coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


QUITO, FLORENCIA DE AMÉRICA – ‪QUITO‬ A MEDIADOS DEL SIGLO XX VISTA POR UN EUROPEO

QUITO, FLORENCIA DE AMÉRICA – QUITO A MEDIADOS DEL SIGLO XX VISTA POR UN EUROPEO, UNA QUITO QUE NO EXISTE MÁS

Extracto de algunos párrafos del artículo “Quito, una de las más bellas ciudades de Sudamérica – Una Florencia con pieles rojas” escrito por Virgilio Lilli y aparecido en el CORRIERE DELLA SERA de Milán-Italia (el periódico de mayor difusión de ese país) del 19 de abril de 1955, pág. 3 y sigs.

Valga recordar que la denominación de “Quito, Florencia de América” es un título fascista de la ciudad, dado por la Misión Artística y Cultural Italiana enviada por Benito Mussolini a América del Sur y presidida por el pintor Giuglio Arístide Sartorio en 1928, quien “con genuino entusiasmo llegó a decir que Quito era la Florencia de América y que nada semejante había visto en los países hermanos”, como señala Fr. Agustín Moreno Proaño.

quito_1959_life

La Plaza Grande de Quito en 1959, tomada por Frank Scherschel de la revista estadounidense LIFE.

A continuación el extracto:

“Quito es de las ciudades sudamericanas más impregnadas de Europa, y de una Europa vieja, bien sazonada en el clima romano-mediterráneo. Quien quisiera, pues, encontrar más viva en el continente americano meridional la civilización blanca, entre otras cosas en la genuina versión católica, no debería ir, como alguno pudiera pensar, a Buenos Aires o Montevideo, Santiago o Lima, Sao Paulo o Bogotá, etcétera: debería irse a Quito… Por estas razones, además de ser una de las ciudades más bellas de América del Sur, Quito es una de las más extraordinarias ciudades del mundo. Extraordinaria , nada menos que por exceso de equilibrio y de medida en relación con su geografía: demasiado poco exótica para ser un fenómeno normal…

UN OASIS EUROPEO

No sólo esto. El Ecuador entero, antes de llegar a él, según ciertos lugares comunes inevitables metidos en la cabeza desde la infancia, nos lo imaginábamos ardiente y desolado; al contrario: Ecuador es, en síntesis, uno de los países más lozanos y temperados de los dos segmentos de América. Lo imaginábamos un desierto chato, solamente salpicado aquí y allá, de chaparros bravíos y de selva virgen; al contrario: es montaña majestuosa, nieve eterna, riente colina, verde pradera, jungla lujuriante. Nos lo imaginábamos una capital tosca y selvática y, al contrario, Quito es la Florencia de las Américas.
Por lo demás, en sí misma, la palabra Ecuador nos indicaría un trópico sofocante por excelencia y en cambio el aire más cristalino de América se respira en los tres mil metros de Quito…
Sería preciso ir por la Italia más seria del Centro, para encontrar una ciudad sólida y culta como Quito: en Toscana, en Umbria y, bajo ciertos aspectos, en las Marcas y el Lazio. Una ciudad monumental y, al mismo tiempo, familiar; noble y, al mismo tiempo, rústica; refinada y, al mismo tiempo, sin formalismos, dicharachera, doméstica. Una ciudad de tejados que, a su modo, es una selva de torres y campanas, quiero decir llena de iglesias, conventos, abadías, parroquias: exactamente como las ciudades italianas en las que está más vivo el Quinientos papal. En este sentido, Quito es nada menos que el auténtico oasis europeo de todo el continente americano, el del Norte y el del Sur, del lado del Pacífico, con calles pululantes de hombres y mujeres que parecen, en parte, bajados de las montañas del Tíbet y, en parte, de los hielos nórdicos de Groenlandia.
(…)
Por lo demás, no son los indios los verdaderos y propios habitantes de Quito. Los habitantes de Quito son criollos, mestizos, blancos: digo los habitantes estables, residentes. Los indios vienen y a Quito desde el altiplano circundante, desde los suburbios y desde las aldeas. Pero llegan acá por la mañana y se regresan por la tarde. Viven pues, prácticamente, en Quito, dentro de las calles, en las que en realidad se mueven como topos dentro de los corredores de un antiguo, noble palacio deshabitado… Y ninguno sabe leer: no logran descifrar de la ciudad sino las bellas iglesias del Quinientos y del Seiscientos, los campanarios, el sonido de las campanas, las imágenes del Redentor o de la Virgen en las gloriosas pinturas del hermoso Quinientos ecuatoriano, tan rico y generoso como el europeo. De la ciudad, digo, liban y saborean la esencia religiosa, que es monumental y sabrosísima, exactamente como –sí, pongamos- como en Urbino o como en Arezzo.

PÁTINA DE ENSUEÑO

Todo esto aumenta la esplendidez de Quito, porque ella es tan estupendamente medida, armoniosa, accesible… Como de paisaje elaborado en un sueño, son por ejemplo, los cinco volcanes –los más altos del mundo- que le están en derredor, allá en el horizonte, deslumbrantes de nieve en el azul turquí de un cielo como manto de Virgen, remotísimos, un poco trémulos, como bancos de niebla. De un paisaje de ensueño son las iglesias, renacentistas o barrocas, con interiores literalmente talladas en un solo bloque de oro –naves, capillas, altares-, dentro de los que se siente el hombre como una hormiga que caminase en las entrañas de una joya, auténticos Eldorado de la iconografía católica en el sentido más estricto de la palabra; los deliciosos museos de un arte erróneamente llamado, en este caso, colonial, en los que el óleo del pintor y las hojas de oro del artesano alcanzan exquisito equilibrio de las tablas de los primitivos italianos o flamencos ¡en el Ecuador! De un país de ensueño…
Dentro de esta exquisita ciudad, la única de todo el continente americano que todavía está inmune de las deslumbrantes y muy a menudo estúpidas innovaciones que se hacen dizque para ponerse a tono con el siglo; dentro de esta Florencia americana aún no descubierta por el turismo mundial, que continúa ignorando su estupenda elegancia entre macizas murallas de conventos, palacios –a la europea- e iglesias; al tañer asiduo de las campanas parroquiales que marcan acompasadamente las horas y los oficios religiosos, palpita una vida sosegada, de provincia soñolienta, que parece como que quisiera recordar al forastero, en Quito, un ángulo de la más noble, muerta Europa.
Mas, a poco que se dé una ojeada a la historia del país, se aprende que Quito es la ciudad más revolucionaria, tal vez, del continente americano: furiosa explosiva. En veintidós años, por ejemplo, del 25 al 47, veintidós Presidentes de la República, siete Asambleas Constituyentes, seis Constituciones, quince revoluciones… ¡Ciudad de facciones y de conjuras, como un viejo Municipio italiano! En efecto, nombrábamos a Florencia: no era el acaso.”

