coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


La historia la escriben los vencedores

La historia la escriben los vencedores.

No existen pueblos superiores ni pueblos inferiores. Todos se han balanceado desde el extremo del éxito hasta el del fracaso, desde la iniquidad y la miseria hasta la generosidad y la nobleza. Unos pueblos recogen de otros fatigados la posta del guía hasta que, rendidos a su vez, la entregan al que sigue. Esto no ha terminado. Hay mucho por suceder todavía, a menos que… -te decía que los especialistas son en exceso vulnerables, homo sapiens es ya un especialista, el especialista de la inteligencia y la violencia, poseedor del arma definitiva, el arma de la destrucción final…- a menos que se elimine del globo por propia mano. Pero nos apartamos del tema.


Te decía que la Historia la escriben los vencedores a su antojo y conveniencia y por ello es que nos ha llegado una mentira burda de un Tahuantinsuyo gigantesco deshecho por un puñado de rapaces al otro día de su llegada en un solo golpe de audacia y de crueldad. Y luego como España también fue vencida a su turno, los nuevos vencedores nos quieren endilgar una leyenda negra sobre nuestros tatarabuelos. Pero te digo que no. Ni los unos corderitos mansos marchando hacia el degüello ni los otros perros rabiosos sedientos de sangre. No. Las gentes que participarion en él no fueron peores que las que tomaron parte en cualquier otro de los enfrentamientos entre culturas dispares y de diferente acervo tecnológico. ¡Basta ya de mentiras! Basta ya de leyendas negras.

(Carlos de la Torre Flor. Chaupi punllapi tutaj yarcu, 1983)



Invitación al lanzamiento de “Vida de don Gabriel García Moreno” de Manuel Gálvez

Fundación Jesús de la Misericordia

y

Francisco Núñez Proaño

Tienen el honor de invitar a ustedes a la presentación del libro “Vida de don Gabriel García Moreno” del historiador y eximio biógrafo argentino, Manuel Gálvez, editado por primera vez en Ecuador.

Lugar: Centro Cultural Metropolitano. Auditorio “Hugo Alemán” (Calles Espejo y García Moreno, centro histórico de Quito)

Día: Jueves 30 de Agosto de 2012

Hora: 18h30 (6h30 pm) 

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Lanzamiento de “Vida de don Gabriel García Moreno” de Manuel Gálvez

El aparecimiento de un libro es siempre un acontecimiento. Publicar en el Ecuador es una obra titánica. Vida de don Gabriel García Moreno del genial biógrafo argentino Manuel Gálvez ha tenido que esperar 70 años desde su primera edición en Argentina -1942-, para finalmente ser publicada en el Ecuador este año -2012-. Después de algún tiempo -5 años para ser exacto- de tratativas de mi parte con editoriales y titulares de los derechos de autor, finalmente gracias al apoyo de colaboradores y amigos argentinos y ecuatorianos, pude cerrar el trato editorial con la Fundación Jesús de la Misericordia para sacar adelante esta necesaria biografía. Pagamos así una deuda histórica que el Ecuador mantenía con Manuel Gálvez y consigo mismo como país. Asimismo, este año conmemoramos los 50 años de la muerte del ilustre autor, homenajeándole así de la mejor manera posible: haciendo conocer su obra.

Este libro es una minuciosa crónica de la vida de uno de los hombres más notables que nacieron en tierra americana, crónica que por lo complejo de su vida y la dramaticidad de los hechos que lo rodearon, adquiere la intensidad de una obra de ficción: así como hay novelas en las que el asunto tan profundamente humano las convierte en algo que no es concebible sino como una realidad histórica concreta, así estas páginas de historia atraen como una novela en la cual se logra mostrar acabadamente el alma de un hombre destinado a la grandeza y la singularidad de su obra política, única en el mundo de su tiempo.

García Moreno encuentra en la tarea política su vocación y su destino, su vida y su muerte: Este gobernante nato intenta retornar el ideal medieval del Estado Cristiano, pero sin perder de vista la realidad degradante de su época y de su cultura. Su escenario es el Ecuador de la segunda mitad del siglo XIX, que, aunque recién nacido era recorrido por las mismas tensiones que habían convertido a las viejas naciones de Europa en campo de guerras civiles: liberalismo y conservadurismo, civilismo y militarismo, masonería e Iglesia Católica.

La vida y la muerte de García Moreno nos deben hacer pensar en la posibilidad para la América Hispana de un destino de grandeza. Si bien su obra y su persona fueron intencionadamente ignoradas –como lo fueron todos los momentos universales de nuestra propia historia-, este   olvido no significa la desaparición de su martirio: las brazas, por más apagadas que parezcan ocultan simientes de fuego.

Gálvez incluye en esta obra textos de García Moreno, necesarios para la comprensión del pensamiento político del gran ecuatoriano.

