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CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA

CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA

Por Jorge Luna Yepes

A propósito de conmemorarse el 24 de Mayo la Batalla del Pichincha:

Como en todo hecho trascendental, debemos distinguir las causas remotas, profundas, y las que son inmediatas, más o menos circunstanciales. Hay dos causas remotas, evidentes: la decadencia de España y la formación de una personalidad hispanoamericana diversa de la hispanopeninsular.

Entre las causas inmediatas debemos considerar principalmente: 1ª El influjo de la independencia de los Estados Unidos; 2ª El de la Revolución francesa; 3ª De las ideas revolucionarias liberales que presidieron estos dos movimientos; 4ª El afán inglés de acabar definitivamente con el Imperio español; 5ª La labor de la masonería; 6ª La situación crítica que sobreviene a España por la invasión napoleónica; 7ª Resentimientos personales, y 8ª Limitaciones económicas.

A) Causas remotas
La decadencia de España obedece a un proceso de biología política de explicación sencilla. Esta nación hace un esfuerzo extraordinario durante dos siglos (fines del XV a principios del XVII), en los que combate en todos los puntos de la tierra: en África y en Flandes, en América y en Oceanía en Asia, y en los océanos; y combate contra moros y contra herejes protestantes; contra turcos y contra ingleses, contra franceses y flamencos; y al mismo tiempo envía a millares de sus hijos a que creen nuevos mundos en las tierras salvajes que devoran a los que se aventuran por ellas. Este esfuerzo continuado, creador y gigantesco, le desgasta; y sus rivales, que unidos resultan más poderosos, valiéndose de toda clase de medios, al fin le vencen. España exhausta vive de su gloria, pero deja de empuñar el cetro de Occidente, el que pasa a Francia e Inglaterra. Con su vitalidad disminuida, no tiene: fuerza suficiente ni para presidir de manera eficaz la vida del Imperio, que comienza a resquebrajarse, ni para mantener una política independiente que obedezca a su espíritu, a su misión histórica y a sus intereses, y cae en la órbita de sus antiguos rivales, cuyos fines sirve.

No sólo hay despoblación catastrófica, sino también decadencia espiritual. Si en tiempo de los Reyes Católicos contaba España con unos diez millones de habitantes, al cabo de un siglo, después de la muerte de Felipe II, no tenía más de cinco; lejos de duplicarse, se había reducido a la mitad. Concomitantemente se había ido perdiendo, a manera de evaporación, la afirmación eficaz de los propios valores y el propio destino. España ya, no era ni se sentía eje de Occidente; había pasado a ser accesoria, segundona, pronta a imitar a sus antiguas rivales, disminuida de personalidad.

Entonces las novedades francesas e inglesas se procuran copiar al pie de la letra, sea en la superficialidad de los vestidos, sea en la brillantez de las ideas enciclopedistas, sea en la misteriosa introducción de las logias masónicas. Se había empequeñecido en todo sentido; y ni siquiera, en el afán de imitación, había logrado subir al coche de la técnica en que se habían embarcado sus competidoras.

Ya se comprende que así no podía dar vitalidad a las grandes extremidades del Imperio. La falta de fe en sí de la cabeza misma, contagia a los demás. Muchas veces sin explicarse, subconscientemente, criollos y mestizos, aun honrándose de pertenecer a España, sentirían enfriamiento, alejamiento, desconfianza. La vida iba muriendo en las articulaciones imperiales. Y un proceso semejante presenciamos ahora en los países europeos que desangraron física y espiritualmente al español.

Por esa mecánica que existe en los acontecimientos sociales, correlativamente con la, decadencia española iba fortaleciéndose el organismo de las colonias. Se había formado un nuevo tipo racial, un nuevo tipo humano, que más que mestizaje sanguíneo lo tenía psíquico. Era el fenómeno que estudiamos al hablar concretamente del mestizaje; era la influencia de un medio diverso en el hombre europeo.

A cada persona humana corresponde una personalidad, un modo se ser; a los hispanoamericanos correspondía una personalidad que no era, la de los hispanopeninsulares; consecuentemente, las entidades regionales de Hispanoamérica que habrían de dar origen a los actuales Estados, tenían personalidad colectiva diversa de la española. América, con su vida igual, pacifica, religiosa, inundada de indios sojuzgados, suaviza las aristas hasta en el modo de hablar. No se oirán en gargantas americanas las duras y jotas, ni se diferenciarán las zetas lo español perderá dureza en América, pero perderá también definición el español. Se presentará más expeditivo, más francote y directo, más mandón; el hispanoamericano, más sutil; más amanerado, más cortés, más lleno de rodeos menos enérgico y menos alegre. El que tiene más acusado sentido de acción suele mirar despectivamente al que lo tiene en grado inferior; de ahí que los nórdicos miren del hombro para abajo a los mediterráneos; los occidentales a los de Oriente; algo semejante sucedía con españoles e hispanoamericanos. Era natural que esto sucediera. Allí en plena decadencia, el español conservaba, sus aristas intransigentes y duras, que las sabía hincar al rato menos pensado; si no, díganlo los franceses, que tuvieron que habérselas con un 2 de mayo, con Zaragoza y con Bailén, y dígalo la, España de 1936, que le hizo, exclamar a Claudel: “Dijeron que dormías y habías quedado estéril y en un momento has despertado y poblado los cielos con un millón de mártires”. El español, expeditivo, duro y proveniente de un medio, más culto, más civilizado y con el control de los primeros cargos y dignidades, tenía que ver desdeñosamente al hispanoamericano, menos enérgico nacido en un medio menos adelantado.

Cuando el hispanoamericano culto midió sus armas con el hispanoeuropeo culto o con otros europeos y se dio cuenta de su valer, trocó la natural admiración por lo español, en resentimiento; se sintió preterido injustamente; juzgó, luego, que era un atropello y una explotación que se prefiriera para el gobierno a gentes venidas de la Península, cuando en la propia tierra había personas capaces y de méritos. Y muchos patriotas fueron simplemente hombres de mérito que recibieron estos agravios u otros provenientes de las instituciones de la época, que les hicieron reaccionar tanto contra las instituciones como contra la autoridad española y aun contra España. Ese fue el caso de Miranda y el de Espejo, que reciben agravios personales, y el del marqués de Miraflores, que los recibió en su padre y lo mismo sucedió con muchos religiosos y habría pasado con Mejía si su pronta ida a España no le hubiera colocado en situación brillantísima que contrastaba con sus humillaciones en Quito y no hubiera llegado a apreciar a los españoles al compararles con los franceses invasores.

Al sentirse agraviados, ya se comprende cómo se haría violenta la convivencia de criollos y chapetones y cómo habrán caído, mutuamente pesadas, las personalidades respectivas. Entonces, se comenzó en América a repudiar a lo español y se oiría en las calles de Quito, en 1765, el grito de “Mueran los chapetones, ¡abajo el mal gobierno! (¡Viva el Rey!)”. Este principio de reacción antiespañola no, lo pudieron suprimir ni hombres como Carondelet, todo él gallarda generosidad, ni menos los que empezaron a emplear medidas radicales, muy españolas y muy explicables por la época y las circunstancias, por cierto, pero que acabaron por encender inconteniblemente la hoguera.
Lo único que habría, cabido entonces era una, oportuna y amistosa, aunque dolorosa y forzada, retirada española ; pero ya se comprende que era casi imposible. No cabe ejemplificar con lo actuado por Inglaterra con la India, pues ni nosotros somos hindúes, ni España Inglaterra, ni mediados del siglo XX es lo mismo que principios del XIX; y recuérdese cómo fue de dura y larga la lucha entre la metrópoli y las colonias inglesas, que se independizaron a cañonazos.
He aquí cómo la afirmación de la personalidad hispanoamericana, al dar a nuestros dirigentes consciencia de su propio valer, condujo a la separación de España. Estudiadas las causas remotas de la independencia, pasemos a las otras.

B) Causas inmediatas
Entre ellas, como dejamos indicado arriba, tuvieron influencia decisiva las ideas democrático-liberales, y las revoluciones por ellas engendradas, especialmente la de independencia de los Estados Unidos y la francesa.

Las ideas revolucionarias tienen su origen remoto y doctrinario en la revolución religiosa, protestante del siglo XVI, y en el inmediato desarrollo económico de la burguesía. Tienen filósofos alemanes e ingleses que las ayudan con sus lucubraciones y cuentan en el siglo XVIII con propagandistas entusiastas tales como Voltaire, el satírico mordaz, destructor de todo lo que hasta entonces había sido respetado; Juan Jacobo Rousseau, el teorizador del origen del Estado en el pacto social de los hombres primitivos; el barón de Montesquie, admirador de las instituciones inglesas, autor de “El espíritu de las leyes”, y los enciclopedistas tales como Diderot, D’Alembert, etc., que frecuentaban las tertulias de damas aristocráticas pagadas de su intelectualismo y que hicieron su Enciclopedia.

Aquellas ideas, propugnadas por estos intelectuales, algunos de ellos escritores sugestivos, se presentaron tumultuosamente en Francia a partir de 1789 y llenaron de entusiasmo a varias mentalidades jóvenes de América, noveleras de las últimas teorías, ansiosas, de sobresalir y con espíritu apto para aceptarlas, dada la oposición, no, exenta de envidia, con los peninsulares, favorecidos con preeminencias, y dada la aureola romántica que rodeaba a ciertos personajes que habían intervenido con el pensamiento o la acción en las revueltas de Francia, romanticismo que hace presa fácil en la gente joven.

Este conjunto de ideas se propagó en América, no obstante la vigilancia de las autoridades españolas en el mercado de libros; ostentaba como principios fundamentales el derecho de rebelión del pueblo contra la autoridad, el origen meramente popular de la misma, la independencia de los poderes del Estado, y el sufragio universal como medio de designar autoridades; y estaba informado por las tesis o dogmas rousseaunianos, tales como él de que los hombres son buenos por naturaleza, pero corrompidos por la sociedad, y el de que el origen de ésta estuvo en el contrato primitivo de los asociados, esto es, en el “pacto social”, hecho imaginario que sólo tuvo realización al tiempo en que vivía Rousseau en un país, esto es, en los Estados Unidos, y que fue tomado por los secuaces de Rousseau como mera interpretación del hecho social.

He aquí los principios que causaron novedad y entusiasmo en las postrimerías del siglo XVIII, que provocaron la Revolución francesa y que, al ser bebidos por varios intelectuales de América Hispana, sirvieron de fermento que, unido, a otros factores estudiados ya o por estudiarse a continuación, produjeron la revolución de independencia.

