coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


El sentido trascendente de la propiedad

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Intentar neutralizar la parte trascendente y perenne del hombre es uno de los peores errores de la modernidad, propio del ciclo disolutivo en el cual nos encontramos, en la rebelión del Quinto Estado, el paria de las sociedades; y en ese sentido se analiza toda reforma y todo cambio y toda caída. A propósito de la propiedad y su herencia, por ejemplo, se ha omitido la visión trascendente que de ella se tenía en las cosmovisiones tradicionales del planeta, reduciéndolo todo a lo toscamente económico.

Los romanos no concebían –de hecho estaba prohibido por ley, vender o incluso dividir la tierra de sus antepasados, allí moraban sus Manes, sus Lares y sus Penates, los dioses de sus antepasados, ¿cómo podrían deshacerse de ellos en una transacción comercial?

Joseph de Maistre en sus Veladas de San Petersburgo afirmaba:

«No habitáis con gusto sino en la casa que acabáis de comprar. Desde las leyes hasta la moda, todo se halla sometido á la infatigable rueda de nuestros cambios. Sin embargo,contemplad las naciones que cubren el globo; precisamente el sistema contrario es el que las ha conducido á la ilustración. El tenaz inglés os lo prueba: aun se glorían sus soberanos de llevar los títulos que recibieron de los Pontífices; la espada que tenían en su propia mano, marcha todavía delante de ellos el día de su consagración; por manera que nada habrá que cambiar en el porvenir.

Se lee en sus almanaques el nombre del confesor de la corte: tan difícil es separarla de sus antiguas instituciones. En fin, ¿qué pueblo la supera en fortaleza, en unidad,- en gloria nacional?

¿Queréis ser tan grandes, como sois poderosos? Seguid estos ejemplos; contradecid sin cesar ese espíritu de novedades y de cambios, hasta en las cosas más pequeñas; dejad que cuelguen en las paredes las ahumadas tapicerías de vuestros abuelos; cargad vuestras mesas con sus pesadas alhajas de plata. Decís: «mi padre ha muerto en esta casa; es menester que la venda.» ¡Anatema sobre este sofisma de insensibilidad! Decid al contrario: «ha muerto; no puedo, pues, venderla.» Colocad sobre la puerta vuestras armas de bronce, y que la décima generación pise todavía el suelo que ha visto pasar las cenizas de los ascendientes.

Dejad á un lado las planchas, los clavos y esa innoble pasta. Dios os ha hecho, señores, del hierro y del granito; usad de sus donativos, y no edifiquéis sino para la eternidad. Se buscan monumentos entre vosotros, y no se diría sino que los despreciáis.

Diréis acaso que sois jóvenes; pero pensad que las pirámides de Egipto fueron modernas. No hacéis nada en favor del tiempo; ¿qué queréis que haga el tiempo por vosotros?»

¿Redistribuir la riqueza entonces? Proudhon afirmaba que la propiedad es un robo. Históricamente en nuestro país podemos afirmar que lo es, de hecho es una sucesión de robos. Fue Bolívar quien inició la tradición –la Junta de Temporalidades por sus características específicas puede y debe ser obviada-, repartiendo entre sus amigos las propiedades de los vencidos, es decir del grueso de la población quitense que era realista, desde las tierras comunales indígenas y de las ciudades, pueblos y villas, hasta las haciendas de sus enemigos políticos. Después otros como Alfaro continuaron con la tradición, si se la puede llamar así, robando a los que habían robado casi un siglo antes. Hoy se quiere continuar con esa idea de redistribuir la riqueza, ¿redistribuirla entre quiénes? Por supuesto, como ha sido desde hace un par de siglos, redistribuirla entre los amigos del poder político del momento para también ser poder económico, cerrando la argolla y alargando el momento.

¿Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón?

Así son los ciclos de la historia, así de fríos y sencillos.

Nadie leyó a Maistre.

Simpliciter Francisco

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América Hispana y modernidad: Satanismo puro

Mnemónico:

Para entender a la posmodernidad primero se debe entender a la modernidad. Y para entender a la modernidad, más que estás familiarizado con esta, hay que SER moderno. Para ser moderno hay que tener dos cualidades: razón y voluntad. Estas dos condiciones faltan desde el principio, desde el vamos en la sociedad de la América Hispana. No tenemos ni razón ni voluntad. Lo que llamamos “razón” no aparece como tal en nuestra sociedad. Así, la posmodernidad en nuestra sociedad es una mera  imitación de lo que surge en otras sociedad donde la modernidad empezó su curso, la sustentó, y fue sustituida por una nueva época. Nosotros, apenas nos estamos acercando a las primeras etapas de la modernidad, nuestra transición hacia la modernidad ocurrió de una manera especial, de una manera hispanoamericana. Efectivamente, se demolieron las bases de la Tradición, sin construir en vez de estas las de la modernidad. Por esto, fue así que el paso más importante del cambio desde lo arcaico a lo moderno no tuvo lugar en nuestro continente, en nuestra América.

Buena parte de nuestra sociedad en realidad es mucho más arcaica, con sesgos y restos tradicionales, antes que moderna. Nunca fuimos capaces de formar al “sujeto” capaz de ser colmado de razón y voluntad, y más importante todavía, que actúa sobre la razón y la voluntad… Claro que hubo estos elementos en casos aislados, más no en la totalidad de la sociedad conformista imbuida de  judeo-cristianismo, y muchos de estos casos específicos ejercitaron su razón y voluntad proclamando: “Nosotros afirmamos y creemos en estos y lo otro…”, en aun menos casos se trató de un ejercicio supracional y sobrehumano de voluntad CREADORA… Y  bueno, no nos sorprenda entonces que a estos se les persiguió y castigó, pero ellos sin embargo permanecieron firmes. Esta habilidad, de basar el  juicio sobre la propia razón y voluntad, en la cultura hispanoamericana es prácticamente inexistente.

La posmodernidad de hecho es voluntad hacia la nada, mejor, hacia la nadidad; es la idea de que la nadidad es la verdadera libertad, donde el sujeto se debe apartar de las actividades parcialmente destructivas que lleva a cabo -propias de la modernidad- y abrazar las que son absolutamente desctructivas, finalmente orientándose hacia la pérdida de su subjetividad. Básicamente, hacer a un lado el individualismo que fue la cúspide de la modernidad y que culminó con la victoria del liberalismo, máxima gloria individualista.

¿Cuánto tiempo puede durar una rebelión desde la subjetividad? Mucho tiempo… Porque mientras nos movemos hacia esa nadidad, podemos trabajar bajo un gran número de paradigmas. Paradigmas en lo cultural y estético por ejemplo, dado que bajo la posmodernidad todo el programa ilustrado-iluminista está sujeto a una descomposición sostenida. Y si nos fijamos bien, este es o sería un enorme programa por llevar a cabo. La modernidad en su totalidad está siendo sometida a una  división, átomo por átomo. Con un pseudo pasado por detrás  y un pseudo futuro por delante, tiene casi concluido su ciclo.

Tenemos entonces frente a nosotros un gran programa posmoderno de nadidad, que desde un punto de vista arcaico y religioso (re-ligare) no es más que satanismo puro, así, sin matices. Y de hecho, esta es la clase de sociedad que el llamado Occidente está edificando, perfilando la llegada de lo que la teología tradicional ha llamado Anticristo.  Y apenas es el inicio, dado que el potencial creativo de este programa aún tiene mucho por dar antes de que pueda quedar exhausto. No nos extrañe -sobre todo para quienes vivimos desde la verdad de lo espiritual- que incluso lleguemos a ver magia negra y muchas otras cosas que van a petrificar a muchos por completo.

Ejemplos: La ingeniería genética es casi una prueba de que estamos viendo a los últimos humanos como tales, aun no vemos a los post-humanos -NO supra-, que llegarán pronto. Estos serán los mutantes y los clones de ficción, que dejarán de ser ficción y fantasía. Recordemos que casi toda la ciencia ficción del siglo XIX se dio en el XX. Si bien todas estas son cosas del mañana… Ni siquiera son el fondo de la degeneración a la que el llamado Occidente ha llegado bajo la posmodernidad.

Y bueno señores… pensemos: NOSotros no estamos allí, no somos parte plena de esa modernidad y de esa posmodernidad, sino una mera imitación, y esto es bueno por un lado, lo que no significa que debamos tomar la exacta vía contraria, más bien debemos tomar la opción más real que no es ir hacia ningún lado inexistente, sino ir hacia algún lado que sea: bien hacia la modernidad, y solo entonces hacia la posmodernidad – hacia el abismo en ese caso, como lo sugieren los liberales, los modernos consecuentes y consecutivistas (de hecho, la vía en la que ahora se ha enrumbado la América Hispana, consciente o inconscientemente); O BIEN nos dirigimos hacia una REVOLUCIÓN TRADICONALISTA, y si es así, debemos ir hasta las últimas consecuencias y denunciar que todo el programa ilustrado-iluminista, y no solo sus extensiones e  injusticias posmodernas, son errores, puesto que TODA su ideología está profundamente errada, como todos los verdaderos tradicionalistas lo sabemos.

Debemos retomar nuestro sistema de valores y principios tradicionales heleno-romano-hispanos, consecuentemente, continuada e inteligentemente, echando de esta forma al basurero de la historia a la modernidad y su programa. Descartando todos los clichés sobre el progreso y la tecnología, y dejando a un lado la  llamada democracia y sus valores, admitiendo sin miedo que todos estos han sido terribles errores en detrimento de nosotros y de nuestro continente. ¡Claro! Esto es tan radical o incluso más radical que la propia idea de modernización.

