro lado, además de los Nobles indígenas y de los mestizos cuzqueños o altoperuanos, se hallaban los indígenas puros, casi sin integrar en la sociedad americana, y que sirvieron en el Ejército Real. Contrariamente a lo que comúnmente se cree, estos indígenas también fueron en su mayoría fieles a la Corona de España durante la guerra de independencia de América.

Varias son las unidades formadas con sus parcialidades, no sólo en el Alto Perú, sino también en el Perú y aún en Chile. La mayoría de ellas rindieron importantes servicios a la Corona hasta el último tiempo de la guerra.

De todos ellos, los que sin duda destacaron por su valor y ferocidad fueron los Araucanos del Sur de Chile.

En la expedición a Chile en 1813, estos indios araucanos y su Cacique Villacurá se manifestaron fieles y adictos al Rey, celebraron a su modo la llegada de las tropas, y juraron con las expresiones más vivas de júbilo y respeto no ceder a las pretensiones de Chile y:

“formar para la defensa del Rey, una muralla de guerreros en cuyos fuertes pechos se embotarían las armas de los revolucionario y aún quisieron partir muchos a Chillán para mezclar su sangre con la de los soldados del suspirado Fernando. La ilustre asamblea de Araucanos tuvo término después de haber recibido los caciques medallas de oro con el busto del soberano y otros de plata, con un bastón de cada uno.”[3]

El 24 de septiembre de 1817 se anotaba en el Libro Manual de la Tesorería del Ejército Real de Talcahuano que, “cuatro Caciques, nueve Mocetones y tres Lenguaraces, han venido a notificar su fidelidad al Soberano y a ver el modo de contribuir con las armas del Rey”.

El 7 de octubre hacen lo propio los dos Caciques de Tucapel, ofreciendo sus lanzas –guerreros- para pelear contra los independientes.[4]

Estos araucanos eran excelentes jinetes y diestros lanceros usando sus largas lanzas de caña de Coligüe, que podían alcanzar hasta tres metros de largo. No usaban uniformes sino ropas naturales, consistentes en ponchos tejidos en sus telares y colores blancos, negros, azules o rojos, con diseños que les eran particulares, llevaban “chiripás” y botas de potro con espuelas que podían ser de madera o de plata labrada según la dignidad del propietario.

De las provisiones del vestuario entregado a los jefes de esos fieles araucanos hemos podido reconstruir el uniforme que llevaban los Caciques, los Capitanejos y sus Tenientes. Los primeros llevaban casacas de paño azul de primera calidad, con las vueltas, vivos y divisas de casimir grana y el forro de bayeta blanca. Llevaban galón de plata adornándolas y dos varas de “coronelas” (los tres galones que denotaban el empleo o el grado de Coronel) también de plata. Las casacas llevaban un total de una y media docenas de botón de hilo de plata, lo que indica que tenían solapas, aunque iban abrochadas con broches. Los chalecos eran igualmente granas de casimir con botones chicos de plata en cantidad de una docena. El calzón podía ser grana o azul y se les entregaron botas altas a los caciques. Sus sombreros eran clásicos con cabos de plata y escarapelas de paño encarnado y cintas.

Cacique araucano realista, vistiendo la vieja casaca de Coronel que había recibido años atrás su padre

Una antigua práctica del “Sistema Borbónico de Defensa” consistía en integrar a las comunidades indígenas retiradas de las zonas más habitadas, en las tareas de la defensa y control de las fronteras. Ello se lograba nombrando jefes militaresa los que eran de las tribus y clanes, reforzando su autoridad por diversos métodos y así se podía contar con su movilización llegado el caso.

Para ello se les entregaban, además de otros presentes, uniformes militares con divisas de empleo, medallones con el retrato del Rey, golas e incluso banderas.

La contrapartida eran sus servicios militares cuando se necesitaba disponer de fuerzas mayores o ejercer un mejor control de una determinada región.

