coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


EL SIMBOLISMO HERCÚLEO EN LA ICONOGRAFÍA DE BENALCÁZAR

EL SIMBOLISMO HERCÚLEO EN LA ICONOGRAFÍA DE BENALCÁZAR


Sebastián de Benalcázar es el asentador y digámoslo sin miedo alguno, el real y efectivo fundador de San Francisco de Quito el 6 de diciembre de 1534 en su actual ubicación, más allá del hecho jurídico llevado a cabo en medio del estado de necesidad frente al también conquistador Pedro de Alvarado, por el cripto-judío Diego de Almagro el 28 de agosto de ese mismo año en las cercanías de la laguna de Colta en la sierra central del actual Ecuador.

Cual alquimista o aprendiz de esta ciencia mágica, sin saberlo, Benalcázar formó la amalgama de la fusión con su hecho fundacional, que no la mezcla, de dos civilizaciones solares, jerárquicas, viriles y espirituales en un crisol que a pesar de los siglos aún no crea la piedra filosofal que liberará a la tierra de la mitad.

Si bien no existe un retrato de época del conquistador Sebastián de Belalcázar o Benalcázar -Hijo de la Fortaleza-, nacido Moyano, del pueblo llano andaluz, fruto de la Castilla perenne, quien supo en la guerra y conquista ennoblecerse por sus actos de heroísmo y arrojo, han sido varias sus representaciones ideales que a partir del siglo XVI se han realizado.

Sin duda alguna, existe un modelo inicial -el cual desconocemos- de donde se basan el resto de representaciones pictóricas del conquistador, dado sobre todo por un elemento recurrente en todas estas: su yelmo.

Yelmo de particularísima forma e importancia, apenas ahora tomado en cuenta por mí, a pesar de haberlo visto por años.

Esta imagen aparecida en el ”Diccionario Histórico o Biografía Universal Compendiada” de 1830, indubitablemente el modelo más reciente para las representaciones ecuatorianas de Benalcázar, muestra al hombre de la guerra con su casco de clara forma leónica. No puede sernos indiferente este detalle, sobre todo si analizamos los retratos de otros conquistadores donde no aparecen símbolos parecidos algunos, es decir, Benalcázar es el único de su tipo que posee esta representación ¿histórica?

Sebastián_de_Belalcázar

¿De dónde surge, pues, este simbólico león enyelmado?

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Míticamente no hay como perdernos. Uno de los más característicos héroes solares, como Heracles o Hércules, conquistó la divinidad a base de sus famosos trabajos, uno de aquellos, el primero de todos, fue el triunfo sobre el león de Nemea, al cual después de haberle dado muerte lo despojó de su piel para utilizarla como un poderoso trofeo sobre sí mismo. La gruesísima piel del león de Nemea fue utilizada además por Heracles en todas las aventuras que sucedieron a ésta hasta la victoria final, sirviéndole como la mejor y más eficaz de las armaduras, e hizo servir la cabeza del león de yelmo, como vemos en las siguientes imágenes.

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Posteriormente en las representaciones del siglo XX que se hicieron de Don Sebastián, la cabeza del león se redujo considerablemente, pero se mantuvo, como consta en el retrato de Víctor Mideros que resguarda el Municipio de Quito.

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Hércules, el héroe solar, pasa por esos doce trabajos para superarse y perfeccionarse. Esta visión del mito de Hércules es una interpretación desde el punto de vista de la gran obra interna a realizar por cada uno de nosotros. Benalcázar es pues, en sus representaciones artísticas tanto como en su vida, el símbolo de heroísmo, superación, perfeccionamiento, ennoblecimiento, engrandecimiento, lucha, conquista y victoria que todo quiteño que se precie de tal, debe perseguir hasta sus últimas consecuencias.

Honremos así la fundación hispánica de San Francisco de Quito

Concluyendo: ¡Menos chullas y más hombres de acción!

Francisco sin tierra



Los Núñez del Arco: Un caso de poder político criollo americano en la Monarquía Universal Hispana y el fundamentalismo chauvinista historiográfico ecuatoriano. Una breve reflexión.

Los Núñez del Arco: Un caso de poder político criollo americano en la Monarquía Universal Hispana y el fundamentalismo chauvinista historiográfico ecuatoriano. Una breve reflexión.

La vida es como un arco; el alma es como una flecha; el espíritu absoluto como la diana a traspasar.

Sabrá el lector disculpar lo largo del título de esta sucinta nota -que más parece propio del siglo XVI que del XXI y que tan solo adolece de dedicatoria que en su momento tendrá- y la cantidad de adjetivaciones usadas en el mismo, todas las cuales son necesarias, sin embargo, a fin de delimitar el objeto de estas líneas.

Como ya señalé en otra oportunidad, es mito usual y extendido en la ideas y en la historiografía americana  -particularmente en la ecuatoriana- oficial y oficiosa, aquel que dice que los criollos durante la  mal llamada colonia, la Monarquía Universal Hispana o el Imperio, fueron excluidos de toda forma de poder político y de mando. Dentro de este prejuicio de base ideológica liberal chauvinista, se enmarca la interpretación simple y superficial que la historiografía ecuatoriana, intencionadamente o no, ha dado a la participación de los Núñez del Arco en varios episodios de la historia política de la Real Audiencia de Quito. A manera de demostrativa siguen dos casos concretos.

Alonso Núñez del Arco y Aguiriano, genearca de los Núñez del Arco del actual Ecuador y de los Núñez de Riobamba y Quito específicamente[1], hijo de peninsular y criolla panameña, nacido en Panamá en 1701 -criollo por tanto-, y quien se asentó posteriormente en la Real Audiencia de Quito. General de los Reales Ejércitos, Corregidor de Riobamba de 1742 a 1744, Corregidor de Otavalo de 1750 a 1751. En 1732 casó en Riobamba con doña María Josefa Dávalos y Morán de Buitrón, nacida por 1717 en Quito y muerta en su ciudad de nacimiento el 12 de noviembre de 1774 a los 62 años de edad, hija del segundo matrimonio (1705) del Maestre de Campo y Capitán de los Ejércitos del Rey -así como latifundista-, Nicolás Dávalos Villagómez (también Dávalos-Sotomayor Villagómez) nacido en Quito en 1682, con doña Leonor Morán de Buitrón o Butrón, nacida en Guayaquil (hija del General Agustín Buitrón, Corregidor de Riobamba en 1712). En 1738-39 fueron vecinos de Santa Bárbara en Quito[2].

Si bien la información que precede la proporciona el reconocido historiador y genealogista quiteño Fernando Jurado Noboa en su obra citada, el mismo autor, olvidando sus propias líneas y cayendo en el prejuicio historiográfico impuesto por generaciones de historiadores chauvinistas fanáticos, en testimonio oral me expresó que Alonso Núñez del Arco “como todo corregidor en la colonia, era peninsular”[3].

Figura mucho más polémica y conocida en la historia nacional es la de Ramón Núñez del Arco, sin embargo jamás abordado e investigado en la forma adecuada y objetiva por su acendrado realismo, nieto de Alonso, trascendió a la historia, mejor dicho, a la historiografía ecuatoriana, como el “malvado” “español” que elaboró el Informe sobre la subversión de Quito de 1809 para que sus partícipes fueran castigados por las autoridades competentes. En efecto, en 1813 concluía su célebre “Informe del Procurador General, Síndico personero de la ciudad de Quito, Ramón Núñez del Arco”[4].

En el libro “Mujeres de la revolución de Quito”, Sonia Salazar Garcés y Alexandra Sevilla Naranjo, anotan que:

El español Ramón Núñez del Arco, elaboró un Informe detallado en el que dio cuenta de la situación y ‘filiación’ de todos los personajes que estaban de algu­na manera ligados al gobierno de la Audiencia. Aparecen en él los funcionarios públicos, de correos, religiosos, soldados, de acuerdo a la dependencia o profesión que ejercían y califica individualmente a cada uno de los personajes nombrados en relación a su actuación durante la Revolución de Quito. En el documento Núñez del Arco describe, como en un diccionario, cada una de las calificaciones que atribuye a los personajes.[5]

Cuando señalan como español a Ramón Núñez del Arco, se incurre en un error grave de interpretación, nuevamente debido al prejuicio que la historiografía chauvinista ecuatoriana ejerce sobre los historiadores e investigadores nacionales. Ramón bien fue español, como todos los súbditos de la Corona Española en ambos lados del Atlántico y aún más allá, no obstante, la referencia a su calidad de español desde la perspectiva[6] histórica ecuatoriana, se refiere a que era peninsular, nacido en Europa. Y este es el lamentable hilo conductor de la “lógica histórica” con todos los realistas, es decir: realista = español-peninsular.

Ramón Núñez del Arco señala sobre sí mismo en el numeral 106 de su propio informe lo siguiente: “Procurador general, d. Ramón Núñez del Arco, criollo, realista fiel.”[7] No extraña esta declaración de criollaje, debido a que él había nacido en Quito en 1764[8], hijo del riobambeño Joaquín Juan Núñez del Arco y Dávalos, y nieto del panameño Alonso, era tercera generación de Núñez del Arco en América; además de haber sido Procurador Síndico de la ciudad de Quito, también fue Administrador de Aguardientes y como es evidente, realista ferviente. De hecho, toda su familia agnada y cognada (Joaquín Gutiérrez y Juan José Torcuato Guerrero y Matheu, entre estos) mantuvo una decidida postura realista.

Vale hacer la comparación genealógica en este caso con Juan Pío Montúfar Larrea, la cabeza visible y prominente de la Junta Suprema del 10 de agosto de 1809. Juan Pío también había nacido en Quito en 1758 y era hijo de un español peninsular, el primer marqués de Selva Alegre, funcionario español y presidente de la Real Audiencia de Quito, a todo lo cual, siendo primera generación en América, a nadie se le ha ocurrido calificar como “español” a Montúfar Larrea[9]. La diferencia fundamental entre ambos radica en el realismo del primero y en la insurgencia del segundo, hecho que ha merecido que los historiadores ecuatorianos desconozcan (y muchos condenen al olvido), a propósito o no, la calidad y condición de criollo y quiteño que poseía Núñez del Arco.