Pero si los principios liberales actuaron directamente sobre el espíritu de algunos americanos influyentes, también ejercieron influjo en la Independencia por medio de los hechos por ellos engendrados, tales como el ya anotado de la Revolución francesa y aun antes de ella, por medio de la independencia de los Estados Unidos. En cuanto a ésta, nos basta observar lo siguiente: 1º Que varios revolucionarios, especialmente Miranda, esgrimieron el argumento de que si España había ayudado a la independencia yanqui, Inglaterra, para, desquitarse, debía de ayudar a la de Hispanoamérica; 2º En Estados Unidos se preparó al menos una expedición revolucionaria contra el gobierno español; 3º El ejemplo de Estados Unidos, que comenzaba con entusiasmo su vida independiente, sirvió de continuo modelo de los independentistas hispanoamericanos, que se enamoraron hasta de cosas propias de los Estados Unidos, como el sistema federal, lo que, al tratar de imitar infantilmente, desde México hasta Venezuela y desde Nueva Granada hasta Buenos Aires, ocasionó guerras sangrientas entre los mismos independentistas y motivó más de uno de sus fracasos frente a la reacción realista.

Pero junto al liberalismo y a los hechos por él engendrados o por él apoyados, hubo otros elementos doctrinarios o sectarios que intervinieron en la disolución del Imperio español; nos referimos principalmente a la masonería.

El liberalismo y la masonería no sólo actuaban directamente por medio del influjo sobre los independentistas o patriotas, sino que se infiltraban en la misma Península y tomaban posiciones, maniatando a España en su defensa contra la revolución emancipadora, y así vemos a secuaces de ellos, como el general Riego, sublevarse en Cabezas de San Juan cuando se disponía a embarcarse hacia América para debelar la revolución. Inglaterra y Francia contaron con el liberalismo y la masonería como aliados poderosos para someter a los políticos españoles a sus fines nacionales, aunque ello fuera en mengua de los intereses de España. La misma expulsión de los jesuitas de América, golpe fatal para la obra de España en nuestros países, fue algo en que tuvo bastante que ver la masonería (Nota editorial: y habría que ver hasta que punto esta expulsión no fue una maniobra generada desde adentro de la misma Compañía para batir a las Españas y a su Imperio). Al estudiar este acontecimiento en el número 228 de la tesis anterior, ya lo hemos indicado, influyó en el relajamiento de los vínculos de España con las colonias; y en la tesis siguiente veremos cómo algún jesuita, al desvincularse del Imperio español, hizo de uno de los precursores en la Independencia.

En la historia y en el espíritu de la masonería pueden anotarse estos caracteres: 1º Alianza con el judaísmo y con el imperio británico; 2º Anticlericalismo y anti-catolicismo fanáticos en los países latinos; 3º Oposición a las formas tradicionales de vida de estos pueblos; 4º Secretismo y espíritu de grupo o círculo.

De la relación de estos caracteres de la masonería puede deducirse mucho saber el por qué de su intervención activa en la Revolución francesa, de su apoyo a Napoleón en los primeros tiempos, para luego volver las espaldas y coadyuvar con Inglaterra para su caída; asimismo puede deducirse el por qué de la intervención masónica en la disolución del Imperio español, Imperio católico, el primero, a partir del siglo XV, en haber tratado radicalmente el problema judío (con la expulsión de estos de todos sus territorios), aferrado a las bases constitutivas de su grandeza, como todo gran pueblo, y representante de la antítesis de Inglaterra.

La masonería, pues, como hemos visto, comenzó su labor de zapa al introducir en sus filas a varios políticos y militares españoles, desde el siglo XVIII después actuó directamente sobre los revolucionarios de América, a quienes relacionó, captó y encubrió. Así vemos, por ejemplo, que Miranda, Bolívar y San Martín ingresaron en las logias aun cuando más tarde, algunos de ellos como Bolívar, renegara de ellas y las disolviera en el Perú y Colombia, acusándolas de constituir un peligro para el orden, el progreso y la paz del Estado (1).

He aquí cómo el liberalismo y la masonería fueron factores inmediatas de la Independencia en cuanto actuaron directamente sobre los patriotas; y fueron factores mediatos o remotos (resaltado en el original) en cuanto al apoderarse de algunos dirigentes e infiltrarse en algunos organismos del Imperio español, precipitaron el espíritu disolvente que se inició al comenzar la decadencia hispana (resaltado en el original).

Nos falta, pues, hablar del otro socio de la empresa antiespañola: de Inglaterra.

Este país, como hemos dicho antes, por motivos de hegemonía imperialista y de, índole doctrinaria o sectaria, procuró en todo momento, dar al traste con el poderío de España, valiéndose de todo medio. Apoyó en un principio con cautela a los precursores de la Independencia y después, abiertamente, a los revolucionarios; todavía, conserva el Ecuador una deuda de varios millones de sucres por esa ayuda inglesa (el texto es de 1951; la “deuda inglesa” se terminó de pagar al fin en el gobierno del Gral. Guillermo Rodríguez Lara 1972-1976, después de siglo y medio de haberla adquirido). Pero juntamente con el apoyo con gente, armas y pertrechos a los revolucionarios hispanoamericanos, trató de hacer sus conquistas directamente; y así, en 1806 toman los ingleses Buenos Aires y dan los primeros pasos para, hacer cosa semejante con Chile, pero fracasan en sus proyectos por la brillante reacción de los argentinos, que los expulsan tras lucha sangrienta. Este mismo rechazo hace sentir a los criollos su fuerza y les alienta para conseguir la autonomía. Sin embargo, Inglaterra seguirá ayudando la, revolución independentista, vengando de esta manera, además, el apoyo que España dio a los Estados Unidos para su independencia.

De los resentimientos o de reacciones contra reales o supuestos agravios, hemos hablado ya al tratar en el número 297 de la acentuación de una personalidad hispanoamericana; y tocarnos ahí este problema porque se presentó como tal, ya avanzada la Colonia, como consecuencia de una diferenciación llena de amor propio entre el criollismo y el hispanismo peninsular; es decir, como resultado de una afirmación más o menos consciente de la idiosincrasia y afanes de los hispanoamericanos frente a los hispanoeuropeos. Sin embargo, por la época, en que se presentan, esto es, ya cerca de la época de la. Independencia, les hemos clasificado entre las causas inmediatas, o próximas.

Las diferencias económicas y la oposición de intereses entre España y América, tenían que presentarse tarde o temprano, en cuanto las colonias aumentasen en población -por lo mismo, en necesidades- y los colonos desarrollasen la natural tendencia de enriquecimiento y de poder, máxime si había las ofertas tentadoras de los enemigos de la Metrópoli.

Mientras a España le interesaba, para el mejor control del Imperio y aun para su mejor defensa frente a rivales y enemigos, orientar la economía hacia la unidad armónica, a los productores de diversas regiones, que veían lo suyo y no la totalidad del Imperio les interesaba la prosperidad local, lo que veían y palpaban. Si se les ponían limitaciones que restringían lo que querían producir o vender, tenían que sentirse incómodos. Esto llegó a constituir un problema sobre todo en el Virreinato de Buenos Aires; no sucedió lo mismo en la Audiencia de Quito, pese a, la gravísima crisis que vino por las calamidades geológicas y sanitarias.

Queda una última causa de la Independencia, más inmediata, la más próxima a todas, la que, unida, a las anteriormente expuestas, dio ocasión y pretexto para el alzamiento general de, las colonias hispanoamericanas: la invasión de España por Napoleón.

Este caudillo entró en la Península en son de amigo, ya que eran aliadas Francia y la Madre Patria, contra Inglaterra se proponían las dos castigar a Portugal, aliado de Inglaterra; pero cuando las tropas francesas estuvieron en gran número en España, se quedaron como dominadoras provocando la reacción heroica de los españoles. Estos luchaban como podían y principalmente mediante el sistema de guerrillas, contra los hasta entonces invencibles ejércitos napoleónicos; lograron ganar alguna victoria en batalla campal, como la de Bailén; se hicieron fuertes en algunas ciudades como Gerona y Zaragoza, que defendieron con valentía no conocida en Europa en esos días, y constituyeron juntas provinciales o regionales de defensa contra el “intruso” y “tirano Bonaparte”.
Estas Juntas al fin se reunieron en una, que adoptó el título de Suprema, la, que, acosada por los franceses, se refugió en Sevilla y luego pasó más al Sur, alojándose en la isla, de León, frente a Cádiz; nombró un Consejo de Regencia que gobernaría en ausencia de los reyes, presos en Francia, el que convocó a Cortes, las que se reunieron en Cádiz integradas también por diputados americanos, entre ellos los ecuatorianos Mejía, Olmedo, Matheu y Rocafuerte, descollando admirablemente el primero, como ya veremos y dejando de concurrir el último. En estas Cortes se dejan sentir fuertes influencias liberales y masónicas, que procuran romper el orden tradicional de España, en buena parte con el apoyo de los diputados americanos.

Esta situación caótica de España que dejamos descrita, dio lugar a que en América se formaran también Juntas Patrióticas de defensa semejantes a las españolas, pero que en general constituyeron una mera simulación organizada por americanos independentistas (autonomistas en verdad) quienes, so pretexto de oponerse a las autoridades afrancesadas y a los emisarios que mandó Napoleón, trabajaban por la Independencia, engañando o tratando de engañar doblemente, sea a las autoridades españolas, sea al pueblo, que, generalmente, no sentía el afán de independizarse.

C) Causas internas, externas y -mixtas.
De todas estas causas de la Independencia, que hemos diferenciado en remotas y próximas, podemos hacer una segunda clasificación tripartita: 1º La decadencia del Imperio español, la formación de una personalidad hispanoamericana, la oposición entre criollos y peninsulares, y las dificultades económicas, son factores internos; 2º La influencia inglesa, francesa y yanqui, son causas externas; 3º Los factores doctrinarios o sectarios participan de las dos primeras categorías; son causas externas, porque fueron promovidas desde afuera; y son causas internas, porque se infiltraron en el organismo del Imperio.
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Notas:

[1] Extraído de la obra de Jorge Luna Yepes: “Síntesis histórica y geográfica del Ecuador”, 2ª Edición, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1951, pp. 332-343.
[2] Dr. Jorge Luna Yepes (Quito – 1909) Político y escritor revisionista, autor entre otras obras: “Síntesis Histórica y Geográfica del Ecuador” -2 ed. Quito y Madrid-, “El pensamiento de ARNE”, etc., Fundador de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana, en 1943.



Un ecuatoriano dijo: Jorge Núñez Sánchez

La revolución de el 9 de octubre de 1820 fue el inicio oficial de la última fase del proceso separatista  (mal llamada independencia) de Quito respecto del resto de las Españas. A propósito de la conmemoración de la Independencia de Guayaquil este 9 de octubre de 2012, recordemos este juicio histórico sobre la “Independencia” del reconocido historiador Jorge Núñez Sánchez -actual Subdirector de la Academia Nacional de Historia de la República del Ecuador-:

Jorge Núñez Sánchez

«Para nosotros, esa Independencia equivale, en buenos términos, a una reconquista europea. Sólo que los métodos de la nueva metrópoli se adecuan a cada lugar y circunstancia: en el Lejano Oriente, cañonea China para abrir sus puertos, al “libre comercio internacional”. En América Latina obtiene lo mismo financiando la Independencia y firmando Tratados de “Amistad, Comercio y Navegación” con los nuevos países. En la práctica, este “libre comercio” -que nuestra historiografía tradicional exalta y opone al “tiránico monopolio español” – serán tan nocivo que arruinará del todo nuestro otrora vigorosa industria, previamente afectada por el comercio inglés de contrabando.»

