coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


Romper los mitos de la “historia” oficial es destruir el mito de la sociedad actual
julio 7, 2016, 5:07 pm
Filed under: Francisco sin tierra, Uncategorized | Etiquetas: , ,

Romper los mitos de la “historia” oficial es destruir el mito de la sociedad actual. La ruptura con los mitos de la sociedad concreta en la que vivimos es la única forma de establecer un profundo e incondicional lazo con nosotros mismos y con cada una de las personas que nos rodean, con todo lo que nos parecía ajeno, inanimado e irreal. No tenemos nada que pagar a la sociedad actual, no le debemos nada. Romper los mitos de la “historia” y de la sociedad, libera los tabúes, convenciones y prohibiciones sociales, vitales, pero sobre todo las prohibiciones incorporadas a los conceptos y al pensamiento. Es una liberación respecto del dogma, de la creencia, de la incertidumbre y de la teoría. Es asumir la realidad tal cual es. Es asumirnos tal cual somos. Sumergirnos en lo real con todo nuestro cuerpo/mente. Dejamos de interpretar, empezamos a experimentar. Empezamos a vivir lo que somos, nuestra vida se convierte en una transmisión, en una corriente viva, en la tradición misma. Somos la tradición. Continuamos siendo lo que somos. Es una cadena de mujeres y hombres que nos arriesgamos en lo real, sin adornos, dejando de estar sometidos a las limitaciones ilusorias a la que el ser social nos ha supeditado. Asumir la realidad es encerrarnos en nuestra propia carne, en nuestros propios huesos, en nuestra propia sangre. Encerrarnos para salir el momento en que nuestro corazón se abra a identificarse con nosotros mismos.



MÁS ALLÁ DE LA HISTORIA

MÁS ALLÁ DE LA HISTORIA

Es un hecho constatable que el hombre tradicional en su “situación existencial” se regía con una premisa que alimentaba todo su accionar ya sea interno o externo; esto era la eliminación de su historia en cuanto tal y por ende del tiempo mismo que permite transcurrir esa historia. Esto le permitía un retorno en la misma existencia de la eternidad perdida, la cual era graficada generalmente en sus mitos de Edades de Oro o Paraísos perdidos, pero a su vez también esta acción, permitía la manifestación de lo sagrado. La eliminación de lo profano era de una necesidad impostergable para el hombre antiguo y solo entrando en un momento mas allá del tiempo y por ende eterno permitía la sacralidad de sus acciones. La imitación de arquetipos primordiales que hacia el hombre lo transformaban en aquel dios que hizo tal acción en un tiempo mítico. Cesando la individualidad profana una repetía constantemente los actos heroicos de un ser que fundaba un mundo. El Dios o Dioses de los hombres tradicionales  fundaban el mundo de estos. Pero estos hombres sabían también que por el hecho de ser mortales el tiempo llega a desgastar todo, (incluso los Dioses mismos) es por eso que se necesitan de ciertos rituales para reactualizar el tiempo mítico de los Dioses. Ese tiempo que esta más allá del tiempo. En ese tiempo se logra la eternidad y por ende la renovación del mundo. Cuando el hombre comete o tiene que ejecutar una cierta acción sabe que está reproduciendo la acción de un dios que también y por primera vez logra hacer un acto que se transforma en primordial. Entonces toda la existencia del antiguo está regida por la imitación de esos arquetipos y son estos los que permiten eliminar su historia y situarlo fuera del tiempo que devora todo a su alcance. El hombre tradicional tiene el poder de eliminar su historia y por ende sus errores, dándole así un sentido a su existencia. Esto es lo que le permite llegar a la verdadera realidad.

Cuando un objeto producido por el hombre remite a algo trascendente entonces ahí él tiene realidad ontológica. Solo en lo trascendente y por ende en lo sacro se tiene la realidad de frente, en cuanto tal; fuera de ello todo es deformación de la misma. Siempre había un arquetipo celeste para un fenómeno terrestre. Toda creación que realizaban era una creación cósmica. Se trae del caos de lo amorfo al cosmos de la forma, entre estos dos se produce el ritual, que permite la manifestación de una realidad sagrada. Todo acto era así una cosmogonía  que al ser realizado en un tiempo mítico por los Dioses puede dar al hombre un nuevo nacimiento de sí mismo, permitiendo además que todo se renueve en el mundo. Repetir e imitar un arquetipo y abolir el tiempo profano a través de un rito son los dos aspectos de la ontología de los hombres tradicionales. Nada era novedoso pero tampoco irreversible. Oponiéndose a la historia, a su memoria y los actos que no tenían un modelo arquetípico, buscaban renovándose constantemente, un eterno presente. Todo comenzaba por su principio a cada instante. Todo siempre volvía a comenzar, retornando eternamente, quedando el tiempo mismo anulado. Esta era la esencia de la estructura del tiempo cíclico entre ellos. Todo se regenera una y otra vez, necesitando a la vez de alguien que permita la regeneración, y ese era el hombre.