Agravado por partida doble el prejuicio en el caso de Ramón, al haber sido realista y además funcionario público con poder político, como su abuelo Alonso, en la visión sesgada de la interpretación histórica ecuatoriana, jamás pudieron haber sido criollos ninguno de los dos.

Después de terminada la Gran Guerra Civil de Secesión Hispanoamericana, también conocida como Guerra de Independencia, Núñez del Arco con buena parte de su familia, como muchas otras realistas, tuvieron que soportar el peso de ser del bando de los vencidos, correlativamente venidos a menos, empero leales a sus principios irrenunciables de fidelidad a lo que consideraban merecía esta.

Como siempre, que cada uno de ustedes saque su propia conclusión.

Francisco Núñez del Arco


[1] Archivo Particular del Autor (A.P.A.)

[2] Jurado Noboa, Fernando, Los secretos del poder socioeconómico: el caso Dávalos, SAG, Quito, 1992, pág. 142

[3] Entrevista a F.J.N., 2012-11-15

[4] Lo publicó Isaac J. Barrera en 1940 en el Boletín de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, con el título “Los hombres de agosto”. También apareció como separata del Boletín el mismo año.

[5] Salazar Garcés, Sonia; Sevilla Naranjo, Alexandra, Mujeres de la Revolución de Quito, FONSAL, Quito, 2009, Pág.75, nota 41

[6] La RAE define a esta palabra como: Apariencia o representación engañosa y falaz de las cosas.

[7] Los hombres de agosto, separata del Boletín de la ANHE, Litografía e Imprenta Romero, Quito, 1940, pág. 14.

[8] A.P.A.

[9] Ramón Núñez del Arco se refiere así sobre Montúfar en su informe: “188.- Don Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva Alegre, Caballero de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, autor de las insurrecciones, que meditó desde el año 1794. Presidente en la primera (junta) con título de Alteza Serenísima. En la segunda Vicepresidente, como se hizo igualmente elegir para el poder Ejecutivo en la Independencia. En suma, hombre caviloso, intrigante y causa de la ruina de Quito, y trastorno de toda la América. Toda su familia insurgente y pésima. Salió él solo para Loja por su elección bajo palabra de honor, sin siquiera haberse presenciado al jefe.”



¿Qué viva Quito?

La vocación irrenunciable de Quito

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Platón sentencia en su República:

Hay un modelo fijado en los cielos para quien quiera verlo y que, tras haberlo visto, quiera conformarse a él. Pero que exista en algún lugar o haya de existir jamás, es algo carente de importancia: porque éste es el único Estado en la política del cual él pueda considerarse parte.

El 6 de diciembre de 1534 si bien no fue la fundación oficial española de la ciudad -San Francisco de Quito se funda el 28 de agosto del mismo año en Santiago de Quito, cerca de la actual Riobamba. Como señaló alguien, San Francisco de Quito fue fundada a control remoto, sin embargo, el 6 de diciembre sí fue el día del asentamiento definitivo de San Francisco de Quito, la Quito española, en su actual ubicación. En esta fecha, hace 478 años el mítico Reino de Quito en este espacio geográfico, fue refrendado por el Capitán Sebastián de Benalcázar (Sebastián de Belalcázar, su nombre de nacimiento era Sebastián Moyano); de las cenizas del Quitu milenario creado por el Sol surgiría el Quito Hispánico fundado por los “nuevos césares” de la era contemporánea. Con orgullo debemos presentarnos frente a los postreros legados suyos.  Es verdad que los hábitos de estos arriesgados en viril heroísmo extintos están, perdidos en el mito y en la historia, Quitumbe, Atahualpa, Rumiñahui, Benalcázar, Carlos I y V ya no son más materia, sin embargo… están llamados estos a celebrar una resurrección única.

Pero, ¿qué es Quito?, ¿una ciudad? ¿Un asentamiento y conglomerado de gente? ¿Una simple urbe más?…. No, si pensamos así nos equivocamos  y de forma grave… Quito no es otra cosa que el surgimiento de un mismo principio espiritual, de un mismo principio metafísico que en  el Mundo Tradicional –como bien señala Eduard Alacátara-  siempre se caracterizó por tener las miras puestas hacia lo Alto. El hecho Espiritual impregnaba su discurrir. En lo Alto oteaba orden: el Orden del Cosmos, los siete Cielos enunciados y descritos por cierta metafísica… Y si en lo Alto oteaba un Orden que se había impuesto a la nada o al caos previos, quiso -dicho Mundo de la Tradición- instaurarlo aquí abajo como si se tratase de un reflejo del imperante allá arriba. Pretendió hacer de la Tierra un espejo de lo que veía en el Cielo, pues siempre concibió que el microcosmos debía de asemejarse al macrocosmos o, lo que es lo mismo, lo de abajo a lo de arriba. Y para que ese Orden cósmico imperase en la Tierra debería de existir –aquí abajo- una fuerza centrípeta que evitase la disgregación de los diferentes elementos que debían acabar tomando parte de él –de ese nuevo orden– y que debían acabar haciéndolo realidad. Y esa fuerza centrípeta aglutinadora no podía revestir otra naturaleza que la espiritual. La Idea (en el sentido trascendente) sería el eje alrededor del cual giraría todo un entramado armónico. Una Idea que a lo largo de la historia de la humanidad ha ido revistiéndose de diferentes maneras. Una Idea que -rastreando la historia- toma, por ejemplo, cuerpo en lo que simbolizaba la antigua Roma. Esta Idea no es otra que la del Imperio, dando el origen a los diferentes Imperiums (entendiendo Imperium como la “unidad de gentes alrededor de un ideal sacro”), y no fue otro más el origen y la vocación TRUNCADA de Quito.

QUITO, LA DOS VECES TRUNCADA SEDE IMPERIAL

Siendo estrictos en cuanto al aspecto histórico de nuestra urbe[1], debemos anotar que Quito jamás llegó a ser capital imperial de derecho en las dos oportunidades que tuvo para ello.

Es un hecho innegable que por cuestiones político-religiosas (como en la mayoría de civilizaciones, excepto la moderna, política y religión no estaban desligadas) los Incas estaban decididos a trasladar la sede de su Imperio hacia Quito, y fue tan así que Quito debía ser la tercera Cuzco, siendo que la segunda Cuzco fue Tomebamba cerca de la actual Cuenca del Ecuador. Y cuando todo estuvo preparado para que Quito fuese oficialmente el Eje del Mundo andino, su Axis Mundi, sucedió esa hermosa tragedia llamada la Conquista de América por parte de Castilla, León, Aragón… etc. Y lo que pudo haber sido entonces quedo en medio de una pausa cósmica[2].

La segunda oportunidad que se le presentó a la ya San Francisco de Quito de ser Sede Imperial, fue con el proyecto monárquico del Gral. Juan José Flores, en la década de 1840. Donde el  “Restaurador de la Monarquía en Ecuador, Perú, y Bolivia” con trono en Quito jamás pudo coronarse… Y no pudo coronarse porque la gran finanza londinense no le convenía que sucediera tal y así boicotearon el proyecto. Entonces fue un príncipe europeo Rey no coronado de Quito y Emperador de un nuevo Imperio y de una nueva dinastía quiteña hasta ahora inconclusa.[3]

En este punto vale recordar que “pecaron” de monárquicos e imperiales los mismos libertadores de América del Sur: Bolívar al final de sus días, y San Martín desde el vamos.

Quito, el Quito, San Francisco del Quito… entonces solo puede ser entendido como un ente imperial. Imperial fue cuando Atahualpa “el primero de los reyes del Mundo” que a nadie debía acatamiento, quién adoraba a un “dios vivo, el Sol, (que) vive y hace vivir a los hombres” –cómo el mismo lo señalara- lo asentó como su capital de facto; Imperial fue cuando Benalcázar la refundó “en nombre y al servicio de su Imperial Majestad” Carlos I de Castilla y V del Sacro Imperio Romano Germánico, como se señala en el acta de su fundación… Y amagos de espíritu imperial, si bien ya infectada la idea con valores deletéreos, incluso lo podemos detectar en fechas memorables para la historia oficial, como cuando la junta del 10 de agosto de 1809 proclamaba al mundo y a nuestra América “La sacrosanta Ley de Jesucristo y el IMPERIO[4] de Fernando VII, perseguido y desterrado de la Península, han sentado su augusta mansión en Quito”; Imperial fue cuando García Moreno hizo de la capital republicana la sede de un Imperio espiritual, que aún sin tener ese nombre lo fue… y recordemos, como ya se ha anotado, que incluso el primer presidente del Ecuador Republicano, Juan José Flores, “padre de la patria” y uno más de los “libertadores” no quiso sino otra cosa que instaurar un Imperio que se enseñoreara sobre esta parte del continente.

Sin duda en la mayoría de estos casos la unidad de las gentes estuvo basada en un ideal sacro, el ideal de la jerarquía, que lleva hacia lo eterno, que supera a la mera materia, la organización que vence al tiempo.

SER O NO SER

A pesar de lo dicho, hoy todo esto es incomprendido o peor: es odiado, porque no se entiende que la gloria eterna es en función de la Idea, de la Trascendencia… de lo Alto… es cuando entonces todos los hechos de nuestra gloriosa historia son tergiversados… el Inca y su sistema, ¿una salvaje persona?, la Conquista… ¿un genocidio, acaso?…, el 10 de Agosto ¿una revuelta subversiva?, el proyecto floresano ¿traición a la Patria?, el período garciano ¿una brutal tiranía?… NO… porque además de contrariar la verdad de los hechos históricos, de ser así no seriamos más que los hijos del latrocinio, de la lujuria, del palo, del garrote y del infeliz rigor guiado por los intereses venales de un puñado de míseros seres. Inlcuso en función histórica, no podemos  exigir mentalidad contemporánea en europeos y menos en aborígenes del siglo XVI o en americanos del siglo XIX -como ya lo dijo Luis Pallares Zaldumbide-,  todos con su valentía sin límites, su audacia, su fe, son genuinos valores humanos y más que humanos en muchos casos, dignos antecesores de un pueblo, de una nacionalidad… pero ¿de cuál nacionalidad?… la ecuatoriana muchos pensarán… mas, nuestra verdadera nacionalidad no es otra que la imperial quiteña… De hecho nuestra vocación nos lleva a superar la noción de nación y a ser supranacionales, a ser universales en un punto. Y este es un precedente de infinita trascendencia sí anhelamos llegar en exploración de la Nación hasta los mismos orígenes de nuestra Patria; y que confirman también, en nuestro caso particular, la posibilidad de un ecuatoriano, o mejor de un quiteño altivo, seguro de sus propias virtudes y lleno de fe en su propio ser.