En otro artículo, “La alegría de pasear a horcajadas sobre el Ecuador”, aparecido en el mismo periódico y del mismo autor, el 23 de abril de 1955, dice:

El Ecuador –país sin nombre- “es uno de los países más cultos, más cristalinos, más serios y serenos que pueda visitar un viajero…”.



COSME LÓPEZ Y OTROS – LOS PRIMEROS QUITEÑOS EN EUROPA

COSME LÓPEZ Y OTROS – LOS PRIMEROS QUITEÑOS EN EUROPA

HuamanPoma2_criollos

Parte de la visión sesgada y unilateral del proceso histórico que significó la Conquista y el Poblamiento de las Indias Occidentales o América por parte de la Corona de Castilla, es creer que no existió intercambio humano de un continente a otro, sino solamente “ocupación” del uno (Europa) por sobre el otro (lo que sería América). En términos actuales, la movilidad humana desde América hacia Europa desde el primer momento del proceso histórico mencionado fue muy amplia y hasta ahora muy poco estudiada y comprendida. Se ven criollos y mestizos de todos los rincones conquistados ir y venir por el Atlántico y de un lado a otro de América (numerosos son, por ejemplo, los conquistadores mestizos de América del Sur, demostrativamente véase el caso de Buenos Aires, donde casi la totalidad de sus fundadores y primeros pobladores eran mestizos biológicos aunque europeos culturalmente hablando, idos desde el Paraguay – Valga recordar que las primeras generaciones de mestizos americanos, lo vemos en México como en el Paraguay, siempre fueron considerados castellanos o hispanos como sus padres), dejando en muchos casos descendencia en ambos lados del Océano. Me remitiré en este caso, como es evidente, a mi Reino o Provincia ultramarina de la Monarquía Hispánica: Quito.

La villa de San Francisco de Quito fue asentada el 6 de diciembre de 1534 en el actual emplazamiento de la ciudad, siendo la capital de su provincia hispana homónima por casi tres siglos. Apenas poco más 20 años después, en 1555, es decir en la primera generación de criollos y mestizos quiteños y quitenses (quiteño, gentilicio de los nacidos en San Francisco de Quito; quitense, gentilicio de los naturales de la provincia, después Real Audiencia de Quito), se tiene la constancia documental del primer quiteño en tierras europeas, de la Castilla peninsular: Cosme López, “vecino y natural de Quito, hijo de Diego López y de Leonor de Andía, soltero” y por supuesto, mozo todavía, quien además se disponía a volver a Quito para entonces. Además se distingue a los siguientes en la documentación disponible en el Archivo General de Indias: En 1557 están en la Península los hermanos Ruy Gómez de la Cámara y Martín Rojas, “naturales de Quito, vecinos de Antequera”, mestizo el primero, hijos del conquistador Alonso de Gómez Adalid y de Leonor Palla (india noble) el primero; y criollo el segundo, hijo de Inés de Rojas. También evidenciamos así que si bien el mestizaje se produjo desde el primer momento, el criollaje también, en la primera generación posterior a la conquista nacieron criollos –hijos de padre y madre europeos en América-, desmintiendo así varios puntos de la Leyenda Negra, como la supuesta ausencia total de mujeres en la Conquista, ni hablemos de las familias completas que se trasladaron en la décadas posteriores desde los Reinos Peninsulares a los Ultramarinos.

El 29 de diciembre de 1557 Juan de Rioja, “de color mestizo” pasa a la “Provincia de Quito, por ser natural de ella”, desconociendo desde cuando había estado en la Península. Para 1559 consta la presencia de Francisco Bernardo de Quirós en Sevilla –quien ya estaba en la Península por lo menos desde antes de 1556-, “natural de San Francisco de Quito”, que para la fecha era servido por un criado peninsular, Alonso Pérez.

Así comprobamos la presencia de al menos cinco quiteños y quitenses en los reinos peninsulares en la inmediata y primera generación posterior a la conquista. En casos como el de la Isla Española, los casos se cuentan por centenas, debido a  lógicas cuestiones cronológicas para el momento.

Se encuentran, así mismo, otros (por lo menos 3) “vecinos de San Francisco de Quito” en éste primer cuarto de siglo posterior a la fundación de la ciudad en Europa, sin embargo al no señalar si son o no naturales de la misma, no se puede consignar su presencia aquí.

Francisco Núñez del Arco Proaño



EL SIMBOLISMO HERCÚLEO EN LA ICONOGRAFÍA DE BENALCÁZAR

EL SIMBOLISMO HERCÚLEO EN LA ICONOGRAFÍA DE BENALCÁZAR


Sebastián de Benalcázar es el asentador y digámoslo sin miedo alguno, el real y efectivo fundador de San Francisco de Quito el 6 de diciembre de 1534 en su actual ubicación, más allá del hecho jurídico llevado a cabo en medio del estado de necesidad frente al también conquistador Pedro de Alvarado, por el cripto-judío Diego de Almagro el 28 de agosto de ese mismo año en las cercanías de la laguna de Colta en la sierra central del actual Ecuador.

Cual alquimista o aprendiz de esta ciencia mágica, sin saberlo, Benalcázar formó la amalgama de la fusión con su hecho fundacional, que no la mezcla, de dos civilizaciones solares, jerárquicas, viriles y espirituales en un crisol que a pesar de los siglos aún no crea la piedra filosofal que liberará a la tierra de la mitad.

Si bien no existe un retrato de época del conquistador Sebastián de Belalcázar o Benalcázar -Hijo de la Fortaleza-, nacido Moyano, del pueblo llano andaluz, fruto de la Castilla perenne, quien supo en la guerra y conquista ennoblecerse por sus actos de heroísmo y arrojo, han sido varias sus representaciones ideales que a partir del siglo XVI se han realizado.

