coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


LA ABERRANTE CULTURA DEL TWEET

LA ABERRANTE CULTURA DEL TWEET

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Vivimos inmersos en la cultura del tweet, un mundo donde toda reflexión sobre un evento dura 140 caracteres. Y esa es la profundidad máxima a la que llega nuestra limitada capacidad de análisis.

Es por esta razón, por nuestra impotencia a la hora de valorar y juzgar por nosotros mismos el volumen de información al que estamos sometidos, que la propia información que nos es transmitida lleva incorporada la opinión que debemos tener sobre ella, es decir, aquello que deberíamos pensar tras realizar una valoración profunda de los hechos.

Es decir, el emisor de la información le ahorra amablemente al receptor el esfuerzo de tener que pensar.

Ese es el procedimiento que utilizan los grandes medios de comunicación y en un mundo con individuos auténticamente pensantes sería calificado de manipulación y lavado de cerebro.

¿De qué nos sirve saber la verdad sobre cualquier asunto relevante si no reaccionamos, por más graves que sean sus implicaciones?

En la sociedad actual, saber la verdad ya no significa nada.

Informar de los hechos que verdaderamente acontecen, no tiene ninguna utilidad real. Es más, la mayoría de la población ha llegado a tal nivel de degradación psicológica que, la propia revelación de la verdad y el propio acceso a la información refuerzan aún más su incapacidad de respuesta y su atonía mental.

Por eso no tengo twitter y ni siquiera debería tener facebook, pero así son las miserias huamanas.

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El estilo de la milicia revolucionaria

Comparto  un artículo asombroso por su claridad, su compromiso y su ímpetu en la necesidad de acción. Escrito hace 59 años, exulta la juventud de lo eterno:

El estilo de la milicia revolucionaria (1)

Por Jorge Crespo Toral (2)

 

Solamente quien es capaz de hacer de su propia vida una milicia austera, puede pretender el título de revolucionario y alcanzar el privilegio de ser revolucionario. La Revolución es obra de profundo sacrificio, porque significa el choque de las ideas, los métodos y las realizaciones nuevas con los viejos sistemas asentados por años, décadas o siglos.  Por esto -y es inútil engañarse- la obra transformadora quema las vidas en el trabajo incansable, en la vigilia que agota y no da tregua, en el fracaso sin desaliento.

A nadie le puede ser dado en obsequio el triunfo de sus ideas y sus postulados revolucionarios: es preciso conquistarlo a pecho descubierto, con fiereza, sin contemplaciones. Los cambios esenciales en las costumbres de un pueblo no vienen suavemente: llegan con la rudeza de los cataclismos, tal vez teñidos en el color fecundo de la sangre.

La Revolución no es transigente. Si es necesario cambiarlo todo, porque se lo juzga y porque es viejo y corrompido, no puede contemporizarse con aquello que hay que cambiar. Lo nuevo revolucionario es distinto y contrapuesto con lo caduco y acostumbrado y deberá limpiar ardorosamente el campo para construir desde la base, sin contemplación. Ser intransigente es la primera consigna del revolucionario.

Pero esa intransigencia no solamente, es para el medio ambiente. Es para consigo mismo. No se puede jugar a ser revolucionario, por lo exteriormente atractivo que resulta llamar la atención, despertar interés o admiración en las gentes. Al revolucionario no le importa el concepto de las gentes, si lo es de veras. Le importa la verdad y cómo hacerle a esa verdad los caminos para que llegue y se implante, inclusive en contra de la comodidad o la simpatía de las gentes. El deber no es simpático ni para uno, ni para los demás. Es duro, terrible, impertinente, alegre, trágico y hermoso. Por todo esto apasiona y por todo esto se puede tranquilamente morir por él…

Así, no se Puede ser revolucionario hoy y dejar de serlo mañana. No se puede hacer la tarea en este momento y en este otro vivir en transacción con el medio envejecido. Quien así proceda ni es sincero, ni es contable para la gran batalla de la Revolución. Es imposible ser apóstol con intermitencias, dejar la calidad apostólica en el umbral de ciertas puertas de determinados salones, al filo de algunas circunstancias. Más miserable es el que cree, predica y no practica, que el que ni cree ni practica.

Por esto es que hay que militar constante y austeramente: hay que vivir para la obra que es la única explicación de la vida y hay que vivir con honor. En la tarea se conoce a los hombres y se les podrá calificar de hombres sólo si llegan al final de la lucha con la misma reciedumbre que tuvieron cuando empezaron. Los infelices se quedan en la mitad, abandonan la batalla vencidos por su pequeñez o tentados por las fáciles prebendas.

La generación actual del Ecuador ha sido señalada con el trágico y hermoso signo de la Revolución. Es inútil que alguien de esta generación quiera sustraerse a su llegada inexorable. Y si, es que así es, más vale saber afrontar el destino que nos aguarda, con dignidad y firmeza que temblar cuando llegue la hora que englobará a todos con su clarinada fervorosa y profunda.

Pero es indudable que esa transformación puede ser sólo de dos especies: la que, naciendo de nuestra propia realidad espiritual, social y material, tiende de a levantar a la Patria sobre su propio ser para engrandecerla y libertarla, mediante la unidad, la justicia, la moral y la disciplina con un sano e irrenunciable sentido de libertad; o aquella otra que, llegando de afuera, con el odio por lema, implante un régimen de supuesta Igualdad en el que no haya sino la voz de los que mandan y el silencio brutal de los que obedecen y con la cual se desvirtúe definitivamente nuestro  ser nacional cristiano, hispano-indio, espiritualista.

La hora no es para la insensata despreocupación ni para el placer irresponsable. Todo clama en nuestro derredor por una transformación integralista. Y todo exige de nosotros visión para ser los adelantados de esa Revolución, formándonos en la milicia austera del sacrificio, del trabajo incansable, de la sobriedad de vida. Como creemos en un ideal, no seamos miserables: Prediquémoslo con la palabra, pero prediquémoslo sobre todo con la práctica intransigente, diaria, sin desalientos ni reposos.

(El resaltado es mío F.M.N.P.)

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(1) Aparecido en “COMBATE”, diario y órgano de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana – ARNE; lunes 17 de Agosto de 1953.

(2) El Dr. Jorge Crespo Toral fue Jefe Nacional de ARNE, candidato por este movimiento a la presidencia nacional en 1968, abogado afamado y hombre de integridad en la militancia nacionalista y revolucionaria por más de seis décadas.