coterraneus – el blog de Francisco Núñez del Arco Proaño


QUITO EN EL IMAGINARIO IMPERIAL HISPÁNICO

QUITO EN EL IMAGINARIO IMPERIAL HISPÁNICO

SU PRESENCIA EN LOS CUENTOS DEL DUQUE DE FRÍAS

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San Francisco de Quito, la capital más antigua de América del Sur, centro estratégico inca, primero, y núcleo expansivo-civilizador hispánico después, pasó de ocupar una centralidad en el núcleo del Imperio Español en América dentro del circuito y las líneas geopolíticas que la vinculaban a Lima, Panamá y México como sede de la Real Audiencia y Cancillería y capital del Reino homónimo integrante de la Monarquía Hispánica, a ser una ciudad periférica, capital de una República en un rincón olvidado de la modernidad.

No sorprende entonces que José Fernando de Abascal y Sousa, Virrey del Perú, se lamentara en estos términos sobre “los alborotos de Quito” del 10 de agosto de 1809 –mal llamados por la historiografía chauvinista como “Primer Grito de la Independencia”-:

“La de Quito que por la ilustración y nobleza de que se jacta, parecía la menos dispuesta á corromperse, fue de las que más se adelantaron á abrazar la quimera, y á echar sobre si un borrón, que tanto la degrada y obscurece.”

Don Bernardino IV Fernández de Velasco (¿1701/1707 – 1769/1771?), XI Duque de Frías, ejercía su cortesanía acudiendo al Palacio Real en Madrid y aun al Castillo de Villaviciosa de Odón, durante los reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III, en pleno reformismo borbónico, es decir durante el período que la Leyenda Negra acusa los mayores males de centralización y olvido de las provincias y reinos americanos, que serían denominados en algunas ocasiones desde entonces como “colonias”.

El IX Duque de Frías, además de cercano a las reinas consortes como Doña Bárbara de Braganza, era muy “amigote” del ministro Marqués de la Ensenada, consejero de Estado durante los reinados de los mentados monarcas líneas arriba. Ni hablar de su concurrencia a los bailes de Lerma y Medinaceli, donde se lució como observador perspicaz y futuro murmurador de singular garbo.

Muy lentamente a partir de sus experiencias vividas en la Corte de Madrid y en la activa vida social de la nobleza del afrancesado XVIII español, el Duque de Frías y Conde de Peñaranda, con su espíritu culto y temperamento cortesano, fue redactando su seductor libro “Deleite de la discreción y fácil escuela de la agudeza” –publicado en 1764 y ofrecido y consagrado “a la diversión de la Excelentísima Señora Doña Josepha Antonia de Toledo y Portugal Pacheco y Velasco, Duquesa viuda de Uceda”-, conjunto de cuentos, anécdotas, dichos y conocimientos de gracia fina y de cierto relieve literario, pero sobre todo con un fundamental valor histórico de testimonio de causa de lo que pensaban, de lo que sucedía y de lo que se hablaba en las más altas esferas hispánicas de su momento.

Quito aparece nombrado por los menos en tres ocasiones en sus cuentos, dos de los cuales valgan ser citados y comparados con la posición en el mapa mental de otros sitios de la Monarquía multicontinental que también constan en los cuentos del Duque.

En “De un religioso a un tribunal” dice:

“Llamó la Cancillería (Real Audiencia) de Quito a un religioso mercedario para reprenderle sobre un sermón que había predicado, en que lastimó a los ministros. Entró, estando el tribunal en forma; calóse la capilla, que es el modo de oír las correcciones. Tomó la mano el oidor más antiguo, diciéndole que en el lugar del púlpito no se iba a murmurar, y otras expresiones, no sólo graves, sino desmesuradas; y habiendo acabado, hizo el tal padre una sumisión grande de cortesía, y respondió en voz alta: -Sean por amor de Dios las desvergüenzas.”

A líneas seguidas va el cuento “De otro religioso en Indias”, donde inicia con estas palabras: “Es Arequipa una ciudad de gran pobreza, en el Perú…”. Haciendo un análisis comparativo, nótese como a pesar de sus cuentos estar dirigidos para un público culto –sin obviar la dedicatoria-, quienes tenían acceso a los libros en esa época, el Duque debe aclarar la calidad de pobreza de Arequipa así como su ubicación en el Perú, hecho que, como es evidente con Quito como leemos, fue del todo innecesario, debido a la ubicación plena en la geografía e historia mental de sus contemporáneos a quienes iban dirigidas esas líneas.

