coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


LA ENEMISTAD HISTÓRICA DEL PAPADO CONTRA EL IMPERIO ESPAÑOL

LA ENEMISTAD HISTÓRICA DEL PAPADO CONTRA EL IMPERIO ESPAÑOL
O
EL MITO DE QUE CASTILLA FUE EL BRAZO ARMADO DE LA IGLESIA

(Memoria y apuntes sueltos para la comprensión de la rivalidad Güelfa-Gibelina en América)

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El Saco (Saqueo) de Roma por las tropas imperiales de Carlos V en 1527.

PRIMERA PARTE: Resumen cronológico de la cuestión.-

SIGLOS XV Y XVI:

Desde el inicio mismo de la expansión de Castilla por el Mundo la representación máxima de la Iglesia Católica, es decir el Papado, mantuvo una sostenida y continuada oposición a los monarcas que curiosamente fueron titulados por siempre como Católicos.

Siempre celosos de su poder y con el temor de un resurgimiento gibelino no podían, los Papas, menos que ver como un desafío y un peligro para su usurpada autoridad el fortalecimiento de una Monarquía con visos de poder temporal y autoridad espiritual.

Ludwig Pfandl señala cuales eran los objetivos específicos, en este sentido, de los monarcas castellano-aragoneses, Isabel y Fernando:

“La política religiosa de Isabel y Fernando perseguía tres fines diferentes. Primero, querían una Iglesia nacional española, es decir soberana autonomía eclesiástica; segundo, querían una Iglesia reformada, que es lo mismo que decir, depurada de toda anomalía en la vida religiosa; y por último, quería una Iglesia unificada, única, es decir, que querían eliminar de las fronteras españolas cualquier confesión que no fuera la católica… La tercera prerrogativa, la desestimación de decretos papales, era el más antiguo de los tres privilegios y su inexistencia hubiera supuesto de hecho un serio perjuicio para los otros dos. Se trataba de un poder del Papa Urbano VI otorgado temporalmente y por necesidad, en tiempos del cisma eclesiástico (a finales del s. XIV), que los Reyes Católicos reclamaron como estatuto legal y permanente en su reino. En virtud de esta regalía, todo decreto procedente de la curia era detenidamente estudiado con el fin de comprobar que NO lesionaba derechos de la Corona ni del País. O que por desconocimiento de la situación en España o por estar mal aconsejado, el Papa pudiera disponer algo que produjera malestar popular o menoscabo de los intereses nacionales. De existir alguna duda al respecto, el decreto NO podía entrar en rigor hasta haberse obtenido de la Curia el cambio deseado (Nótese el paralelismo con acciones similares llevadas adelante por Gabriel García Moreno). Así de esta forma, el Rey también venía a ser una especie de Papa particular de los españoles, y los lazos que le unían a él con su pueblo y a este con el clero eran muchos más estrechos que en cualquier otro país, incluso tratándose de cuestiones morales.”

La autoridad espiritual y el poder temporal unidos en el cetro hispánico eran motivos más que suficientes para que desde el Vaticano se sostuviera una oposición y muchas veces una franca enemistad durante el posterior desarrollo de la Monarquía Hispánica Universal o Imperio Español en los cinco continentes.

Ramón Mujica Pinilla al referirse al respecto dice:

“…el Patronato Real de las Indias covertía al Emperador cristiano en patrón y reformador de la Iglesia universal. A los Reyes Católicos les fueron concedidas las bulas papales, pero fue en realidad Carlos V quien inauguró el nuevo orden político… El Patronato Real concedido a los Reyes Católicos por los Papas Alejandro VI y Julio II convertía al emperador hispano en la nueva cabeza de la Iglesia, corroborando así el sentido profético y mesiánico de la casa de Austria española.”

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El Emperador Carlos V dominando al papa, a los reyes y al sultán otomano. ¡Salve el Emperador!

El Papa Paulo IV detestaba a los españoles, de los que decía ser “malditos de Dios, simiente de judíos, moros y herejes”. Y sobre Carlos I de Castilla – V del Sacro Imperio Romano Germánico y Felipe II, el napolitano afirmaba:”Quiero declararlos despojados de sus reinos y excomulgarlos, porque son herejes”.

Vimos entonces como un Papa se alineó con el Sultán otomano en contra de Carlos V, emperador católico, o todavía más, cómo otro Papa, permitió la caída de Constantinopla –auxiliada por castellanos y aragoneses- ante los turcos porque sus defensores, cristianos ortodoxos, no querían acatar la “soberanía” de Roma.

SIGLOS XVI-XVII:

Y cuando en plena defensa de la integridad de la Cristiandad se desató el furor protestante, durante esa sangría que fue la Guerra de los Treinta Años sellada en Westfalia, donde se parió la modernidad, que los monarcas hispanos quisieron evitar, volvimos a ver como otro Papa, en esa histórica sentina Vaticana (los desechos de Roma iban a parar allí antes de la construcción de los aposentos papales), volvió a aliarse al enemigo del Monarca Católico (Felipe III Y Felipe IV) y universal, volvió a aliarse con el enemigo, protestante primero: el Rey sueco, y nuevamente con el turco musulmán y con el Rey de Francia, enemigo jurado de España y de los Austrias.

SIGLO XVIII:

En el sigo XVIII vemos una  gran apertura de relaciones entre la potencia talasocática por excelencia, Inglaterra -otra histórica enemiga de la Monarquía Hispánica-, con el Vaticano, propendiendo a una alianza anti-hispánica que llevaría la destrucción del Imperio, alianza sustentada principalmente en acuerdos de acción comunes para debilitar a la Monarquía Universal Hispánica, para finalmente destruirla. Dos testimonios documentales de la época nos brindan un termómetro del asunto:

EL PAPA ES INGLÉS DE CORAZÓN – ENEMIGO DE ESPAÑA:

“Por más que los franceses se hayan persuadido a que conseguirán el ajuste con Inglaterra, yo no me lo he podido persuadir, no por razón alguna, sino por aquello que llaman corazonada y por conocer un poco la insolencia de esos isleños. No quiero poner a la parte con esto las instigaciones de los jesuitas para soplar el fuego contra los Borbones, como que esa es la única venganza que queda a la gente más vengativa del mundo, porque decir esto parecería proposición de jansenista. Lo que no obstante es verdad irrefragable es el odio que un pedante llamaría vaiiniano con que dichos jesuitas viven contra todo lo borbónico y que sólo tienen igual en esto a la venerable Corte de Roma, desde el papa (Clemente XIV) inclusive hasta los monaguillos de San Pedro…. Se les conoce la alegría por los semblantes, porque creen que en una campaña se nos han de tragar los ingleses. Desde que Roma es Roma no se ha visto aquí la multitud de isleños que hay este año…. He dicho a Vd. arriba que el papa es inglés de corazón. Digo, en conclusión, que toda esta brigada es tan inglesa y más que lo restante del lugar y que se dice a boca llena que el papa piensa como ellos” -José Nicolás de Azara, procurador de la embajada de los reinos de España en Roma, 1770.