Este mundo se nos ha perdido. Hoy para nosotros hombres modernos lo sagrado es un mero flatus vocis. Es algo que no nos toca, que no nos puede tocar. Cada acto que hacemos es irreversible pero sobre todo absurdo, y frente al terror que esto produce tratamos de aturdirnos. Aquí sin embargo se ve también el terror inveterado del hombre por la historia, su historia. Con este aturdimiento se busca eliminarla, saltearla, no hacerle frente, sin embargo cuando lo hacemos, lo hacemos en la inconsciencia, a traves de un frenesí enloquecedor que busca agotar toda nuestra existencia, pero no sabemos de dónde viene este frenesí y para que existe como tal. Por eso que todo lo que hacemos parece que no tuviera realidad, y sin embargo y aun así, lo hacemos, sin un motivo o razón. Somos temerosos y buscamos crear sustitutos, pero lo sagrado es algo inherente a la conciencia del ser humano y aunque se lo aparte de vista siempre retorna, subliminado pero retorna. El problema es que ya ni así lo reconocemos, creyendo ver en esa subliminación un acto profano más de nuestra día a día.

El hombre hacedor de la historia es todavía una de las características de nuestra era tecnológica donde todo es almacenado, archivado y memorizado. Donde todo nuestros actos están regidos para tratar de encadenarnos. Donde nos vendemos como producto en serie, siendo la figura sin cara de un objeto destinado a consumirse y nada más. Esa es nuestra historia y ni siquiera tratamos de librarnos de ella, demostrando lo aturdidos que estamos. Y aturdiéndonos escapamos de aquello que es lo más pesado: la trascendencia. Sin duda es lo más pesado por ser lo más importante, porque está en juego nuestra esencia misma. Está en juego el hombre como tal. Los antiguos lo entendieron, para ellos solo hay hombres si hay Dioses. Nosotros no poseemos ninguno de los dos. La exacerbación de nuestra individualidad paradójicamente nos ha quitado el hombre. Solo somos productos que necesitan renovarse a cada instante para ser novedosos. Esta es la gran diferencia con el tradicional, él no busca lo histórico y novedoso sino la repetición de unos actos primordiales, solo en el encuentra su ser, su libertad y solo ahí él es verdaderamente creativo. Nosotros en cambio hombres modernos creemos tener la libertad de hacer la historia haciéndonos a nosotros mismos. Pero este sin embargo es el estupefaciente que usamos para ocultarnos la verdadera realidad, la cual es que vivimos suspendidos de una gran nada y nosotros y nuestra historia y todo con ello acabara en la muerte. Por eso la trascendencia es el dique para enfrentar al Dios de la muerte, porque afianzándonos en la historia, afianzamos el tiempo y por ende nuestra propia finitud. Por eso encontrar esa infinitud dentro de la finitud que es nuestra vida es lo que permite no ahogarnos en una nada sin sentido y absurda, ayudándonos así de librarnos de nuestra historia como seres mortales. Solo lo sagrado, que es la eternidad en el tiempo y que es la infinitud en la finitud es lo que permite tal liberación.

Pero, ¿cuándo se produjo por primera vez esta valorización de la historia en sí misma? Si el hombre antiguo le tenía terror a la historia… ¿Cuándo se produce el quiebre de querer dar paso a la repetición de arquetipos primordiales por los sucesos históricos que tienen desde ahora una realidad ontológica plena? Esto se da a través de los profetas judíos. Ellos mostraron a los israelíes que los acontecimientos negativos en la historia de su pueblo eran debido a un Iahvé encolerizado por sus pecados. Todos los desastres políticos y militares pasaron a tener con ellos un sentido, todo era debido a la ira de Dios que buscaba encarrilar a los judíos a la verdadera religión y deshacerse de los ídolos a lo que estos estaban rindiendo culto. Los acontecimientos históricos comenzaron a tener valor religioso. La historia era una teofanía, era la voluntad divina expresándose. Aquí se comienza con la valorización de la historia en cuanto tal y el tiempo con ello deja de darse en ciclos eternos para transformarse en algo lineal con un sentido único. Dios es una persona desde ahora, no un arquetipo que realiza actos primordiales. Él ahora interviene siempre en la historia y se revela en ella. Todos los acontecimientos del hombre en la historia tienen un valor religioso porque esta es ahora una epifanía de Dios, concepción esta que fue ampliada y universalizada por el cristianismo. Todo se efectúa en un tiempo concreto, ya no mítico como en las concepciones tradicionales. Los acontecimientos para los judíos tienen fecha y lugar. Es un momento limitado y determinado en tiempo y espacio y por ende no es reversible porque es una teofanía. El acto no volverá a repetirse eternamente porque ahora es la historia y el tiempo en cuanto tal donde Dios manifiesta el destino y los actos a realizar al pueblo judío. Y esto será hasta que se produzca el fin de la historia con la llegada del Mesías. El arquetipo mítico en este caso se pone en el futuro mostrando así que la necesidad de arquetipos primordiales por parte del hombre son siempre necesarios.

Los judíos no soportaron la historia y tratando de darle un sentido a sus calamidades, los transformaron en un designio religioso. Eran solo tolerados porque Iahvé lo quería así y porque con ellos el pueblo elegido se salvaría una vez que todos los acontecimientos se produjeran anunciando la llegada del Mesías y el fin de los tiempos. La historia se la valoriza para luego destruirla de una vez y para siempre. Aquí la historia no iba a repetirse infinitamente como en los tradicionales sino a agotarse, sin retornar. Paradójicamente los profetas judíos ensalzaron la historia momentáneamente y con esto quiere decir mientras Iahvé se manifieste, y poder llegar el día en que esta dejara de existir y aliviar sus sufrimientos y culpas. Todo se torna irreversible y el devenir histórico es producto de un dios personal, teniendo este devenir y los actos que ocurren en él un valor intrínseco. La historia universal tiene que ser liquidada y todo esto debido al sufrimiento de los judíos por sus acontecimientos nefastos. Se podría decir que aquí hay una cierta venganza de los profetas por su situación en el mundo que se hace insoportable y que por ende no debe repetirse más. Se soporta la historia únicamente porque se sabe que será destruida. Hay una actitud anti-histórica al igual que los pueblos tradicionales que si bien no es eliminada la historia en el momento presente sin embargo debido a la esperanza en la llegada del Mesías esta va a cesar en algún momento; esta será la nueva manera de soportar la historia. Es la esperanza en un final, abolido en un futuro. El mundo ya no se regenera periódicamente sino que será regenerado una vez y para siempre en un in illo tempore futuro. La historia se torna escatológica siendo el fin del mundo el fin de los pecadores y el triunfo de Israel.

