coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


Monopolios y Poder en la Historia del Ecuador

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Estimados amigos: Están cordialmente invitados a la presentación del libro “Monopolios y Poder en la Historia del Ecuador” -mañana, jueves 28 de mayo de 2015, ver los detalles en la invitación-, editado por la Superintendencia de Control del Poder de Mercado de la República del Ecuador, del cual soy coautor conjuntamente, entre otros, con Eduardo Almeida Reyes, Juan Cordero Íñiguez, Gonzalo Ortiz Crespo, Octavio Latorre y por supuesto con el gran Ahmed Deidán de la Torre. En el capítulo que nos corresponde, de profunda investigación documental primaria: Ecuador Land Company Limited: dependencia y cesión de soberanía, podrán conocer sobre algunas de las precisas consecuencias sociales, políticas y económicas de la Independencia en nuestro país. Pueden descargar el libro gratuitamente del siguiente enlace:

http://www.scpm.gob.ec/wp-content/uploads/2015/05/Monopolios-y-Poder-en-la-Historia-del-Ecuador-jueves-14-.pdf

Pedro Páez Pérez, superintendente de Control del Poder de Mercado, señala en el prólogo de la obra:

Ahmed Deidán de la Torre y Francisco Núñez del Arco Proaño, en su ensayo “Ecuador Land Company Limited: dependencia y cesión de soberanía”, menciona que el Reino de Quito, y posteriormente el Ecuador, no estuvo exento de los intereses y el control inglés. Poco antes de la disolución de Colombia, hacia 1829, esta tenía una deuda acumulada de 6’688.949,20 libras esterlinas. Los tres estados que le sucedieron a Colombia reconocieron esta deuda. El pago de la que sería conocida como «Deuda Inglesa» marcaría y limitaría el desarrollo económico independiente y hasta el político del Ecuador. En el afán de pagar la deuda contraída con capitales europeos, varios proyectos se plantearon, como fue el caso de arrendar terrenos o encargar a empresas extranjeras la extracción de recursos. La Ecuador Land Company Limited fue uno de estos proyectos, establecida con el fin de pagar parte de la deuda ecuatoriana por medio del arrendamiento de terrenos, esta compañía es un claro ejemplo de los intereses ingleses en la región y, particularmente, en el Ecuador. La empresa llegó a establecer un monopolio territorial y económico que impugnaba la soberanía y la posesión efectiva del Estado ecuatoriano sobre los terrenos arrendados o pueblos específicos como el de San Lorenzo.



COSME LÓPEZ Y OTROS – LOS PRIMEROS QUITEÑOS EN EUROPA

COSME LÓPEZ Y OTROS – LOS PRIMEROS QUITEÑOS EN EUROPA

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Parte de la visión sesgada y unilateral del proceso histórico que significó la Conquista y el Poblamiento de las Indias Occidentales o América por parte de la Corona de Castilla, es creer que no existió intercambio humano de un continente a otro, sino solamente “ocupación” del uno (Europa) por sobre el otro (lo que sería América). En términos actuales, la movilidad humana desde América hacia Europa desde el primer momento del proceso histórico mencionado fue muy amplia y hasta ahora muy poco estudiada y comprendida. Se ven criollos y mestizos de todos los rincones conquistados ir y venir por el Atlántico y de un lado a otro de América (numerosos son, por ejemplo, los conquistadores mestizos de América del Sur, demostrativamente véase el caso de Buenos Aires, donde casi la totalidad de sus fundadores y primeros pobladores eran mestizos biológicos aunque europeos culturalmente hablando, idos desde el Paraguay – Valga recordar que las primeras generaciones de mestizos americanos, lo vemos en México como en el Paraguay, siempre fueron considerados castellanos o hispanos como sus padres), dejando en muchos casos descendencia en ambos lados del Océano. Me remitiré en este caso, como es evidente, a mi Reino o Provincia ultramarina de la Monarquía Hispánica: Quito.

La villa de San Francisco de Quito fue asentada el 6 de diciembre de 1534 en el actual emplazamiento de la ciudad, siendo la capital de su provincia hispana homónima por casi tres siglos. Apenas poco más 20 años después, en 1555, es decir en la primera generación de criollos y mestizos quiteños y quitenses (quiteño, gentilicio de los nacidos en San Francisco de Quito; quitense, gentilicio de los naturales de la provincia, después Real Audiencia de Quito), se tiene la constancia documental del primer quiteño en tierras europeas, de la Castilla peninsular: Cosme López, “vecino y natural de Quito, hijo de Diego López y de Leonor de Andía, soltero” y por supuesto, mozo todavía, quien además se disponía a volver a Quito para entonces. Además se distingue a los siguientes en la documentación disponible en el Archivo General de Indias: En 1557 están en la Península los hermanos Ruy Gómez de la Cámara y Martín Rojas, “naturales de Quito, vecinos de Antequera”, mestizo el primero, hijos del conquistador Alonso de Gómez Adalid y de Leonor Palla (india noble) el primero; y criollo el segundo, hijo de Inés de Rojas. También evidenciamos así que si bien el mestizaje se produjo desde el primer momento, el criollaje también, en la primera generación posterior a la conquista nacieron criollos –hijos de padre y madre europeos en América-, desmintiendo así varios puntos de la Leyenda Negra, como la supuesta ausencia total de mujeres en la Conquista, ni hablemos de las familias completas que se trasladaron en la décadas posteriores desde los Reinos Peninsulares a los Ultramarinos.

El 29 de diciembre de 1557 Juan de Rioja, “de color mestizo” pasa a la “Provincia de Quito, por ser natural de ella”, desconociendo desde cuando había estado en la Península. Para 1559 consta la presencia de Francisco Bernardo de Quirós en Sevilla –quien ya estaba en la Península por lo menos desde antes de 1556-, “natural de San Francisco de Quito”, que para la fecha era servido por un criado peninsular, Alonso Pérez.

Así comprobamos la presencia de al menos cinco quiteños y quitenses en los reinos peninsulares en la inmediata y primera generación posterior a la conquista. En casos como el de la Isla Española, los casos se cuentan por centenas, debido a  lógicas cuestiones cronológicas para el momento.

Se encuentran, así mismo, otros (por lo menos 3) “vecinos de San Francisco de Quito” en éste primer cuarto de siglo posterior a la fundación de la ciudad en Europa, sin embargo al no señalar si son o no naturales de la misma, no se puede consignar su presencia aquí.

Francisco Núñez del Arco Proaño



Los Realistas Criollos en la Independencia: Superando los mitos. Jornada de reflexión, memoria histórica y conversatorio este 20 de mayo.

Los Realistas Criollos en la Independencia: Superando los mitos. Jornada de reflexión, memoria histórica y conversatorio este 20 de mayo.

Los Realistas Criollos en la Independencia: Superando los mitos. Jornada de reflexión, memoria histórica y conversatorio este 20 de mayo.



El capitán D. Francisco Proaño de los Ríos

El capitán D. Francisco Proaño de los Ríos

“…pecan de olvido las naciones al no tener siempre presentes los nombres y las hazañas de sus mejores hijos, con lo que el alma de los pueblos queda empobrecida”

Remigio Crespo Toral

La historiografía chauvinista ecuatoriana considera a la llamada “revolución de las Alcabalas” de 1592, como un lejano antecedente de la separación política de España (Independencia) – ! –  siendo “una de las primeras manifestaciones políticas del pueblo quiteño en contra de las autoridades españolas”.

El cronista imperial Pedro Ordóñez de Ceballos (o Cevallos o Zevallos) señala en su “Historia y Viaje del Mundo del Clérigo Agradecido don Pedro Ordóñez de Cevallos. Natural de la insigne ciudad de Jaén a las cinco partes de la Europa África América y Magalanica con el itinerario de todo él. Contiene tres libros. Con licencia. En Madrid: por Juan García Infanzón, año de 1691,[1] lo siguiente sobre este levantamiento: “Juntáronse quince hombres principales en un convite, y allí cada uno prometió su día. Acabada la huelga de la espléndida comida, ordenaron un juego, y para que uno mandase y los demás obedeciesen, salió por rey el depositario (Moreno) Bellido, que según su nombre, le debió de parecer que era verdad; nombrolos en cargos: al uno, príncipe de la libertad, al otro duque de Popayán, a otro de las Charcas, y de esta manera a todos los demás; el secretario de su real persona era un guerrero Sayago, hombre muy valiente y que había sido muy rico, y con sus inquietudes estaba pobre; como no le dieron título de grande, como a los demás, juntó a los otros convites, que llamaban cortés; a la cuarta vez, a alguno de ellos les pareció mal, o por ganar gracias fueron y declararon en la Real Audiencia lo que pasaba. El Presidente de ella envió a pedir al Virrey gente y mosquetes y arcabuces, por lo que podía suceder. Envió por general al que lo era del Callao, que era un astuto varón, que su nombre era Pedro de Arana, y por capitán y sargento mayor al valiente y gran soldado Francisco Zapata Vicente; y por capitán de a caballo a Don Francisco Proaño.”

“Historia y Viaje del Mundo del Clérigo Agradecido don Pedro Ordóñez de Cevallos. Natural de la insigne ciudad de Jaén a las cinco partes de la Europa África América y Magalanica con el itinerario de todo él. Contiene tres libros. Con licencia. En Madrid: por Juan García Infanzón, año de 1691″

Alfredo Costales dice por su parte sobre la insurrección y la llegada de Proaño de los Ríos: “Con la hueste de los pardos de Lima, formando parte de la plana mayor de jefes y oficiales de Arana llegó a Quito el Capitán Francisco Proaño de los Ríos para constituirse luego, en el tronco y origen de los Proaño, en el Ecuador.”[2]

Así consta que el español D.[3] Francisco Proaño de los Ríos, nacido en Málaga (Andalucía) en 1540, llegó a Quito como parte de la comitiva realista dirigida por el general Pedro de Arana, que impuso el orden en la joven San Francisco del Quito a sangre y fuego. Los documentos oficiales corroboran su llegada y en el Libro de Cabildos de Quito se registra su nombramiento como Regidor el 27 de septiembre de 1593[4].