EL CONTUBERNIO ENTRE ROMA Y LONDRES NO ES NUEVO:

“Creo que se habrá Vd. escandalizado al oír y ver el modo con que esa Corte (de Roma) se porta con el Príncipe de Gales (Carlos Estuardo) por respetos al Rey Jorge (III). Vea Vd. si conviene hoy la doctrina de los que aconsejan en Monte Cavallo (palacio del papa) con la de Belarmino, Mariana, Suárez, etc. y con la que siguió Sixto V (1585-90) y sus antecesores, queriendo despojar de la corona a los soberanos de Inglaterra y de Francia con pretexto de la Religión y haciendo lícita la desobediencia de sus vasallos los regicidios y todo lo demás que Vd. ha leído y sabe. Yo fui testigo del extraordinario cortejo con que ahí se trató al Duque de York (hermano de Jorge III) y en otro tiempo nos hubieran excomulgado a todos los que hablásemos con un príncipe hereje. Es gran cosa la DOCTRINA ACOMODATICIA (de Roma y el papa) y la ciencia media.” -Manuel de Roda y Arrieta, ministro de gracia y justicia de los reinos de España, 1766.

SIGLO XIX:

¡CÁIGANSE DE ESPALDAS! LOS GÜELFOS PROVOCARON LA SEPARACIÓN (INDEPENDENCIA) DE LA AMÉRICA HISPANA:

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Jorge IV como Grand Master de la Royal Guelphic Order

La Real Orden Güelfa (nombrada así por la Casa de los Güelfos enemigos del Imperio, históricos rivales de los gibelinos y sostenedores a ultranza del Papado), a veces también conocida como la Orden Güelfa de Hannover, es una orden de caballería instituida el 28 de abril 1815 por el Príncipe Regente del Reino Unido posteriormente Jorge IV, de quien el general Juan José Flores, primer presidente del Ecuador decretó: “S.M.B. el Rey Jorge IV… un monarca que ha sido el más firme apoyo de nuestros derechos en la gloriosa contienda de la libertad e independencia de Colombia y que supo estrechar con ella muy leales y francas relaciones de amistad, comercio y navegación”.

Francisco Núñez del Arco Proaño



ESCLAVITUD INDIA EN AMÉRICA A MANOS DE INDIOS EN LA ÉPOCA HISPÁNICA

ESCLAVITUD INDIA EN AMÉRICA A MANOS DE INDIOS EN LA ÉPOCA HISPÁNICA

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Aunque la esclavitud de indios había sido prohibida por la Monarquía Hispánica, ésta se llevó a la práctica por los caciques indios sobre su misma gente perpetuando su tradición prehispánica en ese sentido. La esclavitud india en manos de otros indios como tal se mantuvo por casi dos siglos después de la conquista, aun cuando la propia Corona legalmente reprobó y prohibió dicho uso inmemorial en los territorios americanos.

El 6 de noviembre de 1538, el Emperador Don Carlos y la Emperatriz gobernadora en Toledo dispusieron: “Prohibimos y defendemos (impedimos) a los Caciques, y (indios) Principales tener, vender, o trocar por esclavos a los indios, que les estuvieren sujetos, y asimismo a los españoles podérselos comprar, ni rescatar”. (Comprendida en la Ley III, Título II, Libro VI, de la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias)

A pesar de la prohibición el problema persistía, así el 26 de octubre de 1541, el Cardenal Tavera, gobernador en Fuensalida decretó que: “Los Caciques, y (indios) principales no tengan por esclavos a sus sujetos”. (Comprendida en la Ley III, Título II, Libro VI, de la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias)

Casi medio siglo después de las anteriores disposiciones iniciales, Don Felipe II tuvo que reaccionar ante una mutación de la forma en que se ejercía una vez más la esclavitud india a manos de indios en forma disimulada, así el 8 de julio de 1577, en San Lorenzo, ordenó: “Que los caciques paguen a los indios mitayos que empleen en su servicio, sus jornales”. (Ley X, Título VII, Libro VI, de la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias)

Nuevamente, una década después, por la perseverancia de mantener los caciques esclavizados a los yanaconas, el 8 de febrero de 1588, Don Felipe II, en Valladolid, dispone de forma clara: “Que los caciques y principales no tengan por esclavos a sus sujetos”. (Ley III, Título II, Libro VI, de la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias)

Poco menos de un siglo después, la esclavización de los indios por sus caciques persistía a pesar de toda la normativa legal y los esfuerzos de la Corona por remediar este hecho. El 18 de mayo de 1680, Don Carlos II, reiterando todas las leyes anteriores en el mismo sentido, en la Ley I, del Libro VI, del Título II de las Leyes de Indias decreta que los indios sean libres, y no sujetos a servidumbre, asimismo, en la Ley III se dicta: “Que los caciques y principales no tengan por esclavos a sus sujetos”, una vez más. Allí mismo en la Ley V se señala que “los indios del Brasil o demarcación de Portugal sean libres en las Indias”. Para ajustar o reforzar esta ley todavía más, el mismo día y año, en la Ley X, dentro del título VII del Libro IV referente a los Caciques, se les ordena que “paguen jornales a los indios que trabajen en sus labranzas”. Vemos como se seguía reproduciendo una forma disimulada de esclavitud al no pagar los Caciques e indios principales sus jornales a sus sujetos.

Los Caciques no quedaban conformes con estas leyes muchas veces y se empecinaban en sus abusos contra sus indios gobernados, “vasallos naturales”, como los definía el derecho hispánico recogiendo la norma consuetudinaria de los pueblos prehispánicos. Por lo cual muchos viajaban a Madrid a exigir compensaciones y derechos en sustitución de la esclavitud de sus gobernados. Las Audiencias muchas veces prohibían estos desplazamientos, procurando se acataran las normas regias, sin embargo, los Caciques se dirigían directamente al Rey y consiguieron que Don Fernando VI, el 19 de enero de 1751, en Buen Retiro, emitiera una Real Cédula sobre que no se impida a ellos, los Caciques, y a otros indios que tengan justos motivos para ir a la España peninsular, verificar su viaje, “proporcionándoles en dicho caso los auxilios correspondientes”.

La mita (sistema de trabajo obligatorio utilizado en América específicamente en la Región Andina), institución de origen y heredad incaica, usufructuada igualmente por Caciques en el período hispánico, es abolida por decreto del Consejo de Regencia de las Españas e Indias, que fuera presidida por el criollo quitense Joaquín de Mosquera y Figueroa (Rey de las Españas encargado, había nacido en Popayán, Reino y Real Audiencia de Quito), mediante decreto de 9 de noviembre de 1812.

Por Francisco Núñez del Arco Proaño



COSME LÓPEZ Y OTROS – LOS PRIMEROS QUITEÑOS EN EUROPA

COSME LÓPEZ Y OTROS – LOS PRIMEROS QUITEÑOS EN EUROPA

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Parte de la visión sesgada y unilateral del proceso histórico que significó la Conquista y el Poblamiento de las Indias Occidentales o América por parte de la Corona de Castilla, es creer que no existió intercambio humano de un continente a otro, sino solamente “ocupación” del uno (Europa) por sobre el otro (lo que sería América). En términos actuales, la movilidad humana desde América hacia Europa desde el primer momento del proceso histórico mencionado fue muy amplia y hasta ahora muy poco estudiada y comprendida. Se ven criollos y mestizos de todos los rincones conquistados ir y venir por el Atlántico y de un lado a otro de América (numerosos son, por ejemplo, los conquistadores mestizos de América del Sur, demostrativamente véase el caso de Buenos Aires, donde casi la totalidad de sus fundadores y primeros pobladores eran mestizos biológicos aunque europeos culturalmente hablando, idos desde el Paraguay – Valga recordar que las primeras generaciones de mestizos americanos, lo vemos en México como en el Paraguay, siempre fueron considerados castellanos o hispanos como sus padres), dejando en muchos casos descendencia en ambos lados del Océano. Me remitiré en este caso, como es evidente, a mi Reino o Provincia ultramarina de la Monarquía Hispánica: Quito.

