coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


LA ENEMISTAD HISTÓRICA DEL PAPADO CONTRA EL IMPERIO ESPAÑOL

LA ENEMISTAD HISTÓRICA DEL PAPADO CONTRA EL IMPERIO ESPAÑOL
O
EL MITO DE QUE CASTILLA FUE EL BRAZO ARMADO DE LA IGLESIA

(Memoria y apuntes sueltos para la comprensión de la rivalidad Güelfa-Gibelina en América)

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El Saco (Saqueo) de Roma por las tropas imperiales de Carlos V en 1527.

PRIMERA PARTE: Resumen cronológico de la cuestión.-

SIGLOS XV Y XVI:

Desde el inicio mismo de la expansión de Castilla por el Mundo la representación máxima de la Iglesia Católica, es decir el Papado, mantuvo una sostenida y continuada oposición a los monarcas que curiosamente fueron titulados por siempre como Católicos.

Siempre celosos de su poder y con el temor de un resurgimiento gibelino no podían, los Papas, menos que ver como un desafío y un peligro para su usurpada autoridad el fortalecimiento de una Monarquía con visos de poder temporal y autoridad espiritual.

Ludwig Pfandl señala cuales eran los objetivos específicos, en este sentido, de los monarcas castellano-aragoneses, Isabel y Fernando:

“La política religiosa de Isabel y Fernando perseguía tres fines diferentes. Primero, querían una Iglesia nacional española, es decir soberana autonomía eclesiástica; segundo, querían una Iglesia reformada, que es lo mismo que decir, depurada de toda anomalía en la vida religiosa; y por último, quería una Iglesia unificada, única, es decir, que querían eliminar de las fronteras españolas cualquier confesión que no fuera la católica… La tercera prerrogativa, la desestimación de decretos papales, era el más antiguo de los tres privilegios y su inexistencia hubiera supuesto de hecho un serio perjuicio para los otros dos. Se trataba de un poder del Papa Urbano VI otorgado temporalmente y por necesidad, en tiempos del cisma eclesiástico (a finales del s. XIV), que los Reyes Católicos reclamaron como estatuto legal y permanente en su reino. En virtud de esta regalía, todo decreto procedente de la curia era detenidamente estudiado con el fin de comprobar que NO lesionaba derechos de la Corona ni del País. O que por desconocimiento de la situación en España o por estar mal aconsejado, el Papa pudiera disponer algo que produjera malestar popular o menoscabo de los intereses nacionales. De existir alguna duda al respecto, el decreto NO podía entrar en rigor hasta haberse obtenido de la Curia el cambio deseado (Nótese el paralelismo con acciones similares llevadas adelante por Gabriel García Moreno). Así de esta forma, el Rey también venía a ser una especie de Papa particular de los españoles, y los lazos que le unían a él con su pueblo y a este con el clero eran muchos más estrechos que en cualquier otro país, incluso tratándose de cuestiones morales.”

La autoridad espiritual y el poder temporal unidos en el cetro hispánico eran motivos más que suficientes para que desde el Vaticano se sostuviera una oposición y muchas veces una franca enemistad durante el posterior desarrollo de la Monarquía Hispánica Universal o Imperio Español en los cinco continentes.

Ramón Mujica Pinilla al referirse al respecto dice:

“…el Patronato Real de las Indias covertía al Emperador cristiano en patrón y reformador de la Iglesia universal. A los Reyes Católicos les fueron concedidas las bulas papales, pero fue en realidad Carlos V quien inauguró el nuevo orden político… El Patronato Real concedido a los Reyes Católicos por los Papas Alejandro VI y Julio II convertía al emperador hispano en la nueva cabeza de la Iglesia, corroborando así el sentido profético y mesiánico de la casa de Austria española.”

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El Emperador Carlos V dominando al papa, a los reyes y al sultán otomano. ¡Salve el Emperador!

El Papa Paulo IV detestaba a los españoles, de los que decía ser “malditos de Dios, simiente de judíos, moros y herejes”. Y sobre Carlos I de Castilla – V del Sacro Imperio Romano Germánico y Felipe II, el napolitano afirmaba:”Quiero declararlos despojados de sus reinos y excomulgarlos, porque son herejes”.

Vimos entonces como un Papa se alineó con el Sultán otomano en contra de Carlos V, emperador católico, o todavía más, cómo otro Papa, permitió la caída de Constantinopla –auxiliada por castellanos y aragoneses- ante los turcos porque sus defensores, cristianos ortodoxos, no querían acatar la “soberanía” de Roma.

SIGLOS XVI-XVII:

Y cuando en plena defensa de la integridad de la Cristiandad se desató el furor protestante, durante esa sangría que fue la Guerra de los Treinta Años sellada en Westfalia, donde se parió la modernidad, que los monarcas hispanos quisieron evitar, volvimos a ver como otro Papa, en esa histórica sentina Vaticana (los desechos de Roma iban a parar allí antes de la construcción de los aposentos papales), volvió a aliarse al enemigo del Monarca Católico (Felipe III Y Felipe IV) y universal, volvió a aliarse con el enemigo, protestante primero: el Rey sueco, y nuevamente con el turco musulmán y con el Rey de Francia, enemigo jurado de España y de los Austrias.

SIGLO XVIII:

En el sigo XVIII vemos una  gran apertura de relaciones entre la potencia talasocática por excelencia, Inglaterra -otra histórica enemiga de la Monarquía Hispánica-, con el Vaticano, propendiendo a una alianza anti-hispánica que llevaría la destrucción del Imperio, alianza sustentada principalmente en acuerdos de acción comunes para debilitar a la Monarquía Universal Hispánica, para finalmente destruirla. Dos testimonios documentales de la época nos brindan un termómetro del asunto:

EL PAPA ES INGLÉS DE CORAZÓN – ENEMIGO DE ESPAÑA:

“Por más que los franceses se hayan persuadido a que conseguirán el ajuste con Inglaterra, yo no me lo he podido persuadir, no por razón alguna, sino por aquello que llaman corazonada y por conocer un poco la insolencia de esos isleños. No quiero poner a la parte con esto las instigaciones de los jesuitas para soplar el fuego contra los Borbones, como que esa es la única venganza que queda a la gente más vengativa del mundo, porque decir esto parecería proposición de jansenista. Lo que no obstante es verdad irrefragable es el odio que un pedante llamaría vaiiniano con que dichos jesuitas viven contra todo lo borbónico y que sólo tienen igual en esto a la venerable Corte de Roma, desde el papa (Clemente XIV) inclusive hasta los monaguillos de San Pedro…. Se les conoce la alegría por los semblantes, porque creen que en una campaña se nos han de tragar los ingleses. Desde que Roma es Roma no se ha visto aquí la multitud de isleños que hay este año…. He dicho a Vd. arriba que el papa es inglés de corazón. Digo, en conclusión, que toda esta brigada es tan inglesa y más que lo restante del lugar y que se dice a boca llena que el papa piensa como ellos” -José Nicolás de Azara, procurador de la embajada de los reinos de España en Roma, 1770.

EL CONTUBERNIO ENTRE ROMA Y LONDRES NO ES NUEVO:

“Creo que se habrá Vd. escandalizado al oír y ver el modo con que esa Corte (de Roma) se porta con el Príncipe de Gales (Carlos Estuardo) por respetos al Rey Jorge (III). Vea Vd. si conviene hoy la doctrina de los que aconsejan en Monte Cavallo (palacio del papa) con la de Belarmino, Mariana, Suárez, etc. y con la que siguió Sixto V (1585-90) y sus antecesores, queriendo despojar de la corona a los soberanos de Inglaterra y de Francia con pretexto de la Religión y haciendo lícita la desobediencia de sus vasallos los regicidios y todo lo demás que Vd. ha leído y sabe. Yo fui testigo del extraordinario cortejo con que ahí se trató al Duque de York (hermano de Jorge III) y en otro tiempo nos hubieran excomulgado a todos los que hablásemos con un príncipe hereje. Es gran cosa la DOCTRINA ACOMODATICIA (de Roma y el papa) y la ciencia media.” -Manuel de Roda y Arrieta, ministro de gracia y justicia de los reinos de España, 1766.

SIGLO XIX:

¡CÁIGANSE DE ESPALDAS! LOS GÜELFOS PROVOCARON LA SEPARACIÓN (INDEPENDENCIA) DE LA AMÉRICA HISPANA:

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Jorge IV como Grand Master de la Royal Guelphic Order

La Real Orden Güelfa (nombrada así por la Casa de los Güelfos enemigos del Imperio, históricos rivales de los gibelinos y sostenedores a ultranza del Papado), a veces también conocida como la Orden Güelfa de Hannover, es una orden de caballería instituida el 28 de abril 1815 por el Príncipe Regente del Reino Unido posteriormente Jorge IV, de quien el general Juan José Flores, primer presidente del Ecuador decretó: “S.M.B. el Rey Jorge IV… un monarca que ha sido el más firme apoyo de nuestros derechos en la gloriosa contienda de la libertad e independencia de Colombia y que supo estrechar con ella muy leales y francas relaciones de amistad, comercio y navegación”.