-Jorge Núñez Sánchez, en EL MITO DE LA INDEPENDENCIA, 1976.



VISIÓN CONTRA-CORRIENTE DE LA INDEPENDENCIA AMERICANA

VISIÓN CONTRA-CORRIENTE DE LA

INDEPENDENCIA AMERICANA

Luis Corsi Otálora (*)

“La liberación de las espaldas de indígenas por la introducción de bestias, bien merecen, corno el asno, más estatuas que tantos de nuestros libertadores”.
José Vasconcelos
“La España nos ha hecho la guerra con hombres criollos, con dinero criollo, con provisiones criollas, con frailes y clérigos criollos y con casi todo criollo”.
Germán Roscio en carta a Bolívar
 

 

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Era de suponer que la ocupación de una potencia extranjera en áreas tan vastas como las de Hispanoamérica se tradujese en sus rasgos esenciales, cuales son los de significativos volúmenes transitorios de población alógena dedicados a la exacción de sus riquezas, con el apoyo armado de fuertes contingentes integrados por personas sin vínculo con la región, afín de poder ejercer una represión sin escrúpulos. Ninguno de estos factores jamás llegó aquí a ser configurado.

En efecto, si bien es cierto que en comienzo se dio un fuerte flujo de oro y plata hacia la Península Ibérica, éste -en sus cuatro quintas partes- estaba constituido por el pago de semillas, ganado, herramientas y mercancías indispensables a la puesta en valor del desarrollo económico en sus diferentes zonas; en un detallado cuadro que va de 1515 a 1600 Alberto Pardo muestra como la balanza comercial durante este período desde España fue de 67.637 toneladas de exportación contra 43.728 toneladas de importaciones (1). El impacto de las nuevas tecnologías transmitidas a través de ellas fue verdaderamente espectacular, pues si un hombre con sus solas fuerzas necesita 40 días para preparar una hectárea, este tiempo se reduce a un día cuando lo hace con un arado y dos caballos; hasta el temprano 1570, de la Metrópoli se habían despachado 20.000 rejas para arados. El tiempo de corte de un árbol con hacha de acero descendía de dos meses a dos días, por lo cual los indígenas se batían a muerte por su adquisición; y una herradura de acero valía más que su peso en oro.

De ahí que con José Vasconcelos, el insigne ensayista mexicano del siglo XX pueda concluirse: “La liberación de las espaldas de indígenas por la introducción de bestias, bien merecen, corno el asno, más estatuas que tantos de nuestros libertadores”.

En cuanto a los flujos migratorios es bien sabido de su sentido irreversible; el asentamiento era logrado a través de grupos enteros de familias ya conformadas, incluso con párroco a la cabeza, como uno que al salir de Antequera (España) en 1520 estaba constituido por 34 familias con 90 hijos. En los albores de los años 1800 la proporción de nacidos en la península no pasaba del 1.5%; este era el caso de Venezuela, en donde eran muchos, en total 12.000 personas, en su mayoría funcionarios, sobre 800.000 habitantes con los que entonces contaba dicha Capitanía (2).

Y ya también en este período terminal hasta la contribución tributaria para gastos de administración diplomacia y defensa era irrisoria; el imprescindible Barón de Humboldt constaba sobre el terreno: —La mayor parte de aquellas provincias (a las cuales no se da por los españoles el nombre de colonias sino de reinos) no envían caudal alguno neto a la Tesorería General” (3). Esta apreciación era refrendada por J. M. Restrepo, por cierto futuro Ministro Republicano de Bolívar: “Las rentas públicas con que contaban el capitán general de Venezuela y el virrey de Santa Fe para sostener los establecimientos civiles, militares y eclesiásticos… apenas bastaban para los gastos en la Nueva Granada… en Venezuela quedaba algo para la Metrópoli” (4).
Más aún, el aparato militar del Estado Hispánico era simbólico en la práctica; se limitaba a la defensa de las plazas fuertes en las costas, porque en el interior era tal el consenso que bastaban unos cuantos voluntarios nativos agrupados en “milicias”. De nuevo es el insospechable de parcialidad J. M. Restrepo quien lo confirma: “Las fuerzas que el Virrey de Santa Fe tenía a sus órdenes para defender el Virreinato eran harto insignificantes. Constaban de tres mil ochocientos hombres de tropa de línea de todas armas con nueve mil de milicias” (5).

De ahí que al desencadenarse la insurrección republicana, correspondiere hacerle frente a los realistas criollos, ya que todas las fuerzas de la Península Ibérica estaban en integral movilización para arrojar la usurpación napoleónica. El propio Ministro de Guerra informaba a las Cortes que a Venezuela, eje del conflicto, sólo habían podido ser despachados entre 1811 y 18 15 tan sólo 1.800 hombres, casi todos el año anterior.

De los 10.000 de la expedición de Morillo en 1815, más del 20 % siguieron al Perú y Puerto Rico (6) ; el resto resultó diezmado, no sólo por el sitio de Cartagena de Indias, sino por el mortífero clima, siendo tan sólo posteriormente reemplazado a cuenta gotas. Entonces no era de extrañar que en pleno 1820 el Dr. Germán Roscio escribiera con angustia y desconcierto a Bolívar: “La España nos ha hecho la guerra con hombres criollos, con dinero criollo, con provisiones criollas, con frailes y clérigos criollos y con casi todo criollo” (7).

Hasta el punto que un republicano tan destacado como el general Joaquín Posada Gutiérrez llegó a expresar: “He dicho poblaciones hostiles porque es preciso se sepa que la independencia fue impopular en la generalidad de los habitantes… los ejércitos españoles se componían de cuatro quintas partes de los hijos del país; que los indios en general fueron tenaces defensores del gobierno del Rey, como que presentían que como tributarios eran más felices que lo que serían como ciudadanos de la República” (8).

En una de sus importantes obras, Javier Ocampo López recuerda que en los 12.600 soldados realistas de la Batalla de Ayacucho, sólo 600 eran peninsulares (9); se impone entonces hablar de su integración y comando a través de todo el conflicto.

Es cierto que, sobre todo al comienzo, en la alta oficialidad realista primaba el origen peninsular; la inexperiencia militar de 300 años de paz en estas provincias así lo exigía. No obstante, en la medida en que se extendía y prolongaba la guerra el ascenso de los criollos era continuo; máxime que, ya fue mencionado, los refuerzos europeos sólo llegaban a cuenta gotas, mientras el clima hacía tales estragos dentro de sus filas que el “pardo” coronel Rafael López, comandante de la caballería realista llanera, en el curso de sorprendentes entrevistas mantenidas con su par rival, el general J. A. Páez, relata este mismo, intercedía por los “pobres europeos”.
Era tan hábil y valeroso dicho coronel Rafael López que cuando murió en combate en el curso del año de 1818, el propio Bolívar hizo un largo viaje para constatar su muerte, haciendo desenterrar su cadáver, pues consideraba tal acontecimiento más importante que el triunfo en una gran batalla. El ministro e historiador Restrepo aclara que luego de tal diligencia no se procedió a ahorcar su cadáver; tal como ha sido insistentemente afirmado (10).

Ahora bien, este aporte de ultramar no constituía un rasgo de las filas realistas. Por el contrario, su proporción fue mayor en las republicanas, a las cuales afluyeron miles de mercenarios, residuos de las conflagraciones napoleónicas, los Wilson, Ferguson, O’Leary, Lacroix, Miller, etc., etc.; en la sola Venezuela el imprescindible Restrepo contabiliza 5.088 entre oficiales y soldados (11).

De la actuación de esta gente tenía tan mala idea el nacionalista general Francisco de Paula Santander que ya en Agosto de 1822 escribía a otro alto oficial republicano: “Me alegro que te hayas deshecho de los ingleses, afortunadamente quedan todas las propiedades de secuestros no son bastantes para sus peticiones: además es gente que se acuerda siempre de su país, de su nación y en un lance serían sus servidores. Me parece, pues, mejor comprometerlos que se consuman: Pocos servicios y muchos para gastos han hecho a la república”; acontecimientos futuros le darían razón a sus prevenciones, en lo sucesivo cada vez más intensas. No obstante, toda la escuela del reaccionario Laureano Gómez se iría lanza en ristre contra él, llegando a escribir en pleno 1940, cuando el imperialismo inglés había llegado a su cenit, luego de saquear medio mundo y mantener bajo su férula una constelación de naciones con 475 millones de habitantes (Las antiquísimas India y Egipto dentro de ellas) que gemían sobre 35 millones de agobiados kilómetros cuadrados: “En ese documento hay una triste prueba de la ingratitud de Santander con los héroes de la Legión Británica ¡Qué pronto olvidó las proezas de que fuera testigo en la campaña del año 1819!, ¡Qué pronto olvidó el heroico arrojo que decidió la victoria de Carabobo! Para Santander no merecía sino la línea de Puerto Cabello, donde los devoraría la fiebre” (12). Esta mención a la campaña de 1819 permite abarcar otra influencia de la “pérfida” aunque sagaz Albión, esta vez en el seno mismo de las propias filas realistas.
En efecto, al dibujarse en el panorama la perspectiva de importantes combates en el centro del virreinato de la Nueva Granada, se encontraba a la cabeza de la 111 División allí acantonada el joven e inexperto coronel José María Barreiro; su propia oficialidad, apoyada por el virrey Sámano, le había pedido entregar el mando al célebre coronel Sebastián de la Calzada, a quien por derecho le correspondía, máxime que era considerado casi criollo por su larga trayectoria en América. Se negó hacerlo, con el apoyo y respaldo del general en jefe, don Pablo Morillo; su derrota resultó aplastante en la poco sangrienta (sólo 13 muertos) aunque decisoria Batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819 (13). Luego de caer prisionero, el coronel Barreiro intentó salvar su vida presentando un argumento de peso al general Santander: El de sus diplomas de masón (14). No le sirvió, actitud que anuncia un posterior cambio de rumbo de su interlocutor.

En cuanto a la carrera de su amigo el general Morillo cabe el recordar que de extracción de las más humildes, asciende durante la invasión napoleónica al grado de sargento; y combate con valor a las órdenes del duque de Wellington, comandante del cuerpo expedicionario inglés. Con el apoyo de éste y a pesar de ser casi analfabeto, obtiene en el curso de seis años sucesivas promociones que le llevan a la dirección de la expedición a América en 1814, siendo su nombre preferido al de varios virreyes; su afiliación a las Logias Masónicas, registrada por sus biógrafos (15) permite responder al inquieto Jean Descola: “Que pensamiento oculto, casi maquiavélico, había inspirado la designación de Morillo, quien partiendo de Cádiz con consignas de amnistía debía unos diez meses más tarde escribir a su rey con ingenuidad: “Para subyugar las provincias sublevadas, una sola medida, exterminarlas” (16).