Se podrá objetar que Quito como ente imperial, pudo haber sido algo inexistente, un reflejo celestial trunco como lo dice Platón, pero esto simplemente no es así, la verdad histórica nos lleva a los orígenes solares-heroicos-imperiales de Quito, sin embargo, aún más allá de la verdad histórica, está la verdad trascendente…. Quiteños fueron y son quienes han hecho Patria en torno suyo… han hecho Patria con su Sangre, con su Espíritu, y con su Voluntad, quiteños, fueron desde Atahualpa quien impuso esta como su sede de facto, quiteño fue Benalcázar que dio su voluntad y su victoria por Quito; quiteños fueron los argonautas de la selva como Orellana que nos dio un mundo a orillas del río-mar Amazonas, llave de un continente; quiteño fue Carlos I y V quien amó y procuró la edificación de su  lejana ciudad; quiteño fue García Moreno quién hizo de Quito extensión de su ser… y todos ellos habrían hasta el final de su vida guardar en su mente y en su corazón la misión que la Divinidad les encomendó en otro diciembre de hace ya algunos siglos… Erigir, refundar y posar lo que es más que materia, lo que es la fuente e inspiración de aquellos que son más que hombres, el Orden que debe establecer una verdadera jerarquía, diferenciar nuevas dignidades y, en la cumbre, entronizar la superior función del mando, del IMPERIUM, de quien es verdaderamentre libre, señor de sí mismo.

¡Quito, Quito, Quito! Este nombre retumba con fervor en los corazones de los verdaderos quiteños, sin importar de dónde hayan nacido… después de todo, ¿qué es el Ecuador sino la degeneración del Quito[5]? Quito, el Quito, que no es otra que la Patria en sí, pues la Patria es poseía, la poesía es creación y la creación es Don Divino… Así “la cara de Dios” en la tierra, la “Luz de América”  imperial protegió y cuidó de sus proles, hasta cuando se apartaron de su principio generador. Hoy cuando la mediocridad campea, cuando la estupidez se enseñorea, cuando la vileza y la bajeza se glorían de sus fechorías, cuando los hombres renunciaron a su misión divina separándose de los cielos con la excusa de dominar la tierra, dando primacía a los bienes materiales… finalmente llevándose a sí mismos a la caída total…  pagando un precio alto por eso. Hoy ya nadie más recuerda o no quiere recordar, que frente a la bajeza, y la putridez de la modernidad subversiva y subvertidora… en algún lugar están los muertos que nos observan, y  aborrecen lo que se ha hecho de su creación y simiente… nos dicen desde allí a todos quienes queremos tomar la lucha para regenerar la gloria de nuestro Quito, de nuestra nación quiteña… ¡no olvidéis que hubo una época que los dioses fueron quiteños!

Mi bisabuelo, Luis Proaño Calderón, pudo afirmar el mismo año de mi nacimiento:

El 6 de diciembre de 1534 es fecha inmarcesible que no debe olvidarse y que estará presente en la mente ciudadana, cual azucena que no puede marchitarse… Nuestra Capital celebra su clásica fecha, SEIS DE DICIEMBRE (mayúsculas en el original), con orgullo santo, haciendo honor a sus blasones y a sus glorias del pasado y del presente… Estará esta fecha en los fastos memorables de la Historia de la América Meridional, ungida cual óleo sagrado por el oráculo romano con caracteres de eternidad. La ciudad de San Francisco de Quito, que recibió su bautismo en manos de su Fundador el Adelantado don Sebastián de Benalcázar y que recibió de lo alto la insignia de su cristiandad, se viste de gala en su efemérides para decirle al mundo, desde este balcón de América Hispana e India, y a todos los ecuatorianos de su fe en el destino histórico… bajo el impulso creador de sus esforzados hijos de esta tierra alma de nuestra nacionalidad. Esta ciudad a la vez mestiza y española, dueña orgullosa de su abolengo aristocrático, cada SEIS DE DICIEMBRE irradia de luz, de alegría y de gozo. Necesitamos la obra práctica… su superación cultural, a manera de heredera de la civilización de Occidente.[6]

La superación cultural, nuestra superación cultural, no puede ser otra que corresponder a nuestra vocación. Concluyo concordando con Jorge Luna Yepes que “El Ecuador – como heredero de Quito- ha encarnado el sentido trascendente de la vida frente al pragmatismo utilitario…” ha llegado la hora entonces de  “abandonar la vileza y cobardía de los hombres de ALMA CADUCA y espinazo corvado”, debemos re erigir la “Patria  que será lo que nuestra voluntad elija… está en nuestras manos levantarla.”

Respondamos al espíritu de nuestros héroes, al llamado de los muertos, seamos leales a nuestra tradición de gloria, idealismo y dignidad. Formemos nuestra NUEVA conciencia, levantemos la frente, lancémonos a vencer, lancémonos “…a  la reconquista de lo que fue nuestro. ¿Qué fue nuestro? Nuestra fe, nuestra grandeza imperial. EL IMPERIO.”

Ante todo esto vale preguntarnos:

¿Qué viva Quito?

¡Qué viva lo eterno, qué muera lo viejo!

Alejemos de nosotros a la Quito falsa. Quito será Imperio o no será.

Por Francisco sin tierra, séptima generación de ecuatorianos, novena generación de quiteños, décima generación de quiteños audienciales y undécima generación de americanos por varonía

RELACIONADO: Ecuador: Caos y forma


[1] “Ciudad y urbe no eran palabras sinónimas entre los antiguos. La ciudad era la asociación religiosa y política de las familias y las tribus; la urbe era el lugar de reunión, el domicilio, y sobre todo santuario de esta asociación.” – Numa Denis Fustel de Coulanges

[2] Poderosa analogía histórica es la que podemos realizar en este sentido con la traslación de la sede imperial romana, primero de la Roma fundacional, a la segunda Roma, o sea Constantinopla y de esta a la que debía haber sido o pretendió ser su sucesora: Moscú, la tercera y truncada Roma.

[3] “No había nada de vergonzoso en ser monárquico en la América Latina de los primeros años del siglo XIX. Tres siglos de gobierno colonial habían moderado la sociedad y las instituciones gubernamentales bajo principios autoritarios y aristocráticos, notablemente diferentes de los de la sociedad anglosajona de Norteamérica.” – Mark Van Aken

[4] Imperar y Gobernar en castellano son sinónimos.

[5] Según la Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo (SENPLADES) son “cinco (los) momentos importantes para la construcción de un Estado nacional” y cinco los presidentes que lideraron estos: 1) Gabriel García Moreno 2) Eloy Alfaro 3) Isidro Ayora 4) Guillermo Rodríguez Lara y 5) Rafael Correa. FUENTE: PLAN NACIONAL PARA EL BUEN VIVIR, Quito, 2012, pág. 104. Llama la atención la ausencia de un solo quiteño entre los 5, lo que vendría a desmontar la idea (siempre siguiendo a la SENPLADES) de que “la construcción de un Estado nacional” ecuatoriano fue una obra de quiteños y de Quito, en  el sentido más estricto del gentilicio.

[6] En Quito – Ciudad de ensueños. Revista Magazine Internacional N° 71, Quito, diciembre de 1985.



El Imperium a la luz de la Tradición
octubre 29, 2012, 12:30 pm
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La opción Metapolítica del futuro:

El Mundo Tradicional siempre se caracterizó por tener las miras puestas hacia lo Alto. El hecho Espiritual impregnaba su discurrir (1). En lo Alto oteaba orden: elOrden del Cosmos, los siete Cielos enunciados y descritos por cierta metafísica,… Y si en lo Alto oteaba un orden que se había impuesto a la nada (2) o al caos previos, quiso -dicho Mundo de la Tradición- instaurarlo aquí abajo como si se tratase de un reflejo del imperante allá arriba. Pretendió hacer de la Tierra un espejo de lo que veía en el Cielo, pues siempre concibió que el microcosmos debía de asemejarse al macrocosmos o, lo que es lo mismo, lo de abajo a lo de arriba (3). Y para que ese Orden cósmico imperase en la Tierra debería de existir –aquí abajo- una fuerza centrípeta que evitase la disgregación de los diferentes elementos que debían acabar tomando parte de él –de ese nuevo orden- y que debían acabar haciéndolo realidad. Y esa fuerza centrípeta aglutinadora no podía revestir otra naturaleza que la espiritual.

La Idea (en el sentido Trascendente) sería el eje alrededor del cual giraría todo un entramado armónico. Una Idea que a lo largo de la historia de la humanidad ha ido revistiéndose de diferentes maneras. Una Idea que -rastreando la historia- toma, por ejemplo, cuerpo en lo que simbolizaba la antigua Roma. Y Roma representará a dicha Idea de forma muy fidedigna. La Idea encarnada por Roma aglutinará a su alrededor multitud de pueblos diversos (4) que, conservando sus especificidades, participarán de un proyecto común e irán dando cuerpo a este concepto de ordenen el microcosmos representado por la Tierra. Estos pueblos dejarán de remar aisladamente y hacia rumbos opuestos para, por contra, dirigir sus andaduras hacia la misma dirección: la dirección que oteará el engrandecimiento de Roma y, en consecuencia, de la Idea por ella representada. De esta manera Roma se convertirá en una especie de microcosmos sagrado en el que las diferentes fuerzas que lo componen actuarán de manera armoniosa al socaire del prestigio representado por su carácter sacro (por el carácter sacro de Roma). Así, el grito del “Roma Vincis” coreado en las batallas será proferido por los legionarios con el pensamiento puesto en la victoria de las fuerzas de lo Alto; de aquellas fuerzas que han hecho posible que a su alrededor se hayan unido y ordenado todos los pueblos que forman el mundo romano, como atraídos por ellas cual si de un imán se tratase.