Francisco Núñez del Arco Proaño



Los Núñez del Arco: Un caso de poder político criollo americano en la Monarquía Universal Hispana y el fundamentalismo chauvinista historiográfico ecuatoriano. Una breve reflexión.

Los Núñez del Arco: Un caso de poder político criollo americano en la Monarquía Universal Hispana y el fundamentalismo chauvinista historiográfico ecuatoriano. Una breve reflexión.

La vida es como un arco; el alma es como una flecha; el espíritu absoluto como la diana a traspasar.

Sabrá el lector disculpar lo largo del título de esta sucinta nota -que más parece propio del siglo XVI que del XXI y que tan solo adolece de dedicatoria que en su momento tendrá- y la cantidad de adjetivaciones usadas en el mismo, todas las cuales son necesarias, sin embargo, a fin de delimitar el objeto de estas líneas.

Como ya señalé en otra oportunidad, es mito usual y extendido en la ideas y en la historiografía americana  -particularmente en la ecuatoriana- oficial y oficiosa, aquel que dice que los criollos durante la  mal llamada colonia, la Monarquía Universal Hispana o el Imperio, fueron excluidos de toda forma de poder político y de mando. Dentro de este prejuicio de base ideológica liberal chauvinista, se enmarca la interpretación simple y superficial que la historiografía ecuatoriana, intencionadamente o no, ha dado a la participación de los Núñez del Arco en varios episodios de la historia política de la Real Audiencia de Quito. A manera de demostrativa siguen dos casos concretos.

Alonso Núñez del Arco y Aguiriano, genearca de los Núñez del Arco del actual Ecuador y de los Núñez de Riobamba y Quito específicamente[1], hijo de peninsular y criolla panameña, nacido en Panamá en 1701 -criollo por tanto-, y quien se asentó posteriormente en la Real Audiencia de Quito. General de los Reales Ejércitos, Corregidor de Riobamba de 1742 a 1744, Corregidor de Otavalo de 1750 a 1751. En 1732 casó en Riobamba con doña María Josefa Dávalos y Morán de Buitrón, nacida por 1717 en Quito y muerta en su ciudad de nacimiento el 12 de noviembre de 1774 a los 62 años de edad, hija del segundo matrimonio (1705) del Maestre de Campo y Capitán de los Ejércitos del Rey -así como latifundista-, Nicolás Dávalos Villagómez (también Dávalos-Sotomayor Villagómez) nacido en Quito en 1682, con doña Leonor Morán de Buitrón o Butrón, nacida en Guayaquil (hija del General Agustín Buitrón, Corregidor de Riobamba en 1712). En 1738-39 fueron vecinos de Santa Bárbara en Quito[2].

Si bien la información que precede la proporciona el reconocido historiador y genealogista quiteño Fernando Jurado Noboa en su obra citada, el mismo autor, olvidando sus propias líneas y cayendo en el prejuicio historiográfico impuesto por generaciones de historiadores chauvinistas fanáticos, en testimonio oral me expresó que Alonso Núñez del Arco “como todo corregidor en la colonia, era peninsular”[3].

Figura mucho más polémica y conocida en la historia nacional es la de Ramón Núñez del Arco, sin embargo jamás abordado e investigado en la forma adecuada y objetiva por su acendrado realismo, nieto de Alonso, trascendió a la historia, mejor dicho, a la historiografía ecuatoriana, como el “malvado” “español” que elaboró el Informe sobre la subversión de Quito de 1809 para que sus partícipes fueran castigados por las autoridades competentes. En efecto, en 1813 concluía su célebre “Informe del Procurador General, Síndico personero de la ciudad de Quito, Ramón Núñez del Arco”[4].

En el libro “Mujeres de la revolución de Quito”, Sonia Salazar Garcés y Alexandra Sevilla Naranjo, anotan que:

El español Ramón Núñez del Arco, elaboró un Informe detallado en el que dio cuenta de la situación y ‘filiación’ de todos los personajes que estaban de algu­na manera ligados al gobierno de la Audiencia. Aparecen en él los funcionarios públicos, de correos, religiosos, soldados, de acuerdo a la dependencia o profesión que ejercían y califica individualmente a cada uno de los personajes nombrados en relación a su actuación durante la Revolución de Quito. En el documento Núñez del Arco describe, como en un diccionario, cada una de las calificaciones que atribuye a los personajes.[5]

Cuando señalan como español a Ramón Núñez del Arco, se incurre en un error grave de interpretación, nuevamente debido al prejuicio que la historiografía chauvinista ecuatoriana ejerce sobre los historiadores e investigadores nacionales. Ramón bien fue español, como todos los súbditos de la Corona Española en ambos lados del Atlántico y aún más allá, no obstante, la referencia a su calidad de español desde la perspectiva[6] histórica ecuatoriana, se refiere a que era peninsular, nacido en Europa. Y este es el lamentable hilo conductor de la “lógica histórica” con todos los realistas, es decir: realista = español-peninsular.

Ramón Núñez del Arco señala sobre sí mismo en el numeral 106 de su propio informe lo siguiente: “Procurador general, d. Ramón Núñez del Arco, criollo, realista fiel.”[7] No extraña esta declaración de criollaje, debido a que él había nacido en Quito en 1764[8], hijo del riobambeño Joaquín Juan Núñez del Arco y Dávalos, y nieto del panameño Alonso, era tercera generación de Núñez del Arco en América; además de haber sido Procurador Síndico de la ciudad de Quito, también fue Administrador de Aguardientes y como es evidente, realista ferviente. De hecho, toda su familia agnada y cognada (Joaquín Gutiérrez y Juan José Torcuato Guerrero y Matheu, entre estos) mantuvo una decidida postura realista.

Vale hacer la comparación genealógica en este caso con Juan Pío Montúfar Larrea, la cabeza visible y prominente de la Junta Suprema del 10 de agosto de 1809. Juan Pío también había nacido en Quito en 1758 y era hijo de un español peninsular, el primer marqués de Selva Alegre, funcionario español y presidente de la Real Audiencia de Quito, a todo lo cual, siendo primera generación en América, a nadie se le ha ocurrido calificar como “español” a Montúfar Larrea[9]. La diferencia fundamental entre ambos radica en el realismo del primero y en la insurgencia del segundo, hecho que ha merecido que los historiadores ecuatorianos desconozcan (y muchos condenen al olvido), a propósito o no, la calidad y condición de criollo y quiteño que poseía Núñez del Arco.

Agravado por partida doble el prejuicio en el caso de Ramón, al haber sido realista y además funcionario público con poder político, como su abuelo Alonso, en la visión sesgada de la interpretación histórica ecuatoriana, jamás pudieron haber sido criollos ninguno de los dos.

Después de terminada la Gran Guerra Civil de Secesión Hispanoamericana, también conocida como Guerra de Independencia, Núñez del Arco con buena parte de su familia, como muchas otras realistas, tuvieron que soportar el peso de ser del bando de los vencidos, correlativamente venidos a menos, empero leales a sus principios irrenunciables de fidelidad a lo que consideraban merecía esta.

Como siempre, que cada uno de ustedes saque su propia conclusión.

Francisco Núñez del Arco


[1] Archivo Particular del Autor (A.P.A.)

[2] Jurado Noboa, Fernando, Los secretos del poder socioeconómico: el caso Dávalos, SAG, Quito, 1992, pág. 142

[3] Entrevista a F.J.N., 2012-11-15

[4] Lo publicó Isaac J. Barrera en 1940 en el Boletín de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, con el título “Los hombres de agosto”. También apareció como separata del Boletín el mismo año.

[5] Salazar Garcés, Sonia; Sevilla Naranjo, Alexandra, Mujeres de la Revolución de Quito, FONSAL, Quito, 2009, Pág.75, nota 41

[6] La RAE define a esta palabra como: Apariencia o representación engañosa y falaz de las cosas.

[7] Los hombres de agosto, separata del Boletín de la ANHE, Litografía e Imprenta Romero, Quito, 1940, pág. 14.

[8] A.P.A.

[9] Ramón Núñez del Arco se refiere así sobre Montúfar en su informe: “188.- Don Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva Alegre, Caballero de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, autor de las insurrecciones, que meditó desde el año 1794. Presidente en la primera (junta) con título de Alteza Serenísima. En la segunda Vicepresidente, como se hizo igualmente elegir para el poder Ejecutivo en la Independencia. En suma, hombre caviloso, intrigante y causa de la ruina de Quito, y trastorno de toda la América. Toda su familia insurgente y pésima. Salió él solo para Loja por su elección bajo palabra de honor, sin siquiera haberse presenciado al jefe.”



El capitán D. Francisco Proaño de los Ríos

El capitán D. Francisco Proaño de los Ríos

“…pecan de olvido las naciones al no tener siempre presentes los nombres y las hazañas de sus mejores hijos, con lo que el alma de los pueblos queda empobrecida”

Remigio Crespo Toral

La historiografía chauvinista ecuatoriana considera a la llamada “revolución de las Alcabalas” de 1592, como un lejano antecedente de la separación política de España (Independencia) – ! –  siendo “una de las primeras manifestaciones políticas del pueblo quiteño en contra de las autoridades españolas”.