Cuando estamos atrapados en la tierra de nadie y empujados hacia la perdición, las opciones son pocas y la decisión es tuya. Somos pocos los que lo entendemos, y muchos menos quienes venceremos.

Si el llamado Occidente está en franca caída hacia el desastre por su propia voluntad y a nosotros nos están llevando hacia el mismo abismo por el remolino que han creado, no podemos evitar agarrarnos de nuestras raíces arcaicas -incluyendo las aborígenes americanas- que podrán y están tratando de detener nuestra caída también. En este sentido, es bueno que estemos enfermos como arcaico-modernistas (o a la inversa) porque esto significa que nosotros no queremos ser empujados hacia la modernidad y que de hecho la estamos resistiendo.  Y este hecho revela, no nuestra estupidez, sino y de hecho que aun tenemos algo sano dentro de NOS. El propio hecho de que estemos enfermos de esta archimodernidad, significa que estamos sanos, significa que todavía no nos hemos podrido como la decadente sociedad occidental, la que debe su estado al malgasto de sus propios principios tradicionales y ahora mal expresados en una subjetividad artificial, artificial incluso en un sentido cartesiano y hasta kantiano.

Y vemos ahora incluso una subjetividad mecanicista de ese occidente decadente o una post-subjetividad, llevada a cabo por su propia voluntad y por eso mismo pronto no quedará nada de esta. Aquí la totalidad de lo arcaico fue bombeado hacia lo moderno, alimentando esta enorme y demónica energía de la civilización occidental y su tecnología. Como acá no entendemos esto, mucho menos en sus últimas consecuencias, nos encontramos congelados en una especie de pausa- arqueo- modernista.

Hasta cuando muera lo viejo y viva lo eterno.

POR EL CASTIGO QUE TE MERECES      

Relacionado: Debate: de la Tradición y de la Política



El Imperium a la luz de la Tradición
octubre 29, 2012, 12:30 pm
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La opción Metapolítica del futuro:

El Mundo Tradicional siempre se caracterizó por tener las miras puestas hacia lo Alto. El hecho Espiritual impregnaba su discurrir (1). En lo Alto oteaba orden: elOrden del Cosmos, los siete Cielos enunciados y descritos por cierta metafísica,… Y si en lo Alto oteaba un orden que se había impuesto a la nada (2) o al caos previos, quiso -dicho Mundo de la Tradición- instaurarlo aquí abajo como si se tratase de un reflejo del imperante allá arriba. Pretendió hacer de la Tierra un espejo de lo que veía en el Cielo, pues siempre concibió que el microcosmos debía de asemejarse al macrocosmos o, lo que es lo mismo, lo de abajo a lo de arriba (3). Y para que ese Orden cósmico imperase en la Tierra debería de existir –aquí abajo- una fuerza centrípeta que evitase la disgregación de los diferentes elementos que debían acabar tomando parte de él –de ese nuevo orden- y que debían acabar haciéndolo realidad. Y esa fuerza centrípeta aglutinadora no podía revestir otra naturaleza que la espiritual.

La Idea (en el sentido Trascendente) sería el eje alrededor del cual giraría todo un entramado armónico. Una Idea que a lo largo de la historia de la humanidad ha ido revistiéndose de diferentes maneras. Una Idea que -rastreando la historia- toma, por ejemplo, cuerpo en lo que simbolizaba la antigua Roma. Y Roma representará a dicha Idea de forma muy fidedigna. La Idea encarnada por Roma aglutinará a su alrededor multitud de pueblos diversos (4) que, conservando sus especificidades, participarán de un proyecto común e irán dando cuerpo a este concepto de ordenen el microcosmos representado por la Tierra. Estos pueblos dejarán de remar aisladamente y hacia rumbos opuestos para, por contra, dirigir sus andaduras hacia la misma dirección: la dirección que oteará el engrandecimiento de Roma y, en consecuencia, de la Idea por ella representada. De esta manera Roma se convertirá en una especie de microcosmos sagrado en el que las diferentes fuerzas que lo componen actuarán de manera armoniosa al socaire del prestigio representado por su carácter sacro (por el carácter sacro de Roma). Así, el grito del “Roma Vincis” coreado en las batallas será proferido por los legionarios con el pensamiento puesto en la victoria de las fuerzas de lo Alto; de aquellas fuerzas que han hecho posible que a su alrededor se hayan unido y ordenado todos los pueblos que forman el mundo romano, como atraídos por ellas cual si de un imán se tratase.

Roma aparece, se constituye y se desarrolla en el seno de lo que multitud de textos Tradicionales definieron como Edad de Hierro, Edad del Lobo o Kali-yuga. Edad caracterizada por el mayor grado de caída espiritual posible al que pueda arribar el hombre: por el mayor nivel de oscurecimiento de la Realidad Trascendente. Roma representa un intento heroico y solar por restablecer la Edad Áurea en una época nada propicia para ello. Roma nada contracorriente de los tiempos de dominio de lo bajo que son propios de la Edad de Hierro. Es por ello que, tras el transcurrir de su andadura histórica, cada vez le resultará más difícil que la generalidad de sus ciudadanos sean capaces de percibir su esencia y la razón metafísica de su existencia (las de Roma). Por ello -para facilitar estas percepciones sacras- tendrá que encarnarlas en la figura del Emperador; el carácter sagrado del cual -como sublimación de la naturaleza sacra de Roma- ayudará al hombre romano a no olvidar cuál es la esencia de la romanidad: la del Hecho Trascendente. Una esencia que conlleva a la sacralización -a través de ritos y ceremonias- de cualquier aspecto de la vida cotidiana, de cualquier quehacer y, a nivel estatal, de las instituciones romanas y hasta de todo el ejercicio de su política.

Con la aparición de la figura del Emperador Roma traspasa el umbral que separa su etapa republicana de la imperial. Este cambio fue, como ya se ha señalado, necesario, pero ya antes de dicho cambio (en el período de la República) Roma representaba la idea de Imperium, por cuanto la principal connotación que, desde el punto de vista Tradicional, reviste este término es de carácter Trascendente y la definición que del mismo podría realizarse sería la de una “unidad de gentes alrededor de un ideal sacro”. Por todo lo cual, tanto la República como el Imperio romanos quedan incluidos dentro de la noción que la Tradición le ha dado al vocablo “Imperium“.

Así las cosas la figura del Emperador no podía no estar impregnada de un carácter sagrado que la colocase al nivel de lo divino. Por esto, el César o Emperador estuvo siempre considerado como un dios que, debido a su papel en la cúspide piramidal del Imperio, ejercía la función de ´puente´ o nexo de unión entre los dioses y los hombres. Este papel de ´puente´ entre lo divino y lo humano se hace más nítido si se detiene uno a observar cuál era uno de los atributos o títulos que atesoraba: el de Pontifex; cuya etimología se concreta en ´el hacedor de puentes´. De esta manera el común de los romanos acortaba distancias con un mundo del Espíritu al que ahora veía más cercano en la persona del Emperador y al que, hasta el momento de la irrupción de la misma -de la figura del Emperador-, empezaba a ver cada vez más alejado de sí: empezaba a verlo más difuso debido al proceso de caída al que lo había ido arrastrando el deletéreo kali-yuga por el que transitaba.

Los atributos divinos del Emperador respondían, por otro lado, al logro interno que la persona que encarnaba dicha función había experimentado. Respondían a la realidad de que dicha persona había transmutado su íntima naturaleza gracias a un metódico y arduo trabajo interior que se conoce con el nombre de Iniciación. Este proceso puede llevar (si así lo permiten las actitudes y aptitudes del sujeto que se adentra en su recorrido) desde el camino del desapego o descondicionamiento con respecto a todo aquello que mediatiza y esclaviza al hombre, hasta el Conocimiento de la Realidad que se halla más allá del mundo manifestado (o Cosmos) y la Identificación del Iniciado con dicha Realidad. Son bastantes los casos, que se conocen, de emperadores de la Roma antigua que fueron Iniciados en algunos de los diferentes Misterios que en ella prevalecían: de Eleusis, mitraicos,… Así podríamos citar a un Octavio Augusto, a un Tiberio, a un Marco Aurelio o a un Juliano.

La transustanciación interna que habían experimentado se reflejaba no sólo en las cualidades del alma potenciadas o conseguidas sino también en el mismo aspecto externo: el rostro era fiel expresión de esa templanza, de ese autodominio y de ese equilibrio que habían obtenido y/o desarrollado. Así, el rostro exhumaba gravitas y toda la compostura del emperador desprendía una majestuosidad que lo revestían de un hálito carismático capaz de aglutinar entorno suyo a todo el entramado social que conformaba el orbe romano. Asimismo, el aura espiritual que lo impregnaba hacía posible que el común de los ciudadanos del Imperio se sintiese cerca de lo divino. Esa mayoría de gentes, que no tenía las cualidades innatas necesarias para emprender las vías iniciáticas que podían hacer posible la Visión de lo metafísico, se tenía que conformar con la contemplación de la manifestación de lo Trascendente más próxima y visible que tenían “a su alcance”, que no era otra que aquélla representada por la figura del Emperador. El servicio, la lealtad y la fides de esas gentes hacia el Emperador las acercaba al mundo del Espíritu en un modo que la Tradición ha definido como de ´por participación´.

