coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


¡Liberado! QUITO FUE ESPAÑA: HISTORIA DEL REALISMO CRIOLLO

Lectores todos:

El año pasado, después de presentar mi último libro, Quito fue España, di mi palabra por este medio de retirarme de toda actividad pública, lamento decir que no he cumplido a cabalidad aquello. Mas, puesto que soy hombre de palabra, y aunque tarde, cumplo. Enmendaré esa falla desde ahora en adelante. ¡Todos los errores para mí y todas las virtudes para ustedes!

Hace poco fui a Europa a buscar la luz de un amanecer y he vuelto de España, de la España peninsular, vencido de amor, he vuelto honrado y agradecido, reencontrado conmigo mismo.

Escribo y he escrito mis libros, mis artículos, mis textos, mis opiniones, esta bitácora, no por placer, ni por dinero o ganancia alguna, sino por deber, por deber conmigo mismo. Sin embargo, este libro es más importante que eso, mucho más importante, es un homenaje a quien nunca ningún homenaje bastará, es un deber para honrar la vida y la memoria de un ser excepcional, de un ser reventado de luz, como lo digo en la dedicatoria del mismo:

A la hermosa vida y gratísima memoria del Señor Don Diego Patricio López Márquez, modelo de criollo quiteño y quitense de casta, honra de hijo y hermano, ejemplo de amigo y juramento de eternidad donde nos volveremos a encontrar, quien descorazonadamente nos dejó demasiado pronto, antes de tiempo. Impulso y exclusiva razón vital para concluir ésta y todas mis acciones de ahora en más, para continuar en este misterioso y paradójico viaje llamado existencia.

Se los dejo para siempre, para vos, para usted señor Diego, para ustedes, para los nuestros.

Pero el amor es más fuerte.

¡Léanlo! ¡Difúndanlo como si no hubiera mañana! ¡Conózcanse a ustedes mismos!

En el siguiente enlace pueden descargar de forma libre y gratuita Quito fue España: Historia del realismo criollo. Actualmente se está preparando la segunda edición impresa de la obra en España, revisada, corregida y ampliada de forma considerable, ante la demanda en físico del libro que al momento está prácticamente agotado:

https://coterraneus.files.wordpress.com/2017/09/quito_fue_hispania.pdf

Simplemente Francisco



CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA

CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA

Por Jorge Luna Yepes

A propósito de conmemorarse el 24 de Mayo la Batalla del Pichincha:

Como en todo hecho trascendental, debemos distinguir las causas remotas, profundas, y las que son inmediatas, más o menos circunstanciales. Hay dos causas remotas, evidentes: la decadencia de España y la formación de una personalidad hispanoamericana diversa de la hispanopeninsular.

Entre las causas inmediatas debemos considerar principalmente: 1ª El influjo de la independencia de los Estados Unidos; 2ª El de la Revolución francesa; 3ª De las ideas revolucionarias liberales que presidieron estos dos movimientos; 4ª El afán inglés de acabar definitivamente con el Imperio español; 5ª La labor de la masonería; 6ª La situación crítica que sobreviene a España por la invasión napoleónica; 7ª Resentimientos personales, y 8ª Limitaciones económicas.

A) Causas remotas
La decadencia de España obedece a un proceso de biología política de explicación sencilla. Esta nación hace un esfuerzo extraordinario durante dos siglos (fines del XV a principios del XVII), en los que combate en todos los puntos de la tierra: en África y en Flandes, en América y en Oceanía en Asia, y en los océanos; y combate contra moros y contra herejes protestantes; contra turcos y contra ingleses, contra franceses y flamencos; y al mismo tiempo envía a millares de sus hijos a que creen nuevos mundos en las tierras salvajes que devoran a los que se aventuran por ellas. Este esfuerzo continuado, creador y gigantesco, le desgasta; y sus rivales, que unidos resultan más poderosos, valiéndose de toda clase de medios, al fin le vencen. España exhausta vive de su gloria, pero deja de empuñar el cetro de Occidente, el que pasa a Francia e Inglaterra. Con su vitalidad disminuida, no tiene: fuerza suficiente ni para presidir de manera eficaz la vida del Imperio, que comienza a resquebrajarse, ni para mantener una política independiente que obedezca a su espíritu, a su misión histórica y a sus intereses, y cae en la órbita de sus antiguos rivales, cuyos fines sirve.

No sólo hay despoblación catastrófica, sino también decadencia espiritual. Si en tiempo de los Reyes Católicos contaba España con unos diez millones de habitantes, al cabo de un siglo, después de la muerte de Felipe II, no tenía más de cinco; lejos de duplicarse, se había reducido a la mitad. Concomitantemente se había ido perdiendo, a manera de evaporación, la afirmación eficaz de los propios valores y el propio destino. España ya, no era ni se sentía eje de Occidente; había pasado a ser accesoria, segundona, pronta a imitar a sus antiguas rivales, disminuida de personalidad.