El cronista imperial Pedro Ordóñez de Ceballos (o Cevallos o Zevallos) señala en su “Historia y Viaje del Mundo del Clérigo Agradecido don Pedro Ordóñez de Cevallos. Natural de la insigne ciudad de Jaén a las cinco partes de la Europa África América y Magalanica con el itinerario de todo él. Contiene tres libros. Con licencia. En Madrid: por Juan García Infanzón, año de 1691,[1] lo siguiente sobre este levantamiento: “Juntáronse quince hombres principales en un convite, y allí cada uno prometió su día. Acabada la huelga de la espléndida comida, ordenaron un juego, y para que uno mandase y los demás obedeciesen, salió por rey el depositario (Moreno) Bellido, que según su nombre, le debió de parecer que era verdad; nombrolos en cargos: al uno, príncipe de la libertad, al otro duque de Popayán, a otro de las Charcas, y de esta manera a todos los demás; el secretario de su real persona era un guerrero Sayago, hombre muy valiente y que había sido muy rico, y con sus inquietudes estaba pobre; como no le dieron título de grande, como a los demás, juntó a los otros convites, que llamaban cortés; a la cuarta vez, a alguno de ellos les pareció mal, o por ganar gracias fueron y declararon en la Real Audiencia lo que pasaba. El Presidente de ella envió a pedir al Virrey gente y mosquetes y arcabuces, por lo que podía suceder. Envió por general al que lo era del Callao, que era un astuto varón, que su nombre era Pedro de Arana, y por capitán y sargento mayor al valiente y gran soldado Francisco Zapata Vicente; y por capitán de a caballo a Don Francisco Proaño.”

“Historia y Viaje del Mundo del Clérigo Agradecido don Pedro Ordóñez de Cevallos. Natural de la insigne ciudad de Jaén a las cinco partes de la Europa África América y Magalanica con el itinerario de todo él. Contiene tres libros. Con licencia. En Madrid: por Juan García Infanzón, año de 1691″

Alfredo Costales dice por su parte sobre la insurrección y la llegada de Proaño de los Ríos: “Con la hueste de los pardos de Lima, formando parte de la plana mayor de jefes y oficiales de Arana llegó a Quito el Capitán Francisco Proaño de los Ríos para constituirse luego, en el tronco y origen de los Proaño, en el Ecuador.”[2]

Así consta que el español D.[3] Francisco Proaño de los Ríos, nacido en Málaga (Andalucía) en 1540, llegó a Quito como parte de la comitiva realista dirigida por el general Pedro de Arana, que impuso el orden en la joven San Francisco del Quito a sangre y fuego. Los documentos oficiales corroboran su llegada y en el Libro de Cabildos de Quito se registra su nombramiento como Regidor el 27 de septiembre de 1593[4].

Su título de Regidor dice:

“Don García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, señor de las villas de Argete y su Partido, Visorrey, Gobernador, Capitán General de estos reinos e provincias del Pirú, Tierra firme y Chile, por Su Majestad, etc. Por cuanto por una mi provisión ordené y mandé a Pedro de Arana mi Lugarteniente de Capitán General que en la ciudad de Quito proveyese el número de Regidores de la dicha ciudad, que pareció convenía nombrar, y Alguacil Mayor y Depositario General que en la dicha ciudad de Quito con voz y voto en el Cabildo demás de los Regidores que había perpetuos; y porque agora el Capitán Don Francisco Proaño de los Ríos me ha pedido y suplicado que, atento que él ha servido a Su Majestad, como es notorio, en la pacificación de la dicha ciudad de Quito y a que se había casado en ella, le hiciese la merced en remuneración de los dichos servicios, y por mí  visto y teniendo consideración a lo que dicho es y a que en vos el dicho Capitán don Francisco Proaño de los Ríos concurren las partes y calidades que para usar un oficio de Regidor de la dicha ciudad se requieren, acordé de dar y dí la presente, por la cual en nombre de Su Majestad y en virtud de los poderes y comisiones que de su persona Real tengo, hago merced a vos el dicho don Francisco Proaño de los Ríos, de os nombrar y proveer, como os nombro y proveo por uno de los Regidores de la dicha ciudad, demás que por la Provisión y orden que dí al dicho mi Lugarteniente de Capitán General ha podido y puede nombrar en ella, para que como tal podáis usar y uséis el dicho oficio de Regidor, en el entre tanto que por Su Majestad o por mí en su Real nombre otra cosa que se provee y manda, en todas las cosas y casos a él anexas y concernientes, según y de la manera que lo han usado y usan, y puede y debe usar los demás regidores que han sido y son de la dicha ciudad; y mando al Cabildo, Justicia e Regimiento de ella, que luego que os presentáredes con esta mi Provisión en el dicho Cabildo, habiendo tomado y recibido de vos el juramento y solenidad que en tal caso se acostumbra, os hayan, reciban y tengan por tal Regidor de la dicha ciudad y usen con vos el dicho oficio, según y de la manera que se usa con los demás regidores de la dicha ciudad, y os guarden y hagan guardar todas las honras, gracias, mercedes, franquezas y libertades, preeminencias, prerrogativas e inmunidades que con él habéis (de) haber y gozar, y os deben ser guardadas, sin que en ello os falte cosa alguna; que por la presente, en nombre de Su Majestad os recibo y he por recibido al uso y exercicio del dicho oficio, y os doy poder y facultad para usar y exercer dicho oficio, caso que por ellos o alguno dellos a él no seáis recebido, y los unos ni los otros no dejéis ni dejen de lo así hacer y cumplir por alguna (manera), so pena de cada mil pesos de oro para la Cámara de Su Majestad. Fecho en los Reyes, a dos días del mes de setiembre de mil y quinientos e noventa y tres años. El Marqués.- Por mandado del Virrey, Alvaro Ruiz de Navamuel.”

Firma y rúbrica del capitán don Francisco Proaño de los Ríos tal como consta en el Libro de Cabildos de San Francisco del Quito (1595)

El historiador y cronista vitalicio de la ciudad de Quito, J. Roberto Páez nos aclara que “el 16 de agosto de 1593 el Marqués de Cañete (Virrey del Perú) dispone que Arana nombre ocho Regidores, Alguacil Mayor, Alférez Mayor y Depositario General, ‘por cuanto, dice, ha constatado que la culpa grande que los Alcaldes y Regidores de la ciudad tuvieron en la rebelión y alteración pasada’. El Cabildo se integra así con los siguientes Regidores: El 18 de setiembre de 1593 se nombra a Juan de Londoño y a Fernando de Ortega Ugarte; el 24 del mismo mes a Rodrigo de Ribadeneira y Diego López de Zúñiga; el 27 del mismo mes de setiembre, a don Francisco Proaño de los Ríos; el 22 de octubre de 1593 a Diego Porcel; el 10 de diciembre, a Pedro Ponce Castillejo; el 4 de febrero de 1594, a don Pedro de Guzmán Ponce de León.”[5]

Cuando el Cabildo de San Francisco del Quito tomó medidas para la conservación del camino de Panzaleo, “proveyeron que el Capitán Don Francisco Proaño” se encargará de aquello[6]. Siendo Regidor, el 5 de Marzo de 1594[7] firmó junto al resto de cabildantes quiteños un “Testimonio de sumisión del Cabildo de Quito a la Corona de Castilla” para reafirmar su fidelidad tras los movimientos subversivos de Quito, llamados “la revolución de las Alcabalas”.  El 29 de abril de 1594 fue elegido “Fiel Executor”[8]. El 10 de junio de ese mismo año se reafirmó[9] con nombramiento oficial como Alcalde de la Santa Hermandad[10].

Ricardo Descalzi del Castillo[11] así como José María Vargas[12] anotan que el 6 de junio de ese mismo año de 1594, el Cabildo delegó al Teniente General Mendoza Manrique, al capitán Regidor Francisco Proaño de los Ríos y a Luis Cabrera, para que salieran a recibir a tres o cuatro leguas de la ciudad al nuevo obispo (IV de Quito) Ilmo. Señor Fray Luis López de Solís; en el acta de esa sesión del Cabildo se dejó constancia de que “por la larga sede vacante es tan deseada su venida” (tras ocho años sin obispo), resolvió por lo mismo que “el día que en ella entrase le den de comer en el nombre del dicho Cabildo una comida, para lo cual se les manda dar ayuda de costa, de los propios de esta ciudad sesenta pesos de plata corriente marcada”. También fungió como Guarda Mayor de los ejidos de la Ciudad desde el 11 de agosto de 1595[13], cargo en el que, sin embargo, no prosperó quizá como señala Luciano Andrade Marín en sus “Historietas de Quito” debido a que “no tenía bríos necesarios para desempeñar su encargo”[14] (¿Tal vez por contrariar a sus propios intereses?), diremos que para ese cargo específicamente, dado que como militar su bríos quedaron más que demostrados.