No obstante, tampoco cabía, toda la responsabilidad a este humilde suboficial, al cual, como a Francisco Pizarro y a tantos otros abría el Imperio Hispánico las puertas de la más encumbrada nobleza. En sus duras e impolíticas decisiones debieron pesar las opiniones de sus lugartenientes criollos. ya abrazados por los estragos de la guerra civil; por ejemplo la del Dr. Faustino Martínez, antioqueño, quien era prácticamente su Ministro de Justicia, la del profesor universitario santafereño, José Domingo Duarte, Intendente, que había ejercido gran influencia sobre otro modesto personaje en ascenso, José Tomás Boves.

En cuanto a los más altos oficiales es de citar al aindiado general José Manuel de Goyeneche, conde de Guaqui, natural de Arequipa y delegado de la Junta Suprema de Sevilla; mientras estuvo al mando de las tropas en el sur del continente, se mantuvo imbatido (17).
Y cuando las fuerzas realistas se dividieron en liberales y absolutistas, el comando de estas últimas correspondió al general peruano Pedro Antonio de Olañeta, quien libró contra los republicanos la última gran batalla formal en América, la de Tumulsa, que tuvo lugar el 1 de abril de 1825, luego de la de Ayacucho; pero como a pesar de haber fallecido en el combate sus fuerzas se negaban a entregar las armas, máxime cuando se supo, póstumamente de su nombramiento como virrey, de acuerdo a las leyes del Reino correspondía este cargo a otro general peruano, don Pío Tristán, quien lo asumió, y en tal calidad se vio obligado a capitular, resultando en extremo significativo que el último virrey de América fuese criollo.

Este hecho hace resaltar aún más el epílogo trágico y grandioso de la dirigencia realista criolla del Perú, la cual, encabezada por el marqués de Torre Tagle, se encerró en la fortaleza del Callao y allí pereció con 5.000 de sus conciudadanos, la élite realista, luego de más de un año de asedio: Cartagena de Indias sólo había resistido tres meses y medio a Morillo. El 23 de enero de 1826 el comandante José Ramón Rodil se vio obligado a rendir la última gran fortaleza del Imperio en la América del Sur; también resulta significativo que los dos primeros presidentes del Perú, José María de la Riva Agüero y el marqués de Torre Tagle hubiesen regresado a las filas realistas, como también lo hizo en Venezuela el Presidente del 1er Congreso Constituyente de ese país, Juan Rodríguez de Toro.
Y seguramente, de mediar mejores circunstancias lo hubiese hecho en la Nueva Granada don Antonio Nariño, quien varias veces estuvo a punto de dar este paso; no sólo por la evolución de sus convicciones sino por la presión de su hijo Gregorio, una de las figuras más prestantes del realismo local. Seguramente no se decidió porque al regresar de las prisiones donde estaba recluido, junto con otros destacados monarquistas liberales de la Metrópoli, pudo constatar en los congresos republicanos el acomodamiento muy a la colombiana de notables figuras del Antiguo Régimen que como el Dr. José Félix de Restrepo -el gran adversario del utilitarismo y la esclavitud- se creían en capacidad de hacer variar el rumbo nuevo, adaptándose a sus formas; no contaban con una marea masónica que en lo sucesivo condicionaría la vida del país, sobre todo en un comienzo cuando era difícil encontrar un prócer republicano que no estuviese afiliado a las logias (18).

En cambio en Venezuela la polarización había sido casi total, con masivos desplazamientos de población y fraccionamiento de familias enteras; tanto que dentro de las filas realistas descollaba doña María Antonia Bolívar, hermana de Simón, largo tiempo exiliada en Cuba, en donde se mantuvo con pensión de las autoridades reales. En tal fenómeno jugó un gran papel la infatigable acción conscientizadora del Dr. José Domingo Díaz, el más destacado publicista de la posición realista; ningún testimonio tan diciente como el de su antagonista de entonces, el neogranadino José Manuel Restrepo: “Este hombre de una familia oscura… (sus) Cartas… contribuyeron sobremanera a extraviar la opinión pública y a fomentar las insurrecciones contra Bolívar y demás jefes independientes” (19).

Pero no eran solamente sus “Cartas” o artículos que aparecían en móviles periódicos portátiles, como el Posta Español del general Morales; su acción se extendió a todos los Cabildos de Venezuela, los cuales adhirieron al célebre “Manifiesto Trilingüe” firmado por todos ellos en el curso de 1819 y divulgado el mundo entero en tres idiomas. Parece que también a su pluma se deben las resonantes “Memorias del General Morillo”, aparecidas en París en 1826 con suplemento suyo; y desde luego, con su firma en Madrid en 1829 “Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas”.

En la Nueva Granada es de destacar la amplia influencia ejercida por el sólido y documentado pensamiento del Dr. José Antonio de Torres y Peña, de Tunxa, cuyas “Memorias sobre la Independencia Nacional” (1814) constituyen una respuesta en regla al “Memorial de Agravios” de don Camilo Torres; a su lectura fue tal la impotente cólera del General Santander que prácticamente lo condenó a muerte al desterrarlo a las más profundas y malsanas selvas, pese a su avanzada edad (20). De haber conocido su “Réplica al ciudadano Miguel de Pombo”, seguramente le habría hecho fusilar en el acto; aunque luego y con la sorprendente evolución experimentada por él ante los acontecimientos, habría reconocido que su antagonista había visto lejos y claro al profetizar: “Independientes en la apariencia aún no hemos llegado a calcular los males terribles que se seguirán a esa libertad insignificante sin recursos para sostenerla, sin comercio, sin contacto político en las Naciones Europeas, indefensos nuestros puertos, sin un hombre que dirija las operaciones militares, sin gente, sin disciplina, y, sobre todo, sin dinero, es una quimera el creer que el Nuevo Reino de Granada pueda figurar como soberano y sostener todo el aparato de una nación independiente; él vendrá a ser, atendida su debilidad y miseria, la presa del primer pirata que se presente en nuestras costas; entonces, entregados como manadas de ovejas, al extranjero, sentiremos todo el peso de las cadenas y un sistema bárbaramente colonial se dejará ver entre nosotros con todos sus horrores. Entonces si conoceremos que cosa es la opresión, entonces veremos como son las cadenas y la esclavitud” (21).

Ahora bien, y para concluir, podrá ser subrayado con Enrique de Gandía el carácter intestino del conflicto de la Independencia recordando que “la guerra en la Nueva España no fue ningún movimiento de tipo nacional, sino una verdadera guerra civil, culminada en el hecho representativo de que un criollo sea el que abandone México con la bandera rojo y gualda, y tres españoles los que hagan su entrada triunfal en la ciudad, portadores de la bandera tricolor” (22). Y como si fuera poco, dentro de las mismas filas republicanas combatieron destacadas personalidades peninsulares, tales como don Antonio González, marqués de Valdeterrazo, quien al regresar a la Metrópoli llegó hasta la Presidencia del Consejo del Rey, así como el general Infante, allí Ministro y cabeza de una Asamblea Constituyente; en la Gran Colombia se recordará al Dr. Manuel de Torres nada menos que hasta su muerte a cargo de la Embajada en Washington.

NOTAS:

(*) Luis Corsi Otálora: Economista e historiador colombiano. Docente Universitario. Obras: Autarquía y Desarrollo, De la democracia al partido único; Bolívar: Impatco del desarraigo; etc. Artículo originalmente aparecido en revista Disenso, Buenos Aires,  Nº 12, 1997 , págs. 33-44.
(1) Alberto Pardo Pardo. Geografía Económica y Humana de Colombia. Bogotá. 1979. Pág. 351 (Ed. Tercer Mundo).
(2) Restrepo, José Manuel. Historia de la Revolución de la República de Colombia en la América Meridional. Tomo 1. Besanzon 1858. Pág. 295 (Ed. Jacquin).
(3) Citado Alvarado Uribe Rueda. El Tiempo. Bogotá Agosto 25 de 1988.
(4) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 1. Op. cit. Pág. 21.
(5) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 1. Op. cit. Pág. 21.
(6) Vallenilla Lanz. Cesarino Democrático. Op. cit. Pág. 7.
(7) Vallenilla Lanz. Cesarino Democrático. Op. cit. Pág. 16.
(8) Indalecio Liévano Aguirre. Los Grandes Conflictos Sociales y Económicos de nuestra Historia. Tomo III. Ed. Nueva Prensa. Pág. 248 (Sin fecha).
(9) Javier Ocampo López. El Proceso Ideológico de la Emancipación en Colombia. Bogotá 19 80. Pág. 245. (Ed. Colcultura).
(10) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 11. Op. cit. Págs. 593-594.
(11) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 11. Op. cit. Pág. 608.
(12) Laureano Gómez. El mito de Santander. Bogotá 1971. Págs. 78-80. (Ed. Populibro).
(13) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo Y Op. cit. Págs., 529 y 596.
(14) Américo Carnicelli. La Masonería en la Independencia de América. Tomo 1. Bogotá 1970. Pág. 172.
(15) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 1. Op. cit. Pág. 425. Antonio Rodríguez Villa. El T. General Pablo Morillo – Madrid 1920 – Pág. 116 (Ed. América).
(16) Descola. Libertadores. París 1977. Pág. 332.
(17) La Independencia Americana. Enrique de Gandia. Buenos Aires 196 1. Pág. 156 (Ed. Mirasol).
(18) Américo Carnicelli. Historia de la Masonería Colombiana. Bogotá 1975.
(19) Restrepo. Historia de la Revolución. Op. cit. Tomo V. Pág. 579.
(20) Torres y Peña. Memorias sobre la Independencia Nacional. Op. cit. Pág. 25.
(21) Impugnaciones al Impreso del ciudadano Miguel Pombo. Boletín Cultural y Bibliográfico. Banco República. Vol. VI NI 6. Pág. 823.
(22) De Gandía. Independencia Americana, Op. cit. Pág. 24.



Leyenda rosa austracista y anitiborbonismo en torno a las “independencias americanas”

ARTÍCULO APARECIDO ORIGINALMENTE EN: http://dignidaddigital.com/

EL NACIONALISMO Y SU CONCEPTO DE LA HISTORIA

Leyenda rosa austracista y anitiborbonismo en torno a las

“independencias americanas”

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 El nacionalismo toma la Historia como la oferta más conveniente de un supermercado. A gusto del consumidor, pues. Curiosa, peligrosa y asoladora es la pobreza de argumentos que se reitera en los secesionismos ibéricos, y sobre todo con un tema estrella: Los Borbones…. Y es que nunca disculpamos el deplorable sistema del despotismo ilustrado, esto es, la exacerbación definitiva del absolutismo. En España, curiosamente, un periodo muy alabado por los republicanos… Y que en verdad no trajo más que desgracias. Tampoco disculparemos los desórdenes de las –acaso mal llamadas- Cortes de Cádiz, manipuladas por una minoría oligárquica golpista cuyo modelo nos atenaza hasta hoy.