Entonces las novedades francesas e inglesas se procuran copiar al pie de la letra, sea en la superficialidad de los vestidos, sea en la brillantez de las ideas enciclopedistas, sea en la misteriosa introducción de las logias masónicas. Se había empequeñecido en todo sentido; y ni siquiera, en el afán de imitación, había logrado subir al coche de la técnica en que se habían embarcado sus competidoras.

Ya se comprende que así no podía dar vitalidad a las grandes extremidades del Imperio. La falta de fe en sí de la cabeza misma, contagia a los demás. Muchas veces sin explicarse, subconscientemente, criollos y mestizos, aun honrándose de pertenecer a España, sentirían enfriamiento, alejamiento, desconfianza. La vida iba muriendo en las articulaciones imperiales. Y un proceso semejante presenciamos ahora en los países europeos que desangraron física y espiritualmente al español.

Por esa mecánica que existe en los acontecimientos sociales, correlativamente con la, decadencia española iba fortaleciéndose el organismo de las colonias. Se había formado un nuevo tipo racial, un nuevo tipo humano, que más que mestizaje sanguíneo lo tenía psíquico. Era el fenómeno que estudiamos al hablar concretamente del mestizaje; era la influencia de un medio diverso en el hombre europeo.

A cada persona humana corresponde una personalidad, un modo se ser; a los hispanoamericanos correspondía una personalidad que no era, la de los hispanopeninsulares; consecuentemente, las entidades regionales de Hispanoamérica que habrían de dar origen a los actuales Estados, tenían personalidad colectiva diversa de la española. América, con su vida igual, pacifica, religiosa, inundada de indios sojuzgados, suaviza las aristas hasta en el modo de hablar. No se oirán en gargantas americanas las duras y jotas, ni se diferenciarán las zetas lo español perderá dureza en América, pero perderá también definición el español. Se presentará más expeditivo, más francote y directo, más mandón; el hispanoamericano, más sutil; más amanerado, más cortés, más lleno de rodeos menos enérgico y menos alegre. El que tiene más acusado sentido de acción suele mirar despectivamente al que lo tiene en grado inferior; de ahí que los nórdicos miren del hombro para abajo a los mediterráneos; los occidentales a los de Oriente; algo semejante sucedía con españoles e hispanoamericanos. Era natural que esto sucediera. Allí en plena decadencia, el español conservaba, sus aristas intransigentes y duras, que las sabía hincar al rato menos pensado; si no, díganlo los franceses, que tuvieron que habérselas con un 2 de mayo, con Zaragoza y con Bailén, y dígalo la, España de 1936, que le hizo, exclamar a Claudel: “Dijeron que dormías y habías quedado estéril y en un momento has despertado y poblado los cielos con un millón de mártires”. El español, expeditivo, duro y proveniente de un medio, más culto, más civilizado y con el control de los primeros cargos y dignidades, tenía que ver desdeñosamente al hispanoamericano, menos enérgico nacido en un medio menos adelantado.

Cuando el hispanoamericano culto midió sus armas con el hispanoeuropeo culto o con otros europeos y se dio cuenta de su valer, trocó la natural admiración por lo español, en resentimiento; se sintió preterido injustamente; juzgó, luego, que era un atropello y una explotación que se prefiriera para el gobierno a gentes venidas de la Península, cuando en la propia tierra había personas capaces y de méritos. Y muchos patriotas fueron simplemente hombres de mérito que recibieron estos agravios u otros provenientes de las instituciones de la época, que les hicieron reaccionar tanto contra las instituciones como contra la autoridad española y aun contra España. Ese fue el caso de Miranda y el de Espejo, que reciben agravios personales, y el del marqués de Miraflores, que los recibió en su padre y lo mismo sucedió con muchos religiosos y habría pasado con Mejía si su pronta ida a España no le hubiera colocado en situación brillantísima que contrastaba con sus humillaciones en Quito y no hubiera llegado a apreciar a los españoles al compararles con los franceses invasores.

Al sentirse agraviados, ya se comprende cómo se haría violenta la convivencia de criollos y chapetones y cómo habrán caído, mutuamente pesadas, las personalidades respectivas. Entonces, se comenzó en América a repudiar a lo español y se oiría en las calles de Quito, en 1765, el grito de “Mueran los chapetones, ¡abajo el mal gobierno! (¡Viva el Rey!)”. Este principio de reacción antiespañola no, lo pudieron suprimir ni hombres como Carondelet, todo él gallarda generosidad, ni menos los que empezaron a emplear medidas radicales, muy españolas y muy explicables por la época y las circunstancias, por cierto, pero que acabaron por encender inconteniblemente la hoguera.
Lo único que habría, cabido entonces era una, oportuna y amistosa, aunque dolorosa y forzada, retirada española ; pero ya se comprende que era casi imposible. No cabe ejemplificar con lo actuado por Inglaterra con la India, pues ni nosotros somos hindúes, ni España Inglaterra, ni mediados del siglo XX es lo mismo que principios del XIX; y recuérdese cómo fue de dura y larga la lucha entre la metrópoli y las colonias inglesas, que se independizaron a cañonazos.
He aquí cómo la afirmación de la personalidad hispanoamericana, al dar a nuestros dirigentes consciencia de su propio valer, condujo a la separación de España. Estudiadas las causas remotas de la independencia, pasemos a las otras.