Finalmente se destaca en su  deber y oficio de Regidor, como uno de los miembros apoderados de la delegación del Cabildo  de Quito ante el nuevo  Virrey del Perú junto a Diego de Valencia León “para que hagan dicha embaxada” en 1596, con el objetivo de celebrar su llegada y “para que en nombre de ella fuesen a la ciudad de los Reyes y besasen las manos al Señor Don Luis de Velasco Virrey destos reinos y le diesen el bienvenido y le pidiesen en nombre desta ciudad algunas cosas tocantes al bien común della.”[15]

Entre 1597 y 1598 fue Corregidor de Otavalo[16], provincia (o partido) que por entonces abarcaba el actual territorio de las provincias del Carchi (incluyendo territorio del sur de la actual Colombia), Imbabura y parte del norte de Pichincha, hasta Guayllabamba inclusive. Como Corregidor participó en las expediciones que por mandato real y debido a las “peticiones presentadas en la mi audiencia y chancillería que reside en la ciudad del San Francisco del Quito” se habían organizado para encontrar un nuevo camino al mar por el norte de la Audiencia, “el 16 de junio de 1597, el doctor Juan del Barrio de Sepúlveda dispuso desde la Audiencia de Quito a don Francisco Proaño de los Ríos, corregidor de Otavalo, que preste todo el apoyo necesario para que el padre Gaspar de Torres pueda iniciar nuevas expediciones hacia la región de Lita. Una de las primeras acciones fue la de nombrar al cacique Alonso Gualapiango como gobernador de la región y con su autoridad disponga que todos los pueblos de la ribera del río Mira presten auxilios a los viajeros.”[17]  La carta que pide “Al corregidor de Otabalo que ayude a Fray Gaspar de Torres y Don Alonso Gualapianguao para que vayan a los indios que están delante de Lita (hacia la San Lorenzo actual), a los que les a hordenado, y no consientre que vayan españoles a ello ni otras personas, socolor de descubrir minas ni camino”, comienza así: “Don Phelipe por la gracias de Dios, Rey de Castilla, de Leon, de Aragon, etc.; a Vos, el capitán don Francisco Proaño de los Ríos, corregidor del partido de Otabalo , salud y gracia.”[18]

El Marqués de Cañete, tenía en alta consideración al capitán D. Francisco Proaño de los Ríos, prueba de ello es la confianza depositada en él para realizar tareas consideradas de especial cuidado y diligencia. Lo demostró primero cuando lo envió desde Lima a “pacificar” Quito y después con el nombramiento de este como Regidor, posteriormente reiterando su confianza en él cuando a fin “de honrar y favorecer en todo al Cabildo, tan honrado y aficionado al servicio de Su Majestad” nombró a Proaño de los Ríos como Alcalde de la Santa Hermandad[19]. Igualmente agradece en carta enviada al Cabildo el 23 de Noviembre de 1594 y firmada en Los Reyes, “la visita y el ofrecimiento que le enviasteis a hacer con el capitán don Francisco Proaño” a su cuñado, don Beltrán, quien venció a los piratas ingleses en costas del actual Ecuador y quien “habrá estimado en lo que yo lo hago” la ayuda de Francisco Proaño de los Ríos.  Señalando en esa misma carta que “daré continuamente gracias a Nuestro Señor, y es muy justo que hagan lo mismo estos reinos, por lo que les importaba que estos corsarios se castigasen y escarmentasen”.[20]

Como anotó Alfredo Costales basado en documentos históricos que reposan en el Archivo Nacional de Historia de Quito, Francisco Proaño de los Ríos antes de venir a América y tomar vecindad en Quito prestó sus servicios en la Península por el espacio de treinta años consecutivos como soldado, alférez y capitán. Lo que quiere decir que se encontraba en su plena madurez cuando vino a Quito. En Portugal, ha tomado la isla tercera; pasando luego a los Reinos de Sicilia con el  Tercio de Diego Pimentel y junto al Marqués de Santa Cruz defendería el Real Tesoro que llevaba Álvaro Flores. Fue también a las jornadas de Inglaterra y permanecía en Lisboa cuando se desató iracunda sobre ella, la armada inglesa[21]. “Pasó a las Indias y establecido en Lima en la época del Virrey Cañete, le transfirieron a Quito, ‘por capitán de una compañía de mosqueteros a la pacificación de aquella provincia’[22]. Cuando tuvo aviso del Virrey don Luis de Velasco que los ingleses habían tomado la ciudad de Portovelo, fue a Panamá para llevar el estandarte Real y posteriormente reunió gente en Quito, para acudir al Reino de Chile, amenazado por los piratas”[23]. Contribuyendo estos hechos al caudal de sus méritos y de su obra patriótica y anti-pirática una vez más.

En Quito se casó por entonces, en medio de esos tiempos de beligerancia, “con la nieta legítima y mas del factor Pedro Martin Montanero uno de los primeros descubridores y conquistadores de este reino”[24].  Javier Ortiz de la Tabla Ducasse nos indica que “la hija mayor de Pedro Martín Montanero, Isabel Jaramillo (o Isabel Montanero, como aparece en otros documentos) casó con el sargento mayor Francisco Suárez de Figueroa (cuyo hermano Gaspar casó con una hija de Francisco Ruiz). Hija de ambos fue doña Agustina de Figueroa (o Suárez de Figueroa), casada con el capitán Francisco Proaño de los Ríos, corregidor de Otavalo. Tanto los Suárez de Figueroa, como los Proaño y los Jaramillo tendrán nutrida descendencia hasta el siglo XVIII, destacando en la sociedad quiteña como hacendados y cabildantes.”[25]

Gracias a sus servicios, el Virrey le distinguió con “una plaza de lanza” para que lo goce en Quito, con una renta de 8600 pesos, el 11 de enero de 1611. Se le dio además, el destino de gentilhombre con otros notables capitanes, por haber formador parte de la compañía de lanzas y arcabuces que vinieron a pacificar Quito, con el Gral. Pedro de Arana[26]. Proaño de los Ríos, como indica Costales, pedía que “la cobranza de la renta y situaciones de la dicha compañía (se lo haga), en algunos repartimientos de Quito y su distrito”[27]. La renta se hace efectiva según lo dicen en 1613 don Diego de Salvatierra. Teniente de Corregidor de Ambato, de los indios tributarios de Ambato de don Cristóbal Toyapanta, en Patate, de don Juan de Ati, Gobernador de Píllaro y de don Diego de Almagro, Gobernador de Pelileo.

“El gentilhombre de lanza que tan distinguidos servicios ha prestado al Rey recibe, ya queda dicho, renta y situaciones de los indios tributarios de la Real Corona del Corregimiento de Ambato debido a ello y al matrimonio con la nieta de Martín Montanero”[28] se avecinda definitivamente en Quito.

Cabe citar la apreciación que tiene Alfredo Costales  sobre los sucesos de la “revolución de las Alcabalas” y la participación del Cap. D. Francisco Proaño de los Ríos en ella, o mejor dicho, en su supresión: “Durante la célebre campaña contra los insurrectos quiteños, en 1593, se distingue por su tenacidad y valor pues, cuantas veces fue necesario recorrió los corregimientos de Latacunga, Riobamba, Chimbo, Cuenca y Loja ‘con mucho trabajo y gasto de su hacienda’, permitió que el carnicero Arana, reuniera un efectivo de mil hombres para entrar en Quito. Proaño, en ningún caso se exime de las crueldades imputadas a Arana contra la población que tan bravamente le ha disputado la victoria…” (El resaltado es mío).

Todos los gentileshombres, entre ellos Proaño de los Ríos, poco tiempo después figuraban en los cargos más representativos de la Real Audiencia. El gentilhombre de lanza, Cap. D. Francisco Proaño de los Ríos, vecino de la ciudad de Quito, como no tuviera sucesión en su legítima mujer, deja descendencia en Isabel (doña Isabel Atagualpa Inga[29]) y María, entre 1598 y 1614, dos indias solteras de los llactayos que vivían en la ciudad[30].  Totaliza el número de sus hijos naturales conocidos, siete: Ursula (1598), Juan de la Cruz (1613), Francisco 1° (1615), Francisco 2° (1621), Alonso (1620), Lorenzo (1613) y Beatriz[31]. Fernando Jurado Noboa en su obra “La Ronda: nido de cantores y poetas” señala que “hacia 1675 Isabel Proaño de los Ríos, nacida por 1625 e hija de del clérigo andaluz (?) Francisco Proaño de los Ríos, compró para su hija natural María de los Ríos Guevara y Paz, un solar en la Ronda…”[32]; dada la coincidencia en las fechas, los nombres y evidentemente en el apellido, creemos que esta también fue hija de nuestro Francisco Proaño de los Ríos quien en 1637 tomó el estado sacerdotal[33], seguramente después de la muerte de su mujer. Para esa misma fecha, el viejo y avezado capitán, se dedicaba al comercio de lanas y ovejas[34].