Hecho este recorrido por la antigua Roma -como buen modelo para adentrarse en el conocimiento del significado de la noción de Imperium-, no deberíamos obviar alguna otra de las cristalizaciones que dicha noción ha visto en etapas posteriores a la romana. Y nos referimos, con especial atención, a la que se concretó, en el Medievo, con la formación de un Sacro Imperio Romano Germánico que nació con la vocación de reeditar al fenecido, siglos antes, Imperio Romano y convertirse en su legítimo continuador.

El título de ´Sacro´ ya nos dice mucho acerca de su fundamento principal. También, en la misma línea, es clarificador el hecho de que el emperador se erigiera en cabeza de la Iglesia; unificando además, de esta manera, en su cargo las atribuciones o funciones política y espiritual.

De esta guisa el carisma que le confiere su autoridad espiritual (amén de la política) concita que a su alrededor se vayan uniendo reinos y principados que irán conformando esta idea de un Orden, dentro de la Cristiandad, que será el equivalente del Orden y la armonía que rigen en el mundo celestial y que aquí, en la Tierra, será representado por el Imperium.

La legitimidad que su carácter sagrado le confiere, al Sacro Imperio Romano Germánico, es rápidamente reconocida por órdenes religioso-militares que, como es el caso de la del Temple, son dirigidas por una jerarquía (visible u oculta) que conoce de la Iniciación como camino a seguir para experimentar el ´Segundo Nacimiento´, o palingénesis, que no es otro que el nacimiento al mundo del Espíritu. Jerarquía, por tanto, que tiene la aptitud necesaria para poder reconocer dónde se halla representada la verdadera legitimidad en la esfera espiritual: para reconocer que ella se halla representada en la figura del emperador; esto sin soslayar que la jerarquía templaria defiende la necesidad de la unión del principio espiritual y la vía de la acción –la vía guerrera- (complementariedad connatural a toda orden religioso-militar) y no puede por menos que reconocer esta unión en la figura de un emperador que aúna su función espiritual con la político-militar (5).

Para comprender aún mejor el sentido Superior o sagrado que revistió el Sacro Imperio Romano Germánico se puede reflexionar acerca de la repercusión que tuvo el ciclo del Santo Grial en los momentos de mayor auge y consolidación de dicho Imperio. Una repercusión que no debe sorprender a nadie si nos atenemos a los importantes trazos iniciáticos que recorren la saga griálica y a cómo se aúnan en ella lo guerrero y lo sacro en las figuras de unos caballeros que consagran sus vidas a la búsqueda de una autorrealización espiritual simbolizada en el afán mantenido por hallar el Grial.

Aclarados, hasta aquí, en qué principios y sobre qué base se sustenta la noción Tradicional del Imperium no estaría de más aclarar qué es lo que se hallaría en sus antípodas, como antítesis total del mismo y como exabrupto y excreción antitradicional propios de la etapa más sombría y crepuscular que pueda acontecer en el seno de la Edad de Hierro; etapa por la que estamos, actualmente, transitando y a la que cabe denominar como ´mundo moderno´, en su máxima expresión. Un mundo moderno caracterizado por el impulso hacia lo bajo –hacia lo que degrada al hombre- y por el domino de la materia, en general, y de la economía (como paradigma de la anterior), en particular.

Pues bien, en tal contexto los Estados (6) ya han defenestrado cualquier aspiración a constituir unidades políticas que los sobrepasen y que tengan la mira enfocada en un objetivo Elevado, pues, por contra, ya no aspiran a restaurar el Imperium. Sus finalidades, ahora, no son otras que las que entienden de mercado (de economía).

En este afán concentran sus energías y a través de la fuerza militar o de la colonización financiera (a través de préstamos imposibles de devolver por los intereses abusivos que llevan implícitos) someten (7) a gobiernos y/o países a los dictados que marcan sus intereses económicos; intereses económicos que, por otro lado, son siempre los de una minoría que convierte a los gobiernos de los estados colonizadores en auténticas plutocracias.

Por estas “artes” estos estados ejercen un imperialismo que no es más que la antítesis de lo que siempre representó la idea de Imperium y lo más opuesto a éste que pueda imaginarse.

Eduard Alcántara

               ………………………………………………………………………

(1)         Un ´discurrir´ que, en el contexto expresado, no hay que confundir con el concepto de ´devenir´, de ´fluir´, de lo ´pasajero´, de lo ´caduco´, de lo ´perecedero´,…

(2)         Aquí la expresión ´la nada´ debe ser asimilada a la del ´caos´ previo a la configuración del mundo manifestado (del Cosmos) y no debe de confundirse con el concepto de No-Ser que determinada metafísica -o que un Réné Guénon- refería al Principio Supremo que se halla en el origen y más allá de la manifestación.

(3)         Como curiosidad podríamos detenernos en el conocido como “Parque del Laberinto de Horta”, en la ciudad de Barcelona, y observar de qué manera su autor quiso reflejar estas dos ideas de ´caos´ y de ´orden´ cósmicos… Lo hizo construyendo el parque en medio de una zona boscosa que representaría el caos previo en el que, a modo de símil, los árboles crecen de manera silvestre y sin ningún tipo de alineamiento. Por contra, el parque implica poner orden dentro de este desorden: construir a partir de una materia prima caótica y darle forma, medida y proporción. Edificar el Cielo en la Tierra.

   (4) Estos pueblos diversos que se agruparán alrededor de la empresa  romana no serán pueblos de culturas, costumbres o   religiosidades antagónicas, ya que, en caso contrario hubiera  sido muy difícil imaginarse la integración de los mismos en la

 Romanidad. Sus usos, costumbres y leyes consuetudinarias en ningún caso chocaron con el Derecho Romano. Sus divinidades fueron, en unos casos, incluidas en el Panteón romano y, en otros, asimiladas a sus equivalentes romanas. Sus ceremonias y ritos sagrados fueron perviviendo en el seno del orbe romano o fueron, también, asimilados a sus semejantes romanos. La extracción, casi exclusivamente, indoeuropea de dichos pueblos explica las semejanzas y concordancias existentes entre los mismos (no debe olvidarse que remontándose a épocas remotas,  que rozan con el mito, todos estos pueblos constituían uno solo; de origen hiperbóreo, según muchas tradiciones  sapienciales).

   (5) Hay que tener presente que el mismo vocablo ´emperador´ deriva del latín Imperator, cuya etimología es la de ´jefe del

ejército´.

   (6) A caballo entre finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna se van debilitando los ideales Superiores

 supranacionales y van siendo suplantados por otros impregnados por un egoísmo que redundará en favor de la aparición de los Estados nacionales.

Bueno es también recordar que el Emperador Carlos (I de España y V de Alemania) fue, allá por la primera mitad del  siglo XVI, el último que intentó recuperar las esencias y el espíritu, ya mortecinos, del Sacro Imperio Romano Germánico. Al igual que no está de más reconocer en el imperio que España construye -arrancando de fines del siglo XV- a lo largo del s. XVI, el último con pretensiones espirituales (al margen de que, en ocasiones, pudiesen coexistir con otras de carácter económico) de entre los que Occidente ha conocido. Y esto se afirma en base a los principales impulsos que se hallan en la base de su política exterior, como los son, en primer lugar, su empeño en evitar la división de una Cristiandad que se veía seriamente amenazada por el crecimiento del protestantismo o, en segundo lugar, sus esfuerzos por contener los embates del Islam protagonizados por turcos y berberiscos o, en tercer lugar, su decisión de evangelizar a la población nativa de los territorios americanos incorporados a la Corona (aparte de la de otros territorios; como las Filipinas,…). Estos parámetros de la política exterior de España seguirán, claramente, en vigencia también durante el siglo XVII.

A medio camino entre el imperio español y otros de corte eminentemente antitradicional (por lo mercantilista de los mismos), como el caso del imperio británico (que alcanzó su máxima expresión en el s. XIX) o del conocido como imperialismo ´yanqui´ (tan vigente en nuestros días), podríamos situar al de la Francia napoleónica. Y no sólo lo situamos a medio camino por una evidente razón cronológica, sino que también lo hacemos porque a pesar de haber perdido cualquier orientación de carácter espiritual (el laicismo consecuente con la Ilustración y la Revolución Francesa fue una de las banderas que enarboló), a pesar de ello, decíamos, más que motivaciones de naturaleza económica (como es el caso de los citados imperialismos británico y estadounidense), fueron metas políticas las que  ejercieron el papel de motor de su impulso conquistador. Metas políticas que no fueron otras que las de exportar, a los países  que fue ocupando, las ideas (eso sí, deletéreas y antitradicionales) triunfantes en la Revolución Francesa.

Percíbanse los métodos agresivos y coercitivos de que se vale el imperialismo antitradicional (como caracterización que es de un nacionalismo expansivo) y compárense con la libre decisión (Sacro Imperio Romano Germánico) de participar en el proyecto común  del Imperium que, a menudo, adoptaron reinos y principados. Compárense dichos métodos con la rápida decisiónde integrarse en la Romanidad a la que optaron (tras su  derrota militar) aquellos pueblos que se enfrentaron a las legiones romanas.

RELACIONADO: Imperio e imperialismo en Jorge Luna Yepes y Julius Evola.



APOYAR AL INDIGENISMO, UN DEBER.