Manuel Gálvez, el autor de esta biografía, nació el 18 de julio de 1882 en Paraná-Argentina. Se recibió de abogado en 1904 en la Universidad de Buenos Aires. Durante 25 años se desempeñó como inspector de Enseñanza Secundaria Normal y Especial. Falleció el 14 de noviembre de 1962 en Buenos Aires. En 1928 fue nombrado miembro correspondiente de la Real Academia Española; en 1930 fundó el PEN Club de Buenos Aires; y en 1931 la Academia Argentina de Letras, apenas nacida, lo recibió como miembro de número. Al año siguiente, por su libro El General Quiroga, obtuvo el Primer Premio Nacional de Literatura. Narrador, poeta, ensayista, historiador y biógrafo, es uno de los padres de la novelística argentina, y –sin disputa- el más eminente de los escritores que cultivaron el género biográfico. En este campo, dejó obras que siempre vivirán en la literatura y en la historia de Argentina e Hispanoamérica, como su magistral biografía de Sarmiento y la inigualable Vida de don Gabriel García Moreno.

Francisco Núñez Proaño

Un enlace relacionado: Presentación del libro “Vida de don Gabriel García Moreno” de Manuel Gálvez



VISIÓN CONTRA-CORRIENTE DE LA INDEPENDENCIA AMERICANA

VISIÓN CONTRA-CORRIENTE DE LA

INDEPENDENCIA AMERICANA

Luis Corsi Otálora (*)

“La liberación de las espaldas de indígenas por la introducción de bestias, bien merecen, corno el asno, más estatuas que tantos de nuestros libertadores”.
José Vasconcelos
“La España nos ha hecho la guerra con hombres criollos, con dinero criollo, con provisiones criollas, con frailes y clérigos criollos y con casi todo criollo”.
Germán Roscio en carta a Bolívar
 

 

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Era de suponer que la ocupación de una potencia extranjera en áreas tan vastas como las de Hispanoamérica se tradujese en sus rasgos esenciales, cuales son los de significativos volúmenes transitorios de población alógena dedicados a la exacción de sus riquezas, con el apoyo armado de fuertes contingentes integrados por personas sin vínculo con la región, afín de poder ejercer una represión sin escrúpulos. Ninguno de estos factores jamás llegó aquí a ser configurado.

En efecto, si bien es cierto que en comienzo se dio un fuerte flujo de oro y plata hacia la Península Ibérica, éste -en sus cuatro quintas partes- estaba constituido por el pago de semillas, ganado, herramientas y mercancías indispensables a la puesta en valor del desarrollo económico en sus diferentes zonas; en un detallado cuadro que va de 1515 a 1600 Alberto Pardo muestra como la balanza comercial durante este período desde España fue de 67.637 toneladas de exportación contra 43.728 toneladas de importaciones (1). El impacto de las nuevas tecnologías transmitidas a través de ellas fue verdaderamente espectacular, pues si un hombre con sus solas fuerzas necesita 40 días para preparar una hectárea, este tiempo se reduce a un día cuando lo hace con un arado y dos caballos; hasta el temprano 1570, de la Metrópoli se habían despachado 20.000 rejas para arados. El tiempo de corte de un árbol con hacha de acero descendía de dos meses a dos días, por lo cual los indígenas se batían a muerte por su adquisición; y una herradura de acero valía más que su peso en oro.

De ahí que con José Vasconcelos, el insigne ensayista mexicano del siglo XX pueda concluirse: “La liberación de las espaldas de indígenas por la introducción de bestias, bien merecen, corno el asno, más estatuas que tantos de nuestros libertadores”.

En cuanto a los flujos migratorios es bien sabido de su sentido irreversible; el asentamiento era logrado a través de grupos enteros de familias ya conformadas, incluso con párroco a la cabeza, como uno que al salir de Antequera (España) en 1520 estaba constituido por 34 familias con 90 hijos. En los albores de los años 1800 la proporción de nacidos en la península no pasaba del 1.5%; este era el caso de Venezuela, en donde eran muchos, en total 12.000 personas, en su mayoría funcionarios, sobre 800.000 habitantes con los que entonces contaba dicha Capitanía (2).

Y ya también en este período terminal hasta la contribución tributaria para gastos de administración diplomacia y defensa era irrisoria; el imprescindible Barón de Humboldt constaba sobre el terreno: —La mayor parte de aquellas provincias (a las cuales no se da por los españoles el nombre de colonias sino de reinos) no envían caudal alguno neto a la Tesorería General” (3). Esta apreciación era refrendada por J. M. Restrepo, por cierto futuro Ministro Republicano de Bolívar: “Las rentas públicas con que contaban el capitán general de Venezuela y el virrey de Santa Fe para sostener los establecimientos civiles, militares y eclesiásticos… apenas bastaban para los gastos en la Nueva Granada… en Venezuela quedaba algo para la Metrópoli” (4).
Más aún, el aparato militar del Estado Hispánico era simbólico en la práctica; se limitaba a la defensa de las plazas fuertes en las costas, porque en el interior era tal el consenso que bastaban unos cuantos voluntarios nativos agrupados en “milicias”. De nuevo es el insospechable de parcialidad J. M. Restrepo quien lo confirma: “Las fuerzas que el Virrey de Santa Fe tenía a sus órdenes para defender el Virreinato eran harto insignificantes. Constaban de tres mil ochocientos hombres de tropa de línea de todas armas con nueve mil de milicias” (5).