Destacada posición social y económica poseyó Francisco Proaño de los Ríos. El Cabildo fue el núcleo de la actividad política y social de la América virreinal hasta la misma separación de la Península, los grupos de poder se organizaban en torno a este con el fin de formar sus círculos de influencia y afirmar su condición de élite. El Cabildo quiteño desde su fundación tuvo un peso decisivo en la vida política y económica del distrito y de la Audiencia, manteniendo su fuerza a lo largo de los siglos bajo el firme gobierno de las autoridades imperiales. En el caso particular de Quito después de la revolución de las Alcabalas, los cargos, entre ellos el de Corregidor de Quito, como en el de otras villas, “sería dado por los virreyes limeños a caballeros de su séquito, deudos o paniaguados, beneméritos peruanos y chilenos (a esto últimos se les reservó el cargo de corregidor de Chimbo). Igual sucedió con los corregimientos de Latacunga, Riobamba, Chimbo, Otavalo, Ibarra, Cuenca, Loja-Zaruma y de Guayaquil.”[35] Variados fueron los cargos que desempeñó el capitán Proaño de los Ríos dentro del Cabildo quiteño, asimismo siendo nombrado corregidor de Otavalo, como ya hemos detallado supra. Indica Ortiz de la Tabla que “estas autoridades locales y regionales formarán un nuevo grupo de la sociedad quiteña, enlazando algunos de sus miembros con antiguas familias del distrito o formando tronco de linaje de ricos hacendados y obrajeros.” Respecto a ese enlazamiento señala Ortiz de la Tabla que “también a fines del XVI y primeras décadas del XVII encontramos estos lazos en varios corregidores de villas de segundo rango: … En Otavalo, Francisco Proaño, casado con una hija de Francisco Suárez de Figueroa, hermana de encomendero.”[36]

Francisco Proaño de los Ríos, además de su origen, probanzas y méritos propios, supo consolidar su posición social y económica en la Quito de finales del siglo XVI y principios del XVII con las medidas propias de todo peninsular que adquiría prestigio y procuraba introducirse en el estrato dirigente de la comunidad criolla, por tanto el más privilegiado, primero y sobre todo a través de los lazos por matrimonio con la élite que surgió a partir de los conquistadores, los encomenderos y sus descendientes. Su matrimonio con Agustina Suárez de Figueroa permitió que el patrimonio de Pedro Martín Montanero, de los primeros conquistadores y encomenderos de Quito, recayera en los Proaño del siglo XVII y XVIII[37].

El Cap. Don Francisco Proaño de los Ríos, fundador de la nacionalidad quiteña (uno de los muchos), tuvo una vida de servicio dedicada a su Dios, a la Corona Hispana y a su Rey, y a lo que consideró mejor para el bien de su patria chica y de su patria grande.

No sorprende entonces que sus descendientes introducidos al criollaje de la Real Audiencia se hayan integrado plenamente en la sociedad colonial y los descendientes de sus descendientes en la vida republicana.

En el año 2013, sus descendientes vivos podremos celebrar el 420° aniversario de la llegada de su tronco, genearca y fundador, origen de su ser, a la franciscana ciudad de Quito, capital del conocido reino del mismo nombre y de la actual república del Ecuador.

Por Francisco Núñez Proaño

El general Víctor Proaño Carrión, uno de los ilustres descendientes del capitán Francisco Proaño de los Ríos.


[1] “Historia y Viaje del Mundo del Clérigo Agradecido don Pedro Ordóñez de Cevallos.
Natural de la insigne ciudad de Jaén a las cinco partes de la Europa África América y Magalanica con el itinerario de todo él. Contiene tres libros. Con licencia. En Madrid: por Juan García Infanzón, año de 1691.” Libro II, capítulo Capítulo XXXVI. En “Cronistas Coloniales”. Recopilación de José Roberto Páez. Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Quito, 1960. También en “Autobiografías y memorias. Leccionadas e ilustradas por M. Serrano y Sanz”, Casa Editorial Bailly, Madrid,  pp. 412 y 413

[2] Costales Samaniego, Alfredo y Piedad de, El General Víctor Proaño: el explorador del territorio shuar, Coedición Abya-Yala – SAG, Quito 1994, pág. 9

[3] Tratado como Don o don, con mayúsucula o minúscula indistitamente, en todos los documentos públicos, oficiales y privados consultados y que reposan en Quito, Lima, España y que incluye la crónica de Pedro Ordónez de Ceballos.

[4] Libro de Cabildos de la ciudad de Quito, 1593-1597, 27 de septiembre de 1593, estudio y transcripción de Jorge Garcés, Talleres Tipográficos Municipales, Quito 1941,  pág. 61

[5] Ibídem, introducción.

[6] Ibídem, pág. 225 y sigs.

[7] Ibídem, págs. 157-158. Los firmantes de este documento constan así: Pedro de Arana; Don Francisco de Mendoza Manrique; Francisco de Cáceres; Pedro Fernández de Espinosa; Don Juan de Londoño; El Licenciado Arias Pacheco; Fernando de Ortega Ugarte; Rodrigo Díaz de Ribadeneira; Diego López de Zúñiga; Don Francisco Proaño de los Ríos; Pedro Ponce Castillejo; Luis de Cabrera; Pasó ante mí, Pedro de Espinosa.

[8] Ibídem, págs. 176-177

[9] Decimos que se reafirmó en esa fecha, debido a que anterior a este nombramiento y solemne juramento, consta en datas anteriores del Libro de Cabildos de Quito con el mismo oficio.

[10] Ibídem, pág. 201

[11] Descalzi del Castillo, La Real Audiencia de Quito – Claustro en los Andes, Ed. Seix y Barral, 1978, pág. 339

[12] Vargas, José María, Historia del Ecuador – siglo XVI, Centro de Publicaciones de la Pontifica Universidad Católica del Ecuador, Quito 1977, pág. 309

[13] Libro de Cabildos, agosto 11 – 1595, págs. 273-274

[14] Andrade Marín, Luciano, Historietas de Quito, Ed. Grupo Cinco Editores, Quito 2000, pág.173

[15] Libro de cabildos, mayo 17 -1596, págs. 366-367

[16] Zumárraga, Pedro Manuel, Monografía del Cantón Antonio Ante, La Prensa Católica,Quito 1949, pág. 78

[17] En busca del mar: http://www.lahora.com.ec/index.php/noticias/show/441836/-1/En_busca_del_mar.html#.UAiECbRfG4E

[18] En: Burgos Guevara, Hugo, Primeras doctrinas en la Real Audiencia de Quito, 1570-1640,Ed. Abya-Yala, Quito 1995pág. 313 y también en: Monroy, Joel, El Convento de la Merced de Quito de 1534-1617,Ed. Labor, Quito 1938, pág. 317   

[19] Libro de cartas escritas por los Reyes Nuestros Señores, Sumos Pontífices, Virreyes y otros ministros de esta Real Audiencia al Cabildo de Quito, 1589-1714, edición y compilación a cargo de Gustavo Chiriboga C., Talleres Tipográficos Municipales, Quito 1970,  págs. 20-21

[20] Ibídem, págs. 23-24

[21] “Provisión de su Exma. para que sobre los tributos del capitán don Francisco Proaño de los Ríos de los tributos de Píllaro, de Patate y sus anexos de la Corona Real”. 1585 -1628. Archivo Nacional de Historia del Ecuador – Quito Sec. Trib. Caja N° 1: fol. 1. Citado en Costales Samaniego, Alfredo y Piedad de.  

[22] Ibídem, fol. 1v

[23] Ibídem

[24] Ibídem, fol. 2

[25] Ortiz de la Tabla Ducasse, Javier, Los encomenderos de Quito: 1534-1660. Origen y evolución de de una élite colonial,Escuela de Estudios Hispano-Americanos, Sevilla 1993, pág. 265

[26] Costales Samaniego, Alfredo y Piedad de, pág. 9

[27] Ibídem.

[28] Ibídem, pág. 10. Pilar Ponce Leiva en su libro “Certezas ante la inservidumbre: Élite y Cabildo de Quito en el siglo XVII” apunta en el Apéndice III “Esposas de Cabildante quiteños, 1593-1701” el matrimonio entre el español Francisco Proaño de los Ríos y la criolla Agustina Suárez Figueroa.

[29] Así la llama su sobrino Francisco Proaño de los Ríos en 1670, nieto del 1°. ANH/PQ. Sec. Prot. 1670 Tomo 144, Notaría I, fol. 1. Citado en Costales.

[30] Costales, pág. 10.