Esta concepción de tomar la historia como una manifestación sagrada será retomada con el cristianismo, con el mismo esto se universaliza para todo el planeta. La redención con la vuelta del Mesías ahora no pertenece a un pueblo sino a toda la humanidad, donde todos serán salvados en un tiempo mítico, mientras crean en Jesús como Dios.

Dios interviene en la historia al igual que con los judíos, la revelación se hace en el tiempo profano, esta no se repetirá teniendo así la historia un sentido único, al igual que el tradicional el tiempo e historia se abolirán para entrar en el Paraíso pero la diferencia es que ahora será para siempre, habiendo así algo trascendental en la historia misma. Pero la gran diferencia entre los judíos y cristianos es la radicalización de la transfiguración del suceso histórico en hierofania. Dios ya no solo interviene en la historia… ¡sino que se transforma en un ser histórico!  Este padece una historia, condicionado como cualquier judío de su época, pero este suceso histórico que es la existencia diaria de Jesús es sin embargo una teofanía total. Con esto el acontecimiento histórico tiene una plenitud total de ser. El tiempo del suceso histórico queda aquí eternizado, ya no se repetirá nunca más porque si así lo hiciera quiere decir que el tiempo en el que vivió Jesús debe ser reversible y no tendría por ende una consistencia plena. Esto es imposible para el cristiano. Los actos de Dios (Jesús) no pueden carecer de consistencia porque este por ser absoluto no puede no-ser eterno en lo que hace. No puede hacer las cosas dos veces, esto sería un sin-sentido, Su Voluntad divina es homogénea y total, siendo todo aquello que realizo, irrepetible. Aparentemente la repetición de los arquetipos que realizaban los antiguos, a la vista del judeo-cristianismo sería un error sin sentido. La repetición implicaría, y sobre todo para los judíos el retorno de la historia con la consecuencia de sus sufrimientos. Nada debe repetirse porque Dios obra de manera total, y los sufrimientos perpetuados por Dios a los judíos son escarmientos por los pecados cometidos, que los llevara en el futuro  para siempre al paraíso perdido. El paraíso es la eliminación total de la historia de los sufrimientos de los israelíes. Inconscientemente los cristianos toman esa herencia haciendo de Dios un hombre y que toda la historia de este sea la historia de Dios, la historia sagrada. Este suceso es algo único y total. Mircea Eliade lo dijo claramente: “¿Cómo podría ser vano y vacío el tiempo que ha visto a Jesús nacer, sufrir, morir y resucitar? ¿Cómo sería reversible y repetible ad infinitum?[1]

Sin embargo a pesar del valor concedido a la historia el judeo-cristianismo, como bien hace notar Eliade, no terminan ellos haciendo un historicismo sino una teología de la historia. Porque el acontecimiento no se valora en sí, sino se valora porque Dios obra en él. Es la revelación de Dios en la historia la que se tiene en cuenta. Hay una trans-historicidad de la historia. La historia se trata de salvar porque tiene algo que es eterno y sagrado en ella: el mensaje y vida de Cristo, para el cristiano, y la manifestación de Iahvé como rectificación de los pecados, para los judíos.

Pero lo que se quiere en definitiva, todos ellos, es abolir la historia como en las sociedades arcaicas y esto se ve nítidamente en la esperanza de los cristianos en la segunda venida de Cristo que pone fin a todo la Historia y permite el retorno del Paraíso. Cada acto puede ser un acto de Dios en la historia y el judío o cristiano debe poner suma atención a los acontecimientos porque en estos se podría dar un acto o revelación del mismo Dios. La historia es valorizada como teofanía de Dios, pero es valorizada al fin y al cabo. El historicismo es sola una secularización de esta Teología, en él solo el suceso histórico per se cuenta y a este se lo empieza a valorar como si fuera un dios personal. Se comienza a escribir la Historia con mayúscula. Sin embargo la Historia ahora tiene un aliado que es el sujeto autoconsciente. Entre ellos dos sustituyen al Dios cristiano. Entre ellos traerán el paraíso perdido del judeo-cristianismo donde se manifiesta el sujeto que se quiere libre y que se conoce como tal. Aquí entramos en el núcleo de la modernidad, el del sujeto autoconsciente que se produce a sí mismo. El máximo exponente de esta concepción es Hegel. Con él los sucesos históricos son tomados por sí mismos, sin embargo en el quedan resabios de la concepción judeo-cristiana, porque en definitiva estos sucesos serian la manifestación de un Espíritu universal. Los acontecimientos no se pueden revertir dado que cada uno revelaba una de las etapas del Espíritu Absoluto. La Historia sigue teniendo sentido aunque ahora se la valore por sí misma, pero pierde ese significado transcendente, religioso y sagrado que tuvo antes de la modernidad. Esto se ve claramente en el Marxismo donde la historia seria la historia de la lucha de clases que luego de que esta tenga fin, vendrá la dictadura del proletariado que es la imposición del verdadero humanismo. Es el paraíso terrestre. Es la edad de Oro de los mitos tradicionales pero visto desde el espejo, porque toda transcendencia espiritual se ha retirado de esta concepción, solo queda el hombre libre y su humanidad. El mundo es “salvado” como en los cristianismos, sin embargo y a pesar de todo la historia sigue, mantiene un sentido, esta solo ocurre para que el proletariado se imponga a sus opresores, por eso para el marxismo el terror de la historia también queda abolida en el final de la misma.