B) Causas inmediatas
Entre ellas, como dejamos indicado arriba, tuvieron influencia decisiva las ideas democrático-liberales, y las revoluciones por ellas engendradas, especialmente la de independencia de los Estados Unidos y la francesa.

Las ideas revolucionarias tienen su origen remoto y doctrinario en la revolución religiosa, protestante del siglo XVI, y en el inmediato desarrollo económico de la burguesía. Tienen filósofos alemanes e ingleses que las ayudan con sus lucubraciones y cuentan en el siglo XVIII con propagandistas entusiastas tales como Voltaire, el satírico mordaz, destructor de todo lo que hasta entonces había sido respetado; Juan Jacobo Rousseau, el teorizador del origen del Estado en el pacto social de los hombres primitivos; el barón de Montesquie, admirador de las instituciones inglesas, autor de “El espíritu de las leyes”, y los enciclopedistas tales como Diderot, D’Alembert, etc., que frecuentaban las tertulias de damas aristocráticas pagadas de su intelectualismo y que hicieron su Enciclopedia.

Aquellas ideas, propugnadas por estos intelectuales, algunos de ellos escritores sugestivos, se presentaron tumultuosamente en Francia a partir de 1789 y llenaron de entusiasmo a varias mentalidades jóvenes de América, noveleras de las últimas teorías, ansiosas, de sobresalir y con espíritu apto para aceptarlas, dada la oposición, no, exenta de envidia, con los peninsulares, favorecidos con preeminencias, y dada la aureola romántica que rodeaba a ciertos personajes que habían intervenido con el pensamiento o la acción en las revueltas de Francia, romanticismo que hace presa fácil en la gente joven.

Este conjunto de ideas se propagó en América, no obstante la vigilancia de las autoridades españolas en el mercado de libros; ostentaba como principios fundamentales el derecho de rebelión del pueblo contra la autoridad, el origen meramente popular de la misma, la independencia de los poderes del Estado, y el sufragio universal como medio de designar autoridades; y estaba informado por las tesis o dogmas rousseaunianos, tales como él de que los hombres son buenos por naturaleza, pero corrompidos por la sociedad, y el de que el origen de ésta estuvo en el contrato primitivo de los asociados, esto es, en el “pacto social”, hecho imaginario que sólo tuvo realización al tiempo en que vivía Rousseau en un país, esto es, en los Estados Unidos, y que fue tomado por los secuaces de Rousseau como mera interpretación del hecho social.

He aquí los principios que causaron novedad y entusiasmo en las postrimerías del siglo XVIII, que provocaron la Revolución francesa y que, al ser bebidos por varios intelectuales de América Hispana, sirvieron de fermento que, unido, a otros factores estudiados ya o por estudiarse a continuación, produjeron la revolución de independencia.

Pero si los principios liberales actuaron directamente sobre el espíritu de algunos americanos influyentes, también ejercieron influjo en la Independencia por medio de los hechos por ellos engendrados, tales como el ya anotado de la Revolución francesa y aun antes de ella, por medio de la independencia de los Estados Unidos. En cuanto a ésta, nos basta observar lo siguiente: 1º Que varios revolucionarios, especialmente Miranda, esgrimieron el argumento de que si España había ayudado a la independencia yanqui, Inglaterra, para, desquitarse, debía de ayudar a la de Hispanoamérica; 2º En Estados Unidos se preparó al menos una expedición revolucionaria contra el gobierno español; 3º El ejemplo de Estados Unidos, que comenzaba con entusiasmo su vida independiente, sirvió de continuo modelo de los independentistas hispanoamericanos, que se enamoraron hasta de cosas propias de los Estados Unidos, como el sistema federal, lo que, al tratar de imitar infantilmente, desde México hasta Venezuela y desde Nueva Granada hasta Buenos Aires, ocasionó guerras sangrientas entre los mismos independentistas y motivó más de uno de sus fracasos frente a la reacción realista.

Pero junto al liberalismo y a los hechos por él engendrados o por él apoyados, hubo otros elementos doctrinarios o sectarios que intervinieron en la disolución del Imperio español; nos referimos principalmente a la masonería.

El liberalismo y la masonería no sólo actuaban directamente por medio del influjo sobre los independentistas o patriotas, sino que se infiltraban en la misma Península y tomaban posiciones, maniatando a España en su defensa contra la revolución emancipadora, y así vemos a secuaces de ellos, como el general Riego, sublevarse en Cabezas de San Juan cuando se disponía a embarcarse hacia América para debelar la revolución. Inglaterra y Francia contaron con el liberalismo y la masonería como aliados poderosos para someter a los políticos españoles a sus fines nacionales, aunque ello fuera en mengua de los intereses de España. La misma expulsión de los jesuitas de América, golpe fatal para la obra de España en nuestros países, fue algo en que tuvo bastante que ver la masonería (Nota editorial: y habría que ver hasta que punto esta expulsión no fue una maniobra generada desde adentro de la misma Compañía para batir a las Españas y a su Imperio). Al estudiar este acontecimiento en el número 228 de la tesis anterior, ya lo hemos indicado, influyó en el relajamiento de los vínculos de España con las colonias; y en la tesis siguiente veremos cómo algún jesuita, al desvincularse del Imperio español, hizo de uno de los precursores en la Independencia.