Sin duda alguna, existe un modelo inicial -el cual desconocemos- de donde se basan el resto de representaciones pictóricas del conquistador, dado sobre todo por un elemento recurrente en todas estas: su yelmo.

Yelmo de particularísima forma e importancia, apenas ahora tomado en cuenta por mí, a pesar de haberlo visto por años.

Esta imagen aparecida en el ”Diccionario Histórico o Biografía Universal Compendiada” de 1830, indubitablemente el modelo más reciente para las representaciones ecuatorianas de Benalcázar, muestra al hombre de la guerra con su casco de clara forma leónica. No puede sernos indiferente este detalle, sobre todo si analizamos los retratos de otros conquistadores donde no aparecen símbolos parecidos algunos, es decir, Benalcázar es el único de su tipo que posee esta representación ¿histórica?

Sebastián_de_Belalcázar

¿De dónde surge, pues, este simbólico león enyelmado?

belalcazarG

Míticamente no hay como perdernos. Uno de los más característicos héroes solares, como Heracles o Hércules, conquistó la divinidad a base de sus famosos trabajos, uno de aquellos, el primero de todos, fue el triunfo sobre el león de Nemea, al cual después de haberle dado muerte lo despojó de su piel para utilizarla como un poderoso trofeo sobre sí mismo. La gruesísima piel del león de Nemea fue utilizada además por Heracles en todas las aventuras que sucedieron a ésta hasta la victoria final, sirviéndole como la mejor y más eficaz de las armaduras, e hizo servir la cabeza del león de yelmo, como vemos en las siguientes imágenes.

Antonio_del_Pollaiolo_-_Ercole_e_l'Idra_e_Ercole_e_Anteo_-_Google_Art_Project

Busto_hercules_heracles_

Posteriormente en las representaciones del siglo XX que se hicieron de Don Sebastián, la cabeza del león se redujo considerablemente, pero se mantuvo, como consta en el retrato de Víctor Mideros que resguarda el Municipio de Quito.

hsebastian

Hércules, el héroe solar, pasa por esos doce trabajos para superarse y perfeccionarse. Esta visión del mito de Hércules es una interpretación desde el punto de vista de la gran obra interna a realizar por cada uno de nosotros. Benalcázar es pues, en sus representaciones artísticas tanto como en su vida, el símbolo de heroísmo, superación, perfeccionamiento, ennoblecimiento, engrandecimiento, lucha, conquista y victoria que todo quiteño que se precie de tal, debe perseguir hasta sus últimas consecuencias.

Honremos así la fundación hispánica de San Francisco de Quito

Concluyendo: ¡Menos chullas y más hombres de acción!

Francisco sin tierra



Quito, Carlos V y nuestra memoria histórica.

Lectores todos:

Comparto con ustedes la ponencia que leí en el Instituto Ecuatoriano de Cultura Hispánica este jueves, 7 de febrero de 2013, en el marco de la conmemoración de la concesión del título Muy Noble y Muy Leal a la ciudad de San Francisco de Quito el 14 de febrero de 1556.

Como siempre, saquen cada uno de ustedes sus propias conclusiones:

Quito, Carlos V y nuestra memoria histórica

Image

Jueves, 07 de febrero de 2013: Vista del auditorio durante la conferencia que se realizó con motivo del 457° aniversario del otorgamiento del título “Muy Noble y Muy Leal” a la ciudad de San Francisco de Quito por el emperador Carlos V el 14 de febrero de 1556, en el Instituto Ecuatoriano de Cultura Hispánica .

De acuerdo a sus atribuciones de Jefe Supremo y en “observancia de sus deberes internacionales”, Eloy Alfaro Delgado en su célebre carta del 19 de diciembre de 1895, donde requiere a Su Majestad la Reina María Cristina, Regente de España, la independencia de Cuba  siguiendo, en sus palabras,  el “prudente consejo que en tiempo oportuno, dio el Gabinete Británico”; afirmó que: “El pueblo del Ecuador… un tiempo formó parte de la Monarquía Española… a la cual le ligan los vínculos de la amistad, de la sangre, del idioma y de las tradiciones…”. Se despide en esas mismas líneas con el “sincero deseo de que se acreciente la gloria del Trono que, con tanta prudencia como sabiduría, ocupa V.M., en nombre y representación de su augusto hijo D. Alfonso XIII, a quien Dios Guarde.”[1]

No se equivocaba el Viejo Luchador cuando afirmaba que el pueblo del Ecuador, es decir, los quiteños audienciales o quitenses de entonces formaron parte íntegra de la Monarquía Española, así, por lo lazos de todos tipo y no en una mera dependencia colonial. Visión clara y definitoria la tuvo Alfaro, que se adelantó un siglo a los historiadores ecuatorianos como Jaime Rodríguez O., que han dejado de utilizar la palabra “colonia” e “imperio” -en el peor de sus sentidos- para hablar en la corrección histórica de lo que fue, de la realidad objetiva de la Monarquía Universal Hispánica.

En el contexto de la Monarquía Universal Hispánica, el emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico y I de España, el 14 de febrero de 1556, otorga a la ciudad el título de “Muy Noble y Muy Leal  Ciudad de San Francisco de Quito”, en razón de los servicios prestados a la Corona frente a la rebelión de Gonzalo Pizarro y debido a su función como centro de expansión territorial de la Monarquía Hispánica en América.  “Eran reconocidos y notorios los grandes y leales servicios que la dicha ciudad nos había siempre hecho”, reza la Real Cédula de concesión del título.

Juan J. Paz y Miño Cepeda, Cronista de la Ciudad, acota que:

La “Villa” de San Francisco recién adquirió el título de “Ciudad” por la Cédula Real de Carlos V, del 14 de marzo de 1541, fecha en la cual el Rey también concedió a la nueva Ciudad un “Escudo de Armas” -escudo que sigue vigente-, cuya descripción consta en la misma Acta, así como la copia del dibujo a color, todo lo cual también forma parte del patrimonio documental del Archivo Metropolitano de Historia. Cabe añadir que el mismo Monarca, por Cédula del 14 de febrero de 1556, otorgó a la Ciudad de San Francisco de Quito el título de “Muy Noble y Muy Leal”.[2]

De esta forma, para Quito esta efeméride después de la fundación de la villa y de la concesión del título de ciudad, viene a constituirse como la tercera fecha  más representativa en su cronología documentada.