Roma aparece, se constituye y se desarrolla en el seno de lo que multitud de textos Tradicionales definieron como Edad de Hierro, Edad del Lobo o Kali-yuga. Edad caracterizada por el mayor grado de caída espiritual posible al que pueda arribar el hombre: por el mayor nivel de oscurecimiento de la Realidad Trascendente. Roma representa un intento heroico y solar por restablecer la Edad Áurea en una época nada propicia para ello. Roma nada contracorriente de los tiempos de dominio de lo bajo que son propios de la Edad de Hierro. Es por ello que, tras el transcurrir de su andadura histórica, cada vez le resultará más difícil que la generalidad de sus ciudadanos sean capaces de percibir su esencia y la razón metafísica de su existencia (las de Roma). Por ello -para facilitar estas percepciones sacras- tendrá que encarnarlas en la figura del Emperador; el carácter sagrado del cual -como sublimación de la naturaleza sacra de Roma- ayudará al hombre romano a no olvidar cuál es la esencia de la romanidad: la del Hecho Trascendente. Una esencia que conlleva a la sacralización -a través de ritos y ceremonias- de cualquier aspecto de la vida cotidiana, de cualquier quehacer y, a nivel estatal, de las instituciones romanas y hasta de todo el ejercicio de su política.

Con la aparición de la figura del Emperador Roma traspasa el umbral que separa su etapa republicana de la imperial. Este cambio fue, como ya se ha señalado, necesario, pero ya antes de dicho cambio (en el período de la República) Roma representaba la idea de Imperium, por cuanto la principal connotación que, desde el punto de vista Tradicional, reviste este término es de carácter Trascendente y la definición que del mismo podría realizarse sería la de una “unidad de gentes alrededor de un ideal sacro”. Por todo lo cual, tanto la República como el Imperio romanos quedan incluidos dentro de la noción que la Tradición le ha dado al vocablo “Imperium“.

Así las cosas la figura del Emperador no podía no estar impregnada de un carácter sagrado que la colocase al nivel de lo divino. Por esto, el César o Emperador estuvo siempre considerado como un dios que, debido a su papel en la cúspide piramidal del Imperio, ejercía la función de ´puente´ o nexo de unión entre los dioses y los hombres. Este papel de ´puente´ entre lo divino y lo humano se hace más nítido si se detiene uno a observar cuál era uno de los atributos o títulos que atesoraba: el de Pontifex; cuya etimología se concreta en ´el hacedor de puentes´. De esta manera el común de los romanos acortaba distancias con un mundo del Espíritu al que ahora veía más cercano en la persona del Emperador y al que, hasta el momento de la irrupción de la misma -de la figura del Emperador-, empezaba a ver cada vez más alejado de sí: empezaba a verlo más difuso debido al proceso de caída al que lo había ido arrastrando el deletéreo kali-yuga por el que transitaba.

Los atributos divinos del Emperador respondían, por otro lado, al logro interno que la persona que encarnaba dicha función había experimentado. Respondían a la realidad de que dicha persona había transmutado su íntima naturaleza gracias a un metódico y arduo trabajo interior que se conoce con el nombre de Iniciación. Este proceso puede llevar (si así lo permiten las actitudes y aptitudes del sujeto que se adentra en su recorrido) desde el camino del desapego o descondicionamiento con respecto a todo aquello que mediatiza y esclaviza al hombre, hasta el Conocimiento de la Realidad que se halla más allá del mundo manifestado (o Cosmos) y la Identificación del Iniciado con dicha Realidad. Son bastantes los casos, que se conocen, de emperadores de la Roma antigua que fueron Iniciados en algunos de los diferentes Misterios que en ella prevalecían: de Eleusis, mitraicos,… Así podríamos citar a un Octavio Augusto, a un Tiberio, a un Marco Aurelio o a un Juliano.

La transustanciación interna que habían experimentado se reflejaba no sólo en las cualidades del alma potenciadas o conseguidas sino también en el mismo aspecto externo: el rostro era fiel expresión de esa templanza, de ese autodominio y de ese equilibrio que habían obtenido y/o desarrollado. Así, el rostro exhumaba gravitas y toda la compostura del emperador desprendía una majestuosidad que lo revestían de un hálito carismático capaz de aglutinar entorno suyo a todo el entramado social que conformaba el orbe romano. Asimismo, el aura espiritual que lo impregnaba hacía posible que el común de los ciudadanos del Imperio se sintiese cerca de lo divino. Esa mayoría de gentes, que no tenía las cualidades innatas necesarias para emprender las vías iniciáticas que podían hacer posible la Visión de lo metafísico, se tenía que conformar con la contemplación de la manifestación de lo Trascendente más próxima y visible que tenían “a su alcance”, que no era otra que aquélla representada por la figura del Emperador. El servicio, la lealtad y la fides de esas gentes hacia el Emperador las acercaba al mundo del Espíritu en un modo que la Tradición ha definido como de ´por participación´.

Hecho este recorrido por la antigua Roma -como buen modelo para adentrarse en el conocimiento del significado de la noción de Imperium-, no deberíamos obviar alguna otra de las cristalizaciones que dicha noción ha visto en etapas posteriores a la romana. Y nos referimos, con especial atención, a la que se concretó, en el Medievo, con la formación de un Sacro Imperio Romano Germánico que nació con la vocación de reeditar al fenecido, siglos antes, Imperio Romano y convertirse en su legítimo continuador.

El título de ´Sacro´ ya nos dice mucho acerca de su fundamento principal. También, en la misma línea, es clarificador el hecho de que el emperador se erigiera en cabeza de la Iglesia; unificando además, de esta manera, en su cargo las atribuciones o funciones política y espiritual.

De esta guisa el carisma que le confiere su autoridad espiritual (amén de la política) concita que a su alrededor se vayan uniendo reinos y principados que irán conformando esta idea de un Orden, dentro de la Cristiandad, que será el equivalente del Orden y la armonía que rigen en el mundo celestial y que aquí, en la Tierra, será representado por el Imperium.

La legitimidad que su carácter sagrado le confiere, al Sacro Imperio Romano Germánico, es rápidamente reconocida por órdenes religioso-militares que, como es el caso de la del Temple, son dirigidas por una jerarquía (visible u oculta) que conoce de la Iniciación como camino a seguir para experimentar el ´Segundo Nacimiento´, o palingénesis, que no es otro que el nacimiento al mundo del Espíritu. Jerarquía, por tanto, que tiene la aptitud necesaria para poder reconocer dónde se halla representada la verdadera legitimidad en la esfera espiritual: para reconocer que ella se halla representada en la figura del emperador; esto sin soslayar que la jerarquía templaria defiende la necesidad de la unión del principio espiritual y la vía de la acción –la vía guerrera- (complementariedad connatural a toda orden religioso-militar) y no puede por menos que reconocer esta unión en la figura de un emperador que aúna su función espiritual con la político-militar (5).

Para comprender aún mejor el sentido Superior o sagrado que revistió el Sacro Imperio Romano Germánico se puede reflexionar acerca de la repercusión que tuvo el ciclo del Santo Grial en los momentos de mayor auge y consolidación de dicho Imperio. Una repercusión que no debe sorprender a nadie si nos atenemos a los importantes trazos iniciáticos que recorren la saga griálica y a cómo se aúnan en ella lo guerrero y lo sacro en las figuras de unos caballeros que consagran sus vidas a la búsqueda de una autorrealización espiritual simbolizada en el afán mantenido por hallar el Grial.

Aclarados, hasta aquí, en qué principios y sobre qué base se sustenta la noción Tradicional del Imperium no estaría de más aclarar qué es lo que se hallaría en sus antípodas, como antítesis total del mismo y como exabrupto y excreción antitradicional propios de la etapa más sombría y crepuscular que pueda acontecer en el seno de la Edad de Hierro; etapa por la que estamos, actualmente, transitando y a la que cabe denominar como ´mundo moderno´, en su máxima expresión. Un mundo moderno caracterizado por el impulso hacia lo bajo –hacia lo que degrada al hombre- y por el domino de la materia, en general, y de la economía (como paradigma de la anterior), en particular.

Pues bien, en tal contexto los Estados (6) ya han defenestrado cualquier aspiración a constituir unidades políticas que los sobrepasen y que tengan la mira enfocada en un objetivo Elevado, pues, por contra, ya no aspiran a restaurar el Imperium. Sus finalidades, ahora, no son otras que las que entienden de mercado (de economía).

En este afán concentran sus energías y a través de la fuerza militar o de la colonización financiera (a través de préstamos imposibles de devolver por los intereses abusivos que llevan implícitos) someten (7) a gobiernos y/o países a los dictados que marcan sus intereses económicos; intereses económicos que, por otro lado, son siempre los de una minoría que convierte a los gobiernos de los estados colonizadores en auténticas plutocracias.

Por estas “artes” estos estados ejercen un imperialismo que no es más que la antítesis de lo que siempre representó la idea de Imperium y lo más opuesto a éste que pueda imaginarse.

Eduard Alcántara

               ………………………………………………………………………

(1)         Un ´discurrir´ que, en el contexto expresado, no hay que confundir con el concepto de ´devenir´, de ´fluir´, de lo ´pasajero´, de lo ´caduco´, de lo ´perecedero´,…

(2)         Aquí la expresión ´la nada´ debe ser asimilada a la del ´caos´ previo a la configuración del mundo manifestado (del Cosmos) y no debe de confundirse con el concepto de No-Ser que determinada metafísica -o que un Réné Guénon- refería al Principio Supremo que se halla en el origen y más allá de la manifestación.

(3)         Como curiosidad podríamos detenernos en el conocido como “Parque del Laberinto de Horta”, en la ciudad de Barcelona, y observar de qué manera su autor quiso reflejar estas dos ideas de ´caos´ y de ´orden´ cósmicos… Lo hizo construyendo el parque en medio de una zona boscosa que representaría el caos previo en el que, a modo de símil, los árboles crecen de manera silvestre y sin ningún tipo de alineamiento. Por contra, el parque implica poner orden dentro de este desorden: construir a partir de una materia prima caótica y darle forma, medida y proporción. Edificar el Cielo en la Tierra.