[31] Ibídem

[32] Jurado Noboa, Fernando, La Ronda: nido de cantores y poetas, Quito 1996,  pág.49

[33] Costales, pág. 10

[34] Ibídem

[35] Ortiz de la Tabla, pág. 140

[36] Ibídem, pág. 141

[37] Ibídem, pág. 196



A propósito del bicentenario de “La Pepa”

Memoria histórica: Con la ya usual alharaca -a esta altura de los bicentenarios- se está conmemorando este día, 19 de marzo de 2012, el bicentenario de la Constitución de Cádiz de 1812, promulgada por las también Cortes de Cádiz (donde el Reino de Quito estuvo representado por varios diputados entre ellos el genial José Mejía Lequerica, todos firmantes de la Constitución)  y que estuviera vigente en ambos hemisferios hispanos por algunos años, considerada un fundamento jurídico mundial hoy por hoy; más allá de cualquier consideración propia, prefiero -como de costumbre- remitirme a documentos para “hablar” de este evento, en este caso dos citas fundamentales, la primera de estas prácticamente desconocida -¿u ocultada?- por todos y la segunda olvidada intencionalmente -en orden cronológico descendente-:

Vicente Morales y Duárez

“La América desde la conquista y sus indígenas han gozado los fueros de Castilla. Óiganse las palabras con que termina un capítulo de las leyes tituladas del año 1542, donde el Emperador Carlos así habla: -queremos y mandamos que sean tratados los indios como vasallos nuestros de Castilla, pues lo son Con respecto a esta justicia, había hecho antes en Barcelona una declaración en Septiembre de 1529 que dio mérito a la Ley l. Título 1, del libro 3.° de la Recopilación de las Indias, donde se dice que las Américas son incorporadas y unidas a la Corona de Castilla, conforme a las intenciones del Papa Alejandro VI. Debe hacerse alto en esas palabras incorporadas y unidas, para entender que las provincias de América no han sido ni son esclavas o vasallas de las provincias de España; han sido y son como unas provincias de Castilla, con sus mismos fueros y  honores.”

Vicente Morales y Duárez, 1811, jurista criollo peruano, diputado y presidente de las Cortes de Cádiz, mereciendo el tratamiento de “Majestad” y ocupando el trono de los Reyes de Castilla por esto.

En Actas de las Cortes de Cádiz. Antología dirigida por Don Enrique Tierno Galván. Editorial Taurus Ediciones, tomo primero, págs. 118-119, Madrid y en Diario de las discusiones y actas de las cortes, tomo segundo, pág. 370 Cádiz: en la imprenta real, 1811. Atribuida al también diputado del Perú en las Cortes de Cádiz, Dionisio Inca Yupanqui –para asombro de toda Europa- en El Perú en las Cortes de Cádiz, tomo cuarto, Vol. 1° de la Colección Documental de la Independencia del Perú, pág. 73, Lima, 1974.

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Decreto de 15 de Octubre de 1810. Igualdad de derechos entre los españoles europeos y ultramarinos: olvido de lo ocurrido en las provincias de América que reconozcan la autoridad de las Córtes.
Octubre 15 de 1810.

Las Córtes generales y extraordinarias confirman y sancionan el inconsuso concepto de que los dominios españoles en ambos hemisferios forman una sola y misma monarquía. una misma y sola nacion, y una sola familia, y que por lo mismo los naturales que sean originarios de dichos dominios europeos ó ultramarinos son iguales en derechos á los de esta península, quedando á cargo de las Córtes tratar con oportunidad, y con un particular interes de todo cuanto pueda contribuir á la felicidad de los de ultramar, como tambien sobre el número y forma que deba tener para lo sucesivo la representacion nacional en ambos hemisferios.

Ordenan asimismo las Córtes que desde el momento en que los paises de ultramar, en donde se hayan manifestado conmociones, hagan el debido reconocimiento á lalegítima autoridad soberana, que se halla establecida en la madre Patria, haya un general olvido de cuanto hubiese ocurrido indebidamente en ellos dejando sin embargo á salvo el derecho de tercero.—

Lo tendrá así entendido el Consejo de Regencia para hacerlo imprimir, publicar y circular, y para disponer todo lo necesario á su cumplimiento.—

Real Isla de Leon, 15 de Octubre de 1810.—

Ramon Lázaro de Dou, Presidente.—

Evaristo Perez de Castro, Secretario.—

Manuel Lujan, Secretario.—

Al Consejo de Regencia.—

Reg. fol. 7.

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Addendum:

CONSTITUCIÓN POLÍTICA DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA

Promulgada en Cádiz a 19 de marzo de 1812
Cádiz: en la Imprenta Real: MDCCCXII
DON FERNANDO SÉPTIMO, por la gracia de Dios y la Constitución de la Monarquía española,
Rey de las Españas, y en su ausencia y cautividad la Regencia del reino, nombrada por las Cortes generales
y extraordinarias, a todos los que las presentes vieren y entendieren, SABED: Que las mismas Cortes
han decretado y sancionado la siguiente

CONSTITUCIÓN POLÍTICA

DE LA

MONARQUÍA ESPAÑOLA

En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo autor y supremo
legislador de la sociedad.

Las Cortes generales y extraordinarias de la Nación española, bien convencidas, después del
más detenido examen y madura deliberación, de que las antiguas leyes fundamentales de
esta Monarquía, acompañadas de las oportunas providencias y precauciones, que aseguren
de un modo estable y permanente su entero cumplimiento, podrán llenar debidamente el
grande objeto de promover la gloria, la prosperidad y el bien de toda la Nación, decretan la
siguiente Constitución política para el buen gobierno y recta administración del Estado.

TÍTULO I.

DE LA NACIÓN ESPAÑOLA Y DE LOS ESPAÑOLES
CAPÍTULO I.

De la Nación Española
Art. 1.

La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios.

(…)

(Vía: http://cadiz2012.universia.es/pdf/doc_0007_cons_1812.pdf)

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Usted ya sabe que hacer: saque sus propias conclusiones.

F.N.P.



Un documento para la historia.

Manuel Inocencio Parrales Guale, Cacique principal y Gobernador del Pueblo de San Lorenzo de Jipijapa

“Pide providencia

Dn. Manuel Inocencio Parrales Guale, Cacique principal y Gobernador del Pueblo de San Lorenzo de Jipijapa, en la jurisdicción de la ciudad de Guayaquil, por mi propio dro. (derecho) sin intervención de la Protectoría, parece ante V.A. en la mejor vía y forma y Digo: que es imponderable el indefenso tesón y amor con que he servido a V.C.R.P. (Vuestra Católica Real Persona) pues perdonando al sueño, he vivido desvelado en mirar por sus Rs. (Reales) intereses, y de los individuos de la basta jurisdicción de mi Pueblo, a cuya consecuencia en obsequio de ellos, y deseoso de libertarlos de unos derechos con que los oprimían con erogación de gruesas cantidades, tuve por medio oportuno seguir mi ruta, y peregrinación, exponiendo mi persona a varios riesgos en tan dilatada estación, transitando diversos aires y climas, y elevar mi causa hasta presentarla al Trono, y besar los pies de mi amo el REY (mayúsculas en el original), para conseguir su Rl. Piedad. Estos poderosos estímulos de predilección hacia S.M. movieron a mi persona a presentarla con toda generosidad en la pasada Guerra, y servir con mucho honor, poniendo Guardas y Centinelas en los Puertos de aquel distrito para su custodia.

Hoy que habiendo llegado al referido mi Pueblo de Jipijapa a esta ciudad, en solicitud de varios asuntos pecualiares y privativos a mi empleo, he entendido la publicación de la declaración de la Guerra con la Potencia Inglesa, y la nuestra Española. Y contemplando a mi Augusto Soberano en este conflicto, siendo todo mi objeto servir a Dios y a S.R.P. con la mía,, y las de mis dos hijos Don. Manuel Antonio y Don José María, si fuere posible hasta derramar la última gota de nuestra Sangre, y rendir las vidas, la ofrezco esta y la de dichos mis hijos, protestando poner veinte y cinco hombres más de los sujetos Principales de aquel Lugar, uniformándolos, [aún en medio de mis cuitas y escaseces (sic) a que he quedado reducido con mi dilatado viaje a España en solicitud del alivio de mis compatriotas] a mi costa, y ministrándoles todos aquellos adminículos necesarios para su convoy a los tres Puertos de Sn. José, Callao y Salango, inmediatos a la Isla de la Plata, y del continente de dicho, mi Pueblo,…”[1]


[1] Archivo Nacional del Ecuador, Serie Milicias, Caja N°3, expediente 20, del 24 de enero de 1797.



Carlos IV, precursor de la independencia hispanoamericana. Historia secreta de América -12-.

Carlos IV, precursor de la independencia hispanoamericana.

Carlos IV, por Goya.

“…he reflexionado que sería mui político y casi seguro establecer en diferentes puntos de ella (América) a mis dos Hijos menores, a mi  Hermano, a mi Sobrino el Infante Dn. Pedro, y al Príncipe de la Paz, en una Soberanía feudal de la España, con títulos de Virreyes perpetuos y Hereditaria en su línea directa”.

-Carlos IV, Emperador de las dos Américas.

“…la Patria, que es una, desde el Cabo de Hornos hasta las orillas del Mississipi”.

– Manifiesto de la  Junta de Guayaquil del 15 de mayo de 1821.