La villa de San Francisco de Quito fue asentada el 6 de diciembre de 1534 en el actual emplazamiento de la ciudad, siendo la capital de su provincia hispana homónima por casi tres siglos. Apenas poco más 20 años después, en 1555, es decir en la primera generación de criollos y mestizos quiteños y quitenses (quiteño, gentilicio de los nacidos en San Francisco de Quito; quitense, gentilicio de los naturales de la provincia, después Real Audiencia de Quito), se tiene la constancia documental del primer quiteño en tierras europeas, de la Castilla peninsular: Cosme López, “vecino y natural de Quito, hijo de Diego López y de Leonor de Andía, soltero” y por supuesto, mozo todavía, quien además se disponía a volver a Quito para entonces. Además se distingue a los siguientes en la documentación disponible en el Archivo General de Indias: En 1557 están en la Península los hermanos Ruy Gómez de la Cámara y Martín Rojas, “naturales de Quito, vecinos de Antequera”, mestizo el primero, hijos del conquistador Alonso de Gómez Adalid y de Leonor Palla (india noble) el primero; y criollo el segundo, hijo de Inés de Rojas. También evidenciamos así que si bien el mestizaje se produjo desde el primer momento, el criollaje también, en la primera generación posterior a la conquista nacieron criollos –hijos de padre y madre europeos en América-, desmintiendo así varios puntos de la Leyenda Negra, como la supuesta ausencia total de mujeres en la Conquista, ni hablemos de las familias completas que se trasladaron en la décadas posteriores desde los Reinos Peninsulares a los Ultramarinos.

El 29 de diciembre de 1557 Juan de Rioja, “de color mestizo” pasa a la “Provincia de Quito, por ser natural de ella”, desconociendo desde cuando había estado en la Península. Para 1559 consta la presencia de Francisco Bernardo de Quirós en Sevilla –quien ya estaba en la Península por lo menos desde antes de 1556-, “natural de San Francisco de Quito”, que para la fecha era servido por un criado peninsular, Alonso Pérez.

Así comprobamos la presencia de al menos cinco quiteños y quitenses en los reinos peninsulares en la inmediata y primera generación posterior a la conquista. En casos como el de la Isla Española, los casos se cuentan por centenas, debido a  lógicas cuestiones cronológicas para el momento.

Se encuentran, así mismo, otros (por lo menos 3) “vecinos de San Francisco de Quito” en éste primer cuarto de siglo posterior a la fundación de la ciudad en Europa, sin embargo al no señalar si son o no naturales de la misma, no se puede consignar su presencia aquí.

Francisco Núñez del Arco Proaño



CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA

CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA

Por Jorge Luna Yepes

A propósito de conmemorarse el 24 de Mayo la Batalla del Pichincha:

Como en todo hecho trascendental, debemos distinguir las causas remotas, profundas, y las que son inmediatas, más o menos circunstanciales. Hay dos causas remotas, evidentes: la decadencia de España y la formación de una personalidad hispanoamericana diversa de la hispanopeninsular.

Entre las causas inmediatas debemos considerar principalmente: 1ª El influjo de la independencia de los Estados Unidos; 2ª El de la Revolución francesa; 3ª De las ideas revolucionarias liberales que presidieron estos dos movimientos; 4ª El afán inglés de acabar definitivamente con el Imperio español; 5ª La labor de la masonería; 6ª La situación crítica que sobreviene a España por la invasión napoleónica; 7ª Resentimientos personales, y 8ª Limitaciones económicas.

A) Causas remotas
La decadencia de España obedece a un proceso de biología política de explicación sencilla. Esta nación hace un esfuerzo extraordinario durante dos siglos (fines del XV a principios del XVII), en los que combate en todos los puntos de la tierra: en África y en Flandes, en América y en Oceanía en Asia, y en los océanos; y combate contra moros y contra herejes protestantes; contra turcos y contra ingleses, contra franceses y flamencos; y al mismo tiempo envía a millares de sus hijos a que creen nuevos mundos en las tierras salvajes que devoran a los que se aventuran por ellas. Este esfuerzo continuado, creador y gigantesco, le desgasta; y sus rivales, que unidos resultan más poderosos, valiéndose de toda clase de medios, al fin le vencen. España exhausta vive de su gloria, pero deja de empuñar el cetro de Occidente, el que pasa a Francia e Inglaterra. Con su vitalidad disminuida, no tiene: fuerza suficiente ni para presidir de manera eficaz la vida del Imperio, que comienza a resquebrajarse, ni para mantener una política independiente que obedezca a su espíritu, a su misión histórica y a sus intereses, y cae en la órbita de sus antiguos rivales, cuyos fines sirve.

No sólo hay despoblación catastrófica, sino también decadencia espiritual. Si en tiempo de los Reyes Católicos contaba España con unos diez millones de habitantes, al cabo de un siglo, después de la muerte de Felipe II, no tenía más de cinco; lejos de duplicarse, se había reducido a la mitad. Concomitantemente se había ido perdiendo, a manera de evaporación, la afirmación eficaz de los propios valores y el propio destino. España ya, no era ni se sentía eje de Occidente; había pasado a ser accesoria, segundona, pronta a imitar a sus antiguas rivales, disminuida de personalidad.

Entonces las novedades francesas e inglesas se procuran copiar al pie de la letra, sea en la superficialidad de los vestidos, sea en la brillantez de las ideas enciclopedistas, sea en la misteriosa introducción de las logias masónicas. Se había empequeñecido en todo sentido; y ni siquiera, en el afán de imitación, había logrado subir al coche de la técnica en que se habían embarcado sus competidoras.

Ya se comprende que así no podía dar vitalidad a las grandes extremidades del Imperio. La falta de fe en sí de la cabeza misma, contagia a los demás. Muchas veces sin explicarse, subconscientemente, criollos y mestizos, aun honrándose de pertenecer a España, sentirían enfriamiento, alejamiento, desconfianza. La vida iba muriendo en las articulaciones imperiales. Y un proceso semejante presenciamos ahora en los países europeos que desangraron física y espiritualmente al español.

Por esa mecánica que existe en los acontecimientos sociales, correlativamente con la, decadencia española iba fortaleciéndose el organismo de las colonias. Se había formado un nuevo tipo racial, un nuevo tipo humano, que más que mestizaje sanguíneo lo tenía psíquico. Era el fenómeno que estudiamos al hablar concretamente del mestizaje; era la influencia de un medio diverso en el hombre europeo.

A cada persona humana corresponde una personalidad, un modo se ser; a los hispanoamericanos correspondía una personalidad que no era, la de los hispanopeninsulares; consecuentemente, las entidades regionales de Hispanoamérica que habrían de dar origen a los actuales Estados, tenían personalidad colectiva diversa de la española. América, con su vida igual, pacifica, religiosa, inundada de indios sojuzgados, suaviza las aristas hasta en el modo de hablar. No se oirán en gargantas americanas las duras y jotas, ni se diferenciarán las zetas lo español perderá dureza en América, pero perderá también definición el español. Se presentará más expeditivo, más francote y directo, más mandón; el hispanoamericano, más sutil; más amanerado, más cortés, más lleno de rodeos menos enérgico y menos alegre. El que tiene más acusado sentido de acción suele mirar despectivamente al que lo tiene en grado inferior; de ahí que los nórdicos miren del hombro para abajo a los mediterráneos; los occidentales a los de Oriente; algo semejante sucedía con españoles e hispanoamericanos. Era natural que esto sucediera. Allí en plena decadencia, el español conservaba, sus aristas intransigentes y duras, que las sabía hincar al rato menos pensado; si no, díganlo los franceses, que tuvieron que habérselas con un 2 de mayo, con Zaragoza y con Bailén, y dígalo la, España de 1936, que le hizo, exclamar a Claudel: “Dijeron que dormías y habías quedado estéril y en un momento has despertado y poblado los cielos con un millón de mártires”. El español, expeditivo, duro y proveniente de un medio, más culto, más civilizado y con el control de los primeros cargos y dignidades, tenía que ver desdeñosamente al hispanoamericano, menos enérgico nacido en un medio menos adelantado.