En la “Sentencia discreta del Conde de Chinchón”, la condición de Quito y los quiteños es más notoria todavía y se vincula a la “jactancia de la ilustración y la nobleza” de sus habitantes como lo señalara Abascal, siglos después de los sucesos que cuenta Fernández de Velasco.

Luis Jerónimo Fernández de Cabrera, Conde de Chinchón, fue Virrey del Perú entre 1629 y 1639, es decir un siglo antes de la vida de nuestro literato. Vuelve a tornarse el interés notorio en Quito, al ver como aún tiempo prolongado después de lo sucedido, se siguiera hablando y tratando en la Corte de los hechos que inspiran el cuento que va así:

“Llegó a posesión de aquel mismo empleo el Conde de Chinchón (Virrey del Perú), y en la primer visita de cárcel se le hizo relación de la causa de un Caballero de Quito, que hacía seis años que estaba preso, por decir sus émulos intentaba señorearle en la misma Provincia, de que era natural. Conoció la prudencia del Virrey, en la sustancia de los Autos, que era emulación bastarda de la calumnia: y mandó por sentencia, que aquel Caballero saliese luego de la prisión, libre y sin costas, que pasase a su patria, se apoderase de ella, en el término de seis meses; y de no hacerlo, los delatores le pagasen los gastos y consecuencias de su dilatado arresto.”

Vemos aquí la preeminencia que el novel Virrey del Perú dio al caso del caballero quiteño y la consideración a éste y a su patria chica de origen, así como no se necesita ejercitar demasiado la razón para inferir como en el imaginario hispánico estos relatos eran repetidos y tomados, como lecciones morales de tradición oral, hasta haber sido colocados en el papel por Don Bernardino Fernández de Velasco, que no hace más que recoger la “curiosidad cortesana” de su época.

F.N.P.



LA PROMETIDA DE HITLER EN QUITO

LA PROMETIDA DE HITLER EN QUITO

Pilar Primo de Rivera entrega como obsequio una espada toledana a Adolf Hitler en Berlín, durante su visita de 1938.

Pilar Primo de Rivera entrega como obsequio una espada toledana a Adolf Hitler en Berlín, durante su visita de 1938.

En 1938 Pilar Primo de Rivera y Sáenz de Heredia -hermana de José Antonio, fundador de la Falange Española-, visitó al Führer, Adolf Hitler (foto), dentro de un viaje de camaradería con la sección femenina del NSDAP, fue entonces que nació el proyecto matrimonial entre ambos a fin de fundar una dinastía fascista en Europa que devolviera a España al centro del Viejo Continente, como lo fuera en época del emperador Carlos V.

La idea surgió del intelectual y diplomático español Ernesto Giménez Caballero, introductor del fascismo a España y quien consideraba a Pilar como la candidata ideal para reunir a Alemania y a España nuevamente en un sólo poder, mediante el matrimonio con Adolf Hitler, debido a “su pureza de sangre y por su profunda fe católica, y por arrastras a la juvetud de España”. Queriendo como resucitar un Sacro Imperio para dominar a toda Europa.

Ernesto Giménez Caballero acude en 1941 a Alemania con la intención de realizar esta gestión. El plan de boda también fue secundado por Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco (el Cuñadísimo) y entusiasta germanófilo, además de Ministro de Asuntos Exteriores.

¿Y Pilar, qué pensaba de todo esto? Pilar, ya había conocido a Hitler durante su visita a Alemania en 1938, en plena Guerra Civil Española, entonces había surgido buena química. Sin embargo, como señala el historiador Wayne Bowen en “Pilar Primo de Rivera and the Axis Temptation,” ella “se tomó la idea seriamente pero la rechazó porque antepuso el valor de su vida privada y no se consideró con la valía adecuada para llevar a cabo esa misión”, según cuenta.

Tres años después de aquella visita, Giménez Caballero acude al ministro de propaganda alemán, Joseph Goebbels para plantearle el plan de enlace entre Hitler y Pilar. Éste es el relato de la reunión, según el propio Giménez:

“-Y, ¿cuál sería la candidata a emperatriz?, preguntó Magda de Goebbels.