Nacionalismo e Historia no casan. Tampoco parecen casar nacionalismos y objetividades. Como todo producto o subproducto romántico, el nacionalismo hace “novelesca” la realidad, lo que implica una continua deformación, idealización y “partidismo”, cuando no directo sectarismo. Una suerte de “Alicia en el país de las maravillas” que se acaba enredando más que la pierna de un romano.  El nacionalismo toma la Historia como la oferta más conveniente de un supermercado. A gusto del consumidor, pues. Curiosa, peligrosa y asoladora es la pobreza de argumentos que se reitera en los secesionismos ibéricos, y sobre todo con un tema estrella: Los Borbones…. Y es que nunca disculpamos el deplorable sistema del despotismo ilustrado, esto es, la exacerbación definitiva del absolutismo. En España, curiosamente, un periodo muy alabado por los republicanos… Y que en verdad no trajo más que desgracias. Tampoco disculparemos los desórdenes de las –acaso mal llamadas- Cortes de Cádiz, manipuladas por una minoría oligárquica golpista cuyo modelo nos atenaza hasta hoy.

Con todo, ¿la América Española se independizó por culpa de los Borbones? Parece ser el lema preferido para justificar la rebelión comandada por las oligarquías contra la Corona…. Y dentro de ello, los Borbones tenían como afición discriminar a los criollos. Tanto que el limeño Pablo de Olavide fue ministro de Carlos III y el payanés Joaquín de Mosquera y Figueroa llegó a firmar en nombre de Fernando VII….

También dicen que claro, que la culpa la tuvo la expulsión de los jesuitas que comandaron España y Portugal… Y por eso, sin hacer un análisis desapasionado sobre el verdadero papel de la Compañía en las misiones guaraníes (Un auténtico estado paralelo y nada de paraíso en la tierra, por favor, dejémonos ya de utopías….) y justifican el espíritu vengativo y letal que se extendió desde Inglaterra a los Estados Pontificios. El historiador ecuatoriano Francisco Núñez Proaño (https://coterraneus.wordpress.com) nos informó de documentos jugosos: Manuel de Roda y Arrieta, ministro de Gracia y Justicia, dice en 1766:”Creo que se habrá Vd. escandalizado al oír y ver el modo con que esa Corte (de Roma) se porta con el Príncipe de Gales (Carlos Estuardo) por respetos al Rey Jorge (III). Vea Vd. si conviene hoy la doctrina de los que aconsejan en Monte Cavallo (palacio del Papa) con la de Belarmino, Mariana, Suárez, etc. y con la que siguió Sixto V (1585-90) y sus antecesores, queriendo despojar de la corona a los soberanos de Inglaterra y de Francia con pretexto de la Religión y haciendo lícita la desobediencia de sus vasallos y los regicidios y todo lo demás que Vd. ha leído y sabe. Yo fui testigo del extraordinario cortejo con que ahí se trató al Duque de York (hermano de Jorge III) y en otro tiempo nos hubieran excomulgado a todos los que hablásemos con un príncipe hereje. Es gran cosa la doctrina acomodaticia y la ciencia media.” José Nicolás de Azara, procurador de la embajada de los reinos de España en Roma, que dejó dicho en 1770: “Por más que los franceses se hayan persuadido a que conseguirán el ajuste con Inglaterra, yo no me lo he podido persuadir, no por razón alguna, sino por aquello que llaman corazonada y por conocer un poco la insolencia de esos isleños. No quiero poner a la parte con esto las instigaciones de los jesuitas para soplar el fuego contra los Borbones, como que esa es la única venganza que queda a la gente más vengativa del mundo, porque decir esto parecería proposición de jansenista. Lo que no obstante es verdad irrefragable es el odio que un pedante llamaría vatiniano con que dichos jesuitas viven contra todo lo borbónico y que sólo tienen igual en esto a la venerable Corte de Roma, desde el papa (Clemente XIV) inclusive hasta los monaguillos de San Pedro. (…) Se les conoce la alegría por los semblantes, porque creen que en una campaña se nos han de tragar los ingleses. Desde que Roma es Roma no se ha visto aquí la multitud de isleños que hay este año. (…) He dicho a Vd. arriba que el papa es inglés de corazón. Digo, en conclusión, que toda esta brigada es tan inglesa y más que lo restante del lugar y que se dice a boca llena que el papa piensa como ellos.”

Bien, es posible que de estos documentos, algunas cosas nos parezcan exageradas y hasta irreverentes, ¿pero por qué nadie los saca a la luz como fuente lógica para análisis previo de los terribles procesos que se dieron a posteriori? ¿Por qué tenemos que escuchar sólo una voz, desde los jesuitas a los oligarcas criollos que mezclaban la escolástica con Rousseau?

Por otra parte, no todos los independentistas fueron doctrinarios liberales o masones (En todo caso, de eso también hubo en el otro bando), pero ciertamente, las independencias americanas fueron el absoluto campo de experimentación de estas “corrientes”. De hecho las logias masónicas celebran este acontecimiento como si fuera suyo. De derecha a izquierda también se justifica al único bando loado por propios y extraños. Por eso mismo, tampoco disculpamos a aquellos que ejercen demasiado el refrán del que no se consuela es porque no quiere, diciendo que la rebelión no fue contra España y que Simón Bolívar y José de San Martín fueron perseguidos por los liberales…. Creemos que ni el integrismo, que evolucionará lógicamente a la democracia “cristiana”/política de sacristía, llegó a semejantes exabruptos. Ese mismo integrismo que se decía “accidentalista” (En España las secuelas llegarán hasta la CEDA en la II República) en cuanto a la forma de gobierno y resaltaba a Gabriel García Moreno, obviando interesadamente que el gran ecuatoriano era monárquico. Sea como fuere, ya puestos, también habrá quien diga que Cánovas fue perseguido por los liberales, al igual que Robespierre terminó perseguido por los revolucionarios y Trotsky por los comunistas… Total, puestos a decir…. No obstante, le reconocemos el humor al pseudo-argumento. Hace falta humor, mucho humor, para justificar a Bolívar y San Martín desde una perspectiva “nacionalista de derecha” diciendo que, claro, que fueron perseguidos por los liberales y, ojo, sobre todo en sus últimos días. Que conste que todavía no sabemos qué pretenden con esto…. Nos olemos que alguno poco más o menos viene a decir que San Martín y Bolívar fueron “verdaderos tradicionalistas” o algo así…. Y es que en verdad, si uno se pone a estirar, San Martín y Bolívar serán…. De todo menos de verdad. Porque por más que al oligarca mantuano Hugo Chávez lo reivindique desde su pseudo-marxismo, lo cierto es que Karl Marx lo puso como mil trapos. Ya Marcos Pérez Jiménez lo había reivindicado desde el nacionalismo, y es una pesada losa que tiene Venezuela, pues, con esa religión paralela bolivariana que todo el mundo asume, la cortedad de miras se hace más que evidente. En la “oficialidad colombiana” también ha sido así, no obstante, siempre ha habido historiadores críticos para con el proceso independentista, desde el mismísimo presidente Alfonso López Michelsen hasta Luis Corsi Otálora en nuestros días. El problema es que ya se mire desde la perspectiva que se mire, parece que el tema de las “independencias” americanas es como Zapata: Si no gana, empata.

Con todo, lo cierto es que estos “próceres” apenas llegaron a “conservadores”. Tan cierto como que sabemos que Bolívar murió arrepentido, diciendo que América era ingobernable y que lo único que se podía hacer era emigrar. A su vez, prócer máximo de las “independencias”, el “Precursor” Francisco de Miranda, revolucionario en Francia y agente de Inglaterra, y que fue traicionado descaradamente por un Bolívar que a su vez quiso traicionar su causa ofreciéndose voluntario a Wellington para combatir a Napoleón en la Península (Después de ayudar con su actitud a una estrepitosa derrota militar), también murió profundamente arrepentido y desde la gaditana cárcel se ofreció voluntario para ayudar en la reunión de Venezuela con su Madre Patria.

En España contamos con una figura relativamente parecida: Francisco de Paula de Borbón, quien fue un furibundo masón mas murió bastante piadoso. Vidas relativamente parecidas, al menos en cuanto a camaleonismo y a radical militancia masónica se refiere. Pero mucho daño dejaron hecho. Y aun así, no he visto que nadie reivindique a D. Francisco de Paula. Al final es lo de siempre: La Historia como la oferta que más conviene de un supermercado…Y no en vano, recomendamos a esos ciertos nacionalistas que sepan que los “libertadores” siempre fueron muy alabados por los liberales españoles. Miguel de Unamuno por ejemplo tenía especial fijación por Bolívar, según él, constructor de una ¿Máxima Hispania?, aunque nunca explicó semejante “boutade”.

Nos siempre reconoceremos los errores cometidos por la política dirigida por la Casa de Borbón. No obstante, no dejamos de “denunciar” esa suerte de “leyenda rosa austracista” que parece darse en los nacionalismos secesionistas de todo el mundo hispánico, esto es, de la Península a las Indias. No sólo, ciertamente, pero concretamente en esta rama se da bastante. “Leyenda rosa austracista” directamente proporcional al “antiborbonismo”. En cambio, vemos que esta postura no es histórica propiamente dicha, sino que es moldeada en base al interés partidista. Y decimos esto, porque, por ejemplo, los secesionistas “vascos” jamás resaltan el gran apoyo que el Reino de Navarra y las Provincias Vascongadas dieron a Felipe V; sin ir más lejos, el mismo Blas de Lezo, de guipuzcoana cuna, que a los años infringiría –en Cartagena de Indias- a Inglaterra y sus colonias la derrota más humillante de su historia. Parece que tuvo que llegar el insigne colombiano Pablo Victoria con su excelente libro para que por fin supiéramos de este héroe de la Hispanidad. (*)

Claro que no vemos como buena política los Decretos de Nueva Planta; empero, nadie dice que Felipe de Anjou no sólo no es que no tocara los fueros vascongados y navarros, sino que los potenció. Asimismo, fue un Borbón, esto es, Carlos VII de España el que al cabo de más de siglo y medio devolvió a los pueblos de la Corona de Aragón la integridad de su “política propia”, así como fueron los Borbones los que acabaron con el monopolio andaluz-americano y abrieron bastantes puertos para América, entre ellos el de Barcelona y los Alfaques de Tortosa.

Esta “leyenda rosa austracista” olvida que muchas políticas practicadas por la Casa de Austria, políticas bien señaladas por José Antonio Ullate en el libro “Españoles que no pudieron serlo” (Ed. Libros Libres), por ejemplo. Los Decretos de Nueva Planta ya fueron anunciados por el conde-duque de Olivares.