En la historia y en el espíritu de la masonería pueden anotarse estos caracteres: 1º Alianza con el judaísmo y con el imperio británico; 2º Anticlericalismo y anti-catolicismo fanáticos en los países latinos; 3º Oposición a las formas tradicionales de vida de estos pueblos; 4º Secretismo y espíritu de grupo o círculo.

De la relación de estos caracteres de la masonería puede deducirse mucho saber el por qué de su intervención activa en la Revolución francesa, de su apoyo a Napoleón en los primeros tiempos, para luego volver las espaldas y coadyuvar con Inglaterra para su caída; asimismo puede deducirse el por qué de la intervención masónica en la disolución del Imperio español, Imperio católico, el primero, a partir del siglo XV, en haber tratado radicalmente el problema judío (con la expulsión de estos de todos sus territorios), aferrado a las bases constitutivas de su grandeza, como todo gran pueblo, y representante de la antítesis de Inglaterra.

La masonería, pues, como hemos visto, comenzó su labor de zapa al introducir en sus filas a varios políticos y militares españoles, desde el siglo XVIII después actuó directamente sobre los revolucionarios de América, a quienes relacionó, captó y encubrió. Así vemos, por ejemplo, que Miranda, Bolívar y San Martín ingresaron en las logias aun cuando más tarde, algunos de ellos como Bolívar, renegara de ellas y las disolviera en el Perú y Colombia, acusándolas de constituir un peligro para el orden, el progreso y la paz del Estado (1).

He aquí cómo el liberalismo y la masonería fueron factores inmediatas de la Independencia en cuanto actuaron directamente sobre los patriotas; y fueron factores mediatos o remotos (resaltado en el original) en cuanto al apoderarse de algunos dirigentes e infiltrarse en algunos organismos del Imperio español, precipitaron el espíritu disolvente que se inició al comenzar la decadencia hispana (resaltado en el original).

Nos falta, pues, hablar del otro socio de la empresa antiespañola: de Inglaterra.

Este país, como hemos dicho antes, por motivos de hegemonía imperialista y de, índole doctrinaria o sectaria, procuró en todo momento, dar al traste con el poderío de España, valiéndose de todo medio. Apoyó en un principio con cautela a los precursores de la Independencia y después, abiertamente, a los revolucionarios; todavía, conserva el Ecuador una deuda de varios millones de sucres por esa ayuda inglesa (el texto es de 1951; la “deuda inglesa” se terminó de pagar al fin en el gobierno del Gral. Guillermo Rodríguez Lara 1972-1976, después de siglo y medio de haberla adquirido). Pero juntamente con el apoyo con gente, armas y pertrechos a los revolucionarios hispanoamericanos, trató de hacer sus conquistas directamente; y así, en 1806 toman los ingleses Buenos Aires y dan los primeros pasos para, hacer cosa semejante con Chile, pero fracasan en sus proyectos por la brillante reacción de los argentinos, que los expulsan tras lucha sangrienta. Este mismo rechazo hace sentir a los criollos su fuerza y les alienta para conseguir la autonomía. Sin embargo, Inglaterra seguirá ayudando la, revolución independentista, vengando de esta manera, además, el apoyo que España dio a los Estados Unidos para su independencia.

De los resentimientos o de reacciones contra reales o supuestos agravios, hemos hablado ya al tratar en el número 297 de la acentuación de una personalidad hispanoamericana; y tocarnos ahí este problema porque se presentó como tal, ya avanzada la Colonia, como consecuencia de una diferenciación llena de amor propio entre el criollismo y el hispanismo peninsular; es decir, como resultado de una afirmación más o menos consciente de la idiosincrasia y afanes de los hispanoamericanos frente a los hispanoeuropeos. Sin embargo, por la época, en que se presentan, esto es, ya cerca de la época de la. Independencia, les hemos clasificado entre las causas inmediatas, o próximas.

Las diferencias económicas y la oposición de intereses entre España y América, tenían que presentarse tarde o temprano, en cuanto las colonias aumentasen en población -por lo mismo, en necesidades- y los colonos desarrollasen la natural tendencia de enriquecimiento y de poder, máxime si había las ofertas tentadoras de los enemigos de la Metrópoli.

Mientras a España le interesaba, para el mejor control del Imperio y aun para su mejor defensa frente a rivales y enemigos, orientar la economía hacia la unidad armónica, a los productores de diversas regiones, que veían lo suyo y no la totalidad del Imperio les interesaba la prosperidad local, lo que veían y palpaban. Si se les ponían limitaciones que restringían lo que querían producir o vender, tenían que sentirse incómodos. Esto llegó a constituir un problema sobre todo en el Virreinato de Buenos Aires; no sucedió lo mismo en la Audiencia de Quito, pese a, la gravísima crisis que vino por las calamidades geológicas y sanitarias.

