coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


El Caudillo: perfiles, signo y sino
noviembre 11, 2012, 1:13 am
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El Caudillo: perfiles, signo y sino.

Francisco Solano López

Como la palabra caudillo ha sido mal llevada y mal traída, conviene verla con reposada consideración, sabiendo cómo fue entendida y lo que ella pesó en el ánimo y en el sentido de escritores e idiomas de antaño. El Diccionario de Autoridades –punto de arranque del rango y valor académicos en nuestra lengua- recibe del habla común y del valor léxico definitivo a la siguiente acepción de la voz Caudillo: “El que guía, manda y rige la gente de guerra, siendo su cabeza, y que como a tal todos le obedecen. Viene del Latino caput, y arrimándose más a su origen se llamaba antiguamente Cabdillo.”

La cauda va tras la cabeza de luz del cometa. El manto real, cauda del rey, la cauda cardenalicia, la cauda episcopal, la cauda canonical can tras la cabeza del rey, del cardenal, del epíscopo, del canónigo. Cuando niños estudiábamos Historia Sagrada y nos fascinaban aquellos caudillos de Yavé a quienes seguía la grey israelita: Moisés, David, Salomón, los Macabeos… Y cuando en la primera juventud estudiábamos Historia Universal, nos subyugaban, también estos casi misteriosos personajes de la Antigüedad Clásica,  de la Edad Media, del Renacimiento, de la Edad Moderna, que nos parecían capaces de mover al mundo sin otra palanca ni punto de apoyo alguno fuera de su irresistible mando. Qué seducción ejercía la historia del pueblo más racionalista que, comenzando por seguir a un tenientillo, acabó por seguir a un Emperador.

Pero tales personajes, desde Moisés hasta Napoleón –ruego al lector perdone la delimitación que, si bien estrecha, resulta claramente definitoria- ostentan el mismo perfil aun cuando las biografías de ellos sean distintas e irrepetibles. Son personajes que encarnan una situación histórica amplia y conmovida, la asumen, la soportan con toda su existencia, la encaminan a una finalidad concreta y…  luego sucumben bajo el peso de su obra. Un esfuerzo vital grandioso y misterioso les permite, sin duda alguna, ostentar un signo legible por las gentes del contorno que ve en ellos a un elegido, a un predestinado para lograr propósitos colectivos que, sin la fuerza creadora y realizadora de los caudillos, quedarían fugaces y pronto olvidados deseos.

La encarnación de un designio colectivo en la vida de un personaje singular, vuelve a dicho designio realizable, lo acrecienta y ennoblece, en tanto el aliento biográfico del caudillo haya sido animoso, fiel y leal. Cumplir la palabra empeñada es fidelidad. Dar la vida en cumplimiento de ella es la lealtad. El signo biográfico del caudillo se perfila y afirma en dos palabras: fidelidad y lealtad. Signo que la colectividad mira y mide; signo que el caudillo sobrelleva y padece; signo que es razón de vida y exaltación; signo que encamina al caudillo hacia su sino, signo que es guía y señal de la vida hacia la gloria y de la gloria hacia la muerte. Signo, en fin, que será obliterado por la tragedia, es decir por el sino. Y hay distintas formas de salir por la puerta de la tragedia, porque hay tragedias de angustia, de tristeza, de soledad, de amargura, de sangre… Estás últimas suelen ser de subida al altar donde lo profano se torna sagrado -de sacrum facere, de hacerse sagrado-, se hace sacrificio.

Dentro de este perfil, de este signo y sino, caben un caudillo y todos los caudillos, aunque sus vidas singulares vayan por alejadas rutas.

Gabriel Cevallos García



Deber frente a derecho (Un ecuatoriano dijo)

La Justicia exige el castigo cuando esta se quebranta. La fuerza: un derecho y aun más, un deber. Nuestros tiempos, injustos por excelencia.

Algunas consideraciones necesarísimas de Gabriel Cevallos García (1):

Esto de castigar, dicho en seco, nos sacude la atención bruscamente, pues no estamos acostumbrados ya al empleo de esta fórmula: derecho de castigar. Las innovaciones racionalistas y las sensibilizaciones acumuladas por el romanticismo y la democracia, nos hacen parecer terrorífica la expresión derecho de castigar y, más todavía, el castigo en sí. Pero la verdad es que mientras haya código penal en un país de la tierra, habrá sanción, punición o castigo. Eufemismos a un lado.

Hay, pues, un derecho de castigar, porque aun no se ha inventado con verdadero acierto y eficiencia otra manera de restablecer el orden desequilibrado por el delito. Ahora bien, no han funcionado sino dos maneras de castigar: o el castigo que se impone entre iguales, horizontalmente; o el castigo que baja desde la altura, verticalmente. Dicho en terminología actual: por la manera democrática, o la manera aristocrática de sancionar.

Hoy nos parece extraño todo esto. Es que hemos olvidado la historia y no pensamos que hay épocas donde los hombres acatan cuanto ofrece la vida, por deber; y otras en las que reciben cuanto da la existencia como un derecho. Épocas aristocráticas, épocas democráticas: aquellas son de sacrificio; estas son de beneficio. Pensemos como se oponen estos dos principios: noblesse oblige y the struggle for lifeEn el primer caso, la existencia va guiada por el deber, en el segundo, va custodiada por el beneficio. Deber es aristocracia o aristocrática concepción de la vidaDerecho es democracia o democrática concepción de la misma. La primera es una forma de existencias cualitativa, la segunda es puramente cuantitativa. La primera es donación y entrega, la segunda usufructo y aprovechamiento. Hasta cierto punto es inaceptable el viejo correlato Deber-Derecho establecido por los filósofos de la ley, pues esos dos conceptos que responde a dos realidades- son antitéticas maneras de ver y sentir la existencia humana ante uno mismo y antes los demás. La confusión nació, y dicho sea de paso, en nuestras Repúblicas, porque los primeros y más importantes beneficiarios de la democracia, paradójicamente, se convirtieron en algo así como señores feudales dentro de los nuevos Estados de Derecho.