“Leyenda rosa austracista” que olvida la irresponsabilidad de un usurpador archiduque que entró en la Península a principios de la dieciochesca centuria rodeado de una indeseable cohorte de jansenistas y protestantes de toda clase. Una fracción de ellos, holandeses para más señas, se dedicó a violar monjas en El Puerto de Santamaría, como bien recordó José María Pemán en “La Historia de España contada con sencillez”. Y aún nos queda (Y Dios sabrá hasta cuándo) la infamia de Gibraltar como recordatorio hiriente, perenne.

“Leyenda rosa austracista” que olvida que el josefismo austriaco fue igual de negativo y asfixiante –por no decir más- que el regalismo borbónico. También olvida que Austria se repartió como botín junto con Rusia y Prusia a la muy católica Polonia, a los no muchos años después que el bravo y determinante Juan Sobieski derrotara a los otomanos que ya se echaban sobre Viena.

“Leyenda rosa austracista” que ha llegado a calar hasta en el tradicionalismo, pues;  y que olvida que, por encima de ciertas “fijaciones”, a lo que asistimos es a la consumación de la crisis de la “política de la Cristiandad” y el correspondiente advenimiento de una “gran era revolucionaria” que hasta hoy padecemos. Y otro olvido que tiene es el papel de la Casa de Austria en la consumación de la muy corrupta España liberal, en especial desde los tiempos de un Alfonso al que llamaron el XII que se decía “católico como sus antepasados y liberal como sus tiempos” (Con un cinismo bastante parejo al que usó Bolívar), y a posteriori, con ese bravo caballero de la Legitimidad que fue D. Jaime de Borbón, Jaime III de España, a quien se le negó el ingreso en el ejército austrohúngaro, amén de que se le vetaron matrimonios por buena parte de Europa gracias a las gestiones habsbúrgicas contra el que llegó a ser brillante oficial de la Rusia zarista y uno de los más sacrificados patriotas españoles de los últimos tiempos.

Y es que, en eso del “antiborbonismo”, que curiosamente se ve tanto en la influencia de la literatura republicana como en buena parte de la dialéctica falangista, jamás vi a ningún nacionalista argentino quejarse de cómo los Borbones crearon el Virreinato del Río de la Plata, en verdad para perjuicio de la extensión territorial del Perú, que por cierto, teniendo quizá este “motivo antiborbónico”, sin embargo fue un bastión realista.   Los Austrias tuvieron que lidiar con “guerras civiles” entre conquistadores/encomenderos, los Borbones con “guerras sociales”, y todo en una España cada vez más cercada de enemigos y siempre falta de posibles precisamente por eso mismo, o al menos en parte… Son tantas cosas…. Y son procesos históricos complejos, pero siempre es cómodo buscar una culpa fácil….

Para remachar esta temática, me gustaría transcribir cierta correspondencia con el mentado Francisco Núñez Proaño. Yo le indiqué que el historiador Antonio Domínguez Ortiz, cuya enciclopedia me guió bastante en la carrera, ya se “atrevió a preferir” a los Borbones sobre los Austrias, claro que él lo hacía desde una óptica “liberal-ilustrada” como quien dice. No obstante, ejerciendo ese “atrevimiento”, ¿podemos colegir que en verdad los Borbones, ya liberados del “yugo europeo” que tanto nos desangró, miraron en verdad más por los intereses de las Españas que la mitificada casa de Habsburgo? El colega quiteño me indica que la política borbónica en lo comercial fue desastrosa para Quito, es claro que no todo fue perfecto. Sin embargo, y como ya lo explicó en algún artículo, el crecimiento demográfico de la Audiencia fue sostenido durante todo el siglo XVIII, lo que refleja que la situación no era nada, absolutamente nada grave, comparada con lo que se vino después de la “independencia”.

Además era evidente que se necesitaban reformas de índole administrativa, no se podía seguir con políticos de hacia tres siglos, con una población mayor y por tanto más compleja que los dos primeros siglos de imperio en América. El barón de Humboldt cuando estuvo de visita en Quito a comienzos del siglo XIX, reportó en sus escritos que la ciudad en general y más los aristócratas (sus haciendas no tenían nada que envidiar a las casas de la aristocracia europea) tenían un nivel de vida admirable, mejor que en muchos lugares del Viejo Continente.

Y es que la política de prohibir a las flotas comerciales que dejaran pasar por Portobelo en la actual Panamá, impidió que los textiles quiteños salieran al mercado que tenían antes, causando el cierre de muchos talleres. Así también se dificultó el ingreso de mercaderías de Europa, y así, política y comercialmente pasó a depender del sur, de Lima (Virreinato y Consulado), a pesar de que pertenecía a Nueva Granada. Por otro lado la política de cierto comercio libre que se abrió en América tampoco benefició a la industria quiteña, que se fue reduciendo de a poco.

Obviamente eso afectó a la economía local. No es coincidencia que en el acta de la junta de Quito del 10 de agosto de 1809 se nombre a Panamá como parte del territorio jurisdiccional que se atribuía esa misma junta. Tampoco se niega, y menos en el campo de los principios, que es verdad que haya habido algún monarca malo o políticas negativas, pero eso pasa, el rey muere y viene otro; el principio jerárquico no deja de ser principio. Claro, ahora la realidad contunde de otras formas, pues si a los Borbones se les critica por su actuación, sobre todo en el ámbito económico-administrativo en América, y aún más, se justifica así la independencia debido a esta razón, y aceptando la tesis oficial y nacionalista (leyenda rosa) que hubieran sido desastrosos y un “fracaso” para las Españas, motivo por lo que merecen el rechazo… ¿Por qué no rechazar entonces las repúblicas americanas y sus gobernantes, que han causado mucho, muchísimo más daño que cualquier rey Borbón a nuestro continente? ¿Por qué seguir dándole oportunidades a un sistema que ha demostrado dos siglos de inutilidad? ¿Por qué a los monarcas hispanos no se les dio otra oportunidad?

Vuelvo a pensar en el tema: Algunos achacan el excesivo peso de Francia conforme al Pacto de Familia. Bueno, no es moco de pavo. No obstante, cuando Carlos III pudo, luchó para recuperar el Rosellón y la Cerdaña que tontamente habíamos perdido con los Austrias, al igual que sufrimos la separación de Portugal con los mismos. Este rey, con todos sus defectos (Como ser el único en fundar una compañía negrera para España, algo ciertamente repugnante), siempre miró por nuestros intereses. Fue el rey que más luchó por recuperar Gibraltar, el que de hecho recuperó Menorca y puso contra las cuerdas a los británicos en el Nuevo Mundo varias veces. La España y la Francia borbónicas tenían en mente que el enemigo era Gran Bretaña, la misma que había dicho que a España había que vencerla en América y no en Europa. El problema para con Francia es como decía Juan Vázquez de Mella, si bien nos podíamos entender en algunos aspectos y no deja de ser un país con una tradición y unas influencias en verdad más similares de lo que podemos pensar a priori, es una nación epiléptica y condenada a grandes escarmientos, y realmente nos influenció para mal y nos usó… En fin, en ese difícil equilibrio de potencias jugó la España del XVIII, que no dejó de ser considerada eso, una potencia, venida a menos pero potencia, hasta que se confirmó la Revolución…. Casualidades de la vida….Y tanto como se achaca también la masonería a los Borbones, en cambio en el sur de Italia, donde son recordados con veneración, fue la masonería comandada por el genocida Garibaldi la que luchó a muerte contra ellos y esquilmó al próspero pueblo al que por entonces gobernaban con estabilidad.

No confundan mi postura: Para mí Felipe II es un ejemplo fúlgido de monarca y que conste que este debate es historiográfico y general, y en todo caso, de “historia política”, pues lo que tenemos hoy es harina de otro costal… No metan a Juan Carlos y compañía en este debate, por favor… Pero vean que al tratar este tema, muchas veces nos topamos ante ideología y/o nacionalismo; nada que ver con la Historia.

(*) “El día que España derrotó a Inglaterra”, Pablo Victoria Wilches. Ed. Áltera, 2005.

Antonio Moreno Ruíz

http://poemariodeantoniomorenoruiz.blogspot.com



La América del Sur – 1837: Un diagnóstico sueco.

Carl August Gosselman

Carl August Gosselman, enviado del Reino de Suecia en misión comercial a la América del Sur, en su informe número 14  sobre la República del Ecuador, dirigido a su gobierno y fechado en Quito el 20 de octubre de 1837, nos proporciona en su primera parte, “situación política”, un acertado análisis de la realidad socio-política ecuatoriana y sudamericana de entonces. En Ecuador –y en la mayor parte del continente- las situaciones socio-político-económicas, sus causas y consecuencias, a pesar de estar a más de un siglo y medio de los hechos, en el fondo siguen prácticamente iguales a lo que fueron durante los años descritos. Y todo en nombre de la “libertad”.

 Publico un extracto del primer apartado de este informe a continuación:

“… si no se puede comparar a Bolívar precisamente con Alejandro en otras cosas, puede uno, por lo menos, hacerlo después de su muerte ya que el gran estado fundado por él fue dividido y recayó en sus más ilustres generales.”

“Aunque la república del Ecuador se ha separado, por consiguiente, de los otros estados y al mismo tiempo se ha librado de todos los inconvenientes inherentes a países tan vastos con el mismo gobierno, particularmente con comunicaciones extraordinariamente difíciles, estuvo lejos de verse libre de las luchas políticas intestinas que en mayor o menor medida grado han sacudido todas las antiguas colonias españolas después de su independencia y que, para decirlo con las mismas palabras de un autor español, esto parece ser un castigo del cielo por haberse separado de su amorosa patria…. lo que más es seguro es que estas continuas pequeñas revoluciones intestinas, como recidivas después de una enfermedad, han perjudicado y debilitado a estos cuerpos políticos muchísimo más que la misma lucha porfiada que han sostenido para sacudirse del dominio español… Esta completa ignorancia de una de las más difíciles entre todas las ciencias o sea el arte de gobernar y esta falta de costumbre de, en algunos casos, gobernarse a sí mismo, son las verdades y principales causas de los movimiento subversivos y disturbios internos que han tenido que sufrir las repúblicas hispano-americanas desde la revolución (separación de España). A estas hay que añadir dos causas más, seguramente menos profundas y por consiguiente más fáciles de remediar, pero que no han dejado, sin embargo, de obrar, en el entretanto, con casi la misma fuerza destructora de las primeras. Estas son: en primer lugar, lo que casi podríamos llamar locura política, de querer hacer las constituciones de las antiguas colonias españolas tomando por modelo tomando por modelo la de los Estados Unidos de Norteamérica; y después, la inevitable influencia que los militares, o mejor dicho sus jefes, han de tener en países que, para conquistar su independencia, han tenido que atravesar el purgatorio de muchos años de luchas sangrientas. Si se miran todas las estas cosas juntas será fácil comprender que la situación política de estos estados, difícilmente haya podido ser otra cosa que lo que ha sido, y que la mayoría de ellos sean todavía, más que corrientes  repúblicas constitucionales, una especie de efímeras oligarquía militares. ‘En tierra de ciegos, el tuerto es rey’ dice el refrán, y en donde no hay quien sepa gobernar ocupa el trono el que por lo menos sabe mandar. Esta situación en que el cetro se ha trocado por la espada, es sin duda la corriente en las revoluciones… Entre los criollos españoles, por lo menos los que de ellos han elegido la carrera militar, puede decirse que el deseo de gobernar es una especie de vicio hereditario; y parece verdaderamente como si la mayoría de ellos, por  lo menos hasta ahora, hubiese creído que, desde el momento que abjuraron al rey de España y juraron  las constituciones republicanas, estaban a la vez no solo capacitados, sino también en pleno derecho de ocupar, el mejor día, el sillón presidencial. Sin embargo, lo peor de todo es que muy pocos de ellos han tenido la paciencia de esperar a que les llegara su turno, sino que tan pronto como se han asegurado de su división, batallón, o en último caso hasta de solo una compañía, han emprendido en seguida la marcha sobre el palacio presidencial, para hacer saber a su dueño que ya ha estado demasiado tiempo en el poder y que tienen ganas de probar a qué sabe el ocupar su sitio.”