DE UN PROYECTO ANTERIOR CON PLENA VIGENCIA:

27.06.10

APOYAMOS AL INDIGENISMO

 

Tienen razón los indigenistas en gritar a los cuatro vientos que deberíamos volver a vivir en un “sistema indígena de vida, anterior al arribo de los españoles a América”.

Antes de la llegada de los sionistas, no existía usura, tasas de interés o especulación. Los pueblos que habitaban lo que ahora es nuestro Ecuador vivían bajo un IMPERIO. Con todas las características del mismo:

1.       Un emperador supremo que sirve de unión entre el pueblo y la divinidad.

2.       Una sociedad dividida en castas.

3.       Un pueblo con sentido de jerarquía y respeto.

4.       Fronteras definidas como medio de conservación de la identidad.

5.       El comercio servía al hombre y no al revés.

6.       El bien común primaba por sobre el individual.

7.       El desprecio por la vida y la eterna búsqueda de ideales trascendentes.

8.       Una casta sacerdotal por debajo de la casta guerrera.

9.       El derecho de mandar sobre el pueblo conquistado.

10.   Penas terribles contra quienes atenten al bien común.

11.   Valores definidos y nada de ambigüedades demagógicas y acomodaticias.

Lógicamente hay muchas más, aunque éstas sean las más importantes.

¡Todos conocemos que tuvimos un EMPERADOR llamado ATAHUALPA, un imperio llamado QUITO!

Vivíamos un sano régimen tradicional, que por su naturaleza milenaria y ancestral; garantizaba la calidad de vida –y muerte- de la gente. Existen amanecidos historiografistas que pretenden hacernos creer que antes de la conquista, este territorio era un paraíso comunista o socialista. ¡Nada más lejos de la verdad! ¡Los hechos hablan por sí mismos! La Historia se puede falsificar en libros, mas no en la memoria. Y es por eso que aquel régimen imperial es la única vía en que esta tierra puede volver a ser el gigante del pasado; dado que si sumamos el aporte que la VERDADERA cultura europea puede hacer, el potencial es infinito.

El camino a la reconstrucción del imperio exige una VERDADERA REVOLUCIÓN, y nada de amaneradas “revoluciones ciudadanas”. Solo el sacrificio lleva a la gloria y la superación de la pseudo república en que vivimos es el primer paso. El segundo es saber reconocer a la ÉLITE ESPIRITUAL que debe guiar y de la cual la figura del EMPERADOR debe ser reconocida por su gente.

¡El camino está trazado por los dioses, es trabajo de los héroes saber caminarlo hasta la gloria!

Felo



MÁS ALLÁ DE LA HISTORIA

MÁS ALLÁ DE LA HISTORIA

Es un hecho constatable que el hombre tradicional en su “situación existencial” se regía con una premisa que alimentaba todo su accionar ya sea interno o externo; esto era la eliminación de su historia en cuanto tal y por ende del tiempo mismo que permite transcurrir esa historia. Esto le permitía un retorno en la misma existencia de la eternidad perdida, la cual era graficada generalmente en sus mitos de Edades de Oro o Paraísos perdidos, pero a su vez también esta acción, permitía la manifestación de lo sagrado. La eliminación de lo profano era de una necesidad impostergable para el hombre antiguo y solo entrando en un momento mas allá del tiempo y por ende eterno permitía la sacralidad de sus acciones. La imitación de arquetipos primordiales que hacia el hombre lo transformaban en aquel dios que hizo tal acción en un tiempo mítico. Cesando la individualidad profana una repetía constantemente los actos heroicos de un ser que fundaba un mundo. El Dios o Dioses de los hombres tradicionales  fundaban el mundo de estos. Pero estos hombres sabían también que por el hecho de ser mortales el tiempo llega a desgastar todo, (incluso los Dioses mismos) es por eso que se necesitan de ciertos rituales para reactualizar el tiempo mítico de los Dioses. Ese tiempo que esta más allá del tiempo. En ese tiempo se logra la eternidad y por ende la renovación del mundo. Cuando el hombre comete o tiene que ejecutar una cierta acción sabe que está reproduciendo la acción de un dios que también y por primera vez logra hacer un acto que se transforma en primordial. Entonces toda la existencia del antiguo está regida por la imitación de esos arquetipos y son estos los que permiten eliminar su historia y situarlo fuera del tiempo que devora todo a su alcance. El hombre tradicional tiene el poder de eliminar su historia y por ende sus errores, dándole así un sentido a su existencia. Esto es lo que le permite llegar a la verdadera realidad.

Cuando un objeto producido por el hombre remite a algo trascendente entonces ahí él tiene realidad ontológica. Solo en lo trascendente y por ende en lo sacro se tiene la realidad de frente, en cuanto tal; fuera de ello todo es deformación de la misma. Siempre había un arquetipo celeste para un fenómeno terrestre. Toda creación que realizaban era una creación cósmica. Se trae del caos de lo amorfo al cosmos de la forma, entre estos dos se produce el ritual, que permite la manifestación de una realidad sagrada. Todo acto era así una cosmogonía  que al ser realizado en un tiempo mítico por los Dioses puede dar al hombre un nuevo nacimiento de sí mismo, permitiendo además que todo se renueve en el mundo. Repetir e imitar un arquetipo y abolir el tiempo profano a través de un rito son los dos aspectos de la ontología de los hombres tradicionales. Nada era novedoso pero tampoco irreversible. Oponiéndose a la historia, a su memoria y los actos que no tenían un modelo arquetípico, buscaban renovándose constantemente, un eterno presente. Todo comenzaba por su principio a cada instante. Todo siempre volvía a comenzar, retornando eternamente, quedando el tiempo mismo anulado. Esta era la esencia de la estructura del tiempo cíclico entre ellos. Todo se regenera una y otra vez, necesitando a la vez de alguien que permita la regeneración, y ese era el hombre.

Este mundo se nos ha perdido. Hoy para nosotros hombres modernos lo sagrado es un mero flatus vocis. Es algo que no nos toca, que no nos puede tocar. Cada acto que hacemos es irreversible pero sobre todo absurdo, y frente al terror que esto produce tratamos de aturdirnos. Aquí sin embargo se ve también el terror inveterado del hombre por la historia, su historia. Con este aturdimiento se busca eliminarla, saltearla, no hacerle frente, sin embargo cuando lo hacemos, lo hacemos en la inconsciencia, a traves de un frenesí enloquecedor que busca agotar toda nuestra existencia, pero no sabemos de dónde viene este frenesí y para que existe como tal. Por eso que todo lo que hacemos parece que no tuviera realidad, y sin embargo y aun así, lo hacemos, sin un motivo o razón. Somos temerosos y buscamos crear sustitutos, pero lo sagrado es algo inherente a la conciencia del ser humano y aunque se lo aparte de vista siempre retorna, subliminado pero retorna. El problema es que ya ni así lo reconocemos, creyendo ver en esa subliminación un acto profano más de nuestra día a día.

El hombre hacedor de la historia es todavía una de las características de nuestra era tecnológica donde todo es almacenado, archivado y memorizado. Donde todo nuestros actos están regidos para tratar de encadenarnos. Donde nos vendemos como producto en serie, siendo la figura sin cara de un objeto destinado a consumirse y nada más. Esa es nuestra historia y ni siquiera tratamos de librarnos de ella, demostrando lo aturdidos que estamos. Y aturdiéndonos escapamos de aquello que es lo más pesado: la trascendencia. Sin duda es lo más pesado por ser lo más importante, porque está en juego nuestra esencia misma. Está en juego el hombre como tal. Los antiguos lo entendieron, para ellos solo hay hombres si hay Dioses. Nosotros no poseemos ninguno de los dos. La exacerbación de nuestra individualidad paradójicamente nos ha quitado el hombre. Solo somos productos que necesitan renovarse a cada instante para ser novedosos. Esta es la gran diferencia con el tradicional, él no busca lo histórico y novedoso sino la repetición de unos actos primordiales, solo en el encuentra su ser, su libertad y solo ahí él es verdaderamente creativo. Nosotros en cambio hombres modernos creemos tener la libertad de hacer la historia haciéndonos a nosotros mismos. Pero este sin embargo es el estupefaciente que usamos para ocultarnos la verdadera realidad, la cual es que vivimos suspendidos de una gran nada y nosotros y nuestra historia y todo con ello acabara en la muerte. Por eso la trascendencia es el dique para enfrentar al Dios de la muerte, porque afianzándonos en la historia, afianzamos el tiempo y por ende nuestra propia finitud. Por eso encontrar esa infinitud dentro de la finitud que es nuestra vida es lo que permite no ahogarnos en una nada sin sentido y absurda, ayudándonos así de librarnos de nuestra historia como seres mortales. Solo lo sagrado, que es la eternidad en el tiempo y que es la infinitud en la finitud es lo que permite tal liberación.