Su título de Regidor dice:

“Don García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, señor de las villas de Argete y su Partido, Visorrey, Gobernador, Capitán General de estos reinos e provincias del Pirú, Tierra firme y Chile, por Su Majestad, etc. Por cuanto por una mi provisión ordené y mandé a Pedro de Arana mi Lugarteniente de Capitán General que en la ciudad de Quito proveyese el número de Regidores de la dicha ciudad, que pareció convenía nombrar, y Alguacil Mayor y Depositario General que en la dicha ciudad de Quito con voz y voto en el Cabildo demás de los Regidores que había perpetuos; y porque agora el Capitán Don Francisco Proaño de los Ríos me ha pedido y suplicado que, atento que él ha servido a Su Majestad, como es notorio, en la pacificación de la dicha ciudad de Quito y a que se había casado en ella, le hiciese la merced en remuneración de los dichos servicios, y por mí  visto y teniendo consideración a lo que dicho es y a que en vos el dicho Capitán don Francisco Proaño de los Ríos concurren las partes y calidades que para usar un oficio de Regidor de la dicha ciudad se requieren, acordé de dar y dí la presente, por la cual en nombre de Su Majestad y en virtud de los poderes y comisiones que de su persona Real tengo, hago merced a vos el dicho don Francisco Proaño de los Ríos, de os nombrar y proveer, como os nombro y proveo por uno de los Regidores de la dicha ciudad, demás que por la Provisión y orden que dí al dicho mi Lugarteniente de Capitán General ha podido y puede nombrar en ella, para que como tal podáis usar y uséis el dicho oficio de Regidor, en el entre tanto que por Su Majestad o por mí en su Real nombre otra cosa que se provee y manda, en todas las cosas y casos a él anexas y concernientes, según y de la manera que lo han usado y usan, y puede y debe usar los demás regidores que han sido y son de la dicha ciudad; y mando al Cabildo, Justicia e Regimiento de ella, que luego que os presentáredes con esta mi Provisión en el dicho Cabildo, habiendo tomado y recibido de vos el juramento y solenidad que en tal caso se acostumbra, os hayan, reciban y tengan por tal Regidor de la dicha ciudad y usen con vos el dicho oficio, según y de la manera que se usa con los demás regidores de la dicha ciudad, y os guarden y hagan guardar todas las honras, gracias, mercedes, franquezas y libertades, preeminencias, prerrogativas e inmunidades que con él habéis (de) haber y gozar, y os deben ser guardadas, sin que en ello os falte cosa alguna; que por la presente, en nombre de Su Majestad os recibo y he por recibido al uso y exercicio del dicho oficio, y os doy poder y facultad para usar y exercer dicho oficio, caso que por ellos o alguno dellos a él no seáis recebido, y los unos ni los otros no dejéis ni dejen de lo así hacer y cumplir por alguna (manera), so pena de cada mil pesos de oro para la Cámara de Su Majestad. Fecho en los Reyes, a dos días del mes de setiembre de mil y quinientos e noventa y tres años. El Marqués.- Por mandado del Virrey, Alvaro Ruiz de Navamuel.”

Firma y rúbrica del capitán don Francisco Proaño de los Ríos tal como consta en el Libro de Cabildos de San Francisco del Quito (1595)

El historiador y cronista vitalicio de la ciudad de Quito, J. Roberto Páez nos aclara que “el 16 de agosto de 1593 el Marqués de Cañete (Virrey del Perú) dispone que Arana nombre ocho Regidores, Alguacil Mayor, Alférez Mayor y Depositario General, ‘por cuanto, dice, ha constatado que la culpa grande que los Alcaldes y Regidores de la ciudad tuvieron en la rebelión y alteración pasada’. El Cabildo se integra así con los siguientes Regidores: El 18 de setiembre de 1593 se nombra a Juan de Londoño y a Fernando de Ortega Ugarte; el 24 del mismo mes a Rodrigo de Ribadeneira y Diego López de Zúñiga; el 27 del mismo mes de setiembre, a don Francisco Proaño de los Ríos; el 22 de octubre de 1593 a Diego Porcel; el 10 de diciembre, a Pedro Ponce Castillejo; el 4 de febrero de 1594, a don Pedro de Guzmán Ponce de León.”[5]

Cuando el Cabildo de San Francisco del Quito tomó medidas para la conservación del camino de Panzaleo, “proveyeron que el Capitán Don Francisco Proaño” se encargará de aquello[6]. Siendo Regidor, el 5 de Marzo de 1594[7] firmó junto al resto de cabildantes quiteños un “Testimonio de sumisión del Cabildo de Quito a la Corona de Castilla” para reafirmar su fidelidad tras los movimientos subversivos de Quito, llamados “la revolución de las Alcabalas”.  El 29 de abril de 1594 fue elegido “Fiel Executor”[8]. El 10 de junio de ese mismo año se reafirmó[9] con nombramiento oficial como Alcalde de la Santa Hermandad[10].

Ricardo Descalzi del Castillo[11] así como José María Vargas[12] anotan que el 6 de junio de ese mismo año de 1594, el Cabildo delegó al Teniente General Mendoza Manrique, al capitán Regidor Francisco Proaño de los Ríos y a Luis Cabrera, para que salieran a recibir a tres o cuatro leguas de la ciudad al nuevo obispo (IV de Quito) Ilmo. Señor Fray Luis López de Solís; en el acta de esa sesión del Cabildo se dejó constancia de que “por la larga sede vacante es tan deseada su venida” (tras ocho años sin obispo), resolvió por lo mismo que “el día que en ella entrase le den de comer en el nombre del dicho Cabildo una comida, para lo cual se les manda dar ayuda de costa, de los propios de esta ciudad sesenta pesos de plata corriente marcada”. También fungió como Guarda Mayor de los ejidos de la Ciudad desde el 11 de agosto de 1595[13], cargo en el que, sin embargo, no prosperó quizá como señala Luciano Andrade Marín en sus “Historietas de Quito” debido a que “no tenía bríos necesarios para desempeñar su encargo”[14] (¿Tal vez por contrariar a sus propios intereses?), diremos que para ese cargo específicamente, dado que como militar su bríos quedaron más que demostrados.

Finalmente se destaca en su  deber y oficio de Regidor, como uno de los miembros apoderados de la delegación del Cabildo  de Quito ante el nuevo  Virrey del Perú junto a Diego de Valencia León “para que hagan dicha embaxada” en 1596, con el objetivo de celebrar su llegada y “para que en nombre de ella fuesen a la ciudad de los Reyes y besasen las manos al Señor Don Luis de Velasco Virrey destos reinos y le diesen el bienvenido y le pidiesen en nombre desta ciudad algunas cosas tocantes al bien común della.”[15]

Entre 1597 y 1598 fue Corregidor de Otavalo[16], provincia (o partido) que por entonces abarcaba el actual territorio de las provincias del Carchi (incluyendo territorio del sur de la actual Colombia), Imbabura y parte del norte de Pichincha, hasta Guayllabamba inclusive. Como Corregidor participó en las expediciones que por mandato real y debido a las “peticiones presentadas en la mi audiencia y chancillería que reside en la ciudad del San Francisco del Quito” se habían organizado para encontrar un nuevo camino al mar por el norte de la Audiencia, “el 16 de junio de 1597, el doctor Juan del Barrio de Sepúlveda dispuso desde la Audiencia de Quito a don Francisco Proaño de los Ríos, corregidor de Otavalo, que preste todo el apoyo necesario para que el padre Gaspar de Torres pueda iniciar nuevas expediciones hacia la región de Lita. Una de las primeras acciones fue la de nombrar al cacique Alonso Gualapiango como gobernador de la región y con su autoridad disponga que todos los pueblos de la ribera del río Mira presten auxilios a los viajeros.”[17]  La carta que pide “Al corregidor de Otabalo que ayude a Fray Gaspar de Torres y Don Alonso Gualapianguao para que vayan a los indios que están delante de Lita (hacia la San Lorenzo actual), a los que les a hordenado, y no consientre que vayan españoles a ello ni otras personas, socolor de descubrir minas ni camino”, comienza así: “Don Phelipe por la gracias de Dios, Rey de Castilla, de Leon, de Aragon, etc.; a Vos, el capitán don Francisco Proaño de los Ríos, corregidor del partido de Otabalo , salud y gracia.”[18]

El Marqués de Cañete, tenía en alta consideración al capitán D. Francisco Proaño de los Ríos, prueba de ello es la confianza depositada en él para realizar tareas consideradas de especial cuidado y diligencia. Lo demostró primero cuando lo envió desde Lima a “pacificar” Quito y después con el nombramiento de este como Regidor, posteriormente reiterando su confianza en él cuando a fin “de honrar y favorecer en todo al Cabildo, tan honrado y aficionado al servicio de Su Majestad” nombró a Proaño de los Ríos como Alcalde de la Santa Hermandad[19]. Igualmente agradece en carta enviada al Cabildo el 23 de Noviembre de 1594 y firmada en Los Reyes, “la visita y el ofrecimiento que le enviasteis a hacer con el capitán don Francisco Proaño” a su cuñado, don Beltrán, quien venció a los piratas ingleses en costas del actual Ecuador y quien “habrá estimado en lo que yo lo hago” la ayuda de Francisco Proaño de los Ríos.  Señalando en esa misma carta que “daré continuamente gracias a Nuestro Señor, y es muy justo que hagan lo mismo estos reinos, por lo que les importaba que estos corsarios se castigasen y escarmentasen”.[20]

Como anotó Alfredo Costales basado en documentos históricos que reposan en el Archivo Nacional de Historia de Quito, Francisco Proaño de los Ríos antes de venir a América y tomar vecindad en Quito prestó sus servicios en la Península por el espacio de treinta años consecutivos como soldado, alférez y capitán. Lo que quiere decir que se encontraba en su plena madurez cuando vino a Quito. En Portugal, ha tomado la isla tercera; pasando luego a los Reinos de Sicilia con el  Tercio de Diego Pimentel y junto al Marqués de Santa Cruz defendería el Real Tesoro que llevaba Álvaro Flores. Fue también a las jornadas de Inglaterra y permanecía en Lisboa cuando se desató iracunda sobre ella, la armada inglesa[21]. “Pasó a las Indias y establecido en Lima en la época del Virrey Cañete, le transfirieron a Quito, ‘por capitán de una compañía de mosqueteros a la pacificación de aquella provincia’[22]. Cuando tuvo aviso del Virrey don Luis de Velasco que los ingleses habían tomado la ciudad de Portovelo, fue a Panamá para llevar el estandarte Real y posteriormente reunió gente en Quito, para acudir al Reino de Chile, amenazado por los piratas”[23]. Contribuyendo estos hechos al caudal de sus méritos y de su obra patriótica y anti-pirática una vez más.

En Quito se casó por entonces, en medio de esos tiempos de beligerancia, “con la nieta legítima y mas del factor Pedro Martin Montanero uno de los primeros descubridores y conquistadores de este reino”[24].  Javier Ortiz de la Tabla Ducasse nos indica que “la hija mayor de Pedro Martín Montanero, Isabel Jaramillo (o Isabel Montanero, como aparece en otros documentos) casó con el sargento mayor Francisco Suárez de Figueroa (cuyo hermano Gaspar casó con una hija de Francisco Ruiz). Hija de ambos fue doña Agustina de Figueroa (o Suárez de Figueroa), casada con el capitán Francisco Proaño de los Ríos, corregidor de Otavalo. Tanto los Suárez de Figueroa, como los Proaño y los Jaramillo tendrán nutrida descendencia hasta el siglo XVIII, destacando en la sociedad quiteña como hacendados y cabildantes.”[25]

Gracias a sus servicios, el Virrey le distinguió con “una plaza de lanza” para que lo goce en Quito, con una renta de 8600 pesos, el 11 de enero de 1611. Se le dio además, el destino de gentilhombre con otros notables capitanes, por haber formador parte de la compañía de lanzas y arcabuces que vinieron a pacificar Quito, con el Gral. Pedro de Arana[26]. Proaño de los Ríos, como indica Costales, pedía que “la cobranza de la renta y situaciones de la dicha compañía (se lo haga), en algunos repartimientos de Quito y su distrito”[27]. La renta se hace efectiva según lo dicen en 1613 don Diego de Salvatierra. Teniente de Corregidor de Ambato, de los indios tributarios de Ambato de don Cristóbal Toyapanta, en Patate, de don Juan de Ati, Gobernador de Píllaro y de don Diego de Almagro, Gobernador de Pelileo.

“El gentilhombre de lanza que tan distinguidos servicios ha prestado al Rey recibe, ya queda dicho, renta y situaciones de los indios tributarios de la Real Corona del Corregimiento de Ambato debido a ello y al matrimonio con la nieta de Martín Montanero”[28] se avecinda definitivamente en Quito.