-Sólo podría ser una. En la línea de princesas hispanas como Ingunda y Brunequilda y Gelesvinta y Eugenia…Sólo una, por su limpieza de sangre, por su profunda fe católica, y, sobre todo, porque arrastraría a todas las juventudes españolas: ¡la hermana de José Antonio Primo de Rivera!…

Nada respondió Magda. De pronto, sus ojos se humedecieron. Y tomó mis manos y las estrechó. Y, en voz muy baja, me dijo así:

-Su visión es extraordinaria…Su misión también… Y además, audaz, valiente y concreta…

Calló de nuevo para proseguir:

-Mi marido está encantado con usted. Y el Führer desea conocerle. Yo les hablé de esto que ahora vuelve a proponerme de esta manera ya concreta y certeramente personificada. Y que sería posible.

-¿Sería posible? ¿Sería posible? ¡Madga!”

Finalmente con el desenlace de la Segunda Guerra Mundial todo plan en ese y cualquier otro sentido respecto de Alemania, quedó abandonado.

Pilar fue la fundadora de la Sección Femenina de la Falange, y como tal realizó una amplia campaña de difusión de su organización en la América Hispánica. Visitó Quito en por los menos dos ocasiones, en 1949 y en 1953.

En 1949 como señala en sus memorias realizó un recorrido cultural por Hispanoamérica, con los Coros y Danzas de la Sección Femenina de la Falange Española (foto).

Recuerda Pilar:

“Los presidentes nos recibían todos y aprovechábamos para ponernos en contacto con grupos de mujeres que, más o menos, pretendían lo mismo que nosotras queríamos para España. Estuvimos en Quito… En todas partes explicaba yo lo que hacía la Sección Femenina: nuestros servicios, escuelas, procedimientos para hacer mayor la eficacia y nuestra fidelidad a los principios políticos de José Antonio.”

Por segunda ocasión visitó Pilar Primo de Rivera la capital de la República del Ecuador en 1953. El día miércoles, 2 de Diciembre de ese año, miembros del Instituto Ecuatoriano de Cultura Hispánica y del Círculo Femenino Hispánico de Quito, la recibieron en su seno como Jefe de la Organización de Servicio Social de España, estando acompañada de María Victoria Eiroa, su ayudante. Brindaron con champaña de por medio y a las 20h30 de ese mismo día, un grupo de socios y amigos, incluyendo a la plana mayor de Acción Revolucionaria Nacionalista Ecuatoriana, les ofrecieron una cena en el hotel Colón.

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El mejor recuerdo de estas visitas es ésta imagen: Histórica fotografía del desfile protagonizado por los Coros y Danzas de la Sección Femenina de la Falange Española encabezados por su líder, Pilar Primo de Rivera , durante su primera visita a Quito en 1949. Notable la concurrencia masiva del público quiteño. Por los trajes y las gaitas asumo que son coros y danzas gallegos o astures. Me ha sido imposible localizar la calle de esta toma (¿Olmedo y Guayaquil?).



QUITO, FLORENCIA DE AMÉRICA – ‪QUITO‬ A MEDIADOS DEL SIGLO XX VISTA POR UN EUROPEO

QUITO, FLORENCIA DE AMÉRICA – QUITO A MEDIADOS DEL SIGLO XX VISTA POR UN EUROPEO, UNA QUITO QUE NO EXISTE MÁS

Extracto de algunos párrafos del artículo “Quito, una de las más bellas ciudades de Sudamérica – Una Florencia con pieles rojas” escrito por Virgilio Lilli y aparecido en el CORRIERE DELLA SERA de Milán-Italia (el periódico de mayor difusión de ese país) del 19 de abril de 1955, pág. 3 y sigs.

Valga recordar que la denominación de “Quito, Florencia de América” es un título fascista de la ciudad, dado por la Misión Artística y Cultural Italiana enviada por Benito Mussolini a América del Sur y presidida por el pintor Giuglio Arístide Sartorio en 1928, quien “con genuino entusiasmo llegó a decir que Quito era la Florencia de América y que nada semejante había visto en los países hermanos”, como señala Fr. Agustín Moreno Proaño.

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La Plaza Grande de Quito en 1959, tomada por Frank Scherschel de la revista estadounidense LIFE.