Pero, ¿cuándo se produjo por primera vez esta valorización de la historia en sí misma? Si el hombre antiguo le tenía terror a la historia… ¿Cuándo se produce el quiebre de querer dar paso a la repetición de arquetipos primordiales por los sucesos históricos que tienen desde ahora una realidad ontológica plena? Esto se da a través de los profetas judíos. Ellos mostraron a los israelíes que los acontecimientos negativos en la historia de su pueblo eran debido a un Iahvé encolerizado por sus pecados. Todos los desastres políticos y militares pasaron a tener con ellos un sentido, todo era debido a la ira de Dios que buscaba encarrilar a los judíos a la verdadera religión y deshacerse de los ídolos a lo que estos estaban rindiendo culto. Los acontecimientos históricos comenzaron a tener valor religioso. La historia era una teofanía, era la voluntad divina expresándose. Aquí se comienza con la valorización de la historia en cuanto tal y el tiempo con ello deja de darse en ciclos eternos para transformarse en algo lineal con un sentido único. Dios es una persona desde ahora, no un arquetipo que realiza actos primordiales. Él ahora interviene siempre en la historia y se revela en ella. Todos los acontecimientos del hombre en la historia tienen un valor religioso porque esta es ahora una epifanía de Dios, concepción esta que fue ampliada y universalizada por el cristianismo. Todo se efectúa en un tiempo concreto, ya no mítico como en las concepciones tradicionales. Los acontecimientos para los judíos tienen fecha y lugar. Es un momento limitado y determinado en tiempo y espacio y por ende no es reversible porque es una teofanía. El acto no volverá a repetirse eternamente porque ahora es la historia y el tiempo en cuanto tal donde Dios manifiesta el destino y los actos a realizar al pueblo judío. Y esto será hasta que se produzca el fin de la historia con la llegada del Mesías. El arquetipo mítico en este caso se pone en el futuro mostrando así que la necesidad de arquetipos primordiales por parte del hombre son siempre necesarios.

Los judíos no soportaron la historia y tratando de darle un sentido a sus calamidades, los transformaron en un designio religioso. Eran solo tolerados porque Iahvé lo quería así y porque con ellos el pueblo elegido se salvaría una vez que todos los acontecimientos se produjeran anunciando la llegada del Mesías y el fin de los tiempos. La historia se la valoriza para luego destruirla de una vez y para siempre. Aquí la historia no iba a repetirse infinitamente como en los tradicionales sino a agotarse, sin retornar. Paradójicamente los profetas judíos ensalzaron la historia momentáneamente y con esto quiere decir mientras Iahvé se manifieste, y poder llegar el día en que esta dejara de existir y aliviar sus sufrimientos y culpas. Todo se torna irreversible y el devenir histórico es producto de un dios personal, teniendo este devenir y los actos que ocurren en él un valor intrínseco. La historia universal tiene que ser liquidada y todo esto debido al sufrimiento de los judíos por sus acontecimientos nefastos. Se podría decir que aquí hay una cierta venganza de los profetas por su situación en el mundo que se hace insoportable y que por ende no debe repetirse más. Se soporta la historia únicamente porque se sabe que será destruida. Hay una actitud anti-histórica al igual que los pueblos tradicionales que si bien no es eliminada la historia en el momento presente sin embargo debido a la esperanza en la llegada del Mesías esta va a cesar en algún momento; esta será la nueva manera de soportar la historia. Es la esperanza en un final, abolido en un futuro. El mundo ya no se regenera periódicamente sino que será regenerado una vez y para siempre en un in illo tempore futuro. La historia se torna escatológica siendo el fin del mundo el fin de los pecadores y el triunfo de Israel.

Esta concepción de tomar la historia como una manifestación sagrada será retomada con el cristianismo, con el mismo esto se universaliza para todo el planeta. La redención con la vuelta del Mesías ahora no pertenece a un pueblo sino a toda la humanidad, donde todos serán salvados en un tiempo mítico, mientras crean en Jesús como Dios.

Dios interviene en la historia al igual que con los judíos, la revelación se hace en el tiempo profano, esta no se repetirá teniendo así la historia un sentido único, al igual que el tradicional el tiempo e historia se abolirán para entrar en el Paraíso pero la diferencia es que ahora será para siempre, habiendo así algo trascendental en la historia misma. Pero la gran diferencia entre los judíos y cristianos es la radicalización de la transfiguración del suceso histórico en hierofania. Dios ya no solo interviene en la historia… ¡sino que se transforma en un ser histórico!  Este padece una historia, condicionado como cualquier judío de su época, pero este suceso histórico que es la existencia diaria de Jesús es sin embargo una teofanía total. Con esto el acontecimiento histórico tiene una plenitud total de ser. El tiempo del suceso histórico queda aquí eternizado, ya no se repetirá nunca más porque si así lo hiciera quiere decir que el tiempo en el que vivió Jesús debe ser reversible y no tendría por ende una consistencia plena. Esto es imposible para el cristiano. Los actos de Dios (Jesús) no pueden carecer de consistencia porque este por ser absoluto no puede no-ser eterno en lo que hace. No puede hacer las cosas dos veces, esto sería un sin-sentido, Su Voluntad divina es homogénea y total, siendo todo aquello que realizo, irrepetible. Aparentemente la repetición de los arquetipos que realizaban los antiguos, a la vista del judeo-cristianismo sería un error sin sentido. La repetición implicaría, y sobre todo para los judíos el retorno de la historia con la consecuencia de sus sufrimientos. Nada debe repetirse porque Dios obra de manera total, y los sufrimientos perpetuados por Dios a los judíos son escarmientos por los pecados cometidos, que los llevara en el futuro  para siempre al paraíso perdido. El paraíso es la eliminación total de la historia de los sufrimientos de los israelíes. Inconscientemente los cristianos toman esa herencia haciendo de Dios un hombre y que toda la historia de este sea la historia de Dios, la historia sagrada. Este suceso es algo único y total. Mircea Eliade lo dijo claramente: “¿Cómo podría ser vano y vacío el tiempo que ha visto a Jesús nacer, sufrir, morir y resucitar? ¿Cómo sería reversible y repetible ad infinitum?[1]

Sin embargo a pesar del valor concedido a la historia el judeo-cristianismo, como bien hace notar Eliade, no terminan ellos haciendo un historicismo sino una teología de la historia. Porque el acontecimiento no se valora en sí, sino se valora porque Dios obra en él. Es la revelación de Dios en la historia la que se tiene en cuenta. Hay una trans-historicidad de la historia. La historia se trata de salvar porque tiene algo que es eterno y sagrado en ella: el mensaje y vida de Cristo, para el cristiano, y la manifestación de Iahvé como rectificación de los pecados, para los judíos.

Pero lo que se quiere en definitiva, todos ellos, es abolir la historia como en las sociedades arcaicas y esto se ve nítidamente en la esperanza de los cristianos en la segunda venida de Cristo que pone fin a todo la Historia y permite el retorno del Paraíso. Cada acto puede ser un acto de Dios en la historia y el judío o cristiano debe poner suma atención a los acontecimientos porque en estos se podría dar un acto o revelación del mismo Dios. La historia es valorizada como teofanía de Dios, pero es valorizada al fin y al cabo. El historicismo es sola una secularización de esta Teología, en él solo el suceso histórico per se cuenta y a este se lo empieza a valorar como si fuera un dios personal. Se comienza a escribir la Historia con mayúscula. Sin embargo la Historia ahora tiene un aliado que es el sujeto autoconsciente. Entre ellos dos sustituyen al Dios cristiano. Entre ellos traerán el paraíso perdido del judeo-cristianismo donde se manifiesta el sujeto que se quiere libre y que se conoce como tal. Aquí entramos en el núcleo de la modernidad, el del sujeto autoconsciente que se produce a sí mismo. El máximo exponente de esta concepción es Hegel. Con él los sucesos históricos son tomados por sí mismos, sin embargo en el quedan resabios de la concepción judeo-cristiana, porque en definitiva estos sucesos serian la manifestación de un Espíritu universal. Los acontecimientos no se pueden revertir dado que cada uno revelaba una de las etapas del Espíritu Absoluto. La Historia sigue teniendo sentido aunque ahora se la valore por sí misma, pero pierde ese significado transcendente, religioso y sagrado que tuvo antes de la modernidad. Esto se ve claramente en el Marxismo donde la historia seria la historia de la lucha de clases que luego de que esta tenga fin, vendrá la dictadura del proletariado que es la imposición del verdadero humanismo. Es el paraíso terrestre. Es la edad de Oro de los mitos tradicionales pero visto desde el espejo, porque toda transcendencia espiritual se ha retirado de esta concepción, solo queda el hombre libre y su humanidad. El mundo es “salvado” como en los cristianismos, sin embargo y a pesar de todo la historia sigue, mantiene un sentido, esta solo ocurre para que el proletariado se imponga a sus opresores, por eso para el marxismo el terror de la historia también queda abolida en el final de la misma.

En todas las concepciones de la historia ya sea de los hombres tradicionales, del judeo-cristianismo o de los modernos siempre hay una necesidad de buscar un tiempo mítico que esté por encima del tiempo histórico. La necesidad de encontrar un sentido siempre está presente. La huida ante lo que provee la desesperación nihilista hace a los hombres tratar de encontrar un sentido en la existencia, en un tiempo que este más allá del simple presente, en buscar la eternidad del tiempo, el cual pasa para no retornar. La concepción historicista y la concepción arquetípica hasta el día de hoy están en lucha. Sin embargo hay que aclarar que ese hombre historicista que se cree libre de hacer la Historia y que además en ella se hace a sí mismo, es una pura ilusión. Nuestra época lo refuta. ¿Acaso en esta época no es donde más encadenado se está, donde más se necesita de otros para ser? ¿Acaso no hay una minoría que controla el mundo y el oponerse solo trae el suicidio? Se la puede evadir, por supuesto, pero en ese caso ¿cómo seguimos haciendo la historia del Mundo? Esto sin contar que vivimos en la era donde la Técnica está en pleno desarrollo, donde sin maquinas no podríamos existir como hombre históricos. Donde nuestro destino depende de tal o cual artefacto para que no sobrevenga un cataclismo planetario. Estamos en la ilusión de la libertad. El creer en la Historia en si misma sin trascendencia como en los marxistas o nihilistas solo acarrea esta ilusión. Es con ella que se trata de no caer en el terror de la historia. La cuestión es ver qué pasa cuando caiga esta ilusión ¿Podría el hombre retomar su concepción arquetípica, lo que parece poco probable o tendrá que buscar otra forma para encontrar la manera de religarse a lo sagrado? Este hombre historicista ha perdido la inocencia necesaria para la repetición arquetípica pero también para le fe profesada por el judeo-cristianismo, que fue la nueva experiencia religiosa que este inauguro. El subjetivismo le ha inflado mucho el pecho ¿En dónde buscará ahora para superar el terror de la historia, cuando caiga la ilusión de la libertad? ¿En dónde pondrá la transcendencia y el contacto con lo sagrado? ¿En sí mismo, quizá? No podemos saberlo, cuando el peso por no liberarse de su historia lo aplaste podremos ver a donde se dirige su reacción.