   (4) Estos pueblos diversos que se agruparán alrededor de la empresa  romana no serán pueblos de culturas, costumbres o   religiosidades antagónicas, ya que, en caso contrario hubiera  sido muy difícil imaginarse la integración de los mismos en la

 Romanidad. Sus usos, costumbres y leyes consuetudinarias en ningún caso chocaron con el Derecho Romano. Sus divinidades fueron, en unos casos, incluidas en el Panteón romano y, en otros, asimiladas a sus equivalentes romanas. Sus ceremonias y ritos sagrados fueron perviviendo en el seno del orbe romano o fueron, también, asimilados a sus semejantes romanos. La extracción, casi exclusivamente, indoeuropea de dichos pueblos explica las semejanzas y concordancias existentes entre los mismos (no debe olvidarse que remontándose a épocas remotas,  que rozan con el mito, todos estos pueblos constituían uno solo; de origen hiperbóreo, según muchas tradiciones  sapienciales).

   (5) Hay que tener presente que el mismo vocablo ´emperador´ deriva del latín Imperator, cuya etimología es la de ´jefe del

ejército´.

   (6) A caballo entre finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna se van debilitando los ideales Superiores

 supranacionales y van siendo suplantados por otros impregnados por un egoísmo que redundará en favor de la aparición de los Estados nacionales.

Bueno es también recordar que el Emperador Carlos (I de España y V de Alemania) fue, allá por la primera mitad del  siglo XVI, el último que intentó recuperar las esencias y el espíritu, ya mortecinos, del Sacro Imperio Romano Germánico. Al igual que no está de más reconocer en el imperio que España construye -arrancando de fines del siglo XV- a lo largo del s. XVI, el último con pretensiones espirituales (al margen de que, en ocasiones, pudiesen coexistir con otras de carácter económico) de entre los que Occidente ha conocido. Y esto se afirma en base a los principales impulsos que se hallan en la base de su política exterior, como los son, en primer lugar, su empeño en evitar la división de una Cristiandad que se veía seriamente amenazada por el crecimiento del protestantismo o, en segundo lugar, sus esfuerzos por contener los embates del Islam protagonizados por turcos y berberiscos o, en tercer lugar, su decisión de evangelizar a la población nativa de los territorios americanos incorporados a la Corona (aparte de la de otros territorios; como las Filipinas,…). Estos parámetros de la política exterior de España seguirán, claramente, en vigencia también durante el siglo XVII.

A medio camino entre el imperio español y otros de corte eminentemente antitradicional (por lo mercantilista de los mismos), como el caso del imperio británico (que alcanzó su máxima expresión en el s. XIX) o del conocido como imperialismo ´yanqui´ (tan vigente en nuestros días), podríamos situar al de la Francia napoleónica. Y no sólo lo situamos a medio camino por una evidente razón cronológica, sino que también lo hacemos porque a pesar de haber perdido cualquier orientación de carácter espiritual (el laicismo consecuente con la Ilustración y la Revolución Francesa fue una de las banderas que enarboló), a pesar de ello, decíamos, más que motivaciones de naturaleza económica (como es el caso de los citados imperialismos británico y estadounidense), fueron metas políticas las que  ejercieron el papel de motor de su impulso conquistador. Metas políticas que no fueron otras que las de exportar, a los países  que fue ocupando, las ideas (eso sí, deletéreas y antitradicionales) triunfantes en la Revolución Francesa.

Percíbanse los métodos agresivos y coercitivos de que se vale el imperialismo antitradicional (como caracterización que es de un nacionalismo expansivo) y compárense con la libre decisión (Sacro Imperio Romano Germánico) de participar en el proyecto común  del Imperium que, a menudo, adoptaron reinos y principados. Compárense dichos métodos con la rápida decisiónde integrarse en la Romanidad a la que optaron (tras su  derrota militar) aquellos pueblos que se enfrentaron a las legiones romanas.

RELACIONADO: Imperio e imperialismo en Jorge Luna Yepes y Julius Evola.