Cuando el hispanoamericano culto midió sus armas con el hispanoeuropeo culto o con otros europeos y se dio cuenta de su valer, trocó la natural admiración por lo español, en resentimiento; se sintió preterido injustamente; juzgó, luego, que era un atropello y una explotación que se prefiriera para el gobierno a gentes venidas de la Península, cuando en la propia tierra había personas capaces y de méritos. Y muchos patriotas fueron simplemente hombres de mérito que recibieron estos agravios u otros provenientes de las instituciones de la época, que les hicieron reaccionar tanto contra las instituciones como contra la autoridad española y aun contra España. Ese fue el caso de Miranda y el de Espejo, que reciben agravios personales, y el del marqués de Miraflores, que los recibió en su padre y lo mismo sucedió con muchos religiosos y habría pasado con Mejía si su pronta ida a España no le hubiera colocado en situación brillantísima que contrastaba con sus humillaciones en Quito y no hubiera llegado a apreciar a los españoles al compararles con los franceses invasores.

Al sentirse agraviados, ya se comprende cómo se haría violenta la convivencia de criollos y chapetones y cómo habrán caído, mutuamente pesadas, las personalidades respectivas. Entonces, se comenzó en América a repudiar a lo español y se oiría en las calles de Quito, en 1765, el grito de “Mueran los chapetones, ¡abajo el mal gobierno! (¡Viva el Rey!)”. Este principio de reacción antiespañola no, lo pudieron suprimir ni hombres como Carondelet, todo él gallarda generosidad, ni menos los que empezaron a emplear medidas radicales, muy españolas y muy explicables por la época y las circunstancias, por cierto, pero que acabaron por encender inconteniblemente la hoguera.
Lo único que habría, cabido entonces era una, oportuna y amistosa, aunque dolorosa y forzada, retirada española ; pero ya se comprende que era casi imposible. No cabe ejemplificar con lo actuado por Inglaterra con la India, pues ni nosotros somos hindúes, ni España Inglaterra, ni mediados del siglo XX es lo mismo que principios del XIX; y recuérdese cómo fue de dura y larga la lucha entre la metrópoli y las colonias inglesas, que se independizaron a cañonazos.
He aquí cómo la afirmación de la personalidad hispanoamericana, al dar a nuestros dirigentes consciencia de su propio valer, condujo a la separación de España. Estudiadas las causas remotas de la independencia, pasemos a las otras.

B) Causas inmediatas
Entre ellas, como dejamos indicado arriba, tuvieron influencia decisiva las ideas democrático-liberales, y las revoluciones por ellas engendradas, especialmente la de independencia de los Estados Unidos y la francesa.

Las ideas revolucionarias tienen su origen remoto y doctrinario en la revolución religiosa, protestante del siglo XVI, y en el inmediato desarrollo económico de la burguesía. Tienen filósofos alemanes e ingleses que las ayudan con sus lucubraciones y cuentan en el siglo XVIII con propagandistas entusiastas tales como Voltaire, el satírico mordaz, destructor de todo lo que hasta entonces había sido respetado; Juan Jacobo Rousseau, el teorizador del origen del Estado en el pacto social de los hombres primitivos; el barón de Montesquie, admirador de las instituciones inglesas, autor de “El espíritu de las leyes”, y los enciclopedistas tales como Diderot, D’Alembert, etc., que frecuentaban las tertulias de damas aristocráticas pagadas de su intelectualismo y que hicieron su Enciclopedia.

Aquellas ideas, propugnadas por estos intelectuales, algunos de ellos escritores sugestivos, se presentaron tumultuosamente en Francia a partir de 1789 y llenaron de entusiasmo a varias mentalidades jóvenes de América, noveleras de las últimas teorías, ansiosas, de sobresalir y con espíritu apto para aceptarlas, dada la oposición, no, exenta de envidia, con los peninsulares, favorecidos con preeminencias, y dada la aureola romántica que rodeaba a ciertos personajes que habían intervenido con el pensamiento o la acción en las revueltas de Francia, romanticismo que hace presa fácil en la gente joven.

Este conjunto de ideas se propagó en América, no obstante la vigilancia de las autoridades españolas en el mercado de libros; ostentaba como principios fundamentales el derecho de rebelión del pueblo contra la autoridad, el origen meramente popular de la misma, la independencia de los poderes del Estado, y el sufragio universal como medio de designar autoridades; y estaba informado por las tesis o dogmas rousseaunianos, tales como él de que los hombres son buenos por naturaleza, pero corrompidos por la sociedad, y el de que el origen de ésta estuvo en el contrato primitivo de los asociados, esto es, en el “pacto social”, hecho imaginario que sólo tuvo realización al tiempo en que vivía Rousseau en un país, esto es, en los Estados Unidos, y que fue tomado por los secuaces de Rousseau como mera interpretación del hecho social.

He aquí los principios que causaron novedad y entusiasmo en las postrimerías del siglo XVIII, que provocaron la Revolución francesa y que, al ser bebidos por varios intelectuales de América Hispana, sirvieron de fermento que, unido, a otros factores estudiados ya o por estudiarse a continuación, produjeron la revolución de independencia.

Pero si los principios liberales actuaron directamente sobre el espíritu de algunos americanos influyentes, también ejercieron influjo en la Independencia por medio de los hechos por ellos engendrados, tales como el ya anotado de la Revolución francesa y aun antes de ella, por medio de la independencia de los Estados Unidos. En cuanto a ésta, nos basta observar lo siguiente: 1º Que varios revolucionarios, especialmente Miranda, esgrimieron el argumento de que si España había ayudado a la independencia yanqui, Inglaterra, para, desquitarse, debía de ayudar a la de Hispanoamérica; 2º En Estados Unidos se preparó al menos una expedición revolucionaria contra el gobierno español; 3º El ejemplo de Estados Unidos, que comenzaba con entusiasmo su vida independiente, sirvió de continuo modelo de los independentistas hispanoamericanos, que se enamoraron hasta de cosas propias de los Estados Unidos, como el sistema federal, lo que, al tratar de imitar infantilmente, desde México hasta Venezuela y desde Nueva Granada hasta Buenos Aires, ocasionó guerras sangrientas entre los mismos independentistas y motivó más de uno de sus fracasos frente a la reacción realista.

Pero junto al liberalismo y a los hechos por él engendrados o por él apoyados, hubo otros elementos doctrinarios o sectarios que intervinieron en la disolución del Imperio español; nos referimos principalmente a la masonería.