MARCOS EL JOVEN


[1] Imágenes y símbolos. Pag 181. Ed. Planeta D Agostini



O Herói e o Império

O Herói e o Império

Tradição Imperial guerreira é a forma assumida pela essência do espírito kshatrya.
Imperium é sua forma macrocósmica e o Herói é sua forma microcósmica.
A visão de mundo metafísica, a aristocracia, o princípio sagrado da Honra e a exaltação da guerra como atitude do Espírito, são todos elementos próprios do germe imperial que nasce em uma elite. Germe este que se concreta no real ideal de Imperium quando ascende o enviado divino, aquele que será o centro de orientação de todo um povo e paradigma de valor, entrega e sacrifício: o líder, o rei, o imperador. Este é reconhecido pela comunidade não através de seus meros dotes administrativos ou organizacionais, ou seja, por nenhuma percepção de ordem racional; o rei ou líder só pode ser reconhecido como tal através de estratos suprarracionais do ser, precisamente através da esfera transcendente do sangue espiritual.
Um Imperium surge, em seus primórdios, de uma emanação espiritual provinda de um plano transcendente regido por Deuses solares que, através de uma mística, leva alguns poucos homens a perceberem a realidade de forma diferenciada. Este é o princípio das duas naturezas, o mundo transcendente do ser atuando sobre o mundo materializado do devir. Como imagem dessa lei sagrada vemos o governante divino Khrisna clamando ao herói Arjuna no Bhagavad-Gita: “Exceto tu, não ficará um só dos soldados que constituem os dois exércitos … levanta-te e busca a glória, triunfa sobre teus inimigos e adquire um grande império”.
Essa força mística transmuta-se em pura vontade quando atinge os homens de espíritos superiores. Forma-se assim uma elite, cuja visão de mundo própria, aristocrática, inspirada na pura transcendência vertical, em direção às alturas, vai organizando a realidade em base dos significados superiores de todos os processos, de todos os entes e de todos os fenômenos; cria-se, enfim, um significado total de vida superior, onde o transcendente vai incorporando o imanente, no sentido de que o superior, desde uma instância olímpica e solar, vai moldando e iluminando a esfera contingente do inferior, daquilo que é reflexo e aparência do meramente humano. A esfera do sagrado forma-se, assim, pela vontade daqueles que sabem, e não pela devoção daqueles que tem fé. Quando os destinos se fixam a este ideal de vida superior surge então a marca do épico, do grandioso, do olímpico, e o sentido de uma existência pautada pelas necessidades físicas, pelos prazeres e recompensas, é substituído pela emergência do ideal heróico de vitórias e glórias. A ação supera então a contemplação e o Imperium se concreta como criação gloriosa do espírito e da tradição kshatrya. Este é o momento das conquistas, da luta metafísica contra as forças do caos e contra as raças que carregam a marca daKali Yuga.
Essa visão de mundo aristocrática, tornada real e viva pela vontade superior dos poucos homens, vai se espalhando paulatinamente pelos estratos humanos que formam uma comunidade. Toma então preeminência, em cada ser, aquele significado interior que mais se liga ao imutável, àquilo que um homem é por toda sua existência: sua natureza própria. Surgem, assim, as castas. Estas marcam o princípio da diferença como valor social de ordenação das individualidades. Desde o plano transcendente emerge, então, através das castas, como uma calma energia, o amor pela organização, pela disciplina e o repúdio à mescla e a tudo que seja indiferenciado como sinônimo de promiscuidade. Todos os homens são postos em seus devidos lugares dentro do organismo imperial, todos só fazem aquilo que já nasceram sabendo fazer, na forma de uma intuição luminosa, segundo as limitações de suas castas. A sociedade imperial estrutura-se então como um organismo duro semelhante uma rocha, mas ao mesmo tempo leve como uma pena, e é, assim, sustentado de forma vitoriosa pelo princípio da ação mantido pela casta superior da nobreza régia e guerreira, que atua semelhante a um pai o qual é o responsável último por sua família. O mesmo organismo é ainda protegido e cuidado pelo conhecimento universal orientador contido na casta lunar dos líderes espirituais e sacerdotes, que atuam semelhante a uma mãe que cuida de seus filhos. A terceira casta, dos mercadores e profissionais, cuida, por sua vez, do funcionamento das necessidades materiais básicas do organismo social; e, por fim, a quarta casta, dos servos, subsiste como o pólo contingente a ser constantemente moldado, cuja virtude máxima dentro do organismo social é a obediência. Como projeção coletiva humana provinda do plano transcendente o organismo imperial necessita de mínimos meios coercivos para seu funcionamento e sua duração.
Imperium, como fruto da espiritualidade solar, contida de forma mais pura na casta da nobreza guerreira, é ainda sacralizado e sua lei tornada pétrea através da ascensão da Honra como elemento de ligação dos homens com os deuses, dos homens entre si e entre suas respectivas castas. A Honra é o cimento do Imperium. É através dela que surge a exaltação da fidelidade, da lealdade e do valor, que por sua vez formam a base da Ética heróica. A Honra é, portanto, o núcleo ético do homem da tradição. É o supravalor espiritual e antimaterial por excelência. É uma verdadeira força ontológica que dentro do Imperium é capaz de parar a roda de decadência da Kali Yuga, uma vez que qualquer ato de honra tem a propriedade transcendente de quebrar a racionalidade contida nessa idade de trevas.
A lei transcendente do espírito determina o rebaixamento do fluir temporal e de tudo que é expressão deste devir a um plano secundário que necessita ser constantemente superado pela expressão daquilo que é duradouro, estável e imutável. Derivado disso surge o valor incorruptível da Ancestralidade, como significado daquilo que é permanente e por isso é marcadamente presente em todas as gerações, desde as origens. A exaltação da ancestralidade é baseada num aspecto particular da tradição que é precisamente a tradição de sangue. Esta é baseada no reconhecimento direto por parte de cada família, de cada estirpe ou de cada povo, das glórias e conquistas construídas sobre o sangue dos ancestrais. Uma doutrina de tal tipo invariavelmente é propagada em linguagem épica onde os antepassados atingem o nível do verdadeiramente divino. Como a ancestralidade possui uma essência específica de cada família, estirpe ou povo, ou seja, como cada um possui seus próprios ancestrais, ela atua, no organismo imperial, como um elemento oposto a qualquer sentido de universalismo ou de nivelamento.
Na Roma Imperial era tradição familiar o culto aos ancestrais em datas determinadas ou em funerais de algum membro, onde o rito mandava que fossem proferidos discursos em honra dos mesmos. Também se guardavam máscaras feitas de gesso do rosto dos antepassados que eram postas em evidência em determinadas datas ou cerimônias públicas.
Nota-se através da exaltação da ancestralidade que o Imperium possui um sentido histórico eminentemente contrário ao tempo linear, estando alinhado com o passado e hostil a tudo que seja promessa futura. OImperium parece possuir um tempo próprio, um tempo compreensivo-simbólico, não extensivo-linear, que reflete não o fluir e o mero envelhecer dos entes e dos homens, como sobreposição de fatos históricos cuja valorização e preeminência são determinadas por critérios culturais, mas sim um sentido que é emanado diretamente do transcendente sendo marcado pelo direcionamento à eternidade e sincronizado com os símbolos eternos reconhecidos por todos. Por isso, estando o símbolo sagrado do progresso e da felicidade futura destruídos, qualquer avanço tecnológico-material ou antropológico que venha se dar dentro do ambiente imperial, terá por função exatamente a estabilidade e a permanência das leis que regem o império, ou seja, qualquer dita “evolução” neste sentido vem desde o alto.
Todo valor e toda expressão do plano transcendente só se sustentam de forma luminosa e ativa mediante uma natureza viril. Virilidade espiritual é uma marca, portanto, de toda elite e nobreza guerreira. Este tipo de atitude viril é uma síntese entre a força física e a coragem, como expressões diretas da vitalidade da estirpe, e a transcendência vertical; síntese essa que forjou um tipo humano superior, digno de ser eternamente relembrado. São exemplos desse tipo os patrícios e legionários romanos, hoplitas gregos e espartanos, a cavalaria medieval, dentre outros.
Todos esses exércitos verdadeiramente divinos constituíram-se como a força vital dos respectivos impérios que representavam, e tiveram como unidade formadora aquele homem que em si possui a marca transcendente do heroísmo.
Herói é, portanto, o microcosmo da tradição kshatrya.
O Herói é um tipo de homem que além das três esferas constitutivas do ser – a esfera física corporal, a esfera psíquica, anímica, sede dos desejos e dos medos, sustentada por aquilo que se entende por alma, e a esfera propriamente espiritual, construída pelo Espírito, aquilo que o homem tem de mais semelhante à divindade – é marcado pela presença de uma quarta esfera, a esfera da Magia.
Tal dimensão mágica no Herói fez com que ele fosse admitido nas civilizações tradicionais como um intermediário entre os homens e os Deuses. É através desta esfera que o Espírito pode romper os laços anímicos e físicos que o ligam àquilo que é simplesmente humano, atingindo as alturas olímpicas mais distantes, chegando à mors triunphalis. Essa esfera mágica é uma estância essencialmente bélica, por isso o herói é um guerreiro nato, que, independente da forma cultural que assuma, governante, pensador ou criador, por exemplo, sempre sua conduta ou suas criações resultarão em armas, sejam de defesa ou de ataque. Sejam obras literárias, sejam criações de arte, provindas elas da magia heróica, terão sempre uma forma transcendente que se equivale extraordinariamente a um escudo, para defesa do Imperium, ou a uma lâmina ou arco, para ataque sobre os agentes da matéria e do caos. Esta propriedade divina do Herói só pode ser captada por uma máxima transcendência vertical, mais além de qualquer explicação metafísica ou teoria filosófica.
Esta esfera mágica possui ainda, digamos, dois pólos. O primeiro é o pólo que de onde se expressa a Honra Heróica. É através deste pólo que a tradição guerreira caracteriza-se por uma postura masculina e viril diante dos Deuses. E por falta ou pouco desenvolvimento dela é que a tradição lunar sacerdotal põe-se de forma feminina e devocional frente ao plano do divino. O outro pólo mágico é constituído de pura Vontade, e é justamente através deste pólo que a dimensão espiritual dos Deuses e Heróis mortos em combate faz-se poder, potência e ato real, e o Sagrado torna-se vivo entre os homens.
A Vontade mágica, inquebrável e invencível, é, então, o eixo de conexão entre dois mundos: o mundo macrocósmico do transcendente, o qual forma o Imperium, e o cosmos interior do homem heróico.
Por falta desta esfera mágica, ou por materialização e anquilosamento da mesma, é que a espiritualidade sacerdotal nunca constrói impérios. E sem a solaridade de um organismo imperial que se sustente a si mesmo frente às contingências do mundo material e humano, e frente a inimigos diversos, só resta ao espírito lunar aceitar a dependência sem almejar qualquer superioridade em qualquer aspecto que seja. O Cristianismo, exemplo do espírito devocional do Oriente, deve sua existência aos organismos imperiais romano e gibelino nos quais se amparou para subsistir nos povos do Ocidente. Portanto, o puro sacerdote, o fiel, o religioso, o intelectual, devem venerar por toda comunidade o heroísmo régio aristocrático como o verdadeiro agente paterno de proteção e sustentação de todo organismo.
Toda vez que a casta sacerdotal deseja tomar preeminência em alguma tradição originalmente guerreira e imperial, ela assume o papel do vírus da antitradição, e, propagando um universalismo próprio, destrói o  sentido vertical que tinha a contemplação quando sustentada pelo heroísmo do ambiente imperial. O sacerdote, ou sua forma mais cultural assumida pelo intelectual, transformam-se então em agentes de desagregação, dissolvendo o elo de ligação do plano transcendente do divino com mundo dos homens, que atuava como elemento primordial e justificativo de todos os processos. Rompe-se a ligação do corpo com o espírito, confunde-se o concreto com o abstrato, esquece-se a substância por trás do real, o sagrado vai, então, recolhendo-se para um lugar em separado, um subterrâneo anímico, passando a ser acessível somente através de estados psíquicos do ser, sejam eles de culto devocional, sentimentalistas ou mesmo de euforia tribal; em todos esses estados o sentido espiritual vai decaindo ao longo do tempo. Esta separação horizontal vai de encontro a estrutura vertical e hierárquica do mundo da Tradição, originando, então, um certo sentido de nivelamento; assim, desde instâncias meramente psicológicas, lunares, sem o crivo do Espírito, da Vontade e da Honra, este nivelamento transforma-se em força ativa, e posteriormente resultará em igualitarismo, democracia e direitos humanos. O mesmo processo é passível de ocorrer quando na terceira casta emerge o mesmo desejo de domínio, surge, então, através dela, o materialismo capitalista, a subversão, a visão de mundo mecânica, o amor pelo luxo e pela usura. O mesmo, ainda, pode ser dito quando os servos desejam preeminência, nascendo então o caos espiritual, o rebaixamento intelectual, a brutalidade, a promiscuidade e a perversão. Este é o próprio sentido da decadência da Kali Yuga.
O homem heróico é caracterizado ainda, na esfera física do corpo, por uma vitalidade e uma força física calma, uma resistência a condições intempéries fora do comum e um vigor supra-humano. No âmbito psíquico, na esfera lunar da alma, contida em cada homem, o herói é marcadamente intenso e verdadeiro em todos os seus desejos, mas estes são fixados num limiar superior pelo ethos heróico que, como foi dito, é reflexo direto da Honra como medida de todos os atos. Fidelidade e lealdade substituem qualquer sentido de sentimentalismo anímico. Camaradagem cavalheiresca substitui qualquer mera amizade ou utilitarismo na relação entre os homens. A mulher, para o espírito heróico, é a Dama. Aquela que possui em si o mistério máximo do amor, único ponto-fraco do Herói. É aquela que lhe mostra a saída do labirinto dos rigores do mundo humano. É a inspiração inicial do superar-se a si mesmo.
Como visto, o Herói é um microcosmo ascendente, como uma flecha apontada para o alto, semelhante e análogo ao seu reflexo macrocósmico imperial.