Queda una última causa de la Independencia, más inmediata, la más próxima a todas, la que, unida, a las anteriormente expuestas, dio ocasión y pretexto para el alzamiento general de, las colonias hispanoamericanas: la invasión de España por Napoleón.

Este caudillo entró en la Península en son de amigo, ya que eran aliadas Francia y la Madre Patria, contra Inglaterra se proponían las dos castigar a Portugal, aliado de Inglaterra; pero cuando las tropas francesas estuvieron en gran número en España, se quedaron como dominadoras provocando la reacción heroica de los españoles. Estos luchaban como podían y principalmente mediante el sistema de guerrillas, contra los hasta entonces invencibles ejércitos napoleónicos; lograron ganar alguna victoria en batalla campal, como la de Bailén; se hicieron fuertes en algunas ciudades como Gerona y Zaragoza, que defendieron con valentía no conocida en Europa en esos días, y constituyeron juntas provinciales o regionales de defensa contra el “intruso” y “tirano Bonaparte”.
Estas Juntas al fin se reunieron en una, que adoptó el título de Suprema, la, que, acosada por los franceses, se refugió en Sevilla y luego pasó más al Sur, alojándose en la isla, de León, frente a Cádiz; nombró un Consejo de Regencia que gobernaría en ausencia de los reyes, presos en Francia, el que convocó a Cortes, las que se reunieron en Cádiz integradas también por diputados americanos, entre ellos los ecuatorianos Mejía, Olmedo, Matheu y Rocafuerte, descollando admirablemente el primero, como ya veremos y dejando de concurrir el último. En estas Cortes se dejan sentir fuertes influencias liberales y masónicas, que procuran romper el orden tradicional de España, en buena parte con el apoyo de los diputados americanos.

Esta situación caótica de España que dejamos descrita, dio lugar a que en América se formaran también Juntas Patrióticas de defensa semejantes a las españolas, pero que en general constituyeron una mera simulación organizada por americanos independentistas (autonomistas en verdad) quienes, so pretexto de oponerse a las autoridades afrancesadas y a los emisarios que mandó Napoleón, trabajaban por la Independencia, engañando o tratando de engañar doblemente, sea a las autoridades españolas, sea al pueblo, que, generalmente, no sentía el afán de independizarse.

C) Causas internas, externas y -mixtas.
De todas estas causas de la Independencia, que hemos diferenciado en remotas y próximas, podemos hacer una segunda clasificación tripartita: 1º La decadencia del Imperio español, la formación de una personalidad hispanoamericana, la oposición entre criollos y peninsulares, y las dificultades económicas, son factores internos; 2º La influencia inglesa, francesa y yanqui, son causas externas; 3º Los factores doctrinarios o sectarios participan de las dos primeras categorías; son causas externas, porque fueron promovidas desde afuera; y son causas internas, porque se infiltraron en el organismo del Imperio.
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Notas:

[1] Extraído de la obra de Jorge Luna Yepes: “Síntesis histórica y geográfica del Ecuador”, 2ª Edición, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1951, pp. 332-343.
[2] Dr. Jorge Luna Yepes (Quito – 1909) Político y escritor revisionista, autor entre otras obras: “Síntesis Histórica y Geográfica del Ecuador” -2 ed. Quito y Madrid-, “El pensamiento de ARNE”, etc., Fundador de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana, en 1943.



Los Realistas Criollos en la Independencia: Superando los mitos. Jornada de reflexión, memoria histórica y conversatorio este 20 de mayo.

Los Realistas Criollos en la Independencia: Superando los mitos. Jornada de reflexión, memoria histórica y conversatorio este 20 de mayo.

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A propósito del bicentenario de “La Pepa”

Memoria histórica: Con la ya usual alharaca -a esta altura de los bicentenarios- se está conmemorando este día, 19 de marzo de 2012, el bicentenario de la Constitución de Cádiz de 1812, promulgada por las también Cortes de Cádiz (donde el Reino de Quito estuvo representado por varios diputados entre ellos el genial José Mejía Lequerica, todos firmantes de la Constitución)  y que estuviera vigente en ambos hemisferios hispanos por algunos años, considerada un fundamento jurídico mundial hoy por hoy; más allá de cualquier consideración propia, prefiero -como de costumbre- remitirme a documentos para “hablar” de este evento, en este caso dos citas fundamentales, la primera de estas prácticamente desconocida -¿u ocultada?- por todos y la segunda olvidada intencionalmente -en orden cronológico descendente-:

Vicente Morales y Duárez

“La América desde la conquista y sus indígenas han gozado los fueros de Castilla. Óiganse las palabras con que termina un capítulo de las leyes tituladas del año 1542, donde el Emperador Carlos así habla: -queremos y mandamos que sean tratados los indios como vasallos nuestros de Castilla, pues lo son Con respecto a esta justicia, había hecho antes en Barcelona una declaración en Septiembre de 1529 que dio mérito a la Ley l. Título 1, del libro 3.° de la Recopilación de las Indias, donde se dice que las Américas son incorporadas y unidas a la Corona de Castilla, conforme a las intenciones del Papa Alejandro VI. Debe hacerse alto en esas palabras incorporadas y unidas, para entender que las provincias de América no han sido ni son esclavas o vasallas de las provincias de España; han sido y son como unas provincias de Castilla, con sus mismos fueros y  honores.”