A continuación el extracto:

“Quito es de las ciudades sudamericanas más impregnadas de Europa, y de una Europa vieja, bien sazonada en el clima romano-mediterráneo. Quien quisiera, pues, encontrar más viva en el continente americano meridional la civilización blanca, entre otras cosas en la genuina versión católica, no debería ir, como alguno pudiera pensar, a Buenos Aires o Montevideo, Santiago o Lima, Sao Paulo o Bogotá, etcétera: debería irse a Quito… Por estas razones, además de ser una de las ciudades más bellas de América del Sur, Quito es una de las más extraordinarias ciudades del mundo. Extraordinaria , nada menos que por exceso de equilibrio y de medida en relación con su geografía: demasiado poco exótica para ser un fenómeno normal…

UN OASIS EUROPEO

No sólo esto. El Ecuador entero, antes de llegar a él, según ciertos lugares comunes inevitables metidos en la cabeza desde la infancia, nos lo imaginábamos ardiente y desolado; al contrario: Ecuador es, en síntesis, uno de los países más lozanos y temperados de los dos segmentos de América. Lo imaginábamos un desierto chato, solamente salpicado aquí y allá, de chaparros bravíos y de selva virgen; al contrario: es montaña majestuosa, nieve eterna, riente colina, verde pradera, jungla lujuriante. Nos lo imaginábamos una capital tosca y selvática y, al contrario, Quito es la Florencia de las Américas.
Por lo demás, en sí misma, la palabra Ecuador nos indicaría un trópico sofocante por excelencia y en cambio el aire más cristalino de América se respira en los tres mil metros de Quito…
Sería preciso ir por la Italia más seria del Centro, para encontrar una ciudad sólida y culta como Quito: en Toscana, en Umbria y, bajo ciertos aspectos, en las Marcas y el Lazio. Una ciudad monumental y, al mismo tiempo, familiar; noble y, al mismo tiempo, rústica; refinada y, al mismo tiempo, sin formalismos, dicharachera, doméstica. Una ciudad de tejados que, a su modo, es una selva de torres y campanas, quiero decir llena de iglesias, conventos, abadías, parroquias: exactamente como las ciudades italianas en las que está más vivo el Quinientos papal. En este sentido, Quito es nada menos que el auténtico oasis europeo de todo el continente americano, el del Norte y el del Sur, del lado del Pacífico, con calles pululantes de hombres y mujeres que parecen, en parte, bajados de las montañas del Tíbet y, en parte, de los hielos nórdicos de Groenlandia.
(…)
Por lo demás, no son los indios los verdaderos y propios habitantes de Quito. Los habitantes de Quito son criollos, mestizos, blancos: digo los habitantes estables, residentes. Los indios vienen y a Quito desde el altiplano circundante, desde los suburbios y desde las aldeas. Pero llegan acá por la mañana y se regresan por la tarde. Viven pues, prácticamente, en Quito, dentro de las calles, en las que en realidad se mueven como topos dentro de los corredores de un antiguo, noble palacio deshabitado… Y ninguno sabe leer: no logran descifrar de la ciudad sino las bellas iglesias del Quinientos y del Seiscientos, los campanarios, el sonido de las campanas, las imágenes del Redentor o de la Virgen en las gloriosas pinturas del hermoso Quinientos ecuatoriano, tan rico y generoso como el europeo. De la ciudad, digo, liban y saborean la esencia religiosa, que es monumental y sabrosísima, exactamente como –sí, pongamos- como en Urbino o como en Arezzo.

PÁTINA DE ENSUEÑO

Todo esto aumenta la esplendidez de Quito, porque ella es tan estupendamente medida, armoniosa, accesible… Como de paisaje elaborado en un sueño, son por ejemplo, los cinco volcanes –los más altos del mundo- que le están en derredor, allá en el horizonte, deslumbrantes de nieve en el azul turquí de un cielo como manto de Virgen, remotísimos, un poco trémulos, como bancos de niebla. De un paisaje de ensueño son las iglesias, renacentistas o barrocas, con interiores literalmente talladas en un solo bloque de oro –naves, capillas, altares-, dentro de los que se siente el hombre como una hormiga que caminase en las entrañas de una joya, auténticos Eldorado de la iconografía católica en el sentido más estricto de la palabra; los deliciosos museos de un arte erróneamente llamado, en este caso, colonial, en los que el óleo del pintor y las hojas de oro del artesano alcanzan exquisito equilibrio de las tablas de los primitivos italianos o flamencos ¡en el Ecuador! De un país de ensueño…
Dentro de esta exquisita ciudad, la única de todo el continente americano que todavía está inmune de las deslumbrantes y muy a menudo estúpidas innovaciones que se hacen dizque para ponerse a tono con el siglo; dentro de esta Florencia americana aún no descubierta por el turismo mundial, que continúa ignorando su estupenda elegancia entre macizas murallas de conventos, palacios –a la europea- e iglesias; al tañer asiduo de las campanas parroquiales que marcan acompasadamente las horas y los oficios religiosos, palpita una vida sosegada, de provincia soñolienta, que parece como que quisiera recordar al forastero, en Quito, un ángulo de la más noble, muerta Europa.
Mas, a poco que se dé una ojeada a la historia del país, se aprende que Quito es la ciudad más revolucionaria, tal vez, del continente americano: furiosa explosiva. En veintidós años, por ejemplo, del 25 al 47, veintidós Presidentes de la República, siete Asambleas Constituyentes, seis Constituciones, quince revoluciones… ¡Ciudad de facciones y de conjuras, como un viejo Municipio italiano! En efecto, nombrábamos a Florencia: no era el acaso.”

En otro artículo, “La alegría de pasear a horcajadas sobre el Ecuador”, aparecido en el mismo periódico y del mismo autor, el 23 de abril de 1955, dice:

El Ecuador –país sin nombre- “es uno de los países más cultos, más cristalinos, más serios y serenos que pueda visitar un viajero…”.



COSME LÓPEZ Y OTROS – LOS PRIMEROS QUITEÑOS EN EUROPA

COSME LÓPEZ Y OTROS – LOS PRIMEROS QUITEÑOS EN EUROPA

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Parte de la visión sesgada y unilateral del proceso histórico que significó la Conquista y el Poblamiento de las Indias Occidentales o América por parte de la Corona de Castilla, es creer que no existió intercambio humano de un continente a otro, sino solamente “ocupación” del uno (Europa) por sobre el otro (lo que sería América). En términos actuales, la movilidad humana desde América hacia Europa desde el primer momento del proceso histórico mencionado fue muy amplia y hasta ahora muy poco estudiada y comprendida. Se ven criollos y mestizos de todos los rincones conquistados ir y venir por el Atlántico y de un lado a otro de América (numerosos son, por ejemplo, los conquistadores mestizos de América del Sur, demostrativamente véase el caso de Buenos Aires, donde casi la totalidad de sus fundadores y primeros pobladores eran mestizos biológicos aunque europeos culturalmente hablando, idos desde el Paraguay – Valga recordar que las primeras generaciones de mestizos americanos, lo vemos en México como en el Paraguay, siempre fueron considerados castellanos o hispanos como sus padres), dejando en muchos casos descendencia en ambos lados del Océano. Me remitiré en este caso, como es evidente, a mi Reino o Provincia ultramarina de la Monarquía Hispánica: Quito.

La villa de San Francisco de Quito fue asentada el 6 de diciembre de 1534 en el actual emplazamiento de la ciudad, siendo la capital de su provincia hispana homónima por casi tres siglos. Apenas poco más 20 años después, en 1555, es decir en la primera generación de criollos y mestizos quiteños y quitenses (quiteño, gentilicio de los nacidos en San Francisco de Quito; quitense, gentilicio de los naturales de la provincia, después Real Audiencia de Quito), se tiene la constancia documental del primer quiteño en tierras europeas, de la Castilla peninsular: Cosme López, “vecino y natural de Quito, hijo de Diego López y de Leonor de Andía, soltero” y por supuesto, mozo todavía, quien además se disponía a volver a Quito para entonces. Además se distingue a los siguientes en la documentación disponible en el Archivo General de Indias: En 1557 están en la Península los hermanos Ruy Gómez de la Cámara y Martín Rojas, “naturales de Quito, vecinos de Antequera”, mestizo el primero, hijos del conquistador Alonso de Gómez Adalid y de Leonor Palla (india noble) el primero; y criollo el segundo, hijo de Inés de Rojas. También evidenciamos así que si bien el mestizaje se produjo desde el primer momento, el criollaje también, en la primera generación posterior a la conquista nacieron criollos –hijos de padre y madre europeos en América-, desmintiendo así varios puntos de la Leyenda Negra, como la supuesta ausencia total de mujeres en la Conquista, ni hablemos de las familias completas que se trasladaron en la décadas posteriores desde los Reinos Peninsulares a los Ultramarinos.

El 29 de diciembre de 1557 Juan de Rioja, “de color mestizo” pasa a la “Provincia de Quito, por ser natural de ella”, desconociendo desde cuando había estado en la Península. Para 1559 consta la presencia de Francisco Bernardo de Quirós en Sevilla –quien ya estaba en la Península por lo menos desde antes de 1556-, “natural de San Francisco de Quito”, que para la fecha era servido por un criado peninsular, Alonso Pérez.

Así comprobamos la presencia de al menos cinco quiteños y quitenses en los reinos peninsulares en la inmediata y primera generación posterior a la conquista. En casos como el de la Isla Española, los casos se cuentan por centenas, debido a  lógicas cuestiones cronológicas para el momento.

Se encuentran, así mismo, otros (por lo menos 3) “vecinos de San Francisco de Quito” en éste primer cuarto de siglo posterior a la fundación de la ciudad en Europa, sin embargo al no señalar si son o no naturales de la misma, no se puede consignar su presencia aquí.

Francisco Núñez del Arco Proaño



¿QUIÉN ES EL SANTIAGUISTA QUITEÑO EN LA REGLA DE SAN AGUSTÍN?

¿QUIÉN ES EL SANTIAGUISTA QUITEÑO EN LA REGLA DE SAN AGUSTÍN?

En la esquina inferior derecha del monumental cuadro “LA REGLA DE SAN  AGUSTÍN”, del gran pintor quiteño Miguel de Santiago, pintado por él y sus talleristas entre 1656 y 1658, que se encuentra actualmente (2015) en la iglesia de San Agustín de Quito, se observa un altivo grupo de caballeros y cruzados, destacándose entre estos un santiaguista con el hábito blanco de su Orden, tradicionalmente adornado con el distintivo de la misma: la cruz latina de gules simulando una espada , con los brazos rematados en flor de lis y una panela a modo de empuñadura.

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¿Es el quiteño Juan de Villacís Carvajal, el Caballero de la Orden de Santiago del cuadro “La Regla de San Agustín” de Miguel de Santiago?

Se conoce que efectivamente Miguel de Santiago utilizaba a modelos vivos para sus pinturas, en este caso sabemos que la parte superior del cuadro se inspira en un grabado, mientras la inferior es una representación de personajes basados en modelos quiteños que vivían por entonces.

La figura del Caballero de Santiago se destaca por sobre todas las demás del grupo referido por su posición, tamaño y simbolismo; sostiene con su mano izquierda un escudo donde la inscripción reza en latín: Orden Ecuestre de Santiago. Se encuentra señalando a San Agustín, en el centro del cuadro, con el dedo índice de su mano derecha, manifestando el poder que tiene en su palabra, en lo que se conoce como Declamatio -forma de expresión  en las artes plásticas-, teniendo así primacía por sobre las demás figuras, y por sobre todo viste un hábito de una orden hispánica utilizado en la época, a diferencia de los otros que sirven como formas de otras órdenes extranjeras –no españolas- y que no visten hábito, sino uniformes con las cruces insignias de sus órdenes. Evidenciando así que los pintados utilizaron las prendas que observamos hoy en día para el motivo, y seguramente en la mayoría de casos las cruces y referencias a las demás órdenes militares-religiosas fueron inspiradas en fuentes impresas, a pesar de lo cual, sin duda alguna, debieron haber vivido entonces caballeros de otras Órdenes hispánicas y no hispánicas (aunque la regulación para el uso de hábitos nobiliarios extranjeros era severa y de hecho algunas Órdenes estaban prohibidas en América), no nativos de Quito en la ciudad en ese momento y que pudieron haber servido o no como modelos del mentado cuadro. La movilidad humana, como se diría hoy, en la época hispánica era sorprendente. Por lo mismo, realmente el único hábito que se vistió efectivamente para posar en ese momento era el de la Orden de Santiago, vestido por un Caballero quiteño o bien foráneo, pero residente en Quito, de esa Orden. Me inclino a pensar que el modelo era quiteño nativo, debido a que no he podido encontrar información sobre caballeros santiaguistas no quiteños en esos años en nuestra ciudad.

Guillermo Lohmann Villena, en su libro “Los Americanos en las Órdenes Nobiliarias (1529-1900)”, en el primer tomo referente específicamente a la Orden de Santiago, nos indica a cinco quiteños que profesaron el hábito de Santiago durante el período en el que el cuadro fue pintado, 1656-1658: Antonio de Aguiar, quien para la fecha residía en Madrid; Pedro Luis de Guzmán, el primer candidato; Juan Sáez de Aramburu y Alcega, quien por 1639 era Corregidor de Porco en Potosí (atual Bolivia), no existiendo constancia de que haya regresado a Quito; Francisco de Villacís el segundo candidato y finalmente Juan de Villacís, hermano del anterior y tercer candidato.

Lohmann indica que Guzmán había nacido hacia 1590, es decir para 1656 habría tenido 66 años, edad provecta que de ninguna forma refleja el santiaguista del cuadro. Conozco que Francisco de Villacís Carvajal nació por 1600 y que su hermano completo, Juan, nació después. Debido a la fisionomía del retratado que aparenta un hombre maduro de mediana edad, en pleno esplendor de su vida (entonces por sobre los 55 años la gente era considerada vieja, anciana según el criterio) y dadas las demás concomitancias del caso -obviando el parecido físico con la escultura de uno de los Villacís que se conserva en la capilla del mismo nombre de la iglesia de San Francisco en Quito-, me inclino a pensar que el Caballero de la Orden de Santiago retratado en “LA REGLA DE SAN AGUSTÍN” de Miguel de Santiago, era el quiteño Juan de Villacís Carvajal, representante de esa nobleza caballeresca criolla que había demostrado y demostraría más adelante, un siglo y medio después, ser la más fiel a la Monarquía Hispánica en su ancha extensión quitense donde los títulos de Castilla resultaron tan flacos, tan levantiscos y tan poco nobles cuando las tablas ardieron.

Francisco Núñez del Arco Proaño (2015-01-12)



“Contribución a la historia” o los medios y mi primer libro (III)

Estimados Lectores:

Finalmente el desenlace en medios a propósito de “El Ecuador y la Alemania Nazi”:

Según la revista dominical especializada Artes, de diario La Hora de los domingos 23 y 30 de marzo de 2014, mi libro es, o mejor dicho, fue, hasta que se agotó, el cuarto más vendido en el Ecuador, y el primero en ventas de autor ecuatoriano. Grata sorpresa.

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Diario La Hora de Quito publicó el viernes 4 de abril de 2014 un fotoreportaje sobre la presentación de mi libro el pasado jueves 13 de marzo, en su sección Vida Social con el título “Contribución a la historia”, donde señala: “El libro ‘El Ecuador y la Alemania nazi, los secretos de una relación ocultada’, tuvo su presentación en Libri Mundi. Un gran número de invitados asistió al lanzamiento de la obra.” Fotografías cortesía de La Hora:

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Alex Emmanouilidis, Miriam Salas, Diego Moscoso y Miriam Durán.

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Marcelo Salgado y Diego Paladines.

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Patricio Cuesta, Daniel Crespo Cuesta y Ruth Cobo.

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Sebastián Donoso y Pedro Steiner.

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Augusta Proaño, Giannina Rovayo y Fátima Meza.

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Diego Moscoso, Francisco Núñez del Arco -autor del libro- y David Egas.

 

 Nota de la revista Cosas, edición Ecuador, de abril de 2014 (N° 270) sobre la presentación en su sección “Eventos y cosas”:

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Como siempre, saquen sus propias conclusiones.

Francisco Núñez del Arco Proaño



EL ECUADOR Y LA ALEMANIA NAZI

Lectores  todos:

Suum cuique tribuere.

Después de su primera edición y dos reimpresiones agotadas, mi primer libro, liberado en PDF para todos ustedes, léanlo y difúndanlo como si no hubiera mañana:

EL ECUADOR Y LA ALEMANIA NAZI

Francisco Núñez del Arco Proaño