“Este es en pocas palabras el argumento de las muchas revolucioncitas (en la edición sueca en una nota el autor explica el término como sigue: ‘Pequeña revolución; una palabra adecuada y comprensible solamente en las repúblicas hispanoamericanas’) que en estos último años se han puesto en escena en estos estados: y que la historia moderna de las cinco repúblicas que he visitado, es decir Montevideo, Buenos Aires, Chile, Perú y Ecuador, no es nada más que variaciones sobre el mismo tema o sea un popurrí casi imposible de recordar nombres de libertadores, generales y coroneles, de lugares en donde se han librado pequeñas batallas y se han proclamado nuevas constituciones, y de fechas de continuas subidas al poder y caídas de presidentes, dictadores y protectores. Uno se cansa de oír contar estas cosas, y no es por consiguiente extraño que las pobres naciones so pueblos –por cuya felicidad, naturalmente, todo esto se realiza, pero que han sido los que más han sufrido por ello- también se hayan cansado, y hayan ido de un extremo a otro, y que en vez de dejarse robar y matar ‘constitucionalmente’, como republicanos libres, por las milicias ciudadanas de los distintos patriotas, hayan preferido depender por cierto tiempo de la voluntad un solo dictador, al que por el momento han otorgado plenos poderes para fusilar a cuantos quiera. Esta es ahora realidad la situación del Perú, en Chile y en Buenos Aires; y para un europeo que llega allí con la cabeza llena de las magníficas constituciones liberales de estos estados –pues resultan en verdad magníficas en la hermosa y soberbia lengua española-, es para decir poco, una sorpresa desagradable cuando se halla ahora en un país cuyo supremo magistrado puede mandarle a buscar en cualquier momento y sin mediar juicio o instrucción alguna de causa, hacerle fusilar inmediatamente como le plazca, de frente o por las espaldas (En una nota del autor se explica el término ‘fusilar por las espaldas’ como ‘una variante sudamericana del fusilamiento, que se considera más deshonrosa que la manera usual’). Naturalmente todo esto no es tan grave como parece; pero es, sin embargo, lamentable, que naciones enteras tengan que recurrir a tales medios, y probablemente por largo tiempo, tengan que expiar de este modo la inexperiencia y el imperdonable prurito de sus legisladores de querer imitar a sus colegas del norte, de los cuales son, en muchos aspectos, tan distintos como el ‘Sur del Norte’, o como un español de un inglés.”

(…)

“Quito, 20 de octubre de 1837”[1]

Saque usted sus propias conclusiones.


[1] Gosselman, Carl August, Informe N° 14  – La República del Ecuador, en Revista Ecuatoriana de Historia Económica – Año IV – N° 8, Quito, segundo semestre de 1990, pág. 174 y sigs.



María Antonia Bolívar y Josefa Sáenz: ¡Por Dios, por la Patria y el Rey! Historia secreta de América -19-.

A propósito del día internacional de la mujer, 8 de marzo de 2012:

Cuando le ha convenido a  la historiografía americana -y ecuatoriana en particular-  se ha referido a la participación femenina en la separación de España como un grupo de mujeres abnegadas que sacrificaron todo por la “libertad”. Sin embargo, las diversas posiciones del sector femenino que observaba como algo sin sentido la llamada “independencia” no se han estudiado ni analizado aún en todas sus consecuencias.

Destacan dos casos de los miles que existieron: María Antonia Bolívar, hermana de Simón y Josefa Sáenz, tía de Manuela.

Luis Corsi Otálora señaló de María Antonia en medio del proceso separatista venezolano lo siguiente:

“…en Venezuela la polarización (durante la independencia) había sido casi total, con masivos desplazamientos de población y fraccionamiento de familias enteras; tanto que dentro de las filas realistas descollaba doña María Antonia Bolívar, hermana de Simón, largo tiempo exiliada en Cuba, en donde se mantuvo con pensión de las autoridades reales. En tal fenómeno jugó un gran papel la infatigable acción conscientizadora del Dr. José Domingo Díaz, el más destacado publicista de la posición realista; ningún testimonio tan diciente como el de su antagonista de entonces, el neogranadino José Manuel Restrepo: “Este hombre de una familia oscura… (sus) Cartas… contribuyeron sobremanera a extraviar la opinión pública y a fomentar las insurrecciones contra Bolívar y demás jefes independientes.”[1]

María Antonia Bolívar

Don Alexo Ruiz, quien fuera Secretario de Estado y del Departamento de Hacienda de Indias, comunica  a su Majestad las acciones de Bolívar -María Antonia-, a la vez que aboga por ella en estos términos:

“Señor:
La desgraciada hermana del rebelde caudillo Simón Bolívar, contenida en esta instancia, es una heroína de la lealtad. Me consta y es bien notorio, y lo ha declarado la Real Audiencia de Caracas que su hermano la maltrató y persiguió, la hizo emigrar con violencia, por haber sido siempre de conducta y opiniones contrarias a las suyas. Siempre unida a la causa de Vuestra Majestad salvó la vida a muchos buenos españoles, refugiándolos en su casa y haciendas. Y con un mérito tan sobresaliente, y con bienes cuantiosos, que la están mandado desembargar y entregar, prefiere vivir pobremente del trabajo de sus manos, en esta Isla fiel para no exponerse a los riesgos y convulsiones de su Patria, ni encontrarse con un Hermano que la ha causado todos sus infortunios. Una víctima de esta singular clase merece todo el amparo y protección de Vuestra Majestad. Soy de parecer que pues de sus bienes se aprovecha en Caracas la Real Hacienda, como consta del solemne documento adjunto, Vuestra Majestad se digne mandar que aquí se le asista con una pensión de mil pesos mientras permanezca en esta ciudad con su familia y que esta Intendencia se entienda con la de Venezuela para los debidos reintegros y para que la pensión en su caso se nivele por la entidad y productos de los mismos bienes secuestrados. Creo que así lo exige la magnanimidad y justicia del trono.”[2]

Así como la familia de doña María Antonia, la familia Sáenz también fue presa de la división en torno a los ideales que animaban a la rebelión y a la lealtad en la América española del primer cuarto del siglo XIX.

En la batalla de Mocha (1812), donde se enfrentaron los realistas dirigidos por Toribio Montes y los separatistas dirigidos por Ramón Chiriboga, doña Josefa Sáenz Campo Larrahonda demostró todo el carácter heroico de su casa:

“Una figura femenina se destacó en las acciones de Mocha. Se trata de doña Josefina Sáenz, esposa del oidor Manzanos, realista convencida de que no se conformaba con sostener sus ideas a favor de la monarquía, sino que las defendía de modo más decidido. Esta señora era nada menos que tía paterna de Manuela Sáenz, aquella que pocos años después sería defensora a ultranza de la independencia y salvadora de Bolívar. Enterado de que la heroína del encuentro armado de Mocha había sido doña Josefina, Montes la felicitó calurosamente y la rodeó de cuidados y privilegios.

Le Gohuir dijo al respecto:

Escapada de un convento donde la tenían recluida por realista exaltada, se juntó con los soldados de Sámano y concurrió al ataque de La Piedra, llevando sable en alto frente a la columna realista. Penetro la primera a la plaza de Mocha tremolando la bandera real, y para coronar dignamente su hazaña subió al campanario a celebrar con repiques su propio triunfo. La legendaria aventura le valió a la heroína un escudo de honor del parte del rey de España.

Después de la derrota de los rebeldes en Mocha, doña Josefina viajó con Montes a Riobamba a descansar de la campaña, y allí fue hospedada, como era de esperarse, por el corregidor Martín Chiriboga y León. Días después, vistiendo uniforme de húsar, doña Josefina partió hacia Quito con el estado mayor de Montes, en donde los realistas se hicieron lenguas sobre el valeroso comportamiento de la esposa del oidor Manzanos, decano de la Real Audiencia.” [3]

Doña María Antonia Bolívar y doña Josefa Sáenz, heroínas de la lealtaddos grandes americanas que lucharon por Dios, por la Patria y el Rey. Prohibido olvidar.

Por Francisco Núñez Proaño 


[1] Corsi Otálora, Luis, VISIÓN CONTRA-CORRIENTE DE LA INDEPENDENCIA AMERICANA, en revista Disenso.

[2] Alexo Ruiz al Rey de España, 11 de febrero de 1819, La Habana, Archivo Nacional de Cuba, Asuntos Políticos, Legajo 17, Número 5.

[3] Costales Samaniego, Alfredo y Costales Peñaherrera, Dolores, Insurgentes y realistas – La revolución y la contrarrevolución quiteñas 1809-1812, Ed. Fonsal, Biblioteca del Bicentenario de la Independencia Vol. 9, Quito, 2008, págs. 157-158



“El revisionismo llega a su clímax: La Independencia fue un error” o del fanatismo sobre la independencia.

He leído hace poco el artículo:  El revisionismo llega a su clímax: La Independencia fue un error…  de Gonzalo Ortiz CrespoRevista GESTION, Quito, abril de 2007, No. 154. Este y por tanto su autor yerra por fanático y exaltado en una defensa acérrima de las tesis historiográficas oficiales en torno a la independencia del Ecuador (y de la  América hispana), lo demuestra el hincapié y la insistencia sobre que una verdad histórica es verdad histórica debido al consenso entre historiadores y porque ha sido repetida mil veces y no por ser verdad en sí;  de esta manera significaría que todas las tesis sostenidas a lo largo del tiempo son verdaderas per se por el mero hecho de sostenerse en el tiempo, Galileo así es un loco más. En el siguiente enlace pueden leer el artículo y obtener sus propias conclusiones:

El revisionismo llega a su clímax: La Independencia fue un error… 

http://the.pazymino.com/GOrtiz-GESTIONAbr2007.pdf

Un post relacionado de este blog:

TRES ECUATORIANOS DIJERON SOBRE LA INDEPENDENCIA: JAIME RODRÍGUEZ, WILFRIDO LOOR Y JORGE CHACÓN.



