coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


¡Liberado! QUITO FUE ESPAÑA: HISTORIA DEL REALISMO CRIOLLO

Lectores todos:

El año pasado, después de presentar mi último libro, Quito fue España, di mi palabra por este medio de retirarme de toda actividad pública, lamento decir que no he cumplido a cabalidad aquello. Mas, puesto que soy hombre de palabra, y aunque tarde, cumplo. Enmendaré esa falla desde ahora en adelante. ¡Todos los errores para mí y todas las virtudes para ustedes!

Hace poco fui a Europa a buscar la luz de un amanecer y he vuelto de España, de la España peninsular, vencido de amor, he vuelto honrado y agradecido, reencontrado conmigo mismo.

Escribo y he escrito mis libros, mis artículos, mis textos, mis opiniones, esta bitácora, no por placer, ni por dinero o ganancia alguna, sino por deber, por deber conmigo mismo. Sin embargo, este libro es más importante que eso, mucho más importante, es un homenaje a quien nunca ningún homenaje bastará, es un deber para honrar la vida y la memoria de un ser excepcional, de un ser reventado de luz, como lo digo en la dedicatoria del mismo:

A la hermosa vida y gratísima memoria del Señor Don Diego Patricio López Márquez, modelo de criollo quiteño y quitense de casta, honra de hijo y hermano, ejemplo de amigo y juramento de eternidad donde nos volveremos a encontrar, quien descorazonadamente nos dejó demasiado pronto, antes de tiempo. Impulso y exclusiva razón vital para concluir ésta y todas mis acciones de ahora en más, para continuar en este misterioso y paradójico viaje llamado existencia.

Se los dejo para siempre, para vos, para usted señor Diego, para ustedes, para los nuestros.

Pero el amor es más fuerte.

¡Léanlo! ¡Difúndanlo como si no hubiera mañana! ¡Conózcanse a ustedes mismos!

En el siguiente enlace pueden descargar de forma libre y gratuita Quito fue España: Historia del realismo criollo. Actualmente se está preparando la segunda edición impresa de la obra en España, revisada, corregida y ampliada de forma considerable, ante la demanda en físico del libro que al momento está prácticamente agotado:

https://coterraneus.files.wordpress.com/2017/09/quito_fue_hispania.pdf

Simplemente Francisco



CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA

CAUSAS DE LA INDEPENDENCIA

Por Jorge Luna Yepes

A propósito de conmemorarse el 24 de Mayo la Batalla del Pichincha:

Como en todo hecho trascendental, debemos distinguir las causas remotas, profundas, y las que son inmediatas, más o menos circunstanciales. Hay dos causas remotas, evidentes: la decadencia de España y la formación de una personalidad hispanoamericana diversa de la hispanopeninsular.

Entre las causas inmediatas debemos considerar principalmente: 1ª El influjo de la independencia de los Estados Unidos; 2ª El de la Revolución francesa; 3ª De las ideas revolucionarias liberales que presidieron estos dos movimientos; 4ª El afán inglés de acabar definitivamente con el Imperio español; 5ª La labor de la masonería; 6ª La situación crítica que sobreviene a España por la invasión napoleónica; 7ª Resentimientos personales, y 8ª Limitaciones económicas.

A) Causas remotas
La decadencia de España obedece a un proceso de biología política de explicación sencilla. Esta nación hace un esfuerzo extraordinario durante dos siglos (fines del XV a principios del XVII), en los que combate en todos los puntos de la tierra: en África y en Flandes, en América y en Oceanía en Asia, y en los océanos; y combate contra moros y contra herejes protestantes; contra turcos y contra ingleses, contra franceses y flamencos; y al mismo tiempo envía a millares de sus hijos a que creen nuevos mundos en las tierras salvajes que devoran a los que se aventuran por ellas. Este esfuerzo continuado, creador y gigantesco, le desgasta; y sus rivales, que unidos resultan más poderosos, valiéndose de toda clase de medios, al fin le vencen. España exhausta vive de su gloria, pero deja de empuñar el cetro de Occidente, el que pasa a Francia e Inglaterra. Con su vitalidad disminuida, no tiene: fuerza suficiente ni para presidir de manera eficaz la vida del Imperio, que comienza a resquebrajarse, ni para mantener una política independiente que obedezca a su espíritu, a su misión histórica y a sus intereses, y cae en la órbita de sus antiguos rivales, cuyos fines sirve.

No sólo hay despoblación catastrófica, sino también decadencia espiritual. Si en tiempo de los Reyes Católicos contaba España con unos diez millones de habitantes, al cabo de un siglo, después de la muerte de Felipe II, no tenía más de cinco; lejos de duplicarse, se había reducido a la mitad. Concomitantemente se había ido perdiendo, a manera de evaporación, la afirmación eficaz de los propios valores y el propio destino. España ya, no era ni se sentía eje de Occidente; había pasado a ser accesoria, segundona, pronta a imitar a sus antiguas rivales, disminuida de personalidad.

Entonces las novedades francesas e inglesas se procuran copiar al pie de la letra, sea en la superficialidad de los vestidos, sea en la brillantez de las ideas enciclopedistas, sea en la misteriosa introducción de las logias masónicas. Se había empequeñecido en todo sentido; y ni siquiera, en el afán de imitación, había logrado subir al coche de la técnica en que se habían embarcado sus competidoras.

Ya se comprende que así no podía dar vitalidad a las grandes extremidades del Imperio. La falta de fe en sí de la cabeza misma, contagia a los demás. Muchas veces sin explicarse, subconscientemente, criollos y mestizos, aun honrándose de pertenecer a España, sentirían enfriamiento, alejamiento, desconfianza. La vida iba muriendo en las articulaciones imperiales. Y un proceso semejante presenciamos ahora en los países europeos que desangraron física y espiritualmente al español.

Por esa mecánica que existe en los acontecimientos sociales, correlativamente con la, decadencia española iba fortaleciéndose el organismo de las colonias. Se había formado un nuevo tipo racial, un nuevo tipo humano, que más que mestizaje sanguíneo lo tenía psíquico. Era el fenómeno que estudiamos al hablar concretamente del mestizaje; era la influencia de un medio diverso en el hombre europeo.

A cada persona humana corresponde una personalidad, un modo se ser; a los hispanoamericanos correspondía una personalidad que no era, la de los hispanopeninsulares; consecuentemente, las entidades regionales de Hispanoamérica que habrían de dar origen a los actuales Estados, tenían personalidad colectiva diversa de la española. América, con su vida igual, pacifica, religiosa, inundada de indios sojuzgados, suaviza las aristas hasta en el modo de hablar. No se oirán en gargantas americanas las duras y jotas, ni se diferenciarán las zetas lo español perderá dureza en América, pero perderá también definición el español. Se presentará más expeditivo, más francote y directo, más mandón; el hispanoamericano, más sutil; más amanerado, más cortés, más lleno de rodeos menos enérgico y menos alegre. El que tiene más acusado sentido de acción suele mirar despectivamente al que lo tiene en grado inferior; de ahí que los nórdicos miren del hombro para abajo a los mediterráneos; los occidentales a los de Oriente; algo semejante sucedía con españoles e hispanoamericanos. Era natural que esto sucediera. Allí en plena decadencia, el español conservaba, sus aristas intransigentes y duras, que las sabía hincar al rato menos pensado; si no, díganlo los franceses, que tuvieron que habérselas con un 2 de mayo, con Zaragoza y con Bailén, y dígalo la, España de 1936, que le hizo, exclamar a Claudel: “Dijeron que dormías y habías quedado estéril y en un momento has despertado y poblado los cielos con un millón de mártires”. El español, expeditivo, duro y proveniente de un medio, más culto, más civilizado y con el control de los primeros cargos y dignidades, tenía que ver desdeñosamente al hispanoamericano, menos enérgico nacido en un medio menos adelantado.

Cuando el hispanoamericano culto midió sus armas con el hispanoeuropeo culto o con otros europeos y se dio cuenta de su valer, trocó la natural admiración por lo español, en resentimiento; se sintió preterido injustamente; juzgó, luego, que era un atropello y una explotación que se prefiriera para el gobierno a gentes venidas de la Península, cuando en la propia tierra había personas capaces y de méritos. Y muchos patriotas fueron simplemente hombres de mérito que recibieron estos agravios u otros provenientes de las instituciones de la época, que les hicieron reaccionar tanto contra las instituciones como contra la autoridad española y aun contra España. Ese fue el caso de Miranda y el de Espejo, que reciben agravios personales, y el del marqués de Miraflores, que los recibió en su padre y lo mismo sucedió con muchos religiosos y habría pasado con Mejía si su pronta ida a España no le hubiera colocado en situación brillantísima que contrastaba con sus humillaciones en Quito y no hubiera llegado a apreciar a los españoles al compararles con los franceses invasores.

Al sentirse agraviados, ya se comprende cómo se haría violenta la convivencia de criollos y chapetones y cómo habrán caído, mutuamente pesadas, las personalidades respectivas. Entonces, se comenzó en América a repudiar a lo español y se oiría en las calles de Quito, en 1765, el grito de “Mueran los chapetones, ¡abajo el mal gobierno! (¡Viva el Rey!)”. Este principio de reacción antiespañola no, lo pudieron suprimir ni hombres como Carondelet, todo él gallarda generosidad, ni menos los que empezaron a emplear medidas radicales, muy españolas y muy explicables por la época y las circunstancias, por cierto, pero que acabaron por encender inconteniblemente la hoguera.
Lo único que habría, cabido entonces era una, oportuna y amistosa, aunque dolorosa y forzada, retirada española ; pero ya se comprende que era casi imposible. No cabe ejemplificar con lo actuado por Inglaterra con la India, pues ni nosotros somos hindúes, ni España Inglaterra, ni mediados del siglo XX es lo mismo que principios del XIX; y recuérdese cómo fue de dura y larga la lucha entre la metrópoli y las colonias inglesas, que se independizaron a cañonazos.
He aquí cómo la afirmación de la personalidad hispanoamericana, al dar a nuestros dirigentes consciencia de su propio valer, condujo a la separación de España. Estudiadas las causas remotas de la independencia, pasemos a las otras.

B) Causas inmediatas
Entre ellas, como dejamos indicado arriba, tuvieron influencia decisiva las ideas democrático-liberales, y las revoluciones por ellas engendradas, especialmente la de independencia de los Estados Unidos y la francesa.

Las ideas revolucionarias tienen su origen remoto y doctrinario en la revolución religiosa, protestante del siglo XVI, y en el inmediato desarrollo económico de la burguesía. Tienen filósofos alemanes e ingleses que las ayudan con sus lucubraciones y cuentan en el siglo XVIII con propagandistas entusiastas tales como Voltaire, el satírico mordaz, destructor de todo lo que hasta entonces había sido respetado; Juan Jacobo Rousseau, el teorizador del origen del Estado en el pacto social de los hombres primitivos; el barón de Montesquie, admirador de las instituciones inglesas, autor de “El espíritu de las leyes”, y los enciclopedistas tales como Diderot, D’Alembert, etc., que frecuentaban las tertulias de damas aristocráticas pagadas de su intelectualismo y que hicieron su Enciclopedia.

Aquellas ideas, propugnadas por estos intelectuales, algunos de ellos escritores sugestivos, se presentaron tumultuosamente en Francia a partir de 1789 y llenaron de entusiasmo a varias mentalidades jóvenes de América, noveleras de las últimas teorías, ansiosas, de sobresalir y con espíritu apto para aceptarlas, dada la oposición, no, exenta de envidia, con los peninsulares, favorecidos con preeminencias, y dada la aureola romántica que rodeaba a ciertos personajes que habían intervenido con el pensamiento o la acción en las revueltas de Francia, romanticismo que hace presa fácil en la gente joven.

Este conjunto de ideas se propagó en América, no obstante la vigilancia de las autoridades españolas en el mercado de libros; ostentaba como principios fundamentales el derecho de rebelión del pueblo contra la autoridad, el origen meramente popular de la misma, la independencia de los poderes del Estado, y el sufragio universal como medio de designar autoridades; y estaba informado por las tesis o dogmas rousseaunianos, tales como él de que los hombres son buenos por naturaleza, pero corrompidos por la sociedad, y el de que el origen de ésta estuvo en el contrato primitivo de los asociados, esto es, en el “pacto social”, hecho imaginario que sólo tuvo realización al tiempo en que vivía Rousseau en un país, esto es, en los Estados Unidos, y que fue tomado por los secuaces de Rousseau como mera interpretación del hecho social.

He aquí los principios que causaron novedad y entusiasmo en las postrimerías del siglo XVIII, que provocaron la Revolución francesa y que, al ser bebidos por varios intelectuales de América Hispana, sirvieron de fermento que, unido, a otros factores estudiados ya o por estudiarse a continuación, produjeron la revolución de independencia.

Pero si los principios liberales actuaron directamente sobre el espíritu de algunos americanos influyentes, también ejercieron influjo en la Independencia por medio de los hechos por ellos engendrados, tales como el ya anotado de la Revolución francesa y aun antes de ella, por medio de la independencia de los Estados Unidos. En cuanto a ésta, nos basta observar lo siguiente: 1º Que varios revolucionarios, especialmente Miranda, esgrimieron el argumento de que si España había ayudado a la independencia yanqui, Inglaterra, para, desquitarse, debía de ayudar a la de Hispanoamérica; 2º En Estados Unidos se preparó al menos una expedición revolucionaria contra el gobierno español; 3º El ejemplo de Estados Unidos, que comenzaba con entusiasmo su vida independiente, sirvió de continuo modelo de los independentistas hispanoamericanos, que se enamoraron hasta de cosas propias de los Estados Unidos, como el sistema federal, lo que, al tratar de imitar infantilmente, desde México hasta Venezuela y desde Nueva Granada hasta Buenos Aires, ocasionó guerras sangrientas entre los mismos independentistas y motivó más de uno de sus fracasos frente a la reacción realista.

Pero junto al liberalismo y a los hechos por él engendrados o por él apoyados, hubo otros elementos doctrinarios o sectarios que intervinieron en la disolución del Imperio español; nos referimos principalmente a la masonería.

El liberalismo y la masonería no sólo actuaban directamente por medio del influjo sobre los independentistas o patriotas, sino que se infiltraban en la misma Península y tomaban posiciones, maniatando a España en su defensa contra la revolución emancipadora, y así vemos a secuaces de ellos, como el general Riego, sublevarse en Cabezas de San Juan cuando se disponía a embarcarse hacia América para debelar la revolución. Inglaterra y Francia contaron con el liberalismo y la masonería como aliados poderosos para someter a los políticos españoles a sus fines nacionales, aunque ello fuera en mengua de los intereses de España. La misma expulsión de los jesuitas de América, golpe fatal para la obra de España en nuestros países, fue algo en que tuvo bastante que ver la masonería (Nota editorial: y habría que ver hasta que punto esta expulsión no fue una maniobra generada desde adentro de la misma Compañía para batir a las Españas y a su Imperio). Al estudiar este acontecimiento en el número 228 de la tesis anterior, ya lo hemos indicado, influyó en el relajamiento de los vínculos de España con las colonias; y en la tesis siguiente veremos cómo algún jesuita, al desvincularse del Imperio español, hizo de uno de los precursores en la Independencia.

En la historia y en el espíritu de la masonería pueden anotarse estos caracteres: 1º Alianza con el judaísmo y con el imperio británico; 2º Anticlericalismo y anti-catolicismo fanáticos en los países latinos; 3º Oposición a las formas tradicionales de vida de estos pueblos; 4º Secretismo y espíritu de grupo o círculo.

De la relación de estos caracteres de la masonería puede deducirse mucho saber el por qué de su intervención activa en la Revolución francesa, de su apoyo a Napoleón en los primeros tiempos, para luego volver las espaldas y coadyuvar con Inglaterra para su caída; asimismo puede deducirse el por qué de la intervención masónica en la disolución del Imperio español, Imperio católico, el primero, a partir del siglo XV, en haber tratado radicalmente el problema judío (con la expulsión de estos de todos sus territorios), aferrado a las bases constitutivas de su grandeza, como todo gran pueblo, y representante de la antítesis de Inglaterra.

La masonería, pues, como hemos visto, comenzó su labor de zapa al introducir en sus filas a varios políticos y militares españoles, desde el siglo XVIII después actuó directamente sobre los revolucionarios de América, a quienes relacionó, captó y encubrió. Así vemos, por ejemplo, que Miranda, Bolívar y San Martín ingresaron en las logias aun cuando más tarde, algunos de ellos como Bolívar, renegara de ellas y las disolviera en el Perú y Colombia, acusándolas de constituir un peligro para el orden, el progreso y la paz del Estado (1).

He aquí cómo el liberalismo y la masonería fueron factores inmediatas de la Independencia en cuanto actuaron directamente sobre los patriotas; y fueron factores mediatos o remotos (resaltado en el original) en cuanto al apoderarse de algunos dirigentes e infiltrarse en algunos organismos del Imperio español, precipitaron el espíritu disolvente que se inició al comenzar la decadencia hispana (resaltado en el original).

Nos falta, pues, hablar del otro socio de la empresa antiespañola: de Inglaterra.

Este país, como hemos dicho antes, por motivos de hegemonía imperialista y de, índole doctrinaria o sectaria, procuró en todo momento, dar al traste con el poderío de España, valiéndose de todo medio. Apoyó en un principio con cautela a los precursores de la Independencia y después, abiertamente, a los revolucionarios; todavía, conserva el Ecuador una deuda de varios millones de sucres por esa ayuda inglesa (el texto es de 1951; la “deuda inglesa” se terminó de pagar al fin en el gobierno del Gral. Guillermo Rodríguez Lara 1972-1976, después de siglo y medio de haberla adquirido). Pero juntamente con el apoyo con gente, armas y pertrechos a los revolucionarios hispanoamericanos, trató de hacer sus conquistas directamente; y así, en 1806 toman los ingleses Buenos Aires y dan los primeros pasos para, hacer cosa semejante con Chile, pero fracasan en sus proyectos por la brillante reacción de los argentinos, que los expulsan tras lucha sangrienta. Este mismo rechazo hace sentir a los criollos su fuerza y les alienta para conseguir la autonomía. Sin embargo, Inglaterra seguirá ayudando la, revolución independentista, vengando de esta manera, además, el apoyo que España dio a los Estados Unidos para su independencia.

De los resentimientos o de reacciones contra reales o supuestos agravios, hemos hablado ya al tratar en el número 297 de la acentuación de una personalidad hispanoamericana; y tocarnos ahí este problema porque se presentó como tal, ya avanzada la Colonia, como consecuencia de una diferenciación llena de amor propio entre el criollismo y el hispanismo peninsular; es decir, como resultado de una afirmación más o menos consciente de la idiosincrasia y afanes de los hispanoamericanos frente a los hispanoeuropeos. Sin embargo, por la época, en que se presentan, esto es, ya cerca de la época de la. Independencia, les hemos clasificado entre las causas inmediatas, o próximas.

Las diferencias económicas y la oposición de intereses entre España y América, tenían que presentarse tarde o temprano, en cuanto las colonias aumentasen en población -por lo mismo, en necesidades- y los colonos desarrollasen la natural tendencia de enriquecimiento y de poder, máxime si había las ofertas tentadoras de los enemigos de la Metrópoli.

Mientras a España le interesaba, para el mejor control del Imperio y aun para su mejor defensa frente a rivales y enemigos, orientar la economía hacia la unidad armónica, a los productores de diversas regiones, que veían lo suyo y no la totalidad del Imperio les interesaba la prosperidad local, lo que veían y palpaban. Si se les ponían limitaciones que restringían lo que querían producir o vender, tenían que sentirse incómodos. Esto llegó a constituir un problema sobre todo en el Virreinato de Buenos Aires; no sucedió lo mismo en la Audiencia de Quito, pese a, la gravísima crisis que vino por las calamidades geológicas y sanitarias.

Queda una última causa de la Independencia, más inmediata, la más próxima a todas, la que, unida, a las anteriormente expuestas, dio ocasión y pretexto para el alzamiento general de, las colonias hispanoamericanas: la invasión de España por Napoleón.

Este caudillo entró en la Península en son de amigo, ya que eran aliadas Francia y la Madre Patria, contra Inglaterra se proponían las dos castigar a Portugal, aliado de Inglaterra; pero cuando las tropas francesas estuvieron en gran número en España, se quedaron como dominadoras provocando la reacción heroica de los españoles. Estos luchaban como podían y principalmente mediante el sistema de guerrillas, contra los hasta entonces invencibles ejércitos napoleónicos; lograron ganar alguna victoria en batalla campal, como la de Bailén; se hicieron fuertes en algunas ciudades como Gerona y Zaragoza, que defendieron con valentía no conocida en Europa en esos días, y constituyeron juntas provinciales o regionales de defensa contra el “intruso” y “tirano Bonaparte”.
Estas Juntas al fin se reunieron en una, que adoptó el título de Suprema, la, que, acosada por los franceses, se refugió en Sevilla y luego pasó más al Sur, alojándose en la isla, de León, frente a Cádiz; nombró un Consejo de Regencia que gobernaría en ausencia de los reyes, presos en Francia, el que convocó a Cortes, las que se reunieron en Cádiz integradas también por diputados americanos, entre ellos los ecuatorianos Mejía, Olmedo, Matheu y Rocafuerte, descollando admirablemente el primero, como ya veremos y dejando de concurrir el último. En estas Cortes se dejan sentir fuertes influencias liberales y masónicas, que procuran romper el orden tradicional de España, en buena parte con el apoyo de los diputados americanos.

Esta situación caótica de España que dejamos descrita, dio lugar a que en América se formaran también Juntas Patrióticas de defensa semejantes a las españolas, pero que en general constituyeron una mera simulación organizada por americanos independentistas (autonomistas en verdad) quienes, so pretexto de oponerse a las autoridades afrancesadas y a los emisarios que mandó Napoleón, trabajaban por la Independencia, engañando o tratando de engañar doblemente, sea a las autoridades españolas, sea al pueblo, que, generalmente, no sentía el afán de independizarse.

C) Causas internas, externas y -mixtas.
De todas estas causas de la Independencia, que hemos diferenciado en remotas y próximas, podemos hacer una segunda clasificación tripartita: 1º La decadencia del Imperio español, la formación de una personalidad hispanoamericana, la oposición entre criollos y peninsulares, y las dificultades económicas, son factores internos; 2º La influencia inglesa, francesa y yanqui, son causas externas; 3º Los factores doctrinarios o sectarios participan de las dos primeras categorías; son causas externas, porque fueron promovidas desde afuera; y son causas internas, porque se infiltraron en el organismo del Imperio.
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Notas:

[1] Extraído de la obra de Jorge Luna Yepes: “Síntesis histórica y geográfica del Ecuador”, 2ª Edición, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1951, pp. 332-343.
[2] Dr. Jorge Luna Yepes (Quito – 1909) Político y escritor revisionista, autor entre otras obras: “Síntesis Histórica y Geográfica del Ecuador” -2 ed. Quito y Madrid-, “El pensamiento de ARNE”, etc., Fundador de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana, en 1943.



VISIÓN CONTRA-CORRIENTE DE LA INDEPENDENCIA AMERICANA

VISIÓN CONTRA-CORRIENTE DE LA

INDEPENDENCIA AMERICANA

Luis Corsi Otálora (*)

“La liberación de las espaldas de indígenas por la introducción de bestias, bien merecen, corno el asno, más estatuas que tantos de nuestros libertadores”.
José Vasconcelos
“La España nos ha hecho la guerra con hombres criollos, con dinero criollo, con provisiones criollas, con frailes y clérigos criollos y con casi todo criollo”.
Germán Roscio en carta a Bolívar
 

 

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Era de suponer que la ocupación de una potencia extranjera en áreas tan vastas como las de Hispanoamérica se tradujese en sus rasgos esenciales, cuales son los de significativos volúmenes transitorios de población alógena dedicados a la exacción de sus riquezas, con el apoyo armado de fuertes contingentes integrados por personas sin vínculo con la región, afín de poder ejercer una represión sin escrúpulos. Ninguno de estos factores jamás llegó aquí a ser configurado.

En efecto, si bien es cierto que en comienzo se dio un fuerte flujo de oro y plata hacia la Península Ibérica, éste -en sus cuatro quintas partes- estaba constituido por el pago de semillas, ganado, herramientas y mercancías indispensables a la puesta en valor del desarrollo económico en sus diferentes zonas; en un detallado cuadro que va de 1515 a 1600 Alberto Pardo muestra como la balanza comercial durante este período desde España fue de 67.637 toneladas de exportación contra 43.728 toneladas de importaciones (1). El impacto de las nuevas tecnologías transmitidas a través de ellas fue verdaderamente espectacular, pues si un hombre con sus solas fuerzas necesita 40 días para preparar una hectárea, este tiempo se reduce a un día cuando lo hace con un arado y dos caballos; hasta el temprano 1570, de la Metrópoli se habían despachado 20.000 rejas para arados. El tiempo de corte de un árbol con hacha de acero descendía de dos meses a dos días, por lo cual los indígenas se batían a muerte por su adquisición; y una herradura de acero valía más que su peso en oro.

De ahí que con José Vasconcelos, el insigne ensayista mexicano del siglo XX pueda concluirse: “La liberación de las espaldas de indígenas por la introducción de bestias, bien merecen, corno el asno, más estatuas que tantos de nuestros libertadores”.

En cuanto a los flujos migratorios es bien sabido de su sentido irreversible; el asentamiento era logrado a través de grupos enteros de familias ya conformadas, incluso con párroco a la cabeza, como uno que al salir de Antequera (España) en 1520 estaba constituido por 34 familias con 90 hijos. En los albores de los años 1800 la proporción de nacidos en la península no pasaba del 1.5%; este era el caso de Venezuela, en donde eran muchos, en total 12.000 personas, en su mayoría funcionarios, sobre 800.000 habitantes con los que entonces contaba dicha Capitanía (2).

Y ya también en este período terminal hasta la contribución tributaria para gastos de administración diplomacia y defensa era irrisoria; el imprescindible Barón de Humboldt constaba sobre el terreno: —La mayor parte de aquellas provincias (a las cuales no se da por los españoles el nombre de colonias sino de reinos) no envían caudal alguno neto a la Tesorería General” (3). Esta apreciación era refrendada por J. M. Restrepo, por cierto futuro Ministro Republicano de Bolívar: “Las rentas públicas con que contaban el capitán general de Venezuela y el virrey de Santa Fe para sostener los establecimientos civiles, militares y eclesiásticos… apenas bastaban para los gastos en la Nueva Granada… en Venezuela quedaba algo para la Metrópoli” (4).
Más aún, el aparato militar del Estado Hispánico era simbólico en la práctica; se limitaba a la defensa de las plazas fuertes en las costas, porque en el interior era tal el consenso que bastaban unos cuantos voluntarios nativos agrupados en “milicias”. De nuevo es el insospechable de parcialidad J. M. Restrepo quien lo confirma: “Las fuerzas que el Virrey de Santa Fe tenía a sus órdenes para defender el Virreinato eran harto insignificantes. Constaban de tres mil ochocientos hombres de tropa de línea de todas armas con nueve mil de milicias” (5).

De ahí que al desencadenarse la insurrección republicana, correspondiere hacerle frente a los realistas criollos, ya que todas las fuerzas de la Península Ibérica estaban en integral movilización para arrojar la usurpación napoleónica. El propio Ministro de Guerra informaba a las Cortes que a Venezuela, eje del conflicto, sólo habían podido ser despachados entre 1811 y 18 15 tan sólo 1.800 hombres, casi todos el año anterior.

De los 10.000 de la expedición de Morillo en 1815, más del 20 % siguieron al Perú y Puerto Rico (6) ; el resto resultó diezmado, no sólo por el sitio de Cartagena de Indias, sino por el mortífero clima, siendo tan sólo posteriormente reemplazado a cuenta gotas. Entonces no era de extrañar que en pleno 1820 el Dr. Germán Roscio escribiera con angustia y desconcierto a Bolívar: “La España nos ha hecho la guerra con hombres criollos, con dinero criollo, con provisiones criollas, con frailes y clérigos criollos y con casi todo criollo” (7).

Hasta el punto que un republicano tan destacado como el general Joaquín Posada Gutiérrez llegó a expresar: “He dicho poblaciones hostiles porque es preciso se sepa que la independencia fue impopular en la generalidad de los habitantes… los ejércitos españoles se componían de cuatro quintas partes de los hijos del país; que los indios en general fueron tenaces defensores del gobierno del Rey, como que presentían que como tributarios eran más felices que lo que serían como ciudadanos de la República” (8).

En una de sus importantes obras, Javier Ocampo López recuerda que en los 12.600 soldados realistas de la Batalla de Ayacucho, sólo 600 eran peninsulares (9); se impone entonces hablar de su integración y comando a través de todo el conflicto.

Es cierto que, sobre todo al comienzo, en la alta oficialidad realista primaba el origen peninsular; la inexperiencia militar de 300 años de paz en estas provincias así lo exigía. No obstante, en la medida en que se extendía y prolongaba la guerra el ascenso de los criollos era continuo; máxime que, ya fue mencionado, los refuerzos europeos sólo llegaban a cuenta gotas, mientras el clima hacía tales estragos dentro de sus filas que el “pardo” coronel Rafael López, comandante de la caballería realista llanera, en el curso de sorprendentes entrevistas mantenidas con su par rival, el general J. A. Páez, relata este mismo, intercedía por los “pobres europeos”.
Era tan hábil y valeroso dicho coronel Rafael López que cuando murió en combate en el curso del año de 1818, el propio Bolívar hizo un largo viaje para constatar su muerte, haciendo desenterrar su cadáver, pues consideraba tal acontecimiento más importante que el triunfo en una gran batalla. El ministro e historiador Restrepo aclara que luego de tal diligencia no se procedió a ahorcar su cadáver; tal como ha sido insistentemente afirmado (10).

Ahora bien, este aporte de ultramar no constituía un rasgo de las filas realistas. Por el contrario, su proporción fue mayor en las republicanas, a las cuales afluyeron miles de mercenarios, residuos de las conflagraciones napoleónicas, los Wilson, Ferguson, O’Leary, Lacroix, Miller, etc., etc.; en la sola Venezuela el imprescindible Restrepo contabiliza 5.088 entre oficiales y soldados (11).

De la actuación de esta gente tenía tan mala idea el nacionalista general Francisco de Paula Santander que ya en Agosto de 1822 escribía a otro alto oficial republicano: “Me alegro que te hayas deshecho de los ingleses, afortunadamente quedan todas las propiedades de secuestros no son bastantes para sus peticiones: además es gente que se acuerda siempre de su país, de su nación y en un lance serían sus servidores. Me parece, pues, mejor comprometerlos que se consuman: Pocos servicios y muchos para gastos han hecho a la república”; acontecimientos futuros le darían razón a sus prevenciones, en lo sucesivo cada vez más intensas. No obstante, toda la escuela del reaccionario Laureano Gómez se iría lanza en ristre contra él, llegando a escribir en pleno 1940, cuando el imperialismo inglés había llegado a su cenit, luego de saquear medio mundo y mantener bajo su férula una constelación de naciones con 475 millones de habitantes (Las antiquísimas India y Egipto dentro de ellas) que gemían sobre 35 millones de agobiados kilómetros cuadrados: “En ese documento hay una triste prueba de la ingratitud de Santander con los héroes de la Legión Británica ¡Qué pronto olvidó las proezas de que fuera testigo en la campaña del año 1819!, ¡Qué pronto olvidó el heroico arrojo que decidió la victoria de Carabobo! Para Santander no merecía sino la línea de Puerto Cabello, donde los devoraría la fiebre” (12). Esta mención a la campaña de 1819 permite abarcar otra influencia de la “pérfida” aunque sagaz Albión, esta vez en el seno mismo de las propias filas realistas.
En efecto, al dibujarse en el panorama la perspectiva de importantes combates en el centro del virreinato de la Nueva Granada, se encontraba a la cabeza de la 111 División allí acantonada el joven e inexperto coronel José María Barreiro; su propia oficialidad, apoyada por el virrey Sámano, le había pedido entregar el mando al célebre coronel Sebastián de la Calzada, a quien por derecho le correspondía, máxime que era considerado casi criollo por su larga trayectoria en América. Se negó hacerlo, con el apoyo y respaldo del general en jefe, don Pablo Morillo; su derrota resultó aplastante en la poco sangrienta (sólo 13 muertos) aunque decisoria Batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819 (13). Luego de caer prisionero, el coronel Barreiro intentó salvar su vida presentando un argumento de peso al general Santander: El de sus diplomas de masón (14). No le sirvió, actitud que anuncia un posterior cambio de rumbo de su interlocutor.

En cuanto a la carrera de su amigo el general Morillo cabe el recordar que de extracción de las más humildes, asciende durante la invasión napoleónica al grado de sargento; y combate con valor a las órdenes del duque de Wellington, comandante del cuerpo expedicionario inglés. Con el apoyo de éste y a pesar de ser casi analfabeto, obtiene en el curso de seis años sucesivas promociones que le llevan a la dirección de la expedición a América en 1814, siendo su nombre preferido al de varios virreyes; su afiliación a las Logias Masónicas, registrada por sus biógrafos (15) permite responder al inquieto Jean Descola: “Que pensamiento oculto, casi maquiavélico, había inspirado la designación de Morillo, quien partiendo de Cádiz con consignas de amnistía debía unos diez meses más tarde escribir a su rey con ingenuidad: “Para subyugar las provincias sublevadas, una sola medida, exterminarlas” (16).

No obstante, tampoco cabía, toda la responsabilidad a este humilde suboficial, al cual, como a Francisco Pizarro y a tantos otros abría el Imperio Hispánico las puertas de la más encumbrada nobleza. En sus duras e impolíticas decisiones debieron pesar las opiniones de sus lugartenientes criollos. ya abrazados por los estragos de la guerra civil; por ejemplo la del Dr. Faustino Martínez, antioqueño, quien era prácticamente su Ministro de Justicia, la del profesor universitario santafereño, José Domingo Duarte, Intendente, que había ejercido gran influencia sobre otro modesto personaje en ascenso, José Tomás Boves.

En cuanto a los más altos oficiales es de citar al aindiado general José Manuel de Goyeneche, conde de Guaqui, natural de Arequipa y delegado de la Junta Suprema de Sevilla; mientras estuvo al mando de las tropas en el sur del continente, se mantuvo imbatido (17).
Y cuando las fuerzas realistas se dividieron en liberales y absolutistas, el comando de estas últimas correspondió al general peruano Pedro Antonio de Olañeta, quien libró contra los republicanos la última gran batalla formal en América, la de Tumulsa, que tuvo lugar el 1 de abril de 1825, luego de la de Ayacucho; pero como a pesar de haber fallecido en el combate sus fuerzas se negaban a entregar las armas, máxime cuando se supo, póstumamente de su nombramiento como virrey, de acuerdo a las leyes del Reino correspondía este cargo a otro general peruano, don Pío Tristán, quien lo asumió, y en tal calidad se vio obligado a capitular, resultando en extremo significativo que el último virrey de América fuese criollo.

Este hecho hace resaltar aún más el epílogo trágico y grandioso de la dirigencia realista criolla del Perú, la cual, encabezada por el marqués de Torre Tagle, se encerró en la fortaleza del Callao y allí pereció con 5.000 de sus conciudadanos, la élite realista, luego de más de un año de asedio: Cartagena de Indias sólo había resistido tres meses y medio a Morillo. El 23 de enero de 1826 el comandante José Ramón Rodil se vio obligado a rendir la última gran fortaleza del Imperio en la América del Sur; también resulta significativo que los dos primeros presidentes del Perú, José María de la Riva Agüero y el marqués de Torre Tagle hubiesen regresado a las filas realistas, como también lo hizo en Venezuela el Presidente del 1er Congreso Constituyente de ese país, Juan Rodríguez de Toro.
Y seguramente, de mediar mejores circunstancias lo hubiese hecho en la Nueva Granada don Antonio Nariño, quien varias veces estuvo a punto de dar este paso; no sólo por la evolución de sus convicciones sino por la presión de su hijo Gregorio, una de las figuras más prestantes del realismo local. Seguramente no se decidió porque al regresar de las prisiones donde estaba recluido, junto con otros destacados monarquistas liberales de la Metrópoli, pudo constatar en los congresos republicanos el acomodamiento muy a la colombiana de notables figuras del Antiguo Régimen que como el Dr. José Félix de Restrepo -el gran adversario del utilitarismo y la esclavitud- se creían en capacidad de hacer variar el rumbo nuevo, adaptándose a sus formas; no contaban con una marea masónica que en lo sucesivo condicionaría la vida del país, sobre todo en un comienzo cuando era difícil encontrar un prócer republicano que no estuviese afiliado a las logias (18).

En cambio en Venezuela la polarización había sido casi total, con masivos desplazamientos de población y fraccionamiento de familias enteras; tanto que dentro de las filas realistas descollaba doña María Antonia Bolívar, hermana de Simón, largo tiempo exiliada en Cuba, en donde se mantuvo con pensión de las autoridades reales. En tal fenómeno jugó un gran papel la infatigable acción conscientizadora del Dr. José Domingo Díaz, el más destacado publicista de la posición realista; ningún testimonio tan diciente como el de su antagonista de entonces, el neogranadino José Manuel Restrepo: “Este hombre de una familia oscura… (sus) Cartas… contribuyeron sobremanera a extraviar la opinión pública y a fomentar las insurrecciones contra Bolívar y demás jefes independientes” (19).

Pero no eran solamente sus “Cartas” o artículos que aparecían en móviles periódicos portátiles, como el Posta Español del general Morales; su acción se extendió a todos los Cabildos de Venezuela, los cuales adhirieron al célebre “Manifiesto Trilingüe” firmado por todos ellos en el curso de 1819 y divulgado el mundo entero en tres idiomas. Parece que también a su pluma se deben las resonantes “Memorias del General Morillo”, aparecidas en París en 1826 con suplemento suyo; y desde luego, con su firma en Madrid en 1829 “Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas”.

En la Nueva Granada es de destacar la amplia influencia ejercida por el sólido y documentado pensamiento del Dr. José Antonio de Torres y Peña, de Tunxa, cuyas “Memorias sobre la Independencia Nacional” (1814) constituyen una respuesta en regla al “Memorial de Agravios” de don Camilo Torres; a su lectura fue tal la impotente cólera del General Santander que prácticamente lo condenó a muerte al desterrarlo a las más profundas y malsanas selvas, pese a su avanzada edad (20). De haber conocido su “Réplica al ciudadano Miguel de Pombo”, seguramente le habría hecho fusilar en el acto; aunque luego y con la sorprendente evolución experimentada por él ante los acontecimientos, habría reconocido que su antagonista había visto lejos y claro al profetizar: “Independientes en la apariencia aún no hemos llegado a calcular los males terribles que se seguirán a esa libertad insignificante sin recursos para sostenerla, sin comercio, sin contacto político en las Naciones Europeas, indefensos nuestros puertos, sin un hombre que dirija las operaciones militares, sin gente, sin disciplina, y, sobre todo, sin dinero, es una quimera el creer que el Nuevo Reino de Granada pueda figurar como soberano y sostener todo el aparato de una nación independiente; él vendrá a ser, atendida su debilidad y miseria, la presa del primer pirata que se presente en nuestras costas; entonces, entregados como manadas de ovejas, al extranjero, sentiremos todo el peso de las cadenas y un sistema bárbaramente colonial se dejará ver entre nosotros con todos sus horrores. Entonces si conoceremos que cosa es la opresión, entonces veremos como son las cadenas y la esclavitud” (21).

Ahora bien, y para concluir, podrá ser subrayado con Enrique de Gandía el carácter intestino del conflicto de la Independencia recordando que “la guerra en la Nueva España no fue ningún movimiento de tipo nacional, sino una verdadera guerra civil, culminada en el hecho representativo de que un criollo sea el que abandone México con la bandera rojo y gualda, y tres españoles los que hagan su entrada triunfal en la ciudad, portadores de la bandera tricolor” (22). Y como si fuera poco, dentro de las mismas filas republicanas combatieron destacadas personalidades peninsulares, tales como don Antonio González, marqués de Valdeterrazo, quien al regresar a la Metrópoli llegó hasta la Presidencia del Consejo del Rey, así como el general Infante, allí Ministro y cabeza de una Asamblea Constituyente; en la Gran Colombia se recordará al Dr. Manuel de Torres nada menos que hasta su muerte a cargo de la Embajada en Washington.

NOTAS:

(*) Luis Corsi Otálora: Economista e historiador colombiano. Docente Universitario. Obras: Autarquía y Desarrollo, De la democracia al partido único; Bolívar: Impatco del desarraigo; etc. Artículo originalmente aparecido en revista Disenso, Buenos Aires,  Nº 12, 1997 , págs. 33-44.
(1) Alberto Pardo Pardo. Geografía Económica y Humana de Colombia. Bogotá. 1979. Pág. 351 (Ed. Tercer Mundo).
(2) Restrepo, José Manuel. Historia de la Revolución de la República de Colombia en la América Meridional. Tomo 1. Besanzon 1858. Pág. 295 (Ed. Jacquin).
(3) Citado Alvarado Uribe Rueda. El Tiempo. Bogotá Agosto 25 de 1988.
(4) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 1. Op. cit. Pág. 21.
(5) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 1. Op. cit. Pág. 21.
(6) Vallenilla Lanz. Cesarino Democrático. Op. cit. Pág. 7.
(7) Vallenilla Lanz. Cesarino Democrático. Op. cit. Pág. 16.
(8) Indalecio Liévano Aguirre. Los Grandes Conflictos Sociales y Económicos de nuestra Historia. Tomo III. Ed. Nueva Prensa. Pág. 248 (Sin fecha).
(9) Javier Ocampo López. El Proceso Ideológico de la Emancipación en Colombia. Bogotá 19 80. Pág. 245. (Ed. Colcultura).
(10) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 11. Op. cit. Págs. 593-594.
(11) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 11. Op. cit. Pág. 608.
(12) Laureano Gómez. El mito de Santander. Bogotá 1971. Págs. 78-80. (Ed. Populibro).
(13) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo Y Op. cit. Págs., 529 y 596.
(14) Américo Carnicelli. La Masonería en la Independencia de América. Tomo 1. Bogotá 1970. Pág. 172.
(15) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 1. Op. cit. Pág. 425. Antonio Rodríguez Villa. El T. General Pablo Morillo – Madrid 1920 – Pág. 116 (Ed. América).
(16) Descola. Libertadores. París 1977. Pág. 332.
(17) La Independencia Americana. Enrique de Gandia. Buenos Aires 196 1. Pág. 156 (Ed. Mirasol).
(18) Américo Carnicelli. Historia de la Masonería Colombiana. Bogotá 1975.
(19) Restrepo. Historia de la Revolución. Op. cit. Tomo V. Pág. 579.
(20) Torres y Peña. Memorias sobre la Independencia Nacional. Op. cit. Pág. 25.
(21) Impugnaciones al Impreso del ciudadano Miguel Pombo. Boletín Cultural y Bibliográfico. Banco República. Vol. VI NI 6. Pág. 823.
(22) De Gandía. Independencia Americana, Op. cit. Pág. 24.