El Municipio celebra todos los años esta fecha, realizando eventos sociales, culturales, académicos y artísticos. La historia sobre este particular hecho recuerda la gallardía de la capital del Ecuador y el Instituto Ecuatoriano de Cultura Hispánica, acorde a sus objetivos de difusión cultural y cívica realiza esta noche la conferencia debida al respecto.

Les ruego me permitan incluir en esta exposición un par de experiencias personales.

Cuando hace un par de años me encontraba en un vuelo de regreso desde Europa al Ecuador, junto al gran amigo y distinguido miembro de esta Institución, D. Carlos Trueba, tuvimos como compañero de asiento a un joven austriaco de nuestra generación, quien por cierto manejaba un excelente castellano.

Evidentemente en las aproximadas 12 horas de vuelo que tuvimos, la conversación entre los tres fue fluyendo de manera natural, y entre banalidades idas y vividas, como no podía ser de otra manera, saqué a relucir la historia, y le pregunté si tenía idea que alguna vez habíamos compartido un monarca. Cuando dije esto su cara se tornó absorta… no podía creerlo y no daba credibilidad a mis palabras. Le di unos minutos para que adivinara, pero finalmente se rindió. Le informé que Carlos V, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico -por tanto soberano de Austria- también había sido Rey de España y de las Indias, como Carlos I -por tanto soberano de Quito-, después de todo su misma dinastía en España y América llevó el nombre de su país: los Austrias. Como no pudo ubicar el nombre en español, haciendo un poco de esfuerzo pronuncié su nombre en alemán: Karl der Fünfte, el Kaiser Karl der Fünfte; enseguida él entendió de quien hablaba finalmente, hecho que no le quitó la sorpresa de su rostro. Era la primera vez que él se concientizaba sobre la extensión de uno de los Imperios más extensos que haya conocido la historia. Berlín y Quito, Toledo y México, Viena y Panamá, todas bajos un mismo cetro. Anécdota para el austriaco, realidad espacial, histórica y geopolítica para los quiteños, realidad geopolítica que durante tres siglos, como parte integrante de la Monarquía Universal Española, del llamado Imperio Español, nos posicionó como el mayor y más grande Poder del planeta.

Se me solicitó que hablara esta noche sobre la figura del emperador en sí, en evidente relación con Carlos V y con su antecesor en nuestras tierras, Atahualpa. Sin embargo, en el momento actual esto sería vano, no solo debido al desconocimiento de nuestro pasado por la gran mayoría de ecuatorianos sino y sobre todo, debido a que ya le cupo a Jorge Salvador Lara, quien formó parte de nuestro Instituto -y que fuera entre otras dignidades, Cronista de la Ciudad y Presidente Vitalicio de la Academia Nacional de Historia-, al inaugurar la “Semana de Carlos V” con la que  honró Quito al Emperador en 1958, con ocasión del IV Centenario de su Fallecimiento el 21 de septiembre de 1558, le cupo -como ya dije- entonces escribir “Quito y el emperador Carlos V”; seria, documentada y profunda conferencia que sin duda debe ser  la base para un futuro y ampliado estudio, y así lo haremos, mas la hora precisa de otro tipo de reflexiones. Valga decir que tuve el agrado de digitalizar, hace unos años ya, y subir a la red de redes, el internet, esa obra de Jorge Salvador Lara para conocimiento de las nuevas generaciones que tienen como espacio de investigación casi exclusivo este medio virtual. Mal acostumbrados a googlearlo todo, no podía dejar que ese texto se desconociera en internet, más ahora cuando casi nadie visita las bibliotecas.

En el norte de la ciudad, en el noroeste para ser preciso, se ubica la Avenida Emperador Carlos V, a la altura de la Base Aérea, se extiende desde la Avenida de la Prensa hasta la Avenida Mariscal Antonio José de Sucre, más conocida como Occidental. Dato necesario de conocer, que sin embargo, por la ubicación y fecha de denominación de la avenida, refleja mucho de nuestro problema como país, de nuestro problema identitario. Resalto esto, nuestro problema como país es la identidad o mejor dicho, la falta de esta.

En el año 1980, durante su visita a Quito, los reyes de España Juan Carlos y Sofía  – quienes visitaron esta Casa- expresaron su interés en presentar una ofrenda floral al monumento de Atahualpa, el Emperador del Tahuantinsuyo, si cabe el término, y sí, cabe. Paradójicamente, la ciudad que se precia -con acierto o no- como la cuna de Atahualpa no contaba con NINGÚN monumento en memoria al Inca, por lo que el alcalde Álvaro Pérez Intriago y autoridades del Municipio, tuvieron que readecuar a uno de los bustos de la plaza Indoamérica, para que representara a Atahualpa.

En la fachada principal del Palacio Real de Madrid, la que da a la Iglesia de la Almudena y a la derecha de la puerta principal, se yergue la imagen del Emperador Atahualpa, al que le tocó vivir y morir como último Inca. La estatua data de mediados del siglo XVIII (1700’s), y fue mandada a erigir junto a la estatua de Moctezuma -que flanquea la izquierda de la entrada- por Felipe V y la concluyó Fernando VI, reyes de España y antepasados de Juan Carlos.

Recién en 1996 Quito levantó un monumento a Atahualpa en el redondel de la ciudadela del mismo nombre, en el sur de la ciudad. Y aquí es donde los dos emperadores vuelven a reunir su destino casi cinco siglos después: ambos fueron relegados en el espacio público y en el tiempo de la ciudad de Quito, ciudad que les adeuda mucho a ambos, cosa que por otro lado no impidió que hubiera una calle Reina Victoria u otra Mariscal Foch en uno de los barrios más céntricos y conocidos de la capital, antes que una Avenida Atahualpa y que de una Avenida Carlos V.