De ahí que al desencadenarse la insurrección republicana, correspondiere hacerle frente a los realistas criollos, ya que todas las fuerzas de la Península Ibérica estaban en integral movilización para arrojar la usurpación napoleónica. El propio Ministro de Guerra informaba a las Cortes que a Venezuela, eje del conflicto, sólo habían podido ser despachados entre 1811 y 18 15 tan sólo 1.800 hombres, casi todos el año anterior.

De los 10.000 de la expedición de Morillo en 1815, más del 20 % siguieron al Perú y Puerto Rico (6) ; el resto resultó diezmado, no sólo por el sitio de Cartagena de Indias, sino por el mortífero clima, siendo tan sólo posteriormente reemplazado a cuenta gotas. Entonces no era de extrañar que en pleno 1820 el Dr. Germán Roscio escribiera con angustia y desconcierto a Bolívar: “La España nos ha hecho la guerra con hombres criollos, con dinero criollo, con provisiones criollas, con frailes y clérigos criollos y con casi todo criollo” (7).

Hasta el punto que un republicano tan destacado como el general Joaquín Posada Gutiérrez llegó a expresar: “He dicho poblaciones hostiles porque es preciso se sepa que la independencia fue impopular en la generalidad de los habitantes… los ejércitos españoles se componían de cuatro quintas partes de los hijos del país; que los indios en general fueron tenaces defensores del gobierno del Rey, como que presentían que como tributarios eran más felices que lo que serían como ciudadanos de la República” (8).

En una de sus importantes obras, Javier Ocampo López recuerda que en los 12.600 soldados realistas de la Batalla de Ayacucho, sólo 600 eran peninsulares (9); se impone entonces hablar de su integración y comando a través de todo el conflicto.

Es cierto que, sobre todo al comienzo, en la alta oficialidad realista primaba el origen peninsular; la inexperiencia militar de 300 años de paz en estas provincias así lo exigía. No obstante, en la medida en que se extendía y prolongaba la guerra el ascenso de los criollos era continuo; máxime que, ya fue mencionado, los refuerzos europeos sólo llegaban a cuenta gotas, mientras el clima hacía tales estragos dentro de sus filas que el “pardo” coronel Rafael López, comandante de la caballería realista llanera, en el curso de sorprendentes entrevistas mantenidas con su par rival, el general J. A. Páez, relata este mismo, intercedía por los “pobres europeos”.
Era tan hábil y valeroso dicho coronel Rafael López que cuando murió en combate en el curso del año de 1818, el propio Bolívar hizo un largo viaje para constatar su muerte, haciendo desenterrar su cadáver, pues consideraba tal acontecimiento más importante que el triunfo en una gran batalla. El ministro e historiador Restrepo aclara que luego de tal diligencia no se procedió a ahorcar su cadáver; tal como ha sido insistentemente afirmado (10).

Ahora bien, este aporte de ultramar no constituía un rasgo de las filas realistas. Por el contrario, su proporción fue mayor en las republicanas, a las cuales afluyeron miles de mercenarios, residuos de las conflagraciones napoleónicas, los Wilson, Ferguson, O’Leary, Lacroix, Miller, etc., etc.; en la sola Venezuela el imprescindible Restrepo contabiliza 5.088 entre oficiales y soldados (11).

De la actuación de esta gente tenía tan mala idea el nacionalista general Francisco de Paula Santander que ya en Agosto de 1822 escribía a otro alto oficial republicano: “Me alegro que te hayas deshecho de los ingleses, afortunadamente quedan todas las propiedades de secuestros no son bastantes para sus peticiones: además es gente que se acuerda siempre de su país, de su nación y en un lance serían sus servidores. Me parece, pues, mejor comprometerlos que se consuman: Pocos servicios y muchos para gastos han hecho a la república”; acontecimientos futuros le darían razón a sus prevenciones, en lo sucesivo cada vez más intensas. No obstante, toda la escuela del reaccionario Laureano Gómez se iría lanza en ristre contra él, llegando a escribir en pleno 1940, cuando el imperialismo inglés había llegado a su cenit, luego de saquear medio mundo y mantener bajo su férula una constelación de naciones con 475 millones de habitantes (Las antiquísimas India y Egipto dentro de ellas) que gemían sobre 35 millones de agobiados kilómetros cuadrados: “En ese documento hay una triste prueba de la ingratitud de Santander con los héroes de la Legión Británica ¡Qué pronto olvidó las proezas de que fuera testigo en la campaña del año 1819!, ¡Qué pronto olvidó el heroico arrojo que decidió la victoria de Carabobo! Para Santander no merecía sino la línea de Puerto Cabello, donde los devoraría la fiebre” (12). Esta mención a la campaña de 1819 permite abarcar otra influencia de la “pérfida” aunque sagaz Albión, esta vez en el seno mismo de las propias filas realistas.
En efecto, al dibujarse en el panorama la perspectiva de importantes combates en el centro del virreinato de la Nueva Granada, se encontraba a la cabeza de la 111 División allí acantonada el joven e inexperto coronel José María Barreiro; su propia oficialidad, apoyada por el virrey Sámano, le había pedido entregar el mando al célebre coronel Sebastián de la Calzada, a quien por derecho le correspondía, máxime que era considerado casi criollo por su larga trayectoria en América. Se negó hacerlo, con el apoyo y respaldo del general en jefe, don Pablo Morillo; su derrota resultó aplastante en la poco sangrienta (sólo 13 muertos) aunque decisoria Batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819 (13). Luego de caer prisionero, el coronel Barreiro intentó salvar su vida presentando un argumento de peso al general Santander: El de sus diplomas de masón (14). No le sirvió, actitud que anuncia un posterior cambio de rumbo de su interlocutor.