Cabe citar la apreciación que tiene Alfredo Costales  sobre los sucesos de la “revolución de las Alcabalas” y la participación del Cap. D. Francisco Proaño de los Ríos en ella, o mejor dicho, en su supresión: “Durante la célebre campaña contra los insurrectos quiteños, en 1593, se distingue por su tenacidad y valor pues, cuantas veces fue necesario recorrió los corregimientos de Latacunga, Riobamba, Chimbo, Cuenca y Loja ‘con mucho trabajo y gasto de su hacienda’, permitió que el carnicero Arana, reuniera un efectivo de mil hombres para entrar en Quito. Proaño, en ningún caso se exime de las crueldades imputadas a Arana contra la población que tan bravamente le ha disputado la victoria…” (El resaltado es mío).

Todos los gentileshombres, entre ellos Proaño de los Ríos, poco tiempo después figuraban en los cargos más representativos de la Real Audiencia. El gentilhombre de lanza, Cap. D. Francisco Proaño de los Ríos, vecino de la ciudad de Quito, como no tuviera sucesión en su legítima mujer, deja descendencia en Isabel (doña Isabel Atagualpa Inga[29]) y María, entre 1598 y 1614, dos indias solteras de los llactayos que vivían en la ciudad[30].  Totaliza el número de sus hijos naturales conocidos, siete: Ursula (1598), Juan de la Cruz (1613), Francisco 1° (1615), Francisco 2° (1621), Alonso (1620), Lorenzo (1613) y Beatriz[31]. Fernando Jurado Noboa en su obra “La Ronda: nido de cantores y poetas” señala que “hacia 1675 Isabel Proaño de los Ríos, nacida por 1625 e hija de del clérigo andaluz (?) Francisco Proaño de los Ríos, compró para su hija natural María de los Ríos Guevara y Paz, un solar en la Ronda…”[32]; dada la coincidencia en las fechas, los nombres y evidentemente en el apellido, creemos que esta también fue hija de nuestro Francisco Proaño de los Ríos quien en 1637 tomó el estado sacerdotal[33], seguramente después de la muerte de su mujer. Para esa misma fecha, el viejo y avezado capitán, se dedicaba al comercio de lanas y ovejas[34].

Destacada posición social y económica poseyó Francisco Proaño de los Ríos. El Cabildo fue el núcleo de la actividad política y social de la América virreinal hasta la misma separación de la Península, los grupos de poder se organizaban en torno a este con el fin de formar sus círculos de influencia y afirmar su condición de élite. El Cabildo quiteño desde su fundación tuvo un peso decisivo en la vida política y económica del distrito y de la Audiencia, manteniendo su fuerza a lo largo de los siglos bajo el firme gobierno de las autoridades imperiales. En el caso particular de Quito después de la revolución de las Alcabalas, los cargos, entre ellos el de Corregidor de Quito, como en el de otras villas, “sería dado por los virreyes limeños a caballeros de su séquito, deudos o paniaguados, beneméritos peruanos y chilenos (a esto últimos se les reservó el cargo de corregidor de Chimbo). Igual sucedió con los corregimientos de Latacunga, Riobamba, Chimbo, Otavalo, Ibarra, Cuenca, Loja-Zaruma y de Guayaquil.”[35] Variados fueron los cargos que desempeñó el capitán Proaño de los Ríos dentro del Cabildo quiteño, asimismo siendo nombrado corregidor de Otavalo, como ya hemos detallado supra. Indica Ortiz de la Tabla que “estas autoridades locales y regionales formarán un nuevo grupo de la sociedad quiteña, enlazando algunos de sus miembros con antiguas familias del distrito o formando tronco de linaje de ricos hacendados y obrajeros.” Respecto a ese enlazamiento señala Ortiz de la Tabla que “también a fines del XVI y primeras décadas del XVII encontramos estos lazos en varios corregidores de villas de segundo rango: … En Otavalo, Francisco Proaño, casado con una hija de Francisco Suárez de Figueroa, hermana de encomendero.”[36]

Francisco Proaño de los Ríos, además de su origen, probanzas y méritos propios, supo consolidar su posición social y económica en la Quito de finales del siglo XVI y principios del XVII con las medidas propias de todo peninsular que adquiría prestigio y procuraba introducirse en el estrato dirigente de la comunidad criolla, por tanto el más privilegiado, primero y sobre todo a través de los lazos por matrimonio con la élite que surgió a partir de los conquistadores, los encomenderos y sus descendientes. Su matrimonio con Agustina Suárez de Figueroa permitió que el patrimonio de Pedro Martín Montanero, de los primeros conquistadores y encomenderos de Quito, recayera en los Proaño del siglo XVII y XVIII[37].

El Cap. Don Francisco Proaño de los Ríos, fundador de la nacionalidad quiteña (uno de los muchos), tuvo una vida de servicio dedicada a su Dios, a la Corona Hispana y a su Rey, y a lo que consideró mejor para el bien de su patria chica y de su patria grande.

No sorprende entonces que sus descendientes introducidos al criollaje de la Real Audiencia se hayan integrado plenamente en la sociedad colonial y los descendientes de sus descendientes en la vida republicana.

En el año 2013, sus descendientes vivos podremos celebrar el 420° aniversario de la llegada de su tronco, genearca y fundador, origen de su ser, a la franciscana ciudad de Quito, capital del conocido reino del mismo nombre y de la actual república del Ecuador.

Por Francisco Núñez Proaño

El general Víctor Proaño Carrión, uno de los ilustres descendientes del capitán Francisco Proaño de los Ríos.


[1] “Historia y Viaje del Mundo del Clérigo Agradecido don Pedro Ordóñez de Cevallos.
Natural de la insigne ciudad de Jaén a las cinco partes de la Europa África América y Magalanica con el itinerario de todo él. Contiene tres libros. Con licencia. En Madrid: por Juan García Infanzón, año de 1691.” Libro II, capítulo Capítulo XXXVI. En “Cronistas Coloniales”. Recopilación de José Roberto Páez. Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Quito, 1960. También en “Autobiografías y memorias. Leccionadas e ilustradas por M. Serrano y Sanz”, Casa Editorial Bailly, Madrid,  pp. 412 y 413

[2] Costales Samaniego, Alfredo y Piedad de, El General Víctor Proaño: el explorador del territorio shuar, Coedición Abya-Yala – SAG, Quito 1994, pág. 9

[3] Tratado como Don o don, con mayúsucula o minúscula indistitamente, en todos los documentos públicos, oficiales y privados consultados y que reposan en Quito, Lima, España y que incluye la crónica de Pedro Ordónez de Ceballos.

[4] Libro de Cabildos de la ciudad de Quito, 1593-1597, 27 de septiembre de 1593, estudio y transcripción de Jorge Garcés, Talleres Tipográficos Municipales, Quito 1941,  pág. 61

[5] Ibídem, introducción.

[6] Ibídem, pág. 225 y sigs.

[7] Ibídem, págs. 157-158. Los firmantes de este documento constan así: Pedro de Arana; Don Francisco de Mendoza Manrique; Francisco de Cáceres; Pedro Fernández de Espinosa; Don Juan de Londoño; El Licenciado Arias Pacheco; Fernando de Ortega Ugarte; Rodrigo Díaz de Ribadeneira; Diego López de Zúñiga; Don Francisco Proaño de los Ríos; Pedro Ponce Castillejo; Luis de Cabrera; Pasó ante mí, Pedro de Espinosa.

[8] Ibídem, págs. 176-177

[9] Decimos que se reafirmó en esa fecha, debido a que anterior a este nombramiento y solemne juramento, consta en datas anteriores del Libro de Cabildos de Quito con el mismo oficio.

[10] Ibídem, pág. 201

[11] Descalzi del Castillo, La Real Audiencia de Quito – Claustro en los Andes, Ed. Seix y Barral, 1978, pág. 339

[12] Vargas, José María, Historia del Ecuador – siglo XVI, Centro de Publicaciones de la Pontifica Universidad Católica del Ecuador, Quito 1977, pág. 309

[13] Libro de Cabildos, agosto 11 – 1595, págs. 273-274

[14] Andrade Marín, Luciano, Historietas de Quito, Ed. Grupo Cinco Editores, Quito 2000, pág.173

[15] Libro de cabildos, mayo 17 -1596, págs. 366-367

[16] Zumárraga, Pedro Manuel, Monografía del Cantón Antonio Ante, La Prensa Católica,Quito 1949, pág. 78

[17] En busca del mar: http://www.lahora.com.ec/index.php/noticias/show/441836/-1/En_busca_del_mar.html#.UAiECbRfG4E

[18] En: Burgos Guevara, Hugo, Primeras doctrinas en la Real Audiencia de Quito, 1570-1640,Ed. Abya-Yala, Quito 1995pág. 313 y también en: Monroy, Joel, El Convento de la Merced de Quito de 1534-1617,Ed. Labor, Quito 1938, pág. 317   

[19] Libro de cartas escritas por los Reyes Nuestros Señores, Sumos Pontífices, Virreyes y otros ministros de esta Real Audiencia al Cabildo de Quito, 1589-1714, edición y compilación a cargo de Gustavo Chiriboga C., Talleres Tipográficos Municipales, Quito 1970,  págs. 20-21

[20] Ibídem, págs. 23-24

[21] “Provisión de su Exma. para que sobre los tributos del capitán don Francisco Proaño de los Ríos de los tributos de Píllaro, de Patate y sus anexos de la Corona Real”. 1585 -1628. Archivo Nacional de Historia del Ecuador – Quito Sec. Trib. Caja N° 1: fol. 1. Citado en Costales Samaniego, Alfredo y Piedad de.  

[22] Ibídem, fol. 1v

[23] Ibídem

[24] Ibídem, fol. 2

[25] Ortiz de la Tabla Ducasse, Javier, Los encomenderos de Quito: 1534-1660. Origen y evolución de de una élite colonial,Escuela de Estudios Hispano-Americanos, Sevilla 1993, pág. 265

[26] Costales Samaniego, Alfredo y Piedad de, pág. 9

[27] Ibídem.

[28] Ibídem, pág. 10. Pilar Ponce Leiva en su libro “Certezas ante la inservidumbre: Élite y Cabildo de Quito en el siglo XVII” apunta en el Apéndice III “Esposas de Cabildante quiteños, 1593-1701” el matrimonio entre el español Francisco Proaño de los Ríos y la criolla Agustina Suárez Figueroa.

[29] Así la llama su sobrino Francisco Proaño de los Ríos en 1670, nieto del 1°. ANH/PQ. Sec. Prot. 1670 Tomo 144, Notaría I, fol. 1. Citado en Costales.

[30] Costales, pág. 10.

[31] Ibídem

[32] Jurado Noboa, Fernando, La Ronda: nido de cantores y poetas, Quito 1996,  pág.49

[33] Costales, pág. 10

[34] Ibídem

[35] Ortiz de la Tabla, pág. 140

[36] Ibídem, pág. 141

[37] Ibídem, pág. 196



TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR

Opción preferencial por los nobles: “La verdad se encuentra en el marco de una concepción jerárquica normal; nunca la ‘intelectualidad’, sólo la ‘espiritualidad’, comprendida como principio creador de precisas diferencias ontológicas y existenciales, hace de base para el tipo aristócratico y su derecho.” (Julius Evola)

Pongo a disposición de los investigadores genealógicos, históricos y público en general la siguiente obra clásica, referente y pionera en el campo descuidado de la Nobleza en el actual territorio del Ecuador.  A la sangre se la honra con las virtudes, con las acciones.