Winston Churchill -con todos los aciertos o desaciertos que poseyera- tuvo monumento en Quito una década y un lustro antes que Atahualpa. Y claro está, Carlos V aún no tiene monumento en Quito, cuando debería haberlo tenido, junto a Atahualpa, desde hace siglos. Bien se lo merece, ya lo dije alguna vez:  Quiteños fueron y son quienes han hecho Patria en torno suyo… han hecho Patria con su Sangre, con su Espíritu, y con su Voluntad, quiteños, fueron desde Atahualpa quien impuso esta como su sede de facto, quiteño fue Benalcázar que dio su voluntad y su victoria por Quito; quiteños fueron los argonautas de la selva como Orellana que nos dio un mundo a orillas del río-mar Amazonas, llave de un continente; quiteño fue Carlos I y V quien amó y procuró la edificación de su  lejana ciudad. Puesto que como ya lo señalara Jorge Salvador Lara en su referida obra, Carlos V fue: “Heredero de Carlomagno, soberano católico y ecuménico, bien hace el universo en recordarle. Y Quito, a la que él amó particularmente, a la que dio nombre de ciudad, pendón y escudo de armas, obispado y título de lealtad y nobleza, monasterios y dones…”… le debe la erección de un monumento. Nos queda como tarea pendiente, entre las muchas que quedan para ser asumidas como gratos retos para la nueva generación del IECH.

Unos me han acusado de ser “lírico” en mis exposiciones, otros por su parte también me han acusado de ser demasiado “científico” en mi trabajo, por lo mismo quiero concluir esta intervención con algunos datos relacionados a la conquista de América para así sostener lo lírico con lo científico:

Luis Corsi Otálora señala:

Era de suponer que la ocupación de una potencia extranjera en áreas tan vastas como las de Hispanoamérica se tradujese en sus rasgos esenciales, cuales son los de significativos volúmenes transitorios de población alógena dedicados a la exacción de sus riquezas, con el apoyo armado de fuertes contingentes integrados por personas sin vínculo con la región, afín de poder ejercer una represión sin escrúpulos. Ninguno de estos factores jamás llegó aquí a ser configurado.

Y continúa:

En efecto, si bien es cierto que en un comienzo se dio un fuerte flujo de oro y plata hacia la Península Ibérica, éste -en sus cuatro quintas partes- estaba constituido por el pago de semillas, ganado, herramientas y mercancías indispensables a la puesta en valor del desarrollo económico en sus diferentes zonas; en un detallado cuadro que va de 1515 a 1600 Alberto Pardo muestra como la balanza comercial durante este período desde España fue de 67.637 toneladas de exportación contra 43.728 toneladas de importaciones. El impacto de las nuevas tecnologías transmitidas a través de ellas fue verdaderamente espectacular, pues si un hombre con sus solas fuerzas necesita 40 días para preparar una hectárea, este tiempo se reduce a un día cuando lo hace con un arado y dos caballos; hasta el temprano 1570, de la Metrópoli se habían despachado 20.000 rejas para arados. El tiempo de corte de un árbol con hacha de acero descendía de dos meses a dos días, por lo cual los indígenas se batían a muerte por su adquisición; y una herradura de acero valía más que su peso en oro.[3]

Valga este dato para los que aún siguen traumados por el oro.

Casi once años después de haber escrito a la Reina María Cristina de España, Eloy Alfaro volvió a afirmar la vocación hispánica de nuestro país cuando pronunció durante su breve pero iluminado discurso del 10 de agosto de 1906, día de la inauguración del monumento a la independencia, que hoy adorna el centro de la Playa Mayor de Quito, la Plaza Grande -como ya lo ha anotado Daniel Crespo Cuesta-, esta contundente frase: “España nos dio cuanto podía darnos, su civilización; y, apagada ya la tea de la discordia, hoy día, sus glorias son nuestras glorias, y las más brillantes páginas de nuestra historia, pertenecen a la historia española.”[4]

¡Señoras y señores!

Muchas gracias.

Francisco Núñez del Arco y Proaño de los Ríos  

San Francisco de Quito, 7 de febrero de 2013

Información adicional: Quito celebra desde el 2008 el 14 de febrero la concesión del título Muy Noble y Muy Leal y su coincidencia con el Día del Amor y la Amistad con el festival “Quito ciudad del amor y los geranios”, iniciativa que nació de Marco Chiriboga Villaquirán.


[1] En “El Scyri – Diario liberal de la mañana” N° 5, Quito, martes 11 de febrero de 1896.

[3] Luis Corsi Otálora en Visión contra-corriente de la independencia americana, revista Disenso, Buenos Aires – Argentina,  Nº 12, 1997, págs. 33-44.

[4] Citado en Ortiz Crespo, Alfonso y otros, Nuestro día Sol: una mirada al Monumento de la Independencia en sus cien años, Quito, FONSAL / Alcaldía Metropolitana de Quito, 2006.



Invitación Conferencia 457° aniversario del título “Muy Noble y Muy Leal” a la ciudad de San Francisco de Quito.

Image

___

EL INSTITUTO ECUATORIANO DE CULTURA HISPÁNICA

Tiene el honor de invitar a Ud.(es) a la conferencia a realizarse con motivo del 457° aniversario del otorgamiento del título “Muy Noble y Muy Leal” a la ciudad de San Francisco de Quito por el emperador Carlos V.

Las ponencias estarán a cargo de Daniel Crespo Cuesta, Alvaro R. Mejía Salazar y  Francisco Núñez Proaño, miembros del Instituto.

Fecha: Jueves 07 de febrero de 2013
Hora: 18h30
Lugar: Sede del IECH (Casa de Benalcázar, Olmedo OE5-74 y Benalcázar)

Hernán Tamayo
PRESIDENTE

___

UNIRSE AL EVENTO EN FACEBOOK:

Conferencia 457° aniversario del título “Muy Noble y Muy Leal” a la ciudad de San Francisco de Quito.



¿Qué viva Quito?

La vocación irrenunciable de Quito

quito_imperial_arne

Platón sentencia en su República:

Hay un modelo fijado en los cielos para quien quiera verlo y que, tras haberlo visto, quiera conformarse a él. Pero que exista en algún lugar o haya de existir jamás, es algo carente de importancia: porque éste es el único Estado en la política del cual él pueda considerarse parte.

El 6 de diciembre de 1534 si bien no fue la fundación oficial española de la ciudad -San Francisco de Quito se funda el 28 de agosto del mismo año en Santiago de Quito, cerca de la actual Riobamba. Como señaló alguien, San Francisco de Quito fue fundada a control remoto, sin embargo, el 6 de diciembre sí fue el día del asentamiento definitivo de San Francisco de Quito, la Quito española, en su actual ubicación. En esta fecha, hace 478 años el mítico Reino de Quito en este espacio geográfico, fue refrendado por el Capitán Sebastián de Benalcázar (Sebastián de Belalcázar, su nombre de nacimiento era Sebastián Moyano); de las cenizas del Quitu milenario creado por el Sol surgiría el Quito Hispánico fundado por los “nuevos césares” de la era contemporánea. Con orgullo debemos presentarnos frente a los postreros legados suyos.  Es verdad que los hábitos de estos arriesgados en viril heroísmo extintos están, perdidos en el mito y en la historia, Quitumbe, Atahualpa, Rumiñahui, Benalcázar, Carlos I y V ya no son más materia, sin embargo… están llamados estos a celebrar una resurrección única.