En cuanto a la carrera de su amigo el general Morillo cabe el recordar que de extracción de las más humildes, asciende durante la invasión napoleónica al grado de sargento; y combate con valor a las órdenes del duque de Wellington, comandante del cuerpo expedicionario inglés. Con el apoyo de éste y a pesar de ser casi analfabeto, obtiene en el curso de seis años sucesivas promociones que le llevan a la dirección de la expedición a América en 1814, siendo su nombre preferido al de varios virreyes; su afiliación a las Logias Masónicas, registrada por sus biógrafos (15) permite responder al inquieto Jean Descola: “Que pensamiento oculto, casi maquiavélico, había inspirado la designación de Morillo, quien partiendo de Cádiz con consignas de amnistía debía unos diez meses más tarde escribir a su rey con ingenuidad: “Para subyugar las provincias sublevadas, una sola medida, exterminarlas” (16).

No obstante, tampoco cabía, toda la responsabilidad a este humilde suboficial, al cual, como a Francisco Pizarro y a tantos otros abría el Imperio Hispánico las puertas de la más encumbrada nobleza. En sus duras e impolíticas decisiones debieron pesar las opiniones de sus lugartenientes criollos. ya abrazados por los estragos de la guerra civil; por ejemplo la del Dr. Faustino Martínez, antioqueño, quien era prácticamente su Ministro de Justicia, la del profesor universitario santafereño, José Domingo Duarte, Intendente, que había ejercido gran influencia sobre otro modesto personaje en ascenso, José Tomás Boves.

En cuanto a los más altos oficiales es de citar al aindiado general José Manuel de Goyeneche, conde de Guaqui, natural de Arequipa y delegado de la Junta Suprema de Sevilla; mientras estuvo al mando de las tropas en el sur del continente, se mantuvo imbatido (17).
Y cuando las fuerzas realistas se dividieron en liberales y absolutistas, el comando de estas últimas correspondió al general peruano Pedro Antonio de Olañeta, quien libró contra los republicanos la última gran batalla formal en América, la de Tumulsa, que tuvo lugar el 1 de abril de 1825, luego de la de Ayacucho; pero como a pesar de haber fallecido en el combate sus fuerzas se negaban a entregar las armas, máxime cuando se supo, póstumamente de su nombramiento como virrey, de acuerdo a las leyes del Reino correspondía este cargo a otro general peruano, don Pío Tristán, quien lo asumió, y en tal calidad se vio obligado a capitular, resultando en extremo significativo que el último virrey de América fuese criollo.

Este hecho hace resaltar aún más el epílogo trágico y grandioso de la dirigencia realista criolla del Perú, la cual, encabezada por el marqués de Torre Tagle, se encerró en la fortaleza del Callao y allí pereció con 5.000 de sus conciudadanos, la élite realista, luego de más de un año de asedio: Cartagena de Indias sólo había resistido tres meses y medio a Morillo. El 23 de enero de 1826 el comandante José Ramón Rodil se vio obligado a rendir la última gran fortaleza del Imperio en la América del Sur; también resulta significativo que los dos primeros presidentes del Perú, José María de la Riva Agüero y el marqués de Torre Tagle hubiesen regresado a las filas realistas, como también lo hizo en Venezuela el Presidente del 1er Congreso Constituyente de ese país, Juan Rodríguez de Toro.
Y seguramente, de mediar mejores circunstancias lo hubiese hecho en la Nueva Granada don Antonio Nariño, quien varias veces estuvo a punto de dar este paso; no sólo por la evolución de sus convicciones sino por la presión de su hijo Gregorio, una de las figuras más prestantes del realismo local. Seguramente no se decidió porque al regresar de las prisiones donde estaba recluido, junto con otros destacados monarquistas liberales de la Metrópoli, pudo constatar en los congresos republicanos el acomodamiento muy a la colombiana de notables figuras del Antiguo Régimen que como el Dr. José Félix de Restrepo -el gran adversario del utilitarismo y la esclavitud- se creían en capacidad de hacer variar el rumbo nuevo, adaptándose a sus formas; no contaban con una marea masónica que en lo sucesivo condicionaría la vida del país, sobre todo en un comienzo cuando era difícil encontrar un prócer republicano que no estuviese afiliado a las logias (18).