En todas las concepciones de la historia ya sea de los hombres tradicionales, del judeo-cristianismo o de los modernos siempre hay una necesidad de buscar un tiempo mítico que esté por encima del tiempo histórico. La necesidad de encontrar un sentido siempre está presente. La huida ante lo que provee la desesperación nihilista hace a los hombres tratar de encontrar un sentido en la existencia, en un tiempo que este más allá del simple presente, en buscar la eternidad del tiempo, el cual pasa para no retornar. La concepción historicista y la concepción arquetípica hasta el día de hoy están en lucha. Sin embargo hay que aclarar que ese hombre historicista que se cree libre de hacer la Historia y que además en ella se hace a sí mismo, es una pura ilusión. Nuestra época lo refuta. ¿Acaso en esta época no es donde más encadenado se está, donde más se necesita de otros para ser? ¿Acaso no hay una minoría que controla el mundo y el oponerse solo trae el suicidio? Se la puede evadir, por supuesto, pero en ese caso ¿cómo seguimos haciendo la historia del Mundo? Esto sin contar que vivimos en la era donde la Técnica está en pleno desarrollo, donde sin maquinas no podríamos existir como hombre históricos. Donde nuestro destino depende de tal o cual artefacto para que no sobrevenga un cataclismo planetario. Estamos en la ilusión de la libertad. El creer en la Historia en si misma sin trascendencia como en los marxistas o nihilistas solo acarrea esta ilusión. Es con ella que se trata de no caer en el terror de la historia. La cuestión es ver qué pasa cuando caiga esta ilusión ¿Podría el hombre retomar su concepción arquetípica, lo que parece poco probable o tendrá que buscar otra forma para encontrar la manera de religarse a lo sagrado? Este hombre historicista ha perdido la inocencia necesaria para la repetición arquetípica pero también para le fe profesada por el judeo-cristianismo, que fue la nueva experiencia religiosa que este inauguro. El subjetivismo le ha inflado mucho el pecho ¿En dónde buscará ahora para superar el terror de la historia, cuando caiga la ilusión de la libertad? ¿En dónde pondrá la transcendencia y el contacto con lo sagrado? ¿En sí mismo, quizá? No podemos saberlo, cuando el peso por no liberarse de su historia lo aplaste podremos ver a donde se dirige su reacción.

MARCOS EL JOVEN


[1] Imágenes y símbolos. Pag 181. Ed. Planeta D Agostini



Quiteños al servicio del Imperio Español: Políticos y militares. Historia Secreta de América -16-.

Quiteños al servicio del Imperio Español: Políticos y militares.[1]

Lope Dí­ez de Armendáriz, quiteño (1575), Marqués de Cadreita o Cadereyta. Primer Virrey criollo de Nueva España. Fundador de la Armada de Barlovento que fue la primera institución naval creada en América, para proteger sus territorios ultramarinos americanos de los ataques de sus enemigos europeos, asimismo como de piratas y corsarios.

“Los criollos, los descendientes directos de españoles, de sangre pura, pero modificados por el medio y por sus enlaces con los mestizos que se asimilaban, eran los verdaderos hijos de la tierra colonizada y constituían el nervio social… La raza criolla en la América del Sur, elástica, asimilable y asimiladora, era un vástago robusto del tronco de la raza civilizadora índico-europea a que está reservado el gobierno del mundo. Nuevo eslabón agregado a la cadena etnológica con su originalidad, sus tendencias nativas y su resorte moral propio, es una raza superior y progresiva a la que ha tocado desempeñar una misión en el gobierno humano…”

Bartolomé Mitre

Mito usual y extendido en la ideas y en la historiografía americana oficial y oficiosa es aquel que dice que los criollos durante la  mal llamada colonia, el Imperio, fueron excluidos de toda forma de poder político y de mando, especialmente de los cargos más altos como Virreyes, Presidentes de Audiencia, Capitanes Generales y Gobernadores. Cuando en realidad se cuenta literalmente por miles a criollos que participaron como parte de los gobiernos locales (Oidores, corregidores, regidores etc.) y muchos que desempeñaron las funciones de gobierno de mayor graduación y prestigio. También los criollos conservaban el poder económico del continente. Al respecto el historiador quiteño Carlos Espinosa Fernández de Córdoba nos dice:

“Entre los mitos más difundidos en torno a la colonia, está el que establece que la clase pudiente era exclusivamente española, es decir “gachupín”. Si así fuera, los únicos culpables de los abusos de la sociedad colonial habrían sido los funcionarios reales de paso por América. En realidad los criollos (blancos nacidos en América) constituían el verdadero grupo dominante de la sociedad colonial porque poseían los medios de producción. Eran dueños de las haciendas y los obrajes, también eran los principales beneficiarios de los mecanismos de pillaje como la mita, las mercedes de tierras y la encomienda. Si bien los funcionarios reales españoles ocupaban las posiciones de autoridad formal, el poder efectivo estaba en manos de los criollos. Después de la independencia, los criollos continuaron dominando los recursos económicos y asumieron el poder político, manteniendo un implacable colonialismo interno caracterizado por la subordinación y explotación de los indios y negros.”[2]

Además del poder político y económico, una variedad de criollos se destacaron en ámbitos religiosos (que implicaba poder de facto en una sociedad estructurada religiosamente como la hispana), culturales y científicos, en América y Europa. A continuación a manera de mini biografías expondré tan solo algunos casos representativos, demostrativos y contrastables de quiteños que ejercieron altos cargos de gobierno y poder político en época del Imperio Español.

Virreyes:

Fray Luis Díez de Aux de Armendáriz y Saavedra (de la Orden de San Bernardo), noble quiteño que desempeñó destacadas posiciones en la España del siglo XVII. Nacido en Quito a fines del siglo XVI, fue el primer Virrey criollo de Cataluña, primer criollo Obispo de Jaca –Huesca en España- (1617-1622), primer criollo Obispo de Urgel (1626-1627), primer y único criollo y único sudamericano en ser  Copríncipe de Andorra (29°) del 9 de Agosto de 1622 – al 3 de Enero de1627, fecha de su muerte en Barcelona. Su padre fue Lope Díez de Aux de Armendáriz, 2° Presidente de la Real Audiencia de Quito, y su hermano mayor Lope, fue el I Marqués de Cadreita o Cadereyta y el primer Virrey criollo de Nueva España y fundador de la primera fuerza naval de América: La Armada de Barlovento, de quien trato a continuación.[3]

Lope Díez de Aux de Armendáriz y Saavedra[4], I Marqués de Cadreita (o Cadereyta), VI Señor de Cadreita, Caballero de Santiago, Gentilhombre de boca de Su Majestad, nació en la ciudad de Quito, actual Ecuador en 1575. Fue un noble y el primer criollo que llegó a ser Virrey de la Nueva España, cuyo cargo ejerció de desde el 16 de septiembre de 1635 hasta el 27 de agosto de 1640. Nacido en la Real Audiencia de Quito, Lope Díez de Aux de Armendáriz y Saavedra provenía de una familia noble radicada en la ciudad de Quito actual capital de la República del Ecuador, donde su padre ejerció el cargo de Presidente de la Real Audiencia. Realizó sus estudios en carrera naval. Ocupó cargos significativos y obtuvo también grados importantes como el de Comandante de las Escoltas que acompañaron a las flotas mercantes de España que llevaban las mercancías y riquezas de las colonias a la metrópoli, “General en propiedad de la Armada de la Guardia de Indias y de los galeones de la plata de Indias (alcanzando en 1633 la famosa victoria sobre los holandeses, echándoles del puerto y fortaleza de San Martín), y al fin Consejero de Guerra”[5]. Casado con Antonia de Sandoval y Rojas, III condesa de la Torre y VI Condesa de Puebla (consorte y viuda sin sucesión de este enlace) y pariente del poderoso Duque de Lerma, era gentilhombre y mayordomo del rey Felipe IV de Habsburgo. Primer Marqués de Cadreita o Cadereyta, desde 1617, llegó a ser miembro del Consejo de Guerra, como ya se señaló, y embajador ante el Sacro Imperio Romano Germánico y Roma.

Virrey de la Nueva España: El 19 de abril de 1635 el Rey Felipe IV le asignó el cargo de Virrey de la Nueva España (16°). La entrada formal a la Ciudad de México fue el 16 de septiembre de 1635 tomando cargo ese mismo día.

Defensor de la Hispanidad: Para proteger a los habitantes y colonos del Nuevo Reino de León (el actual territorio del estado mexicano de Nuevo León) de los ataques y saqueos provocados por las tribus indígenas de Apaches y Comanches, Lope Díez de Aux edificó un presidio y una fortificación en Cadereyta. También ordenó una expedición a las Californias.

Armada de Barlovento: Se destacó de manera especial este noble quiteño, por haber sido el fundador de la Armada de Barlovento, que fuera una institución militar creada por el Imperio Español para proteger sus territorios ultramarinos americanos de los ataques de sus enemigos europeos, asimismo como de piratas y corsarios. Esta Armada fue la primera institución naval creada en América, por tanto Lope Díez Aux de Armendáriz y Saavedra es el precursor de todas las Fuerzas Navales del continente americano. De esta forma, este quiteño se erigió como el símbolo de la hispanidad tradicional en lucha y ataque contra el naciente capitalismo filibustero, de la “Pérfida Albión” o Inglaterra. Finalmente por extraños sucesos e influencias fue acusado de muchas irregularidades y defectos por sus enemigos, entre ellos el Obispo de Puebla, Juan de Palafox y Mendoza. Murió el 28 de agosto de 1640.