Así, cuando el Brigadier D. Antonio Pareja llevó a cabo la marcha al sur de Chile, recibió la vieja lealtad al Rey de las Españas de los indios araucanos.

Los Capitanejos llevaban un uniforme similar pero sin las “coronelas” de plata y solo galón en las vueltas y cuello, calzón azul, sombreros con escarapela y cintas pero sin galón y, probablemente, las botas de potro típicas de los araucanos.

En tanto, los Tenientes llevaban chaquetas de paño de la estrella de color azul con divisa encarnada y botones de plata.

En 1819 se hallan provisiones que señalan que los Capitanejos llevaban casacas encarnadas con divisa azul y guarnecidas de cordones blancos.

(Tomado de “Los Realistas” (1810-1826) Virreinatos del Perú y del Río de la Plata y Capitanía General de Chile, de Julio Mario Luqui Lagleyze y Antonio Manzano Lahoz, pp. 86, 87, 88)


[1]  Tómese como ejemplo la referida sublevación de 1814 (Pumacahua) reprimida por las propias fuerzas cuzqueñas del Ejército Real.

[2] AHC (Archivo Histórico del Cuzco). Gobierno Virreinal 1822/24 Leg. 2 (N° 156) “Expediente sobre que se continúe en esta capital el Paseo del Pendón Real…”.

[3]  “El pensador del Perú” -1813, en Colección de Historiadores y Documentos para la Independencia de Chile. Tomo IV, pág. 101-102.

[4] AGNP (Archivo General de la Nación Perú), Fondo C-15. “Libro Manual de la Tesorería del Ejército Real”, del 22 de agosto de 1817 al 18 de febrero de 1818.



Un ecuatoriano dijo: Jorge Núñez Sánchez

La revolución de el 9 de octubre de 1820 fue el inicio oficial de la última fase del proceso separatista  (mal llamada independencia) de Quito respecto del resto de las Españas. A propósito de la conmemoración de la Independencia de Guayaquil este 9 de octubre de 2012, recordemos este juicio histórico sobre la “Independencia” del reconocido historiador Jorge Núñez Sánchez -actual Subdirector de la Academia Nacional de Historia de la República del Ecuador-:

Jorge Núñez Sánchez

«Para nosotros, esa Independencia equivale, en buenos términos, a una reconquista europea. Sólo que los métodos de la nueva metrópoli se adecuan a cada lugar y circunstancia: en el Lejano Oriente, cañonea China para abrir sus puertos, al “libre comercio internacional”. En América Latina obtiene lo mismo financiando la Independencia y firmando Tratados de “Amistad, Comercio y Navegación” con los nuevos países. En la práctica, este “libre comercio” -que nuestra historiografía tradicional exalta y opone al “tiránico monopolio español” – serán tan nocivo que arruinará del todo nuestro otrora vigorosa industria, previamente afectada por el comercio inglés de contrabando.»

-Jorge Núñez Sánchez, en EL MITO DE LA INDEPENDENCIA, 1976.



La América del Sur – 1837: Un diagnóstico sueco.

Carl August Gosselman

Carl August Gosselman, enviado del Reino de Suecia en misión comercial a la América del Sur, en su informe número 14  sobre la República del Ecuador, dirigido a su gobierno y fechado en Quito el 20 de octubre de 1837, nos proporciona en su primera parte, “situación política”, un acertado análisis de la realidad socio-política ecuatoriana y sudamericana de entonces. En Ecuador –y en la mayor parte del continente- las situaciones socio-político-económicas, sus causas y consecuencias, a pesar de estar a más de un siglo y medio de los hechos, en el fondo siguen prácticamente iguales a lo que fueron durante los años descritos. Y todo en nombre de la “libertad”.

 Publico un extracto del primer apartado de este informe a continuación:

“… si no se puede comparar a Bolívar precisamente con Alejandro en otras cosas, puede uno, por lo menos, hacerlo después de su muerte ya que el gran estado fundado por él fue dividido y recayó en sus más ilustres generales.”