En cambio en Venezuela la polarización había sido casi total, con masivos desplazamientos de población y fraccionamiento de familias enteras; tanto que dentro de las filas realistas descollaba doña María Antonia Bolívar, hermana de Simón, largo tiempo exiliada en Cuba, en donde se mantuvo con pensión de las autoridades reales. En tal fenómeno jugó un gran papel la infatigable acción conscientizadora del Dr. José Domingo Díaz, el más destacado publicista de la posición realista; ningún testimonio tan diciente como el de su antagonista de entonces, el neogranadino José Manuel Restrepo: “Este hombre de una familia oscura… (sus) Cartas… contribuyeron sobremanera a extraviar la opinión pública y a fomentar las insurrecciones contra Bolívar y demás jefes independientes” (19).

Pero no eran solamente sus “Cartas” o artículos que aparecían en móviles periódicos portátiles, como el Posta Español del general Morales; su acción se extendió a todos los Cabildos de Venezuela, los cuales adhirieron al célebre “Manifiesto Trilingüe” firmado por todos ellos en el curso de 1819 y divulgado el mundo entero en tres idiomas. Parece que también a su pluma se deben las resonantes “Memorias del General Morillo”, aparecidas en París en 1826 con suplemento suyo; y desde luego, con su firma en Madrid en 1829 “Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas”.

En la Nueva Granada es de destacar la amplia influencia ejercida por el sólido y documentado pensamiento del Dr. José Antonio de Torres y Peña, de Tunxa, cuyas “Memorias sobre la Independencia Nacional” (1814) constituyen una respuesta en regla al “Memorial de Agravios” de don Camilo Torres; a su lectura fue tal la impotente cólera del General Santander que prácticamente lo condenó a muerte al desterrarlo a las más profundas y malsanas selvas, pese a su avanzada edad (20). De haber conocido su “Réplica al ciudadano Miguel de Pombo”, seguramente le habría hecho fusilar en el acto; aunque luego y con la sorprendente evolución experimentada por él ante los acontecimientos, habría reconocido que su antagonista había visto lejos y claro al profetizar: “Independientes en la apariencia aún no hemos llegado a calcular los males terribles que se seguirán a esa libertad insignificante sin recursos para sostenerla, sin comercio, sin contacto político en las Naciones Europeas, indefensos nuestros puertos, sin un hombre que dirija las operaciones militares, sin gente, sin disciplina, y, sobre todo, sin dinero, es una quimera el creer que el Nuevo Reino de Granada pueda figurar como soberano y sostener todo el aparato de una nación independiente; él vendrá a ser, atendida su debilidad y miseria, la presa del primer pirata que se presente en nuestras costas; entonces, entregados como manadas de ovejas, al extranjero, sentiremos todo el peso de las cadenas y un sistema bárbaramente colonial se dejará ver entre nosotros con todos sus horrores. Entonces si conoceremos que cosa es la opresión, entonces veremos como son las cadenas y la esclavitud” (21).

Ahora bien, y para concluir, podrá ser subrayado con Enrique de Gandía el carácter intestino del conflicto de la Independencia recordando que “la guerra en la Nueva España no fue ningún movimiento de tipo nacional, sino una verdadera guerra civil, culminada en el hecho representativo de que un criollo sea el que abandone México con la bandera rojo y gualda, y tres españoles los que hagan su entrada triunfal en la ciudad, portadores de la bandera tricolor” (22). Y como si fuera poco, dentro de las mismas filas republicanas combatieron destacadas personalidades peninsulares, tales como don Antonio González, marqués de Valdeterrazo, quien al regresar a la Metrópoli llegó hasta la Presidencia del Consejo del Rey, así como el general Infante, allí Ministro y cabeza de una Asamblea Constituyente; en la Gran Colombia se recordará al Dr. Manuel de Torres nada menos que hasta su muerte a cargo de la Embajada en Washington.

NOTAS:

(*) Luis Corsi Otálora: Economista e historiador colombiano. Docente Universitario. Obras: Autarquía y Desarrollo, De la democracia al partido único; Bolívar: Impatco del desarraigo; etc. Artículo originalmente aparecido en revista Disenso, Buenos Aires,  Nº 12, 1997 , págs. 33-44.
(1) Alberto Pardo Pardo. Geografía Económica y Humana de Colombia. Bogotá. 1979. Pág. 351 (Ed. Tercer Mundo).
(2) Restrepo, José Manuel. Historia de la Revolución de la República de Colombia en la América Meridional. Tomo 1. Besanzon 1858. Pág. 295 (Ed. Jacquin).
(3) Citado Alvarado Uribe Rueda. El Tiempo. Bogotá Agosto 25 de 1988.
(4) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 1. Op. cit. Pág. 21.
(5) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 1. Op. cit. Pág. 21.
(6) Vallenilla Lanz. Cesarino Democrático. Op. cit. Pág. 7.
(7) Vallenilla Lanz. Cesarino Democrático. Op. cit. Pág. 16.
(8) Indalecio Liévano Aguirre. Los Grandes Conflictos Sociales y Económicos de nuestra Historia. Tomo III. Ed. Nueva Prensa. Pág. 248 (Sin fecha).
(9) Javier Ocampo López. El Proceso Ideológico de la Emancipación en Colombia. Bogotá 19 80. Pág. 245. (Ed. Colcultura).
(10) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 11. Op. cit. Págs. 593-594.
(11) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 11. Op. cit. Pág. 608.
(12) Laureano Gómez. El mito de Santander. Bogotá 1971. Págs. 78-80. (Ed. Populibro).
(13) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo Y Op. cit. Págs., 529 y 596.
(14) Américo Carnicelli. La Masonería en la Independencia de América. Tomo 1. Bogotá 1970. Pág. 172.
(15) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo 1. Op. cit. Pág. 425. Antonio Rodríguez Villa. El T. General Pablo Morillo – Madrid 1920 – Pág. 116 (Ed. América).
(16) Descola. Libertadores. París 1977. Pág. 332.
(17) La Independencia Americana. Enrique de Gandia. Buenos Aires 196 1. Pág. 156 (Ed. Mirasol).
(18) Américo Carnicelli. Historia de la Masonería Colombiana. Bogotá 1975.
(19) Restrepo. Historia de la Revolución. Op. cit. Tomo V. Pág. 579.
(20) Torres y Peña. Memorias sobre la Independencia Nacional. Op. cit. Pág. 25.
(21) Impugnaciones al Impreso del ciudadano Miguel Pombo. Boletín Cultural y Bibliográfico. Banco República. Vol. VI NI 6. Pág. 823.
(22) De Gandía. Independencia Americana, Op. cit. Pág. 24.



Listen!
agosto 6, 2012, 7:29 pm
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¿Qué vas a hacer con el Graal cuando lo encuentres?

Listen! the wind is rising

and the air is wild with leaves;

we have had our summer evenings;

now for October eves!

The great beech trees lean forward

and strip like a diver. We

had better turn to the fire

and shut our minds to the sea,

where the ships of youth are running

close-hauled on the edge of the wind,

with all adventure before them,

and only the old  benind.

 

Humbert Wolfe



6 balas, 14 machetazos, un héroe.

6 balas,  14 machetazos,

un héroe: “el Regenerador de la Patria”

Asesinato y muerte de García Moreno

Estamos a punto de presenciar una escena dantesca, solo concebible en un mundo medioeval.

 

 

 

“No ha ocurrido en América una tragedia más espantosa”

Manuel Gálvez

 “.…la Patria debe gratitud, honor y gloria a los ciudadanos que la enaltecen con el brillo de sus prendas y virtudes y la sirven con la abnegación que inspira el puro y acrisolado patriotismo.

…El Ecuador, por medio de sus legisladores, tributa a la memoria del Excmo. Sr. Dr. D. Gabriel García Moreno el homenaje de su eterna gratitud y profunda y veneración, y honra, y glorifica su nombre con el dictado de Ilustre Regenerador de la Patria y Mártir de la Civilización Católica.

La República del Ecuador agradecida al Excmo. Sr. Dr. D. Gabriel García Moreno, el primero de sus hijos, muerto por ella y por la Religión el 6 de agosto de 1875.”

(Extracto del Decreto Glorificador de Gabriel  García Moreno, “Dado en Quito, capital de la República, a treinta de agosto de mil ochocientos setenta y cinco”… “Palacio de Gobierno, Quito, septiembre 16 de 1875.- Ejecútese.- José Javier Eguiguren”)

Ha amanecido el 6 de agosto de 1875. Es el día de la Transfiguración del Señor, y primer viernes del mes. García Moreno comulga temprano y vuelve a su casa a trabajar, a dar los últimos toques a su mensaje, que piensa leer por la tarde a sus ministros.

Diez de la mañana. Andrade y Moncayo van a la Plaza de Santo Domingo, por donde ya andan muchos conjurados. Encuentran a Cornejo. A las once y media, Cornejo pregunta a un edecán, a quien ve en el portón, de la casa del presidente, a qué hora saldrá su excelencia; y el inquirido contesta que no será hasta la tarde. Moncayo dirígese a la Plaza Mayor, a comunicar la novedad a los conjurados que allí aguardan. Ambos grupos se dispersan, para volver algo después. Unos van a almorzar y otros refúgianse en las casas de sus amigos que viven cerca. El calor es tan fuerte que no permite permanecer en las plazas.

Andrade está en una casa vecina a la del presidente, a cuyo morador, un abogado liberal, piensa comunicar el proyecto de asesinato y revolución. Apenas ha entrado, ve, desde la ventana, que García Moreno pasa con su edecán Pallares y con dos asistentes. Alguien dice que le acompaña su mujer; pero es preferible creer a Andrade, que lo vio y lo siguió. Lleva el presidente en la mano un pliego de papel, el mensaje, y un pequeño bastón. Andrade corre a la plaza. Nadie. Por fin se topa con Borja y ambos deciden seguir al presidente. Le ven entrar en la casa de su suegro don Manuel del Alcázar. Los asistentes se quedan en la puerta. En la casa del suegro lo notan preocupado y triste, -lo que es raro en él, pues en familia muéstrase generalmente jovial y risueño. Llega, traído por un criado, su hijito, al que abraza.