De la antítesis Deber-Derecho se deducen estas otras que han modelado la historia y la vida social durante las últimas centurias: desprendimiento-codicia; largueza-avaricia; donación-usurpación; ecumenismo-imperialismo. Hay, pues, dos esencias doctrinarias y compréndase bien, doctrinarias-de moralidad. Selecta, cualitativa, generosa, altruista la una; mayoritaria, cuantitativa, egoísta, amorfa la otra. El sacrificio personal lo hace este o el otro personaje. El beneficio del derecho es para todos, sin diferenciar a ninguno, sin preguntar nombre, calidad, capacidad o condición.

La idea de sacrificio se completa con la de honor: Honi soit qui mal y pense. Ni la sombra de la duda sobre la palabra de honor: vale más que la propia vida y que todas las vidas. Al hombre de honor no le arredran el sufrimiento, la guerra, la sangre, la muerte. Vive su ideal, su palabra de honor, su lealtad, su afán de hacer coincidir pensamientos y actos: el resto le importa poco, mejor dicho, nada. Es vida de depuración constante, y donde se encuentra el sacrificio, no habita la hipocresía.

En cambio, el beneficio busca la satisfacción -ojalá completa, pero que nunca se completa-, el goce, el bienestar y el bien aparecer; no le importan los llamados ideales, y las voces eternas poco le dicen a sus oídos cerrados para lo que no sea utilidad. El sentido utilitarista del hombre democrático ve tranquilamente hundirse la virtud, con tal de que no se hundan los provechos de los títulos fiduciarios en la bolsa. La moral utilitaria siente solamente cuando algo le aprieta la garganta.

La lucha entre honor y utilidad, entre sacrificio y beneficio, es larga y no se ha ganado la batalla por uno u otro de los extremos, sino por un cambio de valores en la historia. Modernamente se ha operado esta transvaloración, de modo tan hondo, que ahora asusta la palabra sacrificio o el llamamiento del deber. Volcado enteramente hacia fuera el sujeto humano, convertido de persona ética en mero sumando político, es lógico y, si se quiere, fatal que el Deber haya sucumbido, víctima del avance incontenible de la pretensión que, abstractamente, llamamos Derecho o, mejor en plural, derechos, que se ventilan y defienden tanto en las calles y plazas, como en esas plazas cerradas que decimos parlamentos.

(…)

En el clima democrático hay igualdad de derechos e igualdad de aspiraciones. El romanticismo que en siglo XIX apoyó esta igualdad, se internó hasta lo más íntimos pliegues de la conciencia singular, hasta convertir los principios y los problemas en sentimientos. Creó un nuevo tipo de humanitarismo. Y según el mismo todos los individuos deben tener, por igual, el primer derecho, el de vivir. Por consiguiente, nadie es dueño de la vida ajena. El anhelo de vivir es infrangible y no hay ley que pueda violarlo. (…)

Como se ve, si los dos principios se oponen, las consecuencias también se opondrán. El sentimiento de lo justo, es la antítesis del sentimiento humanitario de la igualdad.

(…)

La supremacía de los fines, ante todo; la escogencia de los medios, simple detalle. Duro concepto, totalmente alejado de nuestra sensibilidad (moderna) y propio de quienes, como decía el cardenal francés (Richelieu), practican la virtud de una manera firme: la vertu male, o sea dominadora, inflexible. Hoy diríamos sin rodeos, la virtud macha.

(…)

Las instituciones (y el derecho que las respalda) solas y por sí no indican el camino temporal de los pueblos, porque llevan en su intimidad una crecida dosis de conservadurismo. Y a riesgo de causar escándalo, es preciso decir que una esplendorosa parte de la marcha histórica es obra de los hombres-fuerza, sin que se niegue que otra parte, la menos luminosa, de hombres-fuerza, haya sido azote de la humanidad. (2)

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Notas:

(1) Gabriel Cevallos García, escritor, historiador y filósofo nacido en Cuenca-Ecuador el 6 de enero de 1913. Fue Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y de la Academia Nacional de Historia, y publicó una extensa bibliografía en la que se destacan obras como “Caminos de España” (1947), “Del Arte Actual y de su Existencia” (1950), “Reflexiones Sobre la Historia del Ecuador” (2 volúmenes-1957, 1960), “De Aquí y de Allᔝ (2 volúmenes de escritos varios, 1962-63), “Evocaciones” (Creencias y Sentimientos, 1977), “Por un García Moreno de Cuerpo Entero” (1978), “Virgilio y sus Milenios” (1982), “La Eneida y la Historia de Roma” (1983), “Problemas Filosóficos”, su notable “Historia del Ecuador”, que ha tenido varias ediciones, y muchas más.

(2) Extraído de “Por un García Moreno de cuerpo entero”, capítulo “El derecho a la fuerza”, pp. 175 y siguientes, de Gabriel Cevallos García, Ed. L.N.S., Cuenca-Ecuador, 1978.