coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


Un ecuatoriano dijo: Luis Pallares Zaldumbide.

Tenía perdida esta interesante y extensa cita de Luis Pallares Zaldumbide (Alcalde de Quito entre 1966 y 1970, se destacó por su actividad política dentro del Partido Liberal Radical. Más tarde fue uno de los fundadores de la Izquierda Democrática y luego del Partido Demócrata, por cuyas filas fue diputado durante el Gobierno de León Febres Cordero). Ahora que la he reencontrado la publico a propósito del mes de la hispanidad:

EL ECUADOR Y SU ESTIRPE[1]

“Desventurado Montezuma, desventurado Atahualpa,

crueles Cortés y Pizarro. Más frente a la fatalidad de

esa hora decisiva, no todo fue alegría bárbara en esos

civilizados. Patética perplejidad la de su conciencia de

cristianos vicios, que aunque encallecida por la guerra

y el hambre y la necesidad, por algún resquicio filtraba

luz de compasión. Ellos obedecieron a su misión por el

lado más flaco y el más humano: el de la política necesaria.

Y los hados de América se cumplieron”,

GONZALO ZALDUMBIDE

La sensiblería y la mediocridad han intentado todo medio menguar la grandeza de la epopeya española en América; al conquistador se lo ha pintado como un vulgar buscador de tesoros y forzador de mujeres indias y no se ha comprendido que, con esta lógica simplista y mezquina, estaríamos fatalmente obligados a aceptarnos como un minúsculo fruto del latrocinio y de la lujuria. La conquista, debe ser estudiada mas allá de la moral convencional no es el producto de cortesanos enfermizos ni de viciosos decadentes, es algo grandioso, es obra prodigiosa de hombres de pelo en pecho.

“La conquista -dice Leopoldo Benítez Vinueza- es la más fascinante novela de caballería de la Historia”. Agrega: “El ímpetu primordial del españolismo no fue, sin embargo, ni el afán de someter el suelo ni la llama de la fe. No era el conquistador un colono amoroso. Lo que le arrastró fue un despierto apetito de oro y de gloria, un afanoso deseo de mando y una viva concupiscencia de poder”. (*) Está sí es una interpretación, si no enteramente justa, sin gazmoñerías ni sentimentalismos de mal gusto, sin restar grandeza al hecho varonil. Añadamos, aunque Benítez descarte del ímpetu primordial, la nota mística y sublime de aquellos quijotes de la religión que acompañaron a estos bravos, aquellos místicos desinteresados que con el mismo valor de los soldados vinieron a predicar su fe. Entonces tendremos la visión aquilatada del primer episodio de la jornada de España en América. El conquistador y el fraile son colosos de la personalidad humana, son la quinta-esencia del individualismo español. Ya crueles, egoístas, ya humanitarios y bondadosos, ya perversos, ya santos, pero nunca mediocres; estos individualistas extraordinarios desfloraron la virginidad de la raza cobriza y fecundaron una nueva civilización, una promesa para la libertad.

Y esta gestación, siempre épica y magnifica, es singularmente interesante en el antiguo Reino de los Quitus, a la sazón centro político y cabecera de la nueva capital del Tahuantinsuyo. No son tropas imperiales que acaban con masas de indios, no son encuentros de grandes grupos anónimos que luchan por sus respectivos imperios. Hay personajes hay personalidades en escena y sin buscar internacionalmente héroes encontramos forzosamente hombres. Valores individuales: Atahualpa, Rumiñahui, Los Pizarros, Almagro y Benalcázar. Moralmente sobre todo con nuestra moral avanzada del XX, Atahualpa sería la máxima figura con su virtud estoica, su señorío; luego Rumiñahui con su patriotismo indómito. Los conquistadores merecerían dura crítica por su traición, su codicia sin límites. Pero en función histórica, sin exigir mentalidad contemporánea en europeos y menos en aborígenes del siglo XVI, todos con su valentía sin límites, su audacia, su fe, son genuinos valores humanos, dignos antecesores de un pueblo, de una nacionalidad… Y este es un precedente de infinita trascendencia sí anhelamos llegar en exploración de libertad hasta los mismos orígenes de nuestra Patria.