 

Valdemar Abrantes

Vía: http://www.juliusevola.com.ar/El_Fortin/62_14.htm



Imperio e imperialismo en Jorge Luna Yepes y Julius Evola.

Imperio e imperialismo en Jorge Luna Yepes y Julius Evola.

«D. Carlos, por la divina providencia emperador semper augusto». Retrato de Christoph Amberger, 1532.

En el estudio de los sistemas políticos comparados, que decepcionantemente la mayoría de veces se reduce a las distintas formas de democracia, Imperio e imperialismo parecerían sinónimos, sin embargo, a la luz de la concepción tradicionalista de Julius Evola por un lado, y nacionalrevolucionaria o de tercera posición de Jorge Luna Yepes por el otro, son antítesis “lo más opuesto” que pueda concebirse.

En la historia de las ideas, en particular de las ideas políticas ecuatorianas, pocos pensadores han alcanzado un grado de claridad y penetración sobre las causas de la decadencia de la idea política y su expresión plasmada en la realidad: el Estado. Jorge Luna Yepes, prácticamente un desconocido en nuestros días, fue un líder político ecuatoriano, así como historiador, y figura máxima del movimiento de tercera posición Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana durante la segunda mitad del siglo XX.

En el caso particular de este artículo nos interesan sus ideas políticas desarrolladas y expuestas en sus escritos a lo largo de las décadas, específicamente la de Imperio y la de imperialismo; Luna entendía a ambos conceptos como enfrentados entre sí, y así nos lo señala claramente, definiendo al Imperio de la siguiente forma:

“Vosotros sabéis que una vez fuimos tan grandes que en nuestras lindes el sol no se ponía. Y siendo esto una verdad en el campo físico, lo era más profundamente en el campo del espíritu… (el) Imperio español de la decadencia, fue quedar confiadamente en el campo de la inactividad. Nosotros tenemos que reaccionar contra algo que se hizo vicio nuestro, pero que no fue de nuestros mayores. Esta inactividad después del éxito no es consustancial con el genio hispano… Si un día fuimos grandes, ¿Cómo no hemos de volver a serlo cuando sirvamos en plenitud a nuestros no igualados destinos?… tenemos que lanzarnos a la reconquista de lo que fue nuestro. ¿Qué fue nuestro? Nuestra fe, nuestra grandeza imperial. El Imperio. ¿Imperialismo? Imperialismo, no…”[1]

En cambio, imperialismo para él significa lo siguiente:

“¿Y cómo no vamos nosotros a volver por lo que antes fuimos? ¿Cómo vamos a rehacer este Imperio? Os decía que como imperialismo, no. Imperialismo es el sentido hegemónico de un pueblo sobre otro pueblo, que salta sobre las cuestiones de derecho, que salta por encima de la justicia. Esto no es de nosotros. Debemos ir a una reintegración de los pueblos hispánicos. ¿Qué se llame Imperio? Es discutible. El nombre es menos importante…. Afirmación imperial, no… imperialista”.[2]

A su vez, históricamente concebía un orden específico dentro de la estructura cultural de la colonia, describiendo una vida que “discurre sencillamente, sin ostentación… la vida hogareña y ciudadana de Quito en la unidad del Imperio”[3], y cuando se refiere a al quiteño Miguel Jijón y León (nacido en Cayambe), primer Conde de Casa Jijón,  acentúa sus “grandes trabajos a favor de la Patria y del Imperio”[4]. Queda entonces asentado por Jorge Luna Yepes que el Imperio es una unidad física y sobre todo espiritual, que debe ser recuperada, y además; el imperialismo no equivale a Imperio, sino que es su adversario de alguna manera al ser un sistema político hegemónico de un pueblo sobre otro, es decir, un sistema de opresión y explotación del centro hacia la periferia, contrario al sentido de unidad trascendente y en función del bien común explícita e implícita del Imperio.