Pero, ¿qué es Quito?, ¿una ciudad? ¿Un asentamiento y conglomerado de gente? ¿Una simple urbe más?…. No, si pensamos así nos equivocamos  y de forma grave… Quito no es otra cosa que el surgimiento de un mismo principio espiritual, de un mismo principio metafísico que en  el Mundo Tradicional –como bien señala Eduard Alacátara-  siempre se caracterizó por tener las miras puestas hacia lo Alto. El hecho Espiritual impregnaba su discurrir. En lo Alto oteaba orden: el Orden del Cosmos, los siete Cielos enunciados y descritos por cierta metafísica… Y si en lo Alto oteaba un Orden que se había impuesto a la nada o al caos previos, quiso -dicho Mundo de la Tradición- instaurarlo aquí abajo como si se tratase de un reflejo del imperante allá arriba. Pretendió hacer de la Tierra un espejo de lo que veía en el Cielo, pues siempre concibió que el microcosmos debía de asemejarse al macrocosmos o, lo que es lo mismo, lo de abajo a lo de arriba. Y para que ese Orden cósmico imperase en la Tierra debería de existir –aquí abajo- una fuerza centrípeta que evitase la disgregación de los diferentes elementos que debían acabar tomando parte de él –de ese nuevo orden– y que debían acabar haciéndolo realidad. Y esa fuerza centrípeta aglutinadora no podía revestir otra naturaleza que la espiritual. La Idea (en el sentido trascendente) sería el eje alrededor del cual giraría todo un entramado armónico. Una Idea que a lo largo de la historia de la humanidad ha ido revistiéndose de diferentes maneras. Una Idea que -rastreando la historia- toma, por ejemplo, cuerpo en lo que simbolizaba la antigua Roma. Esta Idea no es otra que la del Imperio, dando el origen a los diferentes Imperiums (entendiendo Imperium como la “unidad de gentes alrededor de un ideal sacro”), y no fue otro más el origen y la vocación TRUNCADA de Quito.

QUITO, LA DOS VECES TRUNCADA SEDE IMPERIAL

Siendo estrictos en cuanto al aspecto histórico de nuestra urbe[1], debemos anotar que Quito jamás llegó a ser capital imperial de derecho en las dos oportunidades que tuvo para ello.

Es un hecho innegable que por cuestiones político-religiosas (como en la mayoría de civilizaciones, excepto la moderna, política y religión no estaban desligadas) los Incas estaban decididos a trasladar la sede de su Imperio hacia Quito, y fue tan así que Quito debía ser la tercera Cuzco, siendo que la segunda Cuzco fue Tomebamba cerca de la actual Cuenca del Ecuador. Y cuando todo estuvo preparado para que Quito fuese oficialmente el Eje del Mundo andino, su Axis Mundi, sucedió esa hermosa tragedia llamada la Conquista de América por parte de Castilla, León, Aragón… etc. Y lo que pudo haber sido entonces quedo en medio de una pausa cósmica[2].

La segunda oportunidad que se le presentó a la ya San Francisco de Quito de ser Sede Imperial, fue con el proyecto monárquico del Gral. Juan José Flores, en la década de 1840. Donde el  “Restaurador de la Monarquía en Ecuador, Perú, y Bolivia” con trono en Quito jamás pudo coronarse… Y no pudo coronarse porque la gran finanza londinense no le convenía que sucediera tal y así boicotearon el proyecto. Entonces fue un príncipe europeo Rey no coronado de Quito y Emperador de un nuevo Imperio y de una nueva dinastía quiteña hasta ahora inconclusa.[3]

En este punto vale recordar que “pecaron” de monárquicos e imperiales los mismos libertadores de América del Sur: Bolívar al final de sus días, y San Martín desde el vamos.

Quito, el Quito, San Francisco del Quito… entonces solo puede ser entendido como un ente imperial. Imperial fue cuando Atahualpa “el primero de los reyes del Mundo” que a nadie debía acatamiento, quién adoraba a un “dios vivo, el Sol, (que) vive y hace vivir a los hombres” –cómo el mismo lo señalara- lo asentó como su capital de facto; Imperial fue cuando Benalcázar la refundó “en nombre y al servicio de su Imperial Majestad” Carlos I de Castilla y V del Sacro Imperio Romano Germánico, como se señala en el acta de su fundación… Y amagos de espíritu imperial, si bien ya infectada la idea con valores deletéreos, incluso lo podemos detectar en fechas memorables para la historia oficial, como cuando la junta del 10 de agosto de 1809 proclamaba al mundo y a nuestra América “La sacrosanta Ley de Jesucristo y el IMPERIO[4] de Fernando VII, perseguido y desterrado de la Península, han sentado su augusta mansión en Quito”; Imperial fue cuando García Moreno hizo de la capital republicana la sede de un Imperio espiritual, que aún sin tener ese nombre lo fue… y recordemos, como ya se ha anotado, que incluso el primer presidente del Ecuador Republicano, Juan José Flores, “padre de la patria” y uno más de los “libertadores” no quiso sino otra cosa que instaurar un Imperio que se enseñoreara sobre esta parte del continente.

Sin duda en la mayoría de estos casos la unidad de las gentes estuvo basada en un ideal sacro, el ideal de la jerarquía, que lleva hacia lo eterno, que supera a la mera materia, la organización que vence al tiempo.

