coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


Un ecuatoriano dijo: Belisario Quevedo.

Un ecuatoriano dijo: Belisario Quevedo.

Estatua ecuestre de Don Francisco Pizarro en Lima (alguna vez)

Hace pocos días me encontraba  caminando por el centro histórico de Lima, buscando con ansías la estatua ecuestre de Francisco Pizarro que había podido ver por última vez en mi última estadía en esta ciudad, entonces ya estaba relegada al bajo del Rímac detrás del Palacio que lleva su nombre, fue imposible encontrarla. Quería una foto con ella , que lamentablemente no había podido obtenerla anteriormente. Pregunté a unos desorientados militares que no pudieron responderme y más adelante un policía pudo quitarme la incognita de la desaparición de tan magna obra; había sido removida “por razones políticas” definitivamente de la ciudad, la habían llevado al departamento de Huancayo hacia el oriente peruano, a ocho horas por tierra de Lima.

Al parecer para las “ideas” “progres” que brillan y están de moda en nuestros tiempos la estatua del fundador de la Ciudad de los Reyes es inaceptable… claro “¡cómo es posible conmemorar la memoria de quien exterminó el continente!” pensará mas de uno. Desagradecidos pensé yo, y se me vinieron a la mente las oportunas  palabras de un sociólogo e historiador ecuatoriano acerca del español y su obra en América,  se destacó este intelectual en el primer cuarto del siglo XX, librepensador, que de vivir en estos días, habría sido considerado hombre de izquierda, me refiero a Belisario Quevedo, hombre culto e inteligente, que procuró volcar sus conocimientos a sus alumnos del Instituto Nacional Mejía en Quito; y con esto inauguro esta nueva sección de mi blog “Un ecuatoriano dijo”. Aquí las palabras en homenaje a la Ciudad de los Reyes y a su fundador Don Francisco Pizarro, relegado de las plazas pero no de la verdad:

“Los españoles habían salido hacía siglos de la barbarie y entrado en la civilización; seguían la religión de Cristo, que ennoblece al hombre al amparo de la caridad y confraternidad, profesaban la monarquía, condenaban los sacrificios humanos y hasta la esclavitud, siquiera teóricamente; consideraban a sus reyes que, aun cuando consagrados por Dios, eran hombres de la misma naturaleza que los demás, y a los individuos como dueños y señores  de una esfera de acción voluntaria y libre de toda imposición del Estado. Nuestros antepasados los europeos reconocían el derecho de propiedad individual, practicaban el comercio con otros países en buques de vela, cultivaban las ciencias por el acicate de la necesidad o de la curiosidad desinteresada, dilucidaban los grandes problemas filosóficos… se usaban el papel y la imprenta; y se discutía; había escuelas y universidades, se conocían la lira, el arpa, el órgano, el vidrio, los relojes y la moneda; los calendarios de terminaban de hacer sobre un cómputo de la carrera de la tierra; tenían la brújula, la pólvora; el hierro era desde hacia tiempo poderoso auxiliar para el comercio, la industria y las artes… construían la bóveda, el arco y la teja”.

“Habían producido desde los más antiguos tiempos obras supremas de belleza en pintura, escultura y arquitectura; también literatura…”

“La raza india, rojiza, lampiña, de pelo lacio; la otra blanca, esbelta, barbada. La una, y ésta era tal vez la más grande diferencia, en un grado de cultura definitivamente estancada que había dado de sí cuanto podía dar, que había encadenado al germen de todo progreso, las facultades individuales, y quitado el espíritu de renovación; la otra raza, en cambio, en pleno desarrollo, en ejercicio constante de una potencia espiritual, cada vez mayor, llena de gérmenes vivos y esperanzas de ampliación y crecimiento”[1].


[1] Belisario Quevedo: Compendio de Historia Patria.