O Herói e o Império

O Herói e o Império

Tradição Imperial guerreira é a forma assumida pela essência do espírito kshatrya.
Imperium é sua forma macrocósmica e o Herói é sua forma microcósmica.
A visão de mundo metafísica, a aristocracia, o princípio sagrado da Honra e a exaltação da guerra como atitude do Espírito, são todos elementos próprios do germe imperial que nasce em uma elite. Germe este que se concreta no real ideal de Imperium quando ascende o enviado divino, aquele que será o centro de orientação de todo um povo e paradigma de valor, entrega e sacrifício: o líder, o rei, o imperador. Este é reconhecido pela comunidade não através de seus meros dotes administrativos ou organizacionais, ou seja, por nenhuma percepção de ordem racional; o rei ou líder só pode ser reconhecido como tal através de estratos suprarracionais do ser, precisamente através da esfera transcendente do sangue espiritual.
Um Imperium surge, em seus primórdios, de uma emanação espiritual provinda de um plano transcendente regido por Deuses solares que, através de uma mística, leva alguns poucos homens a perceberem a realidade de forma diferenciada. Este é o princípio das duas naturezas, o mundo transcendente do ser atuando sobre o mundo materializado do devir. Como imagem dessa lei sagrada vemos o governante divino Khrisna clamando ao herói Arjuna no Bhagavad-Gita: “Exceto tu, não ficará um só dos soldados que constituem os dois exércitos … levanta-te e busca a glória, triunfa sobre teus inimigos e adquire um grande império”.
Essa força mística transmuta-se em pura vontade quando atinge os homens de espíritos superiores. Forma-se assim uma elite, cuja visão de mundo própria, aristocrática, inspirada na pura transcendência vertical, em direção às alturas, vai organizando a realidade em base dos significados superiores de todos os processos, de todos os entes e de todos os fenômenos; cria-se, enfim, um significado total de vida superior, onde o transcendente vai incorporando o imanente, no sentido de que o superior, desde uma instância olímpica e solar, vai moldando e iluminando a esfera contingente do inferior, daquilo que é reflexo e aparência do meramente humano. A esfera do sagrado forma-se, assim, pela vontade daqueles que sabem, e não pela devoção daqueles que tem fé. Quando os destinos se fixam a este ideal de vida superior surge então a marca do épico, do grandioso, do olímpico, e o sentido de uma existência pautada pelas necessidades físicas, pelos prazeres e recompensas, é substituído pela emergência do ideal heróico de vitórias e glórias. A ação supera então a contemplação e o Imperium se concreta como criação gloriosa do espírito e da tradição kshatrya. Este é o momento das conquistas, da luta metafísica contra as forças do caos e contra as raças que carregam a marca daKali Yuga.
Essa visão de mundo aristocrática, tornada real e viva pela vontade superior dos poucos homens, vai se espalhando paulatinamente pelos estratos humanos que formam uma comunidade. Toma então preeminência, em cada ser, aquele significado interior que mais se liga ao imutável, àquilo que um homem é por toda sua existência: sua natureza própria. Surgem, assim, as castas. Estas marcam o princípio da diferença como valor social de ordenação das individualidades. Desde o plano transcendente emerge, então, através das castas, como uma calma energia, o amor pela organização, pela disciplina e o repúdio à mescla e a tudo que seja indiferenciado como sinônimo de promiscuidade. Todos os homens são postos em seus devidos lugares dentro do organismo imperial, todos só fazem aquilo que já nasceram sabendo fazer, na forma de uma intuição luminosa, segundo as limitações de suas castas. A sociedade imperial estrutura-se então como um organismo duro semelhante uma rocha, mas ao mesmo tempo leve como uma pena, e é, assim, sustentado de forma vitoriosa pelo princípio da ação mantido pela casta superior da nobreza régia e guerreira, que atua semelhante a um pai o qual é o responsável último por sua família. O mesmo organismo é ainda protegido e cuidado pelo conhecimento universal orientador contido na casta lunar dos líderes espirituais e sacerdotes, que atuam semelhante a uma mãe que cuida de seus filhos. A terceira casta, dos mercadores e profissionais, cuida, por sua vez, do funcionamento das necessidades materiais básicas do organismo social; e, por fim, a quarta casta, dos servos, subsiste como o pólo contingente a ser constantemente moldado, cuja virtude máxima dentro do organismo social é a obediência. Como projeção coletiva humana provinda do plano transcendente o organismo imperial necessita de mínimos meios coercivos para seu funcionamento e sua duração.
Imperium, como fruto da espiritualidade solar, contida de forma mais pura na casta da nobreza guerreira, é ainda sacralizado e sua lei tornada pétrea através da ascensão da Honra como elemento de ligação dos homens com os deuses, dos homens entre si e entre suas respectivas castas. A Honra é o cimento do Imperium. É através dela que surge a exaltação da fidelidade, da lealdade e do valor, que por sua vez formam a base da Ética heróica. A Honra é, portanto, o núcleo ético do homem da tradição. É o supravalor espiritual e antimaterial por excelência. É uma verdadeira força ontológica que dentro do Imperium é capaz de parar a roda de decadência da Kali Yuga, uma vez que qualquer ato de honra tem a propriedade transcendente de quebrar a racionalidade contida nessa idade de trevas.
A lei transcendente do espírito determina o rebaixamento do fluir temporal e de tudo que é expressão deste devir a um plano secundário que necessita ser constantemente superado pela expressão daquilo que é duradouro, estável e imutável. Derivado disso surge o valor incorruptível da Ancestralidade, como significado daquilo que é permanente e por isso é marcadamente presente em todas as gerações, desde as origens. A exaltação da ancestralidade é baseada num aspecto particular da tradição que é precisamente a tradição de sangue. Esta é baseada no reconhecimento direto por parte de cada família, de cada estirpe ou de cada povo, das glórias e conquistas construídas sobre o sangue dos ancestrais. Uma doutrina de tal tipo invariavelmente é propagada em linguagem épica onde os antepassados atingem o nível do verdadeiramente divino. Como a ancestralidade possui uma essência específica de cada família, estirpe ou povo, ou seja, como cada um possui seus próprios ancestrais, ela atua, no organismo imperial, como um elemento oposto a qualquer sentido de universalismo ou de nivelamento.
Na Roma Imperial era tradição familiar o culto aos ancestrais em datas determinadas ou em funerais de algum membro, onde o rito mandava que fossem proferidos discursos em honra dos mesmos. Também se guardavam máscaras feitas de gesso do rosto dos antepassados que eram postas em evidência em determinadas datas ou cerimônias públicas.
Nota-se através da exaltação da ancestralidade que o Imperium possui um sentido histórico eminentemente contrário ao tempo linear, estando alinhado com o passado e hostil a tudo que seja promessa futura. OImperium parece possuir um tempo próprio, um tempo compreensivo-simbólico, não extensivo-linear, que reflete não o fluir e o mero envelhecer dos entes e dos homens, como sobreposição de fatos históricos cuja valorização e preeminência são determinadas por critérios culturais, mas sim um sentido que é emanado diretamente do transcendente sendo marcado pelo direcionamento à eternidade e sincronizado com os símbolos eternos reconhecidos por todos. Por isso, estando o símbolo sagrado do progresso e da felicidade futura destruídos, qualquer avanço tecnológico-material ou antropológico que venha se dar dentro do ambiente imperial, terá por função exatamente a estabilidade e a permanência das leis que regem o império, ou seja, qualquer dita “evolução” neste sentido vem desde o alto.
Todo valor e toda expressão do plano transcendente só se sustentam de forma luminosa e ativa mediante uma natureza viril. Virilidade espiritual é uma marca, portanto, de toda elite e nobreza guerreira. Este tipo de atitude viril é uma síntese entre a força física e a coragem, como expressões diretas da vitalidade da estirpe, e a transcendência vertical; síntese essa que forjou um tipo humano superior, digno de ser eternamente relembrado. São exemplos desse tipo os patrícios e legionários romanos, hoplitas gregos e espartanos, a cavalaria medieval, dentre outros.
Todos esses exércitos verdadeiramente divinos constituíram-se como a força vital dos respectivos impérios que representavam, e tiveram como unidade formadora aquele homem que em si possui a marca transcendente do heroísmo.
Herói é, portanto, o microcosmo da tradição kshatrya.
O Herói é um tipo de homem que além das três esferas constitutivas do ser – a esfera física corporal, a esfera psíquica, anímica, sede dos desejos e dos medos, sustentada por aquilo que se entende por alma, e a esfera propriamente espiritual, construída pelo Espírito, aquilo que o homem tem de mais semelhante à divindade – é marcado pela presença de uma quarta esfera, a esfera da Magia.
Tal dimensão mágica no Herói fez com que ele fosse admitido nas civilizações tradicionais como um intermediário entre os homens e os Deuses. É através desta esfera que o Espírito pode romper os laços anímicos e físicos que o ligam àquilo que é simplesmente humano, atingindo as alturas olímpicas mais distantes, chegando à mors triunphalis. Essa esfera mágica é uma estância essencialmente bélica, por isso o herói é um guerreiro nato, que, independente da forma cultural que assuma, governante, pensador ou criador, por exemplo, sempre sua conduta ou suas criações resultarão em armas, sejam de defesa ou de ataque. Sejam obras literárias, sejam criações de arte, provindas elas da magia heróica, terão sempre uma forma transcendente que se equivale extraordinariamente a um escudo, para defesa do Imperium, ou a uma lâmina ou arco, para ataque sobre os agentes da matéria e do caos. Esta propriedade divina do Herói só pode ser captada por uma máxima transcendência vertical, mais além de qualquer explicação metafísica ou teoria filosófica.
Esta esfera mágica possui ainda, digamos, dois pólos. O primeiro é o pólo que de onde se expressa a Honra Heróica. É através deste pólo que a tradição guerreira caracteriza-se por uma postura masculina e viril diante dos Deuses. E por falta ou pouco desenvolvimento dela é que a tradição lunar sacerdotal põe-se de forma feminina e devocional frente ao plano do divino. O outro pólo mágico é constituído de pura Vontade, e é justamente através deste pólo que a dimensão espiritual dos Deuses e Heróis mortos em combate faz-se poder, potência e ato real, e o Sagrado torna-se vivo entre os homens.
A Vontade mágica, inquebrável e invencível, é, então, o eixo de conexão entre dois mundos: o mundo macrocósmico do transcendente, o qual forma o Imperium, e o cosmos interior do homem heróico.
Por falta desta esfera mágica, ou por materialização e anquilosamento da mesma, é que a espiritualidade sacerdotal nunca constrói impérios. E sem a solaridade de um organismo imperial que se sustente a si mesmo frente às contingências do mundo material e humano, e frente a inimigos diversos, só resta ao espírito lunar aceitar a dependência sem almejar qualquer superioridade em qualquer aspecto que seja. O Cristianismo, exemplo do espírito devocional do Oriente, deve sua existência aos organismos imperiais romano e gibelino nos quais se amparou para subsistir nos povos do Ocidente. Portanto, o puro sacerdote, o fiel, o religioso, o intelectual, devem venerar por toda comunidade o heroísmo régio aristocrático como o verdadeiro agente paterno de proteção e sustentação de todo organismo.
Toda vez que a casta sacerdotal deseja tomar preeminência em alguma tradição originalmente guerreira e imperial, ela assume o papel do vírus da antitradição, e, propagando um universalismo próprio, destrói o  sentido vertical que tinha a contemplação quando sustentada pelo heroísmo do ambiente imperial. O sacerdote, ou sua forma mais cultural assumida pelo intelectual, transformam-se então em agentes de desagregação, dissolvendo o elo de ligação do plano transcendente do divino com mundo dos homens, que atuava como elemento primordial e justificativo de todos os processos. Rompe-se a ligação do corpo com o espírito, confunde-se o concreto com o abstrato, esquece-se a substância por trás do real, o sagrado vai, então, recolhendo-se para um lugar em separado, um subterrâneo anímico, passando a ser acessível somente através de estados psíquicos do ser, sejam eles de culto devocional, sentimentalistas ou mesmo de euforia tribal; em todos esses estados o sentido espiritual vai decaindo ao longo do tempo. Esta separação horizontal vai de encontro a estrutura vertical e hierárquica do mundo da Tradição, originando, então, um certo sentido de nivelamento; assim, desde instâncias meramente psicológicas, lunares, sem o crivo do Espírito, da Vontade e da Honra, este nivelamento transforma-se em força ativa, e posteriormente resultará em igualitarismo, democracia e direitos humanos. O mesmo processo é passível de ocorrer quando na terceira casta emerge o mesmo desejo de domínio, surge, então, através dela, o materialismo capitalista, a subversão, a visão de mundo mecânica, o amor pelo luxo e pela usura. O mesmo, ainda, pode ser dito quando os servos desejam preeminência, nascendo então o caos espiritual, o rebaixamento intelectual, a brutalidade, a promiscuidade e a perversão. Este é o próprio sentido da decadência da Kali Yuga.
O homem heróico é caracterizado ainda, na esfera física do corpo, por uma vitalidade e uma força física calma, uma resistência a condições intempéries fora do comum e um vigor supra-humano. No âmbito psíquico, na esfera lunar da alma, contida em cada homem, o herói é marcadamente intenso e verdadeiro em todos os seus desejos, mas estes são fixados num limiar superior pelo ethos heróico que, como foi dito, é reflexo direto da Honra como medida de todos os atos. Fidelidade e lealdade substituem qualquer sentido de sentimentalismo anímico. Camaradagem cavalheiresca substitui qualquer mera amizade ou utilitarismo na relação entre os homens. A mulher, para o espírito heróico, é a Dama. Aquela que possui em si o mistério máximo do amor, único ponto-fraco do Herói. É aquela que lhe mostra a saída do labirinto dos rigores do mundo humano. É a inspiração inicial do superar-se a si mesmo.
Como visto, o Herói é um microcosmo ascendente, como uma flecha apontada para o alto, semelhante e análogo ao seu reflexo macrocósmico imperial.

 

Valdemar Abrantes

Vía: http://www.juliusevola.com.ar/El_Fortin/62_14.htm



De la Monarquía en América, el Reino de Quito y el posterior Estado de Ecuador. Historia Secreta de América -11-

De la Monarquía en América, el Reino de Quito

y el posterior Estado de Ecuador. [1]

Armas de la monarquía ecuatoriana. (Diseño por Francisco Núñez Proaño basado en documentos históricos ©)

El tema del monarquismo en la América Latina del siglo XIX ha atraído poco interés académico. La mayoría de los estudios sobre las nuevas naciones sudamericanas en los primeros años de independencia se han concentrado en los problemas de liderazgo, redacción de constituciones, relaciones entre la Iglesia y el Estado, federalismo frente a centralismo, militarismo, desarrollo económico y desorden fiscal. El análisis de todos éstos temas es importante e ilumina la difícil transición de América Latina del colonialismo hacia la nacionalidad,pero ignorar o dar poca importancia al gran atractivo que tenían las formas y creencias monárquicas en la región sería eliminar un factor muy importante de la ecuación política.

Quizá la relativa facilidad con que los Estados Unidos pasaron del gobierno monárquico británico al régimen republicano ha hecho que muchos latinoamericanistas norteamericanos subestimaran la importancia del monarquismo en la América Latina del siglo XIX. Cierto que los Estados Unidos vivieron tiempos difíciles como nación incipiente, especialmente durante el período de la Confederación, pero estas dificultades iniciales sirvieron más bien para estimular la tendencia hacia un gobierno central más fuerte, bajo una nueva Constitución, y no hacia una restauración de la monarquía.

También es verdad que hubo algunos que creyeron en la superioridad del sistema monárquico, durante la Guerra de la Independencia norteamericana y aún después, pero en realidad el monarquismo nunca contó con numerosos adherentes serios, varias cartas de Thomas Jefferson y algunas de sus observaciones en The Anas han dado la impresión de que el monarquismo era una fuerza amenazadora en las décadas de 1780 y 1790. Sin embargo, Jefferson exageró mucho la influencia del pensamiento realista y distorsionó los puntos de vista de sus oponentes políticos. Gordon S. Wood y otros autores han demostrado que los americanos eran “republicanos por naturaleza” y que el monarquismo sólo tenía el apoyo de un puñado de figuras públicas.

Los historiadores latinoamericanos saben bien que la experiencia política de las naciones latinoamericanas después de la independencia difiere marcadamente de la de los Estados Unidos. En América Latina los nuevos países están amenazados por dificultades mucho más graves que las que tuvieron que enfrentar los Estados Unidos. Dos de esas naciones, Brasil y México, escogieron la monarquía al principio de su independencia como el mejor régimen de gobierno para sociedades imbuidas de realismo autoritario, resultado de tres siglos de gobierno colonial. En el Brasil del siglo XIX, el gobierno efectivo de dos emperadores de la familia real portuguesa proveyó a la nación de un alto grado de estabilidad y unidad hasta casi final del siglo. El primer ensayo mexicano de monarquía fue mucho menos afortunado que el de Brasil. El inepto (Nota editorial: observación muy personal y subjetiva del autor) Agustín de Iturbide (Agustín I) sólo logró hacerse a su corona durante menos de un año, antes de ser expulsado por un levantamiento militar.