Un ecuatoriano dijo: Jorge Luna Yepes: La antihistoria en el Ecuador.

Jorge Luna Yepes

“LA ANTIHISTORIA. El apasionamiento a favor o en contra de personas o de sucesos, o la falta de información, o la información incompleta  o errada, son las fuentes de la que llamo la antihistoria; es decir, la relación o el enjuiciamiento errado sobre hechos o personas. Y concretándonos a nuestro país, hay tres capítulos en los que más antihistoria se ha escrito: es el primero el relativo a nuestros ancestros, tanto español como indígena, y a los resultados de su encuentro; el segundo versa sobre el proceso de independencia de Hispanoamérica de España, en el que se incluyen el liberalismo y la masonería; y el tercero corresponde a Gabriel García Moreno, que es la figura más dinámica y compleja, apasionante y controvertida de la historia ecuatoriana…. LOS ORIGENES REMOTOS DE NUESTRO PAÍS… Es indispensable valorar con detenimiento lo que significan esas fuentes, porque, a gusto o disgusto, son elementos que en diverso grado han intervenido en la estructuración de nuestro ser nacional y del resto de Iberoamérica; y no sólo eso, sino que se ha iniciado en nuestro país y en otros que cuentan con masa indígena, un afán sistemático de opacar o desconocer los recios valores universales de la fuente hispánica y de rehabilitar y enaltecer los valores indígenas aunque caigan en la falsificación o signifiquen un retorno a edades prehistóricas; agravado esto por una toma de posición racista beligerante, organizada no tanto por los indígenas, cuanto por mestizos, más o menos blancos o más o menos cobrizos o morenos, con evidente propósito de comandar fuerzas de choque para una futura cosecha política, aunque ésta conlleve una desintegración del Estado, a la manera como se está haciendo con el hasta hace poco país modelo, el Líbano, ahora convertido en un caos con intervención extranjera de todos los imperialismos… (Para finales del siglo XVII) La obra civilizadora de España se acercaba a su fin. La gran nación hispanoamericana, con una cultura común desde California y La Florida hasta el estrecho de Magallanes y el cabo de Hornos, se desintegraría  en multitud de Estados y formarían los ‘Estados Desunidos de Iberoamérica”, frente a los Estados Unidos de Angloamérica, que por pronta providencia se engullirían la mitad de México y Puerto Rico. DESTRUCCIÓN FRATRICIDA, ODIO A ESPAÑA, DESENGAÑO DE BOLÍVAR, MONTALVO Y ESPAÑA. Los impactos de los cataclismos geológicos, económicos y políticos, crearon angustia y desconfianza; los criollos y mestizos que, como hemos visto, habían creado clases sociales arriscadas; con miembros de alta valía y un espíritu de solidaridad, se sintieron capaces de ser autónomas; los Borbones no actuaron a tiempo y los vientos liberales no solo comenzaban a derribar tronos seculares, sino que daban las recetas de la autodeterminación de los pueblos; y el imperialismo napoleónico, al intervenir deshonesta y brutalmente en España, dio la gran circunstancia para la rebelión general en América, iniciada en Quito por las élites, y correspondida como un reguero de pólvora por todas partes: y vinieron la represión  y la guerra. La guerra de la Independencia crearon odio contra España, porque la guerra fue brutal: de parte y parte. Las autoridades españolas aplicaban la ley vigente de pena de muerte para los sublevados con armas; y frente a eso,  Bolívar decretó la guerra a muerte: nada de prisioneros: todos fusilados. Cuanto odio y desolación, y de inmediato, la insurgencia dentro de las mismas filas patriotas, las conspiraciones contra Bolívar; la destrucción de sus sueños que le hicieron exclamar: ‘América es ingobernable… los que han servido a la Revolución ah arado en el mar… A cambio de libertad hemos perdido todos los demás bienes. Estos pueblos caerán indefectiblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a las de tiranuelos imperceptibles de todos los colores y razas, devorados por todos los crímenes’. Y vino la anarquía a nuestro país y vino la decadencia de España. Muchos grupos se olvidaron que España había hecho la unidad de América, con una lengua; una religión, una raza mestiza, una concepción especial de la vida. Pero, ahora, tenemos que pensar en la reacción racional. Tenemos que formar un frente común de Hispanoamérica y España: y, más aún, de Iberoamérica y España y Portugal, como lo están haciendo en Europa pueblos de diversos idiomas y que durante muchos siglos se desconfiaron y aún odiaron. Desde California y Nueva York, hasta Madrid y Filipinas, y la Guinea que habla español, podremos hacer fe de inteligencia y repetir con Juan Montalvo, el liberal radical y rebelde Juan Montalvo, estas palabras: ‘¡España! ¡España!  Lo que hay de puro en nuestra sangre,  de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de tí lo tenemos, a tí lo debemos. El pensar a lo grande, el sentir a lo animoso, el obrar a lo justo, en nosotros, son de España; y si hay en la sangre de nuestras venas algunas gotas purpurinas, son de España. Yo que adoro a Jesucristo, yo que hablo la lengua de Castilla; yo que abrigo las afecciones de mis padres y sigo sus costumbres, ¿Cómo habría de aborrecerla?’ ”[1]      

 


[1] Luna Yepes, Jorge, “LA ANTIHISTORIA EN EL ECUADOR” aparecido en Boletín de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, Vol. 74, N° 157-158, Quito, ene-dic. 1991, páginas 160, 163, 187 y 188.



Tres ecuatorianos dijeron sobre la independencia: Jaime Rodríguez, Wilfrido Loor y Jorge Chacón.

Tres ecuatorianos dijeron sobre la independencia: Jaime Rodríguez, Wilfrido Loor y Jorge Chacón.

Jaime Rodríguez:

“La independencia del Reino de Quito, y la formación de la República del Ecuador tuvieron lugar dentro del contexto más amplio del derrumbe de la Monarquía española. Como parte de esta confederación mundial, el Reino de Quito como los demás miembros de la Monarquía –salió en defensa de su rey, su religión y su patria cuando los franceses invadieron la Península Ibérica. Dichas acciones dieron inicio al proceso de independencia en el Reino de Quito. La independencia de la América española no constituyó un movimiento anticolonialista, sino que se dio en el contexto de la revolución del mundo hispánico y de la disolución de la Monarquía española. De hecho España fue una de las nuevas naciones que surgieron  del resquebrajamiento de aquel sistema político mundial. Ese fenómeno fue parte del proceso de transición de las sociedades del Antiguo Régimen a los estados nacionales modernos… A lo largo de toda su historia, y en particular durante los siglos XVI al XVII, las posesiones españolas en América constituyeron una parte de la Monarquía española –una monarquía “universal”- una confederación de reinos y territorios dispares que se extendían a lo largo de las porciones de Europa, África, Asia y América. Solo en forma tardía, durante el reinado de Carlos III (1759-1788), la Corona intentó centralizar la monarquía y crear un verdadero imperio (moderno), con España como su metrópolis… La Monarquía española no solo era representativa y descentralizada, sino que también era sensible a las necesidades de sus numerosos integrantes… El Reino de Quito, como el resto de la Monarquía española, constituía una parte integral de la Monarquía española. Como miembro de esta confederación mundial, Quito participó en la gran revolución del mundo hispánico.”[1]

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La Guerra de las Coplas en la Independencia de Quito

La Guerra de las Coplas en la Independencia de Quito

 

“Ete maximus Orbis

Auctorem frugum tempestatumque potentem accipiat”

“En el Agosto un Ynvierno,

ya brumaba el Orizonte:

ya todo el zafir Quiteño”

Quito, aislada en las alturas de los Andes en un rincón noroccidental de la América del Sur a principios del siglo XIX, en pleno desarrollo del proceso independentista o separatista, el Tibet de América como la llamó Bartolomé Mitre, la ciudad de los conventos como la denominó Bolívar, ensimismada: “Quito y el mundo” pudo decir algún amigo porteño; por eso tal vez tuvo vocación de ciudad literaria donde la copla política de algún modo como parte de la sal quiteña, fueron demostrando el modo natural de ser de los quiteños. Y durante la independencia de Quito la guerra de las coplas no se hizo esperar:

El decepcionado prócer Juan de Larrea y Villavicencio (Ministro de Hacienda de la Junta Suprema de Quito de 1809) pudo escribir  este poema:

 

Ya no quiero insurrección,

pues he visto lo que pasa:

Yo juzgué que era melón

lo que ha sido calabaza.

 

Juzgué que con reflexión

amor  a la patria había;

pero solo hay picardía;

ya no quiero insurrección.

 

Cada uno para su casa

todas las líneas tiraba:

No me engaño: me engañaba

pues he visto lo que pasa.

 

El rey de plata había sido,

la patria todo de cobre;

su gobierno loco y pobre,

y de ladrones tejido.[1]   

                                                                                                                                                                                                                                                                                   Por su parte, los “godos”, los realistas criollos decían sobre la Junta de Quito del 10 de Agosto de 1809:

¿Qué es la “Junta”?

Un nombre vano

que ha inventado la pasión

por ocultar la traición

y perseguir al cristiano

¿Qué es el “pueblo soberano”?

Es un sueño, una quimera

es una porción ratera

de gente sin Dios, ni Rey.

¡Viva, pues, viva la ley!

¡Y toda canalla muera!

 

Y cuando llegaron las tropas colombianas “libertadoras”, comparando con los uniformes de los realistas, enseguidita no faltó quien dijera:

Los diablos en el infierno

se están finando de risa,

de ver a los colombianos

con casaca y sin camisa.

 

El pueblo indignado con el reclutamiento forzoso para la guerra de “independencia”, repetía:

Si me matan en la guerra,

la ventaja ha de quedarme

de que nadie tendrá el gusto

de volver a reclutarme.

 

Y ásperas diatribas a los arribistas de siempre, que se acomodan y pasan de apoyar al vencedor, luego de haber sido vencidos:

Paisano, ¿no es un primor

que quien fino sirvió al Rey,

hoy nos quiera dar la ley.

Metido a gobernador?

 

Para cuando terminó la guerra, y finalmente fuimos “liberados”, alguien pudo resumirlo todo, presente y futuro en una sola copla:

 Cincuenta revoluciones

en 50 años tenemos.

Como no han sido bien hechas,

hasta acertar las haremos.[2]

                                                                                                                                                                                                                                                                                       Y así nos fue.

Por Francisco Núñez Proaño


[1] En Büschges, Christian, Familia, Honor y Poder, la Nobleza en la ciudad de Quito en la época colonial tardía, FONSAL, Biblioteca Básica de Quito, Quito, 2007

[2] Todas las coplas son anónimas y fueron extraídas de “El quiteño libre” suplemento especial del diario El Comercio, Quito,  25 de mayo de 2002.




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