Tal vez alcanzan más relieve las personalidades de Atahualpa y Rumiñahui porque son exponentes de excepción dentro de una cultura comunista y primitiva; siendo entre los españoles de la época el señorío, el individualismo orgulloso, moneda corriente aun en las clases más humildes de la sociedad. Pero, en definitiva, lo interesante para nuestra tesis es encontrar valores individuales, personalidades, en estos protagonistas primigenios de nuestra Historia, tanto indios como blancos, que confirman la existencia del valor de la voluntad individual y de la dignidad humana, por encima dé las razas y de las culturas, y que confirman también, en nuestro caso particular, la posibilidad de un ecuatoriano altivo, seguro de sus propias virtudes y lleno de fe en la libertad.

(*) Leopoldo Benítez Vinueza, Argonautas de la Selva.

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[1] Pallares Zaldumbide, Luis; En busca de valores: liberalismo, estirpe y patria. 

Un post relacionado de este blog: ESPAÑA EN AMÉRICA: CUATRO ECUATORIANOS HABLAN.



Un ecuatoriano dijo: Belisario Quevedo.

Un ecuatoriano dijo: Belisario Quevedo.

Estatua ecuestre de Don Francisco Pizarro en Lima (alguna vez)

Hace pocos días me encontraba  caminando por el centro histórico de Lima, buscando con ansías la estatua ecuestre de Francisco Pizarro que había podido ver por última vez en mi última estadía en esta ciudad, entonces ya estaba relegada al bajo del Rímac detrás del Palacio que lleva su nombre, fue imposible encontrarla. Quería una foto con ella , que lamentablemente no había podido obtenerla anteriormente. Pregunté a unos desorientados militares que no pudieron responderme y más adelante un policía pudo quitarme la incognita de la desaparición de tan magna obra; había sido removida “por razones políticas” definitivamente de la ciudad, la habían llevado al departamento de Huancayo hacia el oriente peruano, a ocho horas por tierra de Lima.

Al parecer para las “ideas” “progres” que brillan y están de moda en nuestros tiempos la estatua del fundador de la Ciudad de los Reyes es inaceptable… claro “¡cómo es posible conmemorar la memoria de quien exterminó el continente!” pensará mas de uno. Desagradecidos pensé yo, y se me vinieron a la mente las oportunas  palabras de un sociólogo e historiador ecuatoriano acerca del español y su obra en América,  se destacó este intelectual en el primer cuarto del siglo XX, librepensador, que de vivir en estos días, habría sido considerado hombre de izquierda, me refiero a Belisario Quevedo, hombre culto e inteligente, que procuró volcar sus conocimientos a sus alumnos del Instituto Nacional Mejía en Quito; y con esto inauguro esta nueva sección de mi blog “Un ecuatoriano dijo”. Aquí las palabras en homenaje a la Ciudad de los Reyes y a su fundador Don Francisco Pizarro, relegado de las plazas pero no de la verdad:

“Los españoles habían salido hacía siglos de la barbarie y entrado en la civilización; seguían la religión de Cristo, que ennoblece al hombre al amparo de la caridad y confraternidad, profesaban la monarquía, condenaban los sacrificios humanos y hasta la esclavitud, siquiera teóricamente; consideraban a sus reyes que, aun cuando consagrados por Dios, eran hombres de la misma naturaleza que los demás, y a los individuos como dueños y señores  de una esfera de acción voluntaria y libre de toda imposición del Estado. Nuestros antepasados los europeos reconocían el derecho de propiedad individual, practicaban el comercio con otros países en buques de vela, cultivaban las ciencias por el acicate de la necesidad o de la curiosidad desinteresada, dilucidaban los grandes problemas filosóficos… se usaban el papel y la imprenta; y se discutía; había escuelas y universidades, se conocían la lira, el arpa, el órgano, el vidrio, los relojes y la moneda; los calendarios de terminaban de hacer sobre un cómputo de la carrera de la tierra; tenían la brújula, la pólvora; el hierro era desde hacia tiempo poderoso auxiliar para el comercio, la industria y las artes… construían la bóveda, el arco y la teja”.

“Habían producido desde los más antiguos tiempos obras supremas de belleza en pintura, escultura y arquitectura; también literatura…”

“La raza india, rojiza, lampiña, de pelo lacio; la otra blanca, esbelta, barbada. La una, y ésta era tal vez la más grande diferencia, en un grado de cultura definitivamente estancada que había dado de sí cuanto podía dar, que había encadenado al germen de todo progreso, las facultades individuales, y quitado el espíritu de renovación; la otra raza, en cambio, en pleno desarrollo, en ejercicio constante de una potencia espiritual, cada vez mayor, llena de gérmenes vivos y esperanzas de ampliación y crecimiento”[1].


[1] Belisario Quevedo: Compendio de Historia Patria.