José Gabriel Condorcanqui (autodenominado Túpac Amaru), Eugenio (Chusig) de Santa Cruz y Espejo, y Francisco de Miranda –entre otros- son considerados como los “precursores” de la emancipación americana respecto de España. Sin embargo, a todos estos personajes, debemos agregar el nombre de Carlos IV como justo precursor de la independencia americana, eso sí, de una independencia de un tono distinto a la obtenida históricamente.

En un artículo  anterior mío: ¿Carlos IV: Emperador de las dos Américas? Traté de dilucidar brevemente el enigma en torno al título de  “Emperador de las dos Américas” de Carlos IV –de España- que hace deducir la instalación del Imperio en América, una independencia propulsada por la misma monarquía en otras palabras. Ahora puedo corroborar ese hecho, debido a que existió el plan para realizar este proyecto de independencia iniciada por el monarca.

Víctima de una “historiografía inmisericorde”, Carlos IV, figura muy poco tenida en cuenta por la mayoría de historiadores españoles y americanos quienes lo consideraron o consideran un mediocre y un enclenque en muchos casos, en realidad se configura como uno de los reyes hispanos que destaca por su preclara visión de los sucesos de su momento y del futuro, tuvo que saber (sobre)llevarse como un estadista en medio del caos europeo y de la angustia americana. Así el mito histórico que señala que la ruptura del complejo bihemisférico de la monarquía española se produjo por  la “falta de flexibilidad política en el genio gubernamental y director de la metrópoli”, es producto de la ignorancia o la mala voluntad en torno a los proyectos de independencia preparados por Carlos IV.

La emancipación concordante.

El planteamiento de las independencias americanas desde la metrópoli no era una novedad, ya en época de Carlos III y bajo la corriente del iluminista conde de Floridablanca y el ilustrado conde de Aranda (Secretario de Estado de Carlos IV, siendo reemplazado por Godoy posteriormente), este último propondría (con un pensamiento colonial ya) que España debía retener las Antillas y algunas plazas más, para servirse de estas como escalas para el comercio, y creándose con los restantes territorios tres grandes reinos: Nueva España, Costa Firme y Perú.[1]  Sin embargo, tan solo con las premuras del nacimiento de lo que Eric Hobsbawn denominaría como el largo siglo XIX con la revolución francesa (subversión inglesa) de 1789 y ya bajo el reinado en España y las Indias de Carlos IV es que se vuelve una apremiante necesidad prever la mayoría de edad política de los reinos ultramarinos que lamentablemente no pudieron desenvolverse de la manera adecuada “al frustrarse su normal proceso, que obligaba al desenlace natural del desarrollo de los nuevos reinos, transformándose en nuevas monarquías” como señalara Demetrio Ramos Pérez[2].

Son dos los factores principales que obligan a considerar la emancipación concordante (y no discordante), por un lado la madurez del mundo criollo, repleto de iniciativas y por el otro la aparición de la fórmula armonizadora de los diversos instintos nacionales amparados por un sistema confederativo imperial que prevaleciera por sobre la plurimonarquía española. Forzando así a conjugar en esta fórmula la compatibilización de los viejos y los nuevos reinos. Tradición y modernidad, podrían acaso encontrar un libre curso en la historia de un Imperio multisecular agotado por el peso de la geopolítica y de la gloria.

Dos factores subalternos acaban de cooperar al proyecto: “el temor enfermizo sentido en las esferas del Gobierno español  a que América llegara a contagiarse de de un deseo independentista y la prevención de que el espíritu de la Revolución llegara a provocar fenómenos de catastrófico mimetismo  en el Nuevo Mundo, tal y como desgarradoramente se habían producido en las Antillas francesas.”[3]

Independencias Solidarias.

Sobre estos cuatro fundamentos, se sitúa el plan de independencias solidarias que se atribuye a Carlos IV y a Manuel Godoy, que a diferencia de los anteriores, respondía a eventos de actualidad y no a presuntos futuros.  La participación del propio monarca, más allá de la influencia del Príncipe de la Paz, fue fundamental para los proyectos de independencia.

El proyecto de monarquías americanas no surgió de la noche a la mañana, en las bases del memorial de Aranda y bajo la fuerte influencia que ejerció este sobre Carlos IV en su juventud y primeros años de reinado podemos concluir que este fue un precedente necesario, que encontraría su fermento en la independencia de los Estados Unidos, en el caos y la revolución europea y la pérdida de territorios hispanoamericanos como la Luisiana, cedida por presiones a Napoleón  y pactada en el Tratado de San Ildefonso de 1800, finalmente vendida de manera infame por el emperador de los franceses a los Estados Unidos de Norteamérica.

Podemos enumerar al menos tres proyectos conocidos de independencias solidarias promovidas por el monarca español para la creación de reinos independientes con monarcas propios a la cabeza de cada reino. El primero de estos se desarrolló en 1804, si bien la iniciativa surgió ya en 1800 –debido a los sucesos de la Luisiana española- , y Godoy en sus memorias nos dice de este: “Mi pensamiento fue que en lugar de virreyes fuesen infantes (príncipes) a la América, que tomasen el título de príncipes regentes, que se hiciesen llamar así, que llenases con su presencia la ambición y el orgullo de aquellos naturales, que les acompañasen un buen Consejo con ministros responsables, que gobernase allí con ellos un Senado, mitad de americanos y mitad de españoles, que se mejorasen y acomodasen a los tiempos las leyes de las Indias, y que los negocios del país se terminasen y fueren fenecidos en Tribunales propios de cada cual de estas regencias. Vino el tiempo que yo temía: la Inglaterra rompió la paz traidoramente con nosotros y en tales circunstancias no osó el Rey exponer a sus hijos y parientes a ser cogidos en los mares”.[4] Si bien no era una independencia plena, era un proyecto que consideraba regencias y no reinos particulares.  Pocas consideraciones más podemos hacer al respecto, debido a la falta de información.

El segundo proyecto se plantea en 1806, con la noticia de la pérdida inicial de Buenos Aires a manos de los ingleses, y en medio de las hostilidades de las guerras napoleónicas, que sin embargo no desaniman a Carlos IV a llevar adelante su planteamiento, y esperando la oportunidad adecuada cree tenerla en sus manos en este año, tan decidido se encontraba que lleva adelante una curiosa tramitación de “consultas” llevada a cabo por el mismo con su puño y letra mediante cartas fechadas en 6 y 7 de octubre[5] que remitió a ocho prelados y donde procede a consultar:

“Habiendo visto por la experiencia que las Américas estarán sumamente expuestas, y aun en algunos puntos imposible de defenderse por ser una inmensidad de costa, he reflexionado que sería mui político y casi seguro establecer en diferentes puntos de ella a mis dos Hijos menores, a mi  Hermano, a mi Sobrino el Infante Dn. Pedro, y al Príncipe de la Paz, en una Soberanía feudal de la España, con títulos de Virreyes perpetuos y Hereditaria en su línea directa, y en caso de faltar esta, reversiva a la Corona, con ciertas obligaciones de pagar un tributo que se imponga y de acudir con tropas y Navíos donde se les diga. Me parece que además de político van a hacer un gran bien a aquellos Naturales, así en lo económico  como principalmente en la Religión, pero siendo una cosa que tanto puede gravar mi conciencia, no he querido tomar  resolución  sin oír antes Vuestro dictamen, estando muy cerciorado de Vuestro talento , Christiandad, Zelo de las almas que givernais, y del amor a mi servicio, y así espero que a la mayor brevedad respondáis a esta carta, que por la importancia del secreto va toda de mi puño, así lo espero  del acreditado amor que tenéis  al servicio de Ds. y a mi persona, y os ruego que encomendéis a Ds. para que me ilumine y me dé su Santa Gloria. San Lorenzo, y Octubre 7 de 1806.- Yo el Rey”.[6]

En esta carta de consulta que realiza el Rey al Obispo de Orense, nos ayuda a comprender la amplitud y la seriedad del proyecto: se trata sobre la legitimidad de trasladar a hijos y hermanos suyos, además de al mismo Godoy, como Virreyes primero y como monarcas independientes después, Soberanía feudal es el término que Carlos IV utiliza, con las implicaciones de las juradas leyes de Indias que prohibían enajenar el territorio propiedad del monarca, buscando entonces un común acuerdo y aprobación de los prelados, sus consejeros, las Cortes y los Cabildos americanos.

Las respuestas a la consulta no se hicieron esperar y en su mayoría se expresaron de forma favorable a la consolidación de estos gérmenes o semillas de nuevas monarquías americanas, el Obispos de San Ildefonso se expresaba así en su respuesta al Rey: “… establecidas en América algunas soberanías feudales de España, aunque comerciasen con ellas más directamente que ahora las demás naciones (independencia económica)… No tengo duda de que es muy justo y muy prudente el medio de las soberanías feudales para asegurar a la corona de España todo el esplendor, y a sus pueblos toda la prosperidad que pueden esperarse de la América. Y es gran ventaja que aquellos y de estos vasallos de V.M. el que puedan recaer las nuevas soberanías en personas tan propias de V.M.”[7]  Este proyecto no prosperó debido a la derrota del Rey de Prusia en Jena a manos de Napoleón en octubre de 1806 y la posterior alerta y alarma que cundió por Europa, además debido a la desconfianza que produjo en muchos el hecho de que Godoy también sería uno de los nuevos soberanos feudales americanos.