Va Andrade en busca de Cornejo y lo encuentra. Después de un rato, ven pasar a Sánchez, que se retira del cuartel, y a Juana Terrazas. Juana les dice que Sánchez teme que todo sea cosa de muchachos. Andrade convence a Juana, que- alcanza al comandante. Sánchez accede volver al cuartel; pero quiere que alguien le acompañe, e indica a Polanco. En seguida, Andrade encuentra a Moncayo y, con él, a Polanco, que se encamina al cuartel. Y en diversos lugares, a Portilla, a Bermeo y a otros conjurados.

La una y media de la tarde. García Moreno sale con Pallares. Para llegar a la casa de gobierno tiene que andar sólo una cuadra. Andrade y otros enemigos lo siguen desde la acera opuesta. Dícese que García Moreno entra en la catedral, por la puerta que da a la cuadra, y reza un breve rato; pero Andrade lo niega. Ya va llegando, el presidente a la plaza. Nada sospecha. Es de imaginar la angustia de los muchachos, el latir de sus corazones, ante el acto, que van a ejecutar. García Moreno ya empieza a cruzar la calle. Un instante más, y subirá al palacio de gobierno por el costado. Unos cuantos escalones, una ancha galería con columnas…

De pronto, Andrade y sus amigos ven a Rayo. Le ha pedido fuego a un transeúnte y enciende su cigarrillo. Viste, dice Andrade “un paletó largo y plomizo”. Andrade le dice a Cornejo que hable con Rayo. Cornejo le contesta que aún no es el momento. Andrade cree que será necesario esperar tres horas, hasta que salga el presidente. Pasan junto a Rayo sin mirarle.

García Moreno ya ha cruzado la calle y va subiendo los escalones laterales del palacio de gobierno. Andrade, Moncayo y Cornejo síguenle. Algunos transeúntes van o vienen por la galería. García Moreno ha dado apenas unos ocho pasos en la galería, cuando Rayo, a quien los otros no han visto venir, le grita “(MUERE) ¡TIRANO!”; (a lo que García Moreno responde: ¡DIOS NO MUERE!). Saca un machete y al volverse García Moreno le pega, con ademán de cortarle la cabeza, un golpe en la nuca. El asesino vuelve a gritar: “¡Al fin llegó tu día, bandido!”. Cornejo corre y sujeta a la víctima, mientras le grita que va a perecer en nombre de la Patria, lanza una interjección y le dispara un tiro de revólver. Moncayo y Andrade ya tienen inmovilizado a Pallares, que da voces de auxilio. Cornejo suelta a García Moreno: Rayo va a darle otro machetazo. Pero el presidente, al sentirse libre, corre, con el rostro ensangrentado, hacia una de las entradas del palacio. Andrade abandona a Pallares, se le adelanta a García Moreno, lo espera en la puerta y con su revólver, cuya bala no sale, le pega un golpe en el pecho. García Moreno, malherido y aturdido, retrocede y grita pidiendo socorro.

Un mulato transeúnte ha sujetado a Rayo, mientras vocifera: “¡Matan al presidente!”. Llegan otros conjurados, y a la vez que Cornejo, disparan sus revólveres al aire y gritan: “¡Ayarza, Maldonado, Borja, las víctimas de Jambelí; otros exclaman: “¡Libertad!”. Ahora Andrade, hace fuego sobre García Moreno y le hiere en la frente. Rayo, liberado del mulato, al que ha herido, cae sobre García Moreno otra vez. Él intenta sacar su revólver, pero el machete de Rayo le da en la mano derecha y le corta el dedo pequeño, que queda colgando. Rayo, que parece querer decapitarlo, le pega feroces cuchilladas de as que él intenta atajarse con el brazo, el bastoncito y el mensaje. Trastabillando, ciego por la sangre que llena su rostro, alcanza, en busca de una columna en donde apoyarse, el filo de la galería. Rayo le empuja violentamente, y él cae de cabeza y rueda por los escalones y la angosta acera hasta el empedrado de la calle. Los criminales, que lo contemplan desde la columnata, exclaman: “¡Viva la Patria! ¡Hemos matado al tirano!”.