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JOSÉ ALEJANDRO GUZMÁN

C. de la Academia Mexicana de Genealogía y Heráldica

 TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR

MADRID

1957

Prólogo del Conde de Canilleros                                                           

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Imp. Juan Bravo, 3- Madrid

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Dedicatoria:

 

A mis padres, Dr. Don Segundo D. Guzmán Cárdenas y doña Ángela Rodríguez Avilés

 

 

                                               

Prólogo

     Lo primero que deseo consignar es que no fue idea mía el escribir la palabra que encabeza estas líneas. Un prólogo implica altura y responsabilidades. Carezco de lo primero y declino lo segundo. Con ellos resulta indudable que debí clasificar lo por mí escrito como unas Palabras preliminares o como unos Comentarios preliminares, conceptos más a tono con mi modesta intervención en este libro. Pero José Alejandro Guzmán, que sobreestima mi persona con la agrandadora medida de su bondadosa amistad, quiere que le escriba un prólogo, y yo deseo complacerle. Si no en el fondo, por lo menos estoy obligado a que en apariencias esto sea lo deseado por él. Escribo Prólogo, y que perdonen mi osadía.

     Algo me consuela y justifica en esto de ceñirme a un comentario, en vez de dogmatizar prologando. Es lo corriente que el libro malo vaya bien prologado, porque lo necesita para revalorizar la calidad ínfima de la obra. Aquí sucede lo contrario, toda vez que el valor intrínseco del trabajo de José Alejandro Guzmán le estorbarían pretenciosas alegaciones antepuestas a sus páginas. Si con título de Prólogo escribo lo que no son más que palabras o comentarios preliminares, creo que acierto en complacer a los lectores, sin incumplir los deseos del autor.

***

     Uno de los más legítimos motivos que España tiene para enorgullecerse de su glorioso período imperial, es el sello cristiano y fraterno de su conquista y coloniaje. Casi podríamos suprimir estos dos términos, porque lo conquistador estuvo circunscrito al indispensable sometimiento de vastos territorios que se incorporaban a la comunidad cristiana, y la colonia no fue sino la prolongación de la Patria en raza y lengua. España reconoció los rangos de la sociedad aborigen americana y le hizo sin regateos ofrenda suprema de su sangre, fundida desde los primeros momentos en el hermoso y humano crisol de lo criollo.

     Así pudo hacerse el milagro de que arraigaran en los ámbitos del Mundo Hispánico los linajes, con la misa heredada hidalguía, con las mismas armas heráldicas que lucieron solariegos palacios y casonas de Extremadura o Castilla, de Vasconia o Andalucía. Fue todo un vasto mundo idéntico, en el que la fe, las tradiciones y las virtudes raciales afirmaron la realidad inmutable de una continuidad histórica, fraguada al calor de los trasplantados cristianos hogares españoles, bajo el signo de unos apellidos que no hicieron sino prolongar en América las ramas del noble tronco de seculares raíces hispanas. Fueron las familias, esas maravillosas células generadoras de las más hermosas realidades, las que crearon el eterno imperio espiritual español. Por eso es y será siempre la genealogía la urdimbre del hermoso tapiz sobre el que se bordaron epopeyas y sobre el que los siglos seguirán poniendo trazos entrañables de vida y de historia.

     El mundo actual, de regreso de demagógicas desviaciones, ha vuelto sus ojos a loa genealógico –sangre y raza-, para encontrar en ello la razón suprema de existir de una sociedad que, sin ridículos hermetismos ni orgullos ridículos, aspira a conservar el recuerdo de los antepasados que supieron servir lealmente al bien común, dejando una espiritual herencia de virtudes familiares. Como en la designación externa de tales méritos los títulos nobiliarios formaban la vanguardia de la distinción, dentro de la pléyade hispana de la hidalguía, no pudieron faltar en los nuevos territorios de nuestro imperio, en los que los méritos excepcionales requerían estas hereditarias mercedes perpetuadoras.

***

     Las mercedes concedidas en Ultramar, que tomaron la poética denominación de Títulos de Indias, nacieron con el marquesado del Valle de Oaxaca, concedido en 1529 al insigne extremeño Hernán Cortés, conquistador de México, continuándolas el título de marqués –primero sin denominación y luego de la Conquista- otorgado a otro extremeño magnífico, el conquistador del Perú, Francisco Pizarro, así como el ducado de Veragua y marquesado de Jamaica, con los que se premiaron en su descendencia a los méritos del inmortal descubridor Cristóbal Colón, todos en 1537.

     Tras estos títulos nobiliarios, de grandiosa sonoridad histórica, fueron naciendo, a lo largo de años y siglos, otros muchos, repartidos por todo el Continente Americano y sus avanzadas insulares, para patentizar perpetuamente los servicios de hombres beneméritos.

***

     La hoy República del Ecuador fue el viejo reino de Quito, que el poderoso inca Huayna Cápac quiso incorporar a su vasto imperio, que se llamaba Tahuantinsuyo –las cuatro partes del mundo– y los españoles denominaron Perú. Quiso incorporarlo, y lo incorporó de hecho; pero en su conquista de lo quiteño resultó al fin conquistado lo incaico, porque de los amores de Huayna Cápac con una hija del rey de Quito nació Atahualpa, príncipe guerrero, inteligente y valeroso, que, a la muerte de su padre, tras dura lucha, logró ser acatado y reinar en todo el Tahuantinsuyo.

     Con la llegada de los españoles vino el hundimiento del imperio incaico. Sus provincias, desarticuladas de la estatal máquina centralizadora, quedaban dispuestas para convertirse en audiencias o virreinatos del dominio español, que tuvo en Quito a su primer representante en el extremeño Sebastián de Benalcázar, primer conquistador de aquellos hermosos territorios, en relación con el cual no quiero silenciar el incomprensible y repetido error de llamarle Benalcázar, que nada Significa, en vez de Belalcázar, nombre de un pueblo del sur de Extremadura, del que tomó apellido el heroico paladín.

     El reino de Quito fue luego de la Audiencia de igual denominación, en cuyas tierras asentaron los cristianos e hidalgos hogares españoles, los nobles linajes que, con idéntico lustre que en el solar hispano, ostentaron, a la sombra del Chimborazo o del Cotopaxi, sus escudos heráldicos, sobre alguno de los cuales iban a lucir coronas de títulos nobiliarios.

***

     José Alejandro Guzmán -¡qué apellido de más española resonancia histórica!– es un joven lleno de inquietudes espirituales y de noble afán investigador. La juventud no se ha desbordado en él hacia fuera, en estéril torrente sin misión ni cauce. Un hondo sentimiento vocacional encauzó sus bríos hacia lo histórico, en la especialidad concreta de la genealogía. Estudioso y erudito, los pocos años no impiden que pueda ofrecernos frutos maduros y sazonados, obtenidos en pacientes investigaciones, con científico rigor histórico. Por eso pudo figurar con destaque en el Congreso Internacional de Genealogía  y Heráldica, celebrado en Madrid en 1955, y por eso su producción cuenta ya con las siguientes obras: Corregidores de Guayaquil, Los presidentes de la Real Audiencia de Quito, Código de Bellas Artes, Autoridades de la provincia de Quito y Los Coello de Portugal. Los méritos de esta última le valieron al autor su ingreso en la Academia Mejicana de Genealogía.

     Guzmán es ecuatoriano. Vino al mundo a orillas de la azul inmensidad del océano que hoy llamamos Pacífico y que por mucho tiempo, a partir de aquel día septembrino de 1513 en que lo descubriera el extremeño Vasco Núñez de Balboa, se denominó Mar del Sur. Meció su cuna la alegre ciudad de Guayaquil, fundada por el también extremeño Francisco de Orellana, antes de marchar a la expedición que le depararía la gloria de descubrir el río más caudaloso del mundo, el Amazonas. Su patria ecuatoriana atrajo sus actividades investigadoras, que se centraron así en una especialización más concreta aún, dentro del campo genealógico.

     Guzmán nos ofrece hoy en este libro, Títulos Nobiliarios en El Ecuador, la creación y sucesiones de tales mercedes, como una primera parte, que completará un segundo volumen con las genealogías de las familias tituladas.

     La presente obra es la segunda de este tema con carácter monográfico que se publica en relación con países de Hispanoamérica, pues hasta ahora solamente Cuba tenía otra semejante, la publicada sobre títulos cubanos por Rafael Nieto Cortadillas.

     José Alejandro Guzmán no ha escatimado esfuerzo ni detalle en un deseo de exhaustividad. Las partes del presente volumen abarcan todas las posibles facetas de contacto de las mercedes nobiliarias con lo ecuatoriano, ya que no se ciñe tan sólo a los títulos concedidos en El Ecuador, sino que comprende cuantos, de una manera o de otra, tuvieron relación con este país. Su método es ordenado y científico; su exposición, clara y acertada. Títulos nobiliarios en El Ecuador es una obra que viene con méritos propios a enriquecer la bibliografía nobiliaria y genealógica. En ella se salpican, junto al dato y a la cronología, valores de resonancia histórica, que van desde el parentesco de los Marqueses de Solanda con el citado descubridor Orellana, hasta los próceres de la Independencia.

***

     No quiero concluir estas líneas sin buscar una justificación a que figuren aquí. Podría ser suficiente la leal y ya aludida amistad del autor; pero yo sé que hubo otra razón poderosa para que me encargase de que le escribiera un prólogo. Esta razón la puede compendiar una palabra: Extremadura.

     Extremadura es una región que impresiona al viajero que recorre España. Sus ciudades -Cáceres, Trujillo, Mérida, Medellín…- son relicarios de arte, mundos detenidos en siglos pasados, que envuelven en una poderosa evocación histórica. Además, para un hispanoamericano, Extremadura es su propia historia heroica del período imperial, porque no  hay un solo de los grandes caudillos de las conquistas americanas que no naciera en tierras extremeñas. Ya van hechas en estas páginas menciones que lo atestiguan así al citar a grandes paladines, extremeños todos, junto a los que aún habría que poner otros, tales como Pedro de Valdivia, conquistador de Chile; Pedro de Alvarado, conquistador de Guatemala, o Hernando de Soto, el héroe de Florida, por hacer mención de algunos de los que faltan.

     Yo soy extremeño, y José Alejandro Guzmán estuvo conmigo en Extremadura. Junto a su ya repetida cariñosa amistad, fue la fuerza evocadora de aquella región la que le hizo fijarse en mí, sin méritos míos, para que le prologara este libro. Yo le complazco, torpe y gustosísimamente, porque la calidad de su obra me enorgullece de estampar mi nombre en ella y porque mi espíritu de extremeño me mantiene en perpetuo amor a todo lo americano.

    Quiero pensar que los lectores darán a mis palabras el valor modesto, pero indispensable, del telón que cierra la escena y se descorre, al fin, para dar paso, concretamente aquí, al erudito trabajo Títulos nobiliarios en el Ecuador, con el que José Alejandro Guzmán dejará complacidos los deseos de estudiosos e investigadores.

MIGUEL MUÑOZ DE SAN PEDRO

Conde de Canilleros y de San Miguel.