De por sí son destacables los conceptos de las ideas políticas de Imperio e imperialismo que presenta Jorge Luna Yepes, con una visión desprejuiciada y nada común en el Ecuador, por aportar con estas a un mejor y más pleno entendimiento de nuestra realidad política-histórica en el continente americano; donde la palabra Imperio se volvió sinónimo de la explotación capitalista estadounidense, siendo usual escuchar a los sectores ideológicos de izquierda –sobre todo- referirse despectivamente a Estados Unidos como “el imperio”, e incluso haciendo alusiones similares –en el sentido de explotación capitalista- a otros países, en particular a España por su claro pasado imperial en América.

Por su parte el pensador tradicionalista italiano Julius Evola, también desarrolló no solo la contraposición de Imperio e imperialismo, sino que dota al Imperio de un sistema relacionado de aplicación para estos tiempos, basado en la experiencia y el desarrollo histórico de los imperios a lo largo de la historia universal[5]. “El fundamento de todo Estado verdadero es la trascendencia de su principio de la soberanía, de la autoridad y de la legitimidad”[6]. Evola pudo definir el Imperio de esta manera:

En épocas precedentes se pudo hablar de un carácter sagrado del principio de la soberanía y del poder, o sea del Estado[7]… idealmente, una única línea conduce de la idea tradicional de ley y de Estado a la de Imperio[8]… Un ordenamiento político, económico y social  creado en todo y por todo para la sola vida temporal es cosa propia exclusivamente del mundo moderno, es decir, del mundo de la anti tradición. El Estado tradicionalmente, tenía en vez un significado y una finalidad en un cierto modos trascendentes, no inferiores a los mismos que la Iglesia católica reivindicó para sí en Occidente: él era una aparición del ‘supramundo’ y una vía hacia el ‘supramundo’[9]… Después, los Imperios serán suplantados por los ‘imperialismos’ y no se sabrá más nada del Estado a no ser que como organización temporal particular, nacional y luego social y plebeya.”[10]

Marcos Ghio, el principal traductor de la obra de Julius Evola al castellano y uno de sus principales estudiosos, detalla ejemplificando históricamente estas diferencias entre Imperio e imperialismo:

Por una parte “el romano buscaba el Imperio, más que para poder vender sus productos y comerciar mejor, más que para enriquecerse, tal como acontece con los actuales ‘imperialismos’, para plasmar en la existencia de una idea de justicia y de sacralidad; y era dentro de tal contexto místico como Roma se erguía a sí misma como el centro espiritual del universo, en la cual los distintos pueblos de la tierra hallaban un orden superior a su mera inmediatez y a sus apetitos materiales, consiste en un equilibrio dador de sentido último a sus acciones. Así como el alma es el centro ordenador de un cuerpo evitando por su acción que sus partes se desintegren en una lucha incesante entre sí y en un flujo espontáneo hacia la nada, el Imperio es ese mismo orden superior en el seno de los pueblos y partes diferentes en que se compone una civilización, o aun la humanidad en su conjunto, de arribarse a la idea última de Imperio universal.”[11] Y por otra “la idea moderna de imperialismo, el que no representa otra cosa que una extensión de la economía, queriendo significarse con ello además el otro dogma moderno de que los hombres en última instancia solo se movilizan en la vida en función de satisfacer apetitos materiales y que por lo tanto la política y el imperio no serían sino la consecuencia o ‘superestructura’ de dicha disciplina”.[12]

A todo lo expuesto, me ha llamado poderosamente la atención; y considero este mi aporte particularísimo al estudio de las ideas políticas comparadas (en el Ecuador y el mundo); la coincidencia que se genera entre los postulados del pensador y político ecuatoriano Jorge Luna Yepes y los del pensador de la Tradición italiano Julius Evola, y no solo eso, además el hecho de que se generaron estas ideas casi simultáneamente en ambos. Siendo conceptos políticos inéditos hasta entonces tanto en América como en Europa: la dicotomía entre Imperio: unidad política con un fin común trascedente y espiritual (descontando de por sí el bien común); e imperialismo: función de explotación económica internacional[13] y  sus definiciones detalladas más arriba. Surgiéndome esta interrogante: ¿Cómo es posible que dos personas, al parecer del todo inconexas[14], llegaron a coincidir en sus tesis? La respuesta que puedo darle a esta es que existe algo llamado la verdad.

Por Francisco Núñez Proaño    

Addendum:

Jorge Luna Yepes desde su particular visión histórica -alguien incluso la calificó de historicista-, así como Julius Evola desde la suya -desde la Tradición-, mantuvo la idea del retorno a la unidad perdida fundamentada en el Imperio hasta el final de su vida, en el caso específico de la América hispana, en torno al Imperio Hispano:

“La guerra de la Independencia crearon odio contra España, porque la guerra fue brutal: de parte y parte. Las autoridades españolas aplicaban la ley vigente de pena de muerte para los sublevados con armas; y frente a eso,  Bolívar decretó la guerra a muerte: nada de prisioneros: todos fusilados. Cuanto odio y desolación, y de inmediato, la insurgencia dentro de las mismas filas patriotas, las conspiraciones contra Bolívar; la destrucción de sus sueños que le hicieron exclamar: ‘América es ingobernable… los que han servido a la Revolución ah arado en el mar… A cambio de libertad hemos perdido todos los demás bienes. Estos pueblos caerán indefectiblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a las de tiranuelos imperceptibles de todos los colores y razas, devorados por todos los crímenes’. Y vino la anarquía a nuestro país y vino la decadencia de España. Muchos grupos se olvidaron que España había hecho la unidad de América, con una lengua; una religión, una raza mestiza, una concepción especial de la vida. Pero, ahora, tenemos que pensar en la reacción racionalTenemos que formar un frente común de Hispanoamérica y España: y, más aún, de Iberoamérica y España y Portugal… Desde California y Nueva York, hasta Madrid y Filipinas, y la Guinea que habla español, podremos hacer fe de inteligencia… “[15]  Estas palabras fueron escritas en 1991.



[1] Luna Yepes, Jorge, Mensaje a las juventudes de España, Ediciones para el bolsillo de la camisa azul, Madrid, 1949. Las cursivas son mías.

[2] Ibídem. Las cursivas son mías.

[3] Luna Yepes, Jorge, Síntesis histórica y geográfica del Ecuador, 2da Edición, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1951, pp. 297.

[4] Ibídem, pp. 309.

[5]Ver: Evola, Julius, Los Hombres y las Ruinas, Ediciones Heracles, Buenos Aires, 1994

[6]Ibídem pp. 33  

[7] Ibídem. Las cursivas son mías.

[8] Evola, Julius, Rebelión contra el mundo moderno, Ediciones Heracles, Buenos Aires, 1994, pp. 59

[9] Ibídem, pp. 55 y 56. La cursivas son mías.

[10] Ibídem, pp. 62. La cursivas son mías.

[11] Ghio, Marcos, en la Introducción a la obra de Evola: Imperialismo pagano, Ediciones Heracles, Buenos Aires, 2001, pp. 8 y 9.  

[12] Ibídem

[13] Eduard Alcántara, estudioso de la metafísica y la metapolítica, señala: “A medio camino entre el imperio español y otros de corte eminentemente antitradicional (por lo mercantilista de los mismos), como el caso del imperio británico (que alcanzó su máxima expresión en el s. XIX) o del conocido como imperialismo ´yanqui´ (tan vigente en nuestros días), podríamos situar al de la Francia napoleónica. Y no sólo lo situamos a medio camino por una evidente razón cronológica, sino que también lo hacemos porque a pesar de haber perdido cualquier orientación de carácter espiritual (el laicismo consecuente con la Ilustración y la Revolución Francesa fue una de las banderas que enarboló), a pesar de ello, decíamos, más que motivaciones de naturaleza económica (como es el caso de los citados imperialismos británico y estadounidense), fueron metas políticas las que  ejercieron el papel de motor de su impulso conquistador. Metas políticas que no fueron otras que las de exportar, a los países  que fue ocupando, las ideas (eso sí, deletéreas y antitradicionales) triunfantes en la Revolución Francesa. Percíbanse los métodos agresivos y coercitivos de que se vale el imperialismo antitradicional (como caracterización que es de un nacionalismo expansivo) y compárense con la libre decisión (Sacro Imperio Romano Germánico) de participar en el proyecto común del Imperium que, a menudo, adoptaron reinos y principados. Compárense dichos métodos con la rápida decisión de integrarse en la Romanidad a la que optaron (tras su  derrota militar) aquellos pueblos que se enfrentaron a las legiones romanas.” En su artículo “El Imperium a la luz de la Tradición”:http://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-imperium-a-la-luz-de-la-tradicion/ consultado a 27 de septiembre de 2011.

[14] No poseo ningún tipo de registro que avalen el conocimiento de Luna Yepes sobre Evola o viceversa.

[15] Luna Yepes, Jorge, “LA ANTIHISTORIA EN EL ECUADOR” -discurso de incorporación a la Academia Nacional de Historia del Ecuador- aparecido en Boletín de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, Vol. 74, N° 157-158, Quito, ene-dic. 1991, pp.160 y siguientes.