El liberalismo y la masonería no sólo actuaban directamente por medio del influjo sobre los independentistas o patriotas, sino que se infiltraban en la misma Península y tomaban posiciones, maniatando a España en su defensa contra la revolución emancipadora, y así vemos a secuaces de ellos, como el general Riego, sublevarse en Cabezas de San Juan cuando se disponía a embarcarse hacia América para debelar la revolución. Inglaterra y Francia contaron con el liberalismo y la masonería como aliados poderosos para someter a los políticos españoles a sus fines nacionales, aunque ello fuera en mengua de los intereses de España. La misma expulsión de los jesuitas de América, golpe fatal para la obra de España en nuestros países, fue algo en que tuvo bastante que ver la masonería (Nota editorial: y habría que ver hasta que punto esta expulsión no fue una maniobra generada desde adentro de la misma Compañía para batir a las Españas y a su Imperio). Al estudiar este acontecimiento en el número 228 de la tesis anterior, ya lo hemos indicado, influyó en el relajamiento de los vínculos de España con las colonias; y en la tesis siguiente veremos cómo algún jesuita, al desvincularse del Imperio español, hizo de uno de los precursores en la Independencia.

En la historia y en el espíritu de la masonería pueden anotarse estos caracteres: 1º Alianza con el judaísmo y con el imperio británico; 2º Anticlericalismo y anti-catolicismo fanáticos en los países latinos; 3º Oposición a las formas tradicionales de vida de estos pueblos; 4º Secretismo y espíritu de grupo o círculo.

De la relación de estos caracteres de la masonería puede deducirse mucho saber el por qué de su intervención activa en la Revolución francesa, de su apoyo a Napoleón en los primeros tiempos, para luego volver las espaldas y coadyuvar con Inglaterra para su caída; asimismo puede deducirse el por qué de la intervención masónica en la disolución del Imperio español, Imperio católico, el primero, a partir del siglo XV, en haber tratado radicalmente el problema judío (con la expulsión de estos de todos sus territorios), aferrado a las bases constitutivas de su grandeza, como todo gran pueblo, y representante de la antítesis de Inglaterra.

La masonería, pues, como hemos visto, comenzó su labor de zapa al introducir en sus filas a varios políticos y militares españoles, desde el siglo XVIII después actuó directamente sobre los revolucionarios de América, a quienes relacionó, captó y encubrió. Así vemos, por ejemplo, que Miranda, Bolívar y San Martín ingresaron en las logias aun cuando más tarde, algunos de ellos como Bolívar, renegara de ellas y las disolviera en el Perú y Colombia, acusándolas de constituir un peligro para el orden, el progreso y la paz del Estado (1).

He aquí cómo el liberalismo y la masonería fueron factores inmediatas de la Independencia en cuanto actuaron directamente sobre los patriotas; y fueron factores mediatos o remotos (resaltado en el original) en cuanto al apoderarse de algunos dirigentes e infiltrarse en algunos organismos del Imperio español, precipitaron el espíritu disolvente que se inició al comenzar la decadencia hispana (resaltado en el original).

Nos falta, pues, hablar del otro socio de la empresa antiespañola: de Inglaterra.

Este país, como hemos dicho antes, por motivos de hegemonía imperialista y de, índole doctrinaria o sectaria, procuró en todo momento, dar al traste con el poderío de España, valiéndose de todo medio. Apoyó en un principio con cautela a los precursores de la Independencia y después, abiertamente, a los revolucionarios; todavía, conserva el Ecuador una deuda de varios millones de sucres por esa ayuda inglesa (el texto es de 1951; la “deuda inglesa” se terminó de pagar al fin en el gobierno del Gral. Guillermo Rodríguez Lara 1972-1976, después de siglo y medio de haberla adquirido). Pero juntamente con el apoyo con gente, armas y pertrechos a los revolucionarios hispanoamericanos, trató de hacer sus conquistas directamente; y así, en 1806 toman los ingleses Buenos Aires y dan los primeros pasos para, hacer cosa semejante con Chile, pero fracasan en sus proyectos por la brillante reacción de los argentinos, que los expulsan tras lucha sangrienta. Este mismo rechazo hace sentir a los criollos su fuerza y les alienta para conseguir la autonomía. Sin embargo, Inglaterra seguirá ayudando la, revolución independentista, vengando de esta manera, además, el apoyo que España dio a los Estados Unidos para su independencia.

De los resentimientos o de reacciones contra reales o supuestos agravios, hemos hablado ya al tratar en el número 297 de la acentuación de una personalidad hispanoamericana; y tocarnos ahí este problema porque se presentó como tal, ya avanzada la Colonia, como consecuencia de una diferenciación llena de amor propio entre el criollismo y el hispanismo peninsular; es decir, como resultado de una afirmación más o menos consciente de la idiosincrasia y afanes de los hispanoamericanos frente a los hispanoeuropeos. Sin embargo, por la época, en que se presentan, esto es, ya cerca de la época de la. Independencia, les hemos clasificado entre las causas inmediatas, o próximas.

Las diferencias económicas y la oposición de intereses entre España y América, tenían que presentarse tarde o temprano, en cuanto las colonias aumentasen en población -por lo mismo, en necesidades- y los colonos desarrollasen la natural tendencia de enriquecimiento y de poder, máxime si había las ofertas tentadoras de los enemigos de la Metrópoli.

Mientras a España le interesaba, para el mejor control del Imperio y aun para su mejor defensa frente a rivales y enemigos, orientar la economía hacia la unidad armónica, a los productores de diversas regiones, que veían lo suyo y no la totalidad del Imperio les interesaba la prosperidad local, lo que veían y palpaban. Si se les ponían limitaciones que restringían lo que querían producir o vender, tenían que sentirse incómodos. Esto llegó a constituir un problema sobre todo en el Virreinato de Buenos Aires; no sucedió lo mismo en la Audiencia de Quito, pese a, la gravísima crisis que vino por las calamidades geológicas y sanitarias.

Queda una última causa de la Independencia, más inmediata, la más próxima a todas, la que, unida, a las anteriormente expuestas, dio ocasión y pretexto para el alzamiento general de, las colonias hispanoamericanas: la invasión de España por Napoleón.

Este caudillo entró en la Península en son de amigo, ya que eran aliadas Francia y la Madre Patria, contra Inglaterra se proponían las dos castigar a Portugal, aliado de Inglaterra; pero cuando las tropas francesas estuvieron en gran número en España, se quedaron como dominadoras provocando la reacción heroica de los españoles. Estos luchaban como podían y principalmente mediante el sistema de guerrillas, contra los hasta entonces invencibles ejércitos napoleónicos; lograron ganar alguna victoria en batalla campal, como la de Bailén; se hicieron fuertes en algunas ciudades como Gerona y Zaragoza, que defendieron con valentía no conocida en Europa en esos días, y constituyeron juntas provinciales o regionales de defensa contra el “intruso” y “tirano Bonaparte”.
Estas Juntas al fin se reunieron en una, que adoptó el título de Suprema, la, que, acosada por los franceses, se refugió en Sevilla y luego pasó más al Sur, alojándose en la isla, de León, frente a Cádiz; nombró un Consejo de Regencia que gobernaría en ausencia de los reyes, presos en Francia, el que convocó a Cortes, las que se reunieron en Cádiz integradas también por diputados americanos, entre ellos los ecuatorianos Mejía, Olmedo, Matheu y Rocafuerte, descollando admirablemente el primero, como ya veremos y dejando de concurrir el último. En estas Cortes se dejan sentir fuertes influencias liberales y masónicas, que procuran romper el orden tradicional de España, en buena parte con el apoyo de los diputados americanos.