C. de la Real Academia de la Historia.

A D V E R T E N C I A

 

La presente obra está dedicada a los Títulos nobiliarios en El Ecuador, algunos de los cuales fueron figuras fulgurantes en los campos de las Ciencias y de las Artes, como el I Marqués de Villa Rocha, insigne matemático y literato, y otros ocuparon las primeras dignidades de los gobiernos en América, como los primeros Marqueses de Caderita y el ya citado de Villa Rocha, que fueron, respectivamente, Virrey de la Nueva España y Presidente (dos veces) de Tierra Firme (Panamá); el III Marqués de Solanda, primero y único ecuatoriano que fué Presidente de la Real Audiencia de Quito; el II Marqués de Selva Alegre y el V Conde de Selva Florida, Presidente de la Junta Soberana de Quito.

Al estudiar a los Títulos ecuatorianos queremos contribuir con nuestro grano de arena al mejor sostenimiento del Gran Edificio Histórico del Ecuador, que lo constituyen las acciones y méritos de sus grandes hombres, a los que, para honrarlos debidamente, no sólo es necesario conocer sus nombres y a veces recordarlos, sino que, para que sus acciones y méritos sirvan de ejemplo, es preciso conocer la trayectoria del curso de sus vidas, destacando lo más saliente de ellas, como

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son sus actos y merecimientos, que los han elevado al Altar de la Patria, para que desde allí guíen los pasos de las generaciones futuras, como los suyos fueron guiados por el estímulo del ejemplo de sus mayores, que se conocen gracias a la Ciencia Genealógica, que es la auxiliar, y muy importante, de la Histórica.

La Historia de mi querida patria, El Ecuador, está íntimamente ligada con la vida de algunos títulos de Castilla, que tuvieron capital y definitiva intervención en la Historia de mi país. Esos títulos ecuatorianos, Próceres de nuestra Independencia, fueron:

El VI Marqués de Solanda (consorte), Gran Mariscal de Ayacucho, vencedor en Pichincha, descendiente de los Marqueses de Preux; el V de Villa Rocha (cuyo primer titular, de la familia de los ya citados de Solanda, doctor José Antonio de la Rocha y Carranza, procedía del Conquistador don Martín González de Carranza, Caballero Hijodalgo, Conquistador de Mainas, y del Capitán don Andrés de Contero, Conquistador de Quijos y Gobernador de Guayaquil y Portoviejo, nacido en Segovia (España), ambos ascendientes del autor); el IV de Villa Orellana (que, como los de Solanda y Villa Rocha, fué del linaje de los Orellana, de la villa de Perales, oriundo de Trujillo, linaje al que perteneció también el Capitán Francisco de Orellana, fundador de la mi hoy ciudad de Guayaquil, descubridor del gran río ecuatoriano, el Amazonas, y en cuyo segundo viaje, en su calidad de Gobernador, fué su compañero el Capitán Diego García de Paredes, fundador

TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR                19

de Trujillo de Venezuela, hijo del Sansón de Extremadura, el Capitán don Diego García de Paredes, ascendiente, a su vez, de mi buen amigo el erudito historiador español Conde de San Miguel y de Canilleros, de la Real Academia de la Historia, y del linaje de nuestra Santa Mariana de Jesús Paredes, conocida por la Azucena de Quito); el II y IV de Miraflores (de la antigua familia extremeña de los Flores de Lizaur, que en El Ecuador produjo la gran figura guerrera de la Independencia, el General don Ignacio Flores, nacido en Latacunga e hijo del I Marqués de Miraflores); el III de Selva Alegre, brillante prócer de la Independencia española; el de Maenza, Marqués de Casasola y Conde Puñonrostro, que primero sirvió a la causa de la Independencia de su patria, El Ecuador, para luego, en España, hacer brillante la guerra de la Independencia, interviniendo en la defensa de Madrid  y en otras muchas importantes acciones de guerra; el II de San José y los Condes de Selva Florida y Casa Gijón.

También merecen ser recordados: el I Marqués de Villa Orellana, que, siendo Alcalde de Quito, hizo la Alameda, hermoso ornamento de la capital ecuatoriana; el II Marqués de Selva Alegre, a cuya costa se imprimió en Bogotá el brillante discurso del precursor de la Independencia, el sabio ecuatoriano doctor Eugenio Espejo, dirigido al pueblo de Quito, haciendo ver la importancia de crearse, como luego se hizo, la Escuela de la Concordia, crisol de nuestra independencia; el Marqués de Maenza (consorte),

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que prestó toda su cooperación a los trabajos de los geodésicos franceses para medir el meridiano del Ecuador, y el I Conde del Real Agrado, que apoyó económicamente a su pariente, el sabio Pedro Vicente Maldonado, en la construcción del importante camino de Quito a Esmeraldas.

Los Títulos que en la presente obra estudiamos son aquellos que los Reyes de España concedieron a ecuatorianos ilustres por los servicios prestados y por sus méritos personales, y los que, habiendo sido otorgados a españoles residentes en la Península, y en algunos países de América y Europa, correspondieron a ecuatorianos por sucesión y por alianza; como aquellos títulos, algunos de cuyos dignatarios casaron con hijos de ecuatorianos.

Entre los Títulos vecinos del Ecuador que también vemos en esta obra merecen atención, por sus trabajos o cargos que desempeñaron en el país los siguientes: Conde de Peñaflorida, I de Ruiz de Castilla y el Barón de Carondelet, Presidente de la Real audiencia de Quito, los Condes de Sierra Bella (padres del segundo dignatario, nacido en Quito, que fué Corregidor de Riobamba) y I de Cumbres Altas, que fueron Oidores de Quito; los primeros Marqueses de Casa Boza y de Casa Pizarro, que fueron Gobernadores de Guayaquil; el de Casa Boza, primer Corregidor de la citada ciudad, que tuvo dignidad y título de Gobernador, y el segundo, que, por las buenas obras que realizó en la ciudad de su gobierno, dejó grata memoria entre sus habitantes, y el Barón de Ortega, Gobernador de

TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR                21

Ambato; el V Marqués de Santa Lucía de Conchán, Corregidor de Quito; el I Marqués de San Lázaro, sabio francés que fué al Ecuador integrando la Comisión de los geodésicos franceses, y el Barón de Humbolt, que realizó en tierras ecuatorianas importantes trabajos científicos.

Aún cuando esta obra se refiere concretamente a los títulos nobiliarios concedidos por los Reyes de España, no hemos querido omitir, en breves citar, a algunos de los títulos extranjeros que ostentan u ostentaron ecuatorianos por sucesión, alianza o fueron vecinos del país, y cuya no completa relación está incluida en los respectivos capítulos de la presente obra. Y también, aunque no entra en la clasificación de títulos nobiliarios, pero sí en las dignidades de Casas Reales, hemos creído conveniente incluir en el Apéndice de este volumen a un miembro de las Casas Reales de las dos Sicilias y de Baviera, que casó con ecuatoriano y residió en el país.

Y, para terminar esta Advertencia, nos resta decir que Títulos nobiliarios en El Ecuador, cuya primera parte, en que se hace relación de los Títulos, comprende el presente volumen, tendrá un segundo, de próxima aparición, con la segunda parte de la obra, dedicada a las genealogías de las familias tituladas que estudiamos en este tomo.

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HOJA EN BLANCO

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PRIMERA PARTE

          TÍTULOS ECUATORIANOS

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HOJA EN BLANCO

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CAPÍTULO I

            TÍTULOS POR CREACIÓN

 

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HOJA EN BLANCO

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M A R Q U E S E S

 

                                                           CADREITA

 

DIEZ DE AUX DE ARMENDÁRIZ

 

I.- DON LOPE DIEZ DE AUX DE ARMENDÁRIZ Y SAAVEDRA,

     VI Señor de Cadreita, Caballero de Santiago (admitido el 16 – I – 1606), Gentilhombre de boca de S. M., nacido en la ciudad de Quito hacia 1575, educado en la de Santa Fe de Bogotá y llegado a España de seis años de edad, fué creado I Marqués de Cadreita por Felipe III el 29 de diciembre de 1617 (1), según consta en el legajo 5.240 – Rel. Núm. 3 bis, fol. 7 (2).

El I Marqués de Cadreita fué Virrey de la Nueva España, Embajador de la Corte Española ante la de Alemania y Roma, Mayordomo del Rey, General en propiedad de la Armada de la Guardia de Indias y de los galeones de la plata de la Carrera de Indias (alcanzando en 1633 la famosa victoria sobre los holandeses, echándoles del puerto y fortaleza de la isla de San Martín), y al fin de Consejero de Guerra.

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(1) ATIENZA. CARRAFA, erróneamente, dice fué 29 de abril de 1617.

(2) Archivo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

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Era hermano entero de Fray Luis de Armendáriz, también nacido en la ciudad de Quito, de la Orden de San Bernardo, que llegó a ser Obispo de Jaca (Huesca, España), Arzobispo de Tarragona, Virrey de Cataluña y político de la Marquesa de Falces; ambos hijos de don Lope Díez de Aux de Armendáriz, II Presidente de la Real Audiencia de Quito.

Casó con doña Antonia de Sandoval y Rojas, viuda sin sucesión de don Alonso Cárdenas, VI Conde de la Puebla, fallecido el 14 de junio de 1615 (3); que testó en 1644 y 1699, siendo hermana de doña Francisca Enríquez, IV Condesa Consorte de Chinchón, en la que tuvo a su única hija, heredera en el título, que se llamó:

II.- JUANA FRANCISCA DIEZ DE AUX Y RIVERA,

      II Marquesa de Cadreita en 11-1-1645, y Señora del Mayorazgo de igual denominación, y Condesa de la Torre (Ver este titulo), fallecida el 15 de septiembre de 1696, siendo Camarera Mayor de la Reina María Ana de Baviera. Había casado, en 1645, con don Francisco de la Cueva y Enríquez de Mendoza, VIII Duque de Alburquerque, Marqués de Cuellar, Conde de Ledesma, Vizconde de la Huelma (Ver este título), etc., etc., Virrey de la

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(3) OCARIZ Y VILAR Y PASCUAL

TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR                29

Nueva España y fundador de Nuevo México. Testó el 12-III-1676 y 25-IX-1689.

Le sucedió su hija:

III.- ANA ROSALÍA DE LA CUEVA Y DIEZ DE AUX,

        III Marquesa de Cadreita y Señora de su Mayorazgo, que otorgó poder (17-IX-1696) para tomar posesión del Marquesado; hermana de otra doña Ana, Marquesa de Alcañices, y de don Baltasar, Marqués de Malagón. Casó con su tío carnal don Melchor de la Cueva y Enríquez de Mendoza, IX Duque de Alburquerque (Ver este título), General de la Armada del Mar Océano, Gentil – hombre de la Cámara del Rey y de su Consejo de Estado.

Le sucedió su hijo:

IV.- FRANCISCO DE LA CUEVA Y DE LA CUEVA,

     X Duque de Alburquerque, Conde de Ledesma, etc. (Ver estos títulos), casado con doña Juana de la Cerda y Aragón, hija del VIII Duque de Medina Sidonia y de la VIII Duquesa de Segorbe y de Cardona.

Padres de.

V.- ANA CATALINA DE LA CUEVA Y DE LA CERDA,

      Marquesa de Cadreita y Condesa de la Torre, casada, en 1690, con don Carlos Spínola, Marqués de los Balbases.

Padres de:

30                                           JOSÉ ALEJANDRO GUZMÁN

VI.- MARÍA DOMINGA DE SPÍNOLA Y DE LA CUEVA,

       Marquesa de los Balbases, Marquesa de Cadreita y  Condesa de la Torre, fallecida en 1758 y casada, en 1754, con don Manuel Pérez Osorio, XII Marqués de Alcañices, fallecido en 1793, hijo del Marqués de Montaos y nieto de don Manuel Pérez Osorio Vega y Vivero, X Marqués de Alcañices.