Vicente Morales y Duárez, 1811, jurista criollo peruano, diputado y presidente de las Cortes de Cádiz, mereciendo el tratamiento de “Majestad” y ocupando el trono de los Reyes de Castilla por esto.

En Actas de las Cortes de Cádiz. Antología dirigida por Don Enrique Tierno Galván. Editorial Taurus Ediciones, tomo primero, págs. 118-119, Madrid y en Diario de las discusiones y actas de las cortes, tomo segundo, pág. 370 Cádiz: en la imprenta real, 1811. Atribuida al también diputado del Perú en las Cortes de Cádiz, Dionisio Inca Yupanqui –para asombro de toda Europa- en El Perú en las Cortes de Cádiz, tomo cuarto, Vol. 1° de la Colección Documental de la Independencia del Perú, pág. 73, Lima, 1974.

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Decreto de 15 de Octubre de 1810. Igualdad de derechos entre los españoles europeos y ultramarinos: olvido de lo ocurrido en las provincias de América que reconozcan la autoridad de las Córtes.
Octubre 15 de 1810.

Las Córtes generales y extraordinarias confirman y sancionan el inconsuso concepto de que los dominios españoles en ambos hemisferios forman una sola y misma monarquía. una misma y sola nacion, y una sola familia, y que por lo mismo los naturales que sean originarios de dichos dominios europeos ó ultramarinos son iguales en derechos á los de esta península, quedando á cargo de las Córtes tratar con oportunidad, y con un particular interes de todo cuanto pueda contribuir á la felicidad de los de ultramar, como tambien sobre el número y forma que deba tener para lo sucesivo la representacion nacional en ambos hemisferios.

Ordenan asimismo las Córtes que desde el momento en que los paises de ultramar, en donde se hayan manifestado conmociones, hagan el debido reconocimiento á lalegítima autoridad soberana, que se halla establecida en la madre Patria, haya un general olvido de cuanto hubiese ocurrido indebidamente en ellos dejando sin embargo á salvo el derecho de tercero.—

Lo tendrá así entendido el Consejo de Regencia para hacerlo imprimir, publicar y circular, y para disponer todo lo necesario á su cumplimiento.—

Real Isla de Leon, 15 de Octubre de 1810.—

Ramon Lázaro de Dou, Presidente.—

Evaristo Perez de Castro, Secretario.—

Manuel Lujan, Secretario.—

Al Consejo de Regencia.—

Reg. fol. 7.

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Addendum:

CONSTITUCIÓN POLÍTICA DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA

Promulgada en Cádiz a 19 de marzo de 1812
Cádiz: en la Imprenta Real: MDCCCXII
DON FERNANDO SÉPTIMO, por la gracia de Dios y la Constitución de la Monarquía española,
Rey de las Españas, y en su ausencia y cautividad la Regencia del reino, nombrada por las Cortes generales
y extraordinarias, a todos los que las presentes vieren y entendieren, SABED: Que las mismas Cortes
han decretado y sancionado la siguiente

CONSTITUCIÓN POLÍTICA

DE LA

MONARQUÍA ESPAÑOLA

En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo autor y supremo
legislador de la sociedad.

Las Cortes generales y extraordinarias de la Nación española, bien convencidas, después del
más detenido examen y madura deliberación, de que las antiguas leyes fundamentales de
esta Monarquía, acompañadas de las oportunas providencias y precauciones, que aseguren
de un modo estable y permanente su entero cumplimiento, podrán llenar debidamente el
grande objeto de promover la gloria, la prosperidad y el bien de toda la Nación, decretan la
siguiente Constitución política para el buen gobierno y recta administración del Estado.

TÍTULO I.

DE LA NACIÓN ESPAÑOLA Y DE LOS ESPAÑOLES
CAPÍTULO I.

De la Nación Española
Art. 1.

La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios.

(…)

(Vía: http://cadiz2012.universia.es/pdf/doc_0007_cons_1812.pdf)

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Usted ya sabe que hacer: saque sus propias conclusiones.

F.N.P.



Un ecuatoriano dijo: Jorge Luna Yepes: La antihistoria en el Ecuador.