¡Espantoso espectáculo! Huele a pólvora. Gritos, confusión, desorden. Rayo, implacable en su odio inhumano, corre hacia García Moreno, ya casi agonizante, y que, rodeado de algunas personas compasivas, quiere levantarse apoyándose en los codos. Rayo les grita que se aparten. A un artesano que se retira le lanza una interjección obscena. Hinca una rodilla en el empedrado y descarga tajos en la cabeza del agonizante, mientras lo insulta: “¡Tirano de la libertad! ¡Jesuita con casaca! ¡Muere! ¡Muere!“. Una mujer le ruega entre lágrimas que deje a su víctima. Algunos testigos oyen al mártir susurrar dificultosamente (nuevamente): ¡Dios no muere!” Otro artesano, a Rayo: ¡No sea infame!. El asesino tírale un mandoble; y como en ese mismo instante García Moreno levantara una mano, se la corta. Alguien asegurará que Rayo se le pone encima al agonizante y lo pisotea y patalea. Por fin, la cabeza del mártir cae sobre las piedras. Y entonces, los asesinos, dándole por muerto, tiran los sombreros al aire y vitorean a la Libertad y a la República. Y miran hacia el cuartel, esperando que aparezcan las tropas sublevadas por Sánchez.

Todo esto ha sido instantáneo. Apenas fue herido García Moreno alguien corrió al cuartel, con el sombrero de la víctima, para dar fe de la luctuosa noticia. En seguida, un pelotón de soldados ha tomado las armas y se ha dirigido hacia la tragedia. En el momento en que los asesinos vitorean a la libertad llegan los soldados a la plaza. Pero no vienen a apoyar a los conjurados, como creen ellos, sino a atacarlos. Algunos de los asesinos corren hacia el centro de la plaza, entre ellos Rayo, que cojea por haber sido herido en un pie. Hay allí mucha gente. Los soldados buscan a quien prender o atacar. Y mientras Cornejo, Andrade y Moncayo logran huir, después de encontrar a Polanco que no había ido al cuartel ni tomado parte en el asesinato, un oficial y dos sargentos detienen a Rayo.

García Moreno está rodeado de varias personas. Lo levantan, a punto de entrar en agonía, y se disponen a llevarlo a la catedral. Sin duda él lo ha pedido. Entre los acompañantes hay un sacerdote que le da la absolución. ¡Triste cortejo! Cinco hombres lo conducen en brazos. En la calle ensangrentada, queda el mensaje. Hay que transportar al moribundo con cuidado porque tiene, como se sabrá por la autopsia, veinte heridas, catorce causadas por el machete de Rayo, ocho de las cuales en la cabeza. Van cruzando lentamente la calle, seguidos por mucha gente, que profiere expresiones de horror y de dolor. No tarda en llegar el cortejo a la catedral. Algunos ilusos creen reanimar al moribundo. Un médico intenta hacer algo por él. Pónenle sinapismos en los pies. Pero todo es inútil. El gran hombre va a morir. El chantre de la catedral préstale los últimos auxilios religiosos. Los circunstantes lloran. Pregúntale el sacerdote si perdona a sus enemigos, y él, con un movimiento de cabeza, asiente. El chantre lo absuelve y le administra la extremaunción. Y en la capilla de la Virgen de los Dolores, al pie de la gran cruz que él llevó sobre sus hombros por las calles de Quito, se extingue la vida del hombre extraordinario.

¡Ya no existe más el renovador y el salvador de su patria! Ha muerto como lo deseaba: sufriendo por Dios. Él ha escuchado sus ruegos y ha permitido su martirio. Los médicos que le hacen la autopsia enumeran con elocuente sobriedad los objetos religiosos que llevaba: dos escapularios, ensangrentados; un rosario de cuentas negras, del que pendía una medallita del Concilio Ecuménico de 1869; y un relicario de plata que deja ver, a través de un vidrio, una pequeña cruz blanca sobre un fondo de género rojo.

Al saberse el asesinato la ciudad se conmueve, como se conmueve todo el Ecuador y el mundo católico de América y Europa. No hay quien no condene el inútil crimen, salvo los criminales y sus cómplices y quienes le odiaban por motivos religiosos. Pero hay un hombre que se alegra. Es Juan Montalvo. Al llegar la noticia a Ipiales, el pueblito de Colombia en donde vive voluntariamente desterrado, exclama, poseído de diabólico orgullo: “Mi pluma lo mató”.

(Tomado del libro “VIDA DE DON GABRIEL GARCÍA MORENO” por Manuel Gálvez)

ENLACE RELACIONADO: Gabriel García Moreno y Eloy Alfaro: dos formas de morir.



La roca
agosto 3, 2012, 6:01 pm
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… Aunque un hombre se convierta en rey o se convierta en mendigo, seguirá teniendo los mismos ojos negros o grises, la misma boca prudente o indiscreta, las mismas manos; entre la persistencia de la naturaleza en cada uno y la variedad sin medida de los encuentros, nuestra historia pasa como una laminadora, recibiendo en cada momento la doble huella…

… De suerte que, aunque no se puedan cambiar las naturalezas, igual que no se pueden alisar los cabellos rizados, puede uno, sin embargo, fiarse de las naturalezas. Es más, porque no se pueden cambiar las naturalezas es por lo que uno se puede fiar de ellas. Quien desciende hasta ahí alcanza la roca. Y el poder de un César o de un Alejandro procedía sin duda principalmente de que amaban las diferencias, sin reprocharle jamás al olmo que no diese peras.

Alain