La penosa historia de los monarcas de México, primero con Iturbide y más tarde con Maximiliano, ha contribuido probablemente a la noción generalizada de que el monarquismo no merece la atención de los historiadores serios. La mayoría de los estudios sobre el realismo en México se ha centrado en episodios y personajes dramáticos, y especialmente en el fatal reinado de Maximiliano y Carlota hacia la mitad de la década de 1860. El proyecto monárquico del general Mariano Paredes, a mediados de la década de 1840, es poco conocido y quizá habría sido totalmente ignorado a no ser por el trabajo del historiador español Jaime Delgado.
El único estudio general del monarquismo mexicano es una poco conocida tesis doctoral de Frank J. Sanders, ”Propasals for Monarchy in México, 1823-1860″.

Aunque el monarquismo en Argentina fue menos importante que en México, ha recibido sorprendente atención de parte de los estudiosos. Los diversos esfuerzos realistas de Mariano Moreno, Bernardino Rivadavia y otros han sido estudiados a fondo por cierto número de historiadores, especialmente Ricardo Piccirilli, José Miguel Yrrázaval Larraín, Bartolomé Mitre, William Spencer Robertson, y Julián María Rubio. No es fácil determinar si los proponentes de la monarquía siguieron siendo importantes en Argentina entre 1834 y 1860, pero en 1861 Juan Bautista Alberdi se convirtió al monarquismo y redactó La monarquía como mejor forma de gobierno en Sud América.Sorprende que Alberdi, que tanta inspiración intelectual prestó a la Constitución liberal argentina de 1853, presentara argumentos a favor de la monarquía, pero lo hizo como respuesta a la crisis política Argentina y a la ola de pesimismo republicano que recorría gran parte de América del Sur, en un momento en que se estaban desarrollando planes para restaurar la monarquía en México y el Ecuador. El hecho de que un prominente intelectual argentino de la talla de Alberdi vacilara entre el republicanismo y el monarquismo en la década de 1860 indica que el atractivo de esta segunda forma de gobierno no se limitaba a unos pocos reaccionarios excéntricos mexicanos.

Casi todos los monárquicos latinoamericanos pensaban que les era necesario ocultar no sólo sus opiniones políticas, sino especialmente sus planes para establecer tronos en el Nuevo Mundo, indudablemente, se daban cuenta de que sus puntos de vista chocaban con las opiniones populares y de que una franca declaración de sus planes provocaría una vigorosa reacción republicana. Las ideas realistas se mantenían en privado y sólo con gran circunspección se actuaba de acuerdo con ellas. Esto se puede observar en el caso del general José de San Martín, quien apoyó propuestas monárquicas tanto en Argentina como en Perú durante la lucha por la independencia. Incluso envió agentes a Europa en busca de un príncipe para el trono que proyectaba crear en Lima y, sin embargo, mantenía una capa de secreto sobre sus ideas y sus planes. Se descubrió el secreto, pero pocos admiradores del héroe argentino de la independencia estaban preparados para admitir la evidencia decía de que éste era monárquico. Un estudio biográfico, que mereció un premio y cuyo autor es Ricardo Rojas, insistía que San Martín estaba libre del pecado de monarquismo.

No había nada de vergonzoso en ser monárquico en la América Latina de los primeros años del siglo XIX. Tres siglos de gobierno colonial habían moderado la sociedad y las instituciones gubernamentales bajo principios autoritarios y aristocráticos, notablemente diferentes de los de la sociedad anglosajona de Norteamérica. La escuela de filosofía política basada en los derechos naturales y un gobierno representativo, jugó un papel muy secundario en la experiencia y el pensamiento hispánicos. El brillante ensayo de Richard Morse en The Fouding of New Societies, compilado por Louis Hartz, subraya las diferencias entre anglosajones e hispanoamericanos. Morse señala que el colapso del estado patrimonial resultante de la independencia “requería la intervención de un fuerte liderazgo personalista”, o sea una dictadura. “Las energías de un gobierno de tal naturaleza”, continúa, “tenían que dirigirse a investir al estado común a legitimidad suprapersonal”. El énfasis gubernamental en las tradiciones culturales, el nacionalismo y el constitucionalismo puede proveer esta condición de legitimidad. Pero el gobierno personalista, según Morse, tiene serías debilidades, entre ellas la “legitimidad no transferible” y la tendencia a gobernar a base de impulsos e intimidación.

Tomando en cuenta tales problemas, era natural que líderes tan penetrantes y responsables como Simón Bolívar y sus compañeros se preocuparan de la inestabilidad política y las dificultades inherentes a la creación de nuevas repúblicas, ostensiblemente basadas en la voluntad popular. Salvador de Madariaga, en una biografía fascinante aunque excesivamente crítica de Bolívar, ha descrito detalladamente la atención dada por Bolívar y algunos de sus consejeros a las fórmulas monocráticas para emplear la palabra utilizada por Madariaga y monárquicas para resolver los problemas políticos de Hispanoamérica. Basándose en un considerable conjunto de evidencias, Madariaga concluye que Bolívar deseaba el establecimiento de una monarquía, y que animó a personas de su confianza a entablar conversaciones con diplomáticos europeos, orientadas a crear un trono sudamericano, aunque al final el Libertador se decidió por un gobierno monocrático y no monárquico, porque temía que la imposición de un gobierno realista resultara contraproducente y destruyera su reputación.

La biografía de Madariaga provocó una fuerte reacción entre los adoradores de Bolívar, en parte por la actitud negativa del autor español hacia el Libertador, pero sobre todo porque describía a Bolívar como monárquico. El historiador venezolano Caracciolo Parra-Pérez rápidamente refutó los asertos de Madariaga con un largo y meticuloso estudio, “La monarquía en Gran Colombia”, que defiende a Bolívar de toda imputación de monarquismo. El erudito ataque a la obra de Madariaga, aunque minucioso e impresionante, presenta a Bolívar como el proverbial pianista de un prostíbulo que dice ignorar lo que sucede en los cuartos de arriba. A pesar de todo, el estudio de Parra Pérez parece haber convencido a la mayoría de los bolivarianistas de que el Libertador jamás favoreció el monarquismo.

Que Bolívar anhelara o no una corona para sí mismo es menos importante que el hecho, claramente demostrado por Madariaga, de que el Libertador y muchos de sus consejeros más íntimos prestaron gran atención a la monarquía y distintas formas de autocracia (dictadura, presidencia vitalicia), como alternativas para controlar las anárquicas fuerzas políticas de Hispanoamérica. En efecto, la principal contribución de Madariaga a nuestra comprensión de lo sucedido después de la independencia es la relación que señala entre monocracia y monarquía, que explica cómo la desilusión con los resultados de gobierno republicano condujo directamente a pensar en las de restauración de la monarquía. La opción por la monocracia era meramente una solución temporal, destinada a ejercer control por medio de la represión y la intimidación. Pero la dictadura no pudo resolver el problema subyacente, señalado por Morse, de la legitimidad y la sucesión ordenada. Desde este punto de vista, la monocracia no era adecuada.

La historia de Hispanoamérica revela que los dictadores han realizado interesantes esfuerzos para resolver el dilema de la sucesión ordenada tratando de instalar dinastías nacionales. En el Paraguay, Carlos Antonio López logró que su inepto (Nota editorial: Nuevamente, esta acotación del autor es de un subjetivismo craso e insultante a la gran figura del Mariscal paraguayo) hijo, Francisco Solano López, le sucediera, aunque todas las esperanzas de una dinastía López se esfumaron con la Guerra de Paraguay (o de la Triple Alianza), al final de la década de 1860. Otro intento de cerrar la brecha entre autocracia y monarquía fue realizado por el general Rafael Carrera, de Guatemala. En 1854 Carrera se proclamó “Presidente Perpetuo” y declaró que debían sucederle primero su esposa y luego su hijo, éste cuando llegara la mayoría de edad. Los indios de Guatemala, que lo llamaban “Hijo de Dios”, proporcionaron algo de la mística de la monarquía, lo mismo que un sacerdote católico que decía en sus sermones que el “Presidente Perpetuo” era el “Representante de Dios”.

Armas del Duque de Tarancón, Don Agustín Muñoz y Borbón(siglo XIX) "Principe del Ecuador" "Restaudrador de la Monarquía en Ecuador, Perú, y Bolivia en principio (con trono en Quito)" "...Rey no coronado de un nuevo Imperio y de una nueva Dinastía".

La “presidencia perpetua” de Carrera ilustra la estrecha relación que existe entre la monocracia y monarquía. Ambas concepciones de gobierno eran atractivas para la filosofía política autoritaria y la experiencia histórica de los pueblos hispánicos. Ambas prometían restaurar el orden y mantener la jerarquía social tradicional. Pero la autocracia, que no contaba con la mística de la realeza y de la ordenación divina, no podía resolver los problemas paralelos de la legitimidad y la sucesión. La intención de Carrera de lograr el apoyo del clero para que sancionara “a divinis” la “presidencia perpetua”, en la que habría de sucederle su hijo, no tuvo más éxito que los esfuerzos de Iturbide en México. El fracaso de Carrera demostró la gran dificultad que había en convertir una dictadura en monarquía sin la mística de la realeza.

La monarquía parecía ofrecer varias ventajas sobre el gobierno dictatorial. Resolvía problemas de la legitimidad y estaba en armonía con la tradición y el sistema social jerárquico. La aceptación general de un prestigioso príncipe europeo, según los monárquicos, eliminaría la necesidad de gobernar por medio de la intimidación. Bajo un gobierno monárquico se podía permitir mayor libertad y la existencia de una oposición moderada, sin temor de que los opositores derrocaran al régimen.