Jorge Luna Yepes

“LA ANTIHISTORIA. El apasionamiento a favor o en contra de personas o de sucesos, o la falta de información, o la información incompleta  o errada, son las fuentes de la que llamo la antihistoria; es decir, la relación o el enjuiciamiento errado sobre hechos o personas. Y concretándonos a nuestro país, hay tres capítulos en los que más antihistoria se ha escrito: es el primero el relativo a nuestros ancestros, tanto español como indígena, y a los resultados de su encuentro; el segundo versa sobre el proceso de independencia de Hispanoamérica de España, en el que se incluyen el liberalismo y la masonería; y el tercero corresponde a Gabriel García Moreno, que es la figura más dinámica y compleja, apasionante y controvertida de la historia ecuatoriana…. LOS ORIGENES REMOTOS DE NUESTRO PAÍS… Es indispensable valorar con detenimiento lo que significan esas fuentes, porque, a gusto o disgusto, son elementos que en diverso grado han intervenido en la estructuración de nuestro ser nacional y del resto de Iberoamérica; y no sólo eso, sino que se ha iniciado en nuestro país y en otros que cuentan con masa indígena, un afán sistemático de opacar o desconocer los recios valores universales de la fuente hispánica y de rehabilitar y enaltecer los valores indígenas aunque caigan en la falsificación o signifiquen un retorno a edades prehistóricas; agravado esto por una toma de posición racista beligerante, organizada no tanto por los indígenas, cuanto por mestizos, más o menos blancos o más o menos cobrizos o morenos, con evidente propósito de comandar fuerzas de choque para una futura cosecha política, aunque ésta conlleve una desintegración del Estado, a la manera como se está haciendo con el hasta hace poco país modelo, el Líbano, ahora convertido en un caos con intervención extranjera de todos los imperialismos… (Para finales del siglo XVII) La obra civilizadora de España se acercaba a su fin. La gran nación hispanoamericana, con una cultura común desde California y La Florida hasta el estrecho de Magallanes y el cabo de Hornos, se desintegraría  en multitud de Estados y formarían los ‘Estados Desunidos de Iberoamérica”, frente a los Estados Unidos de Angloamérica, que por pronta providencia se engullirían la mitad de México y Puerto Rico. DESTRUCCIÓN FRATRICIDA, ODIO A ESPAÑA, DESENGAÑO DE BOLÍVAR, MONTALVO Y ESPAÑA. Los impactos de los cataclismos geológicos, económicos y políticos, crearon angustia y desconfianza; los criollos y mestizos que, como hemos visto, habían creado clases sociales arriscadas; con miembros de alta valía y un espíritu de solidaridad, se sintieron capaces de ser autónomas; los Borbones no actuaron a tiempo y los vientos liberales no solo comenzaban a derribar tronos seculares, sino que daban las recetas de la autodeterminación de los pueblos; y el imperialismo napoleónico, al intervenir deshonesta y brutalmente en España, dio la gran circunstancia para la rebelión general en América, iniciada en Quito por las élites, y correspondida como un reguero de pólvora por todas partes: y vinieron la represión  y la guerra. La guerra de la Independencia crearon odio contra España, porque la guerra fue brutal: de parte y parte. Las autoridades españolas aplicaban la ley vigente de pena de muerte para los sublevados con armas; y frente a eso,  Bolívar decretó la guerra a muerte: nada de prisioneros: todos fusilados. Cuanto odio y desolación, y de inmediato, la insurgencia dentro de las mismas filas patriotas, las conspiraciones contra Bolívar; la destrucción de sus sueños que le hicieron exclamar: ‘América es ingobernable… los que han servido a la Revolución ah arado en el mar… A cambio de libertad hemos perdido todos los demás bienes. Estos pueblos caerán indefectiblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a las de tiranuelos imperceptibles de todos los colores y razas, devorados por todos los crímenes’. Y vino la anarquía a nuestro país y vino la decadencia de España. Muchos grupos se olvidaron que España había hecho la unidad de América, con una lengua; una religión, una raza mestiza, una concepción especial de la vida. Pero, ahora, tenemos que pensar en la reacción racional. Tenemos que formar un frente común de Hispanoamérica y España: y, más aún, de Iberoamérica y España y Portugal, como lo están haciendo en Europa pueblos de diversos idiomas y que durante muchos siglos se desconfiaron y aún odiaron. Desde California y Nueva York, hasta Madrid y Filipinas, y la Guinea que habla español, podremos hacer fe de inteligencia y repetir con Juan Montalvo, el liberal radical y rebelde Juan Montalvo, estas palabras: ‘¡España! ¡España!  Lo que hay de puro en nuestra sangre,  de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de tí lo tenemos, a tí lo debemos. El pensar a lo grande, el sentir a lo animoso, el obrar a lo justo, en nosotros, son de España; y si hay en la sangre de nuestras venas algunas gotas purpurinas, son de España. Yo que adoro a Jesucristo, yo que hablo la lengua de Castilla; yo que abrigo las afecciones de mis padres y sigo sus costumbres, ¿Cómo habría de aborrecerla?’ ”[1]      

 


[1] Luna Yepes, Jorge, “LA ANTIHISTORIA EN EL ECUADOR” aparecido en Boletín de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, Vol. 74, N° 157-158, Quito, ene-dic. 1991, páginas 160, 163, 187 y 188.



Tres ecuatorianos dijeron sobre la independencia: Jaime Rodríguez, Wilfrido Loor y Jorge Chacón.

Tres ecuatorianos dijeron sobre la independencia: Jaime Rodríguez, Wilfrido Loor y Jorge Chacón.