Finalmente el último plan se realiza, o se intenta realizar en 1807. En la articulación del avance napoleónico por Europa y de sus obligaciones  con España según el Tratado secreto de Fontainbleau. Sobre el cual traté en un artículo anterior de este blog. Ahora se pretendía dejar al napoleonismo revolucionario en Europa y pasar a América a refugiarse en el Nuevo Continente enmarcados dentro de un sentido tradicional y monárquico. En esta ocasión el propio Rey junto a toda la familia real (como en el caso coetáneo portugués) se trasladarían a “imperar” en América[8]. Aún contra la oposición de muchos prelados, consejeros y militares.  “En contraste con la artificiosa creación de los Estados que tan caprichosamente se montaban en Europa, los reinos americanos existían, eran una realidad jurídica y, además, una realidad de sentimiento… El pensamiento tradicional español estaba, por añadidura, acorde con esa idea de las patrias americanas, e incluso con la de la necesaria independencia de las mismas.” Conforme a esto, Carlos IV y su familia emprendieron el inicio de su viaje hacia América desde Madrid, hacia Sevilla, y desde allí  a Cádiz para embarcarse hacia sus reinos ultramarinos. Lamentablemente, Carlos IV junto a su familia, fueron apresados por las tropas francesas cuando se encontraban en pleno viaje hacia Sevilla. El resto, descorazonadamente,  es historia.

Por Francisco Núñez Proaño        


[1] No solo en Europa de contemplaba estas independencias con nuevas monarquías en América, el intendente Ábalos de la Real Audiencia de Caracas ya propuso en su Representación del 24 de septiembre de 1781 esta idea. Ver: Pronóstico de la Independencia de América y un proyecto de Monarquías en 1781 en Revista de Historia de América, México, N° 50, 1960, págs. 439-473.  

[2] Ver: Ramos Pérez Demetrio, Entre el Plata y Bogotá. Cuatro Claves de la emancipación ecuatoriana, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1978.

[3] Ídem, pág. 22.

[4] Príncipe de la Paz, Memorias (24), I, pág. 49.

[5]Ramos Pérez, Demetrio, Entre el plata… pág. 34. Vadillo, José Manuel de, en Apuntes sobre los principales sucesos que han influido en el estado de la América del Sur, Cádiz, 1836.

[6] La carta de Carlos IV dirigida al Obispo de Orense fue publicada por Eugenio López Aydillo en El Obispo de Orense en la Regencia de 1810, Madrid, 1918, pág. 188.

[7] Ramos Pérez, Ob. Cit., pág. 50 y sigs.

[8] Vale resaltar que el acta de Quito del 10 de agosto de 1809, denominada “Primer grito” o “Acta de la independencia” reza así: “compondrán una Junta Suprema que gobernará interinamente a nombre y como representante de nuestro soberano, el señor Fernando Séptimo, y mientras Su Majestad recupere la península o viniere a imperar en América”.



¿Carlos IV: Emperador de las dos Américas? Historia secreta de América -2-

¿Carlos IV: Emperador de las dos Américas?

 

Estatua ecuestre de Carlos IV en la ciudad de México

Estatua ecuestre de Carlos IV en la ciudad de México

Producto de mis recientes lecturas surgió esta interrogante en mí. Ninguno de los monarcas de la Corona de Castilla que gobernaron el extenso y multisecular Imperio Hispano –del cual somos herederos, pésele a quien le pese-[1] denomináronse como emperadores, ni siquiera Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, pues este –como todos sus sucesores- aunque de hecho era emperador –con carácter supranacional- de todos sus dominios en los cinco continentes, de derecho era tan solo emperador del Sacro Imperio en el centro de Europa; de Castilla era su Rey así como del resto de sus territorios, incluyendo las “islas del mar océano, tierra firme e indias occidentales”, América. Isabel y Fernando, Juana, Felipe I, Carlos I, Felipe II, Felipe III, Felipe IV, Carlos II, Felipe V, Luis I, Fernando VI, Carlos III, y Fernando VII, todo ellos fueron de facto emperadores y de derecho Reyes de las Españas y de las Indias[2] -sin contar el resto de sus dominios en Europa y demás continentes-, pero ninguno emperador de jure.

Carlos IV de Borbón sería entonces el único monarca de la Corona de Castilla que haya figurado como emperador oficialmente. Según lo resuelto en el artículo 12 del tratado secreto de Fontainebleau, del 27 de octubre de 1807 entre España y la Francia napoleónica; a Carlos IV se le reconocería lo siguiente: “S.M. el Emperador de los franceses, Rey de Italia, se obliga a reconocer a S.M. Católica Rey de España como Emperador de las dos Américas quando todo esté preparado para que S.M. pueda tomar este título, lo que puede ser, o bien a la paz general, o más tarde dentro de tres años”[3]. Vale entonces desglosar el artículo:

  1. S.M. el Emperador de los franceses, Rey de Italia, se obliga a reconocer a S.M. Católica Rey de España como Emperador de las dos Américas: El reconocimiento si bien es externo formalmente, la iniciativa es interna al ser un tratado bilateral. Por tanto, el título imperial era buscado por  Carlos IV, mas ¿con qué fines? Mera vanidad, no lo creemos, de hecho era el gobernante de todo el extenso imperio en América, ahora reluce el hecho de que el título imperial vaya de la mano de las “dos Américas” –la septentrional por la Nueva España y la meridional por los países de la América del Sur-.
  2. quando todo esté preparado para que S.M. pueda tomar este título, lo que puede ser, o bien a la paz general: Qué incognita tremenda por decir lo menos, qué significa “quando todo esté preparado”, ¿es acaso el presagio de la partida de la familia real hacia América, dónde proclamarían el Imperio?[4], ¿es la entrega de la península por completo a Napoleón? ¿La paz general, es la pax napoleónica?
  3. o más tarde dentro de tres años. ¿Previsión maquiavélica o completo desconocimiento del futuro próximo de parte y parte?

Y he aquí la interrogante, si nos apegamos estrictu sensu a lo que se detalla en este artículo, Napoleón se obliga a reconocer a Carlos IV como “emperador de las dos Américas”, el carácter americano del título es evidente aquí; y dice que cuando todo esté preparado –lo que conlleva otra interrogante aún mayor, debido que hace deducir la instalación del Imperio en América[5] (independencia propulsada por la misma monarquía en otras palabras). Y aquí hay harto material para los leguleyos quiteños en particular y ecuatorianos en general que les encanta perderse en definiciones y en detallitos, debido a que la paz general no se concretó, al haber invadido Napoleón alevosamente España y al haberse fenecido el plazo de los tres años, pues para octubre de 1810 Carlos IV no era más Rey de España y menos emperador de las dos Américas.

Pero… desde el punto de vista legal, el tratado en su momento y hasta que no fue revocado tuvo pleno valor. Entonces ¿Carlos IV fue el único monarca de las Españas y las Indias que pudo ostentar el título  de emperador de las dos Américas?

Y aquí pensaran muchos, ¿y esto a mí que me importa?, ciudadano ecuatoriano o de dónde sea en la América del siglo XXI… pues debería importarle mucho, pues es su historia, por tanto es parte de su ser y ya entrando en el campo del “what if?” o de la ucronía, es decir en el infinito universo de las posibilidades no realizadas al menos en este plano, podemos pensar que de haberse concretado la idea de tener a Carlos IV como emperador de las dos Américas, hoy en día estaríamos viviendo en un reino subsidiario de un Imperio Americano centrado en este continente tan especial y tan extraño llamado América, donde todo es posible.  Y dentro de estas posibilidades Carlos IV, a lo largo de los siglos, fue de facto y de jure el único emperador de las dos Américas –incluyendo este antiguo y conocido Reino de Quito-.

Por Francisco Núñez Proaño


[1] ¡Después de todo estás leyendo este artículo en castellano!

[2]Hispaniarum et Indiarum Rex, como reza la leyenda en latín. Ni siquiera el usurpador José I Bonaparte, más conocido como Pepe Botellas se atrevió a proclamarse emperador.

[3] Tratado secreto de Fontainbleau, del 27 de octubre de 1807, citado en Ramos Pérez Demetrio, Entre el Plata y Bogotá. Cuatro Claves de la emancipación ecuatoriana, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1978, pág. 63

[4] Recuérdese el caso brasileño, donde la familia real portuguesa huyó al Brasil, que pasó de Reino Unido a Imperio independiente poco después con Pedro I del Brasil.

[5] Quiere decir esto que previsto un plan para el traslado de Carlos IV a América, ¿deberíamos reconocer a este entonces como precursor de la independencia? Pero esta es materia de un otro artículo.