Si excluimos la inverosímil elección de un descendiente de los gobernantes de los imperios indígenas del Nuevo Mundo, los monárquicos hispanoamericanos necesitaban hallar un príncipe europeo para llevar a cabo la restauración. La necesidad de apelar a la realeza europea era un dilema para los monárquicos. Por una parte, los gobiernos monárquicos europeos, con la excepción de España, no deseaban realmente proporcionar un príncipe y enredarse en los asuntos políticos internos de las naciones hispanoamericanas. Por otra parte, a los dirigentes europeos les halagaba que les pidieran ayuda, sobre todo cuando se trataba de otorgar protección contra los agresivos designios de Estados Unidos. Algunos de los planes monárquicos incluían propuestas para establecer protectorados europeos, en parte porque las crisis nacionales que estimulaban tales planes incluían la amenaza extranjera contra la nación que buscaba un príncipe europeo. Además, los realistas hispanoamericanos creían que la oferta de un protectorado podía ser un anzuelo tentador para las naciones europeas que anhelaban extender su influencia a través del mundo.

Gran Bretaña, la mayor potencia marítima de siglo, y la más atractiva candidata a auspiciadora de monarquías, declinó todas las ofertas de los realistas hispanoamericanos. Los gobernantes británicos habían decidido que los riesgos de establecer una monarquía protegida eran mayores que sus posibles beneficios. El inmiscuirse a fondo en los asuntos de una nación hispanoamericana podría afectar las relaciones comerciales con toda la región y provocar acciones retaliatorias de los Estados Unidos. Francia desconfiaba de los planes monárquicos casi tanto como Gran Bretafia, aunque Napoleón III sucumbió a una oferta mexicana, en la década de 1860, con consecuencias fatales. España no era una buena posibilidad, dada su debilidad militar y su manchada aceptación de ex-madre patria. Sin embargo, los monárquicos hicieron ofertas a España, y las autoridades españolas estaban muy dispuestas a aceptarlas. A mediados de la década de 1840, líderes tanto de México como del Ecuador consiguieron ayuda de España para establecer tronos en sus países. Ambos proyectos, uno de los cuales es el tema principal de esta obra, fracasaron rotundamente.

El mayor obstáculo para una exitosa restauración de la monarquía era el problema de cómo lograr la transición de república a su reino. La mayoría de los monárquicos evidentemente creían que sus ideas políticas no eran populares y que debían llevar a cabo sus planes en secreto. Meditaciones colombianas, de Juan García del Río, era una de las pocas publicaciones que defendían abiertamente las ideas monárquicas. El secreto con el cual se rodeaban los planes realistas no sólo hacía más dificil su realización, sino que oscureció la historia del monarquismo en la América española del siglo XIX.

Como consecuencia, gran parte de esa historia se ha relegado al plano del rumor y el chisme, escapándose así del interés de la mayoría de los historiadores.

Probablemente nunca se sepa la historia completa de las actividades monárquicas en la era post-independentista de Hispanoamérica. Los defensores de la monarquía no plasmaron por escrito sus pensamientos y planes. Pero, ocasionalmente, la corriente subterránea monárquica sale a la superficie, dejando una huella. Un ejemplo son las cartas de García Moreno a un diplomático francés, publicadas en 1861 en el Perú para avergonzar al presidente ecuatoriano por haber propuesto una monarquía respaldada por Francia. Pero ese es un caso único, y la revelación de proyectos de restauración monárquica ha sido rara.

La correspondencia diplomática constituye la mejor fuente de información sobre las actividades monárquicas en Hispanoamérica, por la sencilla razón de que las invitaciones para instaurar tronos y protectorados tenían que dirigirse a los agentes diplomáticos de los gobiernos europeos. Los archivos diplomáticos de Inglaterra, Francia y España contienen gran cantidad de información sobre propuestas monárquicas, sobre todo referentes a México y al Ecuador, pero también a otros países. Los despachos británicos contienen la mejor información, pero la correspondencia de otras potencias es también valiosa. La calidad de la información provista por los diplomáticos norteamericanos varía grandemente y rara vez es de importancia, ya que nunca hubo propuestas monárquicas hechas directamente a ellos. Por supuesto, hay que tratar todos los materiales diplomáticos con cuidado, pues aún los agentes más capaces y experimentados tienen sus prejuicios y limitaciones.

Aún cuando la información enviada por los diplomáticos españoles en el Ecuador no es de gran calidad, esta correspondencia ha provisto la información más importante para este estudio, por cuanto muestra concluyentemente que el general Flores presentó una propuesta monárquica, no solamente referente al Ecuador sino a Perú y a Bolivia, y que España la aceptó. Aunque los despachos diplomáticos españoles no contestan todos los interrogantes sobre la naturaleza del plan de restauración para el Ecuador, sí prueban de forma concluyente que el general Flores ocupó un lugar central en el complot para restaurar la monarquía en Sudamérica.

Los mejores informes provienen de la pluma de Walter Cope, cónsul británico en Guayaquil y posteriormente encargado de negocios en Quito, redactados entre 1828 y fines de 1859 o 1860, fecha de su muerte. Cope recogía valiosas informaciones de presidentes, ministros, comerciantes y otras personas, y las transmitía al Ministerio de Relaciones Exteriores británico en largos despachos. En sus informes incluso se encuentran referencias a la opinión pública de aquel entonces, especialmente cuando informa de rumores y actitudes sobre la política del gobierno.

Para una información general sobre el Ecuador en el período de las intrigas monárquicas floreanas disponemos de las fuentes históricas usuales: documentos gubernamentales, periódicos oficiales e independientes, panfletos, hojas sueltas y correspondencia particular. Estas fuentes arrojan mucha luz sobre el desarrollo del Ecuador durante sus tres primeras décadas; también muestran cuán frágil era gobernar el país, lo que a su vez explica por qué Flores, y más tarde García Moreno, trataron de restaurar la monarquía.Pero ni siquiera todas las fuentes no diplomáticas reunidas revelan incontestablemente que el general Flores tratara de imponer un gobierno realista en el Ecuador. Tampoco los documentos privados del general proveen información de importancia crucial, aunque se puede encontrar en ellos material suplementario de interés. La falta de información concreta y específica sobre las actividades en pro de la restauración monárquica de las fuentes ecuatorianas explica por qué Luis Robalino Dávila y Gustavo Vásconez Hurtado no afirmen claramente que Flores estuviera involucrado en planes monárquicos.

Combinando las fuentes diplomáticas con todos los demás materiales históricos, se puede reconstruir de manera bastante completa las actividades del primer presidente del Ecuador. Los documentos demuestran que el general Flores llegó a convencerse de que el Ecuador era ingobernable bajo instituciones representativas y que sólo una monocracia bajo su propio control o un protectorado extranjero bajo un príncipe europeo podían rescatar al país del caos. Aunque Flores perdió el poder antes de realizar sus planes, nunca dejó de pensar que la monarquía era un régimen más adecuado para América Latina que la república. Los esfuerzos de Flores por recuperar el poder en el Ecuador contribuyeron a provocar una fuerte crisis interna y externa en 1859, lo que estimuló a otro líder, Gabriel García Moreno, a intentar un nuevo proyecto de restauración monárquica. El fracaso de la iniciativa garciana puso fin a todo pensamiento monárquico serio, así como el régimen de Maximiliano terminó con el monarquismo en México.

(…)

Con el beneficio del tiempo transcurrido, se ve claramente que la monarquía tenía poca o ninguna posibilidad de triunfar en las nuevas naciones hispanoamericanas (Nota editorial: Eso aún está por verse). Había demasiados obstáculos para que tuviera éxito un movimiento restaurador. Sin embargo, podemos afirmar que el monarquismo fue más importante de lo que generalmente se cree, especialmente en los países más conservadores y con insalvables problemas políticos y sociales, como el Ecuador y México (Nota editorial: Cabe recordar aquí que la Junta Suprema del 10 de Agosto de 1809 era eminentemente monárquica, al punto que hoy es aceptado por la historiografía que los montufaristas buscaban la proclamación del Marqués de Selva Alegre, “Su Alteza Serenísima” Juan Pío Montúfar como REY DE QUITO). También hubo brotes de monarquismo en otras naciones, tan diversas como Costa Rica, Guatemala, Perú y Argentina. Era una doctrina atractiva, especialmente para los líderes que desconfiaban de las instituciones representativas y aquellas reformas liberales que perturbaban el orden hispánico tradicional. Los monárquicos no siempre eran los conservadores más reaccionarios, pues muchos de los proponentes de las restauración argüían que al recobrar la legitimidad, un jefe de Estado coronado podía permitir más libertad que un dictador. Pero estos sueños de lograr una mayor libertad eran probablemente ilusorios, porque no tomaba en cuenta la fuerte oposición y probable guerra civil que ocasionaría la imposición de un príncipe extranjero, respaldado por tropas extranjeras. La monarquía probablemente no podría haber recobrado la elusiva legitimidad (ciertamente, la de Maximiliano no lo logró), porque la restauración monárquica parecía negar todo el movimiento independentista y el emergente sentimiento nacionalista.

A pesar de su futilidad, el tema del monarquismo merece un cuidadoso examen histórico. La restauración monárquica tenía poca o ninguna posibilidad de éxito en Hispanoamérica, pero líderes importantes creían en ese ideal y a veces actuaban de acuerdo con él. Aunque los proponentes de la monarquía creían que un gobierno realista salvaría del desorden a sus países, no deja de ser irónico que aquellos que hacían tales planes, como el general Flores en el Ecuador, sólo lograron crear más desorden. Las diferencias irreconciliables en cuanto a creencias políticas que separaron a republicanos y monárquicos en el período post- independentista, eran parte de un defectuoso proceso político que continúa, aún hoy, perturbando y confundiendo los esfuerzos por lograr un gobierno republicano estable en América Latina.

Por Mark Van Aken[2]


[1] El artículo presentado es la reproducción de la Introducción al libro “El Rey de la Noche”, 2da Edición castellana, Quito, 2005, Ed. Del Banco Central del Ecuador. Digitalizado por Francisco Núñez Proaño. NO necesariamente comparto la totalidad de lo expresado.

[2] Mark Van Aken, historiador estadounidense, doctor en historia por la Universidad Estatal de California, Berkeley, en 1952, ha sido profesor de la Universidad de California, Hayward, y ha publicado aparte de numeroso artículos especializados, Pan Hispanism: Its Origin and Development to 1866 (1959) y Los Militantes: Una historia del movimiento estudiantil uruguayo (1990)