Le sucedió su primogénito:

VII.- MANUEL PÉREZ OSORIO Y SPÍNOLA DE LA CUEVA,

         XIII Marqués de Alcañices, Marqués de Caderita, Duque de Alburquerque (Ver este título), etc., nacido en Madrid, casado primero con doña María de las Mercedes Zayas y Benavides, IV Duquesa de Algete, Condesa de las Torres, Marquesa de Cullera, hija única del III Duque de Algete.

Padres de:

VIII.- NICOLÁS OSORIO Y ZAYAS,

       Duque de Alburquerque, de Algete, etc., Marqués de Caderita, en 1847; XVI de Alcañices, de los Balbases, de Cullera, Grande de España, Mayordomo de S. M., Gentilhombre de Cámara, Gran Cruz de Carlos III, Maestrante de la Real de Sevilla, Senador, etc., etc., nacido en

TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR           31

Madrid el 13 de febrero de 1799 y casado con doña Inés Francisca de Silva. Marqueses de Caderita, etc., etc.; en DUQUES DE ALBURQUERQUE (Ver este título)

    

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CASA FIEL PÉREZ CALISTO

 

I.- PEDRO PÉREZ CALISTO,

I  Marqués de Casa Fiel Pérez Calisto a mediados del siglo XIX (1) (2), nacido en la ciudad de Quito y hermano de don José María Pérez Calisto, Comendador de la Orden de Isabel la Católica; era hijo de don Pedro Pérez Muñoz y de doña Teresa Calisto y Borja, nacida en Quito (3).

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(1) Según los historiadores ecuatorianos: DOCTOR LUIS FELIPE BORJA, CRISTÓBAL DE GANGOTENA Y JIJÓN Y PEDRO ROBLES Y CHAMBERS.

(2) El título fué concedido para sí y sus descendientes, otorgándosele, además, un nuevo escudo de armas compuesto de dos leones afrontados, sosteniendo en alto una corona real, haciendo alusión a sus ascendientes, que murieron por defender la causa del Rey en América. (Según Real Despacho del 6 de marzo de 1817, el Rey de España exigió de la Presidencia de quito el informe con la “correspondiente justificación acerca de las gracias pretendidas por los individuos procedentes de la familia de Calistos en premio de la heroica fidelidad” de los de esta familia, como veremos al estudiar la genealogía de los Calistos. (Informe al Rey del General Melchor Aymerich, fechado en Quito el 22 de junio de 1820).

(3) Fué el I y único Marqués de esta denominación, aún cuando el título fue rehabilitado en España, con una variante en el nombre, (cambia la s por x y suprime casa) por:

TÍTULOS NOBILIARIOS EN EL ECUADOR             33

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I.- DOÑA MARÍA DEL CARMEN DE LA ROCHA Y PÉREZ ARANDA Y MOLINA, I Marquesa de Fiel Pérez Calixto, el 13 de marzo de 1894 y Real Despacho del 9 de abril del mismo año (ATIENZA), nacida en Jerez el 29 de enero de 1859, fallecida el 2 de septiembre de 1926 y casada el 21 de julio de 1882 con don Lorenzo Lacave Panet, nacido el 12 de marzo de 1846 y fallecido el 16 de agosto de 1905 (RIPALDA: Títulos de Castilla, pág. 353).

Le sucedió su nieto: (RIPALDA).

II.- PEDRO LACAVE Y PATERO DE LA ROCHA Y ETCHCOZAR, II Marqués de Fiel Pérez Calixto, desde 1927 (ATIENZA), sobrino de doña Eugenia Lacave de la Rocha Panet y Pérez, nacida en Cádiz el 28 de enero de 1884 y casad el 28 de agosto de 1904 con don Mariano Villalonga Ibarra, I Conde de Villalonga, con sucesión (RIPALDA: Obra citada). El actual  y II Marqués de Fiel Pérez Calixto reside en Jerez de la Frontera (GUERRERO BURGOS: Grandezas de España).

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Quito: de reino industrial a república bananera. Historia secreta de América -15-.

Quito: de reino industrial a república bananera.

 (Extraído de mi obra inédita “Quito fue España”)

     Involución hacia el subdesarrollo y la dependencia:

     “El costo de la campaña del Perú, en términos de dinero, vidas humanas  y soldados, había sido cada vez más grave por varios años. El precario estado del erario de Quito y Cuenca había empeorado por la suspensión temporal del tributo indígena, fuente importante de recursos de la Sierra. La imposición por parte Bolívar de una ‘contribución directa’ de tres pesos por ciudadano provocó la airada oposición de personas de toda clase y raza. Otra fuente de fricción fue la política de bajos aranceles  o ‘libre comercio’ mantenida por la Gran Colombia, la misma que permitía que los textiles británicos de bajo precio inundaran aquellos mercados que anteriormente habían sido abastecidos por obrajes serranos.”[1]

     En la Real Audiencia de Quito se desarrolló una industria textil notable[2].Quito exportaba productos animales terminados como ropa de lana a un precio bastante alto en relación a su volumen[3]. Tal fue el nivel de producción que a principios del siglo XVII es posible considerar a la industria textil como una industria que la Corona, los encomenderos y los empresarios coloniales competían por el control de la mano de obra y por los beneficios de la producción textil.[4] Acompañado de esta bonanza industrial y económica se produjo en el siglo XVII un auge demográfico en la Audiencia[5], durante el siglo XVIII el crecimiento poblacional se mantuvo e incluso se incrementó[6], exponiendo así la estabilidad social que permitía un crecimiento sostenido pese a la crisis económica producto de las reformas borbónicas; contrasta en cambio lo sucedido en el siglo XIX, constituido este como el siglo de la “libertad”, de las revoluciones y de las guerras de guerrillas, a partir de la Independencia la población en general y la económicamente activa en particular disminuirían de forma acelerada, desastrosa; entre 1821 y 1915, un período de 94 años los continuos conflictos armados internos cobraron la vida de una tercera parte de la población masculina activa del Ecuador[7], puntualizando que el porcentaje anotado corresponde solo a la guerrilla, sin considerar el alto porcentaje de muertos que dejaron loas grandes batallas ni los muertos ocasionados por las múltiples rebeliones indígenas en todo el territorio nacional, que solo ellas, cuadruplican la cifra de muertos que arroja la guerrilla[8]. “Esta contante mortandad causaba el desmoronamiento creciente de la estructura sico-social de la población, aumentaba la escasez de mano de obra dedicada a actividades productivas, el deterioro de la economía, el estancamiento del desarrollo, el deterioro demográfico y demás funestas consecuencias de todo orden” sentencia el antropólogo, historiador, investigar y científico social Alfredo Costales Samaniego. Las ganancias económicas que habían propiciado un apogeo económico durante los siglos XVI, XVII y la primera mitad del XVIII, se vieron detenidas y finalmente destrozadas primero por las reformas borbónicas, sobre todo por la apertura del libre comercio y por la posterior secesión o independencia[9].

     Sin dilaciones la industria quiteña había sido arruinada a lo largo del proceso de la guerra civil entre 1809 y 1824, curiosamente siguiendo los planes del mentado plan inglés de humillar a España. “Quito perdió su principal industria por razones fuera de su control… Los métodos tradicionales de producción y de transporte cayeron víctimas de la política liberal de intercambio transatlántico…” señalaría el investigador histórico Robson Brines Tyrer[10].

     Los datos de las exportaciones lo revelan, desde 1768 estas se redujeron en un 64%. Los astilleros de Guayaquil, floreciente durante los dos siglos anteriores, producían en 1822 un tonelaje inferior en dos tercios a su mejor período[11]. Las armerías de Latacunga (cuya calidad de pólvora tanto admiraba Humboldt) y los obrajes de Otavalo no son más que sombras de lo que fueron hacia solo 40 años[12].

     Para cuando fuimos anexados a la Gran Colombia, el país vivía ya del cacao; el 70% de los ingresos económicos provenían de esta fruta, único producto que en el momento tenía una productividad alta[13]. Los inicios de la república bananera.

     Las exportaciones comenzaron a limitarse a productos de tipo agrícola, y comenzaba la expansión del comercio inglés en Quito y toda Sudamérica[14]. La primera globalización económica. Las poderosas factorías británicas se encontraban paradójicamente necesitadas de conquistar el mundo para poder subsistir, consecuencia del capitalismo y de la ética protestante, que veía en el lucro el signo de predestinación.  La economía debe subordinarse a la política, pero para la mentalidad moderna y capitalista la política debe someterse a la economía; la ayuda de la gran gerencia de las compañías comerciales anglosajonas, también conocida como corona británica, al prestar apoyo indispensable a la secesión o independencia intentaba no solo acabar con la geopolítica hispana sino y sobre todo alcanzar la hegemonía económica en el continente americano primero y en el mundo después.

     Las ramas fundamentales del desarrollo, esencialmente la industria, no pudieron resistir la presión de los productos ingleses que, como resultado de la independencia de Guayaquil, comenzaron a invadir todo el país[15], desplazando al producto nacional por su menor precio (logrado por la economía de escala) y por el prestigio cultural de los productos importados.

     La disyuntiva era clara: o se protege a la industria nacional, castigando arancelariamente las importaciones, o estaríamos condenados a transformarnos del país industrial que éramos en un simple productor de bienes agrícolas y materias primas con todo lo que ello de peligroso implicó de hecho para el futuro.

     La independencia favoreció, sin duda alguna, a los comerciantes, que comenzaron a levantar el mito de que somos un “país agrario”, incluso afirmando que es “eminentemente agrícola”, lo que es falso y contraviene los hechos de la historia. En resumen: al no apoyar sino que además destruir la industria, el país quedó en manos de unos pocos comerciantes de cacao y banana. Solo estimulando las manufacturas tradicionales y restringiendo el comercio importador, podríamos habernos dado el lujo de ser independientes. La república bananera y de opereta había comenzado.

Por Francisco Núñez del Arco Proaño. 

[1] Van Aken, Mark, El rey de la noche, Ed. Banco Central de Ecuador, Colección Histórica Vol. 21, Quito, 2005,  pág. 56

[2] Brines Tyrer, Robson, Historia demográfica y económica de la Audiencia de Quito, Ed. Del Banco Central del Ecuador, Biblioteca de Historia Económica Vol. 1, Quito, 1988, pág. 85.

[3] Ibídem, pág. 86.

[4] Ibídem, pág. 119.

[5] Ibídem, pág. 78

[6] Ibídem.

[7] Costales Samaniego, Alfredo, La guerrilla  azul, Ed. Abya Yala, Quito, 2002, pág. 33

[8] Ibídem.

[9] Brines Tyrer, Robson, Ob. Cit., págs. 177, 178

[10] Ibídem, pág 179.

[11] ¿Es rentable ser independientes?, en “El quiteño libre” suplemento especial del diario El Comercio, Quito,  25 de mayo de 2002.

[12] Ibídem.

[13] Ibídem.

[14] Ibídem.

[15] Ibídem.