“Aunque la república del Ecuador se ha separado, por consiguiente, de los otros estados y al mismo tiempo se ha librado de todos los inconvenientes inherentes a países tan vastos con el mismo gobierno, particularmente con comunicaciones extraordinariamente difíciles, estuvo lejos de verse libre de las luchas políticas intestinas que en mayor o menor medida grado han sacudido todas las antiguas colonias españolas después de su independencia y que, para decirlo con las mismas palabras de un autor español, esto parece ser un castigo del cielo por haberse separado de su amorosa patria…. lo que más es seguro es que estas continuas pequeñas revoluciones intestinas, como recidivas después de una enfermedad, han perjudicado y debilitado a estos cuerpos políticos muchísimo más que la misma lucha porfiada que han sostenido para sacudirse del dominio español… Esta completa ignorancia de una de las más difíciles entre todas las ciencias o sea el arte de gobernar y esta falta de costumbre de, en algunos casos, gobernarse a sí mismo, son las verdades y principales causas de los movimiento subversivos y disturbios internos que han tenido que sufrir las repúblicas hispano-americanas desde la revolución (separación de España). A estas hay que añadir dos causas más, seguramente menos profundas y por consiguiente más fáciles de remediar, pero que no han dejado, sin embargo, de obrar, en el entretanto, con casi la misma fuerza destructora de las primeras. Estas son: en primer lugar, lo que casi podríamos llamar locura política, de querer hacer las constituciones de las antiguas colonias españolas tomando por modelo tomando por modelo la de los Estados Unidos de Norteamérica; y después, la inevitable influencia que los militares, o mejor dicho sus jefes, han de tener en países que, para conquistar su independencia, han tenido que atravesar el purgatorio de muchos años de luchas sangrientas. Si se miran todas las estas cosas juntas será fácil comprender que la situación política de estos estados, difícilmente haya podido ser otra cosa que lo que ha sido, y que la mayoría de ellos sean todavía, más que corrientes  repúblicas constitucionales, una especie de efímeras oligarquía militares. ‘En tierra de ciegos, el tuerto es rey’ dice el refrán, y en donde no hay quien sepa gobernar ocupa el trono el que por lo menos sabe mandar. Esta situación en que el cetro se ha trocado por la espada, es sin duda la corriente en las revoluciones… Entre los criollos españoles, por lo menos los que de ellos han elegido la carrera militar, puede decirse que el deseo de gobernar es una especie de vicio hereditario; y parece verdaderamente como si la mayoría de ellos, por  lo menos hasta ahora, hubiese creído que, desde el momento que abjuraron al rey de España y juraron  las constituciones republicanas, estaban a la vez no solo capacitados, sino también en pleno derecho de ocupar, el mejor día, el sillón presidencial. Sin embargo, lo peor de todo es que muy pocos de ellos han tenido la paciencia de esperar a que les llegara su turno, sino que tan pronto como se han asegurado de su división, batallón, o en último caso hasta de solo una compañía, han emprendido en seguida la marcha sobre el palacio presidencial, para hacer saber a su dueño que ya ha estado demasiado tiempo en el poder y que tienen ganas de probar a qué sabe el ocupar su sitio.”