Jaime Rodríguez:

“La independencia del Reino de Quito, y la formación de la República del Ecuador tuvieron lugar dentro del contexto más amplio del derrumbe de la Monarquía española. Como parte de esta confederación mundial, el Reino de Quito como los demás miembros de la Monarquía –salió en defensa de su rey, su religión y su patria cuando los franceses invadieron la Península Ibérica. Dichas acciones dieron inicio al proceso de independencia en el Reino de Quito. La independencia de la América española no constituyó un movimiento anticolonialista, sino que se dio en el contexto de la revolución del mundo hispánico y de la disolución de la Monarquía española. De hecho España fue una de las nuevas naciones que surgieron  del resquebrajamiento de aquel sistema político mundial. Ese fenómeno fue parte del proceso de transición de las sociedades del Antiguo Régimen a los estados nacionales modernos… A lo largo de toda su historia, y en particular durante los siglos XVI al XVII, las posesiones españolas en América constituyeron una parte de la Monarquía española –una monarquía “universal”- una confederación de reinos y territorios dispares que se extendían a lo largo de las porciones de Europa, África, Asia y América. Solo en forma tardía, durante el reinado de Carlos III (1759-1788), la Corona intentó centralizar la monarquía y crear un verdadero imperio (moderno), con España como su metrópolis… La Monarquía española no solo era representativa y descentralizada, sino que también era sensible a las necesidades de sus numerosos integrantes… El Reino de Quito, como el resto de la Monarquía española, constituía una parte integral de la Monarquía española. Como miembro de esta confederación mundial, Quito participó en la gran revolución del mundo hispánico.”[1]

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La Guerra de las Coplas en la Independencia de Quito

La Guerra de las Coplas en la Independencia de Quito

 

“Ete maximus Orbis

Auctorem frugum tempestatumque potentem accipiat”

“En el Agosto un Ynvierno,

ya brumaba el Orizonte:

ya todo el zafir Quiteño”

Quito, aislada en las alturas de los Andes en un rincón noroccidental de la América del Sur a principios del siglo XIX, en pleno desarrollo del proceso independentista o separatista, el Tibet de América como la llamó Bartolomé Mitre, la ciudad de los conventos como la denominó Bolívar, ensimismada: “Quito y el mundo” pudo decir algún amigo porteño; por eso tal vez tuvo vocación de ciudad literaria donde la copla política de algún modo como parte de la sal quiteña, fueron demostrando el modo natural de ser de los quiteños. Y durante la independencia de Quito la guerra de las coplas no se hizo esperar:

El decepcionado prócer Juan de Larrea y Villavicencio (Ministro de Hacienda de la Junta Suprema de Quito de 1809) pudo escribir  este poema:

 

Ya no quiero insurrección,

pues he visto lo que pasa:

Yo juzgué que era melón

lo que ha sido calabaza.

 

Juzgué que con reflexión

amor  a la patria había;

pero solo hay picardía;

ya no quiero insurrección.

 

Cada uno para su casa

todas las líneas tiraba:

No me engaño: me engañaba

pues he visto lo que pasa.

 

El rey de plata había sido,

la patria todo de cobre;

su gobierno loco y pobre,

y de ladrones tejido.[1]   

                                                                                                                                                                                                                                                                                   Por su parte, los “godos”, los realistas criollos decían sobre la Junta de Quito del 10 de Agosto de 1809:

¿Qué es la “Junta”?

Un nombre vano

que ha inventado la pasión

por ocultar la traición

y perseguir al cristiano

¿Qué es el “pueblo soberano”?

Es un sueño, una quimera

es una porción ratera

de gente sin Dios, ni Rey.

¡Viva, pues, viva la ley!

¡Y toda canalla muera!

 

Y cuando llegaron las tropas colombianas “libertadoras”, comparando con los uniformes de los realistas, enseguidita no faltó quien dijera:

Los diablos en el infierno

se están finando de risa,

de ver a los colombianos

con casaca y sin camisa.

 

El pueblo indignado con el reclutamiento forzoso para la guerra de “independencia”, repetía:

Si me matan en la guerra,

la ventaja ha de quedarme

de que nadie tendrá el gusto

de volver a reclutarme.

 

Y ásperas diatribas a los arribistas de siempre, que se acomodan y pasan de apoyar al vencedor, luego de haber sido vencidos:

Paisano, ¿no es un primor

que quien fino sirvió al Rey,

hoy nos quiera dar la ley.

Metido a gobernador?

 

Para cuando terminó la guerra, y finalmente fuimos “liberados”, alguien pudo resumirlo todo, presente y futuro en una sola copla:

 Cincuenta revoluciones

en 50 años tenemos.

Como no han sido bien hechas,

hasta acertar las haremos.[2]

                                                                                                                                                                                                                                                                                       Y así nos fue.

Por Francisco Núñez Proaño


[1] En Büschges, Christian, Familia, Honor y Poder, la Nobleza en la ciudad de Quito en la época colonial tardía, FONSAL, Biblioteca Básica de Quito, Quito, 2007

[2] Todas las coplas son anónimas y fueron extraídas de “El quiteño libre” suplemento especial del diario El Comercio, Quito,  25 de mayo de 2002.