De la Monarquía en América, el Reino de Quito y el posterior Estado de Ecuador. Historia Secreta de América -11-

De la Monarquía en América, el Reino de Quito

y el posterior Estado de Ecuador. [1]

Armas de la monarquía ecuatoriana. (Diseño por Francisco Núñez Proaño basado en documentos históricos ©)

El tema del monarquismo en la América Latina del siglo XIX ha atraído poco interés académico. La mayoría de los estudios sobre las nuevas naciones sudamericanas en los primeros años de independencia se han concentrado en los problemas de liderazgo, redacción de constituciones, relaciones entre la Iglesia y el Estado, federalismo frente a centralismo, militarismo, desarrollo económico y desorden fiscal. El análisis de todos éstos temas es importante e ilumina la difícil transición de América Latina del colonialismo hacia la nacionalidad,pero ignorar o dar poca importancia al gran atractivo que tenían las formas y creencias monárquicas en la región sería eliminar un factor muy importante de la ecuación política.

Quizá la relativa facilidad con que los Estados Unidos pasaron del gobierno monárquico británico al régimen republicano ha hecho que muchos latinoamericanistas norteamericanos subestimaran la importancia del monarquismo en la América Latina del siglo XIX. Cierto que los Estados Unidos vivieron tiempos difíciles como nación incipiente, especialmente durante el período de la Confederación, pero estas dificultades iniciales sirvieron más bien para estimular la tendencia hacia un gobierno central más fuerte, bajo una nueva Constitución, y no hacia una restauración de la monarquía.

También es verdad que hubo algunos que creyeron en la superioridad del sistema monárquico, durante la Guerra de la Independencia norteamericana y aún después, pero en realidad el monarquismo nunca contó con numerosos adherentes serios, varias cartas de Thomas Jefferson y algunas de sus observaciones en The Anas han dado la impresión de que el monarquismo era una fuerza amenazadora en las décadas de 1780 y 1790. Sin embargo, Jefferson exageró mucho la influencia del pensamiento realista y distorsionó los puntos de vista de sus oponentes políticos. Gordon S. Wood y otros autores han demostrado que los americanos eran “republicanos por naturaleza” y que el monarquismo sólo tenía el apoyo de un puñado de figuras públicas.

Los historiadores latinoamericanos saben bien que la experiencia política de las naciones latinoamericanas después de la independencia difiere marcadamente de la de los Estados Unidos. En América Latina los nuevos países están amenazados por dificultades mucho más graves que las que tuvieron que enfrentar los Estados Unidos. Dos de esas naciones, Brasil y México, escogieron la monarquía al principio de su independencia como el mejor régimen de gobierno para sociedades imbuidas de realismo autoritario, resultado de tres siglos de gobierno colonial. En el Brasil del siglo XIX, el gobierno efectivo de dos emperadores de la familia real portuguesa proveyó a la nación de un alto grado de estabilidad y unidad hasta casi final del siglo. El primer ensayo mexicano de monarquía fue mucho menos afortunado que el de Brasil. El inepto (Nota editorial: observación muy personal y subjetiva del autor) Agustín de Iturbide (Agustín I) sólo logró hacerse a su corona durante menos de un año, antes de ser expulsado por un levantamiento militar.

La penosa historia de los monarcas de México, primero con Iturbide y más tarde con Maximiliano, ha contribuido probablemente a la noción generalizada de que el monarquismo no merece la atención de los historiadores serios. La mayoría de los estudios sobre el realismo en México se ha centrado en episodios y personajes dramáticos, y especialmente en el fatal reinado de Maximiliano y Carlota hacia la mitad de la década de 1860. El proyecto monárquico del general Mariano Paredes, a mediados de la década de 1840, es poco conocido y quizá habría sido totalmente ignorado a no ser por el trabajo del historiador español Jaime Delgado.
El único estudio general del monarquismo mexicano es una poco conocida tesis doctoral de Frank J. Sanders, ”Propasals for Monarchy in México, 1823-1860″.

Aunque el monarquismo en Argentina fue menos importante que en México, ha recibido sorprendente atención de parte de los estudiosos. Los diversos esfuerzos realistas de Mariano Moreno, Bernardino Rivadavia y otros han sido estudiados a fondo por cierto número de historiadores, especialmente Ricardo Piccirilli, José Miguel Yrrázaval Larraín, Bartolomé Mitre, William Spencer Robertson, y Julián María Rubio. No es fácil determinar si los proponentes de la monarquía siguieron siendo importantes en Argentina entre 1834 y 1860, pero en 1861 Juan Bautista Alberdi se convirtió al monarquismo y redactó La monarquía como mejor forma de gobierno en Sud América.Sorprende que Alberdi, que tanta inspiración intelectual prestó a la Constitución liberal argentina de 1853, presentara argumentos a favor de la monarquía, pero lo hizo como respuesta a la crisis política Argentina y a la ola de pesimismo republicano que recorría gran parte de América del Sur, en un momento en que se estaban desarrollando planes para restaurar la monarquía en México y el Ecuador. El hecho de que un prominente intelectual argentino de la talla de Alberdi vacilara entre el republicanismo y el monarquismo en la década de 1860 indica que el atractivo de esta segunda forma de gobierno no se limitaba a unos pocos reaccionarios excéntricos mexicanos.

Casi todos los monárquicos latinoamericanos pensaban que les era necesario ocultar no sólo sus opiniones políticas, sino especialmente sus planes para establecer tronos en el Nuevo Mundo, indudablemente, se daban cuenta de que sus puntos de vista chocaban con las opiniones populares y de que una franca declaración de sus planes provocaría una vigorosa reacción republicana. Las ideas realistas se mantenían en privado y sólo con gran circunspección se actuaba de acuerdo con ellas. Esto se puede observar en el caso del general José de San Martín, quien apoyó propuestas monárquicas tanto en Argentina como en Perú durante la lucha por la independencia. Incluso envió agentes a Europa en busca de un príncipe para el trono que proyectaba crear en Lima y, sin embargo, mantenía una capa de secreto sobre sus ideas y sus planes. Se descubrió el secreto, pero pocos admiradores del héroe argentino de la independencia estaban preparados para admitir la evidencia decía de que éste era monárquico. Un estudio biográfico, que mereció un premio y cuyo autor es Ricardo Rojas, insistía que San Martín estaba libre del pecado de monarquismo.

No había nada de vergonzoso en ser monárquico en la América Latina de los primeros años del siglo XIX. Tres siglos de gobierno colonial habían moderado la sociedad y las instituciones gubernamentales bajo principios autoritarios y aristocráticos, notablemente diferentes de los de la sociedad anglosajona de Norteamérica. La escuela de filosofía política basada en los derechos naturales y un gobierno representativo, jugó un papel muy secundario en la experiencia y el pensamiento hispánicos. El brillante ensayo de Richard Morse en The Fouding of New Societies, compilado por Louis Hartz, subraya las diferencias entre anglosajones e hispanoamericanos. Morse señala que el colapso del estado patrimonial resultante de la independencia “requería la intervención de un fuerte liderazgo personalista”, o sea una dictadura. “Las energías de un gobierno de tal naturaleza”, continúa, “tenían que dirigirse a investir al estado común a legitimidad suprapersonal”. El énfasis gubernamental en las tradiciones culturales, el nacionalismo y el constitucionalismo puede proveer esta condición de legitimidad. Pero el gobierno personalista, según Morse, tiene serías debilidades, entre ellas la “legitimidad no transferible” y la tendencia a gobernar a base de impulsos e intimidación.

Tomando en cuenta tales problemas, era natural que líderes tan penetrantes y responsables como Simón Bolívar y sus compañeros se preocuparan de la inestabilidad política y las dificultades inherentes a la creación de nuevas repúblicas, ostensiblemente basadas en la voluntad popular. Salvador de Madariaga, en una biografía fascinante aunque excesivamente crítica de Bolívar, ha descrito detalladamente la atención dada por Bolívar y algunos de sus consejeros a las fórmulas monocráticas para emplear la palabra utilizada por Madariaga y monárquicas para resolver los problemas políticos de Hispanoamérica. Basándose en un considerable conjunto de evidencias, Madariaga concluye que Bolívar deseaba el establecimiento de una monarquía, y que animó a personas de su confianza a entablar conversaciones con diplomáticos europeos, orientadas a crear un trono sudamericano, aunque al final el Libertador se decidió por un gobierno monocrático y no monárquico, porque temía que la imposición de un gobierno realista resultara contraproducente y destruyera su reputación.

La biografía de Madariaga provocó una fuerte reacción entre los adoradores de Bolívar, en parte por la actitud negativa del autor español hacia el Libertador, pero sobre todo porque describía a Bolívar como monárquico. El historiador venezolano Caracciolo Parra-Pérez rápidamente refutó los asertos de Madariaga con un largo y meticuloso estudio, “La monarquía en Gran Colombia”, que defiende a Bolívar de toda imputación de monarquismo. El erudito ataque a la obra de Madariaga, aunque minucioso e impresionante, presenta a Bolívar como el proverbial pianista de un prostíbulo que dice ignorar lo que sucede en los cuartos de arriba. A pesar de todo, el estudio de Parra Pérez parece haber convencido a la mayoría de los bolivarianistas de que el Libertador jamás favoreció el monarquismo.

Que Bolívar anhelara o no una corona para sí mismo es menos importante que el hecho, claramente demostrado por Madariaga, de que el Libertador y muchos de sus consejeros más íntimos prestaron gran atención a la monarquía y distintas formas de autocracia (dictadura, presidencia vitalicia), como alternativas para controlar las anárquicas fuerzas políticas de Hispanoamérica. En efecto, la principal contribución de Madariaga a nuestra comprensión de lo sucedido después de la independencia es la relación que señala entre monocracia y monarquía, que explica cómo la desilusión con los resultados de gobierno republicano condujo directamente a pensar en las de restauración de la monarquía. La opción por la monocracia era meramente una solución temporal, destinada a ejercer control por medio de la represión y la intimidación. Pero la dictadura no pudo resolver el problema subyacente, señalado por Morse, de la legitimidad y la sucesión ordenada. Desde este punto de vista, la monocracia no era adecuada.

La historia de Hispanoamérica revela que los dictadores han realizado interesantes esfuerzos para resolver el dilema de la sucesión ordenada tratando de instalar dinastías nacionales. En el Paraguay, Carlos Antonio López logró que su inepto (Nota editorial: Nuevamente, esta acotación del autor es de un subjetivismo craso e insultante a la gran figura del Mariscal paraguayo) hijo, Francisco Solano López, le sucediera, aunque todas las esperanzas de una dinastía López se esfumaron con la Guerra de Paraguay (o de la Triple Alianza), al final de la década de 1860. Otro intento de cerrar la brecha entre autocracia y monarquía fue realizado por el general Rafael Carrera, de Guatemala. En 1854 Carrera se proclamó “Presidente Perpetuo” y declaró que debían sucederle primero su esposa y luego su hijo, éste cuando llegara la mayoría de edad. Los indios de Guatemala, que lo llamaban “Hijo de Dios”, proporcionaron algo de la mística de la monarquía, lo mismo que un sacerdote católico que decía en sus sermones que el “Presidente Perpetuo” era el “Representante de Dios”.

Armas del Duque de Tarancón, Don Agustín Muñoz y Borbón(siglo XIX) "Principe del Ecuador" "Restaudrador de la Monarquía en Ecuador, Perú, y Bolivia en principio (con trono en Quito)" "...Rey no coronado de un nuevo Imperio y de una nueva Dinastía".