SER O NO SER

A pesar de lo dicho, hoy todo esto es incomprendido o peor: es odiado, porque no se entiende que la gloria eterna es en función de la Idea, de la Trascendencia… de lo Alto… es cuando entonces todos los hechos de nuestra gloriosa historia son tergiversados… el Inca y su sistema, ¿una salvaje persona?, la Conquista… ¿un genocidio, acaso?…, el 10 de Agosto ¿una revuelta subversiva?, el proyecto floresano ¿traición a la Patria?, el período garciano ¿una brutal tiranía?… NO… porque además de contrariar la verdad de los hechos históricos, de ser así no seriamos más que los hijos del latrocinio, de la lujuria, del palo, del garrote y del infeliz rigor guiado por los intereses venales de un puñado de míseros seres. Inlcuso en función histórica, no podemos  exigir mentalidad contemporánea en europeos y menos en aborígenes del siglo XVI o en americanos del siglo XIX -como ya lo dijo Luis Pallares Zaldumbide-,  todos con su valentía sin límites, su audacia, su fe, son genuinos valores humanos y más que humanos en muchos casos, dignos antecesores de un pueblo, de una nacionalidad… pero ¿de cuál nacionalidad?… la ecuatoriana muchos pensarán… mas, nuestra verdadera nacionalidad no es otra que la imperial quiteña… De hecho nuestra vocación nos lleva a superar la noción de nación y a ser supranacionales, a ser universales en un punto. Y este es un precedente de infinita trascendencia sí anhelamos llegar en exploración de la Nación hasta los mismos orígenes de nuestra Patria; y que confirman también, en nuestro caso particular, la posibilidad de un ecuatoriano, o mejor de un quiteño altivo, seguro de sus propias virtudes y lleno de fe en su propio ser.

Se podrá objetar que Quito como ente imperial, pudo haber sido algo inexistente, un reflejo celestial trunco como lo dice Platón, pero esto simplemente no es así, la verdad histórica nos lleva a los orígenes solares-heroicos-imperiales de Quito, sin embargo, aún más allá de la verdad histórica, está la verdad trascendente…. Quiteños fueron y son quienes han hecho Patria en torno suyo… han hecho Patria con su Sangre, con su Espíritu, y con su Voluntad, quiteños, fueron desde Atahualpa quien impuso esta como su sede de facto, quiteño fue Benalcázar que dio su voluntad y su victoria por Quito; quiteños fueron los argonautas de la selva como Orellana que nos dio un mundo a orillas del río-mar Amazonas, llave de un continente; quiteño fue Carlos I y V quien amó y procuró la edificación de su  lejana ciudad; quiteño fue García Moreno quién hizo de Quito extensión de su ser… y todos ellos habrían hasta el final de su vida guardar en su mente y en su corazón la misión que la Divinidad les encomendó en otro diciembre de hace ya algunos siglos… Erigir, refundar y posar lo que es más que materia, lo que es la fuente e inspiración de aquellos que son más que hombres, el Orden que debe establecer una verdadera jerarquía, diferenciar nuevas dignidades y, en la cumbre, entronizar la superior función del mando, del IMPERIUM, de quien es verdaderamentre libre, señor de sí mismo.

¡Quito, Quito, Quito! Este nombre retumba con fervor en los corazones de los verdaderos quiteños, sin importar de dónde hayan nacido… después de todo, ¿qué es el Ecuador sino la degeneración del Quito[5]? Quito, el Quito, que no es otra que la Patria en sí, pues la Patria es poseía, la poesía es creación y la creación es Don Divino… Así “la cara de Dios” en la tierra, la “Luz de América”  imperial protegió y cuidó de sus proles, hasta cuando se apartaron de su principio generador. Hoy cuando la mediocridad campea, cuando la estupidez se enseñorea, cuando la vileza y la bajeza se glorían de sus fechorías, cuando los hombres renunciaron a su misión divina separándose de los cielos con la excusa de dominar la tierra, dando primacía a los bienes materiales… finalmente llevándose a sí mismos a la caída total…  pagando un precio alto por eso. Hoy ya nadie más recuerda o no quiere recordar, que frente a la bajeza, y la putridez de la modernidad subversiva y subvertidora… en algún lugar están los muertos que nos observan, y  aborrecen lo que se ha hecho de su creación y simiente… nos dicen desde allí a todos quienes queremos tomar la lucha para regenerar la gloria de nuestro Quito, de nuestra nación quiteña… ¡no olvidéis que hubo una época que los dioses fueron quiteños!

Mi bisabuelo, Luis Proaño Calderón, pudo afirmar el mismo año de mi nacimiento:

El 6 de diciembre de 1534 es fecha inmarcesible que no debe olvidarse y que estará presente en la mente ciudadana, cual azucena que no puede marchitarse… Nuestra Capital celebra su clásica fecha, SEIS DE DICIEMBRE (mayúsculas en el original), con orgullo santo, haciendo honor a sus blasones y a sus glorias del pasado y del presente… Estará esta fecha en los fastos memorables de la Historia de la América Meridional, ungida cual óleo sagrado por el oráculo romano con caracteres de eternidad. La ciudad de San Francisco de Quito, que recibió su bautismo en manos de su Fundador el Adelantado don Sebastián de Benalcázar y que recibió de lo alto la insignia de su cristiandad, se viste de gala en su efemérides para decirle al mundo, desde este balcón de América Hispana e India, y a todos los ecuatorianos de su fe en el destino histórico… bajo el impulso creador de sus esforzados hijos de esta tierra alma de nuestra nacionalidad. Esta ciudad a la vez mestiza y española, dueña orgullosa de su abolengo aristocrático, cada SEIS DE DICIEMBRE irradia de luz, de alegría y de gozo. Necesitamos la obra práctica… su superación cultural, a manera de heredera de la civilización de Occidente.[6]

La superación cultural, nuestra superación cultural, no puede ser otra que corresponder a nuestra vocación. Concluyo concordando con Jorge Luna Yepes que “El Ecuador – como heredero de Quito- ha encarnado el sentido trascendente de la vida frente al pragmatismo utilitario…” ha llegado la hora entonces de  “abandonar la vileza y cobardía de los hombres de ALMA CADUCA y espinazo corvado”, debemos re erigir la “Patria  que será lo que nuestra voluntad elija… está en nuestras manos levantarla.”

Respondamos al espíritu de nuestros héroes, al llamado de los muertos, seamos leales a nuestra tradición de gloria, idealismo y dignidad. Formemos nuestra NUEVA conciencia, levantemos la frente, lancémonos a vencer, lancémonos “…a  la reconquista de lo que fue nuestro. ¿Qué fue nuestro? Nuestra fe, nuestra grandeza imperial. EL IMPERIO.”

Ante todo esto vale preguntarnos:

¿Qué viva Quito?