Esta situación caótica de España que dejamos descrita, dio lugar a que en América se formaran también Juntas Patrióticas de defensa semejantes a las españolas, pero que en general constituyeron una mera simulación organizada por americanos independentistas (autonomistas en verdad) quienes, so pretexto de oponerse a las autoridades afrancesadas y a los emisarios que mandó Napoleón, trabajaban por la Independencia, engañando o tratando de engañar doblemente, sea a las autoridades españolas, sea al pueblo, que, generalmente, no sentía el afán de independizarse.

C) Causas internas, externas y -mixtas.
De todas estas causas de la Independencia, que hemos diferenciado en remotas y próximas, podemos hacer una segunda clasificación tripartita: 1º La decadencia del Imperio español, la formación de una personalidad hispanoamericana, la oposición entre criollos y peninsulares, y las dificultades económicas, son factores internos; 2º La influencia inglesa, francesa y yanqui, son causas externas; 3º Los factores doctrinarios o sectarios participan de las dos primeras categorías; son causas externas, porque fueron promovidas desde afuera; y son causas internas, porque se infiltraron en el organismo del Imperio.
______________

Notas:

[1] Extraído de la obra de Jorge Luna Yepes: “Síntesis histórica y geográfica del Ecuador”, 2ª Edición, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1951, pp. 332-343.
[2] Dr. Jorge Luna Yepes (Quito – 1909) Político y escritor revisionista, autor entre otras obras: “Síntesis Histórica y Geográfica del Ecuador” -2 ed. Quito y Madrid-, “El pensamiento de ARNE”, etc., Fundador de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana, en 1943.



Los Núñez del Arco: Un caso de poder político criollo americano en la Monarquía Universal Hispana y el fundamentalismo chauvinista historiográfico ecuatoriano. Una breve reflexión.

Los Núñez del Arco: Un caso de poder político criollo americano en la Monarquía Universal Hispana y el fundamentalismo chauvinista historiográfico ecuatoriano. Una breve reflexión.

La vida es como un arco; el alma es como una flecha; el espíritu absoluto como la diana a traspasar.

Sabrá el lector disculpar lo largo del título de esta sucinta nota -que más parece propio del siglo XVI que del XXI y que tan solo adolece de dedicatoria que en su momento tendrá- y la cantidad de adjetivaciones usadas en el mismo, todas las cuales son necesarias, sin embargo, a fin de delimitar el objeto de estas líneas.

Como ya señalé en otra oportunidad, es mito usual y extendido en la ideas y en la historiografía americana  -particularmente en la ecuatoriana- oficial y oficiosa, aquel que dice que los criollos durante la  mal llamada colonia, la Monarquía Universal Hispana o el Imperio, fueron excluidos de toda forma de poder político y de mando. Dentro de este prejuicio de base ideológica liberal chauvinista, se enmarca la interpretación simple y superficial que la historiografía ecuatoriana, intencionadamente o no, ha dado a la participación de los Núñez del Arco en varios episodios de la historia política de la Real Audiencia de Quito. A manera de demostrativa siguen dos casos concretos.

Alonso Núñez del Arco y Aguiriano, genearca de los Núñez del Arco del actual Ecuador y de los Núñez de Riobamba y Quito específicamente[1], hijo de peninsular y criolla panameña, nacido en Panamá en 1701 -criollo por tanto-, y quien se asentó posteriormente en la Real Audiencia de Quito. General de los Reales Ejércitos, Corregidor de Riobamba de 1742 a 1744, Corregidor de Otavalo de 1750 a 1751. En 1732 casó en Riobamba con doña María Josefa Dávalos y Morán de Buitrón, nacida por 1717 en Quito y muerta en su ciudad de nacimiento el 12 de noviembre de 1774 a los 62 años de edad, hija del segundo matrimonio (1705) del Maestre de Campo y Capitán de los Ejércitos del Rey -así como latifundista-, Nicolás Dávalos Villagómez (también Dávalos-Sotomayor Villagómez) nacido en Quito en 1682, con doña Leonor Morán de Buitrón o Butrón, nacida en Guayaquil (hija del General Agustín Buitrón, Corregidor de Riobamba en 1712). En 1738-39 fueron vecinos de Santa Bárbara en Quito[2].

Si bien la información que precede la proporciona el reconocido historiador y genealogista quiteño Fernando Jurado Noboa en su obra citada, el mismo autor, olvidando sus propias líneas y cayendo en el prejuicio historiográfico impuesto por generaciones de historiadores chauvinistas fanáticos, en testimonio oral me expresó que Alonso Núñez del Arco “como todo corregidor en la colonia, era peninsular”[3].

Figura mucho más polémica y conocida en la historia nacional es la de Ramón Núñez del Arco, sin embargo jamás abordado e investigado en la forma adecuada y objetiva por su acendrado realismo, nieto de Alonso, trascendió a la historia, mejor dicho, a la historiografía ecuatoriana, como el “malvado” “español” que elaboró el Informe sobre la subversión de Quito de 1809 para que sus partícipes fueran castigados por las autoridades competentes. En efecto, en 1813 concluía su célebre “Informe del Procurador General, Síndico personero de la ciudad de Quito, Ramón Núñez del Arco”[4].

En el libro “Mujeres de la revolución de Quito”, Sonia Salazar Garcés y Alexandra Sevilla Naranjo, anotan que:

El español Ramón Núñez del Arco, elaboró un Informe detallado en el que dio cuenta de la situación y ‘filiación’ de todos los personajes que estaban de algu­na manera ligados al gobierno de la Audiencia. Aparecen en él los funcionarios públicos, de correos, religiosos, soldados, de acuerdo a la dependencia o profesión que ejercían y califica individualmente a cada uno de los personajes nombrados en relación a su actuación durante la Revolución de Quito. En el documento Núñez del Arco describe, como en un diccionario, cada una de las calificaciones que atribuye a los personajes.[5]

Cuando señalan como español a Ramón Núñez del Arco, se incurre en un error grave de interpretación, nuevamente debido al prejuicio que la historiografía chauvinista ecuatoriana ejerce sobre los historiadores e investigadores nacionales. Ramón bien fue español, como todos los súbditos de la Corona Española en ambos lados del Atlántico y aún más allá, no obstante, la referencia a su calidad de español desde la perspectiva[6] histórica ecuatoriana, se refiere a que era peninsular, nacido en Europa. Y este es el lamentable hilo conductor de la “lógica histórica” con todos los realistas, es decir: realista = español-peninsular.

Ramón Núñez del Arco señala sobre sí mismo en el numeral 106 de su propio informe lo siguiente: “Procurador general, d. Ramón Núñez del Arco, criollo, realista fiel.”[7] No extraña esta declaración de criollaje, debido a que él había nacido en Quito en 1764[8], hijo del riobambeño Joaquín Juan Núñez del Arco y Dávalos, y nieto del panameño Alonso, era tercera generación de Núñez del Arco en América; además de haber sido Procurador Síndico de la ciudad de Quito, también fue Administrador de Aguardientes y como es evidente, realista ferviente. De hecho, toda su familia agnada y cognada (Joaquín Gutiérrez y Juan José Torcuato Guerrero y Matheu, entre estos) mantuvo una decidida postura realista.

Vale hacer la comparación genealógica en este caso con Juan Pío Montúfar Larrea, la cabeza visible y prominente de la Junta Suprema del 10 de agosto de 1809. Juan Pío también había nacido en Quito en 1758 y era hijo de un español peninsular, el primer marqués de Selva Alegre, funcionario español y presidente de la Real Audiencia de Quito, a todo lo cual, siendo primera generación en América, a nadie se le ha ocurrido calificar como “español” a Montúfar Larrea[9]. La diferencia fundamental entre ambos radica en el realismo del primero y en la insurgencia del segundo, hecho que ha merecido que los historiadores ecuatorianos desconozcan (y muchos condenen al olvido), a propósito o no, la calidad y condición de criollo y quiteño que poseía Núñez del Arco.