La “presidencia perpetua” de Carrera ilustra la estrecha relación que existe entre la monocracia y monarquía. Ambas concepciones de gobierno eran atractivas para la filosofía política autoritaria y la experiencia histórica de los pueblos hispánicos. Ambas prometían restaurar el orden y mantener la jerarquía social tradicional. Pero la autocracia, que no contaba con la mística de la realeza y de la ordenación divina, no podía resolver los problemas paralelos de la legitimidad y la sucesión. La intención de Carrera de lograr el apoyo del clero para que sancionara “a divinis” la “presidencia perpetua”, en la que habría de sucederle su hijo, no tuvo más éxito que los esfuerzos de Iturbide en México. El fracaso de Carrera demostró la gran dificultad que había en convertir una dictadura en monarquía sin la mística de la realeza.

La monarquía parecía ofrecer varias ventajas sobre el gobierno dictatorial. Resolvía problemas de la legitimidad y estaba en armonía con la tradición y el sistema social jerárquico. La aceptación general de un prestigioso príncipe europeo, según los monárquicos, eliminaría la necesidad de gobernar por medio de la intimidación. Bajo un gobierno monárquico se podía permitir mayor libertad y la existencia de una oposición moderada, sin temor de que los opositores derrocaran al régimen.

Si excluimos la inverosímil elección de un descendiente de los gobernantes de los imperios indígenas del Nuevo Mundo, los monárquicos hispanoamericanos necesitaban hallar un príncipe europeo para llevar a cabo la restauración. La necesidad de apelar a la realeza europea era un dilema para los monárquicos. Por una parte, los gobiernos monárquicos europeos, con la excepción de España, no deseaban realmente proporcionar un príncipe y enredarse en los asuntos políticos internos de las naciones hispanoamericanas. Por otra parte, a los dirigentes europeos les halagaba que les pidieran ayuda, sobre todo cuando se trataba de otorgar protección contra los agresivos designios de Estados Unidos. Algunos de los planes monárquicos incluían propuestas para establecer protectorados europeos, en parte porque las crisis nacionales que estimulaban tales planes incluían la amenaza extranjera contra la nación que buscaba un príncipe europeo. Además, los realistas hispanoamericanos creían que la oferta de un protectorado podía ser un anzuelo tentador para las naciones europeas que anhelaban extender su influencia a través del mundo.

Gran Bretaña, la mayor potencia marítima de siglo, y la más atractiva candidata a auspiciadora de monarquías, declinó todas las ofertas de los realistas hispanoamericanos. Los gobernantes británicos habían decidido que los riesgos de establecer una monarquía protegida eran mayores que sus posibles beneficios. El inmiscuirse a fondo en los asuntos de una nación hispanoamericana podría afectar las relaciones comerciales con toda la región y provocar acciones retaliatorias de los Estados Unidos. Francia desconfiaba de los planes monárquicos casi tanto como Gran Bretafia, aunque Napoleón III sucumbió a una oferta mexicana, en la década de 1860, con consecuencias fatales. España no era una buena posibilidad, dada su debilidad militar y su manchada aceptación de ex-madre patria. Sin embargo, los monárquicos hicieron ofertas a España, y las autoridades españolas estaban muy dispuestas a aceptarlas. A mediados de la década de 1840, líderes tanto de México como del Ecuador consiguieron ayuda de España para establecer tronos en sus países. Ambos proyectos, uno de los cuales es el tema principal de esta obra, fracasaron rotundamente.

El mayor obstáculo para una exitosa restauración de la monarquía era el problema de cómo lograr la transición de república a su reino. La mayoría de los monárquicos evidentemente creían que sus ideas políticas no eran populares y que debían llevar a cabo sus planes en secreto. Meditaciones colombianas, de Juan García del Río, era una de las pocas publicaciones que defendían abiertamente las ideas monárquicas. El secreto con el cual se rodeaban los planes realistas no sólo hacía más dificil su realización, sino que oscureció la historia del monarquismo en la América española del siglo XIX.

Como consecuencia, gran parte de esa historia se ha relegado al plano del rumor y el chisme, escapándose así del interés de la mayoría de los historiadores.

Probablemente nunca se sepa la historia completa de las actividades monárquicas en la era post-independentista de Hispanoamérica. Los defensores de la monarquía no plasmaron por escrito sus pensamientos y planes. Pero, ocasionalmente, la corriente subterránea monárquica sale a la superficie, dejando una huella. Un ejemplo son las cartas de García Moreno a un diplomático francés, publicadas en 1861 en el Perú para avergonzar al presidente ecuatoriano por haber propuesto una monarquía respaldada por Francia. Pero ese es un caso único, y la revelación de proyectos de restauración monárquica ha sido rara.

La correspondencia diplomática constituye la mejor fuente de información sobre las actividades monárquicas en Hispanoamérica, por la sencilla razón de que las invitaciones para instaurar tronos y protectorados tenían que dirigirse a los agentes diplomáticos de los gobiernos europeos. Los archivos diplomáticos de Inglaterra, Francia y España contienen gran cantidad de información sobre propuestas monárquicas, sobre todo referentes a México y al Ecuador, pero también a otros países. Los despachos británicos contienen la mejor información, pero la correspondencia de otras potencias es también valiosa. La calidad de la información provista por los diplomáticos norteamericanos varía grandemente y rara vez es de importancia, ya que nunca hubo propuestas monárquicas hechas directamente a ellos. Por supuesto, hay que tratar todos los materiales diplomáticos con cuidado, pues aún los agentes más capaces y experimentados tienen sus prejuicios y limitaciones.

Aún cuando la información enviada por los diplomáticos españoles en el Ecuador no es de gran calidad, esta correspondencia ha provisto la información más importante para este estudio, por cuanto muestra concluyentemente que el general Flores presentó una propuesta monárquica, no solamente referente al Ecuador sino a Perú y a Bolivia, y que España la aceptó. Aunque los despachos diplomáticos españoles no contestan todos los interrogantes sobre la naturaleza del plan de restauración para el Ecuador, sí prueban de forma concluyente que el general Flores ocupó un lugar central en el complot para restaurar la monarquía en Sudamérica.

Los mejores informes provienen de la pluma de Walter Cope, cónsul británico en Guayaquil y posteriormente encargado de negocios en Quito, redactados entre 1828 y fines de 1859 o 1860, fecha de su muerte. Cope recogía valiosas informaciones de presidentes, ministros, comerciantes y otras personas, y las transmitía al Ministerio de Relaciones Exteriores británico en largos despachos. En sus informes incluso se encuentran referencias a la opinión pública de aquel entonces, especialmente cuando informa de rumores y actitudes sobre la política del gobierno.

Para una información general sobre el Ecuador en el período de las intrigas monárquicas floreanas disponemos de las fuentes históricas usuales: documentos gubernamentales, periódicos oficiales e independientes, panfletos, hojas sueltas y correspondencia particular. Estas fuentes arrojan mucha luz sobre el desarrollo del Ecuador durante sus tres primeras décadas; también muestran cuán frágil era gobernar el país, lo que a su vez explica por qué Flores, y más tarde García Moreno, trataron de restaurar la monarquía.Pero ni siquiera todas las fuentes no diplomáticas reunidas revelan incontestablemente que el general Flores tratara de imponer un gobierno realista en el Ecuador. Tampoco los documentos privados del general proveen información de importancia crucial, aunque se puede encontrar en ellos material suplementario de interés. La falta de información concreta y específica sobre las actividades en pro de la restauración monárquica de las fuentes ecuatorianas explica por qué Luis Robalino Dávila y Gustavo Vásconez Hurtado no afirmen claramente que Flores estuviera involucrado en planes monárquicos.

Combinando las fuentes diplomáticas con todos los demás materiales históricos, se puede reconstruir de manera bastante completa las actividades del primer presidente del Ecuador. Los documentos demuestran que el general Flores llegó a convencerse de que el Ecuador era ingobernable bajo instituciones representativas y que sólo una monocracia bajo su propio control o un protectorado extranjero bajo un príncipe europeo podían rescatar al país del caos. Aunque Flores perdió el poder antes de realizar sus planes, nunca dejó de pensar que la monarquía era un régimen más adecuado para América Latina que la república. Los esfuerzos de Flores por recuperar el poder en el Ecuador contribuyeron a provocar una fuerte crisis interna y externa en 1859, lo que estimuló a otro líder, Gabriel García Moreno, a intentar un nuevo proyecto de restauración monárquica. El fracaso de la iniciativa garciana puso fin a todo pensamiento monárquico serio, así como el régimen de Maximiliano terminó con el monarquismo en México.

(…)

Con el beneficio del tiempo transcurrido, se ve claramente que la monarquía tenía poca o ninguna posibilidad de triunfar en las nuevas naciones hispanoamericanas (Nota editorial: Eso aún está por verse). Había demasiados obstáculos para que tuviera éxito un movimiento restaurador. Sin embargo, podemos afirmar que el monarquismo fue más importante de lo que generalmente se cree, especialmente en los países más conservadores y con insalvables problemas políticos y sociales, como el Ecuador y México (Nota editorial: Cabe recordar aquí que la Junta Suprema del 10 de Agosto de 1809 era eminentemente monárquica, al punto que hoy es aceptado por la historiografía que los montufaristas buscaban la proclamación del Marqués de Selva Alegre, “Su Alteza Serenísima” Juan Pío Montúfar como REY DE QUITO). También hubo brotes de monarquismo en otras naciones, tan diversas como Costa Rica, Guatemala, Perú y Argentina. Era una doctrina atractiva, especialmente para los líderes que desconfiaban de las instituciones representativas y aquellas reformas liberales que perturbaban el orden hispánico tradicional. Los monárquicos no siempre eran los conservadores más reaccionarios, pues muchos de los proponentes de las restauración argüían que al recobrar la legitimidad, un jefe de Estado coronado podía permitir más libertad que un dictador. Pero estos sueños de lograr una mayor libertad eran probablemente ilusorios, porque no tomaba en cuenta la fuerte oposición y probable guerra civil que ocasionaría la imposición de un príncipe extranjero, respaldado por tropas extranjeras. La monarquía probablemente no podría haber recobrado la elusiva legitimidad (ciertamente, la de Maximiliano no lo logró), porque la restauración monárquica parecía negar todo el movimiento independentista y el emergente sentimiento nacionalista.

A pesar de su futilidad, el tema del monarquismo merece un cuidadoso examen histórico. La restauración monárquica tenía poca o ninguna posibilidad de éxito en Hispanoamérica, pero líderes importantes creían en ese ideal y a veces actuaban de acuerdo con él. Aunque los proponentes de la monarquía creían que un gobierno realista salvaría del desorden a sus países, no deja de ser irónico que aquellos que hacían tales planes, como el general Flores en el Ecuador, sólo lograron crear más desorden. Las diferencias irreconciliables en cuanto a creencias políticas que separaron a republicanos y monárquicos en el período post- independentista, eran parte de un defectuoso proceso político que continúa, aún hoy, perturbando y confundiendo los esfuerzos por lograr un gobierno republicano estable en América Latina.

Por Mark Van Aken[2]


[1] El artículo presentado es la reproducción de la Introducción al libro “El Rey de la Noche”, 2da Edición castellana, Quito, 2005, Ed. Del Banco Central del Ecuador. Digitalizado por Francisco Núñez Proaño. NO necesariamente comparto la totalidad de lo expresado.

[2] Mark Van Aken, historiador estadounidense, doctor en historia por la Universidad Estatal de California, Berkeley, en 1952, ha sido profesor de la Universidad de California, Hayward, y ha publicado aparte de numeroso artículos especializados, Pan Hispanism: Its Origin and Development to 1866 (1959) y Los Militantes: Una historia del movimiento estudiantil uruguayo (1990)