“Este es en pocas palabras el argumento de las muchas revolucioncitas (en la edición sueca en una nota el autor explica el término como sigue: ‘Pequeña revolución; una palabra adecuada y comprensible solamente en las repúblicas hispanoamericanas’) que en estos último años se han puesto en escena en estos estados: y que la historia moderna de las cinco repúblicas que he visitado, es decir Montevideo, Buenos Aires, Chile, Perú y Ecuador, no es nada más que variaciones sobre el mismo tema o sea un popurrí casi imposible de recordar nombres de libertadores, generales y coroneles, de lugares en donde se han librado pequeñas batallas y se han proclamado nuevas constituciones, y de fechas de continuas subidas al poder y caídas de presidentes, dictadores y protectores. Uno se cansa de oír contar estas cosas, y no es por consiguiente extraño que las pobres naciones so pueblos –por cuya felicidad, naturalmente, todo esto se realiza, pero que han sido los que más han sufrido por ello- también se hayan cansado, y hayan ido de un extremo a otro, y que en vez de dejarse robar y matar ‘constitucionalmente’, como republicanos libres, por las milicias ciudadanas de los distintos patriotas, hayan preferido depender por cierto tiempo de la voluntad un solo dictador, al que por el momento han otorgado plenos poderes para fusilar a cuantos quiera. Esta es ahora realidad la situación del Perú, en Chile y en Buenos Aires; y para un europeo que llega allí con la cabeza llena de las magníficas constituciones liberales de estos estados –pues resultan en verdad magníficas en la hermosa y soberbia lengua española-, es para decir poco, una sorpresa desagradable cuando se halla ahora en un país cuyo supremo magistrado puede mandarle a buscar en cualquier momento y sin mediar juicio o instrucción alguna de causa, hacerle fusilar inmediatamente como le plazca, de frente o por las espaldas (En una nota del autor se explica el término ‘fusilar por las espaldas’ como ‘una variante sudamericana del fusilamiento, que se considera más deshonrosa que la manera usual’). Naturalmente todo esto no es tan grave como parece; pero es, sin embargo, lamentable, que naciones enteras tengan que recurrir a tales medios, y probablemente por largo tiempo, tengan que expiar de este modo la inexperiencia y el imperdonable prurito de sus legisladores de querer imitar a sus colegas del norte, de los cuales son, en muchos aspectos, tan distintos como el ‘Sur del Norte’, o como un español de un inglés.”

(…)

“Quito, 20 de octubre de 1837”[1]

Saque usted sus propias conclusiones.


[1] Gosselman, Carl August, Informe N° 14  – La República del Ecuador, en Revista Ecuatoriana de Historia Económica – Año IV – N° 8, Quito, segundo semestre de 1990, pág. 174 y sigs.



María Antonia Bolívar y Josefa Sáenz: ¡Por Dios, por la Patria y el Rey! Historia secreta de América -19-.

A propósito del día internacional de la mujer, 8 de marzo de 2012:

Cuando le ha convenido a  la historiografía americana -y ecuatoriana en particular-  se ha referido a la participación femenina en la separación de España como un grupo de mujeres abnegadas que sacrificaron todo por la “libertad”. Sin embargo, las diversas posiciones del sector femenino que observaba como algo sin sentido la llamada “independencia” no se han estudiado ni analizado aún en todas sus consecuencias.

Destacan dos casos de los miles que existieron: María Antonia Bolívar, hermana de Simón y Josefa Sáenz, tía de Manuela.

Luis Corsi Otálora señaló de María Antonia en medio del proceso separatista venezolano lo siguiente:

“…en Venezuela la polarización (durante la independencia) había sido casi total, con masivos desplazamientos de población y fraccionamiento de familias enteras; tanto que dentro de las filas realistas descollaba doña María Antonia Bolívar, hermana de Simón, largo tiempo exiliada en Cuba, en donde se mantuvo con pensión de las autoridades reales. En tal fenómeno jugó un gran papel la infatigable acción conscientizadora del Dr. José Domingo Díaz, el más destacado publicista de la posición realista; ningún testimonio tan diciente como el de su antagonista de entonces, el neogranadino José Manuel Restrepo: “Este hombre de una familia oscura… (sus) Cartas… contribuyeron sobremanera a extraviar la opinión pública y a fomentar las insurrecciones contra Bolívar y demás jefes independientes.”[1]

María Antonia Bolívar

Don Alexo Ruiz, quien fuera Secretario de Estado y del Departamento de Hacienda de Indias, comunica  a su Majestad las acciones de Bolívar -María Antonia-, a la vez que aboga por ella en estos términos:

“Señor:
La desgraciada hermana del rebelde caudillo Simón Bolívar, contenida en esta instancia, es una heroína de la lealtad. Me consta y es bien notorio, y lo ha declarado la Real Audiencia de Caracas que su hermano la maltrató y persiguió, la hizo emigrar con violencia, por haber sido siempre de conducta y opiniones contrarias a las suyas. Siempre unida a la causa de Vuestra Majestad salvó la vida a muchos buenos españoles, refugiándolos en su casa y haciendas. Y con un mérito tan sobresaliente, y con bienes cuantiosos, que la están mandado desembargar y entregar, prefiere vivir pobremente del trabajo de sus manos, en esta Isla fiel para no exponerse a los riesgos y convulsiones de su Patria, ni encontrarse con un Hermano que la ha causado todos sus infortunios. Una víctima de esta singular clase merece todo el amparo y protección de Vuestra Majestad. Soy de parecer que pues de sus bienes se aprovecha en Caracas la Real Hacienda, como consta del solemne documento adjunto, Vuestra Majestad se digne mandar que aquí se le asista con una pensión de mil pesos mientras permanezca en esta ciudad con su familia y que esta Intendencia se entienda con la de Venezuela para los debidos reintegros y para que la pensión en su caso se nivele por la entidad y productos de los mismos bienes secuestrados. Creo que así lo exige la magnanimidad y justicia del trono.”[2]

Así como la familia de doña María Antonia, la familia Sáenz también fue presa de la división en torno a los ideales que animaban a la rebelión y a la lealtad en la América española del primer cuarto del siglo XIX.

En la batalla de Mocha (1812), donde se enfrentaron los realistas dirigidos por Toribio Montes y los separatistas dirigidos por Ramón Chiriboga, doña Josefa Sáenz Campo Larrahonda demostró todo el carácter heroico de su casa:

“Una figura femenina se destacó en las acciones de Mocha. Se trata de doña Josefina Sáenz, esposa del oidor Manzanos, realista convencida de que no se conformaba con sostener sus ideas a favor de la monarquía, sino que las defendía de modo más decidido. Esta señora era nada menos que tía paterna de Manuela Sáenz, aquella que pocos años después sería defensora a ultranza de la independencia y salvadora de Bolívar. Enterado de que la heroína del encuentro armado de Mocha había sido doña Josefina, Montes la felicitó calurosamente y la rodeó de cuidados y privilegios.

Le Gohuir dijo al respecto:

Escapada de un convento donde la tenían recluida por realista exaltada, se juntó con los soldados de Sámano y concurrió al ataque de La Piedra, llevando sable en alto frente a la columna realista. Penetro la primera a la plaza de Mocha tremolando la bandera real, y para coronar dignamente su hazaña subió al campanario a celebrar con repiques su propio triunfo. La legendaria aventura le valió a la heroína un escudo de honor del parte del rey de España.

Después de la derrota de los rebeldes en Mocha, doña Josefina viajó con Montes a Riobamba a descansar de la campaña, y allí fue hospedada, como era de esperarse, por el corregidor Martín Chiriboga y León. Días después, vistiendo uniforme de húsar, doña Josefina partió hacia Quito con el estado mayor de Montes, en donde los realistas se hicieron lenguas sobre el valeroso comportamiento de la esposa del oidor Manzanos, decano de la Real Audiencia.” [3]

Doña María Antonia Bolívar y doña Josefa Sáenz, heroínas de la lealtaddos grandes americanas que lucharon por Dios, por la Patria y el Rey. Prohibido olvidar.

Por Francisco Núñez Proaño 


[1] Corsi Otálora, Luis, VISIÓN CONTRA-CORRIENTE DE LA INDEPENDENCIA AMERICANA, en revista Disenso.

[2] Alexo Ruiz al Rey de España, 11 de febrero de 1819, La Habana, Archivo Nacional de Cuba, Asuntos Políticos, Legajo 17, Número 5.

[3] Costales Samaniego, Alfredo y Costales Peñaherrera, Dolores, Insurgentes y realistas – La revolución y la contrarrevolución quiteñas 1809-1812, Ed. Fonsal, Biblioteca del Bicentenario de la Independencia Vol. 9, Quito, 2008, págs. 157-158