¡Qué viva lo eterno, qué muera lo viejo!

Alejemos de nosotros a la Quito falsa. Quito será Imperio o no será.

Por Francisco sin tierra, séptima generación de ecuatorianos, novena generación de quiteños, décima generación de quiteños audienciales y undécima generación de americanos por varonía

RELACIONADO: Ecuador: Caos y forma


[1] “Ciudad y urbe no eran palabras sinónimas entre los antiguos. La ciudad era la asociación religiosa y política de las familias y las tribus; la urbe era el lugar de reunión, el domicilio, y sobre todo santuario de esta asociación.” – Numa Denis Fustel de Coulanges

[2] Poderosa analogía histórica es la que podemos realizar en este sentido con la traslación de la sede imperial romana, primero de la Roma fundacional, a la segunda Roma, o sea Constantinopla y de esta a la que debía haber sido o pretendió ser su sucesora: Moscú, la tercera y truncada Roma.

[3] “No había nada de vergonzoso en ser monárquico en la América Latina de los primeros años del siglo XIX. Tres siglos de gobierno colonial habían moderado la sociedad y las instituciones gubernamentales bajo principios autoritarios y aristocráticos, notablemente diferentes de los de la sociedad anglosajona de Norteamérica.” – Mark Van Aken

[4] Imperar y Gobernar en castellano son sinónimos.

[5] Según la Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo (SENPLADES) son “cinco (los) momentos importantes para la construcción de un Estado nacional” y cinco los presidentes que lideraron estos: 1) Gabriel García Moreno 2) Eloy Alfaro 3) Isidro Ayora 4) Guillermo Rodríguez Lara y 5) Rafael Correa. FUENTE: PLAN NACIONAL PARA EL BUEN VIVIR, Quito, 2012, pág. 104. Llama la atención la ausencia de un solo quiteño entre los 5, lo que vendría a desmontar la idea (siempre siguiendo a la SENPLADES) de que “la construcción de un Estado nacional” ecuatoriano fue una obra de quiteños y de Quito, en  el sentido más estricto del gentilicio.

[6] En Quito – Ciudad de ensueños. Revista Magazine Internacional N° 71, Quito, diciembre de 1985.



El Sol y el Fuego, fundadores de Quito

El Sol y el Fuego, fundadores de Quito

Veinte de junio de dos mil doce, solsticio de junio; de verano para el hemisferio norte y de invierno para el sur; en el caso excepcional del Ecuador y en particular de Quito, solsticio pleno de ambos hemisferios, símbolo de nacimiento y muerte… eterno retorno y vida que en verdad es vida perpetuada en los ciclos del ouroboros equinoccial.

El Sol nacerá en un volcán este día, el Cayambe –cuasi en la exacta mitad del mundo-, en perpendicular ascendente hacia el occidente se consumirá en otro volcán, el Pichincha, mejor dicho, los Pichinchas. Sol y fuego volcánico entrelazados en el camino del Dios Sol, en la ruta de Wiracocha y en la espiral eternamente ascendente de Sowulo y Tyr.

Del Cayambe sus rayos avanzarán, sin perder su rumbo por la recta vía, primero hacia Cangahua, cruzando por sobre Quitoloma, El Quinche, accediendo a Guápulo y de allí atravesando  fatalmente la avenida Gran Colombia, la antigua Huangacalle prehispánica, para derivar entonces hacia la calle Guayaquil hasta la Plaza del Teatro y triunfalmente ingresar a la Plaza Grande, núcleo de la urbe[1] cierta y eterna, nido de la Mega Plaza Ritual –hoy oculta por debajo de los edificios-… sin detenerse la potente luz franqueará las torres de la Catedral y de la Compañía que fungen cual fieles testigos de su paso no torcido y que admiran como se desplazan los generosos brazos solares hacia la que alguna vez fuera la quebrada de Jerusalén, por sobre otras torres no tan principales, pero no por eso menos trascendentales en este rito cósmico: Santa Clara y El Robo primero, y finalmente San Diego, en maravillosa y perfecta alineación hasta las mismas faldas del Pichincha[2].

El ritual habrá de repetirse en el equinoccio solo que por otra ruta dentro de la misma comarca, atravesando siempre la Plaza Grande, y confirmando así la geográficamente sagrada primacía que impulsó antes que cualquier otra cosa el momento del inmemorial establecimiento quiteño.

Mítica y cosmogónicamente[3] hablando, vive una particular realidad en el efecto ritual del paso solar por sobre la Quito clásica hispánica y su base inca y pre-inca desde épocas milenarias flanqueada por volcanes que emanan magmática fuerza desde el mismo corazón de la Tierra, confiriéndole una forma que la convierte en realidad ardiente ante los ojos divinos. Así los diestros fundadores del Quito milenario no fueron hombres, los hombres tan solo se asentaron donde las originales marcas del fuego y del Sol marcaron un lugar que habría de llamarse Quito, el centro del mundo[4], lo que es más aún, debió o quizá aún debe ser: Axis Mundi.

Por Francisco Núñez Proaño


[1] “Ciudad y urbe no eran palabras sinónimas entre los antiguos. La ciudad era la asociación religiosa y política de las familias y las tribus; la urbe era el lugar de reunión, el domicilio, y sobre todo santuario de esta asociación.” – Numa Denis Fustel de Coulanges

[2] Ver: “Quito Prehispánico” de Andrés Peñaherrera Mateus. Separata del libro “Quito Prehispánico”, Museo Archivo de Arquitectura del Ecuador y Colegio de Arquitectos del Ecuador, Provincial de Pichincha, Quito, 2008.

[3] “Dice Mircea Elíade que el mito es una realidad extremadamente compleja, que podría abordarse e interpretarse de diferentes maneras, a menudo complementarias. EL mito contaría, en general una historia sagrada que relata un acontecimiento sucedido durante un tiempo primordial, la edad de oro, el fabuloso tiempo en el que todo comenzó. En este sentido, el mito cosmogónico es “verdadero” puesto que la existencia del mundo está ahí para demostrar que el mito ha sucedió y sucede: el mito de la muerte existe puesto que la mortalidad humana así lo prueba.”

[4] Algunos lingüistas especulan que su nombre significa en tsafiqui, lengua de la etnia Tsáchila o Indios Colorados, “centro (Quitsa) del mundo (To)”. Quitsato, también ombligo del mundo.