Agravado por partida doble el prejuicio en el caso de Ramón, al haber sido realista y además funcionario público con poder político, como su abuelo Alonso, en la visión sesgada de la interpretación histórica ecuatoriana, jamás pudieron haber sido criollos ninguno de los dos.

Después de terminada la Gran Guerra Civil de Secesión Hispanoamericana, también conocida como Guerra de Independencia, Núñez del Arco con buena parte de su familia, como muchas otras realistas, tuvieron que soportar el peso de ser del bando de los vencidos, correlativamente venidos a menos, empero leales a sus principios irrenunciables de fidelidad a lo que consideraban merecía esta.

Como siempre, que cada uno de ustedes saque su propia conclusión.

Francisco Núñez del Arco


[1] Archivo Particular del Autor (A.P.A.)

[2] Jurado Noboa, Fernando, Los secretos del poder socioeconómico: el caso Dávalos, SAG, Quito, 1992, pág. 142

[3] Entrevista a F.J.N., 2012-11-15

[4] Lo publicó Isaac J. Barrera en 1940 en el Boletín de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, con el título “Los hombres de agosto”. También apareció como separata del Boletín el mismo año.

[5] Salazar Garcés, Sonia; Sevilla Naranjo, Alexandra, Mujeres de la Revolución de Quito, FONSAL, Quito, 2009, Pág.75, nota 41

[6] La RAE define a esta palabra como: Apariencia o representación engañosa y falaz de las cosas.

[7] Los hombres de agosto, separata del Boletín de la ANHE, Litografía e Imprenta Romero, Quito, 1940, pág. 14.

[8] A.P.A.

[9] Ramón Núñez del Arco se refiere así sobre Montúfar en su informe: “188.- Don Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva Alegre, Caballero de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, autor de las insurrecciones, que meditó desde el año 1794. Presidente en la primera (junta) con título de Alteza Serenísima. En la segunda Vicepresidente, como se hizo igualmente elegir para el poder Ejecutivo en la Independencia. En suma, hombre caviloso, intrigante y causa de la ruina de Quito, y trastorno de toda la América. Toda su familia insurgente y pésima. Salió él solo para Loja por su elección bajo palabra de honor, sin siquiera haberse presenciado al jefe.”



Crónica de una negligencia anunciada

Crónica de una negligencia anunciada

vía: ecuadorhispano.blogspot.com

El día 6 de diciembre del presente año, el diario El Comercio publicó una infografía titulada “Con el caballo, la pólvora y la religión, España conquistó a la cultura Quitu, nuestros ancestros”. La misma demostró ser tendenciosa, poco académica en el sentido de contrastar datos y fuentes (no basta con mencionar a dos personas si ambas son de la misma ideología) y muy ligera, diríase que superficial en el mejor de los casos.
Varios estudiosos de la historia, algunos académicos y otros aficionados, pero todos comprometidos con su estudio serio, decidimos poner un escrito de rectificación, educado pero firme, con argumentos, al casi pasquín publicado por dicho diario. Nuestra carta de rectificación fue remitida el 8 de diciembre, y entonces empezó una serie de llamadas telefónicas y correos electrónicos para saber qué fue de su suerte. Lo último que supimos, en virtud de los correos de una señorita llamada Jenny Martínez, fue que cayó en manos de un señor llamado Dimitri Barreto, quien iba a revisarla y consultar con otros historiadores sobre el contenido de nuestro texto. Me pregunto por qué no fueron tan cautos con la infografía, que a todas luces fue objeto de un análisis mucho más simplista y descuidado, si acaso lo hubo. Finalmente, el día 17 de diciembre le escribí por última vez a Jenny Martínez, pidiéndole que me indique si aun había interés en nuestro pedido de rectificación, dado que, cada día que pasa, dicho pedido pierde más y más sentido, porque ya nadie recordará la infografía que nos motivó a redactarlo. Y bueno, seguimos esperando una respuesta, que al parecer jamás llegará.
Dado que no nos han dado un espacio, ni han tenido la voluntad de rectificar su tendenciosa y direccionada infografía, que ahonda de forma desvergonzada en algunos lugares comunes, que por comunes no dejan de ser errados a la luz del estudio histórico, señores de El Comercio, permítanme decirles lo siguiente:
Leo su diario todos los días, de algo sirve. Y aunque rechazo la política gubernamental de acoso a la prensa privada, debo rendirme, al menos en este caso, a lo evidente: cuando no se trata de defender sus intereses corporativos, de gremio, de grupo; cuando sus intereses no están directamente afectados, no tienen NINGÚN empacho en plegar servilmente al discurso oficial, porque eso es lo que han hecho al darle espacio a la misma gente, Juan Paz y Miño y Felipe Ogaz, voceros de la visión oficialista de “descolonización cultural”, de rechazo a todo aquello que no sea parte de su “nueva” visión de la historia, manoseada hasta encajar en los cánones de la “revolución” política (léase ideologización). Basta mencionar lo que han hecho con la figura de Eloy Alfaro. Apenas en ese caso, el más obvio, dieron la cara, para defender sus propios editoriales de hace 100 años. ¿Y las demás falsedades emitidas por este gobierno y sus voceros para desdibujar la historia a su antojo? Esas, caballeros, esas han callado o han plegado a ellas, porque simplemente, no se han sentido afectados. Y quienes nos dimos el tiempo para pedirles una rectificación, volvemos a hacerlo, aunque no les interese actuar. Ojalá tengan la decencia de hacerlo en algún momento.
Eduardo Daniel Crespo Cuesta

Para quienes interese, este es el enlace a la infografía:
http://www.elcomercio.com/quito/Infografia-religion-Espana-conquisto-Quitu_ECMFIL20121206_0002.pdf

Finalmente, el texto de nuestro pedido:

“Quito, 8 de diciembre de 2012
Señores
Diario El Comercio
Ciudad.-
De nuestras consideraciones:
Por medio de la presente, los abajo firmantes, estudiosos de la Historia tanto desde el campo académico como aficionado, algunos dedicados a la docencia universitaria y autores de publicaciones investigativas, deseamos mostrar, con cortesía pero firmeza, nuestro rechazo a la infografía por ustedes publicada el día 6 del presente mes, en la página 2 de su diario, alusiva a la fundación española de la ciudad de San Francisco de Quito. En la misma, titulada “El legado de la conquista es el mestizaje”, se lee en una segunda línea, a modo de subtítulo: “Con el caballo, la pólvora y la religión, España conquistó a la cultura Quitu, nuestros ancestros”.
Dicho encabezado, hay que decirlo, es inexacto:
1)      Las fuerzas españolas doblegaron a la oposición inca y sus aliados, de ningún modo al general de la población de estas tierras. Como señalan  Galo Ramón Valarezo y Tamara Estupiñán Viteri, entre otros, gran parte de la población indígena comarcana de Quito apoyó a Belalcázar en contra de la presencia inca, representada en Rumiñahui. La población quitu, en todo caso, fue sometida décadas atrás por los conquistadores incas.
2)      No solo los quitus son los antepasados de los quiteños.  De acuerdo a la información presentada por Cristóbal Landázuri, Pablo Núñez, Juan Fernando Regalado y Luis Alberto Revelo en su obra “Sociedad y política en Quito” (Quito: FONSAL, 2010), para el año 1779 el 67.71% de la población de las parroquias urbanas de la ciudad de Quito era blanca, ya sea peninsular o en su mayoría criolla. La población indígena para ese mismo año era del 26.56%, y la población negra del 5.73%. Descartar este tipo de información incide en un aumento del desconocimiento de nuestras raíces, del hecho de que en esta ciudad la conquista no significó únicamente la violencia que, al parecer y de acuerdo a la infografía, sería lo más representativo de la huella española. Los vecinos españoles, numerosísimos como se acaba de señalar, son también parte de la herencia quiteña que compartimos todos.
3)      El uso de la religión en el encabezado se encuentra injustificado, ya que en el texto que sigue jamás vuelve a ser mencionada, lo que representa un uso inadecuado de un término a fin de captar la atención del lector, al cual de ninguna manera se le explica qué papel jugó la religión (la evangelización) en el proceso de conquista.
Dicho lo anterior, los abajo firmantes mucho les agradeceremos la publicación de esta y la rectificación pertinente. Es menester recordar la importancia e impacto de textos como el indicado y publicado por ustedes, ya que los mismos pueden incidir, como en este lamentable caso, negativamente en el reconocimiento de nuestro pasado y nuestras raíces. Si como señala la infografía, “el legado de la conquista es el mestizaje”, el Quito pluricultural e inclusivo tantas veces evocado en estos tiempos, merece un estudio más serio, profundo y desapasionado de nuestras herencias diversas.
Atentamente,
Eduardo Daniel Crespo Cuesta, MA
Eduardo Enrique Crespo Guarderas, Arquitecto
David Francisco Egas Yerovi
Alvaro R. Mejía Salazar, Mg
Francisco Núñez Proaño, Historiador”


12 de octubre, Día de la Hispanidad

12 de octubre, Día de la Hispanidad

vía: http://ecuadorhispano.blogspot.com/

Nuevamente llega el 12 de Octubre, día que en las últimas décadas ha dejado de ser un motivo de orgullo, de real integración y conciencia de nuestra cultura común entre los pueblos hispanos. En HispanoamEérica, la ideologización, la reinterpretación interesada de la historia con fines políticos y una reafirmación identitaria las más de las veces pobremente argumentada, han separado aun más a los pueblos que conformamos este particular espacio civilizatorio dentro del marco de la civilización occidental. Somos quizá el área geográfica más rica, diversa y tristemente dividida de Occidente.
No deja de ser paradójico que quienes más llenan su discurso de palabras como “la Patria Grande”, sean quienes menos aprecien una realidad indiscutible: la identidad común que nace de 300 años de historia compartida, y 500 desde que empezó la andadura de nuestro Nuevo Mundo, nuevo porque sobre la base de las diversas civilizaciones indoamericanas se prodigó el fundente civilizatorio occidental, mediterráneo y español, sin el cual jamás habríamos llegado a ser lo que hoy somos: hispanoamericanos, más allá de que a algunos guste o disguste, que unos lancen loas y otros lo aborrezcan.
La historia nos enseña que un proceso así, donde dos civilizaciones se encuentran, jamás ha sido equitativo ni simétrico: hubo mucho que lamentar, sí; pero poco reparamos en aquello que nos debería enorgullecer: una lengua común; una cultura común con preciosas variantes regionales y de país a país; una historia con hitos gloriosos poco conocidos (la derrota de la mayor armada jamás reunida hasta ese momento, británica, durante el asedio de Cartagena de Indias, en 1741); y un largo etcétera. La verdadera integración no empieza por acuerdos comerciales, cumbres presidenciales o rechazo consensuado a las políticas de uno u otro país: empieza cuando se desechan los chauvinismos parroquianos, los nacionalismos armados desde el Estado y la urgencia política de justificar la codicia de las élites de nuestros países en el siglo XIX a través de la historia oficial. Empieza cuando dejamos de ver cada uno un árbol y vemos el bosque en el cual Hispanoamérica cobra sentido.
Leamos un fragmento de las palabras de quien por muchos es considerado el ecuatoriano más ilustre, el General Eloy Alfaro, pronunciadas durante su breve pero iluminado discurso del 10 de agosto de 1906, día de la inauguración del monumento a la independencia, que hoy adorna el centro de la Playa Mayor de Quito, la Plaza Grande:
[…] La festividad que aquí nos ha reunido, es, no solo un testimonio de gratitud y admiración a los Mártires del 10 de agosto, sino una verdadera renovación del día más glorioso de nuestra historia; de ese día en que, proclamada la libertad de un mundo se complemento [sic] la obra gigantesca de Colón abriéndole nuevos y vastísimos horizontes a la humanidad.
Terminada la magna lucha prevalecieron los sentimientos de fraternidad entre peninsulares y latinoamericanos: y el Ecuador fue la primera de las naciones emancipadas que, movida de filial afecto busco [sic] la reconciliación con la madre patria. Ni de esta, ni de nuestros padres la culpa del formidable duelo que dio por resultado la independencia: España siguió la senda del extraño derecho de gentes de aquella época; y la América, sin tiempo, llegado el momento de su emancipación, resolvió conquistarla con la espada. Cada cual luchó por sus ideales; y el triunfo y la gloria de los americanos, probaron al mundo que eran también dignos hijos de la heroica madre de los Cides y de los Velardes. España nos dio cuanto podía darnos, su civilización; y, apagada ya la tea de la discordia, hoy día, sus glorias son nuestras glorias, y las más brillantes páginas de nuestra historia, pertenecen a la historia española.

Eloy Alfaro

Años después, el ilustre quiteño Don Luciano Andrade Marín, en su obra La lagartija que abrió la calle Mejía, escribiría estas palabras acerca del antedicho discurso pronunciado por Alfaro:
El general Eloy Alfaro, empero que casi nunca pronunciaba discursos, en esta vez, de su corto discurso dijo estas preciosas palabras que nunca antes habían oído nuestroschauvinistas del patrioterismo.
Como parte del acto de inauguración del monumento a la independencia, del cual se ha rescatado el discurso de Alfaro, otro quiteño de cepa, Don Manuel María Sánchez, leyó su poema Ofrenda a España, en el cual dice:
La América, tu América sentía,
de tu arrojo heredera,
Aquellas rebeldías singulares
que hicieron inmortal
la audacia ibera.
Y ya núbil y fuerte
Y libre ya.
Podía en su suelo formar nuevos hogares,
Disponer; a capricho,
De su suerte.
Algo esencial hemos perdido en el camino, del pensamiento de estos ecuatorianos que nos precedieron, que más allá de la separación política, tenían claro el ideal de la identidad común. Lástima que su potencial siga siendo eso, el potencial de una región que aun no despierta del separatismo.
Espero que esto llame a la reflexión y a la memoria.
¡Feliz día de la Hispanidad!
Notas:
Las palabras de D. Eloy Alfaro, D. Luciano Andrade Marín y D. Manuel María Sánchez, las he tomado de:
–          Ortiz Crespo, Alfonso y otros (2006), Nuestro día Sol: una mirada al Monumento de la Independencia en sus cien años, Quito, FONSAL / Alcaldía Metropolitana de Quito.
Este texto y en particular, las palabras de Alfaro, me fueron revelados años atrás por mi esposa, María Gabriela Arteaga Vizcarra, durante la redacción de su tesis de Maestría. Mi gratitud a ella por este venturoso hallazgo.
Eduardo Daniel Crespo Cuesta
Quito, 11 de octubre de 2012