De los hermanos Díez de Aux de Armendáriz escribió Jorge Luna Yepes refiriéndose a los quiteños en época hispana: “También fueron políticos, intelectuales o eclesiásticos ilustres Lope Díez de Armendáriz, marqués de Cadereita, hombre de ciencia política y militar, que llega a ser embajador y consejero del rey y virrey de Nueva España; al par que su hermano, Fr. Luis López de Armendáriz, ocupa cargo semejante en Cataluña y el de arzobispo de Tarragona.”[6]

Presidentes, Gobernadores y Capitanes Generales de Reales Audiencias:

Doctor José Antonio de la Rocha y Carranza[7], I Marqués de Villa Rocha[8], Vizconde de Villa Carranza y Caballero de la Orden de Calatrava; nació en Quito el 20 de junio de 1661. El Marqués de Villa Rocha estudió en la Universidad Santo Tomás de Aquino de Quito (la actual Universidad Central del Ecuador), recibiéndose de Doctor en Jurisprudencia en el año de 1678, Capitán y Alcalde de las Mestas por el Estado Noble de Madrid.  En 1699, siendo General de Artillería, fue nombrado Presidente, Gobernador y Capitán General de la Real Audiencia y Cancillería Real de Tierrafirme o Panamá, cargo que desempeñó en dos ocasiones. “Cuando pasaba de los sesenta años, esto es, en 1726, decide hacer un viaje por el mundo; arma una expedición con sus recursos y realiza la atrevida hazaña, recorriendo Oceanía, Asia (Filipinas), África y Europa”.[9] El afamado padre Benito Feijoo[10] en su obra Teatro crítico lo calificó de “insigne matemático e instruido en toda la buena literatura”. Fue quien organizó la defensa de las Costas Orientales de América contra la invasión de los piratas holandeses.     

Doctor Fernando Félix Sánchez de Orellana y Rada[11], III Marqués de Solanda, Caballero de la Orden de Calatrava, nació en Latacunga (en la actual provincia de Cotopaxi en Ecuador) en 1723 mientras su padre desempeñaba el cargo de Corregidor de los asientos de Latacunga y Ambato. Fue hijo de Pedro Javier Sánchez de Orellana y Góngora II Marqués de Solanda, natural de Loja del Ecuador, y doña Francisca Rada. Realizó sus estudios de Humanidades, en el Seminario de San Luis; y los de Filosofía y Jurisprudencia Civil y Canónica, en el Convictorio de San Fernando; recibiéndose de Doctor en Jurisprudencia Civil y Canónica. Fue Deán de la Catedral, Teniente de Corregidor y Justicia Mayor de Quito. Presidente, Gobernador y Capitán General de la Real Audiencia de Quito entre 1745 y 1753, uno de los más jóvenes en desempeñar dicho cargo al haberse posesionado del mismo con 22 años de edad.  “El primer quiteño que en tiempo de la colonia llegó a ocupar tan elevado cargo”[12] dentro del territorio de la Real Audiencia de Quito.[13]

Ignacio Flores de Vergara y Jiménez de Cárdenas[14]. Caballero supernumerario de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, “Una de las figuras más notables del Alto Perú”[15]. “Latacungueño, se gradúa en Filosofía en Quito; es profesor de lenguas y de Matemáticas en el Colegio de Nobles de Madrid; en el Ejército llega a coronel; es gobernador de Moxos y de Charcas, domina una sublevación indígena en Bolivia con gran valor y muere en Buenos Aires, en 1786, cuando se defendía de lamentables acusaciones”[16]. Nació en Latacunga (Provincia del Cotopaxi) el 30 de julio de 1733. Hijo segundogénito del Coronel de las Milicias urbanas de Quito, Antonio Flores de Vergara, natural de Ambato (Provincia del Tungurahua), creado Marqués de Miraflores en 1746, confirmado en 1751, y de María Jiménez de Cárdenas, latacungueña. Hermano de Mariano Flores de Vergara y Jiménez de Cárdenas[17], II Marqués de Miraflores y Caballero de la Orden de Carlos III con quien erróneamente suele confundírselo. Huérfano de madre de corta edad. Transcurrieron sus primeros años plácidamente en las haciendas de su padre donde aprendió el quichua; a los diez años viajó a Quito, fue matriculado en el Colegio Seminario de San Luis y se graduó de Maestro en Artes y Bachiller en Filosofía en 1748 en la Universidad de San Gregorio. Posteriormente emprendió viaje a España y estudió en el Colegio de Nobles de Madrid con singular aprovechamiento especializándose en matemáticas, materia que luego enseñó en dicho colegio. En 1755 recorrió las principales cortes de Europa y aprendió latín, inglés, francés e italiano. De regreso a España ingresó de Cadete al Regimiento de Caballería de Brabante; en 1772 fue Capitán de Voluntarios a Caballo bajo las órdenes del General Alejandro O’ Reilly y luchó contra los ingleses en el asalto a Gibraltar y en la invasión a la isla Menorca. Firmado el Tratado de paz en 1777 fue designado por sus conocimientos científicos y matemáticos, Gobernador de las Armas de la recién creada Provincia de Moxos, en los antiguos territorios de las Misiones Jesuitas del Paraguay, que estaban en abandono desde su expulsión. Entonces recibió instrucciones detalladas de cuidar dichas regiones para que no continuara la penetración portuguesa.

Pacificador: El 5 de junio del año siguiente prestó juramento ante la Audiencia de la Plata e inició su gobierno. En 1779 fue promovido al grado de Teniente Coronel de caballería y al estallar ese año la insurrección de Túpac Amaru, Cacique de Tungasuca, recibió desde Buenos Aires el título de “Pacificador militar” a tiempo que Túpac Amaru era ejecutado por orden del visitador Areche; en tales circunstancias, algunos de sus parientes indígenas se hicieron cargo de las fuerzas rebeldes y reiniciaron la lucha. Flores movilizó sus fuerzas en auxilio de las autoridades de La Plata, asediadas por miles de indios en son de guerra. El combate se dio en “La Punilla” donde se produjo una contundente victoria de los realistas que recuperaron la ciudad. Reiniciadas las operaciones Flores avanzó a La Paz con solo 600 hombres y consiguió derrotar a las fuerzas del Cacique Julián Apasa, Túpac Catari, que se retiraron a los montes. Flores ocupó el cerro denominado “El Alto” único acceso por donde se abastecía esa urbe y dejando una guarnición al mando del Comandante José de Reseguín, se dirigió a pacificar las otras provincias levantadas y recobró la villa de Oruro, también cercada. Entonces le llegó el ascenso a Coronel.

Presidente: En 1782 fue elevado a la dignidad de Presidente, Gobernador y Capitán General de la Real Audiencia de Charcas, con capital en La Plata o Chuquisaca, siendo homenajeado en la Universidad de San Francisco Xavier con una “Oración Panegírica” pronunciada por el Catedrático de Vísperas, Dr. Juan José de Segovia. Flores inició su gobierno restituyendo a los últimos sublevados a la obediencia, pues “en su arte de hacer la guerra entraba más la reflexión que el atrevimiento y el deseo de pacificar más que el de destruir.” A los indios hablaba en quechua y sin maltratarlos, respetando a los rebeldes que se acogían a su generoso indulto. En 1785 terminó su periodo, y fue llamado a Buenos Aires, donde falleció en agosto de 1786. Como administrador no descuidó los ramos administrativos y hacendario, así como el desarrollo del comercio y la agricultura. Quiso dotar a su Audiencia de caminos al mar para terminar con su aislamiento. [18]

Julio Tobar Donoso pudo decir de él en su obra Las Instituciones del Período Hispánico, especialmente en la Presidencia de Quito: “El Marquesado de Miraflores, en su época inicial o sea cuando el titular llevó el apellido Flores, tuvo el orgullo de contar entre sus miembros a don Ignacio Flores, Presidente de Charcas. Prestó este quiteño relevantes servicios a la Causa de España, en época difícil de levantamientos y borrascas; servicios que no fueron debidamente recompensados. A la par de su civismo brilló por la ciencia.”

Gobernadores:

Nicolás Felipe Guillermo de Ontañón y Lastra, Romo de Córdova-Pérez Castellanos[19], I Conde de las Lagunas, Caballero de Santiago, nació en Quito el 10 de febrero de 1690, fue General de Caballería del Batallón de la ciudad de San Francisco de Quito, y Gobernador de Popayán (actual Colombia).

Ramón Joaquín Maldonado[20] (hermano del sabio riobambeño Pedro Vicente Maldonado), I Marqués de Lises y Vizconde de Tilipulo, con Grandeza Honoraria por  Felipe V, nació en la villa de Riobamba, en la actual provincia ecuatoriana del Chimborazo, el 20 de febrero de 1700. Entre los cargos y posiciones militares menores que desempeñó constan: Capitán de Caballos de Corazas de sus ciudad natal, Guardia de Honor del Virrey del Perú Conde de la Cueva, Teniente General y Justicia Mayor de Latacunga, Corregidor de Latacunga, Regidor perpetuo y Corregidor de la ciudad de Quito, etc. Fue Gobernador de Esmeraldas (actual provincia de Esmeraldas en Ecuador), como su hermano Pedro Vicente y por poder de este siendo su titular; cooperando con sus hermanos en la catequización y construcción de iglesias en esa provincia, así como en la terminación del camino a Esmeraldas. También se desempeñó como industrial, siendo propietario del Molino de Pólvora de Latacunga, conocido mundialmente en aquel entonces y cuya calidad de pólvora tanto admiró a Humboldt.

Antonio de Alcedo y Bejarano[21] [22],  nació en Quito  el 14 de marzo de 1736. Cuarto hijo de Dionisio de Alcedo y Herrera, natural de Madrid, Caballero de Santiago, Presidente, Gobernador y Capitán General de la Real Audiencia de Quito y de Maria Lucía de Bejarano y Saavedra, natural de Sevilla. Se destacó como militar y escritor; su obra fundamental es el Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales o América, en cinco volúmenes que fue de inmediato traducido al inglés (London, James Carpenter, 1812-1815). Sin duda, la base del Diccionario, fuera de sus cuarenta años de viajes y observaciones por gran parte de América, fueron las noticias y papeles que le facilitó su padre; “conjunto formidable de Historia y Geografía, seguido de otro biográfico y bibliográfico, y finalmente de una complemento práctico con el Diccionario del Comercio, industria y agricultura.” Esta obra le llevó 20 años, lo que no le impidió cultivar las matemáticas, intervenir en el segundo sitio de Gibraltar y ocupar cargos políticos y militares. Estos méritos le valieron ser elegido miembro de la Real Academia de la Historia en 1787.  Éste estuvo sus 17 primeros años en las Indias Occidentales y sólo en 1752 viajó a España para ingresar en la Guardia Real con el grado de Alférez. Desde entonces siguió la carrera militar. En 1779 se halló siendo primer Teniente de Granaderos en el bloqueo y sitio de la plaza de Gibraltar, desde el principio hasta el fin, cuatro años después, que se firmó la paz, fue ascendido a Capitán y luego a Coronel. Alcanzó los grados de Brigadier en 1792,  Gobernador Militar de Alcira y luego en 1800 fue promovido a Mariscal de Campo y en 1802 a Gobernador de la Coruña en el Reino de Galicia (España), donde se encontraba al producirse la invasión napoleónica, resistiendo con valor el asedio y el sitio de las tropas francesas, es considerado héroe de la guerra de la Independencia española. “El 24 de Junio de 1812 presentó y leyó en la Academia su Memoria para la continuación de las ‘Décadas de Herrera’ conteniendo varios capítulos: 1) ‘Estudio preliminar’ en el que se trata del Intento de Muñoz , los trabajos de Alcedo: el Diccionario Geográfico y la Biblioteca Americana, 2) ‘Las Memorias’ que contiene Colecciones de Historia y Relaciones de Indias, Colección de Viajes, Autores que han escrito Historias Generales de Indias, autores del Virreinato de Nueva España, autores del Virreinato del Nuevo Reino de Granada, autores del Virreinato de Buenos Aires y del reino de Chile, Historia del Brasil, y autores que han escrito de la historia natural de las Américas.” Murió ese mismo año de 1812.

Dos Virreyes; tres Presidentes, Gobernadores y Capitanes Generales de Reales Audiencias y tres Gobernadores de Provincia quiteños del vasto y multisecular Imperio Español, solo a manera de muestra.

Por Francisco Núñez Proaño.


[1] Entiéndase que al referirme a “quiteños” abarco a todos los habitantes del actual territorio de la República del Ecuador, de la entonces Real Audiencia de Quito y del conocido Reino de Quito-del denominado Departamento del Sur de la Gran Colombia-. Si bien la Audiencia y finalmente Capitanía General de Quito –Sede virreinal de facto con Mourgeon- abarcaba regiones del actual norte del Perú y el actual sur de Colombia, he preferido en este artículo solo tratar de lo referente al actual territorio del Ecuador.

[2] Espinosa Fernández de Córdoba, Carlos,  Historia del Ecuador en contexto regional y global, Ed. Lexus, Barcelona – España, 2010, pp. 300 y 301.

[3] Guzmán, José Alejandro, Títulos nobiliarios en el Ecuador, Madrid – España, 1957, pp. 27 y 28.

[4] Ibídem

[5] Ibídem.

[6] Luna Yepes, Jorge, Síntesis histórica y geográfica del Ecuador, 2da edición, Madrid – España,  Ed. De Cultura Hispánica, 1951.

[7] Guzmán, José Alejandro, Ob. Cit., pp. 69 y sigs.

[8] El título de Marqués de Villa Rocha había sido concedido por Felipe II, según Real Cédula del año 1564, a su tercer abuelo paterno don Antonio Andrés Girandia de la Rocha, Caballero de Santiago, Alférez, Capitán, Maestre de Campo en los Ejércitos de Flandes e Italia, y en la Real Armada (más de cuarenta años), quien había combatido en la batalla de Lepanto; que no lo ostentó por no poder hacer constar tuviera cierta renta, precisa condición en el título.

[9] Luna Yepes, Jorge, Ob. Cit.

[10] Benito Jerónimo Feijoo, OSB, 1676-1764. Feijoo es quizá el más grande filósofo de lengua española del siglo XVIII. El Teatro crítico universal y las Cartas eruditas y curiosas lograron una difusión insospechada, en España y en América, y fue ya traducido entonces parcialmente al francés, italiano, inglés y alemán.

[11] Guzmán, Ob. Cit.

[12] Avilés Pino, Efrén, Enciclopedia del Ecuador,  Academia Nacional de Historia, Quito, Ecuador.

[13] Suele criticarse que este haya sido el único quiteño Presidente de Quito durante la colonia, desconociendo (o no) que era política y costumbre de la Monarquía que los funcionarios reales nunca debían ser naturales de los sitios que gobernaban, a fin de evitar el nepotismo y la corrupción relacionada a este hecho de filiación y relación con la tierra propia o la patria chica.

[14] Pérez Pimentel, Rodolfo, Diccionario Biográfico del Ecuador.

[15] Efrén Reyes, Óscar, Historia del Ecuador.

[16] Luna Yepes, Ob. Cit.

[17] Coronel de Caballería del regimiento de Dragones de la ciudad de Quito desde 1785.

[18] Cuando Rafael Correa, actual Presidente de la República del Ecuador, visitó Bolivia, se le entregó como regalo por parte del alcalde de Sucre, si mal no recuerdo, un retrato de IGNACIO FLORES DE VERGARA Y JIMENEZ,  quien fuera Presidente de la Real Audiencia de Charcas (Bolivia) desde 1782, como símbolo de amistad entre las dos naciones. Lo que no se, es que si el alcalde y el presidente conocían que este distinguido e ilustre quiteño (del Reino de Quito) al servicio del Imperio Español fue quien reprimió a sangre y fuego el levantamiento de Túpac Catari a quien finalmente derrotó y fue posteriormente ejecutado. Catari junto a Túpac Amaru son actualmente reivindicados por el socialismo del siglo XXI y los movimientos indigenistas como los mayores símbolos de resistencia indígena antihispana. ¿Ironía?

[19] Guzmán, pp. 78.

[20] Ibídem, pp. 34 y sigs.

[21] Luna Yepes, Ob. Cit.

[22] Pérez